¿POR QUÉ?

Aún si la persona fotografiada estuviese hoy completamente olvidada, aun si su nombre hubiese sido borrado para siempre de la memoria de los hombres –y a pesar de esto; es más,  precisamente por esto-, esa persona, ese rostro exigen su nombre, exigen no ser olvidados.”  GIORGIO AGAMBEN, Profanaciones, 2005.

LA CALDERA – Grec 2019 – Azkona&Toloza – La Col·lecció ©Tristan Perez-Martin

¿Qué es LA COLECCIÓN?

LA COLECCIÓN es una pieza de artes vivas, en formato de site specific, que forma parte de la serie documental Pacífico, serie centrada en las nuevas formas de colonialismo, la barbarie sobre el terriotorio y los pueblos originarios y su estrecha relación con el desarrollo de la cultura contemporánea.

LA COLECCIÓN es la tercera pieza de la serie luego de Extraños Mares Arden, sobre la relación entre la familia Gughenheim y el desarrollo de la industria minera en el norte de Chile, y Tierras del Sud, sobre el Pueblo Mapuche, el Estado de Argentina y la familia de industriales textiles italianos Benetton.

En el caso específico de este proyecto,LA COLECCIÓN nace del resultado de un arduo trabajo de investigación documental sobre las características y el desarrollo de la fotografía etnográfica a fines del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX. Y más específicamente bucea en el patrimonio fotográfico inédito de las primeras expediciones y viajes a Guinea Ecuatorial llevadas a cabo por el ex-director del Museo Etnológico y Colonial de Barcelona August Panella en compañía del etnólogo Jordi Sabater Pi y del trabajo desarrolado en Territorio Mapuche, entre Chile y Argentina, por el grupo de fotógrafos denominado Los fundadores compuesto por Christian Valck, Gustavo Milet y Obder Heffer Bissett.

¿Por qué hablar de fotografía etnográfica?

La aparición del daguerrotipo, la primera técnica que permitía fijar imágenes “reales” sobre una superficie de plata pulida, la fotografía vino a transformar radicalmente la forma en que la antropología estudiaba al ser humano. Más específicamente transformó lo que a mediados del siglo XIX se entendía como el estudio de las diferentes razas humanas. Los dibujos o pinturas que, por muy detalladas que fuesen, no dejaban de ser abstracciones vinieron a ser reemplazadas por imágenes fotográficas que fueron presentadas como el fiel reflejo de la realidad, y como tal, en pruebas objetivas, científicas e irrefutables.

¿Pero, hasta qué punto reflejaban la realidad estos daguerrotipos?

Tal vez sea la serie de daguerrotipos que Joseph Zealy realizó a esclavos negros de Carolina del Sur en 1850 el primer ejemplo claro de este tipo de construcción de realidades científicas. Realizadas a petición del geólogo y zoólogo suizo Jean Louise Agassiz las imágenes fueron encargadas para servir de prueba antropológica a teorías que buscaban demostrar la inferioridad de la raza negra.

Y no es menos cierto que la fotografía etnográfica en sus primeros estadios, producto de expediciones y viajes, más cercana al ámbito documental y carente de criterios científicos claros, se transformó en una potente herramienta de la academia para construir la imagen del “otro” como un ser exótico, inferior y la mayoría de veces salvaje.

Esto último es aún más flagrante en el caso de las antiguas colonias de ultramar, donde la represión y la barbarie cortaron de golpe gran parte de la tradición oral de sus pueblos originarios, transformando, con el paso de los años, a las fotografías etnográficas, realizadas casi siempre por europeos y construidas para avalar científicamente el Darwinismo Social, en la única prueba documental de su pasado, en el “verdadero rostro de sus antepasados”.

Pero esta forma de explicar el mundo no fue exclusiva de la fotografía, sino que se transformó en un estándar de casi todas las ramas de la etnografía. Muchos de los museos etnológicos repartidos por el mundo se han sumido, en las últimas décadas en una intensa discusión interna sobre su visión museográfica, con especial atención a la forma de organizar las colecciones para intentar huir del cuaderno de viajes exótico o con una profunda reflexión sobre la utilización de restos humanos, abogando en muchos casos por la compleja y lenta restitución de dichos cuerpos a sus comunidades originarias

Y en definitiva, no es menos cierto, que es bajo esa forma de ver, entender y explicar el mundo, entendiendo al otro como un ser exótico y asumiendo la barbarie colonial como una forma de hacer habitual, que nosotros fuimos educados, instruidos y colonizados. Nosotros, nuestros museos y también nuestras instituciones culturales. Es por todo lo anterior que proponemos llevar adelante este proyecto que busca transformarse en un aporte real a la relectura de nuestra historia cultural y, en definitiva, a la decolonización de nuestras miradas.

¿Qué dispositivo planteamos?

Al igual que hicimos en la escena central de nuestra pieza de teatro documental “Tierras del sud”, en la que abordábamos la fotografía etnográfica desarrollada por el grupo “Los Fundadores” en territorio mapuche a fines del siglo XIX, lo que pretendemos hacer es dar vida y traspasar al cuerpo de los performers, encuerpar, los archivos fotográficos productos de esta investigación. Y no nos referimos solamente al material fotográfico, sino que también a las notas de texto y relatos que dan cuenta de las sesiones en que dichas fotografías se llevaron a cabo.

Creemos que traspasar a nuestros cuerpos dichas imágenes es una herramienta muy efectiva a la hora de transferir al espectador la idea de la barbarie que sobre los fotografiados se ejercía en dichas sesiones, sobre todo en un momento actual donde posar frente a una cámara y otorgarnos a nosotros mismos una imagen se ha transformado, para muchos, en uno de los pilares de nuestra forma de relacionarnos socialmente.

Porque, finalmente, nuestra idea es recuperar la danza y el movimiento como herramientas válidas para la entrega de información documental, aportando al relato histórico toda la fuerza y la carga poética de los cuerpos en escena y sirviéndonos de la coreografía y su forma de hacer como una manera potencial de ordenar las distintas aristas de una investigación tan compleja como esta.

Pero, ¿cómo encuerpar las imágenes?

A raíz del estudio de las fotografías etnográficas y de los relatos de las sesiones que hicimos para Tierras de Sud nos fuimos dando cuenta que habían ciertas formas de hacer que eran comunes en muchas de ellas y que eran posible de ser traducidas a palabras.

En busca de objetivar el fenotipo de los fotografiados, por ejemplo, se repetían una y otra vez las posiciones de frente y perfil, la idea de las mujeres siempre un paso por detrás de los hombres, la rigidez en los cuerpos, la altura del plano por sobre los ojos para hacer parecer a los modelos fotografiados de menor estatura o la abundancia del color negro en las fotos de grupo que transformaban a las personas en manchas oscuras difícilmente reconocibles.

Además, en la búsqueda de aportar un aspecto más estético a dichas sesiones habían ciertas maneras de componer las imágenes que los fotógrafos repetían en muchas de ellas: encuadres que buscaban recrear obras clásicas de la pinacoteca europea, reproducciones del imaginario cristiano, la utilización de fondos pintados más propios de estudios fotográficos incluso en exteriores, la utilización de atrezzo, joyería y vestuarios ajenos a los fotografiados, etc.

A la larga, el reconocimiento de todas estas características comunes nos permitió generar un lenguaje performático, coreográfico y dramatúrgico, basado en posiciones repetitivas y órdenes concisas, que nos ha permitido describir y traspasar a nuestros cuerpos las imágenes de una manera efectiva y rápidamente comprensible para el espectador y que busca, también, incluir a este último como parte activa y viva de las imágenes descritas.