Entrevista a Tomàs Aragay sobre La felicidad no importa

Tomàs Aragay (Societat Doctor Alonso) estrena La felicidad no importa en la Fundació Joan Brossa del 21 al 24 de mayo dentro del ciclo Portabella: agent provocador, donde también se ha presentado Els polítics de Leonardo V. Granados con texto de Wolfram Lotz, este finde puede verse Fasting Girls de Marta Azparren, y próximamente ¡Yo me transformo! Strip-conference de Banda Esfèrica 29 y 30 de mayo, y Guerrilla de El Conde de Torrefiel del 11 al 18 de junio. Fernando Gandasegui entrevista a Tomàs Aragay con motivo del estreno de su última obra.

Fernando Gandasegui: La felicidad no importa trata sobre un día en la vida/trabajo de Joan Forner. ¿Cómo nace tu vínculo con él, y cómo y por qué acaba convirtiéndose Joan en el protagonista y colaborador artístico de esta película/performance? 

Tomàs Aragay: A Joan le conocí en el máster que coordinábamos en el IVAM, donde ya hubo gestos que derivaron en la obra que vamos a estrenar. En una clase con Suely Rolnik, él escribió un texto sobre sus dudas con respecto a su futuro laboral. Su padre es camionero, y Joan había estudiado Historia del Arte. Así que no sabía si sacarse el carnet de camionero o continuar con su carrera. Ese texto me gustó mucho, plantea una cuestión de siempre, pero quizás más de ahora por lo precarizada que está esta generación, y por los dos mundos laborales que ponía en relación. 

Luego Joan fue alumno de un taller que doy de guión, y ahí desarrolló la posibilidad de hacer un documental sobre él y su padre. Al tiempo empezó a trabajar de conserje o chico para todo en un centro cultural paupérrimo aquí en Valencia, de esos que los ayuntamientos mantienen abiertos pero descuidados. Algunas mañanas le iba a visitar, y veía a Joan pasando el tiempo esperando a poner una sillas por la tarde para un evento. Esa situación me interesó. Luego Georgina Oliva de la Fundació Joan Brossa me invitó al ciclo que estaban preparando sobre Portabella, y decidí aprovechar para hacer una película. Al contrario de lo que hago normalmente, que es escribir un guión súper serio, hice un esquema muy sencillo a partir de la realidad de Joan y de lo que veníamos hablando juntos, y el proyecto se convirtió en acompañar a Joan en una jornada laboral suya y empezamos a rodar. 

En la película se dice: “El infierno es llegar al trabajo”, también transita por el vacío existencial, o el individualismo consecuencia del turbocapitalismo que vivimos y los nuevos vínculos en la era de las redes sociales. ¿Cuál es la temática que vertebra la obra? 

Lo que ha sido sido interesante durante el proceso ha sido descubrir la película según la íbamos haciendo, porque si bien un día en la vida laboral de Joan siempre ha sido la estructura y algunos ítems más que estaban claros, las capas que se han ido añadiendo y quitando a la película la han ido afinando poco a poco. De hecho, hemos rodado, y vuelto a rodar. Ha habido mucha elaboración en el proceso. Por ejemplo, al principio habíamos tirado mucho de reel de Instagram o TikTok de pensadores que hablaban del trabajo, que nos han servido para entender la estructura pero luego los hemos quitado. Hemos intentado varias voces en off. Más tarde se incorporó Nilo Gallego, que hace la banda sonora en directo. Al final entró Sofía Asencio como acompañante. La película trata de un joven en la crisis global que vivimos, también del trabajo, y reflexiona sobre la función del arte y si tiene sentido dedicar la vida a trabajar en esto. La película es muy contemplativa, no tiene mucha peripecia, conflicto ni acción dramática, se centra en una persona que es normal, como somos la gran mayoría de las personas, pero que no es en quien suele fijarse el cine. La película atiende a momentos del día de impás que todo el mundo tenemos y que normalmente no se filman porque supuestamente no tienen interés, pero aquí yo quería poner el ojo justamente ahí, cuando no estamos haciendo nada. 

El proyecto lo defines como “una película que es una performance con una película en el centro”. ¿Qué formato final va a tener La felicidad no importa en su estreno? 

Es complicado, porque cuando pones una pantalla delante de un espectador, captura mucho su atención. Hay varios niveles en el formato. En uno estarán Joan y Nilo haciendo la banda sonora en directo, una banda sonora rítmica a partir de la batería de Nilo, que para mi también es el ruido del cerebro del personaje a lo largo de la peli, y que intenta expresar algo interno a través del beat. Luego Joan estará dando voz a su propio personaje. Y en un tercer nivel, la película se interrumpe y Joan hace una acción performativa. Como si saliera de la pantalla a explicar otra capa del personaje. Joan también estará recibiendo al público en la Brossa como hace en el centro cultural. Camina entre la ficción y la realidad. Nilo trabaja desde la performance para la película exclusivamente, y luego ya la peli es el hilo conductor. 

Más allá de la ficción y la realidad, hablas de la veracidad de los discursos y de las imágenes. ¿Cómo trabajáis esa veracidad en la obra?

Nos ha costado encontrar la relación de la voz en off con la película. Si esa voz estuviera inserta en la película entonces es cine, y al cine le damos total veracidad dentro de la ficción, pero al decirla desde fuera el personaje, desde la realidad del espectador, esa voz se permite el lujo estar dentro de la película, entre la película y el personaje, como una reflexión totalmente alejada de la película pudiendo opinar sobre ella. Hemos encontrado un juego interesante sobre a qué da más veracidad el espectador, a qué se da más importancia, intentando hacerle ver que hay más de una capa en el discurso audiovisual. 

Me ha interesado mucho trabajar con Joan porque tiene 25 años y otra relación con lo internáutico, trabaja como historiador del arte a partir de muchas cosas de TikTok, y hace unos vídeos muy interesantes. Este mundo con pastillas de conocimiento enlatadas, nos lleva a un nuevo paradigma de pensamiento que no tiene que ver con la profundización si no con la combinación y lo relacional. Esta película es más lenta y contemplativa, pero para su discurso hemos bebido y nos ha sido útil la exploración de TikTok.  

Llama la atención siempre en tu trabajo y en el de la Societat Doctor Alonso con Sofía Asencio, cómo en cada obra os inventáis casi un nuevo género o formato escénico. Esta obra se parece mucho al Live Cinema, que hemos visto los últimos años en artistas escénicos con altos presupuestos, pero tratado son la sencillez y agilidad con la que soléis trabajar, casi haciendo de La felicidad no importa un Live Home Cinema. Siento tú además de creador escénico guionista de cine, ¿cómo has hibridado estos dos mundos para esta ocasión? 

Yo soy guionista, entre comillas en un ámbito más convencional, y me interesan muchísimo otros cines, y por fin me he permitido el lujo de empezar a entender qué es esto de rodar. Esta peli está hecha con un móvil, una ayudante y una zoom. Es muy low-tech. El montaje ha sido con Virginia García del Pino. Ha sido un aprendizaje brutal sobre qué es grabar y montar. He entrado en el proceso de amasar por dentro las imágenes. Ha sido rico y divertido y difícil, pero muy guay. Estamos en un formato pequeño, simple. A mí la simplicidad me parece siempre el camino. Lo más difícil ha sido encontrar el camino entre las intervenciones externas y la película, que ninguna se coma a la otra, que sumen, integrarlas pero que sean independientes y con vuelo, y que el espectador pueda gozar. 

Ha sido un proceso mucho más largo que hacer un montaje escénico. El verano pasado Joan y yo ya quedamos para trabajar, en septiembre empezamos a rodar, primero yo hice un montaje muy largo y con Virginia García del Pino se acortó un montón, después empezamos a discutir sobre la voz en off y rodamos nuevas escenas… y estrenamos casi un año después. El audiovisual tiene esto de que lo tienes ahí, no necesitas quedar para ir a un ensayo. Lo puedes volver a mirar, cortar y pegar. Es muy agradecido. Pero también pasan cosas como que al rodar te enamoras de algo que cuando se lo das a ver a otra gente, te dicen que es un mierda y tienes que reconocer el rapto y cortar, aunque otras hay que ser fiel a la propia poética de mantenerlo. 

Otra de las características es trabajar con lo que tenéis alrededor. Para esta obra ha sido la colaboración con Joan Forner, y para la anterior, Despierta Polifemo!, con Héctor Arnau, también del entorno valenciano, donde además gestionáis el espacio independiente El Consulado. ¿Cómo estáis en Valencia?

Las últimas dos obras son con dos personas cercanas a la vida diaria y artística de la ciudad. El Consulado sigue en marcha. Hay un grupo de 9 personas muy consolidado. Es una experiencia artística y humana muy enriquecedora. El grupo es muy variopinto en edades, prácticas y formas de ser, pero funciona muy bien. Yo estoy aprendiendo mucho de la gente joven. De cómo se organizan, trabajan, se cuidan y respetan. En Valencia estamos peor que hace unos años a nivel de política cultural, pero hay un grupo de gente bastante sostenido que nos alimentamos, acompañamos y apoyamos. Estamos bien. 

Fernando Gandasegui

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