
SSSSS de Marc Vives en el marco de MURMURIS, 2026. Foto Anna Fàbrega © MACBA
Marc Vives presentó SSSSS en la Capella MACBA dentro de la programación de Murmuris. Me atrevo a decir que su intervención no dejó indiferente a nadie de los que allí nos encontrábamos. Eso ya es mucho decir. No pasa todos los días. Pero hay maneras y maneras de conseguirlo. De hecho, si lo que se pretende es no dejar indiferente al público me parece que lo más habitual es conseguir exactamente todo lo contrario. No tengo ni idea de lo que pretendía Marc Vives con su performance. Lo que sé es que lleva años dándole vueltas al asunto, al tema de su performance, si podemos llamarle tema a lo que sea que le ronde por la cabeza. Quizá la cosa comenzó cuando se puso a nadar regularmente en la playa de la Barceloneta. No sé por qué lo hizo pero me puedo imaginar un montón de razones para hacerlo porque yo mismo, igual que mucha otra gente, también sentimos esa necesidad de sumergirnos a menudo en el mar que baña la costa de nuestra ciudad. Pero él tiene una historia con la montaña de Montjuïc. Quizá porque se crió bajo su sombra, en el distrito de Sants-Montjuïc. El caso es que en esos baños en la playa comenzó a relacionarse con esa montaña de alguna manera que acabó desembocando en el uso de su voz. Le hablaba a la montaña desde el mar. O puede que le gritase. O quizá en algún momento comenzó a cantarle a la montaña. No sé muy bien y, en el fondo, da igual. Él sabrá. O quizá ni él mismo sepa cómo comenzó todo o por qué le dio por ahí. Lo que creo es que Marc Vives, como artista, está cansado del arte discursivo. Y me parece que con razón. Seguramente hay un exceso de discurso en el arte contemporáneo. El discurso se lo come todo. Quizá esa sea una de las razones por las que Marc Vives comenzó a cantarle a la montaña de Montjuïc. O a gritarle, o a gruñirle, a utilizar su voz para algo que no es un lenguaje articulado. Quizá relacionarse así con la montaña, sumergido en el agua del mar, sea también una reacción contra otras circunstancias de la vida que no tienen que ver exclusivamente ni con el arte ni con el mundo del arte. Pero puede que tenga que ver también con el arte y con el mundo del arte contemporáneo. No me corresponde a mí averiguarlo, y quizá no nos debería importar a nadie más que a él (y es posible que ni a él le importe demasiado), pero sospecho que en el caso de Marc Vives el arte se mezcla con la vida. La cosa es que Marc Vives insistió en ese (llamémosle así) gesto, un gesto artístico o vital, o las dos cosas. Durante mucho tiempo. Y a partir de esa insistencia quizá fue descubriendo cosas, o encontrándose con ellas. Por ejemplo, diría que se encontró con su voz. Puede que fuese descubriendo aspectos de su voz que no resultan evidentes, cubiertos como estamos de capas y capas de educación y cultura. Seguramente se adentró en esa investigación como un explorador en tierra ignota. Me lo imagino así. Vencida la primera impresión (de ridículo, de vergüenza, de pudor) es posible que encontrase un mundo de posibilidades.

SSSSS de Marc Vives en el marco de MURMURIS, 2026. Foto Anna Fàbrega © MACBA
En la performance para la que nos reunió el sábado pasado Marc Vives se colocó en el centro de un círculo alrededor del cual se sentaba el público. Apareció vestido con un chándal con la capucha puesta, semioculto a nuestras miradas. Pronto se desnudó por completo, no sabría decir en qué momento, fue como por arte de magia, tal era el estado de hipnosis que nos indujo. Pero mientras tanto estaba completamente vestido por su voz. Una voz que no emitía palabra alguna. Una voz depurada por años de insistir en esa búsqueda para encontrarse con una voz propia (aunque también sea una suma de otras voces humanas anteriores a él, o contemporáneas suyas, y quizá por eso nos conmueva tanto). Una voz que decía muchísimo sin emitir ningún sonido articulado, mientras él giraba poco a poco sobre sí mismo. Su voz le conectaba con quienes le escuchábamos pero sin que entendiésemos por qué hacía lo que hacía. No hacía falta. Era suficiente con exponerse a su influjo, en silenciar cualquier miseria intelectual de las que pueblan nuestro cerebelo, poblado de basurilla de todo tipo, pero afortunadamente (ese día se demostró y eso nos llenó de alegría) aún receptivo a otras formas de comunicación, a otras señales acústicas que quizá activen receptores que hemos dejado de utilizar hace tiempo. El círculo, las proyecciones ondulantes que bañaban su cuerpo, la luz, que nos dejó en penumbra (todo eso con la ayuda de su complice invisible Antoine Forgeron), los lentos giros sobre sí mismo, su actitud, entre relajada y anhelante, nos indujo a una especie de trance. Mientras tanto el despliegue sonoro que realizó sólo con la ayuda de su voz (microfonada al principio, luego ya ni eso), un palo de escoba, unos filtros de luces y unos alambres de plata que vestían (muy poco, más bien lo adornaban) su cuerpo desnudo (depilado de una manera extraña, formando figuras geométricas) iban haciendo su trabajo. Es como si en ese rato nos hubiera contado con su voz un montón de cosas sin decirnos absolutamente nada. Más que contar nos cantaba, pero era un canto a base de ronquidos, de gritos, de onomatopeyas, por describirlo de alguna manera (porque en realidad no era nada de eso). Sí, era un canto también, a veces muy sofisticado y ancestral al mismo tiempo, como cuando nos dejaba escuchar los armónicos de su aparato fonador, emitiendo un sonido grave con un tono agudo superpuesto, simultáneo. ¡Qué cantidad de cosas me imagino que intentó expresar Marc Vives, madre mía! ¿De verdad era su intención expresar algo? ¿Le entendimos? Quiero pensar que sí, que le entendimos, pero que nadie nos pida que se lo contemos con palabras. Sobran las palabras. También en este texto, totalmente prescindible, solo justificado por el deseo de dejar constancia de que Marc Vives estuvo ahí, hizo lo que hizo y fuimos unos cuantos los que actuamos como testigos, además de las piedras de esa antigua capilla donde pasó todo. También fueron testigos algunos paseantes que pasaban por allí cuando Marc Vives abrió las puertas de la capilla y salió a la calle mientras cantaba sobre la base de un misterioso canto de un solo tono que procedía de parte del público que lo acompañaba, al unísono. Al salir a la calle Marc Vives gritó. Y entonces acabó todo.







