La visita guiada de Las Nenas por la Ciudadela de Pamplona

El sábado 16 de mayo, un día después del decimoquinto aniversario del 15M, minutos antes de las siete de la tarde, me dirijo a la Ciudadela de Pamplona para asistir a Oficina de turismo Las Nenas: free tour, una performance colectiva impulsada por la Celebración de los 50 años de España en libertad y dirigida por Las Nenas, la joven compañía navarra de teatro formada por Cristina Tomás y Ane Sagüés, conocidas por su última producción, Torcidxs, que acaba de visitar de nuevo el Teatro del Barrio de Madrid (donde ya se presentó el año pasado dentro de la programación del Festival Domingo) y que podrá verse pronto en junio en el Antic Teatre de Barcelona. Lo que voy a presenciar es el segundo trabajo que Las Nenas han desarrollado en el marco del proyecto 50 años en libertad. Me cuentan que durante el primero, A las 11h en el kiosko, la compañía realizó una investigación de archivo sobre el teatro durante la Transición y su relación con el contexto político.

En la Ciudadela me encuentro con un numeroso y heterogéneo público de todas las edades, que espera frente a un par de casetas como de información turística. El equipo que nos recibe, trajeados muy formalmente, nos pide que formemos dos grupos: a la derecha, el grupo rojo y, a la izquierda, el grupo verde. Decido incorporarme al grupo rojo. Siguiendo las instrucciones de nuestras guías comenzamos a avanzar, el grupo rojo por un camino y el verde por otro.

Ane Sagüés guía al grupo rojo junto a otros miembros del equipo que transportan un altavoz conectado al micrófono con el que nos habla. Cristina Tomás se lleva al otro grupo. Ane nos da la bienvenida y a continuación nos lee un artículo del veterano periodista Guillem Martínez. En ese artículo Guillem habla de tres celebraciones callejeras: una vivida durante su infancia junto a su padre, otra que le contaron pero que siente como si la hubiese vivido y la última después de ser padre, junto a su hijo. En la primera, recuerda que su padre bebía una lata de cerveza con una sonrisa de oreja a oreja mientras contemplaba a una multitud que celebraba orgiásticamente lo que supongo que sería algún momento de la Transición. Su padre acaba derramando lágrimas de emoción sin perder la sonrisa mientras el niño ve por primera vez a gente practicando el sexo en público, no una pareja ni dos sino muchas. El niño Guillem se hace preguntas sobre ese extraño comportamiento humano y se imagina lo que sentirá en un futuro cuando a él le llegue la edad de continuar esa fascinante tradición. En la segunda, unos obreros son interrumpidos en su trabajo por el portador de la noticia de la proclamación de la Segunda República Española y al salir a la calle se juntan con las obreras de otra fábrica con las que acabarán compartiendo algo más que abrazos de celebración colectiva. En la tercera, ya junto a su hijo, Guillem bebe una lata de cerveza mientras contempla a la multitud congregada en una plaza, en una celebración política que parece algo descafeinada comparada con las anteriores, tanto en sus reivindicaciones como en la manera de celebrar. Ya no hay sexo en público pero él igualmente acabará derramando lágrimas parecidas a las de su padre sin perder la sonrisa de oreja a oreja. Supongo que Guillem Martínez habla del 15M, claro.

Nuestra guía nos pide que avancemos todos juntos, como hacen los peces en el mar para aparentar una masa mayor y así espantar a sus depredadores. Atravesamos un túnel de piedra. En ese túnel, en los costados, jóvenes colaboradoras de Las Nenas bailan como si estuviesen en una rave mientras suena música electrónica de baile. Algunos del grupo en el que me encuentro se arrancan a bailar. Al cabo de un rato el número de personas que bailan va en aumento.

Ya fuera del túnel, Ane Sagüés nos habla de los pájaros cuando vuelan en formación, con alguien que lidera el vuelo de manera que los ejemplares menos robustos, al colocarse en los costados, por las leyes de la aerodinámica, no necesitan hacer apenas esfuerzos para seguir al grupo. También nos dice que para seguir avanzando como grupo necesitamos una identidad y que esa identidad nos la dará el tener un par de himnos. Nos propone dos cancioncillas populares bastante conocidas pero nos pide que completemos colectivamente unas cuantas palabras clave que deja en blanco. Nos da unos minutos para prepararlas. Unas chicas de nuestro grupo rompen el hielo liderando esa pequeña creación. Sospecho que son colaboradoras de Las Nenas. Ellas proponen algunas palabras, otras las grita alguien entre el grupo. Las letras, inducidas por nuestras líderes, son letras combativas. Ensayamos un poco los himnos y seguimos adelante. Como si fuésemos una bandada de pájaros, quienes están al frente del grupo mueven los brazos o el cuerpo o se desplazan en zigzag o se ponen de cuclillas o aplauden y el resto las imitamos.

Desde hace años tengo problemas para obedecer a ciegas ese tipo de instrucciones, sobre todo si no soy yo mismo el que decide previamente colocarse en esa posición de obediencia, si me pilla desprevenido, vamos. Cuando un espectáculo apela a la participación del público y además esa participación es guiada, mi reacción instintiva es resistirme, no plegarme a las órdenes cuando las percibo como tales, aunque me las transmitan educadamente, aunque ni siquiera se puedan considerar órdenes sino más bien instrucciones, indicaciones. Pero en ese tipo de situaciones tampoco querría por nada del mundo boicotear un espectáculo si no tengo nada contra él, así que intento escaquearme lo máximo posible sin interrumpir nada. Siempre me da la impresión de no ser el único al que le ocurre eso. Pero en esos casos también me fascina la facilidad con la que la gente colabora con cualquier instrucción emitida por la autoridad competente. ¿Somos gente demasiado obediente? En este caso, las artistas son la autoridad, tienen un cierto poder que ejercen de manera amable pero firme, con la ayuda de la influencia de sus cómplices camufladas entre el público. Pero, en todo caso, pienso, ese poder invisible se lo damos el grupo, ¿quién si no? Por un momento, mientras colaboro mínimamente participando en lo que Las Nenas proponen pero intentando escaquearme todo lo que puedo, me sorprendo preguntándome si esto no será una especie de reflejo de lo que experimentamos constantemente en nuestro día a día. Y ahí mismo, brincando y aplaudiendo para no entorpecer la marcha del resto, me pregunto si es que no habrá otra manera de vivir en sociedad. Y de pronto me voy mucho más lejos: ¿realmente vivimos en libertad? ¿O más bien en libertad condicional?

La Ciudadela es un lugar realmente bello, repleto de hierba y árboles, un jardín popular que antes fue una fortificación militar construida por Felipe II para someter a la capital del reino de Navarra. Me recuerda a la Ciudadela barcelonesa, una fortificación militar construida por Felipe V para someter a Catalunya. Las dos han acabado siendo parques públicos. Los que dirigen a los ejércitos que intentan someter a los habitantes de las ciudades deberían recordar que tarde o temprano todos esos intentos acaban de la misma manera: en un jardín.

En nuestro camino nos encontramos con gente muy joven jugando a juegos que hacía años que no había visto, como sostener con la boca una cuchara donde reposa un huevo. Van vestidos como scouts. No parecen formar parte de la performance. ¿Pero cómo saberlo? Nuestras guías nos hacen bajar unas escaleras hasta llegar a una explanada. Al final de ella se levanta un muro enorme. Nos piden que formemos un semicírculo. En el centro, una chica se encuentra con un chico. Por cómo hablan entre ellos parece una cita. Ella le hace una serie de preguntas para evaluarle. Son preguntas divertidas. Le pregunta si tiene enfermedades venéreas pero en algún momento también parece un cuestionario sobre su grado de feminismo. Él parece algo irritado por el interrogatorio porque, además, tiene prisa en vender. ¿En vender el qué?, nos preguntamos. Su alma. Ella vendió su alma para pagar el alquiler de un sótano de 38 metros cuadrados donde vivir. Ahora ha ahorrado algo y necesita comprar una nueva alma. Porque se ha dado cuenta de que quedarse sin alma para vivir en un sótano de mierda no deja de ser un muy mal negocio. Cuando se arreglan, después de regatear el precio (que la chica le rebaja a límites extremos: unos muy pocos centenares de euros), nos piden que nos demos la mano formando un círculo y que cantemos otra cancioncilla popular que todos conocemos. El chico le transfiere su alma a la chica. Ella no nota nada pero él la convence de que esto es como el efecto de un ibuprofeno, que tarda un rato en notarse.

Una mujer mayor aparece en la cima del alto muro a nuestras espaldas. Declama a gritos. Habla de la memoria. Nos recuerda lo necesario que es no olvidar el pasado. Maldice a los que llevan pulseritas con la bandera española y cantan el Cara al sol porque se ha puesto de moda. Les desea que vivan los tiempos en los que los que cantaban el Cara al sol eran los que mandaban. Sospecha que no les iba a gustar vivir bajo ese gobierno. Canta a gritos la parodia del himno nacional español que cantaban los contrarios al régimen franquista: Franco Franco tiene el culo blanco porque su mujer se lo lava con Ariel. Unos chavalillos scouts se ponen a cantar desde el cerro opuesto. Lo escalofriante es que cantan el Cara al sol. ¿Forman parte o no de la performance? No lo parece, la verdad. Afortunadamente, el cántico de la mujer veterana se impone por mucho a las nuevas juventudes que coquetean con el fascismo, que abandonan el combate. A lo lejos, el otro grupo, el verde, contempla desde las alturas la misma escena que nuestro grupo. ¿Con los ojos vendados?

Volvemos atrás en el camino, siguiendo las instrucciones de nuestras guías. Nos encontramos con el otro grupo en otro túnel. El grupo verde se coloca en una de las paredes, el grupo rojo en otra. ¿Los verdes llevan los ojos tapados con una tela anudada? Nos piden que nos enfrentemos los unos a los otros. En el interior del túnel una chica canta lo que parece un canto tradicional.

Acabamos juntos los dos grupos bajo unos árboles. En un pequeño escenario Las Nenas, acompañadas de sus secuaces, leen un breve parlamento. Como en un baile de fin de curso norteamericano van a coronar a la reina del baile. Dan el nombre de una mujer. La mujer se acerca al estrado, se sube a él y recoge su corona. Ella también lee su parlamento, emocionada. De una manera desenfadada clausura el encuentro leyendo su intervención, que lleva escrita como si se hubiese preparado para recibir un Goya, pidiéndonos que nos juntemos, que nos encontremos los dos grupos, que hablemos entre nosotros y que nos preguntemos qué es lo que nos ha sucedido a un grupo y al otro durante este viaje.

Hablo con niños, niñas y mayores. Da la impresión de que hemos vivido dos experiencias muy distintas. Lo nuestro quizá fuese celebrar una cierta libertad condicional pero lo suyo, a primera vista, tiene mucha peor pinta. Les han tapado los ojos, les han obligado a caminar cogidos a una cuerda, les han contado historias truculentas de niñas que comían manzanas a las que les crecían árboles por dentro, ramas que les salían de los ojos y raíces que las ataban al suelo, historias de moscas que les atacaban mientras realmente sentían en sus rostros a los insectos. Me cuentan que algunas personas se han rebelado y se han salido del grupo pero me pregunto si serían colaboradoras de Las Nenas fingiendo rebelión o público real rebelándose realmente. Otras personas del público no parecen muy interesadas en contarme lo que realmente les ha pasado, como dicen que pasa cuando has vivido una guerra, como pasaba con los que sobrevivieron a la última guerra de nuestra historia más reciente. Pero esa gente que no me cuenta demasiado me da la impresión de que se va contenta, no como si viniese de la guerra.

El fin de fiesta se celebra en la peña La Alegría, en un local del casco viejo a pocos minutos andando, un poco más tarde. Allí nos esperan bocadillos gratis, bebidas baratísimas y música de fiesta para bailar en un local con barra de bar al que hay que acceder subiendo unas escaleras. Ahora el público es mayoritariamente joven, los más mayores no parece que hayan llegado hasta aquí. Me doy cuenta de que, los que sí hemos llegado, otra vez nos hemos dividido en dos grupos: hay tanta gente a las puertas del local como dentro. Pero todo el mundo charla muy animadamente, la gente se besa, sonríe, baila y celebra. Yo sostengo un vino a las puertas del local junto a una niña de nueve años que podría ser mi hija mientras sonrío de oreja a oreja contemplando a la multitud.

Texto: Rubén Ramos Nogueira

Imágenes: Jesús Iriarte

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Las Nenas y el teatro triatlón

Ane Sagües y Cristina Tomás forman Las Nenas Theater, compañía de teatro radicalmente actual afincada en Pamplona, son el núcleo que reúne colaboraciones de diversas disciplinas para cada obra que reflejan el momento artístico de la ciudad, y llenan teatros no acostumbrados a recibir a la Generación Z. Tras la gran acogida de Torcidxs y su nominación al Premio Max, aunque ellas mismas pongan en crisis con humor la noción de éxito en sus trabajos, el 16 de mayo presentan en la Ciudadela de Pamplona junto con otras artistas su última creación, Oficina de turismo: Las Nenas free tour, dentro del programa Plazas y performances en el marco de España en Libertad. 50 años. Fernando Gandasegui les entrevista para la ocasión.

Fernando Gandasegui: Vuestra obra Torcidxs ha sido nominada al Premio Max como espectáculo revelación. ¿Cómo vivís esta nominación?

Ane Sagües: La verdad es que estamos tan ocupadas que se nos olvida, es como una gestión más. Nos apetece ir a la gala a Mérida, pero al mismo tiempo qué pereza un viaje de 7 horas. Está bien que se valore el trabajo.

Ganéis o no el premio, parece que tanto Torcidxs como vuestros demás trabajos están recibiendo una gran acogida y cariño, ¿es así?

Ane Sagües: Estamos teniendo un recibimiento muy bueno de la obra. Esta nominación, esperemos sirva para seguir haciéndola más tiempo. Tenemos miedo de que deje de interesar. Hasta ahora hay funciones cerradas hasta noviembre, pero luego ya no.

Cristina Tomás: Hace poco estuvimos en unas jornadas en las que alguien dijo que las obras tienen una vida de 2 años, y pensamos que qué bajón porque es el tiempo de Torcidxs, pero aún no ha tenido el recorrido que tendría que tener.

¿Cuál es el recorrido que deseáis para la obra? ¿Cómo sabríais que Torcidxs ya ha cumplido su tiempo?

Cristina Tomás: Cuando se presente en todas las comunidades autónomas, o cuando necesitemos un cambio de lenguaje, como pasó entre nuestra anterior obra y Torcidxs

Ane Sagües: Cuando la obra ya no encaje con el contexto actual o con nosotras, cuando no nos represente. 

Antes de Torcidxs, hicisteis vuestra primera obra que se llamó Ramos y gramos, pero también habéis creado conferencias performativas como Manual para dos cuerpos desorientados o el taller-performance inmersivo Soy yo 24h. ¿Cómo describís vuestro modo de entender y hacer teatro? ¿Qué teatro hacen Las Nenas Theatre? 

Ane Sagües: Es como el triatlón. Las circunstancias y el contexto nos van ofreciendo cosas, y nosotras les damos nuestra teatralidad. Es una mezcla entre un lenguaje puramente teatral con otros mainstream, mamarrachos, de televisión, reality y de redes sociales. Luego siempre hay algo de supervivencia. Como Torcidxs es una obra de teatro con seis personas que cuesta mucho mover, luego hacemos una actividad paralela más fácil de presentar y desde lo performativo como Manual, que unas veces dura una hora y otras dos. Esa imprevisibilidad es parte de nuestro triatlón. A veces corremos mejor, otras nadamos y otras nos da por montar en bici. 

Cristina Tomás: Nuestro trabajo está siempre en relación a lo que vivimos en cada momento, es un documental interminable de nosotras mismas. 

Os conocisteis en el laboratorio de William Layton en Madrid, una de las escuelas en las que desde hace más de 60 años se habrán formado miles de intérpretes en metodologías clásicas, pero Las Nenas Theater se crean en Iruña, ciudad en la que vivís, de donde es Ane, y en donde Cristina hace el máster en Huarte, más vinculado al arte contemporáneo. ¿Cómo surgen Las Nenas y vuestro primeros trabajos?

Cristina Tomás: La primera vez que nos juntamos intentamos romper todas las normas que nos pusieron en la escuela de teatro, pero era el momento de la pandemia y no encontramos el contexto. Entonces nos cedieron espacio para ensayar en la Escuela Navarra de Teatro, y por eso surgió Ramos y gramos. La idea era crear la obra aquí porque teníamos espacio para hacerlo y luego irnos a Madrid, pero ya llevamos 5 años aquí. 

Ane Sagües: Gracias a estar en Pamplona, por el contexto que ahora mismo hay aquí, nos juntamos con muchas personas durante los procesos de creación. En Ramos y gramos, por ejemplo, todas las semanas hacíamos talleres abiertos en los que compartimos los materiales con personas del arte contemporáneo, del ballroom o de la música, pero también con otras que nos encontrábamos de fiesta y de otros contextos. Siempre hay algo de ser muy generosas con los procesos y compartirlos y dejar que sean manoseados por personas distintas a nosotras, eso enriquece mucho todo, permite verlo desde otros lugares y que no se convierta en una paja.

En concreto creo que Navarra es una provincia que da un montón de ayudas. Tanto a nivel económico como de espacios hay posibilidades. Nos sentimos arropadas. En mi caso hay un miedo muy grande a quedarme aislada. Pamplona es como una isla amurallada. A veces pienso que estamos teniendo suerte, pero que se va a acabar, y que nos quedaremos encerradas. 

Cristina Tomás: Tenemos miedo a que Instagram nos vete y no lleguemos a nadie.

Parece que actualmente quienes trabajamos en el contexto cultural en este estado estamos obligados a vivir en Madrid, Barcelona o unas pocas ciudades más. Vosotras que vivís en Pamplona, ¿veis otro horizonte de futuro? 

Ane Sagües: Sería tan icónico llegar al punto en que solo actuáramos en Navarra y quien quisiera vernos tuviera que venir aquí. Esa sí que es una meta. Que se descentren las capitales y que la gente tuviera que trasladarse en masa para ver algo. 

Cristina Tomás: Si ganamos el Max, yo se lo quiero dedicar a las provincianas. 

Ane Sagües: En provincias se tiende mucho a glorificar a las personas que están fuera. Aquí pasa con Alfredo Sanzol, que es de Pamplona y ha conseguido dirigir el Centro Dramático Nacional y cuando viene es como ¡oh!, éxito. Pero los que se han quedado es como que hacen lo que pueden. 

Llama la atención la edad del público que llena teatros para ver vuestras obras. ¿A quién va dirigido vuestro trabajo? ¿Cómo os relacionáis con la idea de juventud? ¿Por qué creéis que va tan poca gente joven a los teatros?

Ane Sagües: Yo primero tengo la duda de qué es la juventud. Da la sensación de que cada vez es más amplia, como que hasta los 40 eres joven, pero quizás pienso así porque estoy llegando a los 30. Nosotras vamos a ser emergentes hasta los 40, porque una vez que te dan ese título ya se te queda, pero si hablamos de emergencia real ya no lo somos, creo, estamos más consolidadas. Hay cierta juventud que sí que acude a vernos, de 25 años para arriba, pero con la más joven, como ahora que hemos hecho la obra en un instituto, ahí sí que sentimos una brecha. Nos sentíamos un poco boomers, como si no nos entendieran, como a veces nos pasa a nosotras. 

Cristina Tomás: Yung Beef será un viejo para ellos. Siento que estamos un poco entre medias, como que los adolescentes pillan cosas, y la gente más mayor también. Abarcamos distintas generaciones. 

Ane Sagües: Ahora somos jóvenes para el contexto teatral más consolidado. ¿Cuándo te empiezas a consolidar en el teatro? ¿A los 30? Nosotras estamos empezando a entrar en esa edad. 

Cristina Tomás: Nosotras trabajamos con la generación que nos ha tocado vivir, y eso lo plasmamos constantemente. Para que la gente más joven vaya al teatro tiene que haber gente de su edad haciéndolo. Eso nos pasó a nosotras cuando empezamos, y se ha convertido en nuestro público más fijo. Hay que darle paso a las compañías de gente de 20 años, y que las estructuras les ayuden a profesionalizarse, y a que lo que hagan tenga calidad, que la tiene. ¿Por qué no puede pasar como en la música donde la gente que canta tiene 20 años y mueve a esa generación? Me encantaría poder ayudar en este sentido. 

Ane Sagües: Tiene que haber una estructura que los avale. Pero que no solo las avale artísticamente, también a nivel de producción, de trabajar con equipos, de distribuir y de comunicación. Nosotras tuvimos la suerte de que ya sabíamos algo al empezar. 

¿Qué artistas de vuestra generación o más jóvenes os interesan? 

Ane Sagües: Tenemos unas amigas titiriteras que se llaman La dona calba.

Cristina Tomás: La Perrerie, que son las amigas con las que hicimos Soy yo 24h. Unas chicas que se llaman A Ciegas que son de mi zona, pero viven en Madrid. Llevan el Festival Lazarillo y sobreviven haciendo lo que pueden, si les llaman para hacer algo de la Guerra Civil pues lo hacen. 

Ane Sagües: Pauleta Puchalt desde la danza. Ahora hay un colectivo de danza contemporánea en Pamplona que se junta para compartir entrenamientos y los lenguajes que hace cada una, y que se llama metienesarte

Cristina Tomás: Alazne Astorga y muchas más. 

¿Y Puttaneska (de momento)

Ane Sagües: Puttaneska es una referencia y las sentimos como paralelas, además somos amigas y de Pamplona. Hay también en ellas algo de abarcar mogollón de cosas, son unas músicas de la hostia pero luego cada una de sus performances son increíbles. Para mí lo que hicieron en Puwerty fue una locura. Todo el rato es como que quieres más porque no sabes lo siguiente que se les va a ocurrir. 

Recuerdo su primer concierto en Madrid en Casa filete o algo así porque ese mismo día fui a ver una performance de un artista, que mejor no digo quién era, porque fue un circo y pagué 20 euros para verlo. Por culpa de esa mierda llegué tarde al primer concierto de Puttaneska en el que cantaban mientras hacían salsa putanesca, y los ritmos los hacían con los cuchillos al cocinar. 

En el underground no tienes nada que perder, no tienes que cumplir con subvenciones, tiempos ni con nada. Esa noche me pasó que fui a ver algo supuestamente contemporáneo, dentro de la estructura, con un derroche de dinero obsceno, pero estaba totalmente vacío, y me produjo tanta rabia que en un bar con 0 euros hicieran una maravilla. Luego pienso que el sistema se alimenta de lo underground y se lo lleva a lo mediático, y se repite esa basura de que lo contemporáneo se vuelve mainstream y solo se va a lo que funciona, se descontextualiza de donde viene, se explota y pierde todo su significado. Eso sí que me da miedo, convertirnos en una parodia de nosotras mismas.

El día 16 de mayo presentáis en la Ciudadela de Pamplona Oficina de turismo: Las Nenas free tour, dentro del marco de España en libertad. 50 años. Es vuestro último trabajo, un encargo específico, y solo sucederá un día. ¿Qué va a ocurrir? 

Ane Sagües: Va a haber dos tours turísticos paralelos, uno guiado por Cristina y otro por mí, que se van entrelazando, donde cada grupo vivirá una experiencia, y queremos que haya un momento de encuentro y transmisión de nuestra historia. La generación de nuestros abuelos se está muriendo y no ha habido una transmisión de la Dictadura y de la Transición. La vuelta de los fascismos que estamos viviendo es en parte por ese no contar.

Cristina Tomás: Me vuelve a resonar eso de que en nuestro trabajo hablamos de nuestra generación. Quizás somos esa generación que dice que no nos están contando, y que ni siquiera estamos preguntando. Partimos más del desconocimiento hacia nuestra propia cultura e historia más que de hechos históricos. 

Con respecto a la teatralidad triatlón de Las Nenas que contabais, ¿qué habéis preparado para esta nueva performance inmersiva?

Ane Sagües: Hay un montón de colaboradores. Ya sólo la cuestión inmersiva en la que el público está participando es una movida. Tenemos a mucha gente que nos ayuda con la logística del espacio, porque la Ciudadela es un lugar muy grande, son muchos espacios con muchas distancias. Hasta el propio día no sabremos cómo va a funcionar porque no podemos medir los tiempos. Es un triatlón extremo. Hemos trabajado con gente mítica del teatro navarro, pioneros del momento de la Transición. Pero también adolescentes de un instituto. A nivel teatral, nosotras iremos narrando la movida, y en cada parada habrá un artista haciendo su cosa. Lo que iremos contando son pequeños cuentos que hacen referencia a cosas históricas o actuales, es bastante poético. 

Cristina Tomás: Es como un programa de televisión en directo, pero no podemos estar fuera en redacción dirigiendo, sino que estaremos dentro, así que tendrá mucho de lo que vaya surgiendo en el directo con todas las personas implicadas. Sobre los cuentos, tiene más que ver con un simbolismo que con algo real. En un free tour, la gente presta mucha más atención y recuerda los cotilleos más que otras cosas. Nadie se acuerda que tal catedral tiene una fachada barroca, pero sí de que ahí esa reina perdió un anillo. 

¿Qué será lo siguiente de Las Nenas? 

Ane Sagües: El 1 de diciembre hacemos una lectura dramatizada en el Teatro Gayarre de un monólogo que estoy escribiendo, en colaboración con una cantante asturiana, y Maia Ros, cantante navarra que también participará este sábado. Aunque no sé si será un monólogo, en un principio lo era porque me dieron un premio y tenía que economizarlo. 

Cristina Tomás: Yo tengo el deseo de hacer un película, no sé si de miedo o un documental, en Almansa, mi tierra. Quizás una historia true crime, o lo que pasa a su alrededor, y que también tiene que ver con nuestra generación, con que nos decían lo que pasó pero no nos dieron más datos. Aunque no tenemos herramientas del audiovisual, una película dura lo mismo que una obra de teatro, así que no creo que sea tan difícil. 

Fernando Gandasegui

Posted in Uncategorized | Leave a comment

¿Cómo un atardecer no es suficiente para cambiarlo todo?

Testimonio de la pieza Che si può fare, che si può dire, de Mónica Valenciano y María Muñoz junto al coro Faraig, en el marco del ciclo Plazas y performances: La mirada al frente y las raíces en el suelo, iniciativa de España en libertad. 50 años, en el Centre Cultural La Nau, Universitat de València.

L. San Gregorio

Ven. Mira mi ojo negro, borde de sombra. Escucha el silencio atronador que se esconde en el gesto. Observa la luz que aún queda, de este sol desatendido. Mírala, tócala. Sigue mi mandíbula suelta, mi cuello blando, mi cuerpo dispuesto. Señala con mi dedo eso que deseas, que te perturba, que te incomoda. Ahora, déjame un rato. Sé que tu acompañamiento está, no me hace falta sentir tu cuerpo agarrando el mío. Pero puedes descansar en mi mano, tu mentón puntal de todo tu peso. Yo te beso la nuca, me conduces mientras cuelgas de mí. En mi torpeza fácil, fructuosa, digo: vale. Repites: vale. Busco la resonancia del primer paso de aquello que comenzó antes de que llegara. Te pregunto si hablar con une es suficiente cuando tantos alrededor no escuchan. Juego con las analogías del no poder o no querer. Si me obstruyes la visibilidad y tengo que hacer juegos de equilibrios entre puntillas y rodillas, para ver más, es porque te tengo junto a mí, y cerca.

Cuando todo se resquebraja y cruje, ahí nos preguntamos: ¿qué sonido hace la estructura? No es sencillo entender el crepitar de tus propios huesos. Existe el riesgo de que abrir los oídos vuelque en delirio. Con el foco apuntando directamente al ojo, ¿cómo un atardecer no es suficiente para cambiarlo todo? Están pasando demasiadas cosas. Tantas bellas. Se suman olores radicales y olfatos atrofiados, como muecas agarrotadas en el tiempo. 50 años no son nada. El aire siempre acaba siendo lo más pesado, la carga más intolerable. Empezamos a anhelar la luz, llegar a ella mirándola de frente. Nos quedamos rebotando entre columnas, mezclándonos con. Buscamos encontrar una fuga para seguir adentro; sostener y retener escritos que son manos, que son babas, que son odios, que son vida. Arrastramos más, aún más. Detona una contención rota.

La respiración de la mirada.
En cada nota puede ser.
Con la lengua.

Señala debajo de mi señalado, subrayando y ablandando la acción al mismo tiempo. Sigue enredándote conmigo, que ya aparecerá la tangente. Las espirales no son infinitas, eso es una falacia. En el ir y venir y, especialmente, en el cambio de nivel, el sentido eclosiona en instantes. Podemos encontrarnos fácilmente a ras del suelo, el sonido tiene una relación especial con los medios sólidos. Las ondulaciones de una carcajada casi pueden deshacer la carne. Ahora bien, ríete tú después de una aria barroca. Ríete a pesar de la impiedad de las estrellas rubias, del respiro negado al martirio.

Vuelvo a buscar poesía en el cielo, aun cuando un helicóptero de policía revienta las ondas sonoras. Destrozar algo nunca lo convierte en tuyo, solo lo separa brutalmente de ti para acercarlo violentamente a todo lo demás. El tiempo consolida y debilita, agota y sedimenta. Lo que nos aplasta contra el suelo nos entierra también junto a las raíces. El tiempo hace todo y hay mucho tiempo a nuestro alrededor. Nosotres sabemos apartarnos cuando el momento se disipa, los lados son nuestro lar. Cuneta, guarida, refugio, abrigo. Mientras el sol se apaga, encuentro clemencia y un alivio. 

Salgo, coño, salgo. Después de poner y quitarme las gafas, tu mirada triste que llena de vida. Yo. Ahí arriba, arriba del arriba. Y abajo. Avanzo adelantando posibles, preparando el terreno de la incertidumbre por anidar. Me arropo contigo para matar mi frío. No esperaba que no hubiera luz, pero mis ojos ya se están acostumbrando. Pensamos partituras para esta oscuridad. Gritamos: “inofensivas”, porque nuestros cuerpos están entrenados para el amor. Nos han relegado al silencio y ahora nos toca convertirlo en arma. La vida borra la vida. La saliva también pega. Hay posibilidades de que nos acerquemos un poco, la distancia solo es cuestión de deseo. En equilibrio, sujetando un apoyo, los puedo ver y componer por fragmentos. No sé de qué va. Me aterra preguntar de qué va. Me aterra y me seduce, a partes iguales. ¿De qué va? No va de mí, ni de mí en ti.

Yo no quiero esta guerra. 

Cinco pasos atrás por una patada al aire. Ser libre para no querer complacer todo el rato. Concretar el “no” que sacude el cuerpo en un paso improvisadamente preciso, determinante y emancipador. Siempre dar tiempo al contoneo, pues todo aquello que vibra vive. Un cuerpo con la cabeza tapada siempre será cuerpo. Y un cuerpo siempre es mucho y nunca escaso, ni tan siquiera suficiente. Dos telas negras pueden, o no, ocultar más que una, pero dormir y morir es lo mismo desde lejos. Esperar sin desesperar, esa es la verdadera tragedia. Toda una vida muriendo para que el final sea en degradado, paulatino, solamente por demonizar la pasión. En lo que no ha sucedido están los mayores estragos, en el grito ahogado. Hay algo que solo ocurre cuando los cuerpos se encuentran, una oportunidad de que algo imprevisto venga. Unas gafas en el suelo son violencia y mirada desplazada. Gritar contra un pitido de fondo, contra un bucle de realimentación que satura la escucha.

¿Qué se puede hacer?
Yo no quiero estar aquí.
No tienen piedad.

Las armonías comienzan a deshilvanarse y los últimos lametones al aire se pierden y se vuelven noche. Un enganchón de pelo hace que tardemos un segundo más en separarnos. Nuestro calor todavía centellea, incluso momentos después de desprendernos. Tras algunas volutas quebradas, suaves y formidables, el magnetismo nos atrae de nuevo. Sigues los recorridos que te marco desde tu barbilla con mi mano y miras, ojos y boca abiertos, y apuntas. Entre tu dedo que señala y el resto de tu mano hay suficiente espacio para los míos. Un hueco para mil abrazos. Tu beso lo recogen mis dedos y se abrigan con él. Ahora, ven.

Posted in Uncategorized | Comments Off on ¿Cómo un atardecer no es suficiente para cambiarlo todo?