
Fotografía de Jordi de Temple. Cortesía del Colectivo Casagrande.
En 1938, en plena Guerra Civil, Barcelona fue bombardeada desde el aire por la aviación italiana a las órdenes de Mussolini, aliado de Franco, durante tres días. Los aviones despegaban desde las bases italianas de Mallorca. Su misión era machacar indiscriminadamente a la ciudad y a su población civil. Mataron a unas 1.000 personas, hirieron a más de 1.500, destruyeron 48 edificios, dañaron a otros 78 más. Estaban probando sus juguetes bélicos contra la población civil como ensayo de la Segunda Guerra Mundial. En el volumen II de su libro La Guerra Civil Española, Hugh Thomas recoge unas declaraciones de Mussolini sobre el bombardeo de Barcelona: los italianos “están horrorizando al mundo con su agresividad, para variar, en lugar de encantarlo con su guitarra”.
Puestos a impresionar al mundo, mejor nos iría si nos dedicásemos a encantar a sus gentes con nuestras guitarras en vez de intentar horrorizarlos con nuestra agresividad. Pero el camino de la violencia siempre es el más sencillo. Aprender a tocar una guitarra cuesta algo más. Aunque tampoco mucho más. Los perezosos se mueren de aburrimiento, ya lo decía Hidrogenesse. Los que tocamos la guitarra siempre acabamos pagando los platos rotos que nos lanzan los que nos acusan de perezosos. Pero los verdaderamente perezosos son ellos. Pereza intelectual, se llama.
El sábado pasado, el colectivo artístico chileno Casagrande nos recordó todo esto bombardeando la plaza de la Catedral de Barcelona con poemas en vez de bombas. Si la aviación fascista italiana lanzó 44 toneladas de bombas en 41 horas, el helicóptero contratado para la ocasión lanzó 100.000 poemas de autores catalanes y chilenos, impresos en marcapáginas, en menos de dos horas. Su Bombardeo de poemas se realizó en esa plaza porque esa zona fue una de las más castigadas de la ciudad.
Muy cerquita de la Catedral está la plaza de Sant Felip Neri. Es una plaza preciosa, recogida, a la que se accede pasando bajo un arco de piedra, con una fuente en mitad de la plaza, con una iglesia barroca que tiene un órgano recién restaurado que se puede escuchar cada domingo a la una de la tarde, gratuitamente. Durante mucho tiempo corrió un bulo que decía que los restos de metralla que se pueden observar en el muro de la iglesia eran producto de fusilamientos de anarquistas que incendiaban iglesias y ejecutaban a párrocos. Es mentira. Esa plaza no estuvo siempre ahí. Antes de los bombardeos era un entramado de edificios de origen medieval en pleno Call, el antiguo barrio judío. Una bomba caída del cielo en el bombardeo que ahora se conmemora destruyó esos edificios, mató a decenas de niños y dejó un hueco que acabó convertido en la preciosa plaza que ahora es. La metralla de la bomba es la que provocó los agujeros que se observan en los muros de la iglesia.
Allí es donde actualmente resiste la única escuela infantil que queda en el devastado barrio Gótico. He leído que durante los bombardeos de Barcelona mucha gente huyó de la ciudad. Muchísima más gente ha huido recientemente del barrio donde esos bombardeos se produjeron. Hasta el punto de que ya no quedan niños para justificar más de una escuela en todo el barrio. Han sido expulsados por otra guerra silenciosa: la de la especulación inmobiliaria, la del negocio que sirve al turismo y a los nómadas digitales, la que están llevando a cabo unos pocos ricos contra todo el resto. Ya no hay bombas ni sangre en nuestros barrios. La guerra se ha vuelto aquí mucho más sofisticada.
Lo que no sabía es que la plaza de la Catedral también es un resultado indirecto de esos bombardeos, que se cebaron con ella. Más tarde, en la posguerra, se aprovechó esa destrucción para reformarla convirtiéndola más o menos en lo que es ahora. En esa plaza se congregaron el sábado unas 10.000 personas para asistir al Bombardeo de poemas. Se enteraron porque salió en todos los medios. No pasa eso todos los días, ni que caigan poemas del cielo ni que la poesía o la performance se anuncien por todas partes.

Fotografía de Jordi de Temple. Cortesía del Colectivo Casagrande.
Nunca vi a tanta gente junta interesada por la poesía ni por el arte de acción. No podías apenas moverte, con tanta gente apelotonada, esperando expectante la anunciada aparición de un helicóptero. Lo que se veía en el cielo eran pájaros sobrevolándonos: gaviotas, palomas, aves más pequeñas de una especie que no supe identificar. Creaban una especie de maraña que no paraba de mutar. Debe de pasar algo así todos los días, al atardecer, pero yo al menos no las suelo ver. Pero lo que no pasa todos los días es que 10.000 personas escrutando el cielo a la vez les dediquen toda su atención. Sin saberlo, las aves que nos sobrevuelan diariamente fueron las performers involuntarias en el inicio de esta acción. Cuando vimos por primera vez al helicóptero, allá a lo lejos, en el cielo, se olía la excitación. Cuando el helicóptero comenzó a dejar caer los papeles sobre nuestras cabezas la gente se volvió loca pero los pájaros más. Salieron de ahí pitando.
Al principio los papeles caían tímidamente, como si desde el helicóptero estuvieran comprobando desde dónde convenía más lanzarlos para que el viento los llevase hasta la plaza donde nos encontrábamos. Luego, cuando ya estaban seguros de que los proyectiles poéticos descendían hacia su objetivo, vino el aluvión. Cuando la lluvia de marcapáginas llegaba justo a la altura de nuestras cabezas los brazos en alto intentaban capturarlos, con más o menos éxito, antes de que cayesen al suelo. Ojalá fueran billetes, se oía entre el público. Pero como si lo fueran. Después de atraparlos al vuelo las caras parecían resplandecer como si a sus propietarios les hubiese tocado la lotería. Algunos de los presentes se subían a los árboles o los zarandeaban un poco para recoger los poemas que quedaban atrapados en sus ramas. Lo nunca visto: gente matándose por conseguir poemas.
Pero es que se lanzaron 100.000 poemas. A pesar de los temores a quedarse sin, no hubo escasez. Olas y olas de poemas llovieron de los cielos creando nubes más densas que las que habían creado las aves que los habían precedido. Las azoteas de los edificios parecían nevadas. Era papel biodegradable. Si alguno no llegó a su destino (un ser humano lector) desaparecerá en breve. Estaban impregnados en polvos de talco. Así, al recibir la luz de los potentes reflectores instalados en la plaza, brillaban más. Reflectores que, por cierto, recordaban a las baterías antiáreas. ¿O solo era a mí al que se le ponía la piel de gallina recordando que esta movida tan divertida en realidad nos estaba recordando algo bastante menos divertido que pasó hace 88 años? Algo que no deberíamos dejar que vuelva a suceder jamás.
Una amiga me ha contado hoy que el ejército israelí bombardea a la población palestina desde el aire con papeles donde se les avisa de que huyan de ahí porque les van a bombardear, pero no con poemas sino con algo más parecido a lo que los fascistas arrojaron sobre Barcelona hace 88 años.

otografía de Joan Manel Amigó. Cortesía del Colectivo Casagrande.
Recogí siete poemas. Algunos en catalán, otros en castellano. Algunos de poetas catalanes menores de 50 años, otros de poetas chilenos. Leerlos una vez caídos del cielo era como consultar al I Ching. Parecía como si te hablasen directamente a ti y a nadie más. Entre todos esos poemas ¿por qué me habrá caído del cielo este y no otro? Como este Fe de ratas de Juan Cameron, que copio aquí debajo.
Donde dice amor no debe decir
absolutamente nada
basta con las manchas olvidadas por tu
lecho
Donde dice libertad léase justicia
léase calor muslo ángel de la guarda
líbrame de las balas locas
Donde dice orden léase hijos de la
grandísima
pero léase en la clandestinidad
léase debajo de un crepúsculo
porque el tipógrafo
es un tipo con santos en la Corte.
Rubén Ramos Nogueira