El triunfo de los conspiranoicos/Archivos Epstein/Camuflajes de la ficción

 

Desde siempre los despreciamos. Los consideramos adeptos a una forma de pensamiento inferior. Los observamos con condescendencia desde nuestro pináculo de escepticismo, crítica y método. Cuando escuchamos sus disparates esbozábamos una sonrisa sarcástica, una mueca rara. La misma forma que cuando escuchamos a un adolescente hablarnos de sus excesos. Creímos que conocíamos los límites en los que se enmarcaba la conducta humana, podíamos discernir las cosas que pasan como excepción y las que son la regla, nos cuidamos de no tomar la parte por el todo. Leíamos, nos informábamos y proponíamos recortes sobre la realidad. Creíamos, más o menos, tener de whole picture, éramos aves con una perspectiva privilegiada que mirábamos desde las alturas. Hasta que…
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Como todo el mundo sabe hace unos días se desclasificaron (se dice así?) varios millones de páginas de los archivos Epstein. No entiendo cómo puede ser que una sola persona haya producido 3 millones de documentos. ¿Pues cuántos correos escribía al día ese señor? ¿Cuánto texteaba? No vale la pena explayarme en lo que es de dominio público: la isla y las fiestas, Israel y los políticos, las niñas, los bebés y esa enorme lista de personas con poder que lo buscaban y lo frecuentaban: Bill Gates, Elon Musk, Donald Trump, Bill Clinton, Stephen Hawking, Kevin Spacey, Naomi Campbell, Noam Chomsky, Dalai Lama, Ricardo Salinas Pliego, José María Aznar, Felipe Calderón, David Copperfield, Príncipe Andrés de York, Ehud Barak, Andrés Pastrana y un largo etcétera. Muchas de las personas más poderosas del mundo están mencionadas en esos documentos que hoy son el símbolo de la infamia.

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En 1971 el doctor Zimbardo hizo un experimento en la universidad de Stanford, en el que recreó una prisión al interior del campus para reproducir su funcionamiento. Mediante un sorteo definió a los estudiantes que interpretarían a los presos y a los custodios. El experimento debía durar dos semanas, durante las que los investigadores observarían el comportamiento y las dinámicas que sucedían en la prisión simulada. Lo que pasó es bien conocido, el experimento tuvo que ser detenido a los pocos días por los abusos de los “custodios” hacia los “presos”. Zimbardo concluyó que lo que habilitó los abusos no fue tanto la “maldad” de quien los cometió, sino el arreglo de poder que se establece en una relación dada. Es decir, que los abusos se dan cuando una persona tiene demasiado poder sobre otra y que, por lo tanto, no se pueden resolver eliminando a unas cuántas “manzanas podridas”, sino que es necesario transformar el arreglo social que permite esas enormes asimetrías.

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Lo que los correos de Epstein nos muestran es brutal. Historias de tráfico sexual, pederastia, canibalismo y conspiraciones que parecen salidas de una película. Crímenes terribles, planeados y perpetrados por tantos y tantos hombres, y unas cuantas mujeres. Un museo de la maldad, un espanto. Pero lo que más me sorprendió es que cuando los leímos quedamos paralizadxs, atontadxs, obnubiladxs. Una especie de encantamiento  se apoderó de nosotrxs. Uno que hace que en el fondo no podamos creer o seamos incapaces de asumir que eso pasó. Una patina de irrealidad cubre la noticia y esa es la única explicación que encuentro para entender por qué no se ha parado el mundo, por qué no han comenzado procesos judiciales o scraches o boicots o algo. 
Es como si en el fondo, no pudiéramos creer lo que los documentos nos muestran. Es como si la imagen que nos hemos formado de la realidad, de lo que es posible, se volviera un obstáculo para mirar y  aprehender la realidad.

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El principio de la conferencia “Esto es agua” de Foster Wallace dice así: Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo que les saludó y dijo: «Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó: «¿Qué demonios es el agua?».
La fábula es clara y aplica a tantas cosas. Por ejemplo, la realidad es el agua y la ficción es el aire, ese afuera que nos permite delimitar y definir el adentro. El agua es la realidad y en ella están la verdad y la mentira, afuera está el aire en el que están el sueño y la ficción. Así que la forma del agua, sus contornos y sus límites están demarcados por la forma que toman las ficciones, sus formas y sus alcances acaban definiendo, en negativo, la realidad y nuestra relación con ella. De niñxs aprendemos a diferenciar la forma en que reaccionamos frente a la ficción y la realidad, entendemos que las consecuencias operan de manera distintas. Las ficciones tienen consecuencias no como acción sino como representación… y creo que así estamos tratando los archivos.

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Es obvio que cada uno de los nombres que aparecen en los archivos deben ser investigados y los que proceda deben enfrentar la justicia. Pero perseguir culpables es necesario pero insuficiente. El problema de fondo es la existencia misma de sujetos con poder casi absoluto, frente a los cuales la justicia se vuelve simbólica o imposible. ¿Por qué en la iglesia hay tantos abusos contra menores? Quiero pensar que no es porque los curas tengan una predisposición a la pederastia, sino porque existe un espacio de convivencia entre ellos y los menores de edad en los que el poder que los adultos ejercen sobre sus “protegidos” es absoluto, porque no existen contrapesos en la influencia ni rendición de cuentas frente a terceros. Lo que hacen los hombres de los archivos Epstein es muy parecido: tienen un poder inmenso y la capacidad de transgredir todas las normas, una construcción del deseo distorsionada por alguien que lo puede tener todo y un status que les garantiza una impunidad absoluta. O ¿Cómo llamamos a cuentas a un multimillonario que tiene a sus ordenes al ejercito más poderoso del mundo? ¿A el hombre más rico del mundo que buscaba la fiesta más salvaje con un hombre que había sido procesado por prostitución de menores 4 años antes? ¿Por qué esos hombres desean lo que desean?

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El “triunfo” de los conspiranoicos no es epistémico, sino moral. Ganaron porque la realidad terminó pareciéndose demasiado a lo que nosotros desechábamos como delirio, fuimos muchxs, demasiadxs, los que subestimamos la escala de lo posible. Nuestro marco de lo verosímil estaba mal calibrado. Despreciamos narrativas porque no cabían en nuestra imagen del mundo, ni abajo del agua.
Y otra vez creo que la salida está en la ficción (aunque yo siempre pienso lo mismo) porque puede ayudarnos a no caer en la trampa de expulsar del campo de lo creíble aquello que, adopta formas “demasiado ficticias”. Tal vez no vivimos un colapso de la verdad, sino un colapso de nuestra capacidad para reconocer la realidad cuando esta deja de parecer verosímil.
Las ficciones que intervienen lo real, que nos confunden, nos engañan, que nos dan gato por liebre, son por excelencia el laboratorio para probar nuestros presupuestos, ponerlos en duda, para mirar y pensar mejor.  Enfrentar al mal, supongo, pasa por mirarlo (primero) y por inventar como combatirlo (después).

 

Lázaro G. Rodríguez

 

Este texto surgió de los interminables audios que intercambio con David Gaitán.

Acerca de lagartijastiradasalsol

Lagartijas Tiradas al Sol somos una cuadrilla de artistas. Trabajamos en escena, hacemos libros, radio, videos y procesos pedagógicos. Desde 2003, empezamos a desarrollar proyectos como un mecanismo para vincular el trabajo y la vida, para borrar y trazar fronteras. Nuestro trabajo busca crear narrativas a partir de hechos de la realidad. No tiene nada que ver con el entretenimiento; es un espacio para pensar, articular, desplazar y desentrañar lo que la vida cotidiana funde, pasa por alto y nos presenta como dado. Las cosas son lo que son, pero también pueden ser de otra manera.
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