
El sábado 16 de mayo, un día después del decimoquinto aniversario del 15M, minutos antes de las siete de la tarde, me dirijo a la Ciudadela de Pamplona para asistir a Oficina de turismo Las Nenas: free tour, una performance colectiva impulsada por la Celebración de los 50 años de España en libertad y dirigida por Las Nenas, la joven compañía navarra de teatro formada por Cristina Tomás y Ane Sagüés, conocidas por su última producción, Torcidxs, que acaba de visitar de nuevo el Teatro del Barrio de Madrid (donde ya se presentó el año pasado dentro de la programación del Festival Domingo) y que podrá verse pronto en junio en el Antic Teatre de Barcelona. Lo que voy a presenciar es el segundo trabajo que Las Nenas han desarrollado en el marco del proyecto 50 años en libertad. Me cuentan que durante el primero, A las 11h en el kiosko, la compañía realizó una investigación de archivo sobre el teatro durante la Transición y su relación con el contexto político.
En la Ciudadela me encuentro con un numeroso y heterogéneo público de todas las edades, que espera frente a un par de casetas como de información turística. El equipo que nos recibe, trajeados muy formalmente, nos pide que formemos dos grupos: a la derecha, el grupo rojo y, a la izquierda, el grupo verde. Decido incorporarme al grupo rojo. Siguiendo las instrucciones de nuestras guías comenzamos a avanzar, el grupo rojo por un camino y el verde por otro.

Ane Sagüés guía al grupo rojo junto a otros miembros del equipo que transportan un altavoz conectado al micrófono con el que nos habla. Cristina Tomás se lleva al otro grupo. Ane nos da la bienvenida y a continuación nos lee un artículo del veterano periodista Guillem Martínez. En ese artículo Guillem habla de tres celebraciones callejeras: una vivida durante su infancia junto a su padre, otra que le contaron pero que siente como si la hubiese vivido y la última después de ser padre, junto a su hijo. En la primera, recuerda que su padre bebía una lata de cerveza con una sonrisa de oreja a oreja mientras contemplaba a una multitud que celebraba orgiásticamente lo que supongo que sería algún momento de la Transición. Su padre acaba derramando lágrimas de emoción sin perder la sonrisa mientras el niño ve por primera vez a gente practicando el sexo en público, no una pareja ni dos sino muchas. El niño Guillem se hace preguntas sobre ese extraño comportamiento humano y se imagina lo que sentirá en un futuro cuando a él le llegue la edad de continuar esa fascinante tradición. En la segunda, unos obreros son interrumpidos en su trabajo por el portador de la noticia de la proclamación de la Segunda República Española y al salir a la calle se juntan con las obreras de otra fábrica con las que acabarán compartiendo algo más que abrazos de celebración colectiva. En la tercera, ya junto a su hijo, Guillem bebe una lata de cerveza mientras contempla a la multitud congregada en una plaza, en una celebración política que parece algo descafeinada comparada con las anteriores, tanto en sus reivindicaciones como en la manera de celebrar. Ya no hay sexo en público pero él igualmente acabará derramando lágrimas parecidas a las de su padre sin perder la sonrisa de oreja a oreja. Supongo que Guillem Martínez habla del 15M, claro.
Nuestra guía nos pide que avancemos todos juntos, como hacen los peces en el mar para aparentar una masa mayor y así espantar a sus depredadores. Atravesamos un túnel de piedra. En ese túnel, en los costados, jóvenes colaboradoras de Las Nenas bailan como si estuviesen en una rave mientras suena música electrónica de baile. Algunos del grupo en el que me encuentro se arrancan a bailar. Al cabo de un rato el número de personas que bailan va en aumento.

Ya fuera del túnel, Ane Sagüés nos habla de los pájaros cuando vuelan en formación, con alguien que lidera el vuelo de manera que los ejemplares menos robustos, al colocarse en los costados, por las leyes de la aerodinámica, no necesitan hacer apenas esfuerzos para seguir al grupo. También nos dice que para seguir avanzando como grupo necesitamos una identidad y que esa identidad nos la dará el tener un par de himnos. Nos propone dos cancioncillas populares bastante conocidas pero nos pide que completemos colectivamente unas cuantas palabras clave que deja en blanco. Nos da unos minutos para prepararlas. Unas chicas de nuestro grupo rompen el hielo liderando esa pequeña creación. Sospecho que son colaboradoras de Las Nenas. Ellas proponen algunas palabras, otras las grita alguien entre el grupo. Las letras, inducidas por nuestras líderes, son letras combativas. Ensayamos un poco los himnos y seguimos adelante. Como si fuésemos una bandada de pájaros, quienes están al frente del grupo mueven los brazos o el cuerpo o se desplazan en zigzag o se ponen de cuclillas o aplauden y el resto las imitamos.

Desde hace años tengo problemas para obedecer a ciegas ese tipo de instrucciones, sobre todo si no soy yo mismo el que decide previamente colocarse en esa posición de obediencia, si me pilla desprevenido, vamos. Cuando un espectáculo apela a la participación del público y además esa participación es guiada, mi reacción instintiva es resistirme, no plegarme a las órdenes cuando las percibo como tales, aunque me las transmitan educadamente, aunque ni siquiera se puedan considerar órdenes sino más bien instrucciones, indicaciones. Pero en ese tipo de situaciones tampoco querría por nada del mundo boicotear un espectáculo si no tengo nada contra él, así que intento escaquearme lo máximo posible sin interrumpir nada. Siempre me da la impresión de no ser el único al que le ocurre eso. Pero en esos casos también me fascina la facilidad con la que la gente colabora con cualquier instrucción emitida por la autoridad competente. ¿Somos gente demasiado obediente? En este caso, las artistas son la autoridad, tienen un cierto poder que ejercen de manera amable pero firme, con la ayuda de la influencia de sus cómplices camufladas entre el público. Pero, en todo caso, pienso, ese poder invisible se lo damos el grupo, ¿quién si no? Por un momento, mientras colaboro mínimamente participando en lo que Las Nenas proponen pero intentando escaquearme todo lo que puedo, me sorprendo preguntándome si esto no será una especie de reflejo de lo que experimentamos constantemente en nuestro día a día. Y ahí mismo, brincando y aplaudiendo para no entorpecer la marcha del resto, me pregunto si es que no habrá otra manera de vivir en sociedad. Y de pronto me voy mucho más lejos: ¿realmente vivimos en libertad? ¿O más bien en libertad condicional?
La Ciudadela es un lugar realmente bello, repleto de hierba y árboles, un jardín popular que antes fue una fortificación militar construida por Felipe II para someter a la capital del reino de Navarra. Me recuerda a la Ciudadela barcelonesa, una fortificación militar construida por Felipe V para someter a Catalunya. Las dos han acabado siendo parques públicos. Los que dirigen a los ejércitos que intentan someter a los habitantes de las ciudades deberían recordar que tarde o temprano todos esos intentos acaban de la misma manera: en un jardín.

En nuestro camino nos encontramos con gente muy joven jugando a juegos que hacía años que no había visto, como sostener con la boca una cuchara donde reposa un huevo. Van vestidos como scouts. No parecen formar parte de la performance. ¿Pero cómo saberlo? Nuestras guías nos hacen bajar unas escaleras hasta llegar a una explanada. Al final de ella se levanta un muro enorme. Nos piden que formemos un semicírculo. En el centro, una chica se encuentra con un chico. Por cómo hablan entre ellos parece una cita. Ella le hace una serie de preguntas para evaluarle. Son preguntas divertidas. Le pregunta si tiene enfermedades venéreas pero en algún momento también parece un cuestionario sobre su grado de feminismo. Él parece algo irritado por el interrogatorio porque, además, tiene prisa en vender. ¿En vender el qué?, nos preguntamos. Su alma. Ella vendió su alma para pagar el alquiler de un sótano de 38 metros cuadrados donde vivir. Ahora ha ahorrado algo y necesita comprar una nueva alma. Porque se ha dado cuenta de que quedarse sin alma para vivir en un sótano de mierda no deja de ser un muy mal negocio. Cuando se arreglan, después de regatear el precio (que la chica le rebaja a límites extremos: unos muy pocos centenares de euros), nos piden que nos demos la mano formando un círculo y que cantemos otra cancioncilla popular que todos conocemos. El chico le transfiere su alma a la chica. Ella no nota nada pero él la convence de que esto es como el efecto de un ibuprofeno, que tarda un rato en notarse.

Una mujer mayor aparece en la cima del alto muro a nuestras espaldas. Declama a gritos. Habla de la memoria. Nos recuerda lo necesario que es no olvidar el pasado. Maldice a los que llevan pulseritas con la bandera española y cantan el Cara al sol porque se ha puesto de moda. Les desea que vivan los tiempos en los que los que cantaban el Cara al sol eran los que mandaban. Sospecha que no les iba a gustar vivir bajo ese gobierno. Canta a gritos la parodia del himno nacional español que cantaban los contrarios al régimen franquista: Franco Franco tiene el culo blanco porque su mujer se lo lava con Ariel. Unos chavalillos scouts se ponen a cantar desde el cerro opuesto. Lo escalofriante es que cantan el Cara al sol. ¿Forman parte o no de la performance? No lo parece, la verdad. Afortunadamente, el cántico de la mujer veterana se impone por mucho a las nuevas juventudes que coquetean con el fascismo, que abandonan el combate. A lo lejos, el otro grupo, el verde, contempla desde las alturas la misma escena que nuestro grupo. ¿Con los ojos vendados?

Volvemos atrás en el camino, siguiendo las instrucciones de nuestras guías. Nos encontramos con el otro grupo en otro túnel. El grupo verde se coloca en una de las paredes, el grupo rojo en otra. ¿Los verdes llevan los ojos tapados con una tela anudada? Nos piden que nos enfrentemos los unos a los otros. En el interior del túnel una chica canta lo que parece un canto tradicional.
Acabamos juntos los dos grupos bajo unos árboles. En un pequeño escenario Las Nenas, acompañadas de sus secuaces, leen un breve parlamento. Como en un baile de fin de curso norteamericano van a coronar a la reina del baile. Dan el nombre de una mujer. La mujer se acerca al estrado, se sube a él y recoge su corona. Ella también lee su parlamento, emocionada. De una manera desenfadada clausura el encuentro leyendo su intervención, que lleva escrita como si se hubiese preparado para recibir un Goya, pidiéndonos que nos juntemos, que nos encontremos los dos grupos, que hablemos entre nosotros y que nos preguntemos qué es lo que nos ha sucedido a un grupo y al otro durante este viaje.

Hablo con niños, niñas y mayores. Da la impresión de que hemos vivido dos experiencias muy distintas. Lo nuestro quizá fuese celebrar una cierta libertad condicional pero lo suyo, a primera vista, tiene mucha peor pinta. Les han tapado los ojos, les han obligado a caminar cogidos a una cuerda, les han contado historias truculentas de niñas que comían manzanas a las que les crecían árboles por dentro, ramas que les salían de los ojos y raíces que las ataban al suelo, historias de moscas que les atacaban mientras realmente sentían en sus rostros a los insectos. Me cuentan que algunas personas se han rebelado y se han salido del grupo pero me pregunto si serían colaboradoras de Las Nenas fingiendo rebelión o público real rebelándose realmente. Otras personas del público no parecen muy interesadas en contarme lo que realmente les ha pasado, como dicen que pasa cuando has vivido una guerra, como pasaba con los que sobrevivieron a la última guerra de nuestra historia más reciente. Pero esa gente que no me cuenta demasiado me da la impresión de que se va contenta, no como si viniese de la guerra.
El fin de fiesta se celebra en la peña La Alegría, en un local del casco viejo a pocos minutos andando, un poco más tarde. Allí nos esperan bocadillos gratis, bebidas baratísimas y música de fiesta para bailar en un local con barra de bar al que hay que acceder subiendo unas escaleras. Ahora el público es mayoritariamente joven, los más mayores no parece que hayan llegado hasta aquí. Me doy cuenta de que, los que sí hemos llegado, otra vez nos hemos dividido en dos grupos: hay tanta gente a las puertas del local como dentro. Pero todo el mundo charla muy animadamente, la gente se besa, sonríe, baila y celebra. Yo sostengo un vino a las puertas del local junto a una niña de nueve años que podría ser mi hija mientras sonrío de oreja a oreja contemplando a la multitud.
Texto: Rubén Ramos Nogueira
Imágenes: Jesús Iriarte






