¿Taxi Driver no puedo pagarte en Belmonteños?

Por respeto a su privacidad y a los juegos de su memoria no revelaré su nombre y preferí tampoco sacar fotos, ella me describió cómo le gustaría imaginarse hablando sobre el país en el que un día vivió y esa es la imagen que intenté dibujar, añadiendo la medalla que me contó perdió el día en que le expropiaron la casa, la comparto a sabiendas de que no le hace justicia a la modelo ni a la embergadura del hecho que me conecta con ella.

Llegué a la señora gracias a un taxista, fue él quien me la presentó, juntos le preguntamos su edad pero ella no lo recordaba, hay datos que con el tiempo se hacen irrelevantes. Un día, me dijo el taxista, alguien dejó la puerta de la residencia abierta, creo que fue hace dos años, ella tenía 94 pero lucía, como ahora, increíblemente bien. Salió, bajó por la callecita estrecha donde está la residencia y en la esquina pidió un taxi, la recogí y me dijo que la llevara a la estación de trenes, tomaría el tren y luego un autobús hasta su país. Me pareció inquietante el intinerario pero cumplí las indicaciones, al llegar a la estación esperó que le abriera la puerta, yo me tardé, falto de costubre, en darme cuenta de que estaba esperando , le abrí y me dijo hasta luego. No sin vergüenza le pregunté por el pago y me dijo que no traía belmonteños encima, pero que dios me lo pagaría.

En otra ocasión aquella respuesta me habría enfadado- me dijo el texista- pero en ese caso comprendí que no podía dejar ir a la señora porque si incluso yo le regalase el viaje no la dejarían subir al tren y mucho menos cuando hablara de pagar con una moneda llamada: belmonteño.

El taxista llamó a la policía y como habían ya avisado en la residencia de la desaparición de la señora de 94 años le dieron la dirección exacta para que la trajera devuelta, no fue difícil convencerla- me cuenta, pero fue triste ver cómo alejarnos de la estación modificaba su mirada serena como si supiera en el fondo que no volvería nunca a ese lugar.

Al llegar a la residencia, la señora entró como si nada, el taxista pidió el pago por la ida, la vuelta, la factura de teléfono y la espera, yo que recién descubro el suceso y que sí sé que son los belmonteños le pido me regale un rato para conversar de ese país al que no volverá no por falta de dinero ni de memoria sino porque el país dejó de existir hace más de 20 años.

Pronto develaré lo que me ha contado la señora, por ahora, me pregunto a qué país me gustaría volver si llego a los 94.