
Ortega y Gasset decía, en un alarde de obviedad, que el teatro es un sitio donde la gente va a ver algo. Pero era otro teatro, y las artes escénicas se han dado la vuelta del revés desde el siglo pasado. Lo que sucedió el domingo en Box Levante, en el marco de SUR – Festival de escénicas del Estrecho (Algeciras) es una muestra paradigmática de esa transformación y esa búsqueda.
Entramos en 14 visiones, de Fernando Renjifo. Un texto introductorio nos guía, necesariamente, por el propósito de la pieza. Seguimos en la oscuridad, y ya no hay más que el rostro del actor proyectado sobre un fondo negro. Y un texto lleno de intensidad. De modo que lo vamos a presenciar es, sobre todo, una celebración de la palabra, como no podía ser de otra manera en un espectáculo que pretende transmitir elementos fundamentales de la mística de Ibn Arabí, con toda su profundidad y complejidad. Claro que casi nadie conoce al pensador sufí del siglo XI, y Fernando Renjifo lo sabe. Pero como él mismo afirma, sí reconocemos a San Juan de la Cruz, el místico por excelencia de la poesía española. Las conexiones entre uno y otro son evidentes y refuerzan el sentimiento común, ajeno a condicionantes culturales o temporales, de la universalidad de la experiencia humana frente al absoluto. Mostrar ese legado es, como afirma el autor, “un acto de justicia poética. Y política”.
Metáforas, alegorías, y sobre todo el oxímoron y las paradojas encadenadas para tratar de expresar lo inefable. En uno y su contrario reside la totalidad (“y vi el todo”), de forma que se transgreden la lógica y la pura percepción sensorial para adentrarse en la espiritualidad más íntima, aquella capaz de la unión con lo invisible, con la plenitud. Como sucede en el amor, es un juego de contrarios incontrolable. No resulta sorprendente que los místicos recurran a la simbología amorosa, e incluso erótica para expresar las tribulaciones más hondas del alma. Por eso nos regocijaba de adolescentes interpretar a San Juan “al pie de la letra”.
El autor del texto reconoce que ha eliminado la palabra Dios de los textos de Ibn Arabí. Con buen criterio, porque demuestra que no es ahí donde reside su fuerza, sino en la búsqueda de una integración luminosa, que anida en el centro mismo del ser humano, tenga o no apoyo en una creencia religiosa.
Entendemos entonces la coherencia de una puesta en escena austera y el ambiente sereno e intenso de la sala. Ziad Chakaroun, el actor que pone rostro y voz en directo, consigue crear un espacio donde es posible la reflexión y la emoción con un ritmo pausado -que no lento-, profundo y contenido, que el espectador agradece y disfruta.
Tras un breve y necesario descanso, en el que tenemos que recomponer el mundo que había quedado ajeno, asistimos al trabajo, aún inconcluso, de Estudios para un ecce homo, resultado de la colaboración entre Fernando Renjifo y Shantí Vera, bailarín y coreógrafo mexicano, en residencia en BOX LEVANTE – Centro escénico del Estrecho.
Y es lo contrario y lo mismo, en un juego que nos hace pensar en el hilo conductor que subyace en ambas piezas, expresiones diferentes de una misma inquietud: la de su autor.
Así que ahora la palabra permanece proyectada y sólo tenemos el cuerpo del danzante en un espacio vacío. La música del compositor algecireño Alberto Trabajos envuelve movimientos que nos transportan a las tribulaciones del ser en relación con el infinito. Atrás, adelante, arriba, abajo. Frente a la verticalidad buscada en las distintas manifestaciones de la espiritualidad, de la literatura a la arquitectura, aparecen los gestos pequeños, hacia abajo, a lo cercano, a lo medido. La gravedad que nos ata el cuerpo a la tierra, en lucha con la condición trascendente del ser humano. Y la dificultad del propósito, que lleva el movimiento a la desesperación, se empareja con la cautela de pasos que parecen querer dominar el suelo, lentamente, como para no lastimarse.
Se aprecia fácilmente la buena conexión entre los dos creadores, el compromiso colectivo de aunar fuerzas para generar con las herramientas más cercanas -el movimiento y la palabra-, la emoción de lo sublime.
Aunque exceda el objetivo de esta reseña, la tarde no hubiera sido tan completa sin la exposición fotográfica de Natalia Leiva: “Miénteme, dime que me quieres”, contrapunto perfecto a lo mostrado en escena. Porque sí, todo es uno y lo mismo. O todo lo diverso converge y se expande en la intrincada naturaleza humana.
Resulta insólito, pero esperanzador, que iniciativas como esta de BOXES ALCULTURA, tengan cabida aquí en la frontera sur, por más que sean experiencias minoritarias, como siempre lo ha sido la investigación escénica. Los que allí estuvimos, disfrutamos, nos emocionamos y os lo agradecemos. Que dure.
Carmen Perea. 21 de septiembre 2025