Bailar en las ruinas (del techno)

Bailar en las pistas de baile en ruinas, de día, a destiempo, cuando no toca, cuando todos se fueron ya hace tiempo. Bailar con los ecos de la noche, con las vibraciones que retumban aún en los muros. Con lo que queda, con las ruinas. Con la pista de baile resquebrajada. Con las huellas de los cuerpos sudorosos de hace décadas. Sobre las cosas que nacen antes de que tengan un nombre, antes de que nadie se lo espere. Cuando no se necesita la oscuridad de la noche para ser libres.

Llegué a levante por un funeral, un funeral me trajo hasta aquí, después, vine a bailar a la catedral en ruinas. Esto es una discoteca clausurada, abandonada y clandestina. Desde la carretera del Saler se ve el nombre. Nunca reabrió pero consiguió conservar su aura de leyenda de barco varado entre campos de arroz. He venido a invocar a los fantasmas de los cuerpos sudorosos de otros tiempos, a los cuerpos cansaos, reventaos, destrozaos. Ni siquiera sé por qué ni cómo he llegado hasta aquí. Los funerales y la muerte me dan ganas de bailar, y de vivir. No se puede bailar y estoy viva, así que vine a buscar los restos, los agujeros y las grietas. Hay una grieta por donde colarse a la catedral del techno en ruinas. Una grieta rodeada de arrozales. Una fisura en el tiempo. A la grieta se llega por los canales que separan los campos de arroz. Están muy verdes. Después de atravesar la grieta, al fondo, en la pared de la parte de atrás, hay una pintada que dice: ‘cuidado con los fantasmas’. Después, en la entrada, hay un agujero, un agujero en una puerta de cristal por donde cabe un cuerpo. Una grieta en una valla y un agujero en un cristal. Y estás dentro. En la discoteca clandestina. En la pista de baile en ruinas. A lo mejor hay algún vivo dentro. Suenan pájaros y chirridos de metales movidos por el viento.

La pista de baile está bastante limpia para estar en ruinas. Lo iban a reabrir hace unos años, pero al final no. Cosas de permisos. No hay vivos. Pregunto ¿Qué había aquí? Yo qué sé, no me acuerdo. Mentira, sí me acuerdo. Mi cuerpo recuerda haber estado aquí antes. La relatividad del tiempo comienza en el momento en que la noche se junta con el día. El paradise, dice el grafitti pintado a la entrada. Sigo preguntando ¿qué viene después? Acabar con una gota de sudor chorreándome por el culo y la espalda. Es sudor de verano de Agosto. El pelo mojado como recién salido de la ducha. Como en aquellos tiempos en los que se bailaba. Haber salido del after. Con los fantasmas bakalas y los beats silenciosos que aún resuenan en las paredes. Pisotear la pista de baile. El recuadro de hormigón rectangular rodeado de baldosas, de trozos de cristales rotos. La pista vacía. Rodeada del poliéster amarillo de relleno de sofá de polipiel blanco, como cuando dejas solo al perro cuando es cachorro y llegas y te encuentras poliéster mordido hasta en el hueco de unas zapatillas perdidas en el fondo de un armario. Sentir claustrofobia de todos los cuerpos pegados. Joder, dejadme en paz, hostias. Vibrar. Dejarse mover por algo oscuro y denso. Mi cuerpo hace cosas que no son mías, como esos pasitos de baile makinero. Enfadarme con un fantasma makinero. El corazón bombeando sangre como si los beats del bajo del technotron se colasen por mis tímpanos e hiciesen retumbar cada célula del cuerpo. Dos veces más rápido que el latido del corazón. Estar en otra época, en otro siglo. No tener edad. Tener dieciséis o treinta o cincuenta. La cabina negra del Dj enfrente. God was never a DJ. Aunque hay una fuerza descomunal en poder mover miles de cuerpos a un mismo beat. El poder de todos los cuerpos con toda su furia rebotar en el suelo, en la pista, haciendo vibrar los cristales hasta el amanecer. La llamaban música mákina porque estaba hecha con máquinas. El Atari. No se sabía nada de las máquinas. Todo en sí mismo era una máquina con un botón de encender y apagar los botes de los cuerpos. ¿No puedes parar de botar?, pregunto. No. No puedes. Te altera el cuerpo. Te hace vibrar. ‘Lo que mola es ponerte en medio de la pista a saltar y a bailar, bailar y dar volteretas’, dice el fantasma bakala.

Pregunto ¿qué viene después? pregunto a la mákina de vibrar cuerpos. Relajar los músculos de la mandíbula es también relajar los músculos de la pelvis. Están conectados, tienen la misma fisionomía. Por eso ahora casi todos tienen hijos. ¿Dónde van a bailar ahora? Al lugar deslocalizado, al tiktok, al internes que diría mi abuela si estuviera viva, el lugar de todas las cosas, la brujería del S.XXI.

Bailar en las ruinas, si. Antes de que no quede nada. Con los restos, los rastros, las vibraciones y los fantasmas bakalas. Una vez me pegué a la salida de un after. Me dejó un ojo morado la bakala. Cuidao con mi novia que sabe kárate. Pues vale. En ese momento supe de qué palo iba la noche. A Madrid es que llegó el bakalao chungo. Never Die! Dice una pintada. Seguro que vuelvo. Aún no me he ido y ya estoy pensando en volver. Quizás la próxima vez que vuelva esto ya no siga en pie. Nos despedimos dando por hecho que volveremos a ver a esa persona, ese lugar, pero en realidad nunca sabemos si nos volveremos a ver. Quizás cuando vuelva esto ya no sea lo que es ahora, una catedral del techno en ruinas y los fantasmas bakalas hayan tenido que emigrar a Ibiza, donde aún quedan templos vacíos varados en medio del polvo. Siempre parece que todo se está acabando. Quizás se convierta en un parking. El parkineo lo inventamos nosotros dice el fantasma bakala. Cuando no había dinero, era lo que se hacía. Antes de que todo se convirtiera en postureo. Antes de que ser bakala significara ser un chungo. Antes de que bakalao se escribiera con k. Cuando todavía no había distinciones de géneros musicales porque no se sabía ni lo que era. Las cosas siempre empiezan a morir un poco cuando se empiezan a clasificar. Los Dj aún no eran dioses consagrados en los olimpos de cuerpos sudorosos vibrando a un mismo beat. Sonidos traídos de lugares lejanos, de mano en mano. Sonidos recomendados por alguien que sabía de algo que no se había escuchado en ningún otro lugar. Que sólo podía escucharse ahí porque alguien había viajado quién sabe donde y los había traído. Sonidos vinculados al lugar.

Anoche un dj me salvó la vida. Me salvó de la vida de mierda, de la represión del cuerpo ahogado en la rutina de las máquinas, del cuerpo agotado en la miseria. ¿Por qué aguantar? Porque a casa no se puede ir. Cuerpos periféricos rodeados de solares vacíos aún por descubrir. Cuerpos a la espera del sábado noche para recordar que aún existen. Para olvidar la vida pobre y triste. ¿Dónde están los cuerpos ahora?

Aquí no existe la normalidad, ni la nueva ni la vieja, dice el fantasma bakala. Aquí están los veranos del amor con la explosión de los cuerpos en todo su esplendor. La revolución de la diversión de los cuerpos alterados con una música que nadie entiende. La libertad de los territorios perdidos rodeados unos de colinas y otros de arrozales. No hay por qué entender. Aquí están los bailes desenfadados y las canciones que hablan de libertad, felicidad, amor y volar libre. A la gente de los noventa es que nos gustaba mucho cantar. Ya no quedan fiestas fiestas locas locas como ésta.

*Este texto forma parte del proyecto Invocaciones desarrollado en colaboración con Marta Echaves.

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