Para los antiguos griegos, el omphalos, el ombligo del mundo, es decir, su centro, estaba situado en el templo de Delfos. Y la diosa Gaia había dado nacimiento a La Tierra en ese lugar.
La palabra Delfos puede vincularse con la idea de “útero de La Tierra”, pues su raíz está relacionada con la palabra griega “delphis”, que significa útero o matriz.
Estar dentro del útero de mi madre, fue, quizá, estar en el hogar más cálido, el lugar más cercano a otro corazón en el que podré estar nunca. Esa bolsita delicada y poderosa, con su intensa irrigación sanguínea, donde fui concebida, crecí, sentí lo que mi madre sentía, comí lo que ella comía; donde, protegida, empecé a conocer el universo.
Estoy cumpliendo 56 días de haber entrado al quirófano para someterme a una histerectomía laparoscópica. 56 días de haber despedido al útero de mi cuerpo y con él la posibilidad de asilar otra vida dentro de mí. 56 días de involucrarme en el proceso para reconocer mis vínculos amorosos, confiar y dejarme cuidar. Es difícil explicar ese momento en que se reconoce en la mirada de las otras personas el valor de la propia existencia. Observar en esa mirada ajena la ternura que procura la vida y la aparta del malestar, la enfermedad y de la muerte. Esos esfuerzos tan humanos y ¿maternales? de la doctora, las enfermeras, les amigues, la familia, la pareja. Prestarme un hogar para recuperarme, cocinarme, tenderme la cama, lavar los trastes, vestirme, prepararme el agua para el baño, levantar algo que se me cayó, no cobrar la consulta, traerme comida, darme un masaje, tomarme la presión, escribirme una postal, mandarme remedios-libros-helados y audios larguísimos para contarme algo, hacer guardia de noche y platicar durante horas haciendo una pausa en medio del frenesí de la vida diaria. Y esos esfuerzos míos, como aprender a pedir, recibir, tener paciencia, sosegar el pánico y esos otros empeños milimétricos, instantáneos y urgentes por preservar mi vida.
Mirar, atender, cuidar, proteger, acompañar.
Estoy también cumpliendo 68 días de haber hecho un pedimento al Sr. de T. (al agua, a la luna), en una cueva a la orilla de un río en medio de unos cañones en la Mixteca, una tarde que recibiría la primer luna llena del año 2026. Cumplo 70 días de haber visto a don P. tendido sin vida en el campo, sobre un petate, cubierto por una sábana, a la sombra de un enorme árbol de espino. 71 días de haberlo visto caminar, de haber hablado con él, de haberle dado la mano. Y no sé cuántos días han pasado desde que Estados Unidos e Israel comenzaron los bombardeos en Irán y cuántos desde que mataron a 168 personas en una escuela, la mayoría niñas de entre 7 y 12 años. El silbido de los misiles, el estruendo, los gritos, la sangre, el temblor, el fuego, la muerte y las lágrimas de sus madres. Todas las realidades ocurriendo al mismo tiempo: las personas que salvan, las que oran, las que cuidan, las que construyen, las que compran, las que viajan indocumentadas, las que viajan como turistas, las que son indiferentes, las que odian, las que declaran la guerra y mandan matar, las que destruyen y matan con sus propias manos.
Una de las respuestas más famosas del oráculo de Delfos fue la que le dio al rey Croesus de Lidia cuando preguntó si debería atacar Persia. La respuesta que obtuvo fue: Si cruzas el río Halys destruirás un gran imperio. Croesus interpretó que el oráculo se refería al imperio persa, sin embargo, cuando cruzó el río fue derrotado por el rey Cyrus de Persia y el imperio de Lidia fue destruido.
Desde hace 56 días he tenido una especial consciencia de mi ombligo, el que un día fue el conducto que me unió a mi madre y que fue perforado hace 56 días en un procedimiento casi rutinario pero que tiene sus riesgos: la hemorragia, el daño a los órganos vecinos y la infección. He sido disciplinada, creyente, quizá miedosa, para que no se vuelvan a reventar los puntos internos, para no morir desangrada. Porque hace 33 días esa posibilidad casi se materializó. Fue una lección que me hizo recordar que el cuerpo es finito, frágil e interdependiente.
Dice la antropóloga Yayo Herrero La ficción de poder vivir emancipados de la naturaleza, de nuestro propio cuerpo o del resto de las personas, constituye un eje central del proyecto civilizatorio occidental. La inmanencia y vulnerabilidad de cada individuo y la existencia de límites físicos han podido ser temporalmente ignoradas gracias a que los bienes y ciclos naturales, otros territorios, otras especies, las mujeres y otros pueblos sometidos, han soportado las consecuencias ecológicas, sociales y cotidianas de estas vidas falsamente ajenas a la eco dependencia e interdependencia. Construida sobre cimientos patriarcales, antropocéntricos y capitalistas, la arquitectura de las sociedades actuales pone en riesgo los equilibrios ecológicos que permiten la vida humana (y la de otras especies) y amenaza con provocar un verdadero naufragio antropológico. Sobre “El naufragio del hombre” de Alba Rico y Fernandez-Liria.
Desde hace 70 días he pensado en cómo nos sacudió empezar el año con la muerte del hombre más firme y alegre de la comunidad en la que vivo. Don P., el último campesino/pastor que recorría con sus animales las laderas, joyas y barrancas de este territorio agreste que cada vez tiene más casas deshabitadas y que, paradójicamente, me hace ser testigo de la maravillosa regeneración del bosque por la ausencia humana. Desde hace 68 días he imaginado cómo sería si yo pudiera fluir más contenta y tener los atributos amorosos, sensuales y envolventes de los signos de agua. ¿Cómo sería si me vinculara conscientemente con los ciclos de la luna y las fluctuaciones del agua? ¿Cómo sería si pudiera entenderlas?
El dios Apolo se enamoró de la ninfa Castalia, quien se refugió en el monte Parnaso para escapar de su acoso. Apolo la persiguió y, al no poder alcanzarla, la convirtió en una fuente de agua. La fuente se convirtió en un lugar sagrado, y Apolo fundó el oráculo de Delfos en ese lugar.
La Pitia era una sacerdotisa que se encargaba de transmitir los mensajes de Apolo a los mortales. Se creía que la Pitia entraba en trance y que Apolo hablaba a través de ella.
La gente iba a Delfos para consultar al oráculo sobre cuestiones importantes, como la guerra, la política y la vida personal. La Pitia respondía con mensajes crípticos y ambiguos.
Desde hace quién sabe cuánto, los miomas estaban presentes en mi útero y yo no les puse atención a pesar de que eran monitoreados por la doctora cada vez que iba a hacerme el Papanicolao. Uno de los episodios más significativos en torno a ellos sucedió al final de un retiro de diez días que hice para dietar con ajo sacha en la ceja de selva peruana. Al décimo día me reconcilié, no sé muy bien cómo, con la idea de traer al mundo a un ser vivo. O, mejor dicho, con la idea de ser madre. Desde niña recuerdo haber rechazado esa posibilidad pensando que sería incapaz de criar de una manera sana, sensata y pacífica. Estaba convencida de que antes tendría que saldar profundas cuentas con ese pasado iracundo, voluble, lastimero que traía cargando quién sabe desde cuántas vidas anteriores. Pero también pensaba en esas niñas y niños en necesidad y contextos de violencia a quienes yo podría… en fin. Recuerdo estar en la cima de un cerro y sentir por primera vez paz al respecto. No sentí deseo, pero tampoco sentí rechazo. Esa noche, después de la ceremonia de cierre, la hija de nuestra guía dijo señalando mi vientre: tienes que atenderlo, hay algo malo ahí dentro.
Otro de los episodios fue en CDMX: iba caminando por eje 4 y pasé por el consultorio de un iridólogo, me dio curiosidad y entré. No había mucha gente y la consulta costaba 50 pesos, así que me senté a esperar. Cuando tocó mi turno, no me preguntó más que mi nombre y edad. Sacó una hoja con un ojo dibujado y una lista de órganos y sistemas del cuerpo humano y anotó mis datos en ella. Tomó una cámara digital e hizo zoom sobre mi ojo. Los resultados del escaneo de mi iris fueron 4 cosillas que atender. La más significativa, según el iridólogo, estaba en mi útero. Me dijo que él no podía ver particularidades, solo, al igual que la hija de la curandera, pudo ver que algo malo andaba por ahí.
Dos oráculos. Dos maneras de ver sin ver.
No sé cuántos días después, en revisión y como siempre, la doctora me hizo ver en su pantalla los miomas y sus medidas, entre ellos había uno minúsculo que se había metido al endometrio (o algo así). La doctora me preguntó si había tenido malestar o síntomas de que algo estaba cambiando, le dije que se estaba alargando mi periodo y aumentando el sangrado. Entonces dijo: si este miomita se queda acá, esto se puede poner complicado. Yo no pregunté nada más. Investigué sobre alimentos que ayudan a que los miomas no crezcan: la cúrcuma, por ejemplo. También supe que era bueno no comer carne roja ni lácteos. Investigué ejercicios para evitar el dolor y fortalecer el vientre. Hice tinturas para tomar, meditaciones diarias y algunas visualizaciones. El dolor agudo y el malestar general fueron casi erradicados. Pero no el sangrado, que pronto se volvió muy abundante.
Un sangrado menstrual abundante puede hacer que los niveles de glóbulos rojos y hierro en la sangre sean demasiado bajos. Esto se traduce en anemia por deficiencia de hierro y se produce porque el organismo trata de compensar y utiliza las reservas de hierro para fabricar más hemoglobina y transportar así suficiente oxígeno a los tejidos y órganos.
En la década de 1950, mi edad (43 años), era la esperanza promedio de vida de una mujer en México. Las causas de muerte más comunes eran las enfermedades infecciosas, las complicaciones del embarazo y el parto y el cáncer de útero y de mama. Hoy, la esperanza de vida es de 78 a 79 años y las tres principales causas de muerte son enfermedades del corazón, diabetes y el cáncer cervicouterino y de mama. En este contexto de longevidad me intriga cómo pensar mi relación con la enfermedad y la muerte. Me dijo hace 33 días mi cuñada no, pues no te tocaba, porque cuando te toca aunque te quites y cuando no te toca aunque te pongas. Pero ¿qué es quitarse y qué es ponerse? ¿Cómo se decide que te toca, quién decide, desde dónde? ¿Es un asunto de la suerte, el contexto, el sistema, el género, tu karma, todas las anteriores o ninguna?
Phoibos [el luminoso Apolo] ya no tiene su casa, ni su bahía mántica, ni su manantial profético; el agua se ha secado.
Última profecía del oráculo de Delfos
Aquí, en esta casa, en esta montaña donde vivo y estoy escribiendo, nació en 1934, entre muchas hermanas, doña E. Su ombligo fue enterrado aquí mismo. Ella, en su vida, tuvo 14 embarazos, 12 de ellos se lograron: 4 mujeres y 8 hombres. Su último hijo nació de camino durante la peregrinación al Sr de T., hace casi 50 años. Cuando sintió los dolores, en medio del monte, fue guiando a su hija e hijo que la acompañaban para que la ayudaran a dar a luz. El cordón umbilical lo cortaron con la penca de un magueyito. ¿Qué era aquello que la llevó a hacer esa peregrinación embarazada de 7 meses? ¿Qué iba a pedirle al Sr? ¿Qué iba a ofrendar además de su caminar por la barranca? En el mes de noviembre, si fue un buen año de lluvia, ese lugar tiene agua por todas partes y dentro de la cueva del Sr. pareciera que está lloviendo. Doña E. contaba que acá también corría un buen caudal de agua en los ríos que hoy son arroyos. Sus hijos cuentan que los que eran arroyos ya desaparecieron, que los ojos de agua que antes daban agua todo el año, ahora se secan durante 6 meses hasta que empiezan las lluvias, si es que empiezan. Me parece curioso que la gran peregrinación para ver al Sr de T. sea en noviembre, porque es cuando termina la lluvia. Antes de ser una peregrinación católica ¿habrá sido una peregrinación para agradecer que llovió y se pudo sembrar y por ende se cosecharía? Pienso en esas ceremonias que se hacían en primavera en varias zonas de la Mixteca para pedir la lluvia: preparar ofrendas, llevarlas a las casas de agua en procesión, pedir, y regresar a hacer una fiesta en la comunidad. Cuando fuimos hace 68 días a hacer el pedimento a la cueva del Sr de T., durante toda la caminata, en ese camino de peregrinos, lo que más encontramos fue basura. No listones, no imágenes religiosas, no ofrendas, no cartas, no fotos; si no latas y botellas de refresco, vasitos de yogurth, platos y vasos de unicel, envases de redbull. Pienso en el constante relato que se nos cuenta de que en las culturas antiguas se solía ofrendar oración, comida y sangre para que el mundo continuara, para que los dioses hicieran favores. Sangre de niñas, sangre de guerreros, sangre de corderos, sangre de toros y su carne, por supuesto. Tanto valor tenían la carne, la sangre y la oración. ¿Hoy quién ofrenda y qué ofrenda? ¿Quién hace oración? ¿Qué se pide? ¿Qué ceremonias se hacen hoy a cambio de todo lo que tomamos del planeta y de las personas?
La sangre es tejido vivo formado por líquidos y sólidos. La parte líquida, llamada plasma, contiene agua, sales y proteínas. La parte sólida de la sangre contiene glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. Los glóbulos rojos suministran oxígeno desde los pulmones a los tejidos y órganos. Los glóbulos blancos combaten las infecciones y son parte del sistema inmunitario del cuerpo. Las plaquetas ayudan a la coagulación de la sangre cuando sufre un corte o una herida. Hay cuatro grupos de sangre: A, B, AB y O. La sangre es Rh positivo o Rh negativo. Saber el tipo de sangre es importante si se necesita una transfusión.
Dice la ginecóloga Christiane Northrup: Lo que cree una persona está muy influido por la cultura en la que vive. Las creencias sostenidas en común perpetúan el tipo de sociedad en que vivimos. (….) Prácticamente no se ha estudiado el útero separadamente de su papel en la reproducción, un hecho que refleja los sesgos culturales de fondo de esta sociedad. El útero se considera el hogar en potencia de otra persona y se alora cuando está capacitado para desempeñar ese papel. Una vez que ha acabado su función, o cuando la mujer decide no tener hijos, el útero no tiene ningún valor intrínseco para la medicina moderna. (…) A las mujeres se les enseña a considerarse a sí mismas más o menos del mismo modo, valiosas como madres o compañeras, pero sin ningún valor propio intrínseco. (…) La edad promedio de la mujer que se hace una histerectomía es de 42,7 años.
A mí me hicieron la histerectomía a los 5 días de haber cumplido 43 años. Dijo la doctora que mientras iba despertando de la anestesia le pregunté si ya había salido mi útero. Ella me contesto que sí y me dijo que al escucharla mi gesto se fue transformando en uno de profunda tristeza. Ella me dijo estaba muy enfermo, ¿quieres verlo? Yo le dije que sí. No sé por qué no recuerdo la conversación, ni tampoco el haberme sentido tan triste, pero de la imagen de mi útero y los miomas sí me acuerdo.
La palabra mioma proviene del griego myo-, que significa músculo o ratón, y el sufijo -oma, que indica tumor, masa o estructura biológica.
Literalmente se traduce como «tumor de músculo». Se refiere a tumores benignos que crecen en el tejido muscular, generalmente el útero.
Durante la segunda semana de recuperación, tuve una gastroenteritis que me provocó muchísimo dolor: me bajaba la presión, tenía fiebre y temblaba sin control. Estuve acompañada, cuidada, protegida, medicada. Aún así, aunque no lo decía, el dolor era tan intenso que me hacía sentir desesperanza. Para no dejarme llevar por la angustia, pensé en la fortuna de lo transitorio, en que todo, lo que sea, pasaría. Y en las personas que hoy están desplazándose forzosamente desde sus hogares hasta lugares donde quién sabe si les recibirán; seres vulnerables a través de territorios hostiles. Y pensé en las historias de tantas mujeres, como doña N. que parió en su casa del cerro, sola, se fajó y salió al campo cargando al recién nacido y dándole la mano a su otro hijo de 2 años; o como B. que con todo y cesárea, sin cumplir la cuarentena tuvo que salir a trabajar con su recién nacida a cuestas. Y pensé en esas personas que se encuentran en campos de refugiados sin cuidados suficientes, sin certezas, sin curaciones, alejadas de la piedad del mundo que las ignora. Y me pregunté cuándo se va a acabar este tiempo de hombres que procuran la muerte, la represión, la iniquidad; estos hombres que están al frente del mundo mandando arrasar territorios y aquellas comparsas que les aplauden sin consciencia del sufrimiento ajeno.
La sacerdotisa Diotima [de quien Sócrates fue alumno sobre temas de amor] le preguntó al oráculo cómo ayudar a su ciudad a superar una plaga. El oráculo contestó Sacrifica a la más bella de tus doncellas. Lo que pensó Diotima fue en sacrificar una idea o un proyecto, entonces ofrendó la escultura de una hermosa doncella, y la plaga cesó.
En tres ocasiones me he sentido expuesta a la posibilidad de morir: Una en un choque mientras iba de copiloto y nos estrellamos contra un muro de contención en una autopista. Otra en manos de un hombre armado que bloqueaba un camino rural solitario en Guerrero, a quien observé inhalar cocaína de un bolsita, cuando recargó su pistola en el lado izquierdo de mi cabeza. Otra fue la hemorragia de hace 33 días, porque mi cuerpo simplemente estaba perdiendo toda su sangre. Me internaron de urgencia y suturaron después de otra anestesia general. Al día siguiente recibí una transfusión que ayudó a estabilizarme. Desde entonces me he propuesto no volver a sentir aquel miedo al abandono, la orfandad y la muerte, y reconocer, irremediablemente, sin dudas y con el corazón alegre, todos los vínculos amorosos, humanos y no humanos, que sostienen y nutren mi existencia.
Luisa Pardo*
Yuxaxino, Oaxaca
Marzo 2026
Gracias a toda esa constelación de personas que estuvieron pendientes y me cuidaron.
Gracias a Lázaro G. Rodríguez por sus comentarios a la primera versión del texto.
*Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte
luisitapardo@gmail.com

