
La obra que la creadora sevillana Candela Capitán presenta en La Mutant, sigue despertando interés ocho años después de su estreno. ‘The Death at the Club’ activa irremediablemente el mecanismo de la pregunta y de la fascinación. La sencillez de la propuesta lleva aparejadas ideas sobre los rituales en la edad moderna, la cultura de club y el fenómeno performativo. Como suele ocurrir en estos terrenos de las artes vivas, lo que hay es lo que es pero a la vez, es mucho más: una joven vestida con poco más que unas botas y unos largos guantes da volteretas mientras una Dj pincha tecno durante 45 minutos. En esencia eso es ‘The Death at the Club’, lo demás sucede en la mente del que observa.
La cosa parece que está en el rito, acción simbólica en la que se crea comunidad sin comunicación, como dice el filósofo pop Byung-Chul Han. Lo que ocurre en nuestro mundo es justo lo contrario: tenemos comunicación pero no comunidad. El rito o ritual (se usan a veces como sinónimos) es un tema recurrente en la creación escénica contemporánea, justamente porque estamos faltos de él. Yo mismo he caído en su magnetismo: he leído a Van Gennep y a Mircea Eliade, he investigado sus mecanismos en mi obra ‘Mystés’ y sí, lo confieso, he vestido a mis performers con túnicas. El ritual nos atrae, nos parece importante, creemos que las artes escénicas es ya el último lugar para traerlo de vuelta a esta sociedad que es un mercado, nosotras que somos unas ateas descreídas.
La función del ritual en su origen era ordenar y acondicionar el tiempo. En cambio, en la sociedad capitalista de hoy, los rituales han mutado de función. No se trata tanto de organizar a la comunidad sino que más bien se han desplazado a prácticas individuales, repetitivas y performativas. El ritual antes producía pertenencia, ahora produce sujetos aislados que se autorritualizan. Se pasó del sacrificio de personas al de animales, luego al sacrificio simbólico y ahora se sacrifican los individuos a sí mismos. En una sociedad en la que la percepción simbólica parece desaparecer, lo que prima es la percepción serial, la bulimia de la imagen, la producción y el consumo ad infinitum.