Anatomía de un sinfín. Por Roberto Fratini.

Anatomía de un sinfín.

Por Roberto Fratini,


Entre el sí
y el no, entre el pro y el contra,
Existen así inmensos espacios subterráneos,
donde el más amenazado de los hombres
podría vivir en paz.
(Marguerite Yourcenar, Loeuvre au noir)



La rmula punto impropio expresa, antes que nada, unaperplejidad topográfica: impropio o propiamente ajeno – es el punto al que, sin reconocerlo como nuestro, y sin haberlosiquiera elegido, hemos sido asignados. Un punto impropio en el tiempo, al que solíamos llamar destino. Y este punto impropio en el espacio que, a falta de lemas más afortunados, laciencia, la danza y las ciencias de la danza siguen llamandocuerpo. Porque como no nos pertenece nuestro destino (si acaso le pertenecemos), el cuerpo al que pertenecemos es un pliegue de mundo cuyos sinos, cuyas cavernas se ocultan en el anverso de la carne que los envuelve, envuelta a su vez en capas de deseo, discurso, fantasma. En el núcleo de la danza el cuerpo podrá ser posdo por mil energías, entidades, discursos, pero nunca será propiedad de quien lo declara suyo.

Javier Martín piensa la danza como el síntoma más general de una desorientación, de un no haber lugar al sujeto en lainasible carne del cuerpo, y en la carne inefable del pensamiento. Contra una larga mitología holística que, sobre todo en danza moderna, trataba la danza como una rotunda conflación de cuerpo, espíritu y sujeto, Javier Martín ha intuido quela danza es más bien la expresión de una colateralidadinsuperable, de un desfase que no sabríamos o no deberíamos ni soslayar ni compensar; que no existe tal cosa como una danza totalmente vivencial y libre de perplejidad, porque verse, pensarse o desearse danzar ya es danzar. Y no habría danza ni razones de danzar, de no haber ceguera, confusión o decepción. Javier Martín danza como si leyera a oscura,tanteándolas con la prudencia de un paleógrafo y con la ternurade un enamorado, las runas de un alfabeto desconocido. Verle bailar es como verle pensarse, porque piensa como ama: con derroche pero sin énfasis. Porque, habiendo renunciado a dar por sentado el cuerpo, tampoco da por sentada la danza. No le interesa la forma del movimiento porque el movimiento, para él, es sobre todo una materia oscura: no ya acción del cuerpo, sino prolongación, eco, emanación de la carne. A rastrear la química de esa materia, y a intentar deducirla indirectamente,como han hecho las ciencias con todo lo demasiado lejano y con todo lo demasiado cercano; a intentar medir lasresonancias, los valores radioscópicos, los rastros y posos discursivos, los espectros físicos y simbólicos, las vibraciones, los chasquidos y burbujeos, el polvo de esa materia, Javier Martín ha dedicado, como a la solución de un teorematrascendental, buena parte de su viaje por los espacioslaberínticos del cuerpo y por el cuerpo laberíntico del espacio.

Hecho de rodeos infinitos alrededor de un indecible, el mismo viaje desafía cualquier cartela, estatuto, estadística. Etiquetar la identidad coreográfica de Javier Martín resulta prácticamente imposible: como si hubiera decidido, hace tiempo, que ser muy impropiamente coreógrafo un modo verídico de coreografiar; o que ser muy impropiamente coreógrafo fuera la única manera de poner a bailar todo cuanto excede la jurisdicción de la coreografía al uso. Martín ha creado su universo poético, hecho de contaminaciones y proliferaciones, con criterios excéntricos y expansivos: de la danza a la performance a la instalación al módulo experimental a la clase magistral. Ha renunciado ainmunizarse contra los mil agentes de estrés intelectual, formal y existencial extrínsecos al temario de la danza, paraintegrarlos, convertirlos en nuevas fuerzas elásticas de expansión y animación. El resultado es un estilo de trabajo vertebrado por la capacidad de conspirar poéticamente con interlocutores de todas las áreas (tanto del arte plástico como de las ciencias exactas). Había que poner a soñar los saberes del cuerpo. Y como la Traumarbeit, la labor del sueño, es unaedición vertiginosa pero minuciosa hecha ensamblaje y costura, de condensación y sustitución, de reducción y amplificación,Javier Martín ha convertido todas sus piezas en talleres oníricos, laboratorios experimentales, donde el carácter abiertoy objetivo de la exposición se compagina con el hermetismoimplacablemente subjetivo del ejercicio espiritual, de la plegaria, del trance, de la posesión; donde, una vez más, la vivencia más irreducible se corresponde con el gesto más escrupuloso de escucha, observación, medición.

Por eso, Martín no es sólo un coreógrafo excepcional o, como prefiero definirlo, un artista que capta la realidad en términos excepcionalmente coreográficos. Es también una excepción en sí, una rara avis. Excepción al vicio común de pedirle a la danza que beatifique la ignorancia de quienes la hacen porque siendo muy culto, su curiosidad intelectual es rayana en la temeridad. Excepción a la idea preconcebida de que arte y ciencia habiten cuadrantes incomunicados de la cosmovisión porque considera el arte como la episteme más radical, la más trascendental. Excepción a la exitosa majadería de quienes se dedican a cuestionar el legado del humanismo porque es un humanista serio. Excepción a la religión del formato porque confeccionar espectáculos es la última de sus inquietudes, y precisamente a raíz de esta despreocupación sus piezas desprenden una teatralidad dolorosamente singular-. Excepción a las religiones y a los decálogos temático de la posmodernidad porque sabe que el apego devocional a las buenas causas de máxima audiencia sólo sirve para amortizar el instinto, que escientífico y diabólico a la vez, del detalle perdido, de la contradicción microscópica.

En un momento en el que todos proponen curas milagrosas y tratamientos paliativos para las enfermedades del mundo,resulta casi herética la serenidad de Javier Martín en cazarsíntomas, en rastrear nuevos órdenes de comprensión, en desandar los paradigmas asentados de cosmovisión. Y esta herejía, que nuestro coreógrafo comparte con ciertos científicos revolucionarios, consiste menos en mirar ciegamente hacia adelante que en volver lúcidamente la vista hacia todo cuanto se nos había escapado, arrebatarle al régimen de la obviedad todo cuanto dábamos por sentado. No hay saber que no sea, a su vez, una forma de arqueología. Así, Javier Martín es como quien tiene que inventarse su propia ciencia, su propio protocolo experimental, sus propios cánones analíticos y criterios de verificación para hurgar en capas de realidad tan remotas que aún no se les conoce ninguna cartela, ninguna etiqueta en el repertorio de los saberes. Por eso, quizá, sus dispositivos pueden recordar ciertos talleres de alquimia. Porque, como la alquimia, su danza es una episteme oblicua: hurga en la oscuridad de la materia pero apunta a las luces del espíritu; busca incansablemente los puntos opacos de confluencia oconsiliency entre disciplinas diferentes; es a la vez tremendamente operativa, ascéticamente contemplativa, e invariablemente perpleja, porque representa la docta ignorancia de quienes asumen el saber más como la aventura interior de perderse a uno mismo que como el acto exterior de encontrar o descubrir algo. Y, como un alquimista, sabe fracasar soberanamente, porque el enigma que lo acosa no duerme en el carisma de los símbolos, sino en la derrota potencial de cualquier símbolo ante la resonancia de la materia, en la oscilación casi sísmica entre texto simbólico y textura carnal. Infinito no es el arte que significa, sino el que resignifica. Y es en esta potencia de resignificación inagotable que el arte puede compartir la humilde grandeza de la episteme científica. Martín no se cansa de revisitar el museo fantasmagórico de las ciencias trasnochadas, de los dispositivos olvidados, de los saberes deslegitimados: de todo cuanto nuestra idea muy instrumental de progreso ha relegado al estatuto de la rareza, del chisme, del artefacto, del juguete, del fetiche, del talismán. Porque sólo en el momento en el que mengua su promesa original de saber objetivo, todas estas materias supervivientes liberan una promesa infinita de saberes fantasmales, poéticos, incluso proféticos chatarra onírica que, como todo lo onírico, revela mundos interiores que la ciencia no ha conseguido explicitar, teoremas existenciales que ninguna lógica ha logrado plasmar, mitos que ningún folclore ha conseguido confabular. El resultado es una vibrante somateca: un repositorio delirante y revelador de cuerpos en el cuerpo (cuerpos de sonido, corpúsculos de materia, retales de tejidos, copias de órganos, amuletos anatómicos); un “hiper-archivo fúnebre y vivencial del cuerpo y de los enigmas objetuales e intelectuales que conforman su expediente melancólico.

Texto de Roberto Fratini encargado por TRC Danza Mediación, acompañando la muestra de la coreografía El punto impropio en el Teatro Rosalía De Castro, el 17 de abril de 2026.

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