Bailando con la sombra: de la soledad inefable. Por Marlena Czarny

Bailando con la sombra: de la soledad inefable.

El sexto día del XXII Festival Internacional Zawirowania —Varsovia— nos trajo el encuentro con un artista que parece concebir el movimiento no como una forma de expresión, sino como una herramienta de autoconocimiento. En la obra de Javier Martín «[RÆM] project», la danza se convierte en el lenguaje de alguien para quien las palabras resultan insuficientes.

En el escenario hay cámaras, un televisor y una pantalla grande. El espacio se parece, a la vez, a un laboratorio, un estudio de cine y una habitación privada. Martín aparece acurrucado, hecho un ovillo, como durmiendo. Yace inmóvil, inmerso en la penumbra. Cuando empieza a moverse, es difícil descifrar si acaba de despertarse o, al contrario, está adentrándose en las profundidades del sueño. Desde los primeros minutos de la obra, el espectador queda suspendido entre la vigilia y la imaginación.

Su cuerpo escapa constantemente a toda definición. A veces se parece al de un bailarín clásico; otras, al de un actor de pantomima. A veces, parece una marioneta guiada por hilos invisibles para, un instante después, convertirse en un maniquí que cobra vida tras el cierre de un establecimiento. Otras, es un arlequín triste, un niño perdido o incluso un ángel caído. Pero es extremadamente preciso en todas y cada una de sus encarnaciones. Los movimientos son suaves, fluidos, incluso aterciopelados y, al mismo tiempo, están llenos de tensión.

Los primeros planos de las manos transmitidos por las cámaras resultan particularmente fascinantes. Parece como si los dedos, inquietos, estuvieran constantemente intentando agarrar algo; cierran, abren y deshacen estructuras invisibles. Y son, justamente, las manos las que más parecen expresar. Como si trataran de contar una historia que los labios son incapaces de articular.

El espectáculo se compone de sucesivas secuencias musicales. Las canciones no solo ilustran la danza: se convierten en su columna vertebral emocional. Cada pieza revela un estado interior diferente del protagonista. Con «Words» de F.R. David el cuerpo de repente se abre. El bailarín se mueve con soltura y autenticidad, como alguien convencido de que nadie lo está mirando. Las palabras del estribillo «Words don’t come easy» suenan a manifiesto personal. Parece que el protagonista ha escogido la danza precisamente porque no puede o no quiere comunicarse a través del lenguaje.

En una de las escenas, aparece la sugerente imagen del artista sacándose cosas de la garganta. ¿Qué son? ¿Cuerdas vocales? ¿Palabras cautivas? ¿Memorias? Parece que Martín las hace emerger y convertirlas en movimiento, como si solo la danza fuera capaz de darles sentido.

La soledad es uno de los temas más importantes de esta obra. El artista se graba constantemente: hace encuadres y observa su propio rostro y cuerpo. Al mismo tiempo, es creador, protagonista y espectador de su propia vida o sueño. Va ensayando diferentes versiones de sí mismo, comprobando cuál de ellas es de verdad. Al observarlo, veía a una persona introvertida viviendo en su mundo interior, en diálogo constante consigo misma.

Hay escenas de la función que son inquietantes, en las que el cuerpo se tuerce como si estuviera fuera de control. Los movimientos pierden su elegancia: se vuelven torpes y violentos. A veces, incluso dolorosos. Sin embargo, en un momento, el mismo personaje parece superar la gravedad: ligero como una pluma, suspendido en algún lugar entre la tierra y el sueño. Con «Fallen Angel» de Ketty Lester, el artista parece una criatura expulsada del cielo, un ángel caído; mientras que con «Crying» de Roy Orbison, recupera una elegancia casi clásica.

La secuencia con «Eyes Without a Face» de Billy Idol resuena con una fuerza particular. El rostro del bailarín refleja un miedo real, como si otro «mal sueño» pudiera conducirlo  de verdad a la caída. Entre las canciones, un molesto ruido recurrente evoca un viento fuerte o la señal al final de un programa de televisión. Es el sonido del caos. Del vacío. De las interferencias. Quizás sea entonces cuando nos adentramos en el protagonista: en ese lugar al que él se muestra incapaz de ordenar. La música y la danza se convierten en una forma de domar ese ruido interior.

Todo el espectáculo se desarrolla en negro y tonos grises. El traje negro, la transmisión monocromática de las cámaras y el austero espacio escénico dan la impresión de estar en un mundo desprovisto de colorido emocional. De ahí que el final cobre aún más fuerza. Cuando el artista retoma la posición del principio de la obra, una luz cálida inunda su rostro. Y, por primera vez, aparece el color. Suave, dorado, casi reconfortante. ¿Qué es? ¿Un despertar? ¿Una redención? ¿O un momento de reconciliación consigo mismo? Martín no ofrece una respuesta clara.

Y justamente ahí radica la fuerza de «[RÆM project]». Es un espectáculo que no pretende explicar nada. En vez de respuestas, nos deja interrogantes. ¿Qué atormenta al protagonista? ¿Su propia sombra? ¿Su alter ego? ¿Un dolor indecible? ¿O quizás la mera necesidad de definir la propia identidad?

Durante la conversación posterior a la función, Javier Martín habló de la «textura del movimiento», de la improvisación y de superar constantemente los límites de la propia experiencia. También admitió que hay cierta perversión en una danza de este tipo: «Es buscar la oscuridad en tus adentros; bailar con tu propia sombra». Esa es la síntesis perfecta de esta noche. Porque «[RÆM project]» es exactamente una de esas danzas: un encuentro con una sombra que no se deja domar del todo, pero que vale la pena investigar.

Javier Martín impresiona: no solo como un intérprete con una extraordinaria conciencia corporal, sino también como un artista que se arriesga en su búsqueda de nuevos lenguajes de comunicación. La función nos deja, por encima de todo, con una gran curiosidad. ¿Qué más puede descubrir alguien que trata cualquier improvisación como un viaje hacia lo desconocido? ¿Y qué nuevos misterios nos desvelará su sombra en el futuro?

Marlena Czarny

(trad. Zuzanna Gawron)

Taniec z cieniem. O samotności, której nie da się wypowiedzieć

Szósty dzień XXII Międzynarodowego Festiwalu Tańca Zawirowania przyniósł spotkanie z artystą, który zdaje się traktować ruch nie jako formę ekspresji, lecz jako narzędzie poznawania samego siebie. W spektaklu Javier Martín „[RÆM project]” taniec staje się językiem człowieka, dla którego słowa okazują się niewystarczające.

Na scenie znajdują się kamery, telewizor i duży ekran. To przestrzeń przypominająca jednocześnie laboratorium, studio filmowe i prywatny pokój. Martín pojawia się zwinięty w sobie, skulony, jakby spał. Leży nieruchomo, zanurzony w półmroku. Kiedy zaczyna się poruszać, trudno rozstrzygnąć, czy właśnie się budzi, czy przeciwnie – dopiero wchodzi w głąb snu. Od pierwszych minut spektakl zawiesza widza pomiędzy jawą a wyobraźnią.

Jego ciało nieustannie wymyka się definicjom. Raz przypomina tancerza klasycznego, innym razem aktora pantomimy. Chwilami wygląda jak marionetka prowadzona przez niewidzialne sznurki, by za moment stajć się manekinem, który ożył po zamknięciu sklepu. Bywa smutnym arlekinem, zagubionym chłopcem, upadłym aniołem. W każdym z tych wcieleń pozostaje jednak niezwykle precyzyjny. Ruchy są miękkie, płynne, niemal aksamitne, a jednocześnie pełne napięcia.

Szczególnie hipnotyzujące okazują się zbliżenia dłoni transmitowane przez kamery. Niespokojne palce nieustannie coś chwytają, zamykają, otwierają, rozrywają niewidzialne struktury. To właśnie dłonie wydają się mówić najwięcej. Jakby próbowały wypowiedzieć historię, której nie potrafią przekazać usta.

Spektakl zbudowany jest z kolejnych sekwencji muzycznych. Piosenki nie stanowią ilustracji tańca – stają się jego emocjonalnym kręgosłupem. Każdy utwór odsłania inny stan wewnętrzny bohatera. Przy „Words” F.R. Davida ciało nagle się otwiera. Tancerz porusza się swobodnie, szczerze, jak ktoś przekonany, że nikt go nie obserwuje. Słowa refrenu „Words don’t come easy to me” wybrzmiewają jak osobisty manifest. Można odnieść wrażenie, że bohater wybrał taniec właśnie dlatego, że nie potrafi albo nie chce komunikować się językiem.

W jednej ze scen pojawia się sugestywny obraz człowieka wyciągającego coś z własnego gardła. Struny głosowe? Uwięzione słowa? Wspomnienia? Martín zdaje się wydobywać je na zewnątrz i zamieniać w ruch, jakby dopiero taniec pozwalał nadać im znaczenie.

Samotność jest jednym z najważniejszych tematów tego performansu. Artysta nieustannie filmuje samego siebie, ustawia kadry, obserwuje własną twarz i ciało. Jest jednocześnie twórcą, bohaterem i widzem własnego życia lub snu. Testuje kolejne wersje siebie, sprawdza, która okaże się prawdziwa. Patrząc na niego, widziałam człowieka żyjącego w świecie wewnętrznym, introwertyka prowadzącego nieustanny dialog z samym sobą.

Niektóre fragmenty budzą niepokój. Ciało staje się wtedy powykręcane, jakby pozbawione kontroli. Ruchy tracą elegancję, stają się niezgrabne, gwałtowne, czasem niemal bolesne. Za chwilę jednak ten sam człowiek zdaje się pokonywać grawitację, lekki jak piórko, zawieszony gdzieś pomiędzy ziemią a snem. W „Fallen Angel” Ketty Lester przypomina istotę wygnaną z nieba, upadłego anioła, podczas gdy przy „Crying” Roya Orbisona odzyskuje niemal klasyczną elegancję.
Szczególnie mocno wybrzmiewa sekwencja z utworem “Eyes Without a Face” Billy Idola. W twarzy tancerza pojawia się autentyczny lęk. Jakby kolejne „złe sny” rzeczywiście mogły doprowadzić do upadku. Między piosenkami powraca zaś drażniący szum przypominający silny wiatr albo sygnał końca programu telewizyjnego. To dźwięk chaosu. Pustki. Zakłócenia. Być może właśnie wtedy zaglądamy do wnętrza bohatera, do miejsca, którego nie potrafi uporządkować. Muzyka i taniec stają się sposobem oswajania tego wewnętrznego hałasu.

Cały spektakl utrzymany jest w czerni i odcieniach szarości. Czarny kostium, monochromatyczny obraz z kamer, surowa przestrzeń sceniczna budują wrażenie przebywania w świecie pozbawionym emocjonalnych barw. Tym większą siłę ma finał. Kiedy artysta ponownie przyjmuje pozycję z początku spektaklu, jego twarz zalewa ciepłe światło. Po raz pierwszy pojawia się kolor. Delikatny, słoneczny, niemal kojący. Czy to przebudzenie? Ocalenie? Chwila pojednania z samym sobą? Martín nie daje jednoznacznej odpowiedzi.

I właśnie w tym tkwi siła „[RÆM project]”. To spektakl, który nie próbuje niczego tłumaczyć. Zamiast odpowiedzi pozostawia pytania. Z czym zmaga się bohater? Z własnym cieniem? Z alter ego? Z niewypowiedzianym bólem? A może z samą potrzebą określenia własnej tożsamości?
Podczas rozmowy po spektaklu Javier Martín mówił o „teksturze ruchu”, o improwizacji i nieustannym przekraczaniu granic własnego doświadczenia. Przyznał również, że w takim tańcu jest coś perwersyjnego – „szukamy ciemności w sobie, tańczymy z własnym cieniem”. Trudno o lepsze podsumowanie tego wieczoru. „[RÆM PROJECT]” jest właśnie takim tańcem. Spotkaniem z cieniem, którego nie da się całkowicie oswoić, ale któremu warto się przyjrzeć.

Javier Martín zachwyca nie tylko jako performer o niezwykłej świadomości ciała, lecz także jako artysta odważnie poszukujący nowych języków komunikacji. Po tym spotkaniu pozostaje przede wszystkim ciekawość. Co jeszcze może odkryć człowiek, który każdą improwizację traktuje jak podróż w nieznane? I jakie kolejne tajemnice swojego cienia pokaże nam następnym razem?

Marlena Czarny

photo_ Pagal Creative

Dofinansowano ze środków Ministra Kultury i Dziedzictwa Narodowego pochodzących z Funduszu Promocji Kultury – państwowego funduszu celowego, w ramach programu „Taniec”, realizowanego przez Narodowy Instytut Muzyki i Tańca.

Projekt współfinansuje Miasto Stołeczne Warszawa.

About javiermartin

www.javiermartin.gal
This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *