Místicas y Obstinadas

collage-ofrenda a un corazón por el día de los muertos

Abre Clarice, Todo en la vida comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria existía la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo.

Las aperturas siempre inician con un sí. Algunas palabras llegan para quedarse. Estoy obsesionada con encontrar las palabras exactas para lo que desborda. El sí infinito. Las palabras que nos salvan en el momento justo. Esas son las que importan. Lo importante y lo necesario. Me gustaría hacer y hablar sólo lo necesario. Lo necesario para que la vida sea vida y no otra cosa. Lo importante es que estamos vivas. Dicen las células, invisibles ellas. Gritan, aúllan y arden. Porque son invisibles. Lo necesario es nombrar lo invisible. Lo que no se nombra no existe dicen, no, las cosas ya existen antes de ser nombradas. Lo necesario es encontrar las palabras necesarias para nombrar lo que ya existe que aún no tiene nombre.

Cuando se acabe mi baile, se acabará la fiesta, abre Elena (un agujero en el pecho hacia el sí infinito). Esas palabras se metieron dentro, atravesaron el tórax, para llegar hasta el corazón arrítmico y quedarse. Después de salir de escuchar a la célula hablar en aquel teatro aquella noche de otoño, la groupie trasnochada se fue a su casa a llorar desconsoladamente. Las células habían hablado, transformadas en cuerpo y carne. Y cuando las células hablan, cuando lo otro habla, es necesario escucharlo. Las células hablan, los cadáveres hablan, la muerte habla y la vida habla, sólo es necesario escucharlo.

La groupie trasnochada es esa que sigue al corazón que palpita. Ha visto algo que la ha desplazado, movido, conmovido y lo sigue. No queda otra que tratar de averiguar, que pegarse a eso que la ha tocado. La groupie trasnochada sólo dice ahí es, eso, aún sin saber por qué. El pensamiento viene después. Deja a la groupie trasnochada hacer que ella sabe donde va sin saberlo. La groupie trasnochada pone el propio cuerpo para aprender algo, para conocer algo, para enterarse de algo. Trasnochada es la que se mantiene en vela, la que vela por algo, quien pasa la noche con eso entre manos, que se deja llevar por eso que desconoce en los caminos de la noche ¿Qué es eso? Lo que habla que no sabemos qué es pero que es necesario comprender. A menudo lo importante es lo que no se ve, lo que aún no tiene nombre. Así que la groupie trasnochada va donde el corazón palpita. Es la que se deja llevar por lo que escapa a su comprensión. A partir de ese día la groupie trasnochada siguió tímida y silenciosamente a la célula. La célula, que conoce los saberes del cuerpo. Yendo más allá de del propio ritmo, con los ritmos vertiginosos de los fluídos que recorren las venas, las vertientes sinuosas que dibujan las caderas, que son potencia, los músculos que se contraen y se expanden en los coños invisibles, los vibrares de las carnes que golpean una contra otra. La siguió por bailías, anatomías, impromptus y campías sin saber aún lo que ocurriría después.

Hay piezas que existen porque necesitan existir, que son más allá de sí mismas, de los universos artísticos, que habitan en el lugar de las cosas que necesitan existir, que ya existían antes de ser algo. Hay piezas que te acompañan para siempre. Se aparecen una y otra vez, insistentemente, en los momentos de vacío y de éxtasis y de hartazgo. Se convierten en fantasma, no de los que asustan sino de los que alientan que son los que importan. Hay piezas obstinadas. Que te recuerdan una y otra vez la importancia de las palabras exactas. A la groupie trasnochada se le olvidaron casi todas las palabras. Da igual. La memoria no va de eso. Lo que la memoria recuerda es el efecto que produjeron las palabras al colarse entre las células, al moverlas, al crear nuevas conexiones sinápticas, al desplazar el pensamiento. Hay algunas palabras que se quedan. Cuatro o cinco o cincuenta o cien. Que pasan a formar parte del cuerpo. Que vuelven una y otra vez. Como un mantra. Palabras obstinadas. Hay palabras obstinadas, como las células del corazón y como las piezas que hablan de cómo una bailarina comprendió el ritmo y el movimiento contemplando un cadáver inerte. Obstinadas son las que siguen con empeño haciendo lo que hacen. Poniendo el corazón. Poner el corazón en algo significa que te va la vida en ello. Si no te va la vida en ello ¿para qué hacerlo? Es mejor no hacer nada. Es mejor tumbarse al sol. Las palabras, las piezas y las células obstinadas son importantes. Tan importantes como el hecho cotidiano, invisible y olvidadizo de que el corazón bombee sangre una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, así incansable y repetidamente hasta que un día deja de hacerlo. La vida es obstinada.

La célula proyectada en la ventana. Con la ofrenda del Anthurium (flor del amor) a un corazón y a los que ya no están, por el día de los muertos, debajo de la célula, fuera de plano.

Querida groupie trasnochada si hubieras sabido entonces. Ahora, desde aquí, desde este papel, sentada en la misma silla que hace seis años, te digo, levántate y ve a ver esa pieza porque lo vas a necesitar para lo que va a venir después. Así que la groupie trasnochada que aún ni existe se levanta y va al teatro y se coloca en primera fila justo enfrente.

Ahí, justo enfrente está la vida y está la muerte. Contemplar el cadáver es hacerse cargo de la propia finitud. Vosotros no lo entendéis, dice la muerte, no entendéis que para comprender algo es necesario el destierro. El destierro es la privación de la tierra, del sentido de pertenencia al mundo de los hombres. El destierro es bailar sobre la propia tumba. El destierro es la navegación por los mundos intermedios entre el aquí y el allá. Destierro es la nada y es el todo. ¿Cómo os atrevéis a desafiar lo que no os compete? Dice la muerte. ¿Como os atrevéis a incidir sobre los procesos celulares de la vida y la muerte? ¿cómo os atrevéis a atravesar esa frontera? Después del desafío no queda más remedio que vivir, para llegar a la muerte en calma. Esa es la redención del destierro. Vivir y vibrar con todo. Con todo es con el Todo. El Todo y la Nada unidos para siempre en el sí infinito. Y lo que ha unido el misterio de la existencia que no lo separe la insignificancia del yo. De vivir, porque la vida sabe más que el yo.

A la muerte se la suda el cinismo, se mea en él, se descoja a carcajada limpia ante la torpeza de las respuestas cínicas y del sarcasmo. No entiende del bien ni del mal. La muerte sólo sabe de lo que es necesario en el momento justo. Sólo hablo de la muerte porque la conozco también, no especulo ni teorizo, sólo puedo hablar desde lo que el cuerpo conoce. Cuando la muerte habla es necesario escucharla. Así que intento aprender su lenguaje. No hay tiempo que perder, aprender su lenguaje es necesario para preservar la vida.

Eso, sí. La vida y el sí. Lo que abruma es la inmensidad de la vida. Lo que abruma es la fuerza de lo que no se puede contener, de lo que desborda. El corazón desbocado que sale del pecho en el sí infinito. Las palabras son katana y son sangre. Y después está el sí infinito. Las células del cadáver hablaron, mucho tiempo después, en un lenguaje desconocido, resucitemos lo que ya existe, dijeron. Si tú supieras, dice la vida, la violencia que implica devolver el latido a un corazón que ha dejado de latir. Si tú supieras algo de la fuerza que es necesaria para fracturar un esternón y los miles de vatios que atraviesan el tórax. Antes de que el cuerpo sea cadáver irreversiblemente, antes de que comience a entrar en descomposición, antes de ser fantasma. Por eso se llama más allá, porque está más allá de la frontera que no se ha de cruzar. Para afirmar la vida es necesario contemplar la propia finitud. Para que algo viva, otro algo ha de morir. ¿Y cuántas veces es necesario morir? Para que la vida sea vida, constantemente se ha de morir, dice el cadáver. Así que aún, la fiesta no se ha acabado, la fiesta continúa.

Místicas, que escuchan a lo vivo, lo que se manifiesta, lo que se abre, lo que aparece, lo que desaparece, lo que está al otro lado. Que han habitado el destierro. Alquimistas del dolor y curanderas, amantes de lo oculto que late por debajo de las cosas antes de que sean, para que vivan. Hay más, muchas. Atravesadas por, que hablan a través de. De lo importante, de lo necesario. Esto aún no ha acabado, esto continúa.

* Este texto fue escrito a raíz del revisionado de la pieza Soy una obstinada célula del corazón y no dejaré de contraerme hasta que me muera de Elena Córdoba dentro del ciclo Madrid, Aguas Profundas comisariado por Fernando Gandasegui en el Centro Conde Duque.

La apertura es de La hora de la Estrella de Clarice Lispector.

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Bailar en las ruinas (del techno)

Bailar en las pistas de baile en ruinas, de día, a destiempo, cuando no toca, cuando todos se fueron ya hace tiempo. Bailar con los ecos de la noche, con las vibraciones que retumban aún en los muros. Con lo que queda, con las ruinas. Con la pista de baile resquebrajada. Con las huellas de los cuerpos sudorosos de hace décadas. Sobre las cosas que nacen antes de que tengan un nombre, antes de que nadie se lo espere. Cuando no se necesita la oscuridad de la noche para ser libres.

Llegué a levante por un funeral, un funeral me trajo hasta aquí, después, vine a bailar a la catedral en ruinas. Esto es una discoteca clausurada, abandonada y clandestina. Desde la carretera del Saler se ve el nombre. Nunca reabrió pero consiguió conservar su aura de leyenda de barco varado entre campos de arroz. He venido a invocar a los fantasmas de los cuerpos sudorosos de otros tiempos, a los cuerpos cansaos, reventaos, destrozaos. Ni siquiera sé por qué ni cómo he llegado hasta aquí. Los funerales y la muerte me dan ganas de bailar, y de vivir. No se puede bailar y estoy viva, así que vine a buscar los restos, los agujeros y las grietas. Hay una grieta por donde colarse a la catedral del techno en ruinas. Una grieta rodeada de arrozales. Una fisura en el tiempo. A la grieta se llega por los canales que separan los campos de arroz. Están muy verdes. Después de atravesar la grieta, al fondo, en la pared de la parte de atrás, hay una pintada que dice: ‘cuidado con los fantasmas’. Después, en la entrada, hay un agujero, un agujero en una puerta de cristal por donde cabe un cuerpo. Una grieta en una valla y un agujero en un cristal. Y estás dentro. En la discoteca clandestina. En la pista de baile en ruinas. A lo mejor hay algún vivo dentro. Suenan pájaros y chirridos de metales movidos por el viento.

La pista de baile está bastante limpia para estar en ruinas. Lo iban a reabrir hace unos años, pero al final no. Cosas de permisos. No hay vivos. Pregunto ¿Qué había aquí? Yo qué sé, no me acuerdo. Mentira, sí me acuerdo. Mi cuerpo recuerda haber estado aquí antes. La relatividad del tiempo comienza en el momento en que la noche se junta con el día. El paradise, dice el grafitti pintado a la entrada. Sigo preguntando ¿qué viene después? Acabar con una gota de sudor chorreándome por el culo y la espalda. Es sudor de verano de Agosto. El pelo mojado como recién salido de la ducha. Como en aquellos tiempos en los que se bailaba. Haber salido del after. Con los fantasmas bakalas y los beats silenciosos que aún resuenan en las paredes. Pisotear la pista de baile. El recuadro de hormigón rectangular rodeado de baldosas, de trozos de cristales rotos. La pista vacía. Rodeada del poliéster amarillo de relleno de sofá de polipiel blanco, como cuando dejas solo al perro cuando es cachorro y llegas y te encuentras poliéster mordido hasta en el hueco de unas zapatillas perdidas en el fondo de un armario. Sentir claustrofobia de todos los cuerpos pegados. Joder, dejadme en paz, hostias. Vibrar. Dejarse mover por algo oscuro y denso. Mi cuerpo hace cosas que no son mías, como esos pasitos de baile makinero. Enfadarme con un fantasma makinero. El corazón bombeando sangre como si los beats del bajo del technotron se colasen por mis tímpanos e hiciesen retumbar cada célula del cuerpo. Dos veces más rápido que el latido del corazón. Estar en otra época, en otro siglo. No tener edad. Tener dieciséis o treinta o cincuenta. La cabina negra del Dj enfrente. God was never a DJ. Aunque hay una fuerza descomunal en poder mover miles de cuerpos a un mismo beat. El poder de todos los cuerpos con toda su furia rebotar en el suelo, en la pista, haciendo vibrar los cristales hasta el amanecer. La llamaban música mákina porque estaba hecha con máquinas. El Atari. No se sabía nada de las máquinas. Todo en sí mismo era una máquina con un botón de encender y apagar los botes de los cuerpos. ¿No puedes parar de botar?, pregunto. No. No puedes. Te altera el cuerpo. Te hace vibrar. ‘Lo que mola es ponerte en medio de la pista a saltar y a bailar, bailar y dar volteretas’, dice el fantasma bakala.

Pregunto ¿qué viene después? pregunto a la mákina de vibrar cuerpos. Relajar los músculos de la mandíbula es también relajar los músculos de la pelvis. Están conectados, tienen la misma fisionomía. Por eso ahora casi todos tienen hijos. ¿Dónde van a bailar ahora? Al lugar deslocalizado, al tiktok, al internes que diría mi abuela si estuviera viva, el lugar de todas las cosas, la brujería del S.XXI.

Bailar en las ruinas, si. Antes de que no quede nada. Con los restos, los rastros, las vibraciones y los fantasmas bakalas. Una vez me pegué a la salida de un after. Me dejó un ojo morado la bakala. Cuidao con mi novia que sabe kárate. Pues vale. En ese momento supe de qué palo iba la noche. A Madrid es que llegó el bakalao chungo. Never Die! Dice una pintada. Seguro que vuelvo. Aún no me he ido y ya estoy pensando en volver. Quizás la próxima vez que vuelva esto ya no siga en pie. Nos despedimos dando por hecho que volveremos a ver a esa persona, ese lugar, pero en realidad nunca sabemos si nos volveremos a ver. Quizás cuando vuelva esto ya no sea lo que es ahora, una catedral del techno en ruinas y los fantasmas bakalas hayan tenido que emigrar a Ibiza, donde aún quedan templos vacíos varados en medio del polvo. Siempre parece que todo se está acabando. Quizás se convierta en un parking. El parkineo lo inventamos nosotros dice el fantasma bakala. Cuando no había dinero, era lo que se hacía. Antes de que todo se convirtiera en postureo. Antes de que ser bakala significara ser un chungo. Antes de que bakalao se escribiera con k. Cuando todavía no había distinciones de géneros musicales porque no se sabía ni lo que era. Las cosas siempre empiezan a morir un poco cuando se empiezan a clasificar. Los Dj aún no eran dioses consagrados en los olimpos de cuerpos sudorosos vibrando a un mismo beat. Sonidos traídos de lugares lejanos, de mano en mano. Sonidos recomendados por alguien que sabía de algo que no se había escuchado en ningún otro lugar. Que sólo podía escucharse ahí porque alguien había viajado quién sabe donde y los había traído. Sonidos vinculados al lugar.

Anoche un dj me salvó la vida. Me salvó de la vida de mierda, de la represión del cuerpo ahogado en la rutina de las máquinas, del cuerpo agotado en la miseria. ¿Por qué aguantar? Porque a casa no se puede ir. Cuerpos periféricos rodeados de solares vacíos aún por descubrir. Cuerpos a la espera del sábado noche para recordar que aún existen. Para olvidar la vida pobre y triste. ¿Dónde están los cuerpos ahora?

Aquí no existe la normalidad, ni la nueva ni la vieja, dice el fantasma bakala. Aquí están los veranos del amor con la explosión de los cuerpos en todo su esplendor. La revolución de la diversión de los cuerpos alterados con una música que nadie entiende. La libertad de los territorios perdidos rodeados unos de colinas y otros de arrozales. No hay por qué entender. Aquí están los bailes desenfadados y las canciones que hablan de libertad, felicidad, amor y volar libre. A la gente de los noventa es que nos gustaba mucho cantar. Ya no quedan fiestas fiestas locas locas como ésta.

*Este texto forma parte del proyecto Invocaciones desarrollado en colaboración con Marta Echaves.

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