Notas que patinan #102: el Cant de la Sibil·la

Ha pasado ya un mes desde la Nochebuena pero el recuerdo de ese día, o mejor, de esa noche, aún me persigue. Este año, debido a las restricciones para frenar el avance del maldito coronavirus, mi familia decidió que no íbamos a celebrar la Nochebuena juntos y que solo nos encontraríamos el día de Navidad, en la más estricta intimidad familiar, reducida solo al primer grado de cosanguinidad. Por primera vez en mi vida me encontraba en Barcelona, el día de Nochebuena, sin compromisos familiares. Unos días antes recordé que, en la Nochebuena, yo siempre había querido ir a ver el Cant de la Sibil·la pero mis compromisos familiares nunca me lo permitieron. No hay mal que por bien no venga, pensé. Después de todo, este era el año.

Después de comprobar que la Catedral de Barcelona seguía adelante con esa celebración prácticamente milenaria, unos días antes me acerqué a primera hora de la mañana a la Catedral para obtener mi pase gratuito para asistir a la celebración, que estaba previsto que acabase con la Misa del gallo, a medianoche. Lo de sacarse el pase era producto de las restricciones: el aforo había sido reducido por seguridad. Más tarde, me enteré que en la iglesia del Pi, a pocos pasos de la Catedral, también iban a celebrar el Cant de la Sibil·la, por la tarde. Me propuse hacer doblete para compensar todos estos años pasados en los que nunca pude saciar mi curiosidad por escuchar este canto proscrito desde el Concilio de Trento pero, pese a todo, conservado en Mallorca, l’Alguer y otros lugares del sur como Ontinyent, en la provincia de Valencia, de donde proceden tanto Pablo Gisbert (de El Conde de Torrefiel) como Marcos Morau (de La Veronal). Curiosa coincidencia. Se lo dije a un amigo que justo había pensado lo mismo que yo. A los dos nos parecía un buen plan.

Esa tarde, la de Nochebuena, me fui a la iglesia del Pi hacia las seis. Quedé allí con mi amigo. Cuando llegué, un cuarto de hora antes de empezar, me dijeron que estaba lleno y que no podía entrar. Menos mal que mi amigo estaba ya dentro, guardando sitio, y había avisado al de la puerta de que me esperaba a mí. Llamé a mi amigo por teléfono, salió a buscarme, me señaló y el de la puerta me dejó entrar. Presentaba el acto el poeta Eduard Escoffet. Desde el altar soltó un discurso que me pareció emocionante en el que relacionaba el Cant de la Sibil·la con el momento que estamos viviendo, ciertamente apocalíptico, como ese canto de origen pagano interpretado por una adivina que pronostica el fin del mundo. El discurso de Escoffet me pareció extremadamente elegante por el delicado equilibrio en el que se movía en una situación ciertamente comprometida. Habló de ecología, sin utilizar esa palabra. Se metió con el capitalismo, sin nombrarlo. Vino a decir que debíamos escuchar ese canto profético como un mensaje vigente y totalmente apropiado para la situación actual. Luego apagaron las luces y la cantante, Mariona Sagarra, oculta junto al organista que la acompañaba, Joan Cabó, allá en lo alto, junto al órgano, sobre nuestras cabezas, cantó admirablemente bien ese breve canto. Cerré los ojos y entré en éxtasis.

De ahí fuimos a casa de mi amigo, en el Casc Antic, a diez minutos a pie de la iglesia del Pi. Lo primero que hicimos al llegar fue subir a su azotea para ver Barcelona desde las alturas, aunque ya era de noche y la ciudad me pareció menos iluminada que de costumbre. Nada más entrar en su casa mi amigo abrió una botella de vino y bebimos y comimos un poco, una cena fría a base de patés, quesos y turrón. De ahí salimos pitando para la Catedral. En la entrada, un segurata le dijo a los que nos precedían que no podían entrar sin invitación porque había un evento. Hablaba como un portero de discoteca. Era lo más parecido a intentar entrar en la Sala Apolo (que lleva cerrada meses, ya saben). Mi amigo y yo nos reímos porque nos hizo gracia lo del evento. Cuando nos tocó a nosotros entramos pisando fuerte mientras mi amigo les decía a los de la puerta, con cierta sorna, que teníamos invitaciones para el evento. Comprobaron nuestras entradas y nos dejaron pasar al templo (no de la electrónica sino al templo de toda la vida, aunque a nosotros ya nos comenzaba a parecer la misma cosa).

La Catedral estaba totalmente iluminada, esplendorosa, magnificiente como cualquier catedral de origen medieval. Nos sentamos en las primeras filas, aunque yo tenía una columna delante. Quienes nos acomodaban insistían en que mantuviésemos la distancia de seguridad entre nosotros. Antes del canto de la Sibil·la celebraron un oficio religioso, Matines, en el que participaban un montón de curas y el mismo coro, el Coro de cámara Francesc Valls, que luego acompañaría a la Sibil·la encarnada por Mariona Llobera, además del organista de ese potentísimo órgano de la Catedral. El oficio religioso no me pareció nada del otro mundo pero cantaron cantos gregorianos en latín, antiguos y modernos, y algo de Tomás Luis de Victoria. Cuando acabó, los cantantes se trasladaron al centro de la basílica, donde está el coro, separado del resto. Entonces apareció la Sibil·la escoltada por dos religiosos.

La aparición de la Sibil·la fue espectacular. Iba vestida como si se hubiese escapado de la película Orlando (la adaptación de la novela de Virigina Woolf que dirigió Sally Potter en 1993, protagonizada por Tilda Swinton), vestida de blanco, con la cara empolvada también de blanco, y sosteniendo una espada. Escoltada por los religiosos subió la escalera de caracol que conduce hasta el púlpito que está a la entrada del coro. Desde allí cantó sostenida por una sola nota grave del órgano. A continuación de cada estrofa cantada a capella, el coro le daba la réplica con lo que luego leí que eran composiciones compuestas ex profeso para acompañar este canto por diversos compositores como el octogenario Jordi Cervelló o Pep Vila, treinta años más joven. Todo el mundo estaba de pie. El silencio era total. Me quedé boquiabierto, aunque nadie pudo ver mi boca por la mascarilla que llevaba, como todos los demás. Entré en éxtasis de nuevo, del que solo me sacaba de vez en cuando algún comentario excitado de mi amigo, que me preguntaba por la amplificación del sonido (no había amplificación, gracias a Dios).

Cuando acabó, mi amigo me confesó que necesitaba ir al baño y, ante la imposibilidad de satisfacer las demandas del cuerpo cuando todos los bares y restaurantes de la ciudad estaban cerrados (en Barcelona sólo abren ya por la mañana, a la hora del desayuno y, al mediodía, para la comida), no tardó en abandonarme en cuanto comenzó la Misa del gallo. Yo decidí quedarme y me tragué la misa enterita hasta el final (acabó a las doce y veinte de la noche). Debo reconocer que quienes intervinieron en la misa lo dieron todo. La oficiaba el cardenal arzobispo de Barcelona Juan José Omella, junto a sus auxiliares, además del coro y un sinfín de monaguillos. Todos iban vestidos con sus mejores galas. Todos cantaban. El organista, Juan de la Rubia, creo, también lo dio todo. Hubo botafumeiro, o como se llame por estos pagos, campanas que repicaban en algún punto escondido de la Catedral en sincronía con lo que sucedía en el altar, cánticos en latín, bastones dorados y todos los efectos especiales y recursos teatrales de los que son capaces la gente de iglesia cuando se ponen a ello. Reconozco que se me hizo un poco larga pero pensé que, si se tomasen la molestia de realizar ese despliegue cada domingo, quizá yo también iría a misa de vez en cuando. Hasta el sermón del obispo me pareció apropiado, como si midiese sus palabras para no añadir más leña al fuego en el que ardemos todos últimamente. Hacia el final de la celebración dijo algo así como que la dignidad de cada uno era algo íntimo, algo entre cada uno de nosotros y Dios, que todo el mundo se merece esa dignidad y que, aún en el peor de los casos, como los pastorcillos que fueron los primeros en ver al recién nacido niño Jesús, a quienes sus contemporáneos despreciaban como lo más bajo del escalafón humano, Dios reconoce nuestra dignidad y todos nos merecemos ser apreciados como algo único, como seres especiales, como seres que merecen ser amados, o algo así. Para un obispo católico, me pareció que el sermón no estuvo nada mal, aunque, como estaba en condiciones de comparar, siempre mejor un buen poeta, claro. Pero las comparaciones son odiosas y yo volví satisfecho a casa, caminando por calles solitarias como nunca, cruzando unas Ramblas desiertas, como si volviese de un viaje alucinado o de una gran fiesta en el Apolo celebrada en la dimensión desconocida.

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Notas que patinan #101: Official Presentation of the Gadgets for our Salvation

La semana pasada, Júlia Barbany Arimany, a la que conocemos por formar parte de Las Huecas, puso en órbita en el Antic Teatre, durante cuatro días, la última versión de su Official Presentation of the Gadgets for our Salvation. Digo que es su última versión porque, ya hace meses, presentó una primera versión, más breve, en uno de los In-formales que la Poderosa organiza cada cierto tiempo, igual que también mostró otra versión en Helsinki, donde vivió una temporada recientemente. Pero lo de la semana pasada era la puesta de largo de este trabajo, que debería haberse presentado un mes antes si no hubiese sido por las restricciones impuestas por el virus, que obligaron a cerrar el Antic Teatre y el resto de teatros catalanes. Todo esto, en realidad, le venía muy bien a esta pieza porque ahora mismo respiramos un ambiente apocalíptico muy en la línea de la temática que trata: llevan asustándonos con el fin del mundo desde tiempos inmemoriales. En concreto, Júlia Barbany Arimany dice en escena que lleva desde los años noventa fascinada por todas esas narrativas del fin del mundo (películas, cómics, series, videoclips) hasta el punto de que ha acabado por encontrarle su parte positiva: así no tendrá que llorar la muerte de su madre sino que la vivirán (o morirán) juntas, por ejemplo. Desde el escenario, Júlia nos cuenta en primera persona el origen de su proyecto y en qué ha decidido convertirlo, parapetada detrás de un atril de conferenciante, ante una pantalla gigante donde irá proyectando diversos materiales audiovisuales en los que se apoya para ilustrar su periplo, desde su más tierna infancia hasta el desarrollo reciente de esos artilugios para nuestra salvación que nos presenta ahora, pasando por el decisivo intercambio de correos electrónicos con la NASA, un punto de inflexión que, ante lo que aparentemente es una negativa, lejos de hacerla abandonar, se convierte en el revulsivo necesario para el éxito de su misión, como en toda producción de cine de catástrofes de Hollywood que se precie. Sola en escena, imbuida de su personaje (que sus dotes de actriz consiguen que confundamos con su persona), entre cándida y un poco psicópata, pero siempre con mucha energía, optimista hasta el final (donde, recordemos, le espera el fin del mundo), hablando siempre en catalán y proyectando texto siempre en inglés (local y global al mismo tiempo, para no dejar a nadie atrás), nos lleva de la mano durante lo que podría ser una especie de conferencia TED hasta mostrarnos el camino de su extremadamente lógico razonamiento: solo nos podrá salvar el patriotismo cósmico. Y nos recuerda que de eso, patriotismo y símbolos, en Catalunya sabemos un rato. Por eso, lo más importante para sobreponerse al fin del mundo es dotarnos de los símbolos patrióticos adecuados: las banderas de los planetas, la coreografía para un baile patriótico (al fin del mundo hay que recibirlo bailando, según nos enseñó Britney Spears) y la apoteosis final de un himno del universo conocido que el público tendrá la oportunidad de acabar cantando a coro. El humor de Júlia Barbany Arimany es muy serio, es decir, te partes de risa con ella sospechando que se está quedando contigo mientras una parte de tu cerebro, allá al fondo, piensa que, en realidad, pensándolo bien, nada de lo que cuenta en escena es ninguna tontería.

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Notas que patinan #100: Andrei Rublev, una paniconografía

Estos días, el Mercat de les Flors ha propiciado el rencuentro con Andrei Rublev, una paniconografía, una pieza escénica de la Societat Doctor Alonso, estrenada hace cinco años en el Festival Temporada Alta y que acaba de verse también en el Festival de Otoño de Madrid. La recuperación de esta pieza se enmarca dentro de la Constel·lació Societat Doctor Alonso, un ciclo del Mercat dedicado a esta compañía que ha permitido el estreno de una nueva pieza, Kontrakant, que se presentó en la sala Maria Aurèlia Capmany, la sala grande del Mercat, justo antes del inicio del confinamiento, además de la revisión de otros trabajos de la larga trayectoria de la compañía formada por Sofía Asencio y Tomàs Aragay.

Durante los cinco años que han pasado desde el estreno de Andrei Rublev la pieza ha ido enriqueciéndose con nuevas aportaciones y cambios de formato, como la versión radiofónico-escénica que pudimos ver el año pasado en el ciclo Noves Escenes de La Pedrera. Dice Sofía Asencio en esta entrevista que “casi siempre el estreno es un poco prenatal, y algunas piezas no las entiendes hasta que no las presentas, y a partir de ese momento aún continúan creciendo y tomando forma. Por eso es importante poder hacer más actuaciones. Y, ¿por qué no podemos hacer como los pintores, que hacen diferentes estudios de un mismo tema?”

Hay artistas que no entienden eso tan común de poner en escena una y otra vez el mismo trabajo ante el público. Suelen ser gente que crea trabajos para ser disfrutados una única vez, algo incomprensible para la tradición escénica predominante. Luego están los que estarían encantados con poder compartir con el público muchas veces, y sin ningún cambio, un mismo trabajo escénico, gente a quien le cuesta aceptar que han dedicado un montón de energía y recursos a poner en escena algo que solo se va a ver un día, dos, tres, cuatro como mucho. Estos no hacen más actuaciones porque no tienen oportunidad, porque nadie les contrata, independientemente de si el éxito de público les acompaña o no, porque la lógica que rige para determinar que un trabajo escénico gire hasta la saciedad o se desvanezca una vez estrenado es bastante más complicada, y muchas veces no tiene nada que ver con el aplauso del público sino con misteriosos criterios más complejos que la prima de riesgo, aunque de alguna manera también relacionados con la economía, en este caso la del, llamémosle así, negocio del arte. Pero a lo que se refería Sofía Asencio, en mi opinión, es a algo intermedio entre estos dos modelos, y esto es lo que me parece francamente interesante: trabajar sobre un mismo tema permitiéndose profundizar en él, o simplemente dar vueltas a su alrededor, como efectivamente hacían los antiguos pintores, como es el caso de Andrei Rublev, pintor ruso nacido en el siglo XIV, a quien Andrei Tarkovsky toma como tema de una película que se llama como el pintor, rodada en la Unión soviética de los años sesenta del siglo pasado.

Como queriendo darle la razón a Sofía Asencio, pero desde el punto de vista del público, es la tercera vez que veo esta pieza. Hace más de cuatro años la vi por primera vez en la sala Hiroshima. El año pasado vi la versión radiofónica en La Pedrera. Y el viernes pasado la volví a ver en la sala Pina Bausch del Mercat. Las tres veces he vivido experiencias diferentes. Es cierto que la pieza, siempre con Sofía Asencio y Nazario Díaz en escena, y con el espacio escénico y la iluminación de Cube.bz, ha ido mutando. Ha pasado tanto tiempo que las diferentes versiones se confunden en mi memoria pero me da la impresión de que diferentes capas han ido sumándose hasta configurar esta última versión, que finaliza con una tertulia de un estilo televisivo próximo a La clave, aquel programa de la TVE de los ochenta que se iniciaba siempre con la proyección de una película. En la tertulia del viernes, moderada por el actor Rubén Ametllé, participaron los cineastas Andrés Duque y Diana Toucedo y el crítico de cine Rubén Lardín. El tema de la tertulia fue el cine de Tarkovsky pero los invitados de las tertulias de los otros tres días fueron otros y los temas también.

Cuando llegué a mi casa decidí ver por fin la película de Tarkovsky, que dura tres horas, por cierto, que se sumaban a las dos horas que duró la pieza. Vi la peli enterita. Ahora sí, me dije, por fin empiezo a entender de qué va todo esto. Eso no quita que las dos veces anteriores no disfrutase y apreciase las diferentes versiones de la pieza, al contrario. Y, por supuesto, eso no quita que, quizás, esto solo sea el comienzo de un largo e interesante camino que me conduzca a apreciar nuevos detalles a través del cine de Tarkovsky, de la obra de Andrei Rublev y de muchos otros temas que a mi cerebro le da por conectar con este trabajo en una especie de telaraña que presumo infinita. Y ahí me parece que está una de las gracias de todo esto.

Quizá hay cosas que requieren cierta calma, cierto tiempo, cierta profundidad. En ocasiones, la profundidad te conduce a parajes insospechados. Aunque lo más profundo del ser humano esté en la piel. Una cosa no quita la otra, estoy convencido. Quizá podamos profundizar infinitamente utilizando nuestras maravillosas pieles. Pero hay algo que flota en el ambiente: últimamente parece que profundizar, tomarte tu tiempo, ir lentamente, ya no te digo buscar cierta trascendencia, sean procedimientos obsoletos. Como dijo Rubén Ametllé en la tertulia, parece que necesites romperte una pierna para poder leer de cabo a rabo una antigua novela rusa. Si ni con tres meses de confinamiento lo has conseguido quizá no sea rompernos una pierna lo que necesitemos, diría yo.

Como recordó Andrés Duque, Tarkovsky recomendaba la soledad pero tampoco concebía la vida y la felicidad como algo que pudiese ir de la mano. En otro momento de la tertulia Rubén Lardín dijo que él no soportaba la trascendencia en el arte y yo, que podría haber suscrito esa misma afirmación en otro contexto, me quedé preguntándome el por qué y me contesté que me estaba confundiendo con la pretenciosidad, que no es lo mismo, aunque a veces buscando la trascendencia acabes en el pozo de la pretenciosidad. ¿Acaso la trascendencia es incompatible con el placer, o algo así? Como se nos recordó en la tertulia, el coguionista de Andrei Rublev fue Andréi Konchalovski, el mismo que dirigió Tango and Cash, protagonizada por Sylvester Stallone. Andrés Duque dijo también que su película preferida de Tarkovsky era muy criptica, que no la entendía, pero que le parecía muy bella. Ajá, ahí quería llegar yo.

La pieza de Societat Doctor Alonso es un comentario de un comentario, en este caso, una peli de Tarkovsky que a su vez comenta la vida del pintor Andrei Rublev. Igual que Tarkovsky utiliza a Rublev y a su época para tratar los temas trascendentes y metafísicos que le interesan y, de paso, crea unas imágenes tan bellas como su habilidad y sensibilidad le permiten, la Societat Doctor Alonso utiliza la película de Tarkovsky para explorar el diálogo que se establece entre el espectador y un arte escénico que no reproduce la realidad sino que trabaja con ideas más o menos abstractas, sin olvidarse de, lo mismo que Tarkovsky con lo suyo, cantar, bailar y, en definitiva, actuar. Y lo hace jugando con unos tiempos lentos, a veces lentísimos, y con una gran oscuridad, dando mucho espacio al espectador, un espacio que a algunos les resultará excesivo, seguramente por la misma razón por la que no encontramos ya el momento de leer novelas rusas ni en tres meses de confinamiento ni, por supuesto, de ver una peli de Tarkovsky entera, aunque seamos capaces de sacar tiempo para ver, por ejemplo, muchas más horas de series de televisión en cualquier plataforma digital. Me resulta curioso que, después de tanta abstracción y libertad para el espectador, la tertulia final acabe conduciendo en cierta manera la mirada y la interpretación del espectador, como compensando con un poco de arte fascista (según lo entendía John Cage) el supuesto exceso de libertad anterior, como si esa libertad, en realidad, no fuese más que cierto libertinaje que, finalmente, hay que reconducir, por el bien de todos. Pero en esta, como en tantas otras cuestiones, me parece que hay argumentos de uno y otro lado para justificar o condenar esta práctica, que por una parte parece totalmente incoherente con el planteamiento de la pieza y por otra es perfectamente coherente como comentario (la tertulia) del comentario (la pieza) del comentario (la película) del pintor Rublev y su circunstancia. Así que me callo como se calla Rublev en la película de Tarkovsky, solo que él no vuelve a hablar porque hace voto de silencio después de presenciar una brutal matanza en la catedral que él y los suyos debían decorar con sus pinturas.

Rublev no quiere pintar el fresco del Juicio final en la catedral porque no quiere atemorizar a los pobres campesinos. En la tertulia se dijo que Tarkovsky estaba en la frontera de los artistas a quienes ya no les importa el público. Y se le comparó con los artistas contemporáneos, a los que ya tampoco les importa el público, una vez son contratados por el museo o el centro de arte en cuestión. Paradójicamente, esos artistas deben contentar a los modernos burócratas pero no necesariamente al público, aunque en cualquier momento los burócratas puedan escudarse en el público para defenestrar al artista. Pero también se dijo que Tarkovsky pasó su vida luchando para poder mostrar su arte, intentando convencer a los burócratas soviéticos, de la misma manera que ahora los artistas tienen que convencer a los burócratas de las becas, las convocatorias y los festivales. Él, que vivía en la Unión Soviética, se acabó exiliando pero ¿a dónde habría que exiliarse ahora? ¿Habría que hacer voto de silencio, como Rublev? Quizá no sea una opción muy práctica, por supuesto.

La pieza de la Societat Doctor Alonso es un tapiz, como creo que Diana Toucedo dijo de la película. Sofía Asencio canta una melodía que aparece en la película, pero Nazario Díaz canta una canción de Chicho Sánchez Ferlosio. Se me antoja algo críptico pero me parece ciertamente bello y a mí no me hacen falta más explicaciones. Es cierto que lo ruso, en concreto el arte ruso, como se dijo en la tertulia, es clave en el siglo XX. Y es cierto que quizá parece que lo hayamos olvidado. En otro momento de la pieza, Sofía Asencio traslada al público lo que parece ser una conferencia doblada que solo ella escucha por auriculares, con el mismo tono impostado de los traductores simultáneos. En ella, se habla de arte ruso, de arte pictórico, de los que, como Rublev, pintaban iconos con la perspectiva inversa, la que pone el punto de fuga en el propio espectador (¿como quizá pretenda la Societat Doctor Alonso y ciertos artistas desde la última mitad del siglo pasado?), de Malevich y los suprematistas. La película está siempre presente, aún cuando no se proyectan las imágenes, aunque solo sea por esas cortinas de destellos dorados con las que juegan los intérpretes en escena. La luz y la oscuridad contrastan continuamente, como en la película, en blanco y negro la mayor parte del metraje, excepto cuando muestra psicodélicamente, a todo brillo y color, las pinturas de Rublev. En la pieza escénica observamos un juego recurrente que consiste en que Nazario Díaz, con la ayuda de una especie de cartón blanco, resplandeciente, trae a primer plano un detalle, un encuadre de las imágenes de la película para que el público pueda observar uno de sus detalles mientras en el fondo se proyecta el resto de la imagen en penumbra. Los dos intérpretes doblan la escena de la película en la que Rublev le confiesa a un espíritu del más allá que va a dejar de pintar. La imagen, esta vez, la vemos en una pantalla muy pequeña, como si fuese la cara B de todo esto.

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Schumann Amateur: Cara B en streaming desde la Casa Orlandai (viernes 13, 20:00)

Viernes 13 de noviembre de 2020 a las 20:00, en streaming (gratuito)

Foto: Dorothee Elfring

Iba a ser la tercera vez que aplazábamos esta actuación en la Casa Orlandai de Sarrià debido al cierre de las salas decretado por la Generalitat de Catalunya pero me propusieron seguir adelante y retransmitirlo por streaming y decidí aceptar. Así que el viernes 13, a las 20:00, si me queréis acompañar me podréis ver y escuchar en vuestras pantallas frente a su piano de cola, en la sala modernista de la Casa Orlandai que lleva el nombre del poeta pastelero de Sarrià, J.V. Foix, con esta cara B de Schumann Amateur, una versión reducida, unplugged, yo solo («és quan plou que ballo sol»), como en su famoso poema («És quan dormo que hi veig clar»).

Streaming en directo: Youtube de la Casa Orlandai

Más información: https://casaorlandai.cat/activitat/limperdible-del-divendres-schumann-amateur/

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Rooms with a View

El pasado 10 de octubre se inauguró en el Muzeum Kiscell de Budapest el proyecto ROOMS WITH A VIEW, 180 personas 180 postales, una idea de Quim Deu en la que participo con una fotografía. Ahora, hasta el 4 de diciembre, el proyecto se puede ver en el Espai Carme Malaret de Sant Just Desvern.

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Notas que patinan #99: TNT (quinta parte y final)

Al final de la tarde del sábado, ya de noche y bajo una persistente lluvia, fui caminando desde el centro de Terrassa hasta el Casal de Montserrat Torre-Sana i Vilardell, a cuarenta minutos a pie de donde me encontraba. Nunca había atravesado esos barrios de Terrassa, que me recordaron a otros barrios periféricos de otras ciudades como, sin ir más lejos, los de la ciudad donde nací y donde crecí. Mi objetivo era llegar a tiempo para asistir a la proyección de El sol va per dins, una película de nyamnyam (Iñaki Alvarez y Ariadna Rodríguez) en colaboración con el Esplai Tremola y con la participación de Makhmoudan Faye, Modou Ba, Annibal Gomez, Saad Rigaa, Aslam Mouna, Widjan el Koudri, Faty Ba, Soda Mbaye, Minerva Ruiz, Lola Jimenez, Xavi Gomez y Sara Gallardo, diseño sonoro de Nilo Gallego y efectos especiales de Igor Socheleau – Bicoté Studio.

Parte del equipo artístico de El sol va per dins. Foto: Marta Garcia.

Llegué cinco minutos tarde pero llegué. Mojado por la lluvia, sudoroso, cansado y cagándome en todo pero llegué, aunque a medio camino estuve a punto de darme la vuelta. Pude haber pillado un taxi pero entonces no hubiese atravesado esos barrios, no hubiese visto cómo iba cambiando el paisaje y también sus gentes y seguramente no hubiese visto la película con los mismos ojos. Guardando todas las distancias de seguridad pertinentes, todo el mundo con mascarilla, pero la sala donde se proyectaba la película estaba abarrotada. En realidad debería haberse proyectado en la pista polideportiva donde se rodó parte de la película pero la lluvia provocó ese cambio de escenario. Podía haber impedido la proyección pero la voluntad de toda esa gente implicada en el proyecto no lo permitió. La peli, en la que los principales protagonistas son los niños y niñas del Esplai Tremola, es una delicada historia de terror y de superación que muestra cómo se construye la película, desvelando el aparato cinematográfico, al mismo tiempo que se desarrolla una historia de ficción construida por los mismos que la protagonizan. Un grupo de chavales se enfrenta a un monstruo invisible que cada cual imagina a su manera: unos lo ven como una mezcla desfasada de formas antropomórficas y animales y otros lo perciben identificándolo como el propio sistema en el que vivimos, injusto, violento, racista, discriminador, opresor y asfixiante. No hace tanto que el colectivo nyamnyam acababa de estrenar otro proyecto audiovisual grabado en barrios periféricos de la ciudad de Guadalajara en México (Ayer, hoy, mañana. Los límites del fuego). Me gustaría preguntarles si encontraron muchas diferencias entre esos dos suburbios de ciudades tan alejadas entre sí y sus gentes o, por el contrario, se parecen más de lo que a simple vista pudiéramos imaginar. ¿Sería más tranquilizador convencernos de que todos los que vivimos aquí somos unos privilegiados del Primer mundo?

Teatro Amazonas. Foto: Marta Garcia.

De vuelta al centro de Terrassa, esta vez gracias a la amabilidad de quienes me invitaron a acompañarles en coche (de otra forma no hubiese conseguido llegar a tiempo), me dirigí al Teatre Principal para ver Teatro Amazonas, la última creación de Txalo Toloza y Laida Azkona, autores de la trilogía Pacífico, cuyo episodio final presentaban en el mismo festival donde en los últimos años han ido estrenando el resto de episodios (Extraños mares arden y Tierras del sud). En estos años, el reconocimiento a su trabajo ha ido en progresivo aumento hasta el punto de que han pasado de dar una charla para una docena de personas reunidas alrededor de una mesa durante la hora de la comida en el Espai nyamnyam (sí, los de la peli que acababa de ver, por aquel entonces instalados en un piso del barrio de Poblenou de Barcelona) a abrir el Festival de Otoño de París (donde acaban de mostrar la trilogía al completo), pasando por el festival Grec, el Teatre Lliure y otros cuantos teatros internacionales. Todos los episodios de la trilogía siguen un mismo patrón, con ligeras variaciones: Txalo Toloza y Laida Azkona, en escena, nos cuentan una siempre compleja historia real, profusamente documentada y salpicada de testimonios reales, con la ayuda de imágenes, sonido, música, textos proyectados, vídeos y animaciones proyectadas en pantalla gigante, mientras van construyendo ante nuestra mirada una escenografía que alude a la historia que poco a poco van desgranando. Si en el primer episodio entrelazaban la historia de los Guggenheim y la especulación en el arte con la explotación de los recursos del desierto de Atacama chileno (donde nació Txalo Toloza) y el segundo episodio nos contaba la relación entre la empresa Benetton y el saqueo y exterminio del pueblo mapuche, en este tercer episodio la cosa va de muerte y destrucción en la Amazonia, desde la fiebre del caucho del XIX hasta nuestros días, con especial atención a la historia del gran teatro de ópera construido en Manaos, ciudad levantada en mitad de la selva a imagen y semejanza de las grandes capitales europeas, y a Fitzcarraldo, la película de Herzog, que sirven como hilos conductores de la pieza. Como en el resto de episodios, la historia que cuenta Teatro Amazonas es terrible y lo que denuncia es a todas luces injusto. También como en los otros episodios, la historia está admirablemente bien contada y el tratamiento es digno de un documental de Adam Curtis para la BBC (no es la primera vez que lo pienso). Después de la maratón de espectáculos que llevaba encima, sin haber bebido ni probado bocado desde el mediodía (no encontré ni un minuto), lo increíble es que un espectáculo que dura más de hora y media, y que acabó pasadas las once de la noche, no me haya tumbado.

Teatro Amazonas. Foto: Marta Garcia.

La inevitable pregunta sobre si me había gustado o no me había gustado, nada más acabar el espectáculo (mientras esperábamos a que el personal de sala nos diese permiso para abandonar nuestras localidades, siguiendo los protocolos sanitarios de esta época de pandemia), me llevó a nuevas preguntas al respecto. ¿Te ha gustado esa obra en la que se habla de asesinatos y torturas? ¿Qué significa decir que sí me ha gustado? ¿No deberíamos estar hablando de otra cosa? ¿Del fondo de la cuestión? ¿O de qué? ¿De si los artistas lo han hecho suficientemente bien? ¿Suficientemente bien como para que alguien se fije en ellos y los contrate? ¿Para qué sirve un festival? ¿Para qué sirve un festival en tiempos de pandemia? ¿Para qué sirve un teatro que denuncia algo de lo que ya estamos convencidos (porque el público que piensa diferente seguramente no va a venir a verlo)? ¿Vale la pena este teatro de denuncia aunque sólo una persona entre el público tome consciencia y despierte? ¿Qué pasaría si en vez de colonialismo, lo cual suscita un consenso prácticamente unánime, hablase del Procés o de ETA?

Pero, honestamente, pienso que, pobres, estos artistas no tienen la culpa de que yo me hiciese todas estas preguntas, apoltronado en mi butaca después de siete horas sin parar de ver movidas de todo tipo. Suficiente tendrán con lo suyo. Felicitémonos de que alguien esté tan loco como para ocuparse de asuntos como de los que se ocupan ellos porque, seguramente, alguien tiene que hacerlo. Lo contrario sería mirar para otro lado ante la injusticia. ¿O qué?

Aunque, por supuesto, me imagino que tiene que haber un momento para cada cosa, para reír y para llorar. Pero, eso, ellos me consta que lo saben muy bien.

Al día siguiente leí un artículo en una revista digital dirigida a los trabajadores autónomos. Decía esto:

Para algunas actividades no será nada fácil, pero «van a tener que aprender a dar un giro y a tirar de inventiva. No vale de nada lamentarse por el ‘cisne negro’, el elemento inesperado en la economía, que nos ha tocado vivir. Los acontecimientos sorpresivos no se pueden racionalizar. Lo que sí se puede hacer es, en la medida de lo posible, no parar ni un sólo momento«, concluyó el presidente de la CGE (Consejo General de Economistas).

Mira, pensé, todo lo contrario de las últimas palabras que nos dirigió Txalo Toloza desde el escenario al final del espectáculo: “ahora toca parar y escuchar”.

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Notas que patinan 98: TNT (cuarta parte)

Los componentes de Serrucho, Ana Cortés, Raúl Alaejos y Paadín, se disponen a comer en una terraza de Terrassa

Existen muchos tipos de acercamientos al fenómeno artístico, al arte, a la creación, llámenle como quieran. Pero creo que mi favorito, el que más me interesa, el que más me flipa, el que más me hace vibrar, el que en definitiva más me gusta (¿te ha gustado?, sí, me ha gustado muchísimo, lo que más) es ese tipo de arte y de artistas que ponen el foco en la vida y consiguen que la miremos con otros ojos, con la mirada limpia, como si despertásemos de un sueño o como si penetrásemos en un sueño, el sueño de la vida (perdónenme si me pongo algo cursi con este tema), donde todo está entrelazado, donde cada detalle es un mundo, un universo paralelo, donde uno puede reconocerse en todos y cada uno de los elementos que lo componen y fundirse con ellos y, de paso, con el cosmos. Esto, que es un poco lo que me imagino que le pasó a Miguel Valentín el otro día viendo Monte Chanel de Les Myrtilles, a juzgar por cómo lo cuenta en esta nota de voz, diría que es de lo que va Archivo, que el colectivo Serrucho presentaba como una instalación escénica en el Ateneu Candela de Terrassa durante todos los días que duró el festival TNT. Hay muchas y variadas maneras de llegar hasta ahí pero lo que me parece muy curioso es que solo con intentarlo honestamente me da la impresión de que el mundo mejora. Si, además, consigues activar ese resorte entre alguien del público creo que has hecho algo moralmente bueno, para esa persona y para el universo entero. Así de bestia lo vivo, aunque sea en pequeñas dosis, y así de contundentemente lo dejo por escrito aquí (como lo digo lo siento, sería otra manera de decirlo). En mi particular ética estética (en un mundo sin ética solo nos queda la estética) no existe nada superior a este tipo de arte. Y si esto no es un juicio de valor, de los que se supone que huyo en este casi centenar de notas que llevo escritas, que baje Dios y lo vea, que para algo se llaman notas que patinan porque en ellas no paro de patinar constantemente, y así debe ser. Ha llegado el momento de aceptar todas las contradicciones como algún día no muy lejano llegará el momento de callar para siempre.

Archivo. Foto: Marta Garcia.

En Archivo te encuentras con un cubo que parece el monolito de Odisea 2001. Ese cubo es un inmenso archivador repleto de cajones numerados. Después de que el equipo Serrucho te reciba, te guarde amablemente tu chaqueta y te coloque a cambio una bata y unos auriculares inalámbricos, comienzas a recibir una serie de instrucciones a través de los auriculares que desembocarán en la consulta de ese archivo donde podría parecer que se almacena todo el universo conocido. En un ambiente que remite a las películas de ciencia ficción pero también a los documentales de divulgación científica, acompañado de otros como tú que te preceden y otros que ocuparán tu lugar cuando tú ya no estés, comienzan a pasarte cosas fascinantes si decides jugar y seguir las instrucciones que te empujan a abrir algunos cajones: puedes contemplar la Tierra desde el espacio o un minúsculo detalle de la decadencia de un centro comercial de provincias, tan importante para quien lo vive en primera persona como los grandes conflictos del cosmos.

Antes de llegar hasta Archivo desafié a la lluvia para meterme en la Casa de la Música, donde presencié Corpus, de Xavier Bobés, junto a un reducido grupo de personas sentadas alrededor de una plataforma circular de madera. En esta ocasión, Xavier Bobés se acompaña de Frances Barlett, que toca al cello música de, entre otros, Orlando Gibbons, uno de mis músicos preferidos del Renacimiento (sí, me gusta), y recita en inglés el brutal Soneto LXVI de Shakespeare que, traducido al castellano por Agustín García Calvo, dice así:

Harto de todo esto, muerte pido y paz:
de ver cómo es el mérito mendigo nato
y ver alzada en palmas la vil nulidad
y la más pura fe sufrir perjurio ingrato

y la dorada honra con deshonra dada
y el virginal pudor brutalmente arrollado
y cabal derechura a tuerto estropeada
y por cojera el brío juvenil quebrado

y el arte amordazado por la autoridad
y el genio obedeciendo a un docto mequetrefe
y llamada simpleza la simple verdad
y un buen cautivo sometido a un triste jefe;

harto de todo esto; de esto huiría; sólo
que, al morir, a mi amor aquí lo dejo solo.

Yo, con Gibbons y Shakespeare, ya tengo más que suficiente. A mí con esto me pasa como con las películas de época: si están bien ambientadas, si el vestuario da el pego, si se han cuidado los detalles que me permitan zambullirme en otra época, es que me da igual el resto, la historia, las interpretaciones, me da igual todo porque yo ya tengo suficiente para flipármelo un rato y agradezco sinceramente la oportunidad que se me ofrece para viajar en el tiempo a cualquier otro lugar y situación. Pero Xavi Bobés se sube descalzo a la plataforma de madera, coloca sobre ella maderas cortadas que funcionan como peanas y, del interior de la plataforma, comienza a sacar objetos con formas humanas que va colocando sobre esas peanas para construir con ellos un poema visual cuyo significado oculto no necesito conocer sino que simplemente me sirve para sacarme de mí, concentrarme y adentrarme en un estado contemplativo que, sinceramente, agradezco en estos momentos más que nunca.

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Notas que patinan #97: TNT (tercera parte)

Núria Guiu en Spiritual Boyfriends. Foto: Marta Garcia.

La primera cita del sábado por la tarde fue con Núria Guiu y su Spiritual Boyfriends en el Teatre Amics de les Arts donde el día anterior había actuado Juana Dolores. “Ya hay periodistas que han escrito sobre lo de Juana Dolores”, me dijeron esa misma noche como prueba definitiva de su triunfo, como si los críticos que publican en los medios fuesen los intermediarios con los dioses del éxito. ¿Quién criticará a los que critican?, pensé unos minutos más tarde. ¿A parte de su famosa entrevista, alguien de los que hablan de Juana Dolores se habrá leído su premiado libro de poesía en catalán?, me pregunté cuando llegué a casa. ¿Quién premiará a los que premian?, pensé a continuación. Otra espectadora que también había ido a ver a Juana Dolores el día anterior, después de preguntarme si me había gustado lo de Núria Guiu (una vez más esa pregunta, y de nuevo mi respuesta fue el silencio) me dijo que era el segundo día que veía culos moviéndose en ese escenario, refiriéndose a los bailes con culeo que protagoniza Núria Guiu en su pieza. ¿Habrá algo malo en eso?, pensé. Me recordó a las ya viejas polémicas en los inicios de la carrera de Bad Gyal, cuando le criticaban la hipersexualización de la que hacía gala como algo que reforzaba los estereotipos machistas sobre la cosificación de la mujer. Bad Gyal se defendía con mil argumentos que básicamente se podían resumir en uno: hago con mi cuerpo lo que me da la santa gana. Recuerdo que por aquel entonces, en mitad de aquella polémica, una persona que se dedicaba a la gestión cultural me confesó que con el trap, hasta que no se pronunciasen los teóricos, no iba a adoptar una posición definitiva que pudiese comprometerla. ¿Quién teorizará sobre los teóricos de guardia?, me pregunto ahora mismo. Y aún diría más: ¿quién gestionará a los gestores? ¿Y a los programadores? ¿Quién programará a los programadores? El trap entonces aún era peligroso porque todavía no estaba controlado. No creo que ni Núria Guiu ni Juana Dolores tengan ahora ningún problema con las gestoras y programadoras encargadas de acogerlas, coproducirlas o promocionarlas (a la vista está). Al menos, no por mover su culo como les venga en gana, que es el nuevo estándar a la hora de bailar la música de baile que triunfa en estos momentos. En nuestras casas, porque en otro sitio difícilmente se puede bailar ahora. Lo intentaron en la playa de la Barceloneta en su día durante la franja horaria matutina en la que se nos permitía abandonar el confinamiento pero un vídeo con intenciones puritanas de un periodista de La Vanguardia se encargó de que la policía disolviese aquellos maravillosos encuentros espontáneos para mover el esqueleto al aire libre que no hacían daño a nadie, se lo aseguro, y nos traían un poquito de alegría en un momento bien jodido. Malditos periodistas mercenarios: ya no espero nada bueno de vosotros.

Juana Dolores. Foto: Marta Garcia.

Pero volvamos a Núria Guiu. Sola en escena, vestida a la última moda de gimnasio (que viene a ser ya casi la última moda, así, en general), utiliza el yoga y la música en loop rollo espiritual para introducirnos en una historia que tiene que ver con cómo esas movidas místicas que provienen de la cultura oriental han acabado siendo el decorado de otras movidas más mundanas, como ligar con tu profe de yoga, por ejemplo. Y para ilustrar eso ella misma crea la música en directo, practica yoga en escena y cuenta una historia en primera persona. Por cierto, retomando la discusión sobre si tenemos un problema con lo de hablar en escena, que parece que se ha vuelto algo muy problemático: me parece que no tiene por qué ser tan complicado. Hay gente a la que no parece costarle tanto. Núria Guiu habla en escena en buena parte de su pieza y no suena forzado (¡atención: acabo de hacer un juicio de valor!). En fin, Núria Guiu utiliza más mecanismos para desplegar su irónica historia ante nuestra mirada, como fotografías proyectadas, música enlatada, el baile con culeo del que ya hemos hablado e incluso un dron que sobrevuela la escena manejado por ella misma y que casi parece una referencia (un poco mística) a Encuentros en la tercera fase. La historia es divertida, pero es de un humor administrado en dosis que no invitan a la carcajada sino que más bien es agridulce porque, sin entrar en más consideraciones, quien no se reconozca un poquito en lo que hay ahí al fondo de lo que habla Núria Guiu, por favor, que tire la primera piedra.

Núria Guiu. Foto: Marta Garcia.

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Notas que patinan #96: TNT (segunda parte)

La lucha contra los juicios de valor es una lucha interminable y probablemente condenada al más estrepitoso fracaso si tenemos en cuenta la primera de las preguntas que emite la mayoría de seres humanos de toda condición nada más acabar de ver un espectáculo: ¿te ha gustado? Durante un tiempo mi respuesta a esta pregunta ha sido: ahí está (una respuesta robada a Isidoro Valcárcel Medina). Pero se repite tan a menudo esta situación que hasta a mí me cansa esa ingeniosa respuesta, a pesar de la carga de profundidad que incluye: todo un microcosmos que huye a la velocidad de la luz de los condenados y pesadísimos juicios de valor, esos que estrechan nuestra visión del mundo hasta conseguir exterminar cualquier forma de vida más allá de nuestras puñeteras narices como si la infinita diversidad de la vida fuese un virus al que hay que gasear convenientemente con gel hidroalcohólico, no sea que nos contamine. ¿A quién le importa si me ha gustado o no? ¿Qué importancia tiene? ¿Es mi opinión basada en mi gusto, educado o no, influenciado por mil razones honestas y deshonestas, deformado o puro, más importante que la de los demás por el hecho de dejarla por escrito y publicarla en internet? ¿Acaso sería más importante si la publicase en un periódico? ¿Es eso lo que tenemos que hacer: expresar opiniones basadas en gustos personales para influir en los demás? ¿A dónde conduce todo eso?

Foto: Marta Garcia

Lo primero que vi del TNT, el viernes por la noche, fue Explore el jardín de los Cárpatos, de José y sus hermanas, segunda pieza de un joven colectivo catalán que critica la Marca España, el turismo, la economía del ladrillo y todo eso que todos los que vamos al teatro seguramente coincidamos en que es una porquería, lo cual me deja una pregunta (sin resolver) que se repetirá en otros momentos del TNT: ¿para qué ponerlo en escena entonces? ¿Como una liturgia? ¿Como quien va a misa?

Lo vi en streaming en directo, desde mi casa, proyectado en pantalla gigante y con unos buenos auriculares inalámbricos. Lo del streaming en directo es algo que ha vuelto con fuerza en este 2020 marcado por la pandemia y, por supuesto, por su culpa. Al día siguiente, el sábado, cuando me hicieron la inevitable pregunta (¿te ha gustado?), y yo contesté, tozudo, que si me había gustado o no me parecía irrelevante, mi interlocutora aclaró que se refería a la experiencia del streaming en directo. Respondí sinceramente que me recordó a los streamings que veía en Teatron hace años: los del festival LP de La Porta (que eran retransmisiones de sus Noches salvajes desde el CCCB), los Escenarios del streaming organizados por PLAYdramaturgia (que eran encargos a artistas para crear algo específicamente pensado para ese medio), las Emisiones Cacatúa que iniciaron Nilo Gallego y Arantxa Martínez, las performances del Laboratorio 987 de Chus Domínguez, Silvia Zayas y Nilo Gallego desde el MUSAC de León y el Teatro Pradillo de Madrid o el Hilo mental de Félix Pérez-Hita y Arturo Bastón retransmitidos desde el Antic Teatre, que también estuvo meses retransmitiendo gran parte de su programación. En aquellos tiempos el streaming en directo era novedad, todo el mundo quería retransmitir en streaming. Con el tiempo se convirtió en algo común que cualquiera podía hacer con su propio móvil. La moda pasó, la gente se cansó (diría) pero el medio seguía ahí, a disposición de cualquiera, hasta que llegó el coronavirus y ahora parece como si algunos hubiesen descubierto de nuevo algo que estaba ya hasta pasado de moda como recurso novedoso. Pero el streaming en directo no es más que televisión en directo, algo que ya existía desde hacía muchos años pero que la tecnología e internet puso al alcance de cualquiera. Es un medio más y, como todos los medios, su bondad o la falta de ella depende de cómo se use. De hecho, Explore el jardín de los Cárpatos tiene un formato que juega con lo televisivo, con micros, con cámaras y pantallas en escena, así que el streaming le añadía una capa más que parecía insertarse perfectamente en la pieza. La retransmisión ayudaba a conseguir ese efecto porque jugaba con una edición en directo, no era la típica cámara fija que permanece estática hasta el final.

Foto: Marta Garcia

Al acabar, una amiga me propuso un debate sobre la pieza. Como mi amiga estaba a muchos kilómetros de mí, el debate fue vía streaming, claro. A ella le pareció que claramente hay un problema con la palabra en la escena contemporánea y que nadie consigue resolver el problema de cómo hablar, cómo decir un texto. La estrategia de proyectar los textos, muy común desde hace un tiempo, seguramente tenga que ver, en muchos casos, con la dificultad de resolver ese problema. De hecho, lo que más me interesó de lo que acababa de ver fue el momento en el que proyectaban textos breves y contundentes que enunciaban objetos típicos españoles agrupados de una manera muy rítmica.

Una hora después mis pensamientos se fueron aún más lejos. Me pregunté en qué se está transformando todo este fenómeno de las artes vivas después de etiquetarlo convenientemente y domesticarlo por parte de la oficialidad, de que al final se acabará estudiando en los centros oficiales, como parecía que era lo más conveniente (aunque seguramente se acabará haciendo de la manera menos conveniente, como suele suceder), y de que los que consiguen convertirlo en su profesión se vayan plegando poco a poco a las condiciones que se les imponen, directa o indirectamente, algunos sin darse cuenta, otros sin poder remediarlo y otros encantados de la vida. Pero, ¿no es lo que ha pasado siempre? Cualquier movimiento, cualquier corriente, comienza a perder sus esencias primigenias en cuanto asoma la cabeza, se despoja de las asperezas, se convierte en algo light y acaba triunfando más por esa razón porque, en el fondo, ya no molesta a nadie pero te da una pátina de modernidad intelectual sin necesidad de preocuparte por entender el fondo de la cuestión. Sinceramente, creo que mi reflexión se vio afectada por el consumo de alcohol y otros estupefacientes. Y al día siguiente tenía que pillar el tren a Terrassa para ver el resto de movidas en vivo y en directo, sobre el terreno, a la antigua, como se llame, lo de toda la vida, vamos. Las necesidades prácticas, como irse a la cama a dormir, acabaron imponiéndose a cualquier tipo de reflexión. Al día siguiente, por la mañana, ya no lo tenía tan claro pero no me dio tiempo de reflexionar mucho más. Otro tipo de cuestiones prácticas se encargaron de distraerme de cualquier tipo de pensamiento especulativo: protegerse de la lluvia, procurarse el alimento necesario para no desfallecer y conseguir llegar a Terrassa a punto para la maratoniana sesión que me esperaba durante la tarde-noche del sábado.

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Notas que patinan #95: TNT (primera parte)

Brilliant Corners en el TNT. Foto: Marta Garcia.

Este fin de semana se ha celebrado en Terrassa una nueva edición del festival TNT (siglas de Terrassa Noves Tendències), un festival que se ha ido convirtiendo en los últimos años en una de las referencias del circuito de lo que algunos llaman artes vivas, un término que aparece por primera vez en el subtítulo de esta edición, aunque el TNT lo eluda en su texto de presentación y prefiera presentar su programación empleando expresiones igualmente controvertidas como “nuevos lenguajes artísticos” o “nuevos formatos” sin ocultar que principalmente acoge “desbordamientos de la escena”, es decir, lo que en otros momentos se ha llamado artes escénicas, sin más, o artes escénicas de creación, o contemporáneas, simplemente, para diferenciarlo del teatro clásico, digamos (metiéndonos de nuevo en otro jardín), o para incluir otras disciplinas como la danza, sin ir más lejos. Podríamos adentrarnos en el análisis de otros términos que el propio festival utiliza para describir su programación (tarea siempre extremadamente complicada, por cierto: si no me creen, intenten ustedes escribir un texto de esas características en sus casas), tales como “innovadora, transdisciplinaria y contemporánea”, términos que podríamos considerar sospechosos habituales como lo son también “actividades participativas” o “participación local” o “prácticas artísticas críticas y comprometidas” o “artistas implicados con los conflictos de nuestro tiempo”, pero no entraremos en analizar el ya habitual lenguaje que encontramos en las programaciones organizadas con recursos públicos porque solo pretendíamos contextualizar la cosa para quien no sepa de qué estamos hablando pero en ningún caso pretendíamos aburrir al personal en el primer párrafo, que quizá es lo único que hayamos conseguido de momento (intentaremos esforzarnos más en el siguiente, a ver si tenemos más suerte).

Esta nueva edición del TNT venía marcada por dos factores. El primero era el cambio de su dirección, por primera vez en la historia del festival. Después de diez años, Pep Pla abandonaba la dirección, que ha pasado a manos de Marion Betriu, quien hasta el año pasado ocupaba el puesto de subdirectora en los Teatros del Canal de Madrid. En ese sentido, y a pesar de ciertos cambios que se comienzan a percibir en esta nueva edición, la línea del festival continúa siendo la misma a grandes rasgos. Es decir, el circuito de las artes vivas (o como quieran ustedes llamarlo) no ha perdido un festival (que era lo que se temía), no ha pasado lo típico que suele pasar en estos casos, que de pronto la nueva dirección se ponga a programar teatro clásico, o lo que se conoce como teatro de texto, que es lo que ya abunda en la cartelera, y se olvide del trabajo de toda la década anterior, dedicada con mayor o menor fortuna a defender y mostrar esas artes vivas que se ven obligadas a etiquetarse con nombres siempre tan extraños para diferenciarse del resto de artes escénicas hegemónicas (sobre todo, escénicas, aunque no solo escénicas) que ocupan la mayoría de escenarios públicos y privados impidiendo que crezca ningún otro tipo de hierba a su alrededor.

Light Years Away

El segundo de los factores que han marcado esta edición es el que ya pueden ustedes imaginar, el que está por todas partes, el que lo impregna todo en este 2020: la plaga, la pandemia, el coronavirus (hasta para esto hay tropecientas etiquetas, parece inevitable). En este sentido, es un éxito que el festival haya conseguido celebrarse sin mayores problemas aunque el ambiente inevitablemente se haya visto afectado, como se han visto afectadas el resto de nuestras vidas, ni más ni menos.

Los festivales como el TNT se caracterizan por que es imposible ir a ver toda la programación y por que quien lo consiga muere. Así que cualquier mirada sobre el festival tengan por seguro que estará totalmente sesgada. Entre otras razones, cuantas más cosas quieras ver más cansado estará tu cuerpo y tu mente para apreciar y degustar las diferentes propuestas que se te ofrezcan. Esto es así. Entonces, ¿para qué un festival? Es una pregunta que nos hacemos a menudo pero que no pretendemos contestar en tan poco espacio (por mucho espacio que le dediquemos seguro que será demasiado poco para resolver una pregunta tan complicada). Entre otras cosas, un festival es un lugar donde la patronal se encuentra con los trabajadores. Pero este punto, al público se la trae al pairo y ni siquiera tiene por qué enterarse (no nos metamos en un nuevo jardín).

Lo pequeño en el TNT. Foto: Marta Garcia.

Todo este último párrafo era solo para hacernos perdonar todo lo que no fuimos a ver pero que potencialmente era igual de interesante que lo que fuimos a ver. De hecho, algunas cosas verdaderamente interesantes que no fuimos a ver sabemos que lo eran porque ya las habíamos visto en otros lugares y épocas. Incluso, en el pasado, llegamos a dejar constancia por escrito sobre algunas de ellas. Es el caso de Light Years Away de Edurne Rubio (aquí también un vídeo), Lo pequeño de Cris Blanco, Guillem Mont de Palol y Jorge Dutor o Brilliant Corners de Orquestina de Pigmeos (aunque en este último caso no la hayamos visto en su versión definitiva, pero aquí va también un breve texto de Jacobo Rivero a partir de la última versión). Ahí dejamos los enlaces para que, quienes no les hayan echado un ojo en su día, puedan hacerlo cómodamente mientras seguimos digiriendo todo lo que vimos durante este fin de semana con el objetivo de ofrecerles, en breve, la próxima crónica sobre esta última edición del festival TNT.

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