
Patricia Caballero. Fotografía de Luis Castilla.
Conversamos con Patricia Caballero una mañana de marzo y, desde un exterior lleno de luz y viento, comienza por hablarme de la necesidad de salir al afuera antes de meterse en la caja negra para comenzar el montaje de RA!, que estrenará en el Mercat de les Flors el próximo día 9 de abril. A medida que hablamos, pienso que la pieza en la que está trabajando es también deudora de ese mismo deseo de apertura.
¿Qué podrías decirnos que tuviera que ver con la atmósfera general, con el proceso o con la poética de la pieza? ¿Qué sería para ti lo más presente en RA!?
Empiezo ya desde la frustración al entrar en las palabras porque todo va a ser banal, todo va a ser pequeño, todo va a ser demasiado concreto y cerrado… Pero sí te puedo lanzar desde donde yo me he colocado para que tuviera lugar esto, para que ocurriera. Y tiene que ver con un espíritu muy celebrativo que celebra también la guerra y la sombra y lo difícil y lo oscuro como parte de lo vivo, de las cosas vivas.
Y me he colocado mucho en el juego que es estar aquí, en esta realidad extraña. A mí todavía se me hace extraña, con los casi cuarenta que tengo. Y cuando digo “juego” no digo: Ay, la vida es pa’ jugar… sino que realmente es un videojuego (yo lo llamo así) y eso me da una distancia y unas ganas de agradecerlo y celebrarlo todo —me guste o no me guste—, que ha sido el gran ejercicio durante el proceso y que ha estado muy presente. Y ha traído a personas que están muy dispuestas a eso. Y te puedo decir que la verdad es que son todas las personas del equipo. Y que en ese sentido ha sido de una resonancia increíble y estoy contenta de la comunidad que se ha creado. Y que el hecho que esto esté en un contexto profesional es una excusa para que se dé este encuentro y esta celebración después de unos años oscuros de mi vida y estoy como sacando la cabeza, riéndome del drama. Creo que es un salto de madurez y, a la vez, un salto a la niña que quiere saborear la vida, pase lo que pase. Contra viento y marea.
Ahora releo las preguntas que vienen y se me quedan cortas, se cuelan cosas hermosas….
Yo me voy a desviar todo el rato de tus preguntas….
Me parece genial. Has dicho cosas que resuenan también a nivel personal: esa dificultad para reconocer la realidad a la que refieres y, sobre todo, la idea del juego como estrategia, tal vez porque hay una especie de rigor en cómo juegan los niños. Y en la pieza está muy presente ese empeño por recuperar el juego, hay una insistencia en el juego, un trabajo…
Totalmente.

Al hilo de lo que dices, escribía al ver el ensayo que tengo la sensación de que que RA! está preñada. Que es una pieza embarazada, fecunda, llena de imágenes que van cayendo de una vagina hinchada, gozosa, húmeda. Hay una sensualidad que aparece, que es un poco asalvajada por no depurada, por no deliberada. Y que es seductora porque se olvida de seducir o de gustar, como el estar de los niños. Me ha recordado a lo que estabas mencionando. Y volviendo al sentido de la celebración…. Me parece que, a ratos, en el viaje se cuelan imágenes de un carnaval Pantagruélico, una fiesta medieval que también tiene el lado oscuro que mencionabas. Una pintura de Brueghel donde los fragmentos de cuerpo forman nuevos cuerpos, como si se multiplicaran en cada uno de los tableaux vivant que los intérpretes van componiendo en la escena; juegos, ocultamientos y desvelamientos del cuerpo y sus cambios de estado. ¿Hay algo que puedas asociar al carnaval, o incluso a un elemento “arcaico”? Eso de vivir la oscuridad, de atravesarla, de quedarse también en ella.
Sí, creo que lo que hablaba antes sobre el juego puede ir por ahí. Como un dar la vuelta a lo obvio, poner la mirada del revés, jugar con, preguntarse sobre la carne.

Hay un cuerpo quieto desde el inicio de la pieza. Como un testigo, como un cuerpo “atado a un lugar”. Un cuerpo-bisagra que articula el movimiento alrededor de su permanencia. A ratos ese cuerpo se borra, se cubre con otros cuerpos, con la tela y hasta nos olvidamos a veces de él. ¿Hay una metáfora de la resistencia en ese cuerpo? ¿Trabajas en absoluto con metáforas?
La verdad es que no son cosas que yo piense tanto… Como que no, no me lo propongo pero la gestión energética me lo pide. Ya que hay tanto despliegue por todos lados, era como…¡Ay! Un eje aquí, que contenga, que frustre algo de energía, que la preserve… Sí, sí… Hay algo de guardián, pero también de retención. Sí, pa´ mí es una gestión muy sexual ese mantener ahí, mantenerse y retener y que todo se mueva y se rompa alrededor, y yo aquí me quedo, yo aquí tan pancha, firme. Creo que tengo la impresión de que con cada uno despliego partes de mí, con cada uno de los intérpretes, despliego partes de mí que quiero… como entrenar, y esa parte habla mucho de la samurái que llevo dentro que… que le gusta la estrategia. Y la estrategia energética, ¿sabes? Cómo gestionar la energía con sabiduría, pa’ no andar eyaculando por todos lados, de cualquier manera: emocionalmente, energéticamente, con la palabra, con el pensamiento, con la acción, también.

Volviendo a ese cuerpo quieto, tengo la sensación de que es imposible no mirar ese cuerpo que pudiera ser un ancla, un contrapunto o un error, pero que, sobre todo, para mí funciona como un elemento compositivo muy potente, como un ancla que articula, que “rapta”. Y me gustaría preguntarte, precisamente, por la composición, porque has trabajado con Joao Fiadeiro, con Mónica Valenciano… Son dos creadores que aplican la idea de “composición” de una manera muy diferente, que está muy presente en ambos y articula su lenguaje sin ser explícita. Bien, yo no sé cómo componen los coreógrafos. Siempre ha sido una especie de enigma. No sé si van pensando una cosa detrás de la otra, si necesitan hacer un trazo como yo en el papel cuando dibujo… ¿Cuál es tu relación con el concepto de composición?¿Cómo se articula la composición en el espacio y el tiempo? ¿Cómo es el viaje espacio-temporal de los cuerpos, de sus gestos, de sus derivas?
Pues mira… Tengo el CTR (Composición en Tiempo Real) muy en la vena. Porque lo aprendí muy muy joven y no he dejado de practicarlo. Cuando me encontré con Joao me ayudó con una pieza y de repente me volví muy conceptual y me salí mucho del cuerpo… Y yo necesitaba volver, necesitaba encontrar la manera de aplicar esa manera de abordar la escena pero con el cuerpo y con la experiencia, sobre todo con la experiencia. Sin toda esa frialdad del conceptualismo, Al final, soy gaditana, tengo… no sé, tengo mucha pasión (sonríe), ahí, en mi cuerpo, en mis raíces. Entonces, se me hacía como… muy metal, muy frío. Muy mental, también. ¿Metal? He dicho “metal”, no sé por qué me ha salido metal, quería decir mental. Muy metal y muy mental (risas). Y entonces, empecé a investigar sobre eso en mis laboratorios y empezó a pasar algo, que era como muy mágico, muy misterioso… Ahora, últimamente, con Brenda Boyer, mi compañera de audiovisual que me acompaña siempre, decimos: “cuando sube el bizcocho”. En los laboratorios, hay momentos en los que sube el bizcocho y la cosa se pone…. que da mucho respeto, incluso. Como si hubiera pasado por ahí un espíritu y les hubiera poseído a todos y hubieran entrado, lo que digo en la sinopsis, como si se hubiera despertado una conciencia colectiva que sabe componer. Juntas, sin tomar decisiones, sin consensuar nada, sin tener que dialogar con palabras.
Este laboratorio hace como unos quince, dieciséis años que está activo. En los últimos cinco años es que lo he estado nombrando como algo concreto… esos momentos, esos estados….
¿Ese laboratorio es Epifanías?
Sí, lo llamé Epifanías.
Era algo que te quería preguntar, sobre Epifanías…
Al principio era algo que encontraba en personas de forma individual pero luego empezó a pasar grupalmente. Y algo me enamoró mucho y fui comprendiendo cómo, desde ese estado, se podía componer sin echarle mente, sin la pretensión escénica. A pura experiencia compartida. A pura entrega grupal. Eran… Son, unos espacios que generan un tipo de confianza y de apertura. Es un estado. Se entra en estados, en estados expandidos de conciencia. No me gusta llamarlo “alterados”, porque el estado alterado de conciencia es en el que vivimos en lo cotidiano. Yo lo veo así… que vivimos en un estado muy alterado. Me gusta más bien llamarlo «expandido”, o “ampliado”. Y es, desde esos estados, que encuentro el material. Ha sido “epifaneando” que hemos ido encontrando todo el material. Incluso los primeros encuentros con las voces de Veus Lliures fueron ceremonias, ritos, fiestas… esa lista que hago: purga…
«Rito, humor, purga, fiesta y contemplación».
Hasta el punto de que mucha gente me ha llegado a decir: ¡yo ya no tomo más plantas de esas, no hace falta!
Yo tengo la cabezonería de que todo lo que nos dan las drogas, el alcohol, son botoncitos que están en la mente y que el propio cuerpo sabe cómo generarlo y desde ese empeño es que me tiro a la experiencia y de la experiencia surge el material.
Esto que dices, “epifanear”… enlaza con algo que leí que habías escrito.
«Por suerte, hay quienes aún pueden sentirlo vibrar en sus células, como si fueran antenas de un delirio atemporal. De algo más terco que la historia, más indomable que la cultura misma. Son los poseídos, los que saben que crear no es inventar y que la ilusión de innovar quedó antigua».
Ah!… Eso es “Lo puro y lo puto”.

“Los poseídos que saben que crear no es inventar”. El poseído, el entheos (el entusiasmado). El que tiene un dios dentro es también el poeta. En relación a este estado que estás definiendo: de experiencia, de amplitud, de epifanía y revelación… y también en relación con la CTR, recuerdo una apertura muy radical a los materiales, un “estar dispuesto”. Esa disponibilidad tiene algo “místico” con todo lo manoseada que está la palabra… ¿Cómo piensas el trabajo de los intérpretes y el tuyo propio en relación con esta noción?¿Experimentas alguna relación con la mística en tu trabajo?
Hace un tiempo que esa palabra se me ha quedado antigua. Lo que antes llamaba místico lo he normalizado tanto y me parece que la ciencia lo ha desmenuzado tanto que…ya no hay misterio. Está muy claro. Está clarísimo de qué va el asunto, solo que nos hacemos las tontas, por seguir el día a día, la cotidianidad… la carrera de la rata…la del “aquí”.
Llamar “místico”, o misterio, a algo que debería ser nuestra verdadera comida diaria, me da hasta pena. Y reivindico… Estoy en un momento de… No reivindico. Me lo propongo.
Estar ahí.
Sí. Sí… Y comprender y aplicar constantemente que todo es energía y todo está hecho de una imagen que se está creando en mi cerebro y que lo que llamamos “real” es muy muy cuestionable. No es tan real. Y para esto me he vuelto cada vez más científica. Yo antes era… antes me consideraba muy mística. Pero como ya la ciencia se ha puesto a decir: “que sí, vale, que nos comunicamos en los sueños”, cuando los monjes llevan comunicándose en los sueños milenios y milenios, y además, contándonoslo. También son los científicos los que están aplicando tecnología humana muy bestia y se está ocultando el poder de todo eso… así seguimos siendo esclavas del sistema en el que vivimos.
Del sistema y de la idea de realidad a la que te referías. Lo real es una pregunta. Aclaro que coincido contigo en que lo místico es presente, no lo contrapongo a lo real. Hay un enfoque de lo que aparece ante una y en la pieza hay constantemente un aparecer. Si la epifanía tiene algo de revelación, lo que se revela se evidencia y aparece. Imágenes que constantemente, en la pieza, van apareciendo. Podría ser una metodología que renuncia a ciertas lógicas y tiene mucho que ver con la manera de componer que estabas hablando antes.

Continúo… En el texto de presentación, Victoria Pérez Royo señala que esta es un pieza con muchos intérpretes (17), que son muchos en relación a tu trayectoria en donde la forma predominante ha sido la del solo. Una forma mucho más íntima y que maneja otras intensidades, otras distancias. Pero, mirando el ensayo, tengo la sensación de que hay algo que permanece de esa idea de solo a lo largo de la pieza. Hay, en ocasiones, una especie de “ensimismamiento” de los intérpretes, una insistencia en su estar. Es como si el movimiento de la pieza oscilara entre esos “solos” que se superponen y que a veces se suman y se fusionan como un solo cuerpo. ¿Podrías profundizar en esa tensión entre individuo (el solo) y grupo, el “cuerpo de baile”? Que en tu pieza es, más bien, un “organismo de baile”. Un algo que se “activa” como en una máquina.
Me habla mucho, me habla mucho todo esto… Es algo que estamos trabajando en esta última fase porque me di cuenta de que la obra estaba hecha de una serie de solos. Y pensé…¡Uy, no no no! Peligro total. Porque se vuelve muy sistemático y muere. Estamos trabajando mucho sobre ello pero, aun así, sigue ocurriendo, sigue dándose el solo y es… es por muchas ganas de darles el espacio a cada una.
Dentro de Epifanías una de las prácticas que ocurre es algo que llamamos “posesiones”. En lugar de “solo” lo hemos nombrado “posesión”: “la posesión de tal”, “la posesión de cual”. Eso ha ido creando una disponibilidad para sostener la posesión del otro. Le damos el espacio para que se posea y llegue hasta donde quiera llegar pero le acompañamos en ello. Sostenemos su brillo, sostenemos su sublimación. Te sostenemos, estamos contigo, y hay algo de “mira, tranqui, se te puede ir la olla que aquí estamos, puedes rozar la locura, te puedes hasta poner en peligro porque reaccionaremos”.
Una reconciliación entre lo individual y lo colectivo.
Un lugar desde donde nace Epifanías es mi dificultad para estar en grupo. Cuando era pequeña no entendía cómo se relacionaba la gente y para qué lo hacía, me aburría todo… ¿Cómo hacer para estar con la gente y que me interese? —decía—. Puede parecer como muy arrogante, pero yo realmente lo sufría. Quería estar, quería estar en comunidad. Yo quería de verdad conectar con la gente. Y Epifanías viene de esas ganas de compartir con grupos grandes. Porque he llegado a crear grupos de ciento y pico personas epifaneando, metidas en estado y creando juntas. Y a confiar que en grupo… que podemos lanzarnos a un grupo siempre que sea un lugar seguro donde abrirse sin todas las capas que nos ponemos ante tantas miradas y ante tantos juicios… que es algo que trabajo mucho también con el espectador.
Yo he necesitado, durante todos estos años, encontrar mi manera de estar en grupo y crear el contexto, porque no lo encontraba. Ha sido mi forma de comprender qué es eso de estar juntos, y darle valor a la familia, a la comunidad y desengancharme de la droga que era para mí la soledad.
La siguiente pregunta que te iba a hacer ya la has contestado. Tenía que ver con explicar de qué manera las Epifanías son el germen de RA! y cómo es esa alquimia que se produce, ese proceso que se siente como una transformación, también desde el lado del público. Lo que pasa cuando tú también, como espectadora, eres consciente de estar en un espacio que trasciende ciertas prácticas, que tiene algo de ritual. Y mencionabas que existe una cierta relación, un trabajo con el espectador…
Una de mis prácticas, y por eso tantos solos, ha sido la de releer la figura del público y, de verdad, trabajar con ella y tomarlo como un elemento escénico, como compañeros de viaje, también. Como aliado con el que crecer.
Uno de los rituales que yo tengo es que paso tiempo sentada en las gradas, haciéndome amiga de él, del público, hablando… sintiéndolo familia, sintiendo que me quieren. Para que, cuando lleguen, ya sean mis amigos. No con el empeño de gustarles, sino con las ganas de sentirles familia, de sentirles cerca, de darles un espacio de intimidad, de abrirles un lugar seguro donde estar, donde vivir.
He apostado mucho por entrar en una relación íntima con el público, en la práctica que siempre he ejercido.
¿Hay un viaje en la pieza, no?
Sí, sí, hay un viaje. Al principio parece que es como: “¡está todo bien, estamos jugando, es divertido, ji,ji ja,ja y tal…!” Y de repente hay como un quiebre. Y eso me di cuenta luego, porque vino Fratini a un ensayo y estuvimos hablando y ahí me di cuenta de lo que había hecho y dije:… “bueno, pues ya está hecho, no sé. Ya está hecho así”. Y sí… hay un momento ahí… Hay un momento que le decimos “el exorcismo” que es como una especie de rave, que se monta con un tambor y tal… y partir de ahí como que se pone la cosa un poco más profunda, más seria. Nos vamos a la ultratumba con Yosbani, con todo lo que saca, que ha retenido ahí en la silla, se mete en esa posición, también hemos hecho un trabajo con Veus Lliures ahí, de tocar lugares profundos, de tocar el dolor incluso. Sí.

Ahora que hablabas de la música y de las voces, es una parte que no estaba en el ensayo que vi. No estaba el coro y se ha quedado un poco muda… En la pieza hay, para mí, una composición en el espacio. Otra que tiene que ver con el cuerpo, con el ritmo y con las narrativas poéticas que se construyen a partir de esos elementos, no de la palabra… y pienso que pueda haber otra capa: ¿una composición-voz, tal vez? ¿Una composición-canto, composición-respiración? ¿Cómo ha sido el introducir esas otras voces?
Me pasó con la voz, con el trabajo de la voz, que… fue pariendo. Fue pariendo que yo dije: ¡Madre mía! El “chorraco” que tengo yo ahí guardado. Yo que siempre hablé muy bajito… Dije: ¡esto hay que explorarlo! Y, claro, como en ese primer tiempo, en el periodo de postparto, que no podía bailar mucho, o nada, me dediqué a explorar, a cantar y además era lo que mi hija me pedía cuando le daba la teta…. Y ahí empecé a comprender que iba muy junto. Y desde entonces es como que no puedo bailar calladita. Igual que no puedo hacer el amor callada, no puedo bailar callada, me pasan mil cosas y necesitan salir. Y ha sido muy desde ahí que he abordado el sonido. Muy desde el cuerpo, muy desde el acontecimiento, no tanto desde composiciones musicales. Son improvisadoras, están superdisponibles, para entregarse a la nada, a lo que pase, al cuerpo, a lo que los cuerpos de los intérpretes les traigan… Incluso desde lo roto, lo desarmónico…. desde lo vivo, en general. Hay armonía, hay mucho trabajo de armonía, también, pero no hay una insistencia. Hay mucho juego.
¿Y el diálogo ha sido “de ida y vuelta”?
Yo buscaba una cantante. Mi amigo armonicista, Quim Roca, me conectó con la directora de este grupo, Celeste Alias, y me dijo que me iría trayendo cantantes para que las conociera y, entonces, hacía un laboratorio en La Caldera por los treinta años de La Caldera y me dije: que se vengan al laboratorio. Y acabó el laboratorio y me dijeron: queremos que nos montes un espectáculo. Y dije: pues venga, pues ya, vamos a montarlo. ¿Qué vamos a esperar? Ya tenemos todo… ¡Mira! Estos son los intérpretes. Y sí, se lanzaron. Ya conocían el mundo de la Epifanía, les era familiar… y hemos seguido epifaneando juntas. Ellas tienen un disco y en la presentación recogí mucho material, pero también están muy porosas a la obra. Hay mucha disponibilidad.
Hay todo un léxico: el exorcismo, el epifanear, el bizcocho, la posesión… Un campo semántico muy cercano a esa otra realidad.
Muchas gracias, Patricia.
Gracias a ti.
Tengo muchas ganas de que el espectador recuerde que también es un personaje. Y por eso recordar el juego, ¿no? Porque el juego va de que estás jugando a un personaje y eso está condicionando tu vida entera. Creo que es el deseo más grande que tengo con esta obra, como… que se abran muchos ojos en cuanto a esto, pa’ que dejen de esclavizarse.
Como cuándo de pequeñas jugábamos al… ¿vale que tú eras no sé quién y yo era…?
Y lo seguimos haciendo… Pero no nos damos cuenta, nos enganchamos y nos quedamos con un solo personaje inmóvil para toda la vida. Creo que nos adormecemos. Y yo no quiero salvar el mundo, pero quiero verlo transformarse y sola no puedo. Tenemos que ir muchas.
Cecilia Molano
Fotos de ensayos de Brenda Boyer


























