NOS APARTAN

Citemor. Teatro Pradillo
Del 4 al 14 de octubre

El fin de semana pasado asistí el domingo al maratón organizado por el Festival Citemor (Portugal) en el Teatro Pradillo.Desde las 12 hasta las 12 de la noche: La Ribot, Ion Munduate, Olga Mesa, Rodrigo García, Neokino, Carlos Marquerie, Elena Cordoba, Carlos Fernández y Lengua Blanca. Un trabajo de documentación realizado durante más de diez años por Hugo Barbosa y Pamela Gallo.

Videos de las obras creadas en residencia en Citemor. Este domingo estarán: Angelica Liddell, Nilo Gallego, Sergi Faustino, Ana Buitrago y Fernando Renjifo. Todos españoles. Por otro lado, en estos quince días en que Citemor ocupa Pradillo, tres espectáculos portugueses pasan por la sala madrileña: Teatro do Vestido (semana pasada), y Francisco Camacho y Rafael Álvarez estos días. El asunto acaba con un documental hecho por Ignasi Duarte en Montemor, pueblo donde se realiza el festival, este domingo.

El fin de semana pasado anduve por Pradillo. Poca gente, muy poca gente. Pradillo acaba de comenzar proyecto, la temporada se abrió con Patricia Caballero, la de Chiclana, con Sandra Gómez y con Los Torreznos. Muy poca gente menos en Los Torreznos, que se petó.

Y ahí andan las conversaciones después de la función. En porqué, en qué quiere decir que se llene o que no se llene el teatro; en qué quiere decir estar pocos pero que el hecho escénico, el acto de programar y que “pase”, tenga sentido; y en qué quiere decir cuando no lo tiene o lo tiene menos. Son conversaciones necesarias y sanas en un espacio que empieza a andar, que tiene que entender un modelo (el de las salas subvencionadas de Madrid), y que tiene que hacerlo en una ciudad,  sociedad actual, en la que términos como difusión, vinculación o “comunidad” (puta palabra destrozada últimamente) están mutando a velocidad desenfrenada. Pero bueno, el equipo gestor no es bisoño y es trabajador, ya irán afinando. Además, se les ve con ganas de cuestionarse.

Ayer estrenaron Camacho y Álvarez, no sé cómo fue. Ahora, ando aquí en casa, día del Pilar, de la raza, de la hispanidad, viendo la tele, Telemadrid en concreto. Con la semana laboral concluida en un trabajo alejado de escribir y alejado del teatro. Ganándose la vida como dice mi padre. La verdad es que no dice eso. Más bien decía, recalcaba, lo del pan con el sudor de la frente. Y ando preocupado, que vamos a hacer sino, preocupado por varias cosas. Lo primero, por lo facha que se está poniendo Madrid, me cuesta utilizar esa palabra, facha, pero la verdad es que es el término justo, qué facha que está Telemadrid y qué facha está esta ciudad. Ayer, me dio un espasmo nada habitual en mí y me puse a andar, desde la Plaza del Marqués de Salamanca hasta el edificio de Telefónica en Gran Vía. E iba pensando en esto, mirando a la gente, los sitios, y pensando en cómo esta ciudad se está poniendo estupenda y sacando esencias.

Y me miro al espejo y me digo Pablo, a ver, tranquiliza tus sojuzgamientos, que quizá muchos de ellos son provocados por la edad. Pero cada uno piensa desde donde está, otra cosa es imposible o simplemente simulación intelectual. Y me digo, esta ciudad está cogiendo una cara nada amable. Poco trabajo, miedo, gente apartada de su oficio, obligada a “ganarse la vida” (eu mesmo). Es decir, resignación, humillación, adaptación, palabras y actos que conforman el carácter. Tiempos nuevos, tiempos salvajes, que decían los Ilegales. Aunque la gente se olvida de como sigue la canción: toma un arma, eso te salvará. Y eso que les tildan, a los Ilegales, de confusos.

Y todo esto porqué lo digo, a parte de por verborrea incontrolada. Pues a causa de la desazón de ver la primera semana de Citemor tan vacía de gente. Y no quiero que suene a cabreo o a reprimenda. Desazón por que los quiero bien y desazón porque pone de relieve el momento que estamos viviendo. Luego vendrá Ansón y su periódico y nos dirá que el teatro nunca fue mejor, que el musical resiste, que más gente va a ver teatro que futbol, aunque el IVA de los eventos deportivos lo hayan mantenido al 10% (siempre hay que cuidar de los nuestros).

Pero yo me preguntaba dónde estaba toda esa gente castellana que en las épocas estivales emigraba a Montemor, a ese pueblo pequeñito donde (se les llenaba la boca) se podía trabajar, donde se entendía el hecho escénico, donde no primaba el mercado, donde los artistas eran por fin comprendidos y bien tratados, donde la pieza teatral cobraba sentido. Montemor oasis donde uno podía volver a creer en el hombre, en el arte. Pues nada, debemos andar todos humillados, resignados, alejados de lo que queremos bien.

No sé, gente que participó en ese festival, gente que escribió sobre él, gente que folló en las murallas de su castillo, que vio como con el sonido de las ranas folgando y las lampreas eléctricas rondando como el pueblo levitaba, se elevaba unos pocos centímetros sobre si mismo. Luego asistiremos a meetings, congresos o charlas sobre “la comunidad”, palabra gastada, que decía el “bueno” de los Machado (que les gusta decir a la caverna ideológica de este país, y que no dicen sin razón alguna).

Me decía la semana pasada: quizá también es debido a la premura, quizá esta ocupación habría que haberla hecho con más tiempo, buscando el resquicio donde poder convocar, donde poder hacer una pequeño Citemor aquí en esta ciudad facha y llena de miedo. Y quizá es cierta esa reflexión, pero qué bueno también poder constatar este momento, poder verlo palpitar en ausencia.

Es increíble la cantidad de cosas, de elementos, de recuerdos y preguntas, de emociones, que se pueden juntar en un teatrito, en una velada… Me acuerdo que entré a Pradillo, la semana pasada, estaban con el maratón. Y metí la cabeza en la sala, y en un gran proyector estaba pasando “Que me abreve de besos tu boca”, de Carlos Marquerie, realizada en una pequeña iglesia sita en la pendiente de una colina, una iglesia abandonada, sin techo y con suelos de arbusto bajo. Era el 2005.(Y aquí paso a lo personal, o más bien, a la reflexión desde la experiencia individual). Se me fue el alma. Era como si se me volviera todo encima, me acordaba de mi primer viaje a Citemor, en autostop, de llegar a Montemor en el remolque de un tractor con Nilo, a quien encontré en una estación de tren fantasma, Alfarelos.

Y ver los cuerpos y las palabras de Estela, de Paz, de Getsemaní, la concentración física y mental de aquel pequeño espacio. Recordad las charlas con Carlos sobre la obra, cómo entendía yo el teatro entonces, cómo lo entiendo ahora… Y me di cuenta de que ando lejos, pero no tanto… Veía la obra y me daba cuenta de miles de cosas que en su tiempo me pasaron inadvertidas. Y pensaba en cómo vemos el teatro. En cómo lo vemos en el momento presente del estreno o en cuándo la obra está viva y se sigue representando. Esa obra la vi luego en el Canto de la Cabra. Ahora me he movido, ya no estoy en casa, me traje el ordenador y escribo a 20 metros de El Canto, de ese espacio ya perdido. Se ha puesto a llover a cántaros, como si alguien quisiera limpiar esto.

Marquerie siempre me ha dicho que soy público de segundas representaciones. Vamos, que a la primera no me cosco. Y es cierto. Pero, al mismo tiempo, qué poco me entero, de eso me di cuenta viendo el video de Carlos, de lo limitada y acotada que está nuestra percepción cuando vamos a ver algo al teatro, la veamos una o dos veces, o tres. Todo es momento.

Luego nos fuimos a ver al Madrid, el puto Barça-Madrid, al bar de al lado de Pradillo, no vimos nada. Me fui con Vasco, director junto con Armando de Citemor, y con Koyas, técnico del festival, tomamos pizza y hablamos. Hablamos también con la parroquia del bar, que lógicamente incidían en el “temita”, que si son extranjeros, pues mira Messi es argentino, etc. Y volvimos. Y el maratón continuaba.

Ahí entré y vi al gran Altet, diciendo uno de los más hermosos textos que yo he oído en escena: “Todos morimos solos, frente a la muerte, como perros” –creo que es así-. E Ikerne le daba a la guitarra, Emilio pintaba, Quique le daba a la batería, Elena cortaba muebles con hacha y Sarita miraba. Uno de los momentos más ambiciosos (en el mejor sentido de la palabra) de la escena independiente del teatro español de cambio de siglo. Y lo veía sabiendo que hoy, por lo menos ahora, está todo desaparecido. Seguí viendo “10.000 años” de Carlos Fernández. Me acordé que todo borrachito, la obra era al aire libre en el Castillo de Montemor, después de la función me cargué una palita de niño en una pequeña playa que Fernández, debe ser porque es asturiano, siempre pone en escena. Pero la noche en Pradillo iba larga, todo se iba deformando, o armando, y yo ya veía en esa palita siete mil quinientas trece cosas. Es paradójico, Fernández siempre se distanció mucho de Rodrigo García, pero aquella obra junto con algunas de Rodrigo representan, para el que escribe, uno de los momentos en donde ha visto al teatro independiente de este país con toda la máquina engrasada, dándole potencia a la escena, echándole madera, para que de manera centrípeta aquello explotase y abriese pechos.

El maratón terminó con Lengua Blanca, con esa joya que es “En las pistas de hielo”, creo que es la última que hizo Lengua Blanca, aunque uno no sabe pues los tengo desaparecidos. Y ese es otro puto momento del teatro español, así, hablando en plan histórico. Puto obrón lleno de trabajo y de hallazgos. De destilación artística. Ambas obras, “10.000” y “En las pistas…” vinieron a Madrid y no funcionaron, vinieron a Escena Contemporánea, dirigido por Paz Santa Cecilia. Y en Escena murieron. Nunca más se hicieron. Y ahí estaba viendo el video pensando en todo esto, pensando en cómo aquellas obras eran final cuando creíamos que eran rampa.

Aquí abro un paréntesis para elogiar a un amigo pero también trabajador de esto: Oscar Cornago. Cornago, a capa y espada, y eso es difícil entre “teatreros”, siempre defendió la riqueza de ver videos de obras escénica. El otro día lo entendí. Entendí como nunca algo que Marquerie siempre me dice, que él trabaja desde lo efímero, que el teatro, si es algo, es efímero. A mí siempre me sonaba a manual, pero el otro día en Pradillo, así en soledad compartida por cinco, lo entendí.

Siempre ando con esto de la crónica, de contar y releer lo que pasó. Siempre creí que para hacerlo había que implicarse. En uno u otro medida. Siempre creí que perdí el rumbo con el teatro por implicarme en demasía. Y siempre creí que alguna buena crónica que hice fue por esto mismo. Acabo de encontrar un papel escrito en Citemor, estaba en un bolsillito de la funda del ordenador. Me pareció bueno acabar esta retahíla con el texto escrito, me imagino, en algún momento perdido en la Praça da República o en algún sitio semejante de esa villa circular. Es este:

A cuántas cosas hemos dicho que no,
años y años decidiendo lo que no,
hoy ya no me acuerdo,
pero aquellas decisiones siguen, sino presentes, siendo decisorias a silencio.
Luego está lo que sí,
pero de eso ni hablamos porque es la clara antesala del fracaso.
Hay días que me gustaría retractarme. Ser capaz de poder pensar en hacer esto y aquello que negué por ética y tragaderas.

Qué fácil es decir que no,es jodido estar conformado por el no. Así me cargué el entretenimiento, la sanísima inconsciencia, el lanzarse a la piscina, el poder ser cualquier cosa.

Nadie me habló de las consecuencias del no. Nadie me dijo que la contrapartida para soportar esa restricción era construir.
Y qué pasa con los que no construimos lo que creemos: miedo, fracaso y la nariz alta. Lo peor.

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2 Responses to NOS APARTAN

  1. Antonio says:

    Sigue por ahí, metiendo la cabeza bien adentro. Pero no te olvides de respirar. Madrid siempre ha sido así. No facha, sino así. Madrid: lugar donde cayeron bombas. Lugar gris donde se comió mierda en cubos de arena durante décadas. Lugar transparente donde algunos -muchos- lucharon por la vida y siguieron luchando por la vida. Lugar donde la izquierda cultural no era mucho más moderna que la derecha cultural -y así sigue siendo-. Como en muchos lugares, claro. Madrid es y no es facha. Se pone facha porque otra parte de Madrid no se pone facha. Porque sus calles están llenas de manifestantes cabreados, muy cabreados. Y claro que hay miedo y desesperanza, lejos del teatro, en las calles, en el interior de las casas. Llegar o no llegar a fin de mes no es ninguna tontería. Pero ya sabes, aúpa, que, como dice Deleuze/Spinoza), “todo lo que supone tristeza sirve a la tiranía y a la opresión. Todo lo que supone tristeza debe denunciarse como malo, como lo que nos separa de nuestra potencia de acción; y no sólo el remordimiento y la culpabilidad, no sólo la meditación de la muerte, hasta la esperanza, hasta la seguridad, que son signos de impotencia”. Hala.

  2. Pingback: Notas que patinan #22: Montemor | Rubén Ramos Nogueira

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