
Me reúno online con Idio Chichava a tres días de la presentación de Vagabundus en el Mercat de les Flors de Barcelona. Él se conecta desde un hotel en Varsovia, donde han presentado el sábado y domingo pasados. La conversación fluye y yo, tras días de haberme sumergido en la práctica polifacética de este artista, tengo muchas ganas de entrevistarlo sobre su obra.
Inés Sybille Vooduness: La danza mapiko del pueblo makonde de Mozambique (y Tanzania) inspira en gran medida la corporeidad y sonoridad de Vagabundus. Habéis escogido resignificarla sin la literalidad de su contexto. Por ejemplo, sin usar las máscaras lipiko que caracterizan su movimiento. ¿Qué queda de la función de estas máscaras y de esta danza? ¿Qué diálogos y negociaciones relanza en el contexto del escenario?
Idio Chichava: Antes de todo, estoy siendo muy honesto en relación a la percepción de esta danza y con la experiencia que tengo con ella. La aprendí en un contexto de transmisión de estudio, no pasé por ningún rito de iniciación. La mayoría de danzas tradicionales que sé, las veo como una verdadera experiencia para el cuerpo. Es más una herramienta, un vocabulario que se añade a este cuerpo contemporáneo de hoy. Tiene pues otro lugar que es el de la simbología de la propia danza, como tú dices, de las máscaras desplazadas. Creo que funcionan muy bien como un universo imaginario que me permite crear varios personajes por detrás de esta máscara. El contexto en el cual bailamos ya no es el contexto ritualístico ni comunitario en el que la danza es practicada. A pesar de contar con un bailarín que hace los mismos gestos del mapiko dentro de Vagabundus, está sacada de su contexto. No está la percusión, ni la orquesta, ni el coro que la acompañan. Esos elementos los constituimos de otra forma. Se baila sobre un coro, pero no adaptado al mapiko. Lo veo como una forma de confrontar la realidad a partir de las experiencias que vivimos.
¿Cuál dirías que es la visión de lo “tradicional” en la relación de la pieza con el mapiko?
Para mí es una afirmación de lugar. Del lugar de donde vengo y de donde vienen los bailarines. Es la afirmación también de un vocabulario que puede ser nuevo para el mundo de la danza contemporánea o de la danza en su totalidad, porque tengo que afirmar eso y ofrecer nuevas formas de movimiento, de danzar y de aprender a hacerlo.
¿Qué otros códigos sostienen la urgencia de esta pieza?
Pues mira, el canto (risas). El canto que es una forma que completa aquello que llamo de la presencia de los bailarines, de la propia performance. El canto facilita la comunicación o la proyección de nuestra pieza para el público. Al no ser acompañado de cualquier otro instrumento, es una de los elementos más fuertes y osados de esta performance. Además, completa esa presencia total y un cuerpo global que es canto y danza.

He visto que en tu trabajo, en la forma en la que impartes laboratorios o talleres, hablas del mapa que traza el cuerpo, ¿no? Al mismo tiempo en Vagabundus se habla de errancia. ¿Qué mapa traza el cuerpo errante de esta pieza? ¿Qué es para ti este “cuerpo global” que convoca a su vez?
Ya había empezado a hablar sobre eso. El cuerpo global, para mí, es una presencia plena, una presencia generosa. Es una presencia que no está tan enfocada en nosotros como performers o bailarines sino que también se nutre de la presencia y percepción de la energía del propio público. Así se crea una especie de ciclo de energía en el que todos los cuerpos se sienten implicados dentro del contacto o poco contacto que se tenga. Para mí, el cuerpo global es una forma bruta que invité a los bailarines a aportar y que, de hecho, todos los cuerpos podrían traer. No lo llevo a un extremo, a una proeza técnica, ni a una espectacularidad. Se trata de qué forma sencilla el cuerpo se vuelve más accesible y se compara con cualquier otra persona que pueda ver ese cuerpo. Intento, con la idea del cuerpo global, poner el cuerpo accesible para cualquiera (risas). Esto forma parte de mi experiencia, de un estado de cuerpo que llega a través de la repetición.
En relación al tiempo, ahora que hablas de repetición, ¿cuál es la sensibilidad sobre la temporalidad que encarna Vagabundus? En relación al espacio, estamos hablando de una errancia, pero en términos de tiempo y con la resignificación actual o actualizada de códigos que hablan de ancestralidad, ¿qué tiempo es el que convocáis en la pieza?
Vagabundus fue creada en una situación de migración. No he huido mucho de aquello que caracteriza una migración, es decir, el cambio de un espacio a otro. Vagabundus habla de migración, de las experiencias y transformaciones que el cuerpo va sufriendo, la percepción como performers o bailarines que va cambiando. Me fijé en este lugar de viaje, una cuestión de tiempo y también de sensación de melancolía cuando se trata de viajes más largos. Este lugar melancólico, repetitivo, prolongado.
Tanto es así que, en Vagabundus, esta cuestión de tiempo y de repetición está presente en una escena con una canción que se llama “Viva de la vida tenga compasión” y que dura unos 20 minutos justamente para jugar con esa sensación de tiempo, de monotonía. Las varias emociones que se viven dentro de un viaje largo. Tenemos experiencias en vuelos largos, en viajes en coche largos y se trataba para mí de traer y revivir esas experiencias que nuestro cuerpo tiene.

Esta pieza está atravesada por vibraciones que afectan y transforman voz y cuerpo, como si se tratase de una poética encarnada del temblor. ¿Existe algún canto (o fragmento) que haya impactado la dramaturgia de la pieza o que nos dé una pista del afecto, como futuras espectadoras, de lo que va a ser movilizado en nuestra relación con la obra?
Sí, sí, afectó mucho la dramaturgia. Cuando empezamos a cantar, fue influenciando la dramaturgia y principalmente por el significado que carga, ¿no? Porque fue trabajando con memorias, las nuestras propias, las de nuestro pueblo oprimido por la colonización y mucho antes de eso por el sistema imperial que teníamos. Cuando el grupo canta tenga compasión de nosotros, tenga piedad, va un poco en ese sentido. Va creando esa línea dramatúrgica, por muy sutil que sea, va guiando y reforzando nuestra propia presencia y el lugar totalmente político dentro de Vagabundus. Es decir, asumir que se tiene cuerpos que tiemblan, que traen un estado que ya se comprende como sufrimiento, inquietud, ansiedad. Además, tenga piedad fue criando y moldeando una especie de línea dramatúrgica paralela a lo que ya era la migración y la migración contemporánea. Todo el mundo quiere compasión, todo el mundo quiere piedad y todo el mundo también quiere sentirse libre de poder cambiar de espacio cuando así lo necesite. En este lugar también se cuestiona la noción de fronteras físicas, lo que son y por qué. Por qué también existe ese flujo de viajes constantes, por mucho que sea por guerras, cuestiones climáticas o financieras, son parte de la vida. Somos un pueblo nómada (risas) por naturaleza y esas memorias ciertamente han ido moldeando todo esto.
Si no me equivoco, la música de la que hablas es en español, ¿puede ser?
Sí, es en español y está inspirada en un canto de un coro católico argentino.
¿Esa inspiración tiene que ver con el viaje que hiciste a Argentina?
No, la pieza la había hecho antes de mi viaje.
Cuando el público llega al espacio y se va instalando, Vagabundus ya empezó y se apropió del espacio. ¿Qué poética propone Vagabundus en relación a la presencia de estos 13 bailarines? Existe esta sensación de empatía y afinidad con un cuerpo que se mueve y canta pero, a su vez, hay cosas que se quedan de alguna forma codificadas y, por ejemplo, esta presencia o decisión de que los bailarines ya estén haciendo sus cosas cuando entramos.
Sí, tú sabes que en Mozambique somos conocidos por ser una tierra de buena gente, ¿no? (risas) En Mozambique usamos el canto en diferentes situaciones. Somos, efectivamente, un país en el que nos gusta recibir, acoger bien. Dar cálidas bienvenidas es extremadamente importante para nosotros. Mi propuesta en ese lugar es de qué forma creamos un espacio en el cual las personas se sientan acogidas, cómo dar la bienvenida al público y cuestionar lo que es un principio y un final de una obra coreográfica. La primera persona que entra en el teatro no tiene la misma percepción que la última persona que entra en la sala. Intento crear una especie de voluntad en la cual el público se sienta acogido en la pieza y que la energía contamine a los performers y al público que va entrando. Intento difuminar la frontera entre el espacio del público y el espacio escénico, produciendo proximidad. Mozambique es un país en el que la proximidad, el toque es natural y por eso también esa voluntad de crear un lugar donde el público no viene con un sentido de consumir sino de compartir y de generar comunidad, estar y respirar juntos.
Escuchándote hablar sobre Kinani, es precioso ver como tu mirada como creador encuentra su extensión en el comisariado y también en tu dirección de tu compañía Converge. ¿Cómo tu propuesta nutre cada espacio y cómo cada espacio alimenta tu visión y tu sensibilidad?
Pienso que las cosas son auténticas y más verdaderas cuando se tiene la experiencia del espacio propio, cuando la experiencia es de dentro para fuera y no de fuera para fuera (risas). Que el sentido más natural de la cosa sea una visión y una experiencia más activa por dentro de la acción. Eso dialoga con los vacíos, con lo que el público necesita en relación a las artes escénicas en Mozambique. Esto nutre e impone acciones más osadas como por ejemplo la de recibir al público durante el canto, que tienen su reflejo en experiencias vividas localmente como público. Esto también lo informa la vivencia del ecosistema de la danza a partir de dentro, del interior. En la mayoría de mis discursos curatoriales, tengo una mirada de la periferia, un lugar que tiene un potencial creativo fuerte, con personas con más necesidades que en el centro de la ciudad.

Con Vagabundus, desafiáis la percepción dominante en torno a qué cuerpos están autorizados a ocupar el “escenario contemporáneo”. Relaciono este mensaje con una frase tuya muy bonita: “no hay lugar en el que un cuerpo mozambiqueño no pueda estar”. Vinculo eso al espacio físico que estás creando, no sé si ya está en marcha…
No, el espacio aún no está en funcionamiento pero estamos trabajando en eso. Más allá de una mirada geopolítica, hablo de qué cuerpo ocupa qué espacio. ¿Será que los cuerpos no enriquecen el espacio, que diferentes cuerpos no enriquecen el espacio? Veo la danza como un lugar en el cual todo cuerpo puede bailar. La percepción de cuerpo para mí va más allá de su desempeño técnico. Siento que la diversidad crea un lugar más interesante para el mundo: cuanto más diversos seamos, mejor porque el mundo se enriquece. ¿De qué forma habitar un espacio escénico a partir de diferentes percepciones del cuerpo? De ahí viene lo que decía antes, que es importante que el público se sienta implicado e incluido. Aquello que el público ve se convierte en un espejo, un reflejo de sí mismo dependiendo de la estética y plástica del performer. Si es más claro, si tiene una tonalidad de piel X, Y o X, si tiene un cuerpo más fino o más fuerte que otro, si es más bajo o más alto. Todo eso crea una afinidad con una parte del público. Veo el cuerpo con un espacio de contacto primario o de primer acceso que da accesibilidad al público para sentirse a gusto y abiertos a lo que vaya a ocurrir.
¿Qué ocurre en tu poética o en tu mirada cuando existe una resistencia o cuando, en esta relación, existen cosas que no se entienden o que quedan opacas? ¿Qué pasa cuándo hay esa fricción entre público y propuesta, tanto en tus piezas como en tu práctica curatorial o en tu imaginación, en relación al espacio que estás construyendo?
Esa pregunta es interesante porque he vivido una situación aquí en Polonia antes de llegar en la que los curadores, que ya habían visto la pieza, tenían miedo de que el público no aceptase nuestra invitación durante la obra a cantar. Nos propusieron crear voluntarios que pudieran arrancar esa acción. Lo que nosotros pensamos fue, si no ocurre, no ocurre porque ese es justamente el desafío que crea interés. Esa posibilidad genera interés y sorpresa en el propio performer. Para responder a tu pregunta, vemos esto como una posibilidad de cuestionar nuestra propia práctica: ¿por qué no funcionó o por qué funcionó de esa forma? Pienso que si existe esa opacidad, si no existe un lugar de comprensión, nos lleva a replantear nuestra propia práctica, lo cual creo que es muy rico.
Volviendo a tu espacio, ¿qué utopías y futuros esperas formular a partir de tu estructura en Maputo?
Mira, no hablaría de utopías (risas). Hablaría de cosas más concretas en el sentido de dar respuestas a las necesidades que como artistas necesitamos. Crear un espacio intermedio entre el espacio de difusión y el espacio de creación donde el artista tenga la certeza de que su trabajo está listo y se asegure de aquello que quiere entregar al público. Para mí la creación de este espacio es un lugar que reforzará la mirada del artista en relación a su propio trabajo. No es tanto sobre el público, sino para replantear los elementos que forman parte de la propuesta artística del performer. Quiero decir que mi espacio responde a una necesidad puntual y necesaria como por ejemplo las residencias técnicas. Eso es concreto. Los artistas mozambiqueños necesitan eso. Y respondiendo de otra forma, la periferia también necesita vivir, reinventar y materializar sus propias creatividades. La creatividad es banalizada, se entiende como una expresión más o menos espontánea (risas), ¿no? Entonces este espacio en la periferia va a despertar eso; empezar a canalizar y educar más o menos a los propios artistas en un lugar de concentración y de mejora de sus propias prácticas.
¿Ya tienes nombre para este lugar?
Se va a llamar Célula.
¿Estará en Maputo?
En el barrio Polana Caniço.
El tiempo ha volado en este diálogo con Chichava. Al acabar la reunión, recuerdo una de las autoras que tengo en mi lista de libros por leer, la mozambiqueña Paulina Chiziane. Busco una cita suya, esperando que me dé una pista poética para seguir pensando en el cuerpo de Vagabundus, en la urgencia poética de cantar y bailar. Encuentro una de Vientos del Apocalipsis (1999): «El desahogo es una cosa loca. A veces es tímido, otras veces es audaz. No le gusta la soledad ni el aprisionamiento del pecho. Abandona lo profundo y corre por la vía del aire, invade los tímpanos alares y se encierra en los sentimientos de otro.»
Inés Sybille Vooduness
Imágenes de Bea Borges y Mariano Silva





























