Cuarta inspiración (justo) antes de comenzar el baile. Ocaso.

OCASO

Llegar hasta el límite cuando el sol toca el horizonte.

Llamamos al punto sobre el que cae el sol, Occidente.

Occidere.

La marca irremediable del tránsito de la vida. El momento justo en el que todo cambia. El fin repetido que nos empuja cada vez a lo desconocido.
De repente, ante la evidencia de lo que sobreviene, quisiéramos volver a casa. El susto trae de la mano al impulso de retirarse. Parecería que ya todo está hecho y que sería mejor volverse, no ser testigo de lo inevitable.
Habría que huir hacia atrás y conseguir robarle al tiempo el poder sobre el transcurso: “echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se pueda cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro y para estarse ahí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte” (J.A. Valente, Notas de un simulador) Habría que conseguir abandonar el tiempo. Habría que poder remontar hasta el interior del vientre de la madre…y, sin embargo, otra vez la caída, poco a poco más lejos del origen.

Entonces, cuando está ya todo perdido, cuando no queda otra que asumir la literalidad irremediable del ocaso, entonces, ocurre el milagro. El escándalo de los colores brillantes se acaba mientras sobre la tierra cae un manto gris opaco. La oscuridad despliega todo su poder liberando los límites conocidos. Ya no hay profundidad, solo hondura. Ya no hay cuerpos, solo sombras que se entremezclan y confunden. Y los oídos comienzan a ver. Lo que estaba esperando tras el final, no es otra cosa que la posibilidad de otro principio. Lo que estaba más allá, por delante, esperando en la oscuridad, no era otra cosa que el origen. En realidad, la retirada solo se puede hacer hacia delante. El refugio no está detrás sino aquí, en la oscuridad de este futuro ganado al día. La noche se despliega como la gran madre capaz de acogerlo todo. Y aunque cueste creerlo, en esta oscuridad nocturna es donde vuelve a aparecer la posibilidad de la luz: el alumbramiento. Aquí, en la noche, aparece el primer teatro. Empieza la temporada.

Jaime Conde-Salazar