El sábado pasado asistimos a la última jornada del ciclo Enmedio, una serie de intervenciones artísticas comisariada por Marc Caellas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya dentro de su programa público Géiseres. Durante la mañana pudimos disfrutar de un programa doble a cargo de Núria Lloansi y Pierre Peres, que presentaban Tourist a la una del mediodía, y Sofía Montenegro con Ángulo de visión, en tres pases, a las once, las doce y la una.

Núria Lloansi y Pierre Peres llevan un tiempo trabajando en el proyecto Tourist. La primera presentación pública fue en septiembre, en Madrid, en la galería Cruce de Lavapiés, dentro del festival Free Tour (en Teatron podéis encontrar la crónica de Carlos Pulpón y el comentario de Miguel Valentín sobre aquella presentación). Pero, respecto a aquella primera presentación, este nuevo episodio solo conserva el título, las coloristas batas con las que se visten la pareja de performers y las alusiones al turismo que invade nuestras ciudades. Y cierta actitud misteriosa, desenfadada, poética, humorística y alucinada que comenzamos ya a asociar a la propuesta artística de esta pareja.
La intervención se desarrolló en las salas dedicadas al maravilloso y sorprendente arte gótico medieval. Como si se tratase de una visita guiada a la colección, se invitó al público a seguir a los dos performers, que iban realizando sucesivas paradas ante algunas de las obras de arte expuestas. Pierre Peres transportaba un altavoz portátil cuadrado con una circunferencia luminosa que emitía una sintonía como de serie de televisión de misterio o de ciencia ficción. Al pararse ante las obras de arte, los performers comentaban las obras con la ayuda de un micrófono, en diversos idiomas, mezclando el idioma propio de estas tierras con el alemán, el inglés o el francés. A través del altavoz también escuchamos comentarios en chino.
La utilización de idiomas extranjeros daba la sensación de habernos colado por error en una visita turística para extranjeros. Podría ser que conociésemos alguno de esos idiomas y por tanto pudiésemos entender algo de lo que nos estaban contando pero resultaba improbable que una misma persona conociese todos esos idiomas a la vez. Daba igual entender o no lo que se estaba diciendo, casi mejor era no entenderlo porque no entender el idioma era la puerta para entrar en otro modo de experimentar la visita, para acceder a un cierto extrañamiento que permitía contemplar ese sorprendente y bello arte medieval de otra manera. Pero, de pronto, un comentario hecho en algún idioma conocido, o en una mezcla de ellos, nos arrancaba una sonrisa. Por ejemplo, cuando Núria Lloansi se arrancó a cantar uno de los cánticos mantra de los hinchas de fútbol catalanes customizado para la ocasión: gòtic gòtic gòtic motherfucker qui no gòtic (una versión de boti boti boti fill de puta qui no boti, en su versión original).
También nos hicieron reír las diversas alusiones a las imágenes de diversos asados a la parrilla de turistas del siglo XIV por parte de los habitantes de la ciudad de Barcelona para su posterior ingesta colectiva, resignificaciones de imágenes extraídas de las múltiples pinturas que mostraban ese tipo de torturas, y otras igual o más bestias, que encontramos en una colección que a veces parece que se llame gótica por otras razones más modernas y no solo por pertenecer a una determinada época de la Edad Media. Como Núria Lloansi se encargó de señalar era curioso comprobar cómo los torturados solían mostrarse con el rostro sereno mientras que sus torturadores parecían estar pasándolo realmente mal.

La intervención estaba llena de detalles, como el burdo (y al mismo tiempo entrañable) marketing que aprovechaba la excusa del más ínfimo elemento de cualquiera de las obras expuestas para meter una cuña publicitaria al tiempo que repartían entre el público merchandising de negocios locales de, cómo no, el Barri Gòtic de Barcelona. También sorprendió el colorido retablo restaurado e intervenido por Pierre Peres, que representaba la Última Cena, y que se exponía en una de las salas a pesar de que su adquisición, como Núria Lloansi nos contó mientras lo contemplábamos, la hizo su padre hace unos años en los Encants. Ahí es donde la intervención conectaba con las psicofonías y los fenómenos paranormales, como un testimonio grabado sugería al contarnos a través del altavoz que la pareja iba transportando cómo ese retablo había caído una noche de la pared de la que colgaba en casa de Núria Lloansi, sin hacer el más mínimo ruido pero rompiéndose en dos. Se nos informó de que el retablo se vendía al precio de 20.000€, precio que un turista que perteneciese a ese mal llamado turismo de calidad que a veces nuestros políticos se empeñan en vendernos hubiese podido comprar sin pestañear. El público que asistíamos a esta intervención, por supuesto, no.
La performance también tuvo su momento musical cuando Pierre Peres cantó un tema medieval, acompañado de su guitarra eléctrica y un enorme amplificador, ante el enorme retrato de lo que parecía un obispo. Los rasgos medievales del tema fueron convirtiéndose en una inquietante pieza sonora ruidista con la ayuda de la colección de pedales que Pierre manipulaba con sus pies, pero sin perder ese aroma de tintes místicos, como si su intérprete fuese una especie moderna de ángel caído.
Para acabar la visita se nos invitó a adentrarnos en la puerta secreta del MNAC. El público siguió a los performers a través de esa puerta que conducía a una salita donde nos esperaba una mesa en la que reposaban unas copas y unas botellas de vino y cava acompañadas de patatas chips. En el centro, los performers descubrieron muy lenta y delicadamente una tela que escondía lo que resultó ser una estupenda pata de jamón que, sugestionados como estábamos por las truculentas imágenes que acabábamos de contemplar, bien podría haber sido un cadáver embalsamado de algún turista. El caso es que sabía de maravilla.

Dos horas antes, Sofía Montenegro, nos invitó a subir los cinco pisos de escaleras que conducían a la terraza del majestuoso edificio. Allí nos repartió auriculares y nos pidió que tuviésemos cuidado y vigilásemos dónde poníamos los pies. Desde la terraza del MNAC la vista es espectacular. Lo más cercano es el Anillo Olímpico de Montjuïc y los maravillosos jardines del Palacete Albéniz, residencia de la realeza que dan ganas de ocupar para darle algún uso más interesante. También se ve el mar, la Sagrada Familia, Barcelona entera. Sobre el tejado observamos unos focos como de baterías antiaéreas que aún hoy algunas noches lanzan unos haces de luz que se observan desde toda Barcelona. Mientras íbamos haciéndonos con el lugar, por los auriculares escuchábamos una conversación entre Sofía Montenegro y Álvaro García, físico investigador. Comenzaba fijándose en las torres que coronan el tejado del palacio en el que nos encontrábamos, inspiradas en las de la catedral de Santiago de Compostela.
Poco a poco, los pasos de Sofía Montenegro y la conversación nos fueron conduciendo a bordear la cúpula de la inmensa Sala Oval, que podíamos ver desde las alturas a través de los cristales, hasta que llegamos a una pasarela desde la que podíamos observar, allí abajo, un pequeño patio en el que crecían unas palmeras. El patio se ve desde el hall del museo gracias a unos enormes ventanales pero realmente es uno de esos detalles arquitectónicos que puede pasar absolutamente desapercibido desde el interior, entre otras razones, probablemente porque entramos al museo en busca de las obras de arte que custodia pero también, como la conversación que escuchábamos señalaba, porque el museo está construido para conducir la mirada hacia los tesoros que encierra y no hacia la belleza desaliñada y caótica que la naturaleza crea en los rincones más recónditos en cuanto se le da un mínimo de espacio y libertad para que actúe.

La conversación, en un tono desenfadado, se fue adentrando poco a poco en temas profundos alrededor de la luz, desde el punto de vista físico pero también histórico y filosófico, sin perder de vista el patio de las palmeras, como si la conversación se hubiese grabado en el mismo lugar en el que nos encontrábamos en ese momento. Mientras tanto, nos dedicábamos a la contemplación del patio y de las estructuras acristaladas vecinas. Hasta que, sin palabras, se nos invitó a penetrar de nuevo en el edifico y a bajar por otras escaleras. De pronto, aparecimos en la sala que ahora es el restaurante del museo, un espacio diáfano con unas magníficas vistas a las fuentes de Montjuïch y las torres venecianas, que se aprecian gracias a unos ventanales enormes, con Barcelona al fondo, vista a la que hay que sumar los reflejos que se producen gracias a los espejos colgados del techo en el extremo opuesto de la sala.
Atravesamos el restaurante y bajamos más escaleras hasta llegar a una puertecita que nos dio acceso al patio que antes habíamos contemplado desde las alturas. Nos pidieron los auriculares. Caminamos en silencio entre las palmeras, encontramos unas sillas desplegables y nos sentamos en ellas. Durante un rato contemplamos el lugar refugiados bajo las palmeras. Se encendieron unas luces en el suelo. Sofía Montenegro nos dio las gracias y desapareció mientras aplaudíamos.





