De todas partes y de ninguna. A próposito de ‘Maja y bastarda’ de Laila Tafur

El solo ‘Maja y bastarda’ es un acto de reconstrucción, una pieza íntima que busca unas raíces perdidas. Al mismo tiempo y sin contradecirse, reivindica el valor impuro de aquellas que vienen de ningún lugar. 

 Y lo hace con los mínimos elementos posibles: algo de vestuario es suficiente para desplegar toda una serie de ideas alrededor de la identidad y de la cultura. El resultado es algo fronterizo entre la risa y el rito. Por ejemplo, nos podemos fijar en el inicio. El tocado goyesco rojo y el cuerpo desnudo de Tafur se va transformando continuamente en sus giros. Priman la crudeza, lo bruto y a la vez, lo sublime que reside en el despojamiento de todo lo no esencial. El ritmo de dos conchas de vieira que frota rítmicamente (como se utiliza en la muñeira), un poco de humo y la luz de las calles crean un momento plástico mínimo y coherente. El diseño de iluminación de Xesca Salvà y el vestuario de Jorge Dutor, Carmen Corsano y la propia Tafur, componen un ecosistema visual de gran sencillez y potencia.

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