
“Y EL VERBO nunca se hizo carne porque no lo es aquello que se hace presencia, sino lo que se entrega a otra carne”.
Carmen Boullosa.
Come y bebe que la vida es breve. Esta expresión del español es un llamado a disfrutar de la vida. No es extraño que la sabiduría popular contenida en una lengua refiera a la cocina. Calmar el hambre es una necesidad universal que todos los pueblos han perfeccionado como si de un arte se tratara. De hecho, en ese territorio se mueve un banquete, especialmente cuando se coreografía al detalle, en el lugar entre las necesidades más humanas del cuerpo y el espíritu: el alimento y el rito. El acto de comer hace tangible nuestra mortalidad. El pensar en la muerte hace inevitable pensar en la vida y, con la nostalgia anticipada que uno siente por el lugar del que aún no se ha ido, pero del que sabe con certeza que se irá, brindar un carpe diem. Puede que esta sea solamente mi mirada sobre la pieza de la que quiero hablaros, o puede que algo tenga que ver con esto Cabeza de merluza, rabo de toro, de Huichi Chiu y Víctor Velasco, que ha inaugurado la primera edición del festival de performance Free Tour en Madrid. Un festival organizado por Carmen Aldama y Fran Weber e inspirado en el Free Flux-Tours que el grupo Fluxus celebró en 1976 en Nueva York. Esta apertura homenajea al neoyorquino, en cuyo programa todavía se pueden leer las instrucciones para una de las acciones que tuvieron lugar allí: “May 10&11 at 6am go to 17 Mott street and eat Wonton soup (says Nam June Paik)”.
Como todo buen banquete, la pieza comienza con una invitación. Así, las personificaciones fantásticas de Huichi y Víctor, Cabeza de Merluza y Rabo de Toro, nos escriben el día antes para convidarnos a una cena en el restaurante Lao Tou en Usera, en la que nos cuentan que les vamos a comer “como en una eucaristía sin sermón”. Es entonces cuando también conocemos por primera vez el menú. Aunque este combina cabeza de merluza y rabo de toro como platos principales (conectando la gastronomía de la provincia de Hunan y de la región de Andalucía), sigue la composición de una mesa tradicional china. Así, a los platos servidos se les otorga un sentido. Son símbolos de deseos de salud, prosperidad y cuidado mutuo. La invitación, además, incluye una bella pieza de audio que, a través de un paisaje sonoro: un arrozal donde las ranas croan, pastan los toros de lidia, suenan diferentes músicas (entre ellas: Suspiros de España o Wan An) y se cuentan cuentos escritos por Gan Bao (autor del siglo III); nos guía por una cena soñada, quién sabe si posible…
10 de septiembre, por la tarde.
Salgo del metro en Usera y busco el restaurante Lao Tou. He llegado pronto, así que recorro el barrio: restaurantes de comida asiática, casas de apuestas, supermercados y droguerías, estancos… Cuando llega la hora, Lao Tou abre sus puertas. Nuestros anfitriones indican con un gesto que podemos atravesar la estancia hasta un comedor al fondo. En la pared de la sala vemos un mosaico con motivos de toros de lidia. Nos dan la bienvenida y nos ofrecen una flor de loto de papel. Hay cinco mesas. En cada una, un centro de mesa giratorio, una jarra de cristal que contiene algo y dos huevos de color rosa fucsia (símbolos de celebración y alimento de nuestros convidantes). Cabeza y Rabo nos indican que empieza el banquete. Rabo de toro llena las jarras de cristal de agua hirviendo. Cabeza de merluza dice: “ahora; va a sonar la maquinaria del mundo trabajando para alumbrar algo.”
Lentamente ocurre. Iluminado por una composición de sonidos de vajilla y cubertería, ese algo se revela en una flor de té que se abre “trayendo la primavera a todo el mundo”. A partir de entonces, bebemos té blanco y comemos arropados por las imágenes y sonidos del sueño de la cena del día anterior, las intervenciones de Cabeza y Rabo y los cuentos sobre hombres, seres fantásticos y espíritus de un lugar y un tiempo lejanos.
Así, puedo narraros una pincelada de lo que aconteció en Cabeza de merluza, rabo de toro. La pieza, sin embargo, no os la contaré con todo el detalle que merece, pues tanto la dramaturgia de la invitación como la de la cena, es un tapiz en el que cada palabra y cada acción está dotada de simbología y entrenzada con el resto de elementos. Huichi y Víctor evocan un paisaje desconocido, entre el mundo de los hombres y las mujeres y el de los personajes y espíritus de los cuentos que ellos mismos narran y encarnan. Un banquete en un lugar que dicen, dejará de existir cuando nos vayamos, una cena que desvela un misterio y lo celebra. Las intervenciones de Cabeza y Rabo durante la misma guían la ceremonia, pero también invocan la conciencia de lo que significa ser humano: nacer, celebrar la vida si es posible y despedirse. El fin de la cena coincide con la entrega de las cucharas. Se nos recuerda “La tierra nos será breve”. Ya bien comidos, habiendo disfrutado de la compañía y de la comida, nuestros anfitriones nos regalan una moneda, unos granos de arroz que nos desean abundancia y un poema sobre nuestro paso por el mundo: “[…] Primero, el cielo compacta el aire en carne, y la siembra a lo largo del horizonte; algún tiempo después , la tierra engulle las sobras. Lo que sucede entre medias solo nos incumbe a nosotros. […]”. El final de este, con un refrán castellano, anuncia tiernamente que “Creemos ser cabeza de león y somos cola de ratón. Y hasta el rabo, todo es toro”. Y es que, para vivir hay que estar preparado. Pues, hasta que no llega su final completo y absoluto… la vida siempre nos puede pillar desprevenidos.
Cristina Garrido