— MuroTRON

Expografía

Amalia Fernández

17, 18 y 19 de enero en los Teatros del Canal

Amalia Fernández es toda una personalidad en la escena experimental. Aparte de sus proyectos personales, en el que destacan En construcción 2 (que también forma parte de la programación de Teatros del Canal esta temporada) y El resistente y delicado hilo musical, ha colaborado con los proyectos de creadores como Cuqui Jerez o Mónica Valenciano, para quien ha bailado muchas de
sus obras de la serie Disparates.

Amalia Fernández fue invitada como performer por el comisario Mathieu Copeland en la experiencia Una exposición coreografiada, que la mantuvo bailando durante todo el mes de septiembre de 2017 en el CA2M de Móstoles. La propuesta exploraba cómo se comportaban los conceptos de coreografía y dramaturgia en el contexto de un museo. La experiencia, que le resultó fascinante, abrió una línea de investigación personal que devino en la propuesta Expografía, un término que cruza los conceptos de exposición y coreografía, haciéndolos coincidir en un mismo espacio-tiempo. La danza en los museos ha sido una práctica habitual de la danza posmoderna norteamericana, que albergó en los espacios expositivos de los sesenta desde los happenings de Merce Cunningham hasta las performances de Yvonne Reiner.

Desde entonces y hasta ahora, es habitual la presencia de la danza en los museos y la idea ha sido investigada a fondo por creadores de nuestro tiempo como el francés Boris Charmatz. Para Amalia Fernández supone la oportunidad de dar respuesta a los interrogantes ¿cómo afecta a la obra viva la temporalidad del museo?, ¿hasta qué punto se convierte en una mezcla de coreografía y reality show?, ¿cómo afecta al performer un marco diseñado para objetos inanimados?, ¿cómo se comporta el público cuando se da  ese choque de formatos?, ¿qué se espera de él? o ¿cuál es la convención a la que debe responder? El proyecto se concreta en dos formatos: el que aquí presentamos en la Sala Negra y otro que se podrá ver en el CA2M, el sábado 12 de enero, jugando con la temporalidad museística, por lo que se pide a cada espectador el compromiso de permanecer en la sala durante las ocho horas consecutivas que dura la performance.