Notas que patinan #87 | El poder de la imagen

Este último mes ha sido terrible. No solo por las navidades, el solsticio de invierno, las elecciones catalanas y el punto culminante anual de la actividad del ejecutivo underground (la contabilidad del trimestre, el cierre anual, las memorias, los dossieres, la interminable burocracia administrativa) sino también por la depresión a la que el balance anual y los sinsabores e injusticias acumulados durante el año me conducen siempre inevitablemente. Reconozcámoslo: esta situación no tiene salida. Y vamos a morir. Esto último siempre me alivia, la verdad, al mismo tiempo que me da ganas de vivir, por aprovechar un poco el poco tiempo que me queda. Pero, como desgraciadamente no estoy todo el rato pensando en la muerte, necesito de vez en cuando entrar en contacto con algo que me levante un poco el alma porque si no me muero, pero en vida. A parte de las personas en las que confío porque me hacen feliz y en los excelentes resultados que me da, cuando me acuerdo, esforzarme en conservar la alegría de vivir, esta elevación y sostén del alma las encuentro de vez en cuando en algún destello de lo que algunos han dado en llamar arte o, peor, cultura. Este es un recuento de un puñado de cosas que me han dado fuerza para seguir disfrutando y peleando en los momentos más oscuros del año.

El ciclo de películas de Jean-Pierre Melville en la Filmoteca de Catalunya, sin duda, creo que me ha salvado de caer en la depresión. Fui a ver Bob, le flambeur porque, aunque no conocía a Melville más que de nombre, había leído a los de la Nouvelle Vague hablando muy bien de él y, en concreto esa película, los de la Filmo la presentaban como la mejor película de ladrones jamás rodada, según la opinión de Tarantino, Kubrick, Truffaut y no sé cuántos cineastas más. Que sea la mejor película de su género no lo discuto pero para mí casi es lo de menos. La alegría de vivir (de noche) que transmite no tiene precio. No se trata solo de vivir, se trata de hacerlo de algún modo vibrante y buscarle alguna especie de sentido o, al menos, de hacerlo con mucho estilo, que es lo que tienen las pelis de Melville. Ama y haz lo que quieras, como dice Belmondo en Léon Morin prêtre, otra de las pelis del ciclo, citando a San Agustín, en una peli que no tiene nada que ver con gángsters ni cine negro, sino con un cura en un pueblecito francés durante la ocupación nazi, todo el día hablando de teología y filosofía con su amiga atea, Emmanuelle Riva. Sorprendente Belmondo y sorprendente ese giro de Melville, capaz de pasar del cine negro a la más elevada espiritualidad con apabullante desparpajo. Como en Le Samouraï, con Alain Delon de protagonista, haciendo de asesino a sueldo en una película que es una metáfora conceptual de aún no sé qué porque, muchos días después, todavía sigo preguntándome qué hay ahí detrás para que esa película, y sobre todo su final, se haya quedado en el interior de mi cerebro y no pare de arrasar con todo lo que encuentra a su paso. Estimar-se i subvertir el poder, no se’m acut altra missió a la vida, dice Roger Pelàez, citando a alguien que no recuerdo. Me quedo con la imagen de Belmondo en otra de las películas del ciclo, arrastrándose para llamar por teléfono después de recibir un disparo de muerte, solo para avisar a su amante de que no va a poder llegar a cenar. Y luego se mira en el espejo, se peina, se coloca bien el sombrero y muere. Así, sí.

Pero en la Filmo también había estos días otro ciclo muy interesante y variopinto, La quadratura del Cercle A, con pelis de Dreyer, Godard, Buñuel, Leconte… El ciclo, y la exposición que lo acompaña hasta el 11 de febrero, rinde tributo a las salas del Cercle A barcelonés (Casablanca, Alexis, Arkadin, Capsa, Maldà…), una iniciativa de Pere Fages, Jaume Figueras y Antoni Kirchner, que hace cincuenta años, en plena dictadura, decidieron proyectar por primera vez películas en versión original en salas comerciales de Barcelona. A partir de los noventa yo fui asiduo de algunas de esas salas pero no es hasta hoy que he entendido que estaban conectadas por esta historia del Cercle A. Ahora sé a quién le tengo que dar las gracias. Siempre hay alguien, a quienes suelen llamar locos, que son los primeros en empezar las cosas. Pero las cosas no existen porque sí, no salen de la nada. Unos tipos tienen que volverse locos para que las cosas ocurran, para que muchos años después otros lo disfrutemos como algo normal.

Sobre el poder de la imagen, me llamó la atención un paseo rápido por el LAB de La Virreina. Allí había una presentación en forma de pequeña expo del resultado de un proyecto de investigación coordinado por Jorge Luis Marzo. El experimento que me llamó poderosamente la atención era el siguiente: unos estudiantes se encontraban con algún familiar suyo y rompían la foto de ese familiar en su presencia sin decir ni pío. Había videos que documentaban esas acciones. Lo interesante era que, según el resultado del experimento, había un gran porcentaje de esas personas que reaccionaban con enorme tristeza o incluso violencia, muchas más que las que se reían, por ejemplo. Muchas preguntaban por qué las querían mal, por qué esa agresión. Normal. Bueno, normal… Podríamos pensar que relacionar lo que le pase a una imagen representación de tu persona con tu persona real podría ser algo propio de supersticiones de sociedades primitivas. Lo que el experimento viene a poner sobre la mesa es que esa creencia está profundamente arraigada en una sociedad moderna del siglo XXI. ¿Normal? A mí me parece, como mínimo, curioso. Y me lleva a pensar en el punto álgido que vive la censura entre nosotros últimamente. Lo que sucede en el terreno simbólico del arte para mucha gente es tan real como lo que ellos llaman realidad. Por eso seguramente les parecerá que es tan peligroso y que hay que controlarlo. Es el poder de la imagen.

Sobre la censura y el poder de la imagen, también he tenido tiempo de reflexionar acompañado del emocionante cómic francés Un homme est mort. De Kris y Étienne Davodeau, que cuenta la historia real del homicidio de un manifestante en Brest por disparos de la policía, en el año 1950, a través de la realización de una película propagandística de René Vautier sobre ese lamentable episodio, con la ayuda de dos desconocidos, Désiré y P’tit Zef. Tanto la historia de ese suceso silenciado, como la de la realización de la película, como la del proceso de creación del cómic, que recrea esa película desaparecida, son conmovedoras y me han hecho pensar en varias cosas. Una es en el poder de la imagen, una vez más. También he pensado en la censura. Desde el minuto uno los informes policiales demuestran que se sabía cómo habían sucedido las cosas pero durante cincuenta años el estado francés los mantuvo clasificados para evitar que saliera a la luz la verdad. También he pensado en que, a veces, nos hacen creer que durante la dictadura franquista en España vivíamos bajo el terror y la oscuridad mientras en el resto de Europa reinaba la democracia y la justicia. Bueno, lo primero tiene pinta de ser cierto pero lo segundo no es exactamente así, por supuesto. Por último he pensado en gente como René Vautier, que se ha pasado media vida acosado por la censura desde que en su primer encargo un organismo oficial francés le envió a una colonia africana para realizar un documental que debería haber servido como propaganda oficial, supuestamente, y él se dedicó a grabar la miserable situación que padecían los habitantes de la colonia africana. Bueno, nada que me suene muy ajeno. La libertad de expresión actual, suponiendo que exista, no es para echar cohetes.

La semana después de navidad tuve otra grata sorpresa durante una sesión presentada por Eduard Escoffet alrededor de la exposición Arthur Cravan. Maintenant? que se puede ver en el Museu Picasso de Barcelona hasta el 28 de enero. La sesión pretendía explorar la constel·lació creativa i personal de Cravan a través de propostes pensades expressament per joves artistes i poetes que estan repensant el text i la performance amb una mirada molt personal. En concreto, Anna Dot consiguió sacudirme en mi silla con su Siskin o un estudi especulatiu sobre el llenguatge de les plantes. En su web podéis leer el texto de su intervención completo y el vídeo de fondo con el que Anna Dot acompañó la intervención. El texto comienza así:

Algunes investigadores en traducció utilitzem l’acadèmia com a pretext per vehicular un problema personal amb una mena de fets: les separacions. El llenguatge científic és una disfressa de novel·les d’amor. Després d’aquesta revelació que em pot costar el lloc de treball, si us plau, permeteu-me un primer comentari a tall d’anècdota per introduir aquesta investigació acadèmica sobre la traducció de les plantes, i disculpeu-me per la possible poca pertinència d’aquestes paraules en un entorn de formalitat i distanciament com el que ens trobem.

No fue solo el texto, fue la presencia, cómo lo leyó, porque lo leyó, como muchas de las participantes en la sesión. Leer a veces me parece un problema. El texto no llega de la misma manera escrito que leído apresuradamente o con esa entonación de recital, de teatro o de locutor de radio. Pero no tiene por qué ser así. Como me pareció que demostró Anna Dot en su intervención, hay muchas maneras de leer en voz alta y algunas pueden ser realmente efectivas. Anna Dot marcó un tempo andante maestoso, lo mantuvo con determinación, lo dejó respirar y lo combinó con un lenguaje corporal que me pareció admirable, mostrándonos de vez en cuando las fotografías de un libro o con sus miraditas a la pantalla, donde nos enseñó el resultado de aplicar una traducción automática del ruso al inglés a partir de fotografías de plantas de interior. Y sobre todo aguantó su pose de seriedad sobria y distanciada desde el inicio y hasta el final, sin desfallecer. Una performance redonda, irónica, divertida y me atrevo a decir que profunda a la vez, que me devolvió la vida una tarde oscura y gris.

No puedo acabar este recuento sin acordarme de la integral de las Cantatas de Bach dirigidas por Harnoncourt y Leonhardt, un magnífico analgésico de 62 horas y 46 minutos sin el cual no hubiese conseguido llegar vivo al final del tedioso trabajo burocrático que sufro como condena cada final de año.

También me gustaría dedicarle un recuerdo al magnífico libro Ningún lugar a donde ir de Jonas Mekas, al que llegué por la maravillosa pieza escénica Ningún lugar de Orquestina de Pigmeos, un diario sostenido en el tiempo en el que Mekas retrata unos años de asco huyendo de la Segunda Guerra Mundial desde Lituania hasta llegar a Nueva York, muy enfadado con todo el mundo, incluso con sus propios compañeros refugiados, a los que no soporta, un detalle que me parece entrañable, real y sincero entre tanta hipocresía. Además, me gusta, porque se puede leer como una novela pero no tiene ningún tipo de estructura planificada, algo que a muchos escritores les parece absolutamente imprescindible. Pues, oiga, no sé yo qué decirles. Levanten la vista.

Y por último, Mi oído en su corazón, otro libro de Hanif Kureishi que tampoco tiene mucha estructura ni planificación en el que Kureishi comienza comentando un manuscrito de una novela que su padre jamás llegó a publicar y acaba haciendo un repaso de la historia de su familia, de su propia vida, del Londres de los 80 y los 90, y del actual, del racismo, de los artistas, del oficio de escritor, de las drogas, del sexo, de la depresión y de la vida. No está mal para otro defensor de las novelas estructuradas. Tenía miedo a leer este libro, que lleva en la estantería por lo menos diez años, paradójicamente porque a los dieciocho años leí su primera novela, El buda del suburbio, y me fascinó por completo. Hace unos días, en la Filmoteca, vi My Beautiful Laundrette, una peli de mediados de los ochenta dirigida por Stephen Frears con guión de Kureishi que hacía mil años que quería ver. Me volvió a fascinar la historia y la libertad con la que se cuenta. Y me acordé de que tenía un libro suyo en casa, que no era para nada lo que yo me esperaba: un libro de un escritor ya maduro hablando de su padre que me iba a defraudar porque no iba a resistir la comparación con la primera obra de un joven escritor descarado. Me equivoqué otra vez, por supuesto. La Filmoteca me volvió a salvar.

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Notas que patinan #86 | Yvonne Rainer en Barcelona

Yvonne Rainer en el MACBA. Imagen tomada del perfil de Twitter de @MACBA_Barcelona

El martes por la tarde, el auditorio del MACBA se llenó para ver lo que se anunciaba como una conferencia-performance de Yvonne Rainer, octogenaria coreógrafa y cineasta estadounidense, fundadora del Judson Dance Theater de Nueva York, a la que muchos admiramos por su Trio A. Trio A es una breve coreografía del año 62, que conocemos por el registro en vídeo de 1978, de 10 minutos de duración, en el que la propia Yvonne Rainer interpreta esta mítica e inspiradora pieza que ha influenciado a generaciones de artistas. Hace unas semanas, sin ir más lejos, dentro del ciclo Hacer Historia(s) que organiza La Poderosa, vimos a la valenciana Sandra Gómez en el Antic Teatre utilizando el material de Trio A hasta convertirlo en otra cosa, fusionado junto a otras coreografías de Simone Forti, Lucinda Childs y Trisha Brown, en su emocionante pieza No soy yo. Muchos accedimos a ese registro del Trio A de Yvonne Rainer hace unos años gracias a YouTube. Es una lástima que en este momento sea muy difícil encontrar ya ese vídeo, que para muchos de nosotros ha sido tremendamente importante, y nos tengamos que conformar sólo con algunos rastros de gente que lo grabó desde su pantalla o que ha manipulado la imagen original, supongo que para evitar denuncias por copyright.

Para ver ese vídeo ahora hay que ir al MoMA o al Reina Sofía, comprarlo en Video Data Bank o esperar a que lo exhiban algún día en algún evento en tu ciudad. No sé si en esto tendrá algo que ver el hecho de que Yvonne Rainer esté harta de que Trio A y su No Manifesto hayan eclipsado toda su producción posterior, como ha declarado en alguna ocasión. Porque Yvonne Rainer dejó la danza en los años 70 para dedicarse al cine. Hasta el año 2000 no retomó su trabajo coreográfico, a partir de un encargo de la Fundación Baryshnikov Dance. Su último trabajo coreográfico, The Concept of Dust, se presenta hoy miércoles en el Mercat de les Flors, en colaboración con el MACBA. Las entradas se agotaron hace días porque se muestra en la sala pequeña del Mercat, la Pina Bausch. Pero a juzgar por las imágenes del vídeo promocional, da la impresión de que su trabajo se ha alejado mucho de aquella inspiradora coreografía por la que muchos la conocemos y la idolatramos. En fin, mal que nos pese, está en todo su derecho.

¿Qué esperábamos cuando fuimos a ver a nuestro viejo y querido mito al auditorio del MACBA? Os puedo decir lo que esperaba yo: nada. Pagué mi entrada de 10€ pensando que era algo cara para una conferencia pero bastante barata para una performance de una artista a la que amé en su día por una breve pero revolucionaria pieza y un mini-manifiesto. Pero también lo hice desde la desconfianza ante cualquier tipo de mitificación (algo a lo que no soy muy dado) y de nostalgia (una inclinación a la que soy proclive pero contra la que lucho). Y también siendo consciente de que yo tampoco conozco a penas el trabajo de Yvonne Rainer, más allá de las dos cosas (muy importantes para mí) de las que la propia Rainer está hasta la coronilla.

Yvonne Rainer tomó la palabra después de una breve presentación de Pablo Martínez, jefe de programas del MACBA, que recogió la emoción de muchos de los asistentes por estar allí ante el gran mito. Y de pie, ante los micros que amplificaban su voz, comenzó a leer el texto en inglés de su conferencia con absoluta sencillez. En su texto, y ahora lo veo como algo tremendamente irónico desde este punto de vista del mito que viene de visita a Barcelona, Yvonne Rainer se ponía en la piel de un mito griego, Apolo, para denunciar, desde la mirada de un dios griego que baja a la Tierra en nuestros días, las miserias de la política actual. Con mucho humor, recreándose cada vez que hacía referencia a algún comentario sexual (momentos que utilizaba Rainer para apartarse un poco del texto y preguntar al público si entendía el significado de términos ingleses como blowjob, por ejemplo), lo cual destensaba un poco el ambiente de respetuoso y atento silencio y hacía reír al público, y siempre desde un punto de vista que me pareció muy estadounidense, que es donde nació y vive, Yvonne Rainer criticó al presidente de los EEUU, Donald Trump, al de Corea del Norte, Kim Jong-un, al de Siria, Bashar al-Asad, habló de refugiados sirios, de los abusos sexuales en la industria del cine y de cambio climático. Y cuando acabó, nos dejó con la imagen de Apolo, a quien ella encarnaba, abandonando nuestro mundo para que nos apañemos buscando la solución a nuestros problemas. No nos dijo nada nuevo. Ni siquiera lo hizo de una manera formalmente novedosa ni especialmente original ni especialmente emocionante. El mito vino a decirnos lo que ya sabíamos, sin ahorrarse sarcamos e incluso insultos pero sin alardes, con sencillez y bastante sentido del humor. Y luego se fue, no sin antes recordarnos, en las respuestas que dio en el diálogo posterior que se abrió con el público, que si queríamos saber más que fuésemos a ver su pieza al Mercat al día siguiente, una pieza conectada con su conferencia, en la que nos dijo que ella leería algunos textos. Ya no quedaban entradas para su única actuación del día siguiente pero, bueno, ya habíamos visto al mito, algo cansada, como ella misma nos dijo que se encontraba al llegar el final del día. Aún así, atendió pacientemente las preguntas del público, se justificó ante críticas recibidas por su conferencia (no en el MACBA, allí nadie tomó la palabra para criticar nada sino para preguntar con un respeto reverencial y en un correcto inglés) diciéndonos que, aunque se le ha acusado de predicar ante un público previamente convencido, ella cree que es importante que nos sintamos acompañados en la lucha y que esa es la intención de su conferencia. ¿Y qué esperábamos? ¿Que a estas alturas el mito viniese a entregarnos el fuego de los dioses? No, Yvonne Rainer  vino a patalear, a soltar su rollo, a descargar su rabia y supongo que a decirnos que nuestros problemas los tendremos que resolver nosotros mismos. Como Yvonne Rainer hizo en su día. Como seguirá haciéndolo aún hoy, aunque ya no le sigamos mucho el rollo, a su modo, supongo, como todos. Como siempre. Como ha pasado toda la vida.

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Notas que patinan #85 | Res és meu

Sábado por la tarde en Barcelona. Un cuarto de hora antes de las seis y media, enfrente de la Sala Ricson de Hangar esperamos ya parte del público que vamos a ver Res és meu, que se presenta como una obra de teatro de Enric Farrés Duran. Caben unas veinte personas. Hay lista de espera. Hemos recibido un correo electrónico recordándonoslo, avisando de que el espectáculo comenzará con puntualidad y que si no podemos asistir avisemos para que nuestra entrada pueda ser aprovechada por alguien de la lista. Pero la puerta está cerrada. Nos esperamos afuera. Ya es de noche y hace frío. Al cabo de unos minutos la puerta se abre y aparece una persona con un papel en la mano. Es la lista. Nos pregunta nuestros nombres y verifica que estamos apuntados. Aún quedan unos minutos pero nos invita a entrar. Dice que estaremos más calentitos. Vamos entrando a la antesala, que está casi a oscuras. Otra persona, detrás de una mesita, nos da un papel con el texto de introducción de la obra y la ficha artística. Para leerlo tenemos que acercarnos a una lamparita que hay sobre la mesita. El texto es este:

Só me interessa o que não é meu.
Lei do homem. Lei do antropofago.

Manifesto Antropofágico. Oswald de Andrade

Podem situar-nos al Sambódromo de Rio, al Teatro Oficina de São Paulo o a la Sala Ricson d’Hangar. L’estructura és la mateixa. Estem uns davant dels altres. L’espectacle es a punt de començar i del que es tracta és de seure i mirar. Mirar, empatitzar i experienciar una sèrie de conflictes a través d’una història que no és la nostra. Creure’ns la mentida construïda a través d’unes convencions que ens permeten escapar momentàniament del nostre dia a dia. Emocionar-nos. Però què passa quan la mentida és mentida? És a dir, quan l’obra és real i el temps és de veritat i els actors no han assajat? Doncs que potser podem aprofitar per pensar en les nostres coses, fer una bacaina o enviar un parell de whatsups amb el mòbil. Ai no, que el mòbil, aquí, està prohibit. Aquí no volem distraccions. Aquí el respecte mana i, des de la invisibilitat de les fosques mirem què passa. Mirem sense ser mirats –Espiem?–. Algú treballa. Algú cobra. Algú vol marxar del teatre perquè no pot més. Algú monta un display històric dissenyat per Lina Bo Bardi. En Joe, en Jack, en William i l’Averell són els germans Dalton: Tots fan la mateixa pinta, diferenciant-se unicament en l’alçada, que resulta inversament proporcional a la seva edat, maldat i inteligència. Algú pensa en la vessant més social de l’arquitectura, en que un edifici és una màquina de generar situacions. Potser algú apareix en escena i t’ofereix prendre alguna cosa. Algú monta una estructura que permet a l’objecte esdevenir polisèmic. Què és? Al final de la funció ho sabrem. No fem spoilers.

Yo sí voy a hacer spoilers mínimos. Después del texto están los créditos y agradecimientos. Los intérpretes son Luis Jo, Pau Segura y Vito Segura. La producción es de IFBarcelona, el festival de teatro de objetos. Y en las últimas líneas dice que el espectáculo es en “català/castellà (¿?)” y que la duración aproximada será de hora y media.

Con esta información entramos y tomamos asientos en dos filas de sillas enfrentadas entre sí, con un espacio alargado en medio. Al poco rato aparecen los intérpretes. Parecen tres técnicos de teatro. Comienzan el montaje. Hablan entre ellos, toman medidas, hacen sus cálculos, discuten y ejecutan las decisiones que van montando. Montan la escenografía. La escenografía es el display de una exposición. Durante casi dos horas se dedicarán a eso por completo. Excepto una pausa que se tomarán para fumarse un cigarrillo afuera.

Foto: Pol López

Entre el público hay gente que conoce perfectamente ese display histórico de Lina Bo Bardi. También saben que Enric Farrés Duran lo utilizó en La Panera de Lleida en su propia exposición. Dicen que a Enric Farrés Duran le gusta robar. Só me interessa o que não é meu. Yo no conozco a Lina Bo Bardi ni tengo apenas idea de con qué trabaja Enric Farrés Duran. Pero, cuando entiendo que esto va a ser así hasta el final, me acuerdo de The Set Up de Cris Blanco, que solo he visto en vídeo. Mi compañera de asiento me pregunta si creo que esos intérpretes son actores. Ella cree que son actores. Pero yo le digo que llevo años viendo a técnicos montando en teatros y centros de arte y que esos son técnicos profesionales, no me cabe la menor duda. Ella sí lo duda. En todo caso, cree que se esfuerzan más que la media de los técnicos que ella conoce. Cree que es porque les estamos mirando. Eso lo dice antes de que nos dejen tirados cinco minutos mientras se van a fumar un cigarro. En ese momento llevamos más de una hora ahí, contemplando el montaje, y ya hemos llegado a una cierta relajación de costumbres pero hemos estado mucho tiempo en silencio casi absoluto, observando cada detalle. Yo estoy relajadísimo porque, en otras ocasiones, es a mí a quien le toca estar ahí dando el callo. Esta vez solo me tengo que limitar a contemplar. Esta tarde, la trama, con sus conflictos, sus éxitos, sus accidentes, hasta su sangre, me parece más interesante que muchas pelis de Hollywood. Al final la cosa dura dos horas, algo más de la hora y media esperada. Los técnicos acaban colocando un cuadro en la primera de las estructuras que han montado. El cuadro está vuelto de espaldas al público, lo que nos obliga a levantarnos. Es el final. Hay aplausos y de un cubo salen cervezas. Nos quedamos un rato dentro bebiendo y conociendo a gente. Al propio Enric Farrés Duran, por ejemplo. Mientras tanto, los técnicos recogen toda la escenografía. En un momento dado, Enric Farrés Duran se disculpa por cortar la conversación. Tiene que ir a ayudar a recoger. Salimos y nos vamos.

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Novios en la fiesta de presentación del Sâlmon< 2018

Vuelve Novios, aunque solo sea por 10 minutos. Será el jueves, en la fiesta de presentación del festival Sâlmon<, en el Mercat de les Flors, en algún momento a partir de las 20:00.

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Reportaje fotográfico de Amateur en Madrid

Reportaje fotográfico de Lukasz Michalak del segundo episodio de Amateur, Goldberg amateur, que presenté el 11 de noviembre en el CC Los Rosales de Madrid, dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, interesante proyecto del Ayuntamiento de Madrid que pretende aproximar la cultura a los barrios.

El álbum completo en Flickr: https://www.flickr.com/photos/ciudadistrito/albums/72157666217746719

Más información sobre la convocatoria permanente de CiudaDistrito (muy recomendable, enviadles vuestras propuestas): https://ciudadistrito.es/convocatoria/

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Notas que patinan #84 | Guerrilla

Foto: Blanca Añón

Este fin de semana El Conde de Torrefiel estrenó, por primera vez en el Reino de España, Guerrilla, en el Teatre de Salt, en el festival Temporada Alta, en Girona, en Catalunya. A pesar de que El Conde de Torrefiel es una compañía teatral con sede en Premià de Mar (y hasta hace poco en Barcelona), Guerrilla ha sido posible gracias a una coproducción del Kunstenfestivaldesarts de Bruselas (Bélgica), el Steirischer Herbst Festival de Graz (Austria) y el Noorderzon Performing Arts Festival de Groningen (Alemania). Aunque Guerrilla ha recibido el apoyo del Graner Centre de Creació (Barcelona), el ICEC (Generalitat de Catalunya), el INAEM (Ministerio de Cultura de España) y el Institut Ramon Llull (Catalunya) ha tenido que pasar casi un año y medio desde el estreno de Guerrilla en Bruselas para poder verla en la Península Ibérica. Antes de llegar aquí, Guerrilla se ha visto, además de en Bruselas, en Groningen, Dublín, Graz, Atenas, Zürich, Glasgow, Leeds, Lille, Roma, Milano y Lausanne. En los próximos meses no está prevista ninguna nueva presentación de Guerrilla en las tierras que han visto crecer a El Conde de Torrefiel. Resulta, como mínimo, curioso. Barcelona, Catalunya y el Reino de España se caracterizan, entre otras muchas cosas, por la escasa atención que prestan a los artistas que crecen en su seno. En este sentido resulta imposible encontrar ningún hecho diferencial entre ellas. Son indistinguibles. Gracias Barcelona, gracias Catalunya, gracias Reino de España.

Aunque para ser justos habría que decir que por debajo de esas ficciones llamadas Barcelona, Catalunya y Reino de España, existen otras realidades gracias a las cuales los seguidores de El Conde de Torrefiel hemos podido asistir a las diferentes etapas del desarrollo de esta Guerrilla final, disfrutando de pequeñas Guerrillas de pequeño formato que El conde de Torrefiel ha ido compartiendo con su público en diferentes lugares de resistencia como el Espai Nyamnyam y el Antic Teatre de Barcelona, el Festival TNT de Terrassa o el Festival Inmediaciones de Iruña. Justo es reconocer su labor, su aporte de oxígeno a esta atmósfera viciada e irrespirable que no hay lluvia que se lleve por delante. Gracias a esa labor guerrillera, quienes la hemos ido siguiendo durante más de dos años no llegamos vírgenes a la Guerrilla final. Conocemos los dispositivos que utilizan y muchos de los textos. Aún y así, al presenciar esta Guerrilla, el impacto es brutal. Voy a tardar días en recuperarme.

Foto: Titanne Bregentzer

Seguramente esta Guerrilla no inventa nada nuevo. Me atrevería a decir que todo lo contrario. Es a lo que El Conde de Torrefiel nos tiene acostumbrados. Más de lo mismo. Los textos proyectados por encima de las escenas insisten en los mismos temas de siempre, atacando sin piedad el sinsentido del mundo en el que vivimos, con humor, sarcasmo y descaro, poniendo en boca de personajes, reales o ficticios, reflexiones que, en realidad, se ve que provienen de la misma cabeza porque todos los personajes hablan igual, como si fuesen la misma voz. Algunos de esos textos ya los conocemos de otras Guerrillas pero también, más o menos modificados, provienen de otras piezas anteriores. Alguna escenas ya las hemos visto también: la escena del tai-chi es muy parecida a la del yoga de La chica de la agencia de viajes nos dijo que había piscina en el apartamento. Da la impresión de que Guerrilla es como un compendio de los últimos años de El Conde de Torrefiel. ¿Qué la hace tan especial, entonces?

Foto: Valeria Palermo

Aún recuerdo cuando, hace unos años, uno de los componentes de El Conde de Torrefiel, Pablo Gisbert, aparecía en un vídeo grabado por el colectivo PlayDramaturgia, junto a un burro, en el campo de Azala, en Vitoria, diciendo que lo que se necesitaba, ahora más que nunca, era disparar mensajes como balas. Me da la impresión de que en Guerrilla lo que se ha intentado es concentrar toda la artillería disponible en tres escenas, simples pero contundentes, en las que se utilizan algunas de las armas del enemigo al que se pretende combatir. La escena inicial, la conferencia, y la escena final, la rave, nos muestran mucha gente en escena. Mucha. Más de 60 personas. La sesión de electrónica, que suena mientras esa multitud baila sin parar como si estuviesen en una auténtica rave, el sonido de esa escena final está al límite de los decibelios permitidos en una sala. Deliberadamente al límite: los decibelios varían dependiendo de la legislación del lugar a donde viaja Guerrilla. El Conde de Torrefiel utiliza una especie de tácticas de lo que John Cage llamaría arte fascista. Y mientras someten al público a ese bombardeo sistemático, con luces estroboscópicas, que va directo al corazón, al estómago, al inconsciente, el texto proyectado nos bombardea sin tregua por el otro flanco, el de nuestro cerebro consciente. Y da igual que en la escena intermedia, la del tai-chi, todo parezca pararse y apenas suene una música de piano dieciochesca, de Antoni Soler i Ramos, aparentemente tranquila, porque en ese segundo movimiento, como en el movimiento lento de algunas sonatas de la época del Sturm und Drag, la violencia emocional de la escena, quizá por contraste, es casi igual, o mayor.

Foto: Luisa Gutiérrez

Y mientras esa contundencia grandilocuente construida a base de imágenes no narrativas, tres imágenes (conferencia, clase de tai-chi y rave), con un solo concepto cada una, limpias conceptualmente pero sucias y caóticas como la vida, nos van minando, durante casi una hora y media, sometiendo nuestra voluntad a base de pura emoción contenida hasta la explosión continuada de la escena final, el texto nos sitúa en un futuro distópico muy cercano, apenas un lustro, en el que, por fin, después de años de sentirnos como en guerra, explota la guerra mundial. Parece ciencia ficción pero, en el fondo, sabemos que podría estar pasando ya. Me rebelo contra ese futuro potencial tan terrible y pesimista que El Conde de Torrefiel intenta introducir, por tierra, mar y aire, en mi cansado cerebro aprovechándose de las seductoras y potentes armas que maneja, afinadas durante años. Quiero pensar que lo hace como vacuna, como una especie de homeopatía, pero, aún y así, a estas alturas es ya tan real que asusta, como el resto de historias que recoge y lanza el texto, algunas diferentes en cada Guerrilla porque están extraídas de la vida de las personas que participan en cada presentación, gentes de cada lugar a donde viaja Guerrilla. Pero, más allá del texto, lo que presenciamos en escena, desprovisto de palabras, parece tan lleno de vida, transmite un entusiasmo y un amor por la vida tal que parece imposible que el texto y la escena estén saliendo de los mismos cerebros. Es como el poli bueno y el poli malo. Es como si te dieran a escoger entre el futuro distópico, la catástrofe que nos acecha y que ya está a la vuelta de la esquina, y la Vida, en mayúsculas, como la otra cara de la moneda, la misma moneda en la que se basa la religión de nuestro tiempo, la economía, el fin último y la coartada para toda la mierda que nos llega ya hasta el cuello.

Guerrilla es un concienzudo electroshock al que nos someten una gente que lleva años intentando gritar desesperadamente desde los escenarios con toda la rabia acumulada por una generación y que, definitivamente, consiguen congelar las carcajadas que los primeros de la fila, este domingo, lanzaban sin pensárselo mucho durante los primeros minutos de la función. Al final ni siquiera teníamos fuerzas para aplaudir. Y nadie salió a saludar. Se acabó. Hay que elegir. No quedan ya muchas oportunidades.

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La Orquestina de Pigmeos de Nilo Gallego y Chus Domínguez en el nuevo número de la revista Ajoblanco

Este viernes 24 de noviembre sale a la venta un nuevo número de la revista Ajoblanco, que podéis comprar en los kioskos o encargar en su web. En la revista encontraréis un artículo que he escrito sobre la Orquestina de Pigmeos de Nilo Gallego y Chus Domínguez y el estreno de Ningún lugar, una maravillosa pieza escénica inspirada en el trabajo del cineasta Jonas Mekas que pudimos ver en septiembre en las Naves de Matadero (os recomiendo el artículo que escribió Fernando Gandasegui sobre ese estreno) y que sería de agradecer que viajara a otros lugares para disfrute de la afición.

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Amateur en Madrid, 10 y 11 de noviembre en el CC Los Rosales dentro del ciclo Teatro raro de Ciudad Distrito

El viernes 10 y el sábado 11, a las 19:00, presento los dos episodios de Amateur en Madrid dentro del ciclo Teatro raro que organiza Ciudad Distrito.

GIBBONS AMATEUR 10 NOVIEMBRE | 19 h
GOLDBERG AMATEUR 11 NOVIEMBRE | 19 h

Entrada libre y gratuita

CC Los Rosales | Villaverde
Av. de los Rosales, 133, 28021 Madrid

Cómo llegar (a 20 minutos de Sol en cercanías)

Amateur es una serie de dos performances que toman la forma de heterodoxos conciertos de piano (con música del compositor renacentista inglés Orlando Gibbons, en el primero, y las Variaciones Goldberg de Bach, en el segundo), ejecutados por un intérprete no profesional que, huyendo de lo espectacular, da la espalda al público, y en los que se proyecta un texto escrito en primera persona, con un tratamiento similar al de los subtítulos de una película, que reivindica la recuperación de la práctica musical de la música antigua por parte de un público amateur, para quien originalmente fueron compuestas un gran número de obras de nuestra tradición musical, al mismo tiempo que denuncia el secuestro de la mal llamada música clásica (o peor, culta), por parte de los profesionales, hasta el punto de convertir este maravilloso legado común en un producto cultural elitista, en ocasiones inaccesible para sus legítimos destinatarios.

Si el vídeo en el que Glenn Gould interpreta al piano las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach podría considerarse casi pornográfico (como sostiene un amigo del autor), el segundo episodio, Goldberg amateur, tiene por objetivo interpretar esa mítica e inaccesible obra musical, íntegramente, en versión amateur, pero de espaldas al público, como homenaje y respuesta a la decisión que empujó a Glenn Gould a retirarse de los escenarios cuando tenía 30 años, decepcionado porque el público estuviese más pendiente de si fallaba una nota que de la música que estaba interpretando. El intérprete y autor de Amateur hace treinta años que empezó a tocar las Variaciones Goldberg, pero aún no se ha quedado satisfecho. No cree que llegue a estarlo nunca. Mejor así. Lo que mola es intentarlo. En este episodio contará las razones que le empujan a intentarlo una y otra vez en la intimidad de su hogar, lejos de la mirada del público. Y también contará el porqué del repentino deseo de mostrar este acto íntimo y compartirlo con el público, justamente en este momento y en las actuales circunstancias, como un acto liberador que se resume en la siguiente frase leída en un grafiti en la calle: nuestra venganza será ser felices.

El primer episodio, Gibbons amateur, es un largo preludio que va desgranando el contexto que conduce al autor a comportarse de esta manera, gracias, en parte, al descubrimiento tardío de la maravillosa música renacentista del compositor inglés Orlando Gibbons, el compositor preferido de Glenn Gould, que constituye la banda sonora de esta primera performance. La música de Gibbons es tratada de una manera poco ortodoxa, como si el intérprete ensayase en su casa, lejos de las miradas del público, buscando un grado de profundidad y trascendencia a través de un tempo poco sostenible en un concierto convencional, mientras, como si leyésemos su pensamiento, remontándose a ciertos episodios de su vida, en un tono distendido, como de charla de bar, que contrasta con la música que suena sin tregua, nos habla a través del texto proyectado sobre su relación con la música, vista como la más potente y benigna de todas las drogas, sobre una de las primeras tribus urbanas europeas, los zazous, a la que perteneció Boris Vian, sobre médiums y sobre ciertos sabores ancestrales que, en su opinión, deberíamos intentar que no caigan en el olvido. Hasta que, al final, la música se impone sobre el texto.

Amateur es una mezcla de música, literatura y performance. El público recibe una sobreestimulación a través del bombardeo de información sonora y visual y, si lo desea, puede escoger en cada momento con qué quedarse, concentrándose en la música o en los diferentes hilos de las historias que desgrana el texto, que acaban reuniéndose siempre en un final que completa su sentido.

Más información: Teatro raro | Artículo de Nando Cruz en el Periódico de Catalunya | Artículo de Soren Evinson en Mambo | Entrevista sobre Amateur

Publicado en Amateur | Comentarios desactivados en Amateur en Madrid, 10 y 11 de noviembre en el CC Los Rosales dentro del ciclo Teatro raro de Ciudad Distrito

Prefiero que me quite el sueño Monteverdi

Claudio Monteverdi, unos años antes de componer las Vespro della Beata Vergine.

En 1610, cuando publicó sus Vespro della Beata Vergine, Claudio Monteverdi tenía más o menos la misma edad que yo el lunes pasado cuando entré en el Palau de la Música Catalana para escuchar esta maravillosa obra interpretada por el Colegium Vocale de Gent dirigido por quien fundó este conjunto hace 47 años, Philippe Herreweghe, que da la casualidad que tiene la edad de mi padre. Sumido en peregrinas reflexiones sobre el paso del tiempo y sus proporciones y ritmos, lo que no deja de tener una estrecha relación con el arte sonoro, me sorprendió el inicio del concierto. Y pensé en Monteverdi como si fuera uno de nosotros, aquí y ahora. Pensé: ¡qué buena idea utilizar un tema de otra de tus piezas para comenzar esta nueva creación! Es tan bueno este tema, tiene tanta potencia, y hasta ese momento lo habría escuchado tan poca gente, en realidad, que es una maravillosa idea recuperarlo de nuevo para ponerlo en un lugar destacado, ese que marca prácticamente el límite a partir de que se rompe el silencio inicial. Así el público no podrá obviarlo, se encontrará con él de bruces. Es tu mejor carta de presentación. Y luego pensé que, claro, era evidentemente una verdadera carta de presentación porque esta obra Monteverdi la llevó en mano al Papa para ver si encontraba trabajo en Roma, sin mucha suerte, todo hay que decirlo, del mismo modo que también la envió a Venecia, donde tres años después consiguió que le nombrasen maestro de capilla en la basílica de San Marcos, quizás precisamente gracias a esta obra. Jugaba a dos bandas, Claudio. Y no solo a la hora de presentarse a estas dos convocatorias, también a la hora de componer. Un famoso teórico musical, Giovanni Maria Artusi, le acusaba públicamente de utilizar una técnica compositiva corruptora, destructora del estilo imperante. Siempre la misma historia: la de los creadores contemporáneos que no siguen las reglas porque están inventando las suyas propias, las que se convertirán en canon pasados unos años. Fíjate ahora quién se acuerda de ese teórico y de sus composiciones, que también las tenía, y quién de Claudio Monteverdi, también conocido por sus contemporáneos como Il Divino, de quien se celebra el 450 aniversario de su nacimiento (de ahí que se sucedan los conciertos dedicados a su música, como el que unos días antes se celebró en el Auditori, en el que, casualidades de la vida, Jordi Savall y Le Concert des Nations interpretaron esta misma obra). Seguramente por intentar protegerse de las reaccionarias críticas que recibía, Monteverdi utiliza elementos arcaizantes en esta composición (que debía servir de carta de presentación para conseguir curro ante la muy conservadora jerarquía eclesiástica, no lo olvidemos), como es el caso de las melodías de canto gregoriano que mezcla con el nuevo estilo, el suyo propio, a veces de una manera muy parecida a lo que ahora llamaríamos remezclar, con el mismo objetivo que remezclamos en pleno siglo XXI: para construir una cosa perfectamente nueva a partir de unos elementos preexistentes. Como cuando unas voces femeninas del coro insertan intermitentemente la melodía gregoriana del Sancta Maria, ora pro nobis, cada vez con un ritmo ligeramente diferente, sobre una música instrumental, de corte absolutamente moderno para su época. Maravillosas soluciones, Claudio, como también fue maravillosa la idea de componer algo de música religiosa, algo que no habías hecho nunca antes, para tener algo de currículum para que te hiciesen caso en Roma o en Venecia. Fue lo que ahora diríamos publicar algo, quizás apenas remunerado, para conseguir visibilidad. Pero conservando en todo momento tu maravillosa libertad creativa, dejando la puerta abierta a la interpretación fuera de la iglesia, como propones en la portada de la publicación que recoge estas Vespro, o escogiendo textos tirando a eróticos del Cantar de los cantares, como el Nigra sum, con el que de pronto nos sorprende la soprano: Soy negra pero hermosa, hijas de Jerusalem, por eso el rey me ama y me introdujo en su habitación. Te salió bien, Claudio. Conseguiste la fama, seguramente con mucho esfuerzo. Y por eso ahora te conocemos y podemos celebrarte. Y tenemos a los mejores intérpretes de música antigua del planeta, aquí en el Palau de la Música Catalana, dedicando grandes esfuerzos y un enorme talento para desentrañar los misterios de tu música e interpretarla con todo el cuidado, el mayor de los respetos e instrumentos originales (o las réplicas más fidedignas). Una hora y media de música, sin pausa, más emocionante que la mejor de las películas de acción en 3D, con un sentido sorprendente de la performance. Por ejemplo, en el Audi coelum, cuando el tenor acaba una estrofa y alguien, a quien no vemos en escena, le contesta con un eco, oculto en alguna parte. O, cuando en el Duo Seraphim, a los dos tenores se les suma un tercero justo al pronunciar la palabra Tres. También disfrutamos mucho cuando Philippe Herreweghe deja que sea Barbara Kabátková, hasta ese momento una cantante más, quien dirija a la Schola Gregoriana, el quinteto vocal encargado de las partes de canto gregoriano que salpimentan de vez en cuando esta sabrosa obra. O cuando uno de los cornettos se pone de espaldas al público para dar la réplica a su partenaire, lo mismo que las violinistas. Seguro que en San Marcos, con una arquitectura que se presta a la perfección para todos estos recursos performáticos, debisteis pasarlo bien jugando con todos estos truquitos sonoros que, tan acertadamente, se lo agradecemos, recuperan Herreweghe y los suyos. Rigor y austeridad flamenca (flamenca de Flandes, se entiende) que se esfuerza en jugar con la música de un compositor contrastadamente mucho más meridional que los intérpretes que le rinden tributo, autor de una música de una riqueza incomparable que consigue elevarnos para que crucemos la Via Laietana flotando a medio metro del suelo aunque, paradójicamente, con la impresión de haber reconectado con la vida, más allá de la percepción tramposa en la que nos sumen últimamente el bombardeo de narrativas que pretenden convertir nuestra rica realidad en una ficción barata. Parafraseando a Rodrigo García, prefiero que me quite el sueño Monterverdi…

Philippe Herreweghe. Foto: Michiel Hendryckx

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Conversación con Ernesto Collado en el programa de TV Teló de fons

El programa de televisión Teló de fons grabó la conversación que mantuvimos Ernesto Collado y yo en el Pub Reina Victoria de Terrassa, horas después de presentar el primer episodio de Amateur en el Festival TNT. Hablamos de nuestras piezas y también de todo un poco, aunque lo que nos propusieron era hablar de la performance como género. El clip, de 10 minutos, muestra también algunas imágenes de nuestras actuaciones en el TNT. El programa es en catalán, aunque Ernesto se cambia de idioma en cuanto te descuidas. Yo, en cambio, me mantengo idiomáticamente firme.

El reproductor de vídeo me da problemas con Chrome en Mac, pero con Firefox se ve bien.

El programa completo aquí: http://canalterrassavalles.xiptv.cat/telo-de-fons/capitol/performances-al-tnt

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