La violencia de las víctimas

 

Tú no sabes, no puedes saber, no te puedes ni imaginar cuanto sufrí. Tengo el derecho a protegerme y el deber de evitarme nuevos sufrimientos. Como sufrí me quiero defender, aunque eso implique causar daño. Porque a mí me importa mi dolor, más que ningún otro, es lo natural. Para mí, mi experiencia es la que vale y voy a usar mi poder para legitimar mi versión. Las razones del otro que me dañó no me incumben, ni sus deseos, ni sus aspiraciones. En el fondo no me importan, no valen, no cuentan, no existen. Si es a costa de mi dolor, ese otro no debe ser reconocido, ni mirado, ni escuchado. Solo yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo y yo. Nada importa más que mi dolor y… mi venganza.

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Hace varios años hice una performance sobre las víctimas en el mundo del arte a las que llamé las “víctimas profesionales” (https://somosreclamos.com/la-victima-profesional/).
Siempre me interesó la figura de la víctima. Pero a la luz de lo que estamos viviendo hoy me parece ineludible volver a pensar la categoría y preguntarnos cómo está operando en nuestras sociedades, la forma en que lo que llamaré, la “narrativa victimista” ha posibilitado un giro terrible: que las víctimas se conviertan en victimarios.

Simplificando un poco, podemos decir que el estado de Israel es el producto concreto de una de las mayores aberraciones que ha cometido la humanidad: el holocausto. El exterminio perpetrado por los nazis en contra de 6 millones de judíos (a los que hay que sumar a los gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales, discapacitados etc.) es el paradigma de la maldad en nuestras sociedades y bajo ninguna circunstancia debe ser minimizado. Nadie debe tampoco matizar la desproporcionada violencia con la que Israel ha destruido Gaza y asesinado sistemáticamente a civiles, ni la infinita e ilegal crueldad de tener a un pueblo pasando hambre y sed, sin darle acceso a la ayuda humanitaria necesaria. Nadie debe soslayar que ese Estado ha ignorado a los organismos internacionales que han calificado de genocidio lo que ocurre en Gaza y a Netanyahu como criminal de guerra. Israel ha hecho lo que ha querido, apoyado por Estados Unidos y varios países europeos. Tolerado por los países árabes y por casi todos los demás.

Israel es el más claro ejemplo de cómo un sufrimiento real cristalizó en una identidad, y esa identidad configuró una “narrativa victimista” que pretende blindar a ese Estado  contra cualquier crítica posible y justificar las acciones más viles. Una retórica que se atribuye un status de excepción y se da permiso para hacer en el presente y en el futuro cualquier cosa. Como si el sufrimiento del pasado fuera una exención de responsabilidad para el porvenir.

Por eso cuando veo a Israel hablar en la ONU y acusar al régimen iraní de tener “manchadas las manos de sangre”… me quedo sin palabras…  porque efectivamente el regimen iraní tiene las manos sucias (basta que pensemos en las protestas de 2022), pero la acusación la hace el representante de un Estado que ha matado a 17 000 niños. 17 000 niños. 17 000 niños. 17 000 niños en menos de dos años. Además de 1500 médicxs, 200 periodistas, 350 trabajadorxs humanitarios, etc. Pero los perpetradores de estos crímenes no lo ven y eso hace la retórica victimista: ciega a quien la esgrime.

“Nadie nos permitirá causar que dos millones de civiles mueran de hambre, aunque podría estar justificado y ser moral hasta que regresen nuestros rehenes”

 
Bezalel Smotrich, Ministro de Finanzas de Israel. Agosto 2024

 


“Cualquiera mayor de cuatro años es un simpatizante de Hamas… solo los menores de cuatro pueden considerarse niños”

 
Rami Igra, ex funcionario del Mossad. Febrero 2024

 

“No podemos permitir que mujeres y niños se acerquen a la frontera… cualquiera que se acerque debe recibir un balazo en la cabeza”

 Itamar Ben‑Gvir, Ministro de Seguridad Nacional de Israel. Febrero 2024

 

La “narrativa victimista” justifica cualquier acción, por la violencia sufrida en el pasado (sea el holocausto o los rehenes) y nos ha llevado al extremo absurdo en el que nos encontramos: un genocidio donde el perpetrador se asume víctima.

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En esta segunda parte voy a comparar peras con manzanas, voy a cambiar de escala y a intentar desarrollar cómo la “narrativa victimsta” opera cada vez más ampliamente en la sociedad (en individuos, instituciones, colectivos, etc) y ha contribuido a crear un clima en el que a partir del agravio padecido (real o imaginario) se justifica la violencia. Esta violencia se expresa normalmente en la pulsión de eliminar (real o metafóricamente) a quien me hizo sufrir. Desaparecer, borrar, expulsar a quien o quienes causaron el daño.

No todas las personas que han sufrido agravio se inscriben en la “narrativa víctimista” (De hecho casi siempre las víctimas directas quieren dejar de serlo, buscan reparación y no necesariamente venganza, las madres buscadoras son el ejemplo más cercano que tenemos de eso). Ser víctima de una violencia no vuelve a alguien automáticamente participe de esa retórica, ésta aparece cuando el hecho de haber sufrido una violencia pasa de ser un estado contingente a una identidad y se vale del sufrimiento pasado como justificación para ejercer violencia.

Sucede en las izquierdas y las derechas, en gobiernos y en particulares, en público y en privado. Es un aire de nuestro tiempo que consagra el lugar de la víctima como el espacio de enunciación legítimo por antonomasia y cuando este lugar se construye desde la “narrativa victimista”, no solo tiene un peso importante sino que además blinda contra la rendición de cuentas.

Entonces erigirse como víctima se vuelve algo deseable y ya sabemos que todo lo que se desea se falsifica. Y como no hay ninguna instancia que diferencie entre víctimas reales y víctimas falsas, ni los diferentes grises que esta escala tiene…. pues proliferan: víctimas países, víctimas presidentes, víctimas históricas, víctimas despechadas, víctimas deportivas, víctimas pobres, víctimas ricas, víctimas de infancia, víctimas de las circunstancias, víctimas del poder, víctimas artísticas, víctimas golpeadoras,  víctimas de la moda, víctimas de las víctimas… y así.

Milei se dice víctima de “la casta” y habla así de quienes no piensan como el:
A los zurdos no les podés dar ni un milímetro, porque si les das un milímetro te pasan por encima. No hay que dejarlos crecer. Hay que aplastarlos.

Donald Trump asume que el sistema oprime a los americanos blancos y arremete contra los inmigrantes:
¿Por qué tenemos a toda esta gente de países de mierda viniendo aquí? (…) Vamos a sacar a todos esos criminales ilegales, uno por uno, rápido.

Mujeres que se saben víctimas de los hombres:
Cada vez que algo me sale mal, recuerdo que un hombre tuvo que ver. Literalmente todo lo malo que me ha pasado viene de ahí. #menaretrash.

Hombres que se sienten víctimas de las mujeres:
Si tú no tienes dinero, estatus o músculos, no existes para ellas. La mejor decisión que un hombre puede tomar es alejarse de las mujeres. #MGTOW (Men Going Their Own Way)

Mujeres cis se asumen víctimas de las mujeres trans:
Los hombres con vestido nunca serán mujeres. Nos costó décadas tener espacios solo para mujeres. Ahora cualquiera que ‘se identifique’ como tal puede entrar. Nos están borrando.

Los votantes de izquierda se sienten ultrajados por los de derecha:
En este momento estoy deseando un cáncer lento y doloroso al 55% de mis compatriotas que votaron con la cabeza llena de odio.

Y así podríamos seguir con todas las oposiciones que se nos ocurran. Un ciclo en el que alguien se siente agraviado y su respuesta implica (de manera real o metafórica) la “aniquilación” de quien “ultrajó”. La lógica de las redes sociales llevada a todas las esferas de la vida: si alguien me incomoda lo bloqueo, lo reporto, lo borro, lo desaparezco.

No se trata de obviar las violencias ni de no denunciarlas, ni de callar frente a las opresiones sistémicas que han sucedido y siguen operando en la sociedad, simplemente  hay que evitar la espiral discursiva a la que la “narrativa victimista” nos orilla, porque una vez que asumo esa retórica lo siguiente es construir categorías fijas. Convertimos a nuestros adversarios en enemigos, en figuras que pueden ser definidas con una palabra: zurdo, racista, puta, homófobo, populista, acosador, liberal, fascista, feminazi, corrupto, incel, violento. Una palabra que basta para definir a alguien y volverlo indeseable. Para colocarlo en una cesta, para zanjar la discusión.

La retórica victimista se niega a mostrar contradicciones, ambigüedades o complejidades. Frente a ella todxs sabemos que tenemos que sentir y que tenemos que pensar. No hay espacio para el matiz. Parte de asumir que cualquier conflicto conlleva un abuso. Pero la verdad es que esto no es así. Tener un problema con alguien no nos convierte automáticamente en víctimas. Pero casi todas las disputas de hoy derivan en la creación de una víctima y un victimario: desde un presidente al que critican los medios, el termino de un contrato laboral, una pareja que pone fin a su relación o una maestra que reprende a un alumno.

La “narrativa victimista” no es nueva, no es que antes viviéramos un tiempo en el que los conflictos se gestionaban de manera adecuada, simplemente como (casi) todo se ha ido exacerbando con el tiempo y con el internet.

Pero, es importante aclarar que, esta retórica no la inventaron las víctimas, sino que la construimos todxs quienes estamos alrededor. Nuestra indulgencia con quienes han sufrido, nuestra necesidad de compensarles, nuestras buenas intenciones, hacen que las víctimas capitalicen la culpa y la conviertan en status. Nuestra incapacidad de acompañar el dolor que alguien ha sufrido sin colocarle en un lugar de excepción. Nuestra torpeza social, el paternalismo disfrazado de empatía, es lo que no nos permite contener el sufrimiento ajeno. Tenemos que aprender a lidiar con el dolor de lxs demás. Acompañarlo, amortiguarlo. No mirarlo con lástima sino con respeto. Porque la lástima nos quita agencia, nos genera culpa, nos ata de manos y nos imposibilita exigir responsabilidad de sus actos a quien ha sufrido tanto como a quien no.

Si queremos seguir viviendo juntxs, tenemos que atajar la “narrativa victimista”, porque es un callejón sin salida. Es injusta por naturaleza. El mundo al que nos lleva es uno invivible: dividido, ensimismado y lleno de rencor. Es violencia disfrazada de auto cuidado. Porque en el fondo, la enorme polarización que se vive en nuestras sociedades solo refleja el pequeño Israel que llevamos dentro.

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Nosotros no sabemos, no podemos saber, no podemos ni imaginar cuánto sufrió. Creemos que tiene el derecho y el deber de evitarse nuevos sufrimientos. Como sufrió, puede defenderse, aunque eso implique causar daño. Porque lo que le importa es su dolor, más que ningún otro. Se cuida. Para él, su experiencia es la que vale y va a usar su poder para legitimar su versión. Las razones del otro no le incumben, ni sus deseos, ni sus aspiraciones. En el fondo no le importan, no valen, no cuentan, no existen. Si es a costa de su dolor, ese otro no debe ser reconocido, ni mirado, ni escuchado. Solo él, él, él, él, él, él, él y él. Nada importa más que su dolor… y su venganza.

Lázaro G. Rodríguez

Este texto se terminó de escribir el 9 de julio, en rebote con Matías Rodríguez, Marina Azahua, Luisa Pardo y María Minera.

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Lo contrario del bien, no es el mal, lo contrario del bien son las buenas intenciones

Llevábamos mucho tiempo fuera… mucho. Pero hemos vuelto. Así que estaremos por acá compartiendo inquietudes y desvelos. Polémicas y chismes. Un poco de lo que nos pasa al otro lado del océano, que es lo mismo pero no es igual.

 

Atravesamos un momento confuso en un mundo convulso.

El genocidio que Israel comete en Gaza, la invasión de Rusia a Ucrania, chat gpt y la inteligencia artificial, la posverdad, el Congo, Sudán, Somalia, Myanmar, Haití, Estados Unidos atacando Yemen, tiktok y la dictadura de Bukele erigiéndose como modelo para algunos incautos. Elon Musk y la promesa de Marte y las dictaduras de izquierda y los partidos de ultraderecha que crecen en tantos lugares. China y el nuevo orden mundial.

Mientras que aquí un gobierno auto celebratorio auto proclama una transformación radical, pero son tantos los casos que nos abruman: Izaguirre, y el rancho San Fernando, Allende, Ayotzinapa, Tlatlaya, las fosas, el velorio, el anexo y Zacatecas y el culiacanazo y nos podríamos pasar aquí toda la tarde enumerando horrores.
Nos hemos acostumbrado a que cada estado tenga grupos de madres buscadoras, ¿en qué momento se nos hizo habitual combinar los sustantivos “madre y buscadora”?, lo hemos normalizado como hemos normalizado que en nuestras redes sociales aparezcan fichas de búsqueda de muchachas y muchachos. Mientras rogamos para que no seamos nosotrxs los siguientes que veamos ahí a un familiar, un amigo, una hija.

Cuando volteo a verme a mi y a mis cercanos nos siento desorientados y no es solo por la falta de un proyecto político programático o el desencanto que se posa sobre las utopías de ayer. No es solo el lugar común de que antes había en qué creer y que un futuro mejor se intuía en el horizonte. No es solo que los sueños se hayan ido transformando en pesadillas: el comunismo, la revolución cubana y la nicaragüense, las primaveras árabes y el socialismo del siglo XXI. No es solo que otros proyectos se hayan ido deslavando hasta palidecer: la transición democrática, la democracia liberal como ideal de convivencia o el orden mundial regido por instituciones multilaterales. No es solo el colapso de ciertos ideales sino la imposibilidad de orientarnos en un mundo cada vez más difícil de asir.

Y es frente a esta realidad y el brillo de nuestra pantalla, que nos invade una sensación de angustia, en la que la confianza en el mañana se desdibuja. El futuro pasa de ser una promesa a una amenaza. Nos invade un extraña nostalgia por el pasado. La sensación de que lo peor está por venir, que todo tiempo futuro será peor.

Ante un futuro que es una amenaza  inevitablemente nos volvemos conservadores. La voluntad de cambiar el mundo, se convierte en un afán por conservar lo que tenemos: ciertas instituciones, algunos presupuestos, determinados valores. Y la crisis climática que ha desplazado el signo de la palabra cambio, pues pasó de ser algo positivo (había que cambiar la sociedad, la política, el mundo,) ha ser algo algo que hay que evitar a toda costa. Detener el cambio.

Miedo al mañana. Miedo. Vivir con miedo.

Y las preguntas  ¿Qué podemos desde el arte? ¿Qué queremos?

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Las prácticas artísticas no tienen un signo político claro, no son emancipadoras por naturaleza. Las hay de derechas y de izquierdas. Coercitivas, anti derechos, reaccionarias y emancipadoras. El arte no es algo en sí mismo, es nuestra responsabilidad darle un sentido, una dirección.

Voy a hablar desde y sobre un campo de lo artístico limitado que es en el que se enmarca mi trabajo y que José Antonio Sánchez aglutinó bajo el nombre prácticas de lo real. (Y que mal resumiendo se refiere a una serie de creaciones artísticas que toman como punto de partida eventos de la realidad problematizando su escenificación).

Para mi hay una diferencia fundamental entre el arte y el activismo. En mi experiencia el activismo parte de una convicción. Cuando apoyo una causa como la despenalización del aborto, tengo una certeza de qué es lo correcto y  no me interesa escuchar los argumentos que se dan en contra… no me interesa sentarme con los «provida» para ver si cambio lo que pienso. El activismo necesita certezas. Algunas certezas.

La tradición artística en la que yo me inserto, parte de lo contrario. Tanto como creador como espectador lo que busco es desestabilizar lo que pienso, dar espacio a la incertidumbre a la duda, a la paradoja… busco cambiar de opinión.

Por que aunque el arte decida emparejar sus fines con los del activismo o el periodismo sus medios son distintos. Y eso hace que habitemos espacios diferentes en la sociedad.

En México el periodismo indudablemente es una amenaza para el poder, Artículo 19 reportó 162 periodistas asesinados entre el año 2000 y el 2023. Y aunque en el país existen obras artísticas que hablan sobre eventos políticos con nombres y apellidos, son muy pocos los casos de artistas que hayan sido amenazados por el contenido de su obra. ¿Por qué si hablamos sobre lo mismo que los periodistas es raro que se considere al arte una amenaza? Una respuesta es que el periodismo llega a más personas. Pero eso no es necesariamente así, muchas de las periodistas asesinadas reporteaban en medios locales, canales de Facebook o similares, es decir que no necesariamente llegaban a audiencias masivas. No es una cuestión de escala es una cuestión de enfoque.
En la actualidad, que yo sepa, en ningún lugar se mata a los artistas como a los periodistas o a los activistas. Y en todo caso, qué bueno que no sea así. Creo que podemos coincidir en que la relevancia del arte no se mide en su capacidad de amenazar a los poderosos, tiene otro potencial… lo difícil es definir cuál es.

El arte, como todo, está plagado de lugares comunes, de frases que de tanto repetirlas han ido perdiendo su significado. Durante décadas las dos ideas más recurrentes para justificar el arte que habla sobre lo real han sido: visibilizar y sensibilizar.

Hace unos días me encontré en YouTube a gusgri, un hombre que tiene un canal de entrevistas muy exitoso. Entre sus muchos videos, hay uno del 7 de noviembre de 2024 que se llama: Fui a una entrevista de trabajo y terminé en manos del CJNG. Para el día 12 de marzo, el video tenía 5 687 880 visualizaciones. En la entrevista el muchacho habla con detalle de lo que estamos discutiendo hoy.  Gusgri le dio visibilidad a una historia frente a casi 6 millones de personas. ¿Qué creemos que la visibilidad puede en un mundo en el que no paramos de ver cosas? ¿Qué queremos que haga el público con eso que le mostramos?

Por su parte la idea de “sensibilizar” sobre eventos concretos a través del arte, es tan ambigua que para mi es difícil de aprehender (con h). El teatro en su versión más ingenua y naive, busca que nos conmovamos, insertando la realidad en estructuras dramáticas archiconocidas. Esa la manera en la que las plataformas (Netflix, Amazon etc) han hecho de eventos reales, series que hacen parte de su catálogo de olvido. Esa indignación empaquetada que nos hace sentir que cumplimos con algo. Que estamos del lado de los buenos. La indignación tranquilizadora. La ingenuidad que cree que hacer llorar a los espectadores es un valor, cuando es exactamente lo mismo que ha buscado siempre cualquier telenovela. Y así nos va.

Y está siempre el riesgo de predicar al coro y de condenar lo condenable frente a personas que ya lo condenaban desde antes, de obviar a nuestros interlocutores y de crear espacios de consenso y palmadas en la espalda y buena ondita y sentir que hacemos algo sin saber exactamente qué.

¿Qué podemos desde el arte? ¿Qué queremos?

Pero no soy pesimista, confío plenamente en el arte, que en su mejor cara, hace algo que ninguna otra disciplina puede: inaugurar una manera de mirar la realidad, amplificar la complejidad de una situación, reelaborar nuestra experiencia en el mundo y ver de manera distinta lo que creíamos que conocíamos.

Cuando Milo Rau hace Congo tribunal y escenifica los juicios que no se han dado en la realidad con las personas reales, cuando Lola Arias pone en escena a veteranos de la guerra de las Malvinas argentinios e ingleses para que nos cuentan aquel conflicto, cuando Rimini Protokol pone en un teatro a una muestra representativa de la ciudad, cuando La Resentida re elabora la memoria petrificada del golpe del 73, cuando Samira Elagoz enmarca su violación en un experimento que realizó para salir con gente en craiglist, cuando Jaha Koo hace del kimchi el signo de su extranjería, Cuando Roger Bernat sienta a Hamlet en el banquillo de los acusados y lo juzga con abogados reales y el código penal vigente, cuando Anacarsis Ramos explora con su madre el historial de los empleos (de ella) desde el punto de vista de alguien cuyo trabajo es su sueño sin dejar de ser precario, cuando Renzo Martens les dice a los congoleses  que su pobreza es su mayor recurso en Enjoy Poverty o Angélica Lidell asumiendo como propia la responsabilidad de la masacre en el  Bataclán. Shaday Larios inventando una manera de mirar Acapulco a través de ínfimos residuos, Carolina Bianchi tomando en escena  la droga que en Brasil se conoce como la del abuso en su Cinderella y tantas más…

¿De qué depende que una obra me permita re pensar la realidad o no? No lo se.

Mi hipótesis (insegura) es que para conseguirlo el arte se tiene que preocupar, sobre todo, por el arte y sus medios de expresión. Ningún proyecto artístico puede soslayar el diálogo con la tradición que la enmarca, del quijote a debí tirar más fotos o de la Batalla de Argelia a la batalla de Orgrave. Lo ineludible para el arte es construir un andamiaje formal que permita a la obra posicionarse en relación a el arte mismo. Y cuando lo hace el arte tiene la posibilidad de vehicular muchas otras cosas, de traducir las intenciones en algo que pueda ser compartido con otrxs y así  generar un correlato entre la motivación y su expresión. Y en esa operación, y en el mejor de los casos de generar un sentimiento de confianza en quien lo experimenta. Confianza en la vida y eso no depende del contenido ni de las buenas intenciones sino de la combinación de inteligencia, sensibilidad y valor que implica inaugurar o re imaginar un ángulo para relacionarnos con la realidad. El arte tiene la capacidad de recordarnos que el mundo no está cerrado y que la realidad se puede transformar.

 

Lázaro G. Rodríguez

 

(Estas ideas las puse juntas por invitación de María Minera a una mesa dentro de un coloquio, sobre violencia y arte en la UNAM)

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Montserrat XIX

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Conversación entre Gabino y Ana Livia del 20/6/2011:

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-Déjala tranquila. Se murió. No gastes tiempo ni dinero. Usa tu viaje para pasarlo bien. Para visitar amigos que están vivos.

-No creo que esté muerta.

– Peor entonces ¿Nunca no has contestado el teléfono porque simplemente no quieres hablar, no quieres ver a nadie?

– Sí.

– ¿Te gustaría que te buscaran si no quisieras que te encontraran?

– Depende.

– Esa es un fantasía y es muy poderosa, creer que uno puede intervenir, ayudar. Los que se quieren matar, porque perderse como lo hizo tu mamá es una suerte de suicidio social si es que no se mató y punto, lo van a hacer si o si. Que un amigo o familiar intervenga y detenga una decisión tan personal es una falacia. A lo más retrasan una decisión. La decisión final, la decisión real, la toma otra persona. Tu mamá se mató, aunque no se haya matado.

– no creo yo creo que está viva.

Para todos los efectos se mató porque desapareció de los otros. ¿Te ha escrito? ¿Ha mantenido una relación secreta contigo, por escrito o por teléfono, a espaldas de su familia? Es algo que sucede. Yo soy el único lazo que tiene una prima mía con su familia. Pero ella cortó con cualquiera que conozca a alguien que conoce a alguien. Tu mamá no me parece una figura romántica, sino enferma. El tipo de gente que arrastra y hiere a otros

– ¿No sabemos que le habrá tocado?

– A todos nos pasan cosas, a todos nos han hecho cosas. Montserrat dejó de estar. Si se mató porque no pudo más, ojalá que descanse en paz. Respeto la decisión. Si está viva pero “lejos”, escondida, creo que está mal o, al menos, que todo le salió mal. Es como matarse y seguir viva.

Si está muerta y la encuentras , capaz que hasta es peor. La idea de que este viva se terminará, lo mismo que la esperanza.

– Pero la duda, la angustia, terminará.

– Tu familia no está angustiada, a lo más tiene curiosidad, que no es lo mismo. El más interesado en todo esto eres tu y, sé sincero, te atrae la historia, el personaje. Que este viva o muerta, te afecta, pero no tanto. Vas a seguir vivo. Tu vida nunca se ha congelado o se ha vuelto intolerable por la incertidumbre. Lo que tu necesitas es un final para tu historia. Cualquiera de las dos, este viva o muerta es un final. ¿Sí o no?

– Si.

– ¿Viste? Te conozco: todo esto es para ti una historia. Y la quieres vivir, está bien, pero todo esto tiene que ver contigo.

[…]

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12 comentarios

Montserrat XVIII

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Uno se puede perder de muchas maneras estando a plena luz,

pero perderse de verdad,

quemar las naves,

desaparecer, es otra cosa.

Huir.

Escapar.

Mi madre se perdió, pero se perdió de verdad.

Es, dentro de todo un acto de gran valentía o todo lo contrario.

No lo sé,

no lo he hecho,

no lo haré.

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Montserrat XVII

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En 1989 Montserrat Lines Molina, mi madre, se esfumó de la faz de la tierra, desde la ciudad de méxico, lejos de su natal San José, Costa Rica. Simplemente no la vimos más. Un día salió de la casa rumbo a su trabajo y no volvió.

Todos hicieron cosas por buscarla, mi Padre, aunque ya estaban divorciados, sus amigos y su familia. No apareció en ninguna morgue, ni en ningún hospital, ni con la policía. Nadie llamó para pedir rescate.

Yo no me enteré de mucho, tenía 6 años.

Desde entonces no hemos vuelto a saber de ella.

Desde entonces está desaparecida.

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Montserrat XVI

01.

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Descubrir lo que fue a través del proyecto

Inventar lo que fue a través del proyecto.

Entender lo que soy a partir de mi mamá.

Imaginar lo que seré a partir de mi mamá.

Recuperar alguna imagen de mi mamá.

Ingeniar otra imagen de mi mamá.

Acercarme a mi mamá por medio de la investigación.

Aproximarme a mi por medio de la investigación.

¿Quién fue Montserrat y quién soy yo?

¿Quién quiero que sea Montserrat y quién quiero ser yo?

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Montserrat XV

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Las familias felices se parecen, las infelices lo son cada una a su manera.

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Montserrat XIV

De lo poco que me acuerdo, es de cuando estaba adentro de ti.

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Montserrat XIII

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Montserrat XII

17. Ext. Ajusco, orilla de la carretera, día

José Rodríguez y Gabino Rodríguez buscan el árbol donde fueron esparcidas las cenizas de Montserrat.

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