El primer fin de semana de Exorcismes, patrimoni i performativitat se celebró el 25 y 26 de enero y contó con las acciones performativas de Ivan Telefunken, Juan Navarro, Óscar Cornago, María Callís, El pèsol feréstec, Núria Andorrrà, Roc Mateu y Mercè Soler, quienes ocuparon el Centre de les Arts Lliures para reinterpretar el legado material e inmaterial de Joan Brossa. El segundo fin de semana será el 31 de enero y el 1 de febrero y contará en esta ocasión con Pere Faura, Víctor Colmenero, Cristina Mejías, Nazario Díaz, Noela Covelo, Marc Verdaguer, Pedro Vian y Mercè Soler.

Invocación
Una nube de humo denso ocupa el escenario, me hace dudar si debo limpiar las gafas. Me las quito y permanece: el humo está fuera. Esta vez no es una de esas brumas medio grasientas que se quedan pegadas al cristal. En una mañana de exorcismos, en un tiempo de demonios, pienso que eso pueda ser una señal: saber dilucidar de qué lado está la niebla.
Rompe entonces el negro del escenario, una figurita mecánica, una joguina, que escribe titubeante, de izquierda a derecha, la primera línea de una mañana de Exorcismes, patrimoni i performativitat. En palabras de sus comisarias, Maria Canelles y Georgina Oliva, este programa supone una reflexión performativa que pone el foco sobre el legado material e inmaterial de Joan Brossa y los artistas contemporáneos que lo reviven especialmente para este contexto. La fórmula se repite respecto al año pasado con varias acciones performativas […] que tienen un denominador común: sacar a Brossa de cualquier corriente conservadora, de discursos estáticos y de lecturas fetichistas. Experimentación y juego será el denominador común de todas las propuestas.
El pequeño juguete detiene su movimiento constante en algún pliegue de la moqueta negra. Le siguen otras figuritas, otros juguetes mecánicos. Todas ellas van cayendo o quedan, simplemente, detenidas en algún cable, en los pies de algún espectador o dando vueltas sobre sí mismas.
Así que lo primero que aparece en esta sesión de espiritismo dominical son los objetos. Estos primeros juguetitos van a comenzar a dibujar una relación animista que se va a mantener a lo largo de todas las propuestas: desde los dildos de Núria que vibran en la piel del tambor con un habla propia hasta los cubos que acompañan la actuación de El pèsol feréstec encarnando una especie de línea temporal. Del archivo de deshechos (de brossa) de Óscar Cornago y Juan Navarro en La caja es gris, al libro parlante de Iván Telefunken, donde cada página va narrando el poema que contiene. Un hilo conductor que es, también, una invocación a la voz del objeto que, si en Brossa aparece muchas veces como encarnación de la metáfora o del juego de palabras, aquí se reinterpreta en un delirante canto al realismo especulativo, donde los objetivos se muestran con vida propia y se relacionan con el público desde una independencia radical.
Pero volvamos, en la oscuridad de la sala, al aquelarre solitario, a la noche de Walpurgis que convoca la bruja Núria Andorrà en Reflectir a Brossa, la primera de las performances de este domingo, donde la artista invoca al espíritu de Brossa que comparece al llamado de sus cantos reflejado en las cuatro superficies espejadas que enmarcan el set, en el humo que las envuelve, en los sonidos que nos están tocando.
Shall I see tonight sister, bathed in magic greet. / Shall we meet on the hilltop
where the two roads meet? / We will form the circle, hold our hands and chant / Let
the great one know what it is we want / Danger is great joy / Dark is bright as fire.
La oscuridad es brillante como el fuego nos dice la hechicera Marianne Faithfull, y Núria se asoma a un caldero con forma de tambor, al círculo mágico donde va vertiendo todo tipo de ingredientes: huevos de plástico, canicas, platillos, tazas y piñas… Y todos ellos se confunden en el mismo caldo que ella no deja de remover y remover… y cuyo borboteo, el público escucha. Tot fa brou y la puesta en escena que se va construyendo es una íntima correspondencia entre el trabajo en el back de Roc Mateu que es precioso, y que constituye a la vez: el paisaje, the hilltop where the two roads meet, el lugar de encuentro físico de las brujas y un espacio de memoria, compuesto por muchos estratos.
—¿Cuándo es verano? —Dice una voz—.
—Y… en Julio. —Le responde otra—.
Y todo este paisaje sonoro de fondo se mezcla y no hay primer plano. Todo es una amalgama de capas y capas que, junto con la performatividad sonora de Núria, generan un espacio denso, donde se entrecruzan las voces de los objetos, en deriva constante hasta que, poco a poco, va apareciendo entre ellas la voz de Núria como la voz de un objeto más, como el roce de las piñas o la vibración del metal, casi fundida e imperceptible con otros timbres hasta que se comienza a diferenciar y a aislarse en su canto extático final que dice: Bbbbbbbrrrrrrooooooooosssssssaaaaaaa.
Y pienso, con emoción, que la voz de Núria es la de brujas torturadas. Aquellas como Agnes Sampson. Las mujeres a las que se les colocaba una brida de bruja. Un instrumento con una pletina metálica que les pegaba la lengua al paladar y que podía llegar a agujerearla y mutilarla y que servía, a la vez, como elemento disciplinario que anulaba la voz y para humillarlas públicamente. Una voz demasiado aguda para los oídos de corporaciones, señores, barones, tribunales, ayuntamientos e iglesia, demasiado estridente, demasiado, en suma, que es la condición de lo femenino vista desde esa óptica.
Núria recupera esa voz que se hace una con los objetos y que surge, al final de la performance, como un canto místico de afirmación y magia.
—¡Hermana hechicera! —Le dicen las brujas, desde el fondo del río, desde la ceniza de la hoguera. — ¡Hermana hechicera, tú nos haces en tu canto!

Recolección
Una passera es una pasarela, el conjunto de piedras o ramas para cruzar un arroyo. Un camino improvisado. Cruzamos la passera que marca el transcurso de la noche al día, de la oscuridad brillante como el fuego al amanecer luminoso después del trance. Y del escenario negro vamos al espacio blanco: una sala alargada donde también una mujer, con un mono blanco, habla con los ojos. Son Maria Callís y El pèsol feréstec y la pieza Pèl moixí, herba màgica del rostre!, que definen como un ensayo abierto en que los guisantes van erigiendo, nota a nota, gesto a gesto y tiempo al tiempo, una canción a partir de versos de Brossa. Y, en el ínterin, reflexionan, en clave de pseudoconferencia, sobre el tiempo y quien lo vela.
Las dos mujeres que llevan la voz han recogido el canto de Núria y lo pasean entre la música y el lenguaje. Porque pasean, y se suben a cosas. Y son serias. Y su ritmo es exigente. Son trementinaires del siglo XXI, son walserianas, son flâneuses de campo y de ciudad.

De nuevo aparecen las capas, esta vez: los músicos que las acompañan, la palabra poética encarnada en esas dos voces femeninas que no son amables, y el propio tono de esas voces, su textura, no su significado. Y todo eso se entrelaza y tiene algo de primaveral, de festivo. Como si estuviera soplando un suave viento mientras los personajes hablan en una peli de Rohmer y, a la vez, estuviera presente algo estridente y ajeno a la escena que se empeñara en persistir.
Y, a lo largo de la pieza, pienso en la collita, el acto de cosechar que es aquí una recogida lúcida del tiempo. Ni ara, ni ara, ni ara… Estamos recogiendo la hierba mágica en la cima de la colina donde se encuentran las dos carreteras y no hay tiempo, solo una suave luz blanca nos acoge y las sabias manos trenzan coronas con las ramas y fabrican ungüentos con las flores. Y si en la pieza de Núria el caldero estallaba en cientos de huevos, aquí el confeti sobrevuela nuestras cabezas en una explosión floral y silvestre. Les mates tenen ulls. Les parets tenen orelles, cantan ellas, mientras siguen espigando los poemas y los recogen en sus cubos azules. Y es que los objetos de estas recolectoras no son cestos, sino cubos que recogen el tiempo.
Transmutación
Los Alquimistas están llegando. / Son discretos / Y silenciosos / Viven bien lejos de los hombres / Eligen con cariño / La hora y el tiempo / De su precioso trabajo / Son pacientes, asiduos / Y perseverantes / Realizan / De acuerdo con las reglas herméticas.
Jorge Ben Jor
En La caja es gris, la pieza creada por Óscar Cornago y Juan Navarro, lo primero que vemos es un cuadrado delimitado en el suelo que contiene múltiples objetos dispares: muellescartaspeonzapegamentolata, cuya disposición remite a una parodia de su musealización. Las reminiscencias Inside the white cube están contenidas en un trazado con cinta de color gris que les dejó prestado Bruce Nauman. ¡Gracias Bruce! Un tipo grande, casi tan grande como Warhol.

Es una pieza de alquimia, de transformación y crisopea. Los objetos son los protagonistas, y son los objetos los que ocupan el lugar central del espacio: el escenario. El público estamos alrededor y comenzamos el ritual de caminar in an exaggerated manner around the perimeter of a square. Esa coreografía nos permite ver, divisar, reconocer y hasta vincularnos con cada objeto.
Hay una insistencia en el espacio que ocupan estos objetos, en sus acepciones y advocaciones diversas. El punto de inicio de la pieza, tal y como señalan los autores, se imbrica en el archivo, pero, desde allí, trasciende hacia la mezcla, hacia la transmutación y, para que esta ocurra, envolvemos los objetos como en una crisálida y los dejamos allí, a la espera de su eclosión.
Me refería a la presencia de los objetos como un hilo que atravesaba las piezas. Otro hilo que me parece que está presente en casi todas las performances es el tiempo. Óscar y Juan no solo hablan de la manera en que miramos y somos mirados por los objetos, sino que nos hablan del tiempo desde la frontera de sus cincuenta y seis años y hablan de la desaparición, de lo que el tiempo nos hace.
Las cosas son portadoras de una historia. Los restos, los desechos, las sobras son los trazos de un relato planetario que desafía la percepción humana. — dicen los autores—. El gris marca una zona intermedia en la cual ya no vemos, los límites se vuelven borrosos y los sentidos se agudizan. Todo se confunde […] volvemos al archivo como forma de vida hacia atrás, aferrándonos a lo que ya no está, invocando aquello que todavía tiene que venir.
Entre el pasado (lo que ya no está) y el futuro por venir, el paisaje construido es un jardín suspendido que oscila entre lo visto y lo no-visto y queda contenido en la oración-poema de Hermes Trismegisto que el público lee como una oración, al unísono y que dice:
Todo lo visible ha sido engendrado
Puesto que en cierto momento apareció y se hizo visible
Pero lo invisible existe siempre
Y puesto que existe siempre, no tiene necesidad de hacerse visible.
Las visiones
Iván Telefunken en Mira que em va escriure Joan Brossa!, aparece con los ojos heterotópicos pintados en su frente. Como una pintura románica. Como los ángeles de Santa María d’Àneu: las alas llenas de ojos, la frente llena de visiones, ojos de araña. Argos el ciego. Los ojos de Iván son ciegos, pero están bien abiertos. Con ellos, ¿qué vigila? Tres o cuatro hileras de ojos que miran al público cuando el artista baja la cabeza para tocar sus teclados.
En el movimiento que se ha ido describiendo a lo largo del recorrido, en esta última etapa, Telefunken ocupa de nuevo el espacio blanco. Y de nuevo aparecen los objetos y su habla, su capacidad de hacer música: una regadera con serpentinas, unas manos al final de unos cilindros de cartón que parecen sacadas de una película de Michel Gondry… Y el libro, que tiene un micro delante para que escuchemos su voz. La voz de cada página.

Estamos en un universo de cuento, en una fábula y Telefunken es un genio silvestre, un personaje del bosque que pasea por la fageda “un diumenge al dematí”.
El texto de presentación dice: Poesía, magia, surrealismo, cabaret, música… Iván te llevará de paseo por el mundo de Brossa.
Así acaba el paseo de este primer fin de semana de Exorcismes, patrimoni i performativitat. Mucho más luminoso de lo que se espera de un exorcismo, más abierto de lo que nunca ha sugerido la palabra patrimonio, que parece estar siempre encerrada en cajas de caudales y que, sin embargo, este domingo se pasea por la cima de la colina en compañía de las brujas, las recolectoras, los alquimistas y los visionarios.
Y un programa de una performatividad que, en cada una de las propuestas, es particular y diversa.
Cecilia Molano