Reportaje fotográfico de Amateur en Madrid

Reportaje fotográfico de Lukasz Michalak del segundo episodio de Amateur, Goldberg amateur, que presenté el 11 de noviembre en el CC Los Rosales de Madrid, dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, interesante proyecto del Ayuntamiento de Madrid que pretende aproximar la cultura a los barrios.

El álbum completo en Flickr: https://www.flickr.com/photos/ciudadistrito/albums/72157666217746719

Más información sobre la convocatoria permanente de CiudaDistrito (muy recomendable, enviadles vuestras propuestas): https://ciudadistrito.es/convocatoria/

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Notas que patinan #84 | Guerrilla

Foto: Blanca Añón

Este fin de semana El Conde de Torrefiel estrenó, por primera vez en el Reino de España, Guerrilla, en el Teatre de Salt, en el festival Temporada Alta, en Girona, en Catalunya. A pesar de que El Conde de Torrefiel es una compañía teatral con sede en Premià de Mar (y hasta hace poco en Barcelona), Guerrilla ha sido posible gracias a una coproducción del Kunstenfestivaldesarts de Bruselas (Bélgica), el Steirischer Herbst Festival de Graz (Austria) y el Noorderzon Performing Arts Festival de Groningen (Alemania). Aunque Guerrilla ha recibido el apoyo del Graner Centre de Creació (Barcelona), el ICEC (Generalitat de Catalunya), el INAEM (Ministerio de Cultura de España) y el Institut Ramon Llull (Catalunya) ha tenido que pasar casi un año y medio desde el estreno de Guerrilla en Bruselas para poder verla en la Península Ibérica. Antes de llegar aquí, Guerrilla se ha visto, además de en Bruselas, en Groningen, Dublín, Graz, Atenas, Zürich, Glasgow, Leeds, Lille, Roma, Milano y Lausanne. En los próximos meses no está prevista ninguna nueva presentación de Guerrilla en las tierras que han visto crecer a El Conde de Torrefiel. Resulta, como mínimo, curioso. Barcelona, Catalunya y el Reino de España se caracterizan, entre otras muchas cosas, por la escasa atención que prestan a los artistas que crecen en su seno. En este sentido resulta imposible encontrar ningún hecho diferencial entre ellas. Son indistinguibles. Gracias Barcelona, gracias Catalunya, gracias Reino de España.

Aunque para ser justos habría que decir que por debajo de esas ficciones llamadas Barcelona, Catalunya y Reino de España, existen otras realidades gracias a las cuales los seguidores de El Conde de Torrefiel hemos podido asistir a las diferentes etapas del desarrollo de esta Guerrilla final, disfrutando de pequeñas Guerrillas de pequeño formato que El conde de Torrefiel ha ido compartiendo con su público en diferentes lugares de resistencia como el Espai Nyamnyam y el Antic Teatre de Barcelona, el Festival TNT de Terrassa o el Festival Inmediaciones de Iruña. Justo es reconocer su labor, su aporte de oxígeno a esta atmósfera viciada e irrespirable que no hay lluvia que se lleve por delante. Gracias a esa labor guerrillera, quienes la hemos ido siguiendo durante más de dos años no llegamos vírgenes a la Guerrilla final. Conocemos los dispositivos que utilizan y muchos de los textos. Aún y así, al presenciar esta Guerrilla, el impacto es brutal. Voy a tardar días en recuperarme.

Foto: Titanne Bregentzer

Seguramente esta Guerrilla no inventa nada nuevo. Me atrevería a decir que todo lo contrario. Es a lo que El Conde de Torrefiel nos tiene acostumbrados. Más de lo mismo. Los textos proyectados por encima de las escenas insisten en los mismos temas de siempre, atacando sin piedad el sinsentido del mundo en el que vivimos, con humor, sarcasmo y descaro, poniendo en boca de personajes, reales o ficticios, reflexiones que, en realidad, se ve que provienen de la misma cabeza porque todos los personajes hablan igual, como si fuesen la misma voz. Algunos de esos textos ya los conocemos de otras Guerrillas pero también, más o menos modificados, provienen de otras piezas anteriores. Alguna escenas ya las hemos visto también: la escena del tai-chi es muy parecida a la del yoga de La chica de la agencia de viajes nos dijo que había piscina en el apartamento. Da la impresión de que Guerrilla es como un compendio de los últimos años de El Conde de Torrefiel. ¿Qué la hace tan especial, entonces?

Foto: Valeria Palermo

Aún recuerdo cuando, hace unos años, uno de los componentes de El Conde de Torrefiel, Pablo Gisbert, aparecía en un vídeo grabado por el colectivo PlayDramaturgia, junto a un burro, en el campo de Azala, en Vitoria, diciendo que lo que se necesitaba, ahora más que nunca, era disparar mensajes como balas. Me da la impresión de que en Guerrilla lo que se ha intentado es concentrar toda la artillería disponible en tres escenas, simples pero contundentes, en las que se utilizan algunas de las armas del enemigo al que se pretende combatir. La escena inicial, la conferencia, y la escena final, la rave, nos muestran mucha gente en escena. Mucha. Más de 60 personas. La sesión de electrónica, que suena mientras esa multitud baila sin parar como si estuviesen en una auténtica rave, el sonido de esa escena final está al límite de los decibelios permitidos en una sala. Deliberadamente al límite: los decibelios varían dependiendo de la legislación del lugar a donde viaja Guerrilla. El Conde de Torrefiel utiliza una especie de tácticas de lo que John Cage llamaría arte fascista. Y mientras someten al público a ese bombardeo sistemático, con luces estroboscópicas, que va directo al corazón, al estómago, al inconsciente, el texto proyectado nos bombardea sin tregua por el otro flanco, el de nuestro cerebro consciente. Y da igual que en la escena intermedia, la del tai-chi, todo parezca pararse y apenas suene una música de piano dieciochesca, de Antoni Soler i Ramos, aparentemente tranquila, porque en ese segundo movimiento, como en el movimiento lento de algunas sonatas de la época del Sturm und Drag, la violencia emocional de la escena, quizá por contraste, es casi igual, o mayor.

Foto: Luisa Gutiérrez

Y mientras esa contundencia grandilocuente construida a base de imágenes no narrativas, tres imágenes (conferencia, clase de tai-chi y rave), con un solo concepto cada una, limpias conceptualmente pero sucias y caóticas como la vida, nos van minando, durante casi una hora y media, sometiendo nuestra voluntad a base de pura emoción contenida hasta la explosión continuada de la escena final, el texto nos sitúa en un futuro distópico muy cercano, apenas un lustro, en el que, por fin, después de años de sentirnos como en guerra, explota la guerra mundial. Parece ciencia ficción pero, en el fondo, sabemos que podría estar pasando ya. Me rebelo contra ese futuro potencial tan terrible y pesimista que El Conde de Torrefiel intenta introducir, por tierra, mar y aire, en mi cansado cerebro aprovechándose de las seductoras y potentes armas que maneja, afinadas durante años. Quiero pensar que lo hace como vacuna, como una especie de homeopatía, pero, aún y así, a estas alturas es ya tan real que asusta, como el resto de historias que recoge y lanza el texto, algunas diferentes en cada Guerrilla porque están extraídas de la vida de las personas que participan en cada presentación, gentes de cada lugar a donde viaja Guerrilla. Pero, más allá del texto, lo que presenciamos en escena, desprovisto de palabras, parece tan lleno de vida, transmite un entusiasmo y un amor por la vida tal que parece imposible que el texto y la escena estén saliendo de los mismos cerebros. Es como el poli bueno y el poli malo. Es como si te dieran a escoger entre el futuro distópico, la catástrofe que nos acecha y que ya está a la vuelta de la esquina, y la Vida, en mayúsculas, como la otra cara de la moneda, la misma moneda en la que se basa la religión de nuestro tiempo, la economía, el fin último y la coartada para toda la mierda que nos llega ya hasta el cuello.

Guerrilla es un concienzudo electroshock al que nos someten una gente que lleva años intentando gritar desesperadamente desde los escenarios con toda la rabia acumulada por una generación y que, definitivamente, consiguen congelar las carcajadas que los primeros de la fila, este domingo, lanzaban sin pensárselo mucho durante los primeros minutos de la función. Al final ni siquiera teníamos fuerzas para aplaudir. Y nadie salió a saludar. Se acabó. Hay que elegir. No quedan ya muchas oportunidades.

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La Orquestina de Pigmeos de Nilo Gallego y Chus Domínguez en el nuevo número de la revista Ajoblanco

Este viernes 24 de noviembre sale a la venta un nuevo número de la revista Ajoblanco, que podéis comprar en los kioskos o encargar en su web. En la revista encontraréis un artículo que he escrito sobre la Orquestina de Pigmeos de Nilo Gallego y Chus Domínguez y el estreno de Ningún lugar, una maravillosa pieza escénica inspirada en el trabajo del cineasta Jonas Mekas que pudimos ver en septiembre en las Naves de Matadero (os recomiendo el artículo que escribió Fernando Gandasegui sobre ese estreno) y que sería de agradecer que viajara a otros lugares para disfrute de la afición.

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Amateur en Madrid, 10 y 11 de noviembre en el CC Los Rosales dentro del ciclo Teatro raro de Ciudad Distrito

El viernes 10 y el sábado 11, a las 19:00, presento los dos episodios de Amateur en Madrid dentro del ciclo Teatro raro que organiza Ciudad Distrito.

GIBBONS AMATEUR 10 NOVIEMBRE | 19 h
GOLDBERG AMATEUR 11 NOVIEMBRE | 19 h

Entrada libre y gratuita

CC Los Rosales | Villaverde
Av. de los Rosales, 133, 28021 Madrid

Cómo llegar (a 20 minutos de Sol en cercanías)

Amateur es una serie de dos performances que toman la forma de heterodoxos conciertos de piano (con música del compositor renacentista inglés Orlando Gibbons, en el primero, y las Variaciones Goldberg de Bach, en el segundo), ejecutados por un intérprete no profesional que, huyendo de lo espectacular, da la espalda al público, y en los que se proyecta un texto escrito en primera persona, con un tratamiento similar al de los subtítulos de una película, que reivindica la recuperación de la práctica musical de la música antigua por parte de un público amateur, para quien originalmente fueron compuestas un gran número de obras de nuestra tradición musical, al mismo tiempo que denuncia el secuestro de la mal llamada música clásica (o peor, culta), por parte de los profesionales, hasta el punto de convertir este maravilloso legado común en un producto cultural elitista, en ocasiones inaccesible para sus legítimos destinatarios.

Si el vídeo en el que Glenn Gould interpreta al piano las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach podría considerarse casi pornográfico (como sostiene un amigo del autor), el segundo episodio, Goldberg amateur, tiene por objetivo interpretar esa mítica e inaccesible obra musical, íntegramente, en versión amateur, pero de espaldas al público, como homenaje y respuesta a la decisión que empujó a Glenn Gould a retirarse de los escenarios cuando tenía 30 años, decepcionado porque el público estuviese más pendiente de si fallaba una nota que de la música que estaba interpretando. El intérprete y autor de Amateur hace treinta años que empezó a tocar las Variaciones Goldberg, pero aún no se ha quedado satisfecho. No cree que llegue a estarlo nunca. Mejor así. Lo que mola es intentarlo. En este episodio contará las razones que le empujan a intentarlo una y otra vez en la intimidad de su hogar, lejos de la mirada del público. Y también contará el porqué del repentino deseo de mostrar este acto íntimo y compartirlo con el público, justamente en este momento y en las actuales circunstancias, como un acto liberador que se resume en la siguiente frase leída en un grafiti en la calle: nuestra venganza será ser felices.

El primer episodio, Gibbons amateur, es un largo preludio que va desgranando el contexto que conduce al autor a comportarse de esta manera, gracias, en parte, al descubrimiento tardío de la maravillosa música renacentista del compositor inglés Orlando Gibbons, el compositor preferido de Glenn Gould, que constituye la banda sonora de esta primera performance. La música de Gibbons es tratada de una manera poco ortodoxa, como si el intérprete ensayase en su casa, lejos de las miradas del público, buscando un grado de profundidad y trascendencia a través de un tempo poco sostenible en un concierto convencional, mientras, como si leyésemos su pensamiento, remontándose a ciertos episodios de su vida, en un tono distendido, como de charla de bar, que contrasta con la música que suena sin tregua, nos habla a través del texto proyectado sobre su relación con la música, vista como la más potente y benigna de todas las drogas, sobre una de las primeras tribus urbanas europeas, los zazous, a la que perteneció Boris Vian, sobre médiums y sobre ciertos sabores ancestrales que, en su opinión, deberíamos intentar que no caigan en el olvido. Hasta que, al final, la música se impone sobre el texto.

Amateur es una mezcla de música, literatura y performance. El público recibe una sobreestimulación a través del bombardeo de información sonora y visual y, si lo desea, puede escoger en cada momento con qué quedarse, concentrándose en la música o en los diferentes hilos de las historias que desgrana el texto, que acaban reuniéndose siempre en un final que completa su sentido.

Más información: Teatro raro | Artículo de Nando Cruz en el Periódico de Catalunya | Artículo de Soren Evinson en Mambo | Entrevista sobre Amateur

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Prefiero que me quite el sueño Monteverdi

Claudio Monteverdi, unos años antes de componer las Vespro della Beata Vergine.

En 1610, cuando publicó sus Vespro della Beata Vergine, Claudio Monteverdi tenía más o menos la misma edad que yo el lunes pasado cuando entré en el Palau de la Música Catalana para escuchar esta maravillosa obra interpretada por el Colegium Vocale de Gent dirigido por quien fundó este conjunto hace 47 años, Philippe Herreweghe, que da la casualidad que tiene la edad de mi padre. Sumido en peregrinas reflexiones sobre el paso del tiempo y sus proporciones y ritmos, lo que no deja de tener una estrecha relación con el arte sonoro, me sorprendió el inicio del concierto. Y pensé en Monteverdi como si fuera uno de nosotros, aquí y ahora. Pensé: ¡qué buena idea utilizar un tema de otra de tus piezas para comenzar esta nueva creación! Es tan bueno este tema, tiene tanta potencia, y hasta ese momento lo habría escuchado tan poca gente, en realidad, que es una maravillosa idea recuperarlo de nuevo para ponerlo en un lugar destacado, ese que marca prácticamente el límite a partir de que se rompe el silencio inicial. Así el público no podrá obviarlo, se encontrará con él de bruces. Es tu mejor carta de presentación. Y luego pensé que, claro, era evidentemente una verdadera carta de presentación porque esta obra Monteverdi la llevó en mano al Papa para ver si encontraba trabajo en Roma, sin mucha suerte, todo hay que decirlo, del mismo modo que también la envió a Venecia, donde tres años después consiguió que le nombrasen maestro de capilla en la basílica de San Marcos, quizás precisamente gracias a esta obra. Jugaba a dos bandas, Claudio. Y no solo a la hora de presentarse a estas dos convocatorias, también a la hora de componer. Un famoso teórico musical, Giovanni Maria Artusi, le acusaba públicamente de utilizar una técnica compositiva corruptora, destructora del estilo imperante. Siempre la misma historia: la de los creadores contemporáneos que no siguen las reglas porque están inventando las suyas propias, las que se convertirán en canon pasados unos años. Fíjate ahora quién se acuerda de ese teórico y de sus composiciones, que también las tenía, y quién de Claudio Monteverdi, también conocido por sus contemporáneos como Il Divino, de quien se celebra el 450 aniversario de su nacimiento (de ahí que se sucedan los conciertos dedicados a su música, como el que unos días antes se celebró en el Auditori, en el que, casualidades de la vida, Jordi Savall y Le Concert des Nations interpretaron esta misma obra). Seguramente por intentar protegerse de las reaccionarias críticas que recibía, Monteverdi utiliza elementos arcaizantes en esta composición (que debía servir de carta de presentación para conseguir curro ante la muy conservadora jerarquía eclesiástica, no lo olvidemos), como es el caso de las melodías de canto gregoriano que mezcla con el nuevo estilo, el suyo propio, a veces de una manera muy parecida a lo que ahora llamaríamos remezclar, con el mismo objetivo que remezclamos en pleno siglo XXI: para construir una cosa perfectamente nueva a partir de unos elementos preexistentes. Como cuando unas voces femeninas del coro insertan intermitentemente la melodía gregoriana del Sancta Maria, ora pro nobis, cada vez con un ritmo ligeramente diferente, sobre una música instrumental, de corte absolutamente moderno para su época. Maravillosas soluciones, Claudio, como también fue maravillosa la idea de componer algo de música religiosa, algo que no habías hecho nunca antes, para tener algo de currículum para que te hiciesen caso en Roma o en Venecia. Fue lo que ahora diríamos publicar algo, quizás apenas remunerado, para conseguir visibilidad. Pero conservando en todo momento tu maravillosa libertad creativa, dejando la puerta abierta a la interpretación fuera de la iglesia, como propones en la portada de la publicación que recoge estas Vespro, o escogiendo textos tirando a eróticos del Cantar de los cantares, como el Nigra sum, con el que de pronto nos sorprende la soprano: Soy negra pero hermosa, hijas de Jerusalem, por eso el rey me ama y me introdujo en su habitación. Te salió bien, Claudio. Conseguiste la fama, seguramente con mucho esfuerzo. Y por eso ahora te conocemos y podemos celebrarte. Y tenemos a los mejores intérpretes de música antigua del planeta, aquí en el Palau de la Música Catalana, dedicando grandes esfuerzos y un enorme talento para desentrañar los misterios de tu música e interpretarla con todo el cuidado, el mayor de los respetos e instrumentos originales (o las réplicas más fidedignas). Una hora y media de música, sin pausa, más emocionante que la mejor de las películas de acción en 3D, con un sentido sorprendente de la performance. Por ejemplo, en el Audi coelum, cuando el tenor acaba una estrofa y alguien, a quien no vemos en escena, le contesta con un eco, oculto en alguna parte. O, cuando en el Duo Seraphim, a los dos tenores se les suma un tercero justo al pronunciar la palabra Tres. También disfrutamos mucho cuando Philippe Herreweghe deja que sea Barbara Kabátková, hasta ese momento una cantante más, quien dirija a la Schola Gregoriana, el quinteto vocal encargado de las partes de canto gregoriano que salpimentan de vez en cuando esta sabrosa obra. O cuando uno de los cornettos se pone de espaldas al público para dar la réplica a su partenaire, lo mismo que las violinistas. Seguro que en San Marcos, con una arquitectura que se presta a la perfección para todos estos recursos performáticos, debisteis pasarlo bien jugando con todos estos truquitos sonoros que, tan acertadamente, se lo agradecemos, recuperan Herreweghe y los suyos. Rigor y austeridad flamenca (flamenca de Flandes, se entiende) que se esfuerza en jugar con la música de un compositor contrastadamente mucho más meridional que los intérpretes que le rinden tributo, autor de una música de una riqueza incomparable que consigue elevarnos para que crucemos la Via Laietana flotando a medio metro del suelo aunque, paradójicamente, con la impresión de haber reconectado con la vida, más allá de la percepción tramposa en la que nos sumen últimamente el bombardeo de narrativas que pretenden convertir nuestra rica realidad en una ficción barata. Parafraseando a Rodrigo García, prefiero que me quite el sueño Monterverdi…

Philippe Herreweghe. Foto: Michiel Hendryckx

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Conversación con Ernesto Collado en el programa de TV Teló de fons

El programa de televisión Teló de fons grabó la conversación que mantuvimos Ernesto Collado y yo en el Pub Reina Victoria de Terrassa, horas después de presentar el primer episodio de Amateur en el Festival TNT. Hablamos de nuestras piezas y también de todo un poco, aunque lo que nos propusieron era hablar de la performance como género. El clip, de 10 minutos, muestra también algunas imágenes de nuestras actuaciones en el TNT. El programa es en catalán, aunque Ernesto se cambia de idioma en cuanto te descuidas. Yo, en cambio, me mantengo idiomáticamente firme.

El reproductor de vídeo me da problemas con Chrome en Mac, pero con Firefox se ve bien.

El programa completo aquí: http://canalterrassavalles.xiptv.cat/telo-de-fons/capitol/performances-al-tnt

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Amateur en el Festival TNT (29 y 30 de septiembre)

Vuelve Amateur.

El 29 y 30 de septiembre en el Festival TNT de Terrassa.

Los dos episodios: Gibbons (el viernes 29 a las 17:00) y Goldberg (el sábado 30 a las 18:45), en versión bilingüe (castellano-english).

En el Pub Reina Victoria (carrer de la Rasa 48 de Terrassa) por 7€.

Más info y entradas en la web del TNT.

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Notas que patinan #83 | No lo digo yo, lo dice Jonas Mekas

Jonas Mekas viendo un ensayo de la Orquestina de Pigmeos en las Naves de Matadero Madrid

Hace unos días una amiga me preguntaba que cuál creía que era el lugar de Europa, o del mundo, donde había que ir para encontrarse con eso que se conoce como artes en vivo o, como ella me recordaba, eso que tú llamas las raras artes. Si tuvieras que recomendar actualmente una ciudad o un país, ¿dónde sería? Lo pensé unos segundos y le contesté: aquí. ¿Aquí? ¿Dónde? Por aquí: por Barcelona, Catalunya, Madrid, Valencia, Andalucía, Euzkadi, Castilla, la Península ibérica, Canarias… Por aquí. Mi amiga no se lo creía. Eso será porque no viajas mucho. Tengo un amigo que va mucho a Austria últimamente, me dijo. Ya, conozco un poco ese rollo y la fascinación por Europa de los afectados por el complejo de inferioridad ibérico, de similares proporciones al complejo de superioridad del norte de Europa y su indiferencia hacia todo lo que pasa por debajo de los Pirineos pero, en general, cuanto más viajo, cuanta más información tengo de lo que pasa por ahí, cuanto más hablo con gente que viaja mucho más que yo (que no es que me dedique precisamente a peinar el planeta), cuantas más propuestas importadas de los circuitos artísticos donde se parte el bacalao me intentan colar como lo más de lo más (y más indiferente me dejan, sin apenas rozarme) más convencido estoy de que lo que está pasando por estas latitudes no es solo que no tiene nada que envidiar a los supuestos centros artísticos europeos, anglosajones o latinoamericanos sino más bien al contrario. Lo que está pasando por aquí desde hace rato me parece excepcional. Y no es una opinión solo mía, fruto de algún repentino nacionalismo exacerbado o de puro catetismo, lo hablo con gentes de diferentes pelajes, gentes que no paran de viajar, que no paran de trabajar fuera, y me dicen que piensan lo mismo. Pues yo no veo nada de eso, me decía mi amiga. Ya, porque está oculto, enterrado, despreciado, perseguido por quien debería y podría defenderlo. No se sabe muy bien por qué milagro, en unas condiciones tan duras como las actuales, hay tanta gente por aquí haciendo tantas cosas interesantes, apenas sin medios, sin espacios, sin lugares donde mostrar su trabajo, apartados de las programaciones de los principales escenarios, sin lugares donde formarse, sobreviviendo contra viento y marea. Pero lo hacen. A veces me pregunto si son mucho más interesantes precisamente por la situación en la que viven, si el apoyo a su trabajo les acabaría convirtiendo en esos creadores del norte bien alimentados, seguidores de las modas y de los gurus del momento, esos que me dejan indiferente. A este paso es más que probable que nunca lleguemos a descubrir qué pasaría si toda esta gente que nos rodea dejasen de ser invisibles. Quizá se convirtiesen en zombis, como suele pasar. Pero eso me parece que es darles argumentos a los que podrían revertir fácilmente esta perversa situación. Así que dejad que os cuente lo que opina Jonas Mekas de todo esto.

Jonas Mekas con la Orquestina de Pigmeos

Jonas Mekas es un prestigioso cineasta lituano afincado en Nueva York, a quien muchos no solo respetamos sino que admiramos. Tiene 94 años pero a pesar de su edad goza de una enorme vitalidad. Ha visto muchas cosas en su larga vida. Ha conocido a muchos artistas. Goza de un enorme reconocimiento. Este año le han invitado a la Documenta de Kassel, ha viajado por toda Europa, ha estado en las grandes ciudades, en los grandes eventos, ha viajado más que yo y ha visto muchas más cosas que yo. Eso seguro. Todas las opiniones deberían ser respetadas pero creo sinceramente que mi opinión debería tenerse en mucha menos consideración que la suya. Pues bien, al día siguiente de la conversación con mi amiga me levanté por la mañana y desayuné con la entrada que publicó Jonas Mekas en su videodiario, un videoblog que actualiza de uvas a peras. En ese breve vídeo, Jonas Mekas habla de su reciente viaje a Europa. Dice que ha estado en ciudades grandes, en eventos grandes y que ha visto cosas muy grandes. Y que está cansado de que todo sea tan grande, excesivamente grande. Pero cuenta que, afortunadamente, casi por casualidad, en Madrid, tuvo la oportunidad de asistir a un ensayo de lo que Nilo Gallego y Chus Domínguez, la Orquestina de Pigmeos, están preparando en las Naves de Matadero, junto a unas actrices rumanas no profesionales, para estrenarlo en septiembre (del 21 al 24). Y, muy emocionado, cuenta al mundo que ese ensayo es lo mejor de todo lo que ha visto, por lo menos, en el último año, que eso sí que es arte. Y a continuación explica lo que para él es el arte, el arte que le interesa, y es una definición que me pone la piel de gallina: simple, pequeño, personal, no pretencioso, que toca a tierra, conectado con la vida. Algo así, dice. Y eso Jonas Mekas lo encontró en un ensayo de Nilo Gallego y Chus Domínguez (y a continuación nos muestra un extracto de ese ensayo grabado por él mismo), la Orquestina de Pigmeos, perfectos representantes de todas estas gentes que llevan años haciendo cosas increíbles en el territorio de las raras artes con una milésima parte de los recursos y la publicidad que gasta el mediocre aparato artístico oficial. Mi amiga no los conoce, como muchos otros, y es una lástima, porque viven aquí, entre nosotros. Ahora Jonas Mekas ya lo sabe. El tema es ¿cuánto tardarán en darse cuenta los que parten el bacalao?

Es posible que no se den cuenta jamás. Pero es posible que hace tiempo que alguien se haya dado cuenta y se trate de una persecución sistemática. Es posible que, al igual que la persecución sistemática de los intelectuales que inició el franquismo a partir del famoso grito de “muera la inteligencia” (con el que Millán Astray interrumpió el discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca en 1936) puede que sea la responsable, ochenta años después, de la situación actual de las universidades o de la investigación en el Estado español (como defiende este artículo de Miguel de Lucas publicado en CTXT), la persecución e intento de eliminación de cualquier forma de creación artística que no responda a las directrices neoliberales imperantes sea algo perfectamente calculado.

El escritor Stefan Zweig cuenta en El mundo de ayer cómo una sociedad que tiene como bien más preciado el arte, la filosofía, alguna forma de espiritualidad, una aspiración de acercamiento a lo elevado en cualquiera de sus manifestaciones, proporciona a sus miembros una vida muy diferente de una sociedad que tiene como aspiración, y única meta, algo tan mezquino como el dinero, por ejemplo. Y pone de ejemplo a su Viena natal, antes de las guerras mundiales. Y también, por extensión, a la Europa que él conoció y vio desaparecer ante sus ojos. Una sociedad volcada en el arte, según él, da como resultado una sociedad que se vuelca en la vida, en vivir bien, en comer bien, en pasarlo bien, en disfrutar de la vida, en el amor. La persecución y exterminio que los nazis hicieron de quienes se dedicaban a alimentar una forma de vida cuyo valor máximo era el arte cambió para siempre la sociedad y la vida vienesa. Lo hicieron poco a poco. Cuando la mayoría quiso darse cuenta ya era demasiado tarde.

Vivo en la ciudad de Barcelona, esa persecución la veo aquí cada día, como la veo en la mayoría de lugares del Estado cuando viajo. No me parece casual. Me duele más en el caso de lo que algunos llaman las ciudades del cambio. Me parece una gran hipocresía cuando muchos de esos promotores políticos del cambio hablan del arte y la cultura como el motor del cambio. Sus actos, y los de sus aliados, delatan, en cambio, la gran oportunidad que estamos perdiendo, la gran traición que están cometiendo. Es una verdadera lástima que no sea Jonas Mekas quien dirija nuestras políticas culturales.

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Entrevista sobre Amateur (final)

Presento Gibbons amateur en el Antic Teatre los días 29 y 30 de junio y 1 y 2 de julio. La semana pasada publiqué la tercera parte de esta entrevista que Master me ha hecho para hablar en profundidad de Amateur con motivo de estas actuaciones. Aquí va el final de esta larga conversación, acompañada de ilustraciones de Olga Alvarez. Si queréis saber más os espero en el Antic.

Ilustración de Olga Alvarez

En el Nyamnyam la gente comía y bebía en tus intervenciones. ¿Habrá comida y bebida en el Antic?

Comida no creo. Bebida, si el Antic deja entrar bebidas a la sala, sí y si no, no. He decidido que Amateur debe ser lo más ecológico posible, es decir, debería intervenir lo mínimo posible en el espacio donde tenga lugar cada vez. Comenzó en una casa donde se comía y se bebía, al mediodía, con luz natural. En Pradillo pasó en el interior de un teatro con las paredes pintadas de negro, de noche. En ese caso había una barra en el interior y las gradas para el público estaban recogidas para que el público se pudiese mover por toda la sala y montar fácilmente el resto de propuestas de la noche, que era una sesión compartida con otra gente. El público podía verlo de pie, en la barra o sentados en el suelo sobre cojines. Tanto Gibbons amateur como Goldberg amateur podrían presentarse en diferentes tipos de espacios y condiciones. He decidido que trabajaré con lo que haya en cada lugar. Solo pongo una condición: un piano clásico decente. Porque Amateur también va de eso, de reivindicar viejos sabores ancestrales que estamos perdiendo. Yo amo la música electrónica pero no quiero perder la sensación del impacto sonoro en mi piel de unas cuerdas golpeadas por unos martillos.

Pero, los que estuvieron allí, dicen que en el Nyamnyam el día que probabas Gibbons amateur el ambiente fue muy diferente que cuando llegó el turno de Goldberg amateur.

Sí. Gibbons fue primero. La gente estaba sentada a la mesa. Se servía la comida: primer plato, segundo plato y postre. La gente había entrado montando el follón habitual pero Ariadna Rodríguez, del Nyamnyam, pidió silencio al entrar. Eso no estaba previsto y lo cambió todo. Yo estaba escondido en una habitación y cuando entré y me puse al piano se creó un silencio respetuoso, denso, sin llegar al silencio sepulcral habitual en una sala de conciertos de música clásica porque mientras tanta gente come, con sus platos, cubiertos y copas, es imposible. Estuvimos así una hora y, cuando me giré, al acabar, para sentarme a la mesa con los demás y comer lo que me habían dejado, como estaba previsto, me di un susto al ver la cara de la gente. Caras de gente un poco ida. Llevaban una hora en silencio, comiendo comida rica haciendo esfuerzos por no hacer ruido, mientras leían en la pared unos subtítulos que no paraban de contar cosas y escuchaban esa música maravillosa de Gibbons interpretada al piano a un metro de su cara. La mayoría no estaban acostumbrados a escuchar un piano en directo a un palmo de su cara ni a la música de Gibbons (que a mí ya he contado que me impactó mucho la primera vez que la escuché) y muchos volaron a otro plano de la realidad. Algunos vinieron a darme las gracias por haber creado las condiciones para disfrutar de ese rato de calma, paz y trascendencia que habían tenido. A pesar de que los textos tienen cierto humor, me alegro de que alguna gente del público me hablasen de trascendencia. Lo cortés no quita lo valiente.

Ilustración de Olga Alvarez

¿Y por qué no repetiste el formato en las siguientes sesiones del Nyamnyam, con Goldberg amateur?

Porque hablamos con la gente del Nyamnyam y pensamos que nos habíamos pasado, que queríamos huir de la trascendencia de un concierto de música clásica y habíamos reproducido el mismo contexto. Por supuesto, no era exactamente así, pero por un momento pensamos que había que romper eso aún más. Y entonces pensamos en quitar las mesas, poner dos barras (una con comida y otra con bebida) para que la gente se tuviese que mover… un poco como sería un concierto de rock, como modelo contrapuesto al clásico. Además, había música sonando alto cuando yo entré y paré la música para decirles que iba a interpretar las Goldberg pero que no se preocupasen por mí, que estaría bien (se lo dije un poco irónicamente, como quien se va a meter en un performance un poco chunga) y que no me importaba que hablasen mientras tocaba porque me daba la tranquilidad de que había vida a mi alrededor, o algo así.

Y la gente se desmadró.

Normal. La gente interpretó que esto era una performance en la que hay alguien ahí haciendo algo difícil y largo como interpretar las Variaciones Goldberg al piano y que les invitábamos a que se comportasen como si estuviesen tomándose el aperitivo en un bar. Y era cierto, huyendo de las convenciones del concierto de música clásica, les estábamos induciendo a eso. Pero, claro, había unos textos proyectados bombardeando constantemente que si no les prestas atención te pierdes la historia. Y yo estaba tocando las Goldberg, que son maravillosas, pero la experiencia, como puedes suponer, no fue la misma que cuando tocaba Gibbons. Hubo gente que me felicitó por el ambiente que se había creado pero hubo otra gente, bastantes más, que se me quejaron un poco. Me dijeron que lo que molaba era encontrar ese momento contemplativo en unas vidas que normalmente ya tienen de lo otro, lo del follón y el bar, todo el rato. Lo curioso es que yo toqué muy relajado, sin ninguna presión, aunque era la primera vez que tocaba las Variaciones Goldberg enteras delante de alguien. Pero lo que dice Maria Dolors Aldea, una gran cantante a la que he tenido el placer de tratar: lo importante no es lo que sientas tú sino lo que sienta el público. A veces hay que pasarlo mal para que la gente lo pase bien, supongo que es lo que quiere decir. Yo no sé si estoy de acuerdo con eso pero entiendo lo que quiere decir. La siguiente sesión insistimos en el formato pero intentamos que no se descontrolase tanto. No estuvo mal pero, con el tiempo, me hizo reflexionar, sobre todo después de presentar Gibbons amateur en Pradillo. Allí la gente tenía más o menos las mismas condiciones iniciales que en las últimas sesiones del Nyamnyam, aunque era de noche y la sala estaba oscura (aunque con las puertas abiertas por decisión mía, siguiendo con este rollo de huir de los formalismos clásicos). Pero en Pradillo, donde había unas 80 personas, muchas más que en el Nyamnyam, capaces de montar mucho más follón, pues la gente optó por el silencio, un silencio similar al que había experimentado en la primera sesión de Gibbons. Y volvió a crearse esa sensación de contemplación y escucha. Y entonces me di cuenta de que, sin forzarlo ni pedirlo ni sacralizarlo, eso está muy bien y hay mucha gente esperándolo.

¿Pero esperando el qué, exactamente?

Hay mucha gente deseando abandonar esta vida para encontrarse con otra realidad. Por eso beben, toman drogas, escuchan música y follan como locos todo lo que pueden. A mí también me pasa. Pero hay otras maneras de llegar al mismo sitio. La música es una droga muy poderosa. Te permite salirte de ti, elevarte, fundirte con el cosmos, entrar en otra realidad y desaparecer. A mí me gusta esa sensación, perder de vista esta realidad miserable (en muchas ocasiones) en la que vivimos y transportarme a otra en la que me encuentro con Bach o con Gibbons, y por eso estoy totalmente enganchado y no puedo dejar de tocar el piano por mucho que lo intente (y lo he intentado varias veces). Para eso debería meterme en el Proyecto Hombre o algo así. Y, aunque conozco a mucha gente que lo ha dejado, yo paso. Porque la música es una droga dura, engancha como la heroína pero, a pesar de que si no la controlas te puede llegar a volver loco, en general no parece que sea algo perjudicial para la salud y hasta está bien vista socialmente (y más si hablamos de música clásica, que tiene hasta un halo de respetabilidad). Pero sobre todo no dejo la música (y en mi caso la práctica del piano), como diría Pablo Gisbert, porque mola. Es una razón poderosa para hacer cualquier cosa: porque mola.

Ilustración de Olga Alvarez

Comparas la música con la droga y hablas de los yonkis como gente respetable.

No sé si hablo de los yonkis como gente respetable pero lo que digo es que estoy de acuerdo con William Burroughs cuando dice que no es verdad que la vida de un yonki no tenga ningún sentido. Dice que el yonki tiene más claro que nadie el sentido de su vida: conseguir la próxima dosis. ¿Y si cambiamos heroína por música? Entonces el sentido de mi vida es conseguir la próxima dosis de música, sentarme al piano y flipar durante un par de horas al día inmerso en la música de Bach, de Gibbons o de quien sea que me dé material para flipar. O construir ese material yo mismo. De hecho, no creo que la cosa sea muy diferente de la literatura, por ejemplo. Leer o escribir es algo que necesito tanto como respirar. Si en mi vida falta música o literatura comienzo a ahogarme, me asfixio, me pongo enfermo. Por extensión podríamos ampliarlo al arte en general. También a la cocina, al cuerpo (el sexo, el deporte, la actividad física) o la naturaleza. Al final llegas a la conclusión de que esa desconexión alucinógena a través de todo lo que proporciona ese tipo de placer no es más que una conexión con la Vida (en mayúsculas), más que una desconexión de la realidad. Y eso es lo que busco, conectarme con la Vida. Lo que pasa es que esa Vida muchas veces no coincide con esta otra vida (en minúsculas) que se supone que tenemos que vivir. Por eso me escapo. La música para mí es una de las llaves que abre esas puertas de la percepción sobre las que escribió Aldous Huxley.

The Doors of Perception, joder, ese libro es la hostia.

Sí, pero no sé si alguien se lo ha leído bien. Huxley dice en ese libro que es triste ver cómo la gente utiliza las drogas para escaparse de sus vidas. Él dice que si nos metiéramos a fondo en la realidad no habría ninguna necesidad de huir de ella porque la realidad lo tiene todo, absolutamente todo lo que necesitamos para que nuestra vida sea maravillosa. Pero supongo que tendríamos que hacerlo todos a la vez para que funcionase…

Ilustración de Olga Alvarez

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Entrevista sobre Amateur (tercera parte)

Presento Gibbons amateur en el Antic Teatre los días 29 y 30 de junio y 1 y 2 de julioGibbons amateur es el primer episodio de Amateur, un proyecto que comenzó en el nyamnyam hace más de un año, se vio en el Teatro Pradillo durante Jaleo y tiene una continuación, Goldberg amateur, que presentaré después del verano.

La semana pasada publiqué la segunda parte de esta entrevista que Master me ha hecho para hablar en profundidad de Amateur con motivo de estas actuaciones. Aquí va la tercera parte, junto con el vídeo donde lo cuento todo en 4 minutos. Para los que quieran saber más, os invito a seguir leyendo y a acompañarme esos días, a mí y a mi piano, en el Antic.

¿Dices que hablas mucho de la adolescencia en Amateur?

Esto lo he discutido con algunos amigos y muchos de ellos creen que cuando eran adolescentes eran poco menos que subnormales y que ahora, que ya son gente cercanos o entrados en la edad madura, ahora han conseguido saber lo que quieren… A mí me pasa al revés. Cuando estoy un poco perdido pienso en lo que yo creía o lo que a mí me gustaba en la adolescencia y casi siempre es un acierto acercarme al recuerdo de mi yo adolescente. Puede ser que en la adolescencia mucha gente sea alguien influenciable que solo sigue la corriente pero creo que hay muchos otros casos en los que, en la adolescencia, son ellos de verdad y luego, a medida que se van haciendo mayores, van adaptándose a lo que el sistema espera de ellos hasta el punto de que en pocos años no los reconocería ni la madre que los parió. Yo vuelvo la vista atrás y no veo que haya cambiado mucho en lo esencial desde que era un adolescente. Por eso me interesa bastante la adolescencia, porque en muchos casos es una mirada fresca y limpia, no condicionada por toda la mierda que te vas a tener que tragar en los siguientes años hasta, en el peor de los casos, doblegarte e hincar la rodilla. Y luego vienen las justificaciones.

Aspecto del estudio de Olga Alvarez mientras trabaja en las ilustraciones de Amateur

Hablas de interpretaciones musicales humanas en contraposición a interpretaciones excesivamente virtuosas como las de Glenn Gould. ¿Eso es lo que puede aportar un amateur?

No quiero pontificar sobre el tema pero, tanto en el caso de Gibbons amateur como en el de Goldberg amateur, intento superar la barrera infranqueable que parece que existe para que alguien que no es un intérprete profesional pueda disfrutar del enorme placer de tocar esta música antigua, que actualmente es coto privado de especialistas. Y si hablamos de tocar estas piezas en público sin ser un profesional parece que estamos ante un tabú. ¿Cómo hemos llegado hasta ahí? Beethoven publicaba sus Sonatas para que cualquiera las pudiese tocar en su casa, muchas veces ante los amigos reunidos para la ocasión. Nos han arrebatado una gran cantidad de música antigua y ahora es algo con un tufillo ciertamente elitista y alejado del común de los mortales, a menos que aceptes un papel pasivo, de puro receptor. Yo intento mantenerme en contacto con la interpretación musical de esa música de una manera activa y, de la misma manera que sería absurdo que el sexo estuviese solo en manos de profesionales, intento seguir con mi práctica musical cotidiana de una manera amateur. Como el sexo, es algo que me da un inmenso placer.

Y al interpretar música antigua en público, en un escenario, se convierte en algo parecido a la pornografía amateur. ¿Es eso?

Eso viene de un viejo amigo, Llorenç Chiner, que me decía, hace casi 20 años, que ver a Glenn Gould interpretar las Variaciones Goldberg en vídeo era prácticamente pornográfico. Vean el vídeo que grabó Bruno Moinsageon y juzguen por ustedes mismos. Entonces, si eso es pornografía, vamos a hacerlo nosotros, que no somos profesionales, y estaremos haciendo pornografía amateur.

¿Pero por qué pornografía?

Aunque la música, normalmente, está hecha para ser escuchada por otros, hay algo de pornográfico en ponerse delante de la gente a tocar una música que muchas veces está compuesta para la intimidad, como es el caso del ejemplo que ponía antes de las Sonatas de Beethoven, o de las mismas Variaciones Goldberg, que se supone que fueron compuestas para que un músico sirviente las tocase para un noble que padecía insomnio. Era algo íntimo que ahora se expone a las miradas de un público. Realmente pienso que hay algo pornográfico ahí. Sviatoslav Richter, en su última época, tocaba casi a oscuras porque decía que ver las muecas y la cara de sufrimiento del pianista no era algo en lo que mereciese la pena recrearse.

¿Y la pornografía amateur es mejor?

No necesariamente, pero puestos a ver pornografía, yo prefiero la amateur. Me parece más real, más humana, se supone que no hay dinero de por medio. Muchas veces los profesionales han deformado tanto el tema que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Claro que hay profesionales y profesionales. De hecho, alguna gente me dice que no debería preocuparme por prepararme en exceso las interpretaciones, sobre todo en el caso de las Goldberg, que ciertamente son muy complicadas técnicamente. Creen que los errores ayudan en este caso. Pero, aunque no me preocupan excesivamente los errores, que son perfectamente humanos, yo creo que se trata de todo lo contrario, sobre todo en el caso de las Goldberg. Intento prepararme todo lo que puedo sabiendo que nunca llegaré a rozar la perfección que puedes escuchar en una interpretación de un virtuoso profesional, no hablemos ya de cualquier grabación discográfica (totalmente maquillada). Pero lo que mola es poner toda tu energía en eso, intentar hacerlo lo mejor posible, como en el caso de una relación sexual, y ahí voy, porque cuanto más te pones a ello mayor es el placer. Para mí y espero que también para el público. En el caso de las Goldberg ya se verá, aún sigo en ello, pero soy capaz de tocarlas ya medio decentemente de arriba a abajo. Y sigo trabajando en ello todo lo que puedo, que no es todo lo que yo querría porque sigo siendo un amateur y no un profesional del tema. Y siempre buscando una cierta humanidad en la interpretación. Hay quien piensa que cuando se compusieron todas estas músicas se tocaban mucho más lentamente que ahora, que estas interpretaciones tan extremadamente virtuosas (que muchas veces son en gran medida sinónimo de rapidez, como en el caso de Gould) son fruto de la aceleración de los tiempos en los que vivimos. Por supuesto, en esa rapidez también hay algo de fíjate que rápido puedo ir yo y tú no. Me pregunto por qué eso mola tanto.

¿Y en el caso de Gibbons?

En el caso de Gibbons es diferente. La partitura es aún más antigua. Nadie sabe exactamente cómo se debía de interpretar en su tiempo (como en el caso de Bach pero con aún menos información, me temo). No pretendo hacer una versión académica, de investigador. Toco con piano, no con un clavecín de la época (como tampoco lo hago en el caso de las Goldberg). Pero es que es mi piano, eso es importante para mí: es el piano que me acompaña desde hace más de 25 años y que voy a trasladar al Antic para la ocasión. Mi selección se centra en algunas Pavanas, unas composiciones lentas y que a mí me parecen de carácter sumamente contemplativo. Lo que he hecho es permitirme ciertas licencias al respecto. Las toco seguramente muy lentas, demasiado para lo que cualquier profesional podría llegar a admitir.

Mi piano

¿Por qué tan lentas?

Todo tiene una explicación. Al principio del proyecto pensé que sería una buena idea compartir con el público lo que sería la experiencia de un ensayo musical, que es la experiencia más cotidiana que tiene uno que se aproxime a este tipo de música desde el punto de vista de la interpretación. Cuando uno ensaya repite varias veces lo mismo y, al principio, lo toca mucho más lentamente hasta llegar a dominarlo. En el caso de estas piezas de Gibbons, si unes la lentitud con la repetición y añades algo de improvisación quizás estemos acercándonos a algo muy semejante a lo que debía ser la interpretación en su época. En cualquier caso, estaremos muy cerca de lo que es la visión que más me interesa de su música. Ningún profesional seguramente se permitiría algo así. Pero yo soy amateur, no voy a hacer un concierto al uso, lo presento en un contexto performático y me permito unas cuantas licencias muy poco estándar. Todo eso, el hecho de que doy la espalda al público, la proyección simultánea de mis textos, la poca iluminación, creo que contribuyen a crear un ambiente propicio para que el público pueda aproximarse a la experiencia que yo vivo cuando estoy en mi casa tocando el piano y todo lo que se me pasa por la cabeza en esos momentos. Es una experiencia contemplativa y envolvente.

Gibbons amateur en el Nyamnyam

Hay textos. El público los lee proyectados mientras estás tocando.

De eso se trata, sí. Hay mucho texto, casi constantemente. El público está sobre estimulado y puede escoger en todo momento en qué centrar su atención. No busco la escucha atenta de un concierto clásico, que me parece excesiva y poco acorde con lo que debían de ser las condiciones de escucha de la época en la que se compuso la música que toco. Amateur va de escuchar música antigua en vivo, con un piano clásico, sin micros ni amplificación, mientras cuento una historia que tiene que ver con lo que toco pero también con mi vida, con todas las veces que he abandonado el piano, con la música vista como una droga dura desde el punto de vista de un yonki, con lo amateur, con la lucha de clases, con el placer, con rescatar ciertos sabores antiguos y con la venganza colectiva que supondría, a pesar de todo lo que está pasando a nuestro alrededor, conseguir ser felices gracias a pequeñas cosas tan potentes y mágicas como la música, más potentes que cualquier clase de droga y al alcance de todos. Y, como estoy tocando y no puedo tocar y hablar a la vez, esa historia la cuento a través de unos textos que hay que leer como si fuesen los subtítulos de una película. Son dos de las cosas que más placer me dan en la vida: la música y leer.

Lee la continuación de la entrevista aquí

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