Notas que patinan #122: Hammamturgia

Fotografías: Rebecca Bowring

Quizá la noticia no sea que Societat Doctor Alonso presentó su última pieza, Hammamturgia, en la sala grande del Teatre Nacional de Catalunya hace unas semanas (fieles a nuestro compromiso de llegar tarde a las noticias eso sería poco noticia ya). Quizá la noticia sea que Hammamturgia es la segunda pieza consecutiva de Societat Doctor Alonso (la anterior fue Kontrakant, que se estrenó en el Mercat de les Flors justo antes del confinamiento) que insiste en buscar cierta abstracción en la forma en contraposición con cierta tendencia actual a unas artes escénicas explícitamente políticas. Todo es política, así que escoger esa línea también lo debe de ser. Porque, si miramos atrás en la trayectoria de Societat Doctor Alonso, encontraremos otros trabajos estrenados no hace tanto donde también observamos algunos elementos comunes con esa tendencia actual a lo explícitamente político (Anarchy o Y los huesos hablaron, por ejemplo). Que sus dos últimos trabajos se muevan en dirección opuesta ¿qué es? ¿Coincidencia? ¿Hartazgo? ¿Ganas de explorar otros territorios no tan transitados actualmente? ¿Vuelta a los orígenes? ¿Respuesta a la situación actual?

Lo de estrenar en la sala grande del TNC tenía truco, sin quitarle ningún valor. No crean que el TNC ha cambiado tanto, aunque parece que algo se mueve ahí dentro. El estreno en Barcelona de Hammamturgia se enmarcaba en el ZIP, un nuevo ciclo del TNC (que ya existió con el mismo nombre en el Teatro Español, de donde viene la actual dirección del TNC) que acoge ciertas propuestas de artes en vivo que no suelen verse en la programación habitual del TNC. Además de Societat Doctor Alonso, por allí pasaron también en esta edición Psirc, Elena Córdoba, Rosa Casado y Mike Brookes, Xesca Salvà y Marc Villanueva Mir, Laboratorio de Pensamiento Lúdico y Elisa Martínez & Co. Todo concentrado en cinco días, para estrés de la afición. Eso sí, a precios muy populares: ocho euros la actuación.

La Societat Doctor Alonso ocupó el escenario de la sala grande del TNC convirtiéndolo prácticamente en un cubo blanco. El público fue invitado a descalzarse y acompañarles al escenario, al interior de ese pseudocubo en el que cuatro aberturas en la mitad de cada uno de los lados permitían la entrada de público y performers. En escena, Sofia Asencio, Beatriz Lobo, Ana Cortés y Kidows Kim. Maties Palau, en una esquina, ocupándose discretamente de lo sonoro.

Hammamturgia genera y capta el flujo de los cuerpos y las cosas en el espacio, una sucesión que no explica nada, sino que propone y activa transformaciones, una obra coreográfica en definitiva, que trabaja con el espacio y el tiempo.(…) El espacio mismo se está construyendo y/o transformando durante la acción, a la vista de los espectadores. Este espacio no es más que un ambiente compartido. Un ambiente en el que no se distingue un fuera de un adentro. Es sólo una membrana, en la que respiramos (y vivimos, al menos durante este tiempo) juntos. Cuestionamos la idea de que uno puede estar en un “afuera”, donde puede ser un simple observador neutral. Siempre estamos en un ambiente compartido: somos ambiente, el ambiente también es nosotros.

En Hammamturgia las performers manipulan enormes plásticos en escena con los que construyen potentes, sutiles y sugerentes imágenes, a veces contemplativas (como cuando levantan entre todas una especie de mar plástico ondulante o cuando un plástico transparente es lanzado al aire por Ana Cortés para que caiga poco a poco sobre una luz estroboscópica), a veces humorísticas (como cuando Beatriz Lobo toca una gaita aspirando el aire almacenado en la bolsa de la gaita o cuando dibuja un cuadro que la mitad del público no podía ver, a no ser que cambiase de lugar, pero sí oír gracias al trabajo de Maties Palau) y en general abiertas a múltiples interpretaciones según la mirada, la perspectiva y el momento de cada cual. Esas miradas, las del público, rodeaban la acción, la mayoría desde el suelo, donde los cuerpos propietarios de esas miradas decidieron sentarse, en donde les parecía que no podían entorpecer la acción de los performers. Entre el público había varios niños, que se tomaron muy en serio lo que allí pasaba, riendo a veces, inquietos en otros momentos. ¿Qué estarían pensando esos niños? ¿Qué tipo de arte se encontrarán cuando sean mayores? ¿En qué mundo?

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Notas que patinan #121: Diversión obligatoria

Foto: Carolina Olivares

Diversión obligatoria. Así se llama la nueva pieza en la que está trabajando Júlia Barbany Arimany para su estreno en la próxima edición del festival TNT en septiembre. Diversión obligatoria es una coproducción del festival TNT con el Antic Teatre que se ha ido cociendo a fuego lento en el Graner de Barcelona, en La infinita de L’Hospitalet y próximamente en el nyamnyam de Mieres, en la Garrotxa, un buen puñado de lugares donde se cocinan muchos de los platos que acabamos degustando tarde o temprano para seguir calentando el alma cuando viene el frío y refrescándola cuando llega el verano. Júlia Barbany forma parte de Las Huecas, un colectivo que últimamente se expande en diferentes direcciones, y, como el resto de sus componentes, desarrolla sus propios proyectos paralelos, como su Official Presentation of the Gadgets for our Salvation, el último que sepamos, del que ya hablamos aquí hace un año y medio cuando se presentó en el Antic Teatre después de haber pasado por los IN de La Poderosa, otro de los centros imprescindibles del entramado de las artes vivas (¿las seguimos llamando así o ya cansa?) en Catalunya.

El jueves pasado, Júlia Barbany presentó a puerta cerrada en La infinita, para un público reducido, la primera aproximación a Diversión obligatoria. La última vez que vi un trabajo escénico en La infinita fue justo hace dos años, en la primera presentación pública de Aquellas que no deben morir, de Las Huecas precisamente, que se acabó estrenando con tanto éxito en la última edición del TNT. Después del parón de la pandemia, La infinita, con cero ayudas de las administraciones públicas, de momento, vuelve a apostar con fuerza por ceder el espacio de la antigua fábrica de Hospitalet en la que tiene su sede a algunas de las gentes que intentan levantar sus proyectos artísticos en esta despiadada selva.

Lo que pudimos ver el jueves, unos cuarenta y cinco minutos, fue muy sugerente y a más de uno nos alegró el día. En palabras de Júlia Barbany, en Diversión obligatoria, el humor se ha roto; la estructura del chiste se ha visto alterada; y las palabras, sonidos y movimientos se han dislocado. En este mundo de sombras, un personaje lucha entre la depresión y la diversión. Partiendo de una investigación sobre el humor, el título hace referencia a “mandatory fun”, una estrategia que supuestamente mejora el rendimiento de una empresa a partir de actividades que evocan una diversión pretendidamente espontánea entre los trabajadores. El “mandatory fun” se convierte en el retrato de una generación deprimida que se mantiene en la autoparodia como estrategia de supervivencia. La nueva era del posthumor en las redes entiende la existencia desde el ridículo y nos da la bienvenida a la nueva dictadura del humor. ¿Cómo se vive secuestrado dentro de un chiste?

Júlia Barbany es una actriz excelente. Sin que pase prácticamente nada en escena, sin hablar, sin prácticamente moverse, es capaz de ponerse al público en el bolsillo, caracterizada con una nariz y una calva postizas y con el vestuario más cutre posible. Pero además de actriz es una creadora singular que se sitúa en un territorio límite entre el humor más ligero y una profundidad que parece que no esté ahí. Sola en la oficina, se dedica a limpiarla comportándose como una especie de Mr. Bean catalán y un poco drag queen con especial atención a todo lo escatológico. El contraste entre las canciones que sonaron (alguna grabada por ella misma), que apelaban a la alegría de vivir, y su actitud de derrotada de la vida era absolutamente patético y lanzaba un mensaje de la más agridulce crítica desesperanzada (pero que sorprendentemente hacía renacer nuestra esperanza) sin permitirse ni una alusión literal a lo mal que está todo. Todo era de una tragicomedia exagerada (pero contenida) hasta el final, cuando ya el público no podía aguantar más la risa. Y entonces se acabó.

A pesar de la economía de medios (ni siquiera había luces en escena más que la luz natural que entraba por los ventanales de La infinita), la escenografía estaba curradísima aun en su intencionada cutrez, un músico en escena, Petit ibèric, creaba música en directo coordinada con la acción (¿cuánto tiempo hacía que no veía eso?) y participaron hasta seis intérpretes más que intervinieron puntualmente, entre las cuales se encontraba otra de Las Huecas, Núria Coromines, además de Guillem Barbosa o Carolina Olivares, directora de La infinita junto a Jordi Colomer.

Después de este adelanto (espero no haber hecho ningún verdadero spoiler) creo que no me equivoco si digo que el sentir general, aparte del buen rollo que se generó, era de curiosidad por lo que aún está por llegar. Da para serie de televisión.

 

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Notas que patinan #120: Canto mineral

© Silvia Poch

AzkonaToloza acaban de estrenar Canto mineral en el Espai Lliure. Estarán allí hasta el 22 de mayo. Laida Azkona y Txalo Toloza-Fernández, junto a su equipo, han desarrollado esta pieza como compañía residente en el Teatre Lliure gracias a las Ayudas a la creación Carlota Soldevila, que están especialmente dirigidas a artistas escénicos que pretenden dar un giro a su carrera artística. AzkonaToloza llevan unos años dedicados a la Trilogía Pacífico (Tierras del Sud, Teatro Amazonas y Extraños mares arden), un tríptico sobre “la realidad neocolonial en la América del Sur de hoy día” que les ha traído un gran reconocimiento a su trabajo (su último espectáculo abrió el Festival de Otoño de París y la trilogía al completo se ha podido ver recientemente en el Teatre Lliure, por poner dos ejemplos) en el terreno de lo que podríamos llamar, reduciéndolo un poco, teatro documental. Pero, veamos entonces, ¿en qué se está traduciendo este giro en el trabajo de AzkonaToloza?

Para empezar, la cosa ya no va sobre América del Sur, si es que alguna vez fue sólo de eso, claro. Esta vez el tema sociopolítico central (llamémoslo así) sería lo que está sucediendo en el mundo como reacción a la carestía actual de minerales necesarios para el incesante desarrollo de la industria tecnológica. Hablamos de litio y de todo eso que necesitan las baterías, los chips, los ordenadores, los móviles y el resto de cacharros por el estilo que inundan el planeta (¿hay ya más teléfonos móviles que personas?). Los gobiernos y las multinacionales están volviendo a la minería que ellos mismos intentaron cerrar para siempre para conseguir ahora esos materiales que necesita la industria tecnológica para seguir a todo fuelle. Hay verdaderas luchas geoestratégicas por culpa de eso. Pero lo peor es que empresarios como Elon Musk (que acaba de comprar Twitter) están preparando viajes a Marte para colonizar ese planeta y, hablen de eso o no en la publicidad sobre el tema, hacerse con esos minerales que en la Tierra comienzan a escasear. Y quieren colonizar Marte con las mismas estrategias extractivistas que están llevando al abismo a la vida en nuestro propio planeta. Es todo demencial y así se denuncia en esta pieza. Así que AzkonaToloza han cambiado de ámbito geográfico pero el tema que denuncian, con sus infinitas variaciones, sigue siendo el de siempre, que por otra parte no sabría cómo describir para hacerle justicia. Ah, eso: ¿hablan de la infinita variedad de formas que adopta la injusticia que ciertas personas ejercen contra otros seres (humanos incluidos)?

© Silvia Poch

Canto mineral, comparada con la trilogía anterior, apenas tiene texto proyectado pero, de todas maneras, sigue sosteniéndose sobre un texto densísimo y documentado que enlaza un tema con otro, por muy alejados que estén, con inteligencia y mucha chispa. Pero, en vez de hablar de nuestras desgracias planetarias situándose en el presente o en el pasado, esta vez se colocan en el futuro. Esa es una diferencia destacable porque así, como quien no quiere la cosa, entran en el territorio de la ciencia ficción. Y, al entrar en la ciencia ficción, aprovechan para permitirse unos destellos de humor, que quizá sea otra de las novedades (como cuando se hace referencia al Instituto Aeroespacial Ramon Llull, que en la actualidad, sin lo de Aeroespacial, es el que da dinero a los artistas catalanes para sufragar parte de los gastos de desplazamiento al extranjero). Laida Azkona y Txalo Toloza-Fernández siguen diciendo esos textos en escena, como hasta ahora, con sus pinganillos, al estilo verbatim, pero hay otra novedad: ahora João Lima también está en escena para ayudarles en eso. En eso y en lo demás, porque João Lima también canta (y Txalo Toloza-Fernández rapea, no se lo pierdan), pero también colabora en la construcción que durante toda la pieza, poco a poco, desarrollan ante nuestros ojos, a base de cuerdas y rocas, básicamente, además de adentrarse en territorios que insisten en incluir, cada vez más, algo de movimiento en escena. Lo que no cambia es que la ilustre Ana Rovira está al mando de las luces pero esta vez esas luces quizá cobren más importancia que en el resto de la trilogía. En cualquier caso la iluminación se ha sofisticado en sintonía con lo que se pretende iluminar. Canto mineral, se llama. Por eso uno de los objetivos parece ser que oigamos a las piedras. Y para eso utilizan unos micrófonos piezoeléctricos que captan el sonido que emiten las rocas al ser manipuladas por los performers para que Rodrigo Rammsy, en escena, lo convierta en música.

La pieza está dedicada a Ángela Fernández, la madre de Txalo Toloza-Fernández, que falleció en Chile durante el proceso de creación. Es inevitable que la tristeza impregne toda la obra, por muchos esfuerzos para contrarrestarla con algo de humor. Pero esa tristeza, esta vez, se convierte en poesía: “no todos los días nace una montaña”. ¿Va a ser que al final será la poesía la que consiga salvarnos?

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Notas que patinan #119: Subsol

El jueves pasado, en el hall del CCCB, a eso de las siete y media de la tarde, Chema Pamundi, youtuber especializado en juegos de mesa, presentaba la primera sesión de un nuevo festival sobre cultura popular y subcultura, Subsol, compartiendo con el público una reflexión sobre la separación entre alta cultura y cultura popular a través de un par de ejemplos que a él le parecían intercambiables: un momento del programa de televisión El Chiringuito en el que el tertuliano Cristobal Soria intenta tocar la trompeta en la oreja de otro tertuliano que le ignora olímpicamente y una performance de Yoko Ono gritando ante un micrófono en el MoMA de Nueva York. Chema Pamundi opinaba que Yoko Ono podría ser una excelente tertuliana de El Chiringuito mientras que Cristobal Soria podría haber actuado en el MoMA con su trompeta. Está todo ya muy roto, muy abierto, muy mezclado.

Kiko Amat, novelista, articulista y director de Subsol, ha diseñado este nuevo festival en forma de ciclo (una sesión cada mes hasta mayo) como un espacio para dar cabida a propuestas que, por definición, quedan excluidas de los parámetros de la cultura seria y de la cultura alta o académica: marginalidad, outsiders, subcultura, baja cultura y arte lowbrow, de lo subterráneo a lo popular, en forma de tebeos raros, humor duro, música urbana o literatura proleta o populachera. Ya apuntaba un poco hacia esa dirección el festival Primera persona, que Kiko Amat codirigió junto a Miqui Otero hasta hace bien poco, también en el CCCB. Pero Subsol convierte ahora esa temática en su primer objetivo, en su misión, y no precisamente con el ánimo de realizar arqueología sobre raras subculturas del pasado sino con la voluntad de poner el foco en lo que está pasando ahora mismo ahí fuera.

El jueves, en un escenario intencionadamente cutre presidido por un tresillo y dos pantallas de vídeo a cada lado, Chema Pamundi oficiaba como maestro de ceremonias de esta primera sesión presentando y dando paso a cada uno de los tres invitados: Kike García, uno de los directores de El Mundo Today, el dibujante y novelista Juarma y la cantante de drill Bebegrande.

Kike García, en representación del equipo de El Mundo Today, presentó su desternillante intervención como un intento de sacarnos de nuestra profunda ignorancia. Habéis entrado aquí sin saber nada pero saldréis sabiéndolo todo, nos vino a decir. Con ese ambicioso propósito su charla partió del instante anterior al Big Bang para dar un repaso a la historia del ser humano hasta nuestros días y un poco más allá. Con el estilo y tono que han hecho famoso a El Mundo Today y apoyado por las imágenes que iban apareciendo en las pantallas laterales, Kike García realmente disparó en todas direcciones sin eludir ningún tema conflictivo, más bien metiéndose en los jardines más arriesgados (la independencia de Catalunya o el feminismo, sin ir más lejos). Nos encanta estar aquí porque nos encanta beber de la teta del estado, comenzó diciendo. Las carcajadas constantes que arrancó al público que abarrotaba el hall realmente no eran mal plan para comenzar una sesión de tarde que se prolongaría hasta diez minutos más allá de las diez de la noche.

Juarma, a quien muchos hemos comenzado a conocer recientemente por su novela Al final siempre ganan los monstruos publicada por Blackie Books, también nos arrancó unas risas pero mezcladas con cierto sabor agridulce, a ratos tierno y a ratos punk. Sentado en el tresillo, antes de comenzar avisó de que jamás había hablado ante tanto público junto y, provisto de unos papeles, dijo que iba a leer mayormente su intervención, titulada Reventar la cabina telefónica de mi pueblo a pedradas tres veces me convirtió en dibujante, aunque a medida que avanzaba en el relato de su trayectoria como dibujante de cómics, salpicado de anécdotas vitales, se fue soltando cada vez más hasta arrancar varias ovaciones del público. Mientras Juarma nos ponía al corriente de cómo un tipo nacido en una familia muy humilde de un pueblo andaluz en 1981 ha acabado convirtiéndose en novelista después de trabajar desde los catorce años como albañil o como jornalero en la vendimia del sur de Francia, contemplábamos las fascinantes portadas de su larga trayectoria fanzinera y sus no menos fascinantes títulos: Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco, Me gustas pero dentro de un nicho, Amor y Policía o Los Bocadillos de Chopes.

Juarma nos habló de sus referentes (las viñetas de Roger Pelàez en el TMEO o el Azagra de Pedro Pico & Pico Vena), de sus rabiosos haters, del progresivo control de su ira y de la paz que ha sentido siempre cada vez que se ha puesto delante de un papel a dibujar.

Bebegrande cerró la sesión cantando sus temas mientras se paseaba con mucha calma por el escenario en lo que para muchos sería seguramente el primer contacto con el fenómeno drill, una escena musical que está tomando el relevo del trap y que se caracteriza por que sus protagonistas son jóvenes racializados y por un fuerte contenido social. El drill nació en Estados Unidos y nos ha llegado a través de Gran Bretaña. Una vez en Europa algunos, seguramente los mismos de siempre, posiblemente el mismo tipo de gente que se empeñaba en hacerle la vida imposible a Juarma en su infancia y adolescencia, han creído ver en el drill un fenómeno peligroso que debía ser reprimido siguiendo la máxima de matar al mensajero en vez de intentar arreglar las injusticias que pretende denunciar, como señaló Chema Pamundi en su presentación. Nacida en Lisboa en 2001, hija de un peón caboverdiano y una camarera angoleña, Bebegrande ha crecido en el barrio zaragozano de Delicias y canta temas en los que se mezcla el castellano, el portugués, el inglés o el francés, una mezcla de lenguas que es otra de las singularidades del #spanishdrill. Bebegrande defendió con mucha elegancia su repertorio a pesar de que una parte del público comenzó a abandonar el hall del CCCB a medida que se acercaban las diez de la noche (What you wanna do? Si no hay nada que hacer, cantaba Bebegrande) y a pesar también de que el público que la acompañó hasta el final debía mantenerse sentado porque no parecía haber otra alternativa (déjame fluir, cantaba Bebegrande). Asistir a un concierto de drill sentados y sin bar, después de dos horas de intervenciones, no parecía el ambiente más propicio para la actuación pero a Bebegrande no pareció importarle. Todo mal que viene siempre con un bien vendrá, es el lema que Bebegrande repite una y otra vez en sus temas como un mantra.

Las próximas sesiones de Subsol, a un precio popular de diez euros (siete con reducción y gratuito para los parados), se celebrarán el próximo 9 de abril (con Chill Mafia, Las chicas del Viernes y Saïm) y el 12 de mayo (con Peter Bagge, Bobby Gillespie y Baya Baye).

Fotografías: CCCB, Albert Uriach, 2022

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Notas que patinan #118: Baile de máscaras

Por mucho que nos empeñemos en sepultar el mundo con toneladas de residuos y que no tengamos ni idea de su alma, enquimerados por el consumo y el crecimiento exacerbados, el mundo sigue girando alrededor del sol —que todavía no se ha apagado y nos sigue iluminando todos los días—. Las tradiciones más atávicas que nos vinculan a los ritmos planetarios no se han perdido y queremos volver a atizarlas juntos como es debido.

Así comenzaba el texto de presentación del Baile de máscaras que se celebró en el CCCB la noche del sábado pasado dentro de las actividades paralelas de la exposición La máscara nunca miente. En pleno carnaval. Este año os invitamos a venir bajo tierra a celebrar el deshielo y el futuro florecimiento, el trastoque de las costumbres y el imaginarlo todo de nuevo. Sólo estaba anunciado el nombre del comisario: Martí Sales.

Haremos un baile de máscaras con misterio y lentejuelas: no le diremos ni quién habrá ni qué pasará (…). Venid con ganas de dejaros hacer —os facilitaremos máscara y transformación de entrada—, con los sentidos abiertos de par en par para recibirlo todo bien —los cuerpos imprevisibles, el ritmo y la luz, todo dispuesto expresamente para asegurar la juerga y el baile, la alegría de encontrarnos y celebrar.

La gente tiene ganas de fiesta, de encontrarse y de bailar. Hace pocas semanas que los locales de ocio nocturno han vuelto a reabrir sus puertas en Barcelona. ¿Pero justo un baile con máscaras? ¿Más máscaras aún? Giacomo Casanova cuenta en sus memorias que las máscaras venecianas no sólo se utilizaban en el carnaval de la Venecia del siglo XVIII. También era común encontrárselas en la ópera de París, por ejemplo, en cualquier época del año. Con la máscara el anonimato estaba asegurado. Podías ver sin ser visto. Bueno, sí, te veían pero no sabían quién eras. Tampoco podían averiguar fácilmente tu edad. Y el aspecto de tu rostro pasaba a un segundo plano. Incluso el género. ¿Qué debían sentir aquellas gentes enmascaradas? ¿Qué pasaría si a las mascarillas les sumásemos el antifaz? ¿O directamente una máscara de carnaval veneciano, como se hizo en anteriores epidemias? Eso me preguntaba yo cuando comenzamos a llevar mascarillas por la calle. Fui a buscar la respuesta al CCCB.

En la entrada al hall, Guillem Mont de Palol y Jorge Dutor enmascararon a todo el mundo mientras les invitaban a sentirse libres. La invitación resultaba inquietante, como si realmente necesitásemos que alguien nos recordase que se supone que somos libres, después de un par de años de control, de restricciones, de distancia social, de mascarillas y de represión. Sí, pensándolo bien, quizá necesitemos un empujoncito. Un poco de terapia. Una terapia de choque como pasar de la mascarilla a la máscara total y luego meterte a una fiesta donde te invitan a sentirte libre. Parece casi un exorcismo.

Todo el mundo en la fiesta iba con las máscaras que te daban en la entrada. La mía estaba fabricada con una cartulina circular dorada, como la que se utiliza para las tortas en las pastelerías, a la que habían practicado un par de agujeros para los ojos. La máscara llevaba una goma para ajustarla y una tela que caía por detrás tapando de la cabeza hasta los hombros. Pero había muchos más tipos: capirotes, máscaras de tela, bolsas de papel… Ni siquiera podías quedarte con la máscara que llevaba alguien esperando reconocerle luego porque no eran máscaras de uso exclusivo, las máscaras se repetían. Ahí está la gracia. Y la desgracia. Aunque si querías ver los rostros detrás de las máscaras tenías una oportunidad. No había bar en el hall. Seguramente por el covid la organización había preferido colocar una barra en el patio, sobre un césped artificial que recordaba al Sónar. Para beber había que salir al exterior, sacarse la máscara y, claro, la mascarilla.

Clara Aguilar abrió el baile, sin máscara, a cara descubierta (la única en la sala), con su electrónica de teclados ambiental y estilizada. Durante la actuación reclamó su máscara a la organización. Ya con su máscara su música fue caldeando poco a poco el ambiente hasta que la gente se arrancó a bailar. Entonces llegó la primera pausa y quien quiso se fue al bar a quitarse la sed y la máscara.

A la vuelta nos esperaba el voguing de Chichi, Jayce Gorgeous Gucci, Guillotina 007, Nolani 007, Tolu Laveaux y Diwata Laveaux. Se presentaron como gente que practica el voguing desde el transfeminismo y el antirracismo, se hicieron un pasillo entre el público y comenzaron su espectáculo jaleadas por el público al ritmo de la música. A ellas se sumaron algunos espontáneos de su mismo nivel. A veces no necesitaban moverse mucho, simplemente con mostrarse a sí mismas y su exuberante atuendo, un esplendoroso kimono rojo, por ejemplo, o mover los labios como si hiciesen playback del tema que estuviese sonando, eso ya era suficiente para que el público las jalease a muerte. Pero, vamos, que también hubo caídas verticales al suelo en espatarre total de esas que hacen temer por la integridad física de quien las practica. Actuaron dos veces durante la noche. Unos días después una amiga me dijo que está aprendiendo voguing, que lleva ya cuatro sesiones. Vuelve el voguing.

También hubo circo a cargo del Konvent de Berga con las enmascaradas Emiliano Pino, Paola Milovic, Patricia Carmona y Valentina Risi. La actuación consistió en una sesión de bondage con una chica que iba en silla de ruedas mientras dos músicos tocaban a un lado con guitarra eléctrica y electrónica. La chica fue atada con cuerdas y colgada boca abajo de una estructura metálica para finalmente volver a su posición inicial. La incomodidad del público se palpaba en algunos momentos. El público enmascarado que rodeaba la acción daba un tono aún más inquietante al conjunto. Nos mirábamos pero no podíamos ver las caras que poníamos.

La actuación de Joan Colomo con Xavier Garcia a la batería y Guille Caballero en los teclados, La Radiofórmula, se encargó de disipar cualquier atisbo de mal rollo. Lo que interpretaban era como un popurrí de éxitos que iban desde Daft Punk a Rocío Jurado pasando por Estopa, Tina Turner, Europe o Kylie Minogue. Lo versionaban todo pasándolo por su particular turmix, con una actitud punk y descuidada pero que musicalmente dejaba a la vista lo esencial, lo suficiente como para que el público bailase a tope e incluso corease las canciones, como si nos aplicaran un par de agujas en puntos de acupuntura que activasen el resorte de las cajitas donde guardamos la memoria de cada uno de esos temas que por razones muy diferentes parece que han quedado archivados en nuestro inconsciente colectivo o algo así. Y la gente bailó. Bailó y lo dio todo. Tenían muchas ganas. Yo ya me sentía como cuando era un adolescente y me perdía en una fiesta de fin de año en la que no conoces a nadie.

Después de otra sesión de voguing que acabó de caldear el ambiente, Núria Martínez Vernis y Oriol Sauleda cerraron el baile con una breve intervención poética a dúo con la que nos despidieron. Sonaba Mi fábrica de baile de Joe Crepúsculo cuando me despedí del baile. Subí la rampa del hall que conduce al patio, me saqué la máscara definitivamente y, con ella en la mano, me dirigí a la calle aliviado por ir con la cara descubierta. Por la calle me encontré más máscaras y algunas mascarillas, aún.

Fotos: Alice Brazzit

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Notas que patinan #117: Solo vine a bañarme

Solo vine a bañarme es la primera pieza escénica de Andrea Pellejero, cofundadora también del colectivo Las Huecas y la compañía Monte Isla. Este mes de febrero, Solo vine a bañarme se estrenó en Barcelona, en La Caldera, durante el festival Sâlmon, y una semana después se pudo ver en el Antic Teatre, durante cuatro días. La pieza parte del resultado del trabajo final de carrera en el Institut del Teatre donde Andrea Pellejero conoció a sus compañeras de Las Huecas y donde se graduó en 2019 con el itinerario de teatro visual, “un reducto de libertad y experimentación en la institución”, según sus propias palabras. Solo vine a bañarme surge de un episodio autobiográfico: a los diecinueve años Andrea Pellejero tuvo un ataque de pánico en su bañera. Durante esos instantes tomó consciencia de su miedo a la muerte. A partir de entonces nada será lo mismo.

Foto: Camille Irrgang

En el Antic Teatre, antes de entrar directamente al escenario por una puerta lateral, Úrsula Tenorio explica al público que puede sentarse o transitar por todo el espacio escénico. Una vez dentro, en escena nos recibe una inquietantemente sonriente Andrea Pellejero mientras Alba Latorre se baña en una bañera. En la bañera. Esa bañera acabará ocupando el espacio central, allá al fondo, rodeada de espejos y escondida a medias de la mirada frontal del público por unos biombos, como si estuviésemos espiando a Andrea Pellejero a través de un par de puertas abiertas mientras se baña en su cuarto de baño. Con ella se bañará también Alba Latorre pero, como si estuviese en otra dimensión, parece que Andrea Pellejero no pudiese ver a la que parece su doble, aunque a veces la ayude a enjabonarse. Podemos ver la escena a través del reflejo de los espejos. Podemos acercarnos hasta la puerta. O podemos entrar. Úrsula Tenorio se pasea por escena en su rol de maquinista, que es como la ha presentado Andrea Pellejero al inicio. Llena la bañera de agua, modifica la posición de los biombos, coloca el jabón en la bañera, indica al público dónde debe colocarse si necesita que se retiren para poder cumplir su cometido. Mientras tanto, Adrià Girona, desde la primera fila de las gradas, se encarga de añadir a la escena una banda sonora, de manera que a veces parece que estemos viendo cine. Sólo que podemos ver cómo Adrià Girona crea esos sonidos en vivo y en directo: el sonido de las gotas de agua con un micro en una pecera y la música con una guitarra eléctrica que reposa en horizontal mientras frota sus cuerdas con un arco de violín. Mientras tanto, Ana Rovira le da la guinda con sus luces, desde la cabina técnica. Todo eso está pasando al mismo tiempo para que podamos sumergirnos en una escena delicadamente impactante y contemplativa donde, si lo buscamos, seguramente esté mucho de lo que Andrea Pellejero debió sentir aquel día que, por primera vez, tuvo miedo a desaparecer. Y, si tenemos suerte y la magia funciona, seguramente reconoceremos algo de todo eso porque a nadie le es ajeno. Al menos a nadie que haya pasado el suficiente tiempo vivo.

Foto: Camille Irrgang

El miedo se sacude con la música, bailándola, cantándola. También con la palabra, hablando o escribiendo. O con las imágenes. Haciendo cosas raras o creando objetos perecederos, como todo lo demás, con tus propias manos. Todo eso lo hace Andrea Pellejero en esta pieza mientras se detiene a pensar sobre el abismo del que partimos para, después de unas cuantas vueltas, caer por el siguiente abismo que nos espera un poco más allá. Lo curioso es que, con esta temática, no se acabe convirtiendo en una pieza asfixiante. Más bien todo lo contrario: una vez hemos visto las orejas al lobo parece que la única salida sea chapotear en el charco con alegría o, al menos, sin desesperación, sin histerismo, convirtiendo la consciencia de nuestra propia mortalidad en un motor para vivir la vida.

Definitivamente lo más impactante de Solo vine a bañarme son las imágenes que crea. Ella solo vino a bañarse pero, de paso, y de regalo, nos ha dejado la bañera. Y con ella todo lo demás.

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Notas que patinan #116: Más allá de la ficción


Imágenes del festival Sâlmon: Mila Ercoli

Hall del CCCB. Viernes 11 de febrero de 2022, seis de la tarde.

Un público numeroso que mira hacia una pared espera a que aparezcan Pablo Gisbert Donat y David Aguilar Sanjosé. Las personas del público han venido convocadas por la décima edición del Sâlmon, el festival de artes vivas de Barcelona, para asistir a una conversación titulada Ficciones, futuros, historia, en diálogo con la exposición La máscara nunca miente, como el resto de la programación del Sâlmon que pasa en el CCCB. Hasta hace unos días también se anunciaba la presencia en la charla de Paz Rojo, que actúa en el festival el próximo viernes (en otro escenario: en el Mercat de les Flors), pero al final no ha podido ser. Pablo Gisbert, la mitad de El conde de Torrefiel, sí está aquí y está porque El conde presentó su Ultraficción nr. 4 / Working Class dos días antes, en el Santa Mònica. Mientras esperan, algunos de los presentes recuerdan que este mismo espacio fue hace más de diez años el escenario de otro festival del mismo estilo: el LP que organizaba la desaparecida La Porta. Antes de eso también acogió las Noches salvajes, también de La Porta. Y antes de eso… En fin. Antes de eso también pasaban cosas aquí que aún no se llamaban artes vivas porque la etiqueta de moda era otra (no se sabe por qué, cambia cada siete años) pero no dejaba de ser lo mismo. Aquí, en el CCCB, un público muy heterogéneo (y eso era lo que más molaba) se enamoró y aplaudió a rabiar a Ángelica Liddell, Cris Blanco, Nilo Gallego,Teo Baró, Sergi Fâustino, Bea Fernández, Carmelo Salazar, Rosa Muñoz, Òscar Dasí, Esther Ferrer, Carles Santos encarnado en Bea González y muchos otros nombres aún más famosos ahora que entonces o ya desgraciadamente olvidados. Mientras esperan sentadas, las personas del público que comenzaron a crecer y a alimentarse artísticamente en el CCCB cuando eran veinte años más jóvenes no pueden evitar acordarse de cómo el CCCB fue durante años uno de los principales centros donde iban descubriendo todo ese mundo. Parece, no se sabe por qué, que en los últimos años se había perdido la conexión. El viernes fue un momento señalado para algunos de los asistentes porque daba la impresión de que, después de muchos años, la conexión volvía a funcionar.

Hall del CCCB. Domingo de diciembre de 2002, por la tarde.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique está sentado ante un público que abarrota el espacio. Ha sido invitado por el festival literario Kosmopolis. Está borracho como una cuba y se nota. Se tambalea, habla muy despacio. Se ha emborrachado para superar el miedo escénico. Lo que dice es tan interesante, tan brillante, y lo dice de un modo tan ameno, tan divertido, con unas pausas tan teatrales, que el público está completamente entregado. A veces, incluso ríen a carcajadas.

Rambla del Raval. Miércoles 9 de febrero de 2022, cuatro y media de la tarde.

A la altura de la escultura del gato de Botero, donde le han citado por correo electrónico, un tipo se encuentra con Alberto Cortés, quien le entrega un sobre y un bolígrafo. En él están las instrucciones que debe seguir para participar en El camino del ardor, con el que se inicia el Sâlmon. Dentro del sobre también hay una pegatina de El ardor y un código QR. El tipo se da cuenta de que nunca se ha parado a pensar qué significa QR. Lo busca en internet con su móvil y lee que QR son las iniciales de Quick Response. O sea que un código QR es un código de respuesta rápida, se dice a sí mismo sin abrir la boca. Con su móvil, el tipo lee el código y descarga un audio que reproduce colocándose unos auriculares mientras piensa en la realidad, en la ficción y en Matrix Resurrections. En él (reconoce la voz con acento andaluz) el propio Alberto Cortés le cuenta que hay una señora haciendo calceta sentada en esos bancos circulares que han puesto en la calle. El tipo ve a la señora. Esa señora bien podría ser el Oráculo de Matrix, piensa. Pronunciando muy lentamente, el audio prosigue contándole más cosas sobre ella. La lentitud con la que pronuncia las palabras sugiere que está leyendo. Eso le hace pensar que quizá lo que cuenta sea ficción pero eso a él le da igual. Para el caso es lo mismo. Las instrucciones del papel le piden que se dé una vuelta por el barrio y que coloque la pegatina en algún lugar donde detecte un punto de ardor. Una calle solo puede entenderse desde la ocupación con pasión, lo demás es un contratiempo que vamos soportando. Las calles son tuyas. El tipo se dirige a los jardines de Rubió i Lluch, que a él le parece uno de los lugares más bonitos del barrio. Antes de entrar pone la pegatina en la puerta. Las instrucciones le piden que luego escriba una lista de cosas o lugares de su día a día donde haya detectado algo parecido al ardor. El tipo se para a escribir bajo los arcos góticos. Ahora debe dirigirse a la plaza del MACBA y buscar a una chica con una bolsa del Sâlmon y un conejo blanco tatuado en el hombro. Ah, no, que eso es en Matrix. La encuentra en mitad de la plaza, le da el sobre con su lista y a cambio recibe más instrucciones, otro código QR y una rosa. Camina por el barrio y presta atención a los sinvivires en la boca del estómago con los que te cruces. Eso hace el tipo y le parece ver bastantes. Dónde están los poetas cuando más se los necesita. Dónde están los poetas en las calles. Búscalos. El tipo los busca pero no los encuentra. Si no has encontrado ningún poeta es porque no están en las calles; están escribiendo del amor en sus habitaciones y hablando del amor en sus suburbios secretos. El tipo ya se imaginaba algo así. Tiene que haber amor en alguna esquina del Raval. Ve a detectar algo que irradie amor y ofrécele tu rosa. El tipo obedece una vez más, ya totalmente entregado a la causa, aunque no le gusta nada que le den órdenes. Levanta la mirada y ve a tres jóvenes sentadas irradiando tanto amor que le da miedo mirarlas fijamente a los ojos por si se queda ciego o por si tienen los ojos grises. Se acerca y, para no asustarlas, porque vaya movida, les dice con toda la delicadeza de la que es capaz: ¿me permitís que os regale esta rosa? Las chicas se sorprenden y le dedican una sonrisa nerviosa. Se lo esperaba pero no se inmuta. La del medio, que tiene los ojos grises (y eso le produce al tipo un escalofrío porque le recuerda a los personajes de un relato de ciencia ficción que leyó hace años), pregunta: ¿por dinero? No, a cambio de nada. Y añade, para animarlas: ¿no os gusta? Las chicas dudan pero la de la derecha (que tiene los ojos verdes) dice que sí y extiende su mano. El tipo le da la rosa y se va.

Claustro del Santa Mònica. Miércoles 9 de febrero de 2022, siete de la tarde.

El conde de Torrefiel presenta Ultraficción nr. 4 / Working Class ante un público de ciento y pico personas (no caben más). Básicamente la cosa consiste en poner a currar en trabajos manuales a veinte estudiantes de arquitectura para construir un tótem de seis metros de altura con cartones y cinta adhesiva. ¿Por qué de seis metros? Porque el techo es de siete. Si no, lo construirían más alto. Una vez construido (tardan una hora y pico) levantan el tótem entre todos con la ayuda de unas cuerdas y unas poleas. Lo dejan ahí medio minuto y lo vuelven a bajar. A continuación entra una trituradora. Los estudiantes destruyen el tótem con sus propias manos, separan el cartón de la cinta adhesiva e introducen el cartón en la trituradora mientras la trituradora va escupiendo el cartón triturado a escena. Mientras sucede todo esto se proyectan unos textos en una pantalla rectangular que no son más que dos cartones puestos uno al lado del otro. Esos textos describen lo que vemos en escena pero también describen una escena que pudo haber pasado en una época prehistórica justo en este mismo lugar, cuando una mujer se puso a pintar en una cueva el contorno de un ciervo, con el mar a sus espaldas. Un mar que, por supuesto, aún no se llamaba Mediterráneo. Los textos también hablan de construcciones históricas y emblemáticas. Más tarde escuchamos por los altavoces unas grabaciones. En una de ellas, Pablo Gisbert y Tanya Beyeler, la otra mitad de El conde de Torrefiel, les cuentan a los estudiantes lo que quieren hacer unos días después, o sea, hoy. En concreto, Pablo Gisbert cuenta con mucha gracia la historia bíblica del becerro de oro, que es de donde sale lo de construir un tótem. Luego escuchamos a varios de los estudiantes respondiendo a las preguntas que les hacen, aunque sólo escuchamos las respuestas, no lo que les preguntan. Hablan en términos muy críticos sobre la sociedad actual y especialmente sobre el trabajo. Uno parece tener muchas ganas de hablar sobre la estafa de edificio que el recientemente fallecido arquitecto Ricardo Bofill le coló a Jordi Pujol para el Teatre Nacional de Catalunya. Que se lo coló lo dice el estudiante, porque Jordi Pujol no era tonto (en ese sentido, al menos) y seguramente sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Hall del CCCB. Viernes 11 de febrero de 2022, ocho y media de la tarde.

Una mujer está entre el público viendo a Pauline L. Boulba presentando una pieza que parece una conferencia: As Buffard as possible. Está también dentro del Sâlmon. En ella habla de sus abuelos y muestra vídeos en los que, bajo sus órdenes, sus abuelos intentan reproducir extractos de películas rodadas por Alain Buffard, un coreógrafo francés que murió en 2013. Lo hacen bastante mal y eso da mucha risa. Además de mostrar vídeos de obras de Buffard la artista francesa habla de Jill Johnston, una crítica de arte, escritora y artista norteamericana de origen británico que murió en 2010. Pauline L. Boulba nos enseña vídeos de reenactments realizados por ella misma de películas que Andy Warhol grabó con Jill Johnston bailando en una azotea y también material audiovisual sobre el grupo punk berlinés de los setenta The Flying Lesbians. Hacia el final la conferencia pasa a convertirse en una pieza escénica, con música y danza. Aparece un coro queer con acompañamiento de guitarra. Hasta entonces la mujer había ido siguiendo la conferencia con interés porque le llamaban la atención todos los referentes que utilizaba la artista, todos gente que no conocía. Pero, en cuanto se hace el silencio y una de las intérpretes comienza a pintarle un bigote a Pauline L. Boulba, la mujer comienza a sentir un cansancio infinito. Y cuando se ponen a actuar y a bailar con poses pretendidamente masculinas la mujer escucha la palabra institución, cae rendida y se duerme, como si la hubiesen hipnotizado. Un segundo antes de dormirse se acuerda de la última entrevista que Noam Chomsky, con noventa y cinco años, ha concedido a un medio español.

Hall del CCCB. Viernes 11 de febrero de 2022, seis y dos minutos.

Alberto Cortés contempla desde el público a Pablo Gisbert y David Aguilar. Ayer, Alberto presentó El ardor en el Santa Mònica. Puede estar satisfecho, todo el mundo que lo vio está hablando de eso hoy. Hay opiniones para todos los gustos pero la mayoría señala la originalidad de la propuesta. Vamos, que no es la típica pieza adocenada que sigue la tendencia imperante, sea la que sea la que impere. Además, las opinadoras señalan que tiene una fuerte presencia escénica y el hecho de que también utilice su cuerpo, además de su verbo. El pobre debe de estar agotado. Eso es lo que piensa el tipo que fue a su Camino del ardor pero que no pudo ir a ver El ardor y se lo han tenido que contar.

Hall del CCCB. Viernes 11 de febrero de 2022, seis y cinco.

Pablo Gisbert ya está en posesión de la palabra y se arranca a hablar, en castellano, a pesar de que David Aguilar le ha hecho una pregunta en catalán y Pablo Gisbert habla un valenciano de Ontinyent estupendo que, además, es que es su lengua materna. Esto al tipo le da que pensar (en lo que decía Enrique Vila-Matas: que él, cuando utilizaba el castellano, podía mentir pero en catalán jamás porque el catalán era la lengua que le había enseñado su madre y a una madre un hijo no puede engañarla, y por eso seguramente escribe en castellano, como Gisbert) pero no tiene tiempo de pensar mucho porque, una vez toma la palabra, Pablo Gisbert no la va a soltar hasta, por lo menos, un cuarto de hora después. Su charla parece más una pieza escénica que una conferencia. Vestido todo de negro (en un momento dado de la conversación señala que eso es, por supuesto, una elección), Pablo Gisbert se levanta cada dos por tres, no puede estar quieto en la silla, se revuelve, va para aquí y para allá todo el rato. A veces hace pausas dramáticas larguísimas, de las que parece perfectamente consciente, y se queda mirando el techo hasta que vuelve de no se sabe dónde. Su verborrea es infinita, culta y graciosísima al mismo tiempo. Hace reír a la gente en varios momentos. Dice que le da rabia que los políticos (y los publicistas y los diseñadores) le hayan arrebatado la ficción a gente como él, que es lo que ha estudiado, y que por eso Tanya Beyeler y él se han dedicado a jugar con la ficción en esta última pieza (aunque el tipo ahí sentado piensa que nunca ha visto una obra de El conde de Torrefiel con menos ficción en el sentido clásico del término). Habla de las técnicas que utiliza Steve Bannon, el asesor de Trump y Vox, y el tipo sentado entre el público piensa en el asesor de Putin especialista en dramaturgias postdramáticas (o sea, lo que ahora llamamos artes vivas) que se supone que Trump fue a conocer antes de lanzarse a la carrera presidencial. Pero Pablo Gisbert no da tregua y comparte con el público la inquietud de pensar que lo que pasa en el teatro es ficción y que sales por la puerta del teatro y se supone que te topas con la realidad. ¿Y no será al revés?, se pregunta. ¿Sólo traspasar una puerta y ya cambia todo? ¿No será que lo que llamamos realidad es lo que es ficción? ¿No será todo ficción? Habla del homo sapiens y su capacidad de imaginar, que nos diferenció en su día del hombre de Neandertal y es lo que nos permite relacionarnos entre nosotros y sobrevivir, desarrollar un lenguaje para colaborar entre nosotros, no como los neandertales, que según él no podían y por eso eran incapaces de aliarse para luchar contra los enemigos. Y luego vuelve a contar la historia bíblica del becerro de oro, la que cuenta en la Ultraficción que el tipo vio en el Santa Mònica. Dice que cuando la Humanidad no adora a un dios es porque está adorando a cualquier otra cosa que lo sustituye pero que necesita adorar a algo, a las Kardashian o a lo que sea. Dice que para lo del Santa Mònica no hubo ensayos, que no sabían si el tótem que construyeron iba a conseguir ponerse en pie. Y un poco les obligó a que sólo estuviese en pie unos segundos. A continuación debía desaparecer triturado por la trituradora que entró en escena en seguida. Pero los estudiantes se resistieron durante unos segundos más de lo que Pablo hubiese deseado. Lo justo para tomar la foto que un minuto después ya estaría en Instagram.

Bar del toro, carrer de Sant Vicenç. Viernes 11 de febrero de 2022, once y media de la noche.

El tipo se pide otra caña más y, acodado en la barra, se pone a pensar que El conde de Torrefiel utiliza en esta ocasión lo real de una manera dramatúrgica, coreografiada, de modo que ellos lo consideran ficción. Ya, pero entonces definitivamente todo es ficción. Si los políticos invaden la ficción, y se la apropian para convertirla en su realidad, El conde de Torrefiel pretende invadir la realidad y apropiársela para convertirla en ficción. Incluso una escritura autobiográfica es ficción, como recuerda que ha dicho Pablo Gisbert hace unas horas, y está de acuerdo. Todo es ficción, vale. ¿Pero qué es la realidad?, piensa mientras ve a un tipo desplomarse al lado de una chica que lleva una pastilla blanca del tamaño de una ficha de damas adherida al hombro, como si fuera una cyborg que le ha chupado toda la energía al pobre desgraciado que está a su lado. La realidad es un concepto inventado por los antiguos romanos, según se respondía a sí mismo Pablo Gisbert hace un rato. Los antiguos griegos no conocían ese concepto. Los mitos no estaban separados de la realidad para ellos. Pero es que la semana pasada el tipo que está recordando estas palabras vio Matrix Resurrections y ya no sabe si vive en la realidad, en la ficción o en un videojuego creado por Neo que lo mezcla todo, él mismo como mito incluido (y, ahora que lo piensa, el look de Keanu Reeves en la película se parece un poco al que se gasta Pablo Gisbert en la actualidad). ¿Vuelven los hombres con melenas?, piensa el tipo mientras sale a fumar.

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Notas que patinan #115: Movidas raras

Lo último de Rodrigo García se llama Movidas raras y se presenta como una webserie de siete capítulos de unos veinte minutos que se emiten semanalmente. Se puede ver gratis en la programación a distancia del festival Temporada Alta (con subtítulos en castellano) hasta el 13 de diciembre, hace unas semanas se proyectó íntegramente en Condeduque y también se puede seguir viendo en donde se estrenó este verano, en la web de Bonlieu Scène nationale Annecy, eso sí, en la versión en francés sin subtítulos en castellano.

La serie es una curiosa producción audiovisual creada durante el confinamiento y escrita para cinco intérpretes, cada uno grabado con medios caseros desde su casa. La combinación de intérpretes es lo primero que llama la atención: Denis Lavant, Angélica Liddell, Volmir Cordeiro, Florencia Vecino y François Chaignaud. Los intérpretes hablan cada uno en su lengua: francés, portugués y castellano (con acento madrileño o argentino). La producción añade fondos tirando a psicodélicos a las escenas que protagonizan cada uno de los intérpretes, además de incluir otros interludios visuales que dialogan con esas escenas.

Las obras de Rodrigo García están asociadas para muchos a su iniciación, a finales de los noventa y principios de los 2000, en un nuevo mundo escénico, diferente de lo que conocíamos hasta entonces. En cierta manera sorprende ahora el formato de esta producción audiovisual, con un regusto a programas de los ochenta como la Bola de cristal pero también a pelis de sketches a lo Monty Python, que parece que no tengan relación los unos con los otros, aunque luego sí. La serie está realizada en coproducción con una larga lista de centros de artes escénicas, cuando parecía que Rodrigo García estaba de retirada, dedicándose a escribir o a vivir pero en todo caso alejado de la escena que, después de consagrarlo por toda Europa, parecía haberse cansado de él, nadie sabe por qué. Curiosa resurrección.

Pero vayamos a los contenidos de la serie. Denis Lavant, el protagonista de películas como Holy Motors o Les amants du Pont Neuf, hace las veces de histriónico narrador y maestro de ceremonias que nos conduce por la acción, reflexiona sobre ella y al que siempre volvemos, una y otra vez. Cada capítulo fluctúa entre las secciones tituladas con la letra A de anabaptista, la B de Barry Lyndon y la C de Congas.

Angélica Liddell protagoniza la sección A. Sorprende ver a una reconocida creadora escénica como Angélica Liddell, que en ocasiones ha sido contrapuesta al otro famoso creador escénico de su generación, como es Rodrigo García, trabajando en una pieza de este último. Angélica Liddell, manteniendo siempre su estilo y su idiosincrasia, interpreta en la serie a la creadora de una secta anabaptista obsesionada con los asiáticos, que arranca pelos de su pubis para empaquetarlos en bolsas congeladas que distribuye a sus adeptos previo pago y a quienes bautiza con un sifón al grito de ¡Fitzpatrick!

La sección B es la de Barry Lyndon. A Volmir Cordeiro se le aparece Stanley Kubrick y le pide que vuelva a rodar Barry Lyndon, su famosa película. No que haga un remake sino que la vuelva a rodar plano por plano. Ese es uno de los leitmotivs de esta serie: Barry Lyndon intervenido, a veces sampleado a ritmo de tecno, a veces dialogando con la película, a menudo de una manera grotesca y otras simplemente aprovechando la época en la que la película está ambientada (siglo XVIII) para hablar de alguna de las obsesiones de Rodrigo García como, por ejemplo, la música antigua, como cuando Volmir Cordeiro propone que nos imaginemos que eso que oímos cuando alguien está utilizando una motosierra es en realidad Ton Koopman (un famoso intérprete de música antigua) tocando al órgano una fuga de Bach. François Chaignaud prosigue el trabajo de Volmir Cordeiro cuando el productor de la serie, sin razón aparente, decide prescindir de Volmir. Y lo hace sin salir de su habitación, por supuesto, caracterizado al estilo de la película de Kubrick pero rompiendo la imagen en pedazos de pantallas simultáneas mientras canta trap en francés o en falsete como un contratenor.

En la sección C vemos cómo Florencia Vecino monta una marca de zapatillas deportivas que se llama Congas en donde se explota a niños que creen estar simplemente jugando (atención a la metáfora). También se aprovecha la ocasión para crear escenas estéticamente inquietantes como cuando la vemos desnuda intentando acuchillar a algo invisible con una cabeza que en realidad son unas Nike Jordan o cuando crea la sugerente imagen que se utiliza en la promoción de la serie, esa en la que la vemos desnuda dentro de una cortina de plástico transparente mientras aspira el aire de fuera por un tubito.

Entre medias, y mezclado con todo esto, cabe de todo: primeros planos de insectos que parece que bailen la conga, animaciones 3D, cáusticos y brillantes textos sobre la suciedad y la miseria humana y, especialmente, sobre la rutina, el miedo a vivir, la adoración del dinero, el despilfarro de comida propio de los países del primer mundo, nuestra relación con las decisiones que uno toma en la vida, la hipocresía en relación a la sexualidad, la violencia o la infancia. A veces estos textos son dichos por los intérpretes en sucesivos monólogos (una de las características formales de las obras de Rodrigo García) y a veces se sobreimprimen en la pantalla (otro recurso formal característico de su sello, conviene recordarlo ahora que es un recurso tan habitual, años después de que muchos lo viésemos en sus obras por primera vez). Y todo aderezado con ese humor corrosivo marca de la casa. Al final de cada episodio se muestran los minuciosos storyboards que confecciona Rodrigo García para la serie, de la misma manera que nos habían contado que hace cuando crea sus piezas escénicas.

Me da la impresión de que en esta producción, sin declararlo explícitamente, flota una reflexión constante sobre la libertad: Aquí todo el mundo hace lo que le sale de la polla y Dejar a la gente en paz es distinguido, como se dice en uno de los últimos episodios. Pero el ingente material dispara en tantas direcciones que me imagino que permitirá que cada uno saque sus propias conclusiones, si así lo creyese necesario, porque quizás no haya ninguna necesidad de extraer ninguna conclusión de todo esto. Son simplemente Movidas raras. Y ya está.

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Notas que patinan #114: La calidad de la materia

Estos días se celebra en Barcelona la cuarta edición de Hacer Historia(s), un muy rico y variado ciclo de danza y performance organizado y comisariado por La Poderosa, que dura tres semanas y ocupa varios espacios de la ciudad: el Antic Teatre, La Caldera, el MACBA, el Mercat de les Flors, la Fabra i Coats y la Filmoteca de Catalunya. Sí, Barcelona es la ciudad de los festivales. Todo el día de festival en festival, uno detrás de otro, con la lengua fuera. Pero es que puedes ser una veterana organización que te dedicas a hacer un trabajo constante y necesario, sin aspavientos, en favor del arte, los artistas y el público y seguramente la administración pública echará unas migajas de pan a tu mesa y no se dignará a compadecerse jamás de tu agonía. En cambio, si montas un festival todo cambia, las puertas se te abren y el agua de riego fluye hacia tu jardín porque eso es algo que la administración pública barcelonesa y catalana pueden entender, un concepto sencillo y antiguo aun siendo de hoy, algo que los que gobiernan Barcelona siempre creen que es lo que Barcelona necesita: un festival, o un sarao más, da igual el nombre (congreso, bienal, feria, mercado).

Pero, que me voy, si en su origen Hacer Historia(s) pretendía reivindicar la memoria, aquellas piezas de danza, performance, artes vivas, raras artes, que tuvieron una corta trayectoria y se perdieron en el pozo negro de la historia para traerlas de nuevo a nuestro presente, esta edición, sin perder de vista el objetivo de rescatar algo de esa parte de nuestra historia artística reciente que, en cuanto aparece, desaparece para siempre ante nuestros ojos, ahora añade algunas capas más que son las que marcan el carácter de esta nueva edición: la magia, las energías, lo espiritual, el esoterismo que nunca se fue pero que vuelve con fuerza. Y es por esa razón que la semana pasada, en La Caldera, Mònica Muntaner presentó un programa doble alrededor del yoga y la danza que incluía una pieza escénica, La qualitat de la matèria, con Janet Parra en escena, precedida de la proyección de un vídeo de entrevistas, realizado con la colaboración de Pamela Gallo, en el que Susana Castro, Amalia Fernández, Núria Guiu y Janet Parra (todas ellas, igual que Mònica Muntaner, además de bailarinas y coreógrafas, expertas en yoga) reflexionan sobre la relación entre danza y yoga.

Amalia Fernández (arriba) y Núria Guiu (abajo) en Entrevistes LQDLM, de Mònica Muntaner

Mis prejuicios me llevan a pensar en qué podría haber acabado un proyecto así en manos de cualquier otra persona y mis prejuicios, que no responden a ninguna ley, ni a ninguna razón ni autoridad, consiguen que me imagine lo peor y la más hortera de todas las posibilidades. Mis prejuicios seguramente deben de basarse en algo, algún tipo de experiencia anterior, supongo, pero no dejan de ser prejuicios, claro, y la realidad está ahí para desmontarlos uno por uno, siempre. En este caso no iba a ser menos. Los setenta minutos de entrevistas, agrupados por temas, pasaron volando. Tanto la narración de las historias personales de las entrevistadas como sus reflexiones me resultaron extremadamente nutritivas.

Se dijo que la danza y el yoga utilizan la misma materia prima: el cuerpo. Pero también se dijo que en el caso de la danza no siempre se va a favor del cuerpo. A veces, para el bien de la danza hay que maltratar al cuerpo. No así en el yoga, donde lo que se busca es el bienestar del cuerpo, además del alma. No se eludieron las cuestiones espirituales. Se dijo que la danza es una forma de expresión y que así debería enseñarse. En cambio, el yoga es más bien una búsqueda espiritual que no hay que confundir con las creencias sino con la experiencia. Se defendió que a través del yoga se puede experimentar el contacto con lo espiritual sin ir armado de un conjunto de creencias o de fe. Luego ya lo que crea cada uno lo dotará de sentido o le dará una explicación, pero eso es otro tema. El contacto con lo espiritual se describió con pocas palabras y algunas onomatopeyas tan bien escogidas que daban más ganas de experimentar ese contacto que de meterse drogas porque daba la impresión de que el viaje sería incluso más placentero. También se habló de belleza, de cómo la danza, como tantas otras artes, ha propuesto durante mucho tiempo un modelo de lo que es bello y cómo todo lo que no se ajustaba a eso no servía, cuando hubiese sido mucho mejor aceptar que hay un montón de clases de bellezas y que lo que habría que hacer es encontrar cada uno la suya, o disfrutar de todas, en vez de intentar parecerse al modelo de belleza imperante. El yoga, en cambio, busca una belleza que no es necesario mostrar ante los demás. Es un camino íntimo, sin un público expectante. ¿Qué pasaría si, en vez de tomar la primera decisión que se te pasa por la cabeza, tomases siempre la cuarta? También se habló de eso.

Janet Parra en La qualitat de la matèria, de Mònica Muntaner.
Foto extraída del Instagram de Janet Parra: @janetparra_or.

La pieza que vimos a continuación, La qualitat de la matèria, iba de todo eso (y mucho más que en el párrafo anterior no cabe), pero ya sin palabras. Janet Parra, que nos espera desnuda en un escenario vacío, de pie, con los ojos cerrados, respirando tranquilamente, comienza la pieza con una práctica de yoga, con la secuencia número II de la serie Ashtanga yoga. Observamos cómo utiliza cada parte de su cuerpo, el control de su respiración, cómo parece que se le llene la barriga de aire mientras proyecta una calma y una tranquilidad impresionantes. Poco a poco Janet Parra va alejándose de esa secuencia pautada y, manteniendo una cierta continuidad en sus movimientos, comienza una improvisación que le obliga a tomar decisiones, unas decisiones que casi podemos observar sobrevolando la mente de quien está ahí desnuda en el escenario, ante nosotros, quizá escogiendo la cuarta de sus decisiones, que en algún momento la obliga a retorcerse con una elasticidad digna de una contorsionista sin aparentar el menor esfuerzo ni dejar de transmitir en ningún momento una gran calma. La sensación de haber pasado por una hipnosis me impide recordar los movimientos concretos sobre el escenario. ¿Qué hizo? ¿Se puso a correr en un momento dado? ¿Se recostó contra la pared? Solo recuerdo que al final llegó la música, quizá para despertarnos de una embelesada contemplación de la que no sé si hubiera elegido despertar.

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Notas que patinan #113: No seas idiota

Blanca Tolsà

Hace un par de semanas quedé con una muy buena amiga en una terraza cerca de la Catedral de Barcelona. Nos conocemos desde hace veinticinco años. Hemos vivido de todo juntos. Nos vemos a menudo y hablamos de nuestras cosas y de la vida. Ese día también hablamos de la cantidad de gente que conocemos que últimamente tiene problemas de depresión, ansiedad y otros diagnósticos relacionados de los que desconocemos el nombre pero que sospechamos que van todos de lo mismo porque tienen más o menos las mismas causas. Ya estábamos fatal hace un par de años, surfeando como podíamos este final de era capitalista pero supongo que la pandemia vino para añadirle un componente apocalíptico y acabarnos de rematar. Le conté que unos días después iba a La Caldera a ver la tercera y última sesión de un ciclo de danza: Corpografies. Fue ella la que me introdujo en la danza cuando hace veinticinco años iba a clases de danza contemporánea dos tardes por semana por pura diversión, sin ninguna pretensión de convertirse en bailarina. Ella había estudiado Derecho y trabajaba para una compañía de seguros. Aún sigue en ello. Mi amiga me sugirió que invitase a lo de La Caldera a una amiga común. Me dijo que nuestra amiga no estaba muy en forma. No se refería a su físico sino al tipo de movidas de las que habíamos estado hablando. Pero me dijo que una invitación para ir a ver danza quizá podría animarla a salir de casa.

Escribí a nuestra amiga y me respondió que me acompañaría encantada, siempre y cuando no fuese un acto multitudinario. Le dije que no sé lo que entendía por un acto multitudinario pero que lo que habitualmente sucede en La Caldera yo no lo llamaría así. Más bien lo calificaría de algo tirando a íntimo si lo comparamos con, por ejemplo, un concierto del Primavera Sound. Me dijo que entonces allí estaría. Luego me di cuenta de que justo acababan de caer las limitaciones de aforo producto de las medidas anticovid y que ya se permitían los aforos al cien por cien. Crucé los dedos.

Me encontré con mi amiga en La Caldera diez minutos antes de que empezase el programa doble de ese día: Ecoica de Blanca Tolsà y Debris de Georgia Bettens y Javier de la Rosa. Recogimos las entradas en la taquilla, atravesamos una de las antiguas salas de cine reconvertidas en salas de ensayo (le hice notar que era el mismo edificio donde estuvo el Renoir Les Corts, donde tantas veces fuimos a ver películas) y mientras esperábamos el inicio estuvimos charlando un rato en la terraza después de pedirnos un vino (a un generoso precio de un euro y medio) en la improvisada barra donde también nos ofrecían algo para picar. Yo sufría un poco por mi amiga. No conocía a las artistas, sólo sabía que eran gente joven y ni siquiera sabía si lo que iban a hacer era muy dancístico o más de acción. A mí eso no me importa, me refiero a no saber lo que va a suceder, casi que lo prefiero así, si no, temo que la vida se vuelva aburrida de tan previsible, que sólo me envuelva de lo que sé seguro que me va a ir bien. Pero no todos somos iguales. Pensé que a ver si mi amiga iba esperando una cosa y se iba a encontrar la otra y luego me iba a echar la bronca y, lo peor, le iba a sentar mal en su situación, que tampoco sabía exactamente en qué grado ni en qué consistía su malestar exactamente. A mí siempre me pareció una chica con la mente abierta pero a ver si iba a ser una talibana de la danza, de las que sólo aceptan cierto tipo de danza como la única danza posible, y quizá yo no me había dado cuenta (hacía tiempo que nos nos veíamos y alguna gente cambia con la edad). Tampoco sabía si se sentiría cómoda entre tanta gente. A juzgar por la cantidad que veía en la terraza parecía que iba a haber una muy buena entrada.

Por fin entramos en la sala. Estaba abarrotada (diría que se llenó). Me senté a su lado pensando en no sentarnos muy lejos del pasillo de salida, por si acaso se sintiese mal en algún momento y tuviese la necesidad de huir. Comenzó Blanca Tolsà con su Ecoica. Era un solo. No había música. Era muy lento y contemplativo. Blanca Tolsà se movía imperceptiblemente a veces, con una calma, una quietud y una sensibilidad que a mí me parecían extraordinarias pero que, sumadas a cierta abstracción en sus movimientos, poco a poco me hizo temer lo peor (por mi amiga, claro). Yo miraba a mi amiga de reojo pero me parecía que ella ni pestañeaba. Era incapaz de descifrar qué significaba aquello. Y con mascarilla aún menos. Sufrí en silencio pero pensé que no podía hacer nada, que sufrir tampoco iba a ayudar, así que decidí relajarme y disfrutar. Hasta el final, en el que suena un tema musical un poco funky y Blanca Tolsà parece recoger todo el material anterior o, más bien al revés, como si lo que bailase con esa música fuese lo que nos ha servido antes lentamente diseccionado, separando ingrediente tras ingrediente, no me pareció que un espectador de los no iniciados (llamémosles así) pudiese reconocer en lo que estábamos viendo un espectáculo de danza, de esa danza donde los intérpretes deben sudar porque si no no es danza.

Cuando acabó la pieza mi amiga comenzó a aplaudir entusiasmada. Aplaudió a rabiar, diría que aulló y gritó algún bravo y me dijo al oído que no se esperaba algo así tan maravilloso. Estaba encantada. Yo también y aún más me gustó que a ella le sentase tan bien.

Hubo una pausa. No nos dio tiempo a tomarnos nada en el bar improvisado que montaron en la terraza pero sí a que ella me confesase que iba provista de ansiolíticos que transportaba en su bolso por lo que pudiera pasar. Bueno, a ver qué le parece la segunda parte, pensé, ya más relajado.

Debris, de Georgia Bettens y Javier de la Rosa era un dúo mucho más movido y energético en el que en algunos momentos los trompazos que se pegaban contra el suelo cuando se enzarzaban entre ellos incluso arrancaban algunos ay entre el público. Pensé que quizá esa violencia no le iba a hacer ninguna gracia. Pero mi amiga seguía entusiasmada. Cuando acabó, mientras aplaudia a rabiar de nuevo, me dio las gracias varias veces por haberle descubierto La Caldera y prometió volver pronto. Me pidió que, por favor, la avisase cuando fuese a ver algo así. Se lo prometí pero inmediatamente pensé que cómo podría yo saber que lo que voy a ver será algo así si cada vez es diferente.

He vuelto a La Caldera una semana después para ver el ciclo que monta La Poderosa: Hacer Historia(s). El jueves vi Cantes de la Lamia de Blanca G. Terán y Allá de Esther Rodríguez Barbero. No me atreví a avisarla porque pensé que serían más performance que danza. De hecho así estaba etiquetado en el programa. Ayer vi La qualitat de la matèria, de Mònica Muntaner con Janet Parra en escena, precedido del documental LQLDM en el que Mònica Muntaner entrevista a Susana Castro, Amalia Fernández, Núria Guiu y la propia Janet Parra sobre la relación entre danza y yoga, dos disciplinas en las que todas ellas son expertas. No avisé a mi amiga porque sé que le gusta la danza pero yo qué sé si le gusta el yoga.

Soy idiota, le hubiese encantado.

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