Notas que patinan #109: Otra realidad

Foto: Carlos Riau


Este verano, en la isla eolia de Salina, frente a las costas de Sicilia, disfruté durante unos días de una terraza privilegiada desde donde se veía el mar, al otro lado de la carretera que bordea la costa. Desde la cama, a través de la ventana, la vista era muy parecida, aunque más sesgada. El primer día que dormí allí me desperté prontísimo, cuando clareaba, hacia las cuatro y media. Como no conseguía dormirme, hacia las cinco y media decidí incorporarme. Desde la cama contemplaba la impresionante vista. Al fondo divisaba la isla de Stromboli, con su volcán humeante, y Panarea, otra isla a su derecha. Me levanté y me fui a la terraza cuando intuí que el sol estaba saliendo justo entre esas dos islas. Pensé que la fortuna me regalaba la posibilidad de asistir a un amanecer insólito en un escenario impagable. En la terraza flipé en colores con el espectáculo. No se hubiese podido diseñar mejor. El mar en calma, la increíble vegetación que me rodeaba, las montañas a mi derecha, un barco pesquero avanzando lentamente en un mar que parecía una piscina gigante y el sol naciente. Me excité muchísimo. Tomé algunas fotos, incluso vídeos, porque pensé que nadie se iba a creer que me hubiese levantado tan temprano para ver la salida del sol. Dejé de hacer fotos cuando me di cuenta de que ningún documento iba a ser capaz de transmitir con fidelidad lo que estaba presenciando. Respiré hondo e intenté relajarme para captar con toda la intensidad posible el momento. Gocé de ese momento en absoluta soledad. Cuando el sol estuvo lo suficientemente alto como para desaconsejar mirarlo de frente comenzó a hacer calor, los insectos comenzaron su frenética actividad y entré adentro pero no pude dormirme ya. Dos días después volví a levantarme para ver la salida del sol entre Stromboli y Panarea pero la vi tirado en el sofá de la casa, desde una ventana panorámica que tenía la ventaja de no dejar pasar a los insectos. Luego me puse a leer una novela de Montalbano, el comisario siciliano que protagoniza las novelas policíacas de Andrea Camilleri, cuyo nombre homenajea a Manuel Vázquez Montalbán.

Cuando volví a Barcelona todavía seguía impresionado por esas salidas de sol que había contemplado en Salina. Y entonces pensé que en Barcelona también sale el sol por el mar y que solo tenía que levantarme tres cuartos de hora más tarde que en Sicilia, pillar la bici y plantarme en la playa de la Barceloneta. De paso me podría dar un baño tempranero, seguramente en solitario, o casi. El primer día, aún cansado por el viaje, no fui capaz. Pero el día siguiente me levanté a las seis y veinte y pedaleé lo más rápido que pude hacia la playa de Sant Sebastià, donde acostumbro a bañarme. Sólo encontré esforzados corredores mañaneros y un vagabundo durmiendo en la playa. Me llevé mi móvil, algo que no acostumbro a hacer cuando voy a la playa, para hacer alguna foto (una vez más porque pensé que nadie se lo iba a creer). Llevaba el móvil en el bolsillo de mis bermudas, como las llaves. No me las quité porque hacía fresco aún. Me senté sobre mi toalla y coloqué sobre la toalla, detrás de mí, la bolsa que acostumbraba a llevar a la playa, una bolsa que heredé de mi primera novia, una bolsa de dj para llevar discos de vinilo que compró en Londres en los noventa y que estaba ya muy remendada. Asistí a la salida del sol. No fue como en Salina pero no estuvo nada mal. El litoral que se despliega siguiendo la costa hacia el norte resplandecía reflejando los rayos del sol. Cuando di el amanecer por acabado me giré y me llevé un susto al ver que la bolsa ya no estaba allí. Comprendí que alguien se había acercado sigilosamente para robármela. Recordé unas imágenes de un programa de Barcelona Televisió, que vi cuando aún vivía con mi primera novia en el Born, en el que mostraban a ladrones reptando por la arena de la playa para robar bolsas a bañistas despistados como yo. En mi vida me habían robado jamás en la playa hasta entonces. Pensé en lo que contenía la bolsa y me di cuenta de que el ladrón sólo encontraría en ella el último libro de Varoufakis, que aún no había acabado de leer. De pronto me entró un ataque de risa. Pensé en que era un flipado y me lo tenía bien merecido. Una cosa es ver la salida del sol en la terraza de una maravillosa casa frente al mar en una paradisíaca isla eólica y otra es intentar experimentar lo mismo pero en la playa de la Barceloneta sin tomar ninguna precaución, absorto en la salida del astro rey por el horizonte como un hippy. También pensé que, a pesar de que me da la impresión de que soy un perezoso incapaz de levantarme temprano para ir a la playa, esas horas tempraneras tan bien vistas por la gente de bien eran mil veces más peligrosas que las que yo acostumbraba, más bien tendiendo al mediodía, una franja horaria en la que el grupo de nudistas habitual está completamente instalado en esa playa y ofrece una acojedora protección. Por último, me reí del botín que se había llevado el ladrón. Pobrecito, pensé, arrastrarse sigiloso como una culebra para llevarse lo último de Varoufakis. Ojalá se lo lea, fue lo que pensé, y le aproveche en algo.

Yanis Varoufakis, conocido sobre todo por su enfrentamiento con la troika europea durante la crisis del euro cuando era ministro griego de Finanzas, ha publicado un libro que se titula Otra realidad. En el libro, que es una novela de ciencia ficción, Varoufakis utiliza la ficción como recurso para describir con todo detalle lo que serían las bases y el funcionamiento de una economía y un sistema democrático alternativo al nuestro y bastante más justo, partiendo de lo que hubiese podido pasar si durante la crisis de 2008 se hubiesen tomado otras decisiones como, por ejemplo, dejar caer a los bancos. Los personajes de ficción que utiliza son arquetipos. En primer lugar, una veterana feminista británica que en el pasado luchó por los derechos sindicales contra la Thatcher y que acabó decepcionada del factor humano y muy crítica con el propio movimiento feminista y su tendencia actual a lo políticamente correcto. En segundo lugar, una economista de tendencias neoliberales que trabajaba en Lehman Brothers durante la crisis del 2008 y que, aunque desencantada con lo sucedido, siguió defendiendo las leyes del mercado. En tercer lugar, un experto en tecnología que, harto de comprobar cómo las empresas capitalistas utilizaban sus vanguardistas investigaciones para conseguir el máximo rendimiento económico y no para conseguir mejorar la vida de la gente, decide invertir en bolsa jugando a vender en corto para hacerse millonario y liberarse de la esclavitud del trabajo y de esta manera poderse dedicar en cuerpo y alma a sus investigaciones, lo que le lleva a descubrir un agujero de gusano que le conduce a esa otra realidad del título de la novela. Por último, un narrador que parece identificarse con Varoufakis, amigo de todos los otros personajes y depositario de un diario que cuenta con detalle toda la historia. Varoufakis utiliza la novela para exponer sus teorías económicas y sociales sobre un nuevo modelo no demasiado alejado del nuestro y, por tanto, factible, al mismo tiempo que intenta explicar cómo funciona el capitalismo actual, un sistema actualmente basado en la especulación y acelerado por la tecnología que da como resultado una especie de tiranía mundial que se nutre de lo que quizá en el futuro, con asombro, denominemos esclavos. Hay ideas en él muy interesantes que podrían cambiarlo todo. Soluciones como que cada empleado de una empresa sea dueño de una y solo una acción de la propia empresa, independientemente del escalafón que ocupe en la empresa. O que los ingresos consistan en una especie de renta básica acompañada de una prima votada por los propios miembros de cada empresa, dejando abierta la posibilidad a que alguien decida prescindir de esa prima porque prefiera no trabajar. O que los gobernantes sean elegidos aleatoriamente por sorteo, en vez de democráticamente, como una manera de evitar la corrupción al mismo tiempo que de alimentar la diversidad. O que al nacer cada cual reciba un patrimonio económico del cual no podría disponer libremente hasta su mayoría de edad pero que permitiría luchar contra las desigualdades sociales desde la misma cuna.

Lo más interesante es que, una vez expuesto el funcionamiento de este sistema más libre, más justo e igualitario, Varoufakis procede a analizarlo críticamente a través de la actitud que toman ante él sus personajes, hasta el punto de que deben enfrentarse a la decisión de trasladarse o no a esa nueva realidad. Me encanta la decisión de la feminista crítica, que prefiere quedarse en este lado de la realidad porque le raya la idea de mercado y desearía superarlo para llegar al punto en que la gente dé por amor y no por interés. Además, hay algo de ese tipo de sociedad tan regulado y tan políticamente correcto que parece que a ella le da la impresión de que pone impedimentos a algo tan importante para algunos seres humanos como es el amor, algo irracional, salvaje y loco que muere cuando se le somete a tantas reglas, por bienintencionadas que sean.

Desde que me leí el libro de Varoufakis he estado dando la paliza con él a todo aquel que me ha querido escuchar. Ahora ya estoy más calmado pero durante unas semanas hablé de Varoufakis, un poco en sorna pero un poco en serio, como mi nuevo profeta. Imaginé cómo sería un sistema de funcionamiento diferente, en la línea de lo descrito por Varoufakis, aplicado al circuito de artes vivas, por ejemplo. ¿Cómo funcionarían las convocatorias, las becas, las programaciones en los diferentes escenarios? Me acordé de cuando discutía con unos amigos, hace unos años, de camino en coche a Montpellier para ir al teatro que por entonces dirigía Rodrigo García y que nos daba un poco de envidia porque en nuestras ciudades del sur no encontrábamos nada parecido. En esa discusión yo sostenía que a lo que había que aspirar no era a sustituir a las direcciones de instituciones como el Teatre Lliure (ese día salió esa en la discusión pero pongan ustedes aquí la que más rabia les dé) por otras más competentes sino que debíamos aspirar a que todo el mundo tuviese espacio y recursos para crear y mostrar sus creaciones y que el resto se daría solo, sin necesidad de mantener jerarquías selectivas y supuestamente meritocráticas. Ese es un poco el espíritu que me ha parecido percibir en la Otra realidad de Varoufakis.

He vuelto a pensar en esto otra vez porque un par de eventos me han recordado el hartazgo que la mayoría sentimos sobre la manera en la que nos obligan a desarrollar nuestro trabajo artístico los que parten el bacalao: la Anticonvocatoria y Yo sé perder. Es un clamor que pasarse el día opositando a convocatorias de becas, subvenciones, ayudas y residencias (sí, ya sé que lo moderno es decir aplicar pero ese anglicisimo del Imperio me da asco, y luego no me vengáis dando lecciones de anticolonialismo, opositar deja mucho más claro de qué mierdas estamos hablando) es más desperdicio de vida que meterse heroína por la vena un días tras otro hasta consumirte y más parecido a la mendicidad que a otra cosa. El artisteo seguirá compitiendo entre sí hasta que solo queden vivos el número exacto de ejemplares que correspondan a los puestos a los que opositan, y eso no pasará nunca porque siempre seguirán naciendo artistas dispuestos a creerse el sistema meritocrático o dispuestos a hacer amistades donde se parta el bacalao para trepar en el mínimo tiempo posible, pero la peña está tan harta que cuesta encontrar una obra del circuito de las raras artes en la que no se perciba, explícita o implícitamente, ese hartazgo. Recuerdo a Laila Tafur hace unos meses en La Caldera, por ejemplo, dedicando la mitad de su pieza a cantar divertidísimas a la vez que tristísimas canciones que tenían como tema lo absurdo y kafkiano de esta situación, que más se parece a las historias de terror que nos contaban los que pretendían asustarnos con vivir bajo el dominio de la Unión Soviética que a una supuesta moderna y democrática sociedad del siglo XXI. También habla de eso el trabajo de Javier Vaquero Ollero y el texto de Jaime Conde-Salazar en la exposición y el catálogo de Contemplar una superficie inestable en La Casa Encendida, que critican al sistema desde el mismísimo vientre de la propia institución y con prólogo de nuestro más reciente ex ministro de Cultura. Y, mientras tanto, capas y capas de opositores que han ganado su plaza (no exclusivamente en el sentido literal), montados en las grupas del artisteo y a los que no hemos votado (recordémoslo, lo recuerda también Varoufakis), viven más o menos tranquilamente de las creaciones de los demás. Y digo más o menos porque lo peor es que ni esas gentes se escapan de la ansiedad y depresión que domina todo lo que tenga que ver actualmente con el mundo del trabajo. Así que, como podría decir alguno de los personajes más simpáticos de la novela de Varoufakis, quizá no quede más remedio que dejar de defender estúpidamente al sistema y unirse a los que quieren construir otra realidad o la alternativa será hundirse definitivamente con él arriesgándonos a no llegar ni a los cincuenta años sin sufrir antes un ataque al corazón.

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