{"id":157,"date":"2016-03-17T10:01:21","date_gmt":"2016-03-17T09:01:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/?p=157"},"modified":"2016-03-18T12:34:40","modified_gmt":"2016-03-18T11:34:40","slug":"narrativa-escena-accion-notas-para-no-decantarme","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/2016\/03\/17\/narrativa-escena-accion-notas-para-no-decantarme\/","title":{"rendered":"Narrativa, escena, acci\u00f3n: Notas para no decantarme"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/hannah-5.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-159\" src=\"http:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/hannah-5.jpg\" alt=\"hannah 5\" width=\"512\" height=\"384\" srcset=\"https:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/hannah-5.jpg 512w, https:\/\/www.tea-tron.com\/anapasadena\/blog\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/hannah-5-300x225.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 512px) 100vw, 512px\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Hannah Wilke<\/em><\/p>\n<p>A menudo recuerdo\u00a0que la escritura de narrativa y la escritura de teatro son incompatibles. Lo dice la Historia de la Literatura.<\/p>\n<p>\u201cLe pido una y otra vez a Bill Kennedy que me diga un solo americano capaz de escribir novelas y adem\u00e1s buenos textos teatrales. Uno solo. Ni \u00e9l ni yo podemos mencionar un americano. Hasta a Henry James se le dio mal. Lo intent\u00f3 hasta tres veces y cada intento era peor que el anterior. Pero creo que yo tengo algo a mi favor: escribo buenos di\u00e1logos, son din\u00e1micos, no se quedan estancados\u201d.<\/p>\n<p>Toni Morrison se mostraba optimista sobre la posibilidad de escribir narrativa y teatro de manera simult\u00e1nea, o por lo menos alternada. Pero poco despu\u00e9s de estrenar su primer texto teatral, <em>Dreaming Emmett<\/em> (1986), requis\u00f3 todas las grabaciones del espect\u00e1culo y todas las copias del texto y las destruy\u00f3. Una vez m\u00e1s, un escritor sent\u00eda que fracasaba en el intento de habitar los dos territorios.<\/p>\n<p>Al igual que Toni Morrison cuando le preguntaron por qu\u00e9 se atrev\u00eda con los dos g\u00e9neros, yo tambi\u00e9n intento tranquilizarme a m\u00ed misma, y me digo que tengo claves para no verme obligada a desprenderme de uno de los dos. Soy incapaz de enumerarlas porque suenan muy poco convincentes, y no quiero que nada me distraiga en mi af\u00e1n de tropezar de nuevo con la misma piedra <a href=\"https:\/\/www.youtube.com\/watch?v=ppYmtS9hMws\">-qu\u00e9 buena canci\u00f3n de Julio Iglesias-<\/a>. Pero s\u00ed quiero apuntar tres cosas que me hacen pensar que la palabra escrita para escena y la palabra escrita para lectura pueden ordenarse y compartir espacio en una mesa.<\/p>\n<p>1)\u00a0\u00a0\u00a0 Creo que el punto de partida es similar. Alain Badiou, en <em>Elogio del teatro<\/em>, dice:<\/p>\n<p>\u201cEl texto de teatro, sea cual sea su procedencia, est\u00e1 destinado, dirigido a un p\u00fablico. Ahora bien, esta situaci\u00f3n es totalmente opuesta a la de la lectura, que es la confrontaci\u00f3n silenciosa entre un sujeto y un texto, un tipo de captaci\u00f3n \u00edntima. El texto de teatro tiene en com\u00fan con el del orador, pol\u00edtico, jur\u00eddico o sagrado, que quiere captar el inter\u00e9s de un auditorio quiz\u00e1 rebelde o dividido. Dir\u00eda gustosamente que as\u00ed como la potencia del texto literario es insinuante, ligada a una temporalidad extendida y secreta, la del texto teatral es frontal, ligada a la presencia inmediata de aquel que lo profiere. A fin de cuentas, la oposici\u00f3n entre el silencio de signos negros sobre la p\u00e1gina blanca y la m\u00fasica de la voz que resuena en una sala es esencial\u201d. (<em>Elogio del teatro<\/em>, Continta Me Tienes, p.76)<\/p>\n<p>S\u00ed y no. Badiou habla de la soledad de la escritura y de la soledad del lector. Pero siempre que se escribe se alza la voz para alcanzar a los dem\u00e1s, y se siente el pavor a perder el inter\u00e9s de los convocados. El papel lo aguanta todo, pero al corregir y revisar se experimenta el malestar el\u00e9ctrico de la sala de ensayo, los d\u00edas antes del estreno. M\u00e1s prisa, m\u00e1s eficacia, m\u00e1s excelencia: es el reclamo que nos hacemos y que nos sabemos incapaces de cumplir.<\/p>\n<p>Una vez vi <em>Un artista del hambre<\/em>, de Kafka, encarnado a la manera de un mon\u00f3logo teatral, en el cuerpo y voz de Juan Ceacero, dirigido por Luis d\u00b4Ors, en la sala Mirto, un rec\u00f3ndito espacio entre las calles imprevisibles del barrio de Tetu\u00e1n. Juan y Luis no hab\u00edan tocado una coma del texto de Kafka. Sin embargo cada palabra suplicaba nuestra atenci\u00f3n tal y como hace un actor que se presenta ante el p\u00fablico. El autor no quiere estar solo, aunque se recluya para comenzar a dibujar la aventura sobre el papel o en la pantalla. Se aleja para poder explicar mejor, al igual que el actor necesita tomar perspectiva para poder ser observado, y as\u00ed comprobar si la sala lo acompa\u00f1a en el viaje que propone.<\/p>\n<p>Ayer encontr\u00e9 esto en <em>El buen soldado<\/em>, de Ford Madox Ford:<\/p>\n<p>\u201cSoy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte dif\u00edcil encontrar el camino por lo que quiz\u00e1 no sea m\u00e1s que una especie de laberinto. No est\u00e1 en mi mano evitarlo. Me he atenido a la idea de que me encuentro en una casa de campo con un silencioso oyente que, entre las r\u00e1fagas de viento y los ruidos del lejano mar, va escuchando la historia a medida que brota de mis labios\u201d. (<em>El buen soldado<\/em>, Bruguera, p. 205).<\/p>\n<p>2)\u00a0\u00a0\u00a0 A veces, en algunas novelas en las que narrador y escritor se identifican de forma expl\u00edcita, y que indagan\u00a0territorio biogr\u00e1fico, sucede que en el texto se nos ofrece tambi\u00e9n el relato de una acci\u00f3n llevada a cabo a ra\u00edz del proceso de escritura; un rito necesario para avanzar en la narraci\u00f3n. Esta performatividad aplicada me fascina, porque de golpe y sin previo aviso hemos sido invitados a una nueva forma art\u00edstica que no sospech\u00e1bamos cuando abrimos el libro: somos espectadores, aunque sea \u201cde o\u00eddas\u201d. Y es que, de hecho, no hay performance o arte de acci\u00f3n sin el relato que acompa\u00f1a la acci\u00f3n en s\u00ed; cada performance tiene vocaci\u00f3n de mito, puesto que traza una muesca en el tiempo: por primera vez de forma premeditada alguien hizo esto, tantas veces, aqu\u00ed, sin m\u00e1s fin que hacerlo.<\/p>\n<p>En la novela <em>Lo que a nadie le importa<\/em>, de Sergio del Molino, se nos cuenta la historia de Jos\u00e9 Molina, abuelo del escritor, paradigma de la generaci\u00f3n de nuestros abuelos: aclimatado a una mediocridad forzosa, Jos\u00e9 particip\u00f3 en la Batalla del Ebro sin haber escogido el bando, fue dependiente de aquel El Corte Ingl\u00e9s que se estratific\u00f3 sobre Espa\u00f1a, y guard\u00f3 las distancias con su esposa. En la p\u00e1gina 85 de la novela, el narrador, su nieto, viaja al lugar de la batalla:<\/p>\n<p>\u201cHe viajado a la Terra Alta para completar el avance que mi abuelo interrumpi\u00f3 al recibir un disparo. Quiero cruzar la calzada que \u00e9l no lleg\u00f3 a atravesar. Me ha costado mucho localizar el punto aproximado donde fue herido [\u2026] Me detengo un momento en la raya discontinua y sigo avanzando hasta el arc\u00e9n, hasta que rompo el frente. He atravesado la cicatriz de Jos\u00e9 Molina\u201d. \u00a0(<em>Lo que a nadie le importa<\/em>, Literatura Random House, p\u00e1gs. 85-86).<\/p>\n<p>Otro caso: Selva Almada, en <em>Chicas muertas<\/em>, rastrea la pista de tres j\u00f3venes desaparecidas. Acude varias veces, sin saber muy bien por qu\u00e9, a consultar a una m\u00e9dium para que le ofrezca su versi\u00f3n de lo sucedido, e incluye en la novela las sesiones con ella.<\/p>\n<p>Quiero coleccionar m\u00e1s casos como estos, y alg\u00fan d\u00eda escribir\u00e9 un ensayo: <em>Una performance en una novela. Escritores en acci\u00f3n<\/em>, o algo as\u00ed.<\/p>\n<p>3)Durante la correcci\u00f3n de<em> Los primeros d\u00edas de Pompeya<\/em>, la novela con la que vuelvo al g\u00e9nero despu\u00e9s de catorce a\u00f1os de teatro \u2013y alg\u00fan relato breve-, desde la editorial me propon\u00edan poner en cursiva la palabra performance. Yo misma hab\u00eda dudado al utilizarla. Se ha parodiado tanto que una siente que, m\u00e1s all\u00e1 de un reducido c\u00edrculo familiarizado con el t\u00e9rmino, es imposible tomarla en serio. Pero no hab\u00eda m\u00e1s remedio que hacerlo; quer\u00eda hablar de performance, de un gesto similar a un verso o a unas notas musicales. Para ello, amparada por la ficci\u00f3n, resucit\u00e9 a la performer Hannah Wilke, americana feminista de los a\u00f1os 70, poderosa y pol\u00e9mica sacerdotisa de s\u00ed misma. Hannah viene a vivir a Madrid y se instala en un piso vecino al de la narradora, una teatrera frustrada del paup\u00e9rrimo Madrid de los \u00faltimos a\u00f1os. Me he servido de la escritura para conversar con ella. No s\u00e9 si esto cuenta como performance, pero he querido mirar all\u00ed. Aferrarme a esa forma\u00a0desde el lado que, la experiencia nos dice, es in\u00fatil cruzar si se quiere un buen resultado en uno de los dos lugares, narraci\u00f3n o escena.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hannah Wilke A menudo recuerdo\u00a0que la escritura de narrativa y la escritura de teatro son incompatibles. 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