¿Cómo un atardecer no es suficiente para cambiarlo todo?

Testimonio de la pieza Che si può fare, che si può dire, de Mónica Valenciano y María Muñoz junto al coro Faraig, en el marco del ciclo Plazas y performances: La mirada al frente y las raíces en el suelo, iniciativa de España en libertad. 50 años, en el Centre Cultural La Nau, Universitat de València.

L. San Gregorio

Ven. Mira mi ojo negro, borde de sombra. Escucha el silencio atronador que se esconde en el gesto. Observa la luz que aún queda, de este sol desatendido. Mírala, tócala. Sigue mi mandíbula suelta, mi cuello blando, mi cuerpo dispuesto. Señala con mi dedo eso que deseas, que te perturba, que te incomoda. Ahora, déjame un rato. Sé que tu acompañamiento está, no me hace falta sentir tu cuerpo agarrando el mío. Pero puedes descansar en mi mano, tu mentón puntal de todo tu peso. Yo te beso la nuca, me conduces mientras cuelgas de mí. En mi torpeza fácil, fructuosa, digo: vale. Repites: vale. Busco la resonancia del primer paso de aquello que comenzó antes de que llegara. Te pregunto si hablar con une es suficiente cuando tantos alrededor no escuchan. Juego con las analogías del no poder o no querer. Si me obstruyes la visibilidad y tengo que hacer juegos de equilibrios entre puntillas y rodillas, para ver más, es porque te tengo junto a mí, y cerca.

Cuando todo se resquebraja y cruje, ahí nos preguntamos: ¿qué sonido hace la estructura? No es sencillo entender el crepitar de tus propios huesos. Existe el riesgo de que abrir los oídos vuelque en delirio. Con el foco apuntando directamente al ojo, ¿cómo un atardecer no es suficiente para cambiarlo todo? Están pasando demasiadas cosas. Tantas bellas. Se suman olores radicales y olfatos atrofiados, como muecas agarrotadas en el tiempo. 50 años no son nada. El aire siempre acaba siendo lo más pesado, la carga más intolerable. Empezamos a anhelar la luz, llegar a ella mirándola de frente. Nos quedamos rebotando entre columnas, mezclándonos con. Buscamos encontrar una fuga para seguir adentro; sostener y retener escritos que son manos, que son babas, que son odios, que son vida. Arrastramos más, aún más. Detona una contención rota.

La respiración de la mirada.
En cada nota puede ser.
Con la lengua.

Señala debajo de mi señalado, subrayando y ablandando la acción al mismo tiempo. Sigue enredándote conmigo, que ya aparecerá la tangente. Las espirales no son infinitas, eso es una falacia. En el ir y venir y, especialmente, en el cambio de nivel, el sentido eclosiona en instantes. Podemos encontrarnos fácilmente a ras del suelo, el sonido tiene una relación especial con los medios sólidos. Las ondulaciones de una carcajada casi pueden deshacer la carne. Ahora bien, ríete tú después de una aria barroca. Ríete a pesar de la impiedad de las estrellas rubias, del respiro negado al martirio.

Vuelvo a buscar poesía en el cielo, aun cuando un helicóptero de policía revienta las ondas sonoras. Destrozar algo nunca lo convierte en tuyo, solo lo separa brutalmente de ti para acercarlo violentamente a todo lo demás. El tiempo consolida y debilita, agota y sedimenta. Lo que nos aplasta contra el suelo nos entierra también junto a las raíces. El tiempo hace todo y hay mucho tiempo a nuestro alrededor. Nosotres sabemos apartarnos cuando el momento se disipa, los lados son nuestro lar. Cuneta, guarida, refugio, abrigo. Mientras el sol se apaga, encuentro clemencia y un alivio. 

Salgo, coño, salgo. Después de poner y quitarme las gafas, tu mirada triste que llena de vida. Yo. Ahí arriba, arriba del arriba. Y abajo. Avanzo adelantando posibles, preparando el terreno de la incertidumbre por anidar. Me arropo contigo para matar mi frío. No esperaba que no hubiera luz, pero mis ojos ya se están acostumbrando. Pensamos partituras para esta oscuridad. Gritamos: “inofensivas”, porque nuestros cuerpos están entrenados para el amor. Nos han relegado al silencio y ahora nos toca convertirlo en arma. La vida borra la vida. La saliva también pega. Hay posibilidades de que nos acerquemos un poco, la distancia solo es cuestión de deseo. En equilibrio, sujetando un apoyo, los puedo ver y componer por fragmentos. No sé de qué va. Me aterra preguntar de qué va. Me aterra y me seduce, a partes iguales. ¿De qué va? No va de mí, ni de mí en ti.

Yo no quiero esta guerra. 

Cinco pasos atrás por una patada al aire. Ser libre para no querer complacer todo el rato. Concretar el “no” que sacude el cuerpo en un paso improvisadamente preciso, determinante y emancipador. Siempre dar tiempo al contoneo, pues todo aquello que vibra vive. Un cuerpo con la cabeza tapada siempre será cuerpo. Y un cuerpo siempre es mucho y nunca escaso, ni tan siquiera suficiente. Dos telas negras pueden, o no, ocultar más que una, pero dormir y morir es lo mismo desde lejos. Esperar sin desesperar, esa es la verdadera tragedia. Toda una vida muriendo para que el final sea en degradado, paulatino, solamente por demonizar la pasión. En lo que no ha sucedido están los mayores estragos, en el grito ahogado. Hay algo que solo ocurre cuando los cuerpos se encuentran, una oportunidad de que algo imprevisto venga. Unas gafas en el suelo son violencia y mirada desplazada. Gritar contra un pitido de fondo, contra un bucle de realimentación que satura la escucha.

¿Qué se puede hacer?
Yo no quiero estar aquí.
No tienen piedad.

Las armonías comienzan a deshilvanarse y los últimos lametones al aire se pierden y se vuelven noche. Un enganchón de pelo hace que tardemos un segundo más en separarnos. Nuestro calor todavía centellea, incluso momentos después de desprendernos. Tras algunas volutas quebradas, suaves y formidables, el magnetismo nos atrae de nuevo. Sigues los recorridos que te marco desde tu barbilla con mi mano y miras, ojos y boca abiertos, y apuntas. Entre tu dedo que señala y el resto de tu mano hay suficiente espacio para los míos. Un hueco para mil abrazos. Tu beso lo recogen mis dedos y se abrigan con él. Ahora, ven.

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