
Juan Loriente y Álvaro Pérez en Hágalo usted mismo, de Rodrigo García @ La Casa Encendida.
El viernes pasado Rodrigo García presentó Hágalo usted mismo en el patio de La Casa Encendida, dentro de la programación de Acento pero también como pistoletazo de salida del ciclo que durante este año la institución madrileña le dedica al creador argentino, residente en España desde 1986. El patio se llenó para ver el último trabajo de uno de los artistas escénicos que más han inspirado a toda una generación, y probablemente a más de una. Nos hemos criado con sus obras. Quien no se sorprendió con ellas en los noventa lo hizo con sus trabajos de principios de los dosmil. Y quien llegó tarde a eso aún tuvo la oportunidad de seguir sorprendiéndose con lo que parió en la siguiente década.
Por cierto, para quien no los haya visto o para quien quiera revisitarlos, en su web podrá encontrar el registro en vídeo de la mayoría de sus trabajos. En una disciplina tan efímera es de agradecer el acceso libre y gratuito a este enorme archivo de obras. Muchas veces da la impresión de que lo que ha pasado hace más de diez años en las artes performativas ya no lo recuerda nadie. Hay quien opina que esto es bueno para que las nuevas hornadas de creadores no se vean demasiado influenciadas por lo que sus predecesores crearon en el pasado reciente. Otros creen que así nos va, siempre reinventando la rueda, creyéndonos únicos y originales repitiendo sin saberlo viejas fórmulas. En todo caso, es un acto generoso el de compartir activamente tu trabajo sin pedir nada a cambio. Quien lo desee puede aprovecharlo.
Se habla de Rodrigo García habitualmente como un artista escénico, un dramaturgo, un director. A veces también se habla de él como escritor por la importancia de sus textos para la escena, dichos por sus intérpretes o proyectados en escena, un recurso del que si no es pionero poco le falta porque muchos lo descubrimos en sus obras. Pero en las obras de Rodrigo García no tiene menos importancia la música, la performance y el vídeo, resumiéndolo mucho. Pues bien, en Hágalo usted mismo hay música, hay performance y hay vídeo. Pero lo que no hay es texto, ese elemento que en el teatro parece que se lo come todo, como si para algunos el texto siempre tuviese que ser lo más importante, lo que cuenta. Y esa ausencia, el viernes, fue interesante por inesperada. Esperábamos oír o leer un texto y no hubo ni un conato de texto por ninguna parte.
Había una pantalla gigante al fondo y una alfombra rectangular enfrentada a esa pantalla en el otro extremo. El público se sentaba en los costados, con las sillas mirando hacia el centro del patio. A pesar de que el actor anunciado se encontraba presente en la sala se sentó discretamente entre el público y solo salió para saludar. Rodrigo García se encontraba al lado de los técnicos, junto al iluminador David Benito. La única presencia humana era la del saxofonista Álvaro Pérez, sobre la alfombra, encapuchado con un pasamontañas, un detalle mínimo, el pasamontañas, que lo cambiaba todo aunque la interpretación de ese detalle no fuese ni mucho menos evidente. Durante la proyección el músico dialogó constantemente y muy sensiblemente con el vídeo, con una interpretación al estilo de cierta música improvisada experimental, llamémosle así aunque sea casi como no decir nada.
Protagonizando el vídeo, uno de los actores que más ha trabajado con Rodrigo García: el gran Juan Loriente. Esta vez, mudo. La manera de soltar texto de Juan Loriente en escena, al menos en las obras de Rodrigo García, es algo tan reconocible y característico que uno lo siente ya como casa. Pero esta vez Juan Loriente no pronunció ni una sola palabra.
El vídeo comienza con Juan Loriente yendo a comprar libros a una librería de Lugo, la librería Trama. El vídeo está surtido de efectos, como si hubiesen eliminado unos frames por segundo y lo hubiesen ralentizado después. Además, avanza y retrocede constantemente, como si alguien estuviese jugando con el joystick. Sí, como si fuese un videojuego. Juan Loriente se provee de infinidad de libros en la librería. Luego vuelve a casa pasando por un skatepark donde un chaval anda dando saltos con su patinete. En casa, abre un par de cajones llenos de pilas de diferentes tamaños. Coloca las pilas sobre una mesa y comienza a ordenarlas, como si jugase con soldaditos de plomo. Cuando las tiene todas colocadas comienza a comérselas. Para bajarlas al estómago bebe innumerables Coronitas. Cuando ha acabado de comer todas las pilas se le ilumina la cabeza y a continuación se desdobla. El Juan Loriente iluminado se convierte en una lámpara que le sirve a su doble para darse luz y poder leer un libro cómodamente sentado en una butaca. Ese libro es À rebours, de Joris-Karl Huysmans, la biblia del decadentismo, de 1884. Pronto se queda dormido y diríamos que sueña. En su sueño aparece un caballo en una pradera y luego un montón de bustos clásicos que se enfrentan a figuritas en forma de juguetes como un mono que baila. A continuación despierta y se acaba el vídeo. Más o menos algo así.
El detalle del libro quizá sea significativo. À rebours va de un tipo a quien las relaciones con otros seres humanos no le provocan más que desilusión, que cree que los valores de libertad y progreso de la sociedad moderna son hipócritas, que se sorprende de no encontrar más que mezquindad y estrechez de miras en los ambientes intelectuales, que se rebela contra los prejuicios sociales, que se complace en la perversidad estética como forma de invertir las normas y los valores establecidos y que acaba convertido en un misántropo recluido en una mansión donde se dedica a explorar toda clase de arte de acuerdo con sus gustos decadentistas. No, no me he leído el libro, he tirado de Wikipedia. Pero me han entrado muchas ganas de leerlo. En todo caso, parece toda una declaración de intenciones viniendo de un artista que desde hace ya unos cuantos años vive apartado del mundanal ruido en un pequeño pueblo asturiano.
Pero dejadme que os diga que lo que me parece más interesante en este trabajo de Rodrigo García es la composición. Si el texto suele llevarse todo el protagonismo en el teatro impidiendo a algunos percibir nada más de lo que está sucediendo, en este caso la ausencia de texto pone de relieve el resto de elementos: la música, la composición visual, la edición de vídeo… Y la confrontación entre el músico y la imagen en movimiento, que el público no puede mirar a la vez: hay que elegir a dónde mirar en todo momento, si al músico o a la pantalla. Y lo que aflora entonces yo diría que es un cierto estilo. Y ese estilo, en mi opinión, es lo más interesante en el trabajo de Rodrigo García. Sin pretender rebajar su originalidad, los mensajes que pueda lanzar, dichos en escena o con textos proyectados, son mensajes parecidos a los que emiten otros también. Pero nadie lo hace con el mismo estilo que él y los suyos. Y lo que nos enamora es ese estilo. Un estilo, por cierto, repleto de humor, como es el caso de este trabajo. Lo que nos fascina es la manera que tiene de combinar elementos que están ahí disponibles para cualquiera. Lo que mola es la composición. En cómo compone Rodrigo García está la clave de por qué nos interesó tanto hace veinticinco años y por qué a algunos nos sigue interesando aún hoy. El mensaje codificado como lenguaje oral o escrito es relativamente importante. Lo más importante diría que es la composición. Y si le quitas el texto me parece que se hace más evidente. Y la composición, el estilo, es lo que crea la experiencia estética. Y a mí me parece que de eso va el arte. Y no es para nada algo superficial (un ejercicio de estilo, se dice a veces, como para sacarle importancia) sino todo lo contrario. Quizá sea lo realmente profundo, si te paras a pensarlo un rato. Lo único valioso que realmente un artista pueda aportar. Una cierta clase de belleza.


