El tábano que volvió a posarse sobre la ciudad adormilada

Una jornada de teatro, performance, archivo y memoria recupera el espíritu de la compañía independiente Tábano y lo pone en diálogo con artistas contemporáneos. Desde Sara Manubens y Puttaneska (De Momento) hasta Cuqui Jerez y El Conde de Torrefiel, dos generaciones convergen en una misma forma de entender la cultura y de habitar la ciudad

El 3 de octubre de 2026 sucede todo a la vez y al mismo tiempo y, aunque es un día medio lluvioso, casi todos los madrileños están en la calle. A las doce del mediodía, unas 500.000 personas ocupan la ciudad en una manifestación por el derecho a la vivienda. A las doce del mediodía, en El Umbral de Primavera, en Lavapiés, un grupo de chavales y chavalas se hace fotos antes de entrar a escena: “¡Que sea vea la bota! ¡Escóndete, pero asómate! ¡Oh, sí!, ¡Somos girls interesantes!”. Unas horas después, estos jóvenes se mezclarán con otros jóvenes y el público se disolverá con los artistas y los manifestantes con los perros y los policías, y los niños y todos y todas con unos jugadores de baloncesto, con los repartidores de supermercado, con un cuarteto de viento, una señora en bicicleta o aquel grupo de amigos que hace unos años conformaron el grupo de teatro Tábano.

Dios me puso sobre la ciudad como al tábano sobre el caballo para que no se duerma ni amodorre es el nombre que da título a una jornada de teatro, performance y memoria que ocupa, durante todo el día, distintos espacios, plazas y calles del madrileño barrio de Lavapiés. La propuesta ha sido impulsada por los gestores culturales Javi Cruz, Jacobo Cayetano y Fernando Gandasegui, dentro del ciclo Plazas y Performances, una de las iniciativas del programa 50 años España en Libertad, comisariada por el periodista y gestor cultural Pablo Caruana, que antes de llegar a Madrid ya había pasado por Sevilla, Valencia, León y Pamplona.

La frase tan larga, tan descriptiva y tan poética Dios me puso sobre la ciudad como al tábano sobre el caballo para que no se duerma ni amodorre, procede de una de las imágenes más conocidas de la Apología de Sócrates, de Platón, en la que cuenta cómo Sócrates se compara con un tábano enviado por los dioses para despertar del letargo a una ciudad que se había acomodado. Cincuenta y ocho años después de que Tábano, la compañía de teatro independiente fundada en Madrid en 1968, hiciera suya aquella imagen, esta vuelve a recuperarse para responder qué hacer para que Madrid no se vuelva a dormir ni amodorrorar. Fernando Gandasegui habla de ejercer “la alegría crítica”, una alegría que poco tiene que ver con la derrota, sino con una rabia positiva y desde donde puede brotar el encuentro con los demás; Javi Cruz lo compara con el teatro medieval, para él, esta jornada es también una forma de recuperar aquella capacidad de hacer que, durante un instante, la vida de la ciudad se condense y suceda algo improbable, pero deseable; y Jacobo Cayetano lo resume claro y conciso en un concepto, el de “genealogía bastarda”. 

Esta genealogía bastarda se mantiene vibrando en toda la sucesión de encuentros y performances, “como una sinalefa”, explica Javi Cruz. Cada acción conduce a la siguiente y cada espacio abre paso a uno nuevo, de forma que el público se va desplazando por el barrio y a través de la programación, siguiendo una serie de globos dorados con forma de soles y caballos que funcionan como faro y guía durante todo el recorrido.

El día arranca a las once de la mañana, en el Teatro Valle-Inclán, con la proyección de parte del archivo audiovisual de Carlos Sánchez, uno de los fundadores de Tábano y responsable también de la mítica Sala Cadarso. El propio lugar es parte de esa historia ya que, en el mismo solar donde hoy se levanta el Teatro Valle-Inclán, estuvo el Cine Olimpia, uno de los espacios en los que Tábano presentó y estrenó algunas de sus obras. Tampoco es casual que la jornada empiece con un archivo. Dios me puso sobre la ciudad nace de la dificultad de contar una trayectoria cultural que no está perfectamente documentada. “Para entender cuál ha sido la historia de la orilla un poco más experimental de lo escénico en España, tienes que quedar con la peña en bares, lograr que te lo cuenten más o menos y fiarte de lo que te están contando”, resume Cruz. 

Carambolas, La rebelión de los juguetes y Les animaux en marche forman parte de esas películas infantiles y juveniles recuperadas por Sánchez y realizadas durante los años sesenta y setenta, que permiten reconstruir otra faceta de aquel teatro que también experimentaba con las imágenes y se acercaba a públicos que no necesariamente pertenecían al circuito cultural convencional. 

Una pulsión que, décadas después, reaparece en otros espacios y con otras formas. A las doce y media, la artista Sara Manubens reivindica, desde el Umbral de Primavera, lugares como este o como el propio Cine Olimpia, concebidos como algo más que espacios de exhibición artística. “Son también una forma de vida, una forma de existir”, resume. Su intervención parte de un Manifiesto Independiente para una performatividad travesti, escrito en 2023 después de diez años de práctica artística, un texto que ella misma define como un cruce entre teoría de género y teoría teatral y con el que reivindica la posibilidad de moverse en el mundo del arte “como un salmón noruego”, de forma que ir hacia atrás no sea específicamente una forma de retroceso, sino un modo de avanzar de otra manera. Manubens insiste en que se trata de un manifiesto personal que no pretende hablar en nombre de nadie: “Cada travesti es un cuerpo y cada cuerpo tiene su experiencia”. Pero reconoce que nunca habría podido escribirlo sin sus amigas y sin esas conversaciones mantenidas hasta altas horas de la noche que también han acabado registradas, de alguna forma, dentro del texto. Ese cúmulo de voces se amplía cuando los y las jóvenes de la compañía Un Tanto Gamberras, surgida en el Teatro del Barrio, se suman a la lectura del manifiesto de Manubens haciendo que sus palabras vayan pasando de un cuerpo a otro, entre generaciones y experiencias distintas.

Una vez terminada la acción y ya fuera de la sala, la calle Primavera parece doblarse sobre sí misma. España y Líbano se acercan y se tocan durante unos minutos recordándonos que estamos más cerca de lo que pensamos. Desde uno de los balcones comienza a sonar la voz en árabe del actor y traductor libanés Ziad Chakaroun y el público y los transeúntes miran hacia arriba buscando su imagen. “Me expulsaron de la ciudad antes de que llegue la noche” dice, esta vez en castellano. Durante siete meses, y en el contexto de la guerra, lo único que Chakaroun podía hacer era “escribir poemas y esperar a las estrellas”. Las palabras se cortan de forma repentina y el actor lanza desde el balcón unos papeles en los que aparecen la fotografía de dos hombres pescando y la frase “Beirut, eleison!”, “Beirut, ¡ten piedad!”. Las fotografías acaban aterrizando sobre el techo de un coche policía que justo en ese momento baja por la calle Primavera. Hay una energía rara y extraña y es que Ziad Chakaroun no ha podido terminar la lectura porque, minutos antes de salir a recitar, ha recibido la noticia del asesinato de su amiga, la actriz y titiritera, Suha Nader, de 33 años, en un bombardeo al sur del Líbano. 

Aquel coche de policía (si no es el mismo, uno parecido por fuera y con individuos parecidos por dentro) cruza unas horas más tarde la plaza de Nelson Mandela, con tranquilidad, observando despacio y con recelo a un grupo de señores y señoras mayores sentadas alrededor de una mesa dispuesta en torno a la Fuente de Cabestreros, una de las pocas fuentes de la Segunda República que aún resisten en Madrid. Son los integrantes del grupo de teatro Tábano. Muchos aún guardan relación, pero la mayoría llevan tiempo sin encontrarse, por lo que en la conversación no tardan en salir las preguntas sobre la familia y la salud, las fotos y los selfies y también unas cuantas peticiones de sacarina para el café. Llueve, así que rápidamente se improvisan unas carpas que cubren a duras penas a los Tábano. El público y los paraguas se juntan para escuchar un archivo oral en directo en el que los recuerdos de la compañía van reconstruyendo una época marcada por la vanguardia, pero también por la censura y el franquismo.

“Nos llevábamos muy bien con la censura”, resume con humor el músico, productor y gestor cultural Javier Estrella. Tábano había tenido que convivir tanto con ella que casi todas sus obras terminaban pasando por las manos y las tachaduras de los censores. Sabían incluso que los censores estaban en el patio de butacas cuando una luz en bambalinas marcaba su llegada. En más de una ocasión, tuvieron que ocultar la naturaleza improvisada de su trabajo porque, para un censor, la mera improvisación podía ser motivo para ser prohibida. 

La actriz Petra Martínez, viuda del fallecido Juan Margallo, uno de los fundadores y figuras más relevantes dentro de Tábano, lo resume así: “Fue el teatro el que me hizo ser política”. Antes de entrar en la compañía, cuenta, había crecido en una familia republicana, pero la política no ocupaba un lugar especialmente central en su vida. “Después, nos fuimos a hacer funciones a países como Francia y aquello nos politizó aún más”, recuerda. Tábano llevó su teatro a otros países europeos y latinoamericanos donde vivían miles de emigrantes españoles que, después de las representaciones, les acogían en sus casas ofreciéndoles comida y un lugar donde pasar la noche. Aquellos encuentros permitieron a los actores conocer de cerca las condiciones sociales y de vida que atravesaban las comunidades en la diáspora.

“A mí me enseñó a colectivizar, a vivir de otra forma, todos juntos” añade la actriz y jefa de sala del Teatro Español de Madrid, Myriam de Maeztu. Entrar en Tábano suponía dejar de ser sólo un actor o actriz que recibía un papel para empezar a formar parte de un proyecto que se construía entre todos, desde el texto hasta el vestuario o la música. En aquella forma de hacer teatro, la fama del nombre propio quedaba en un segundo plano. “Esto es de todos, esto es todo nuestro” recalca. “Todo se comparte y todo es un trabajo colectivo”.

La limonada, el café y el licor Veterano Osborne comienzan a bajar a medida que se seca el suelo de la plaza. Y la plaza se va llenando. Y cada vez hay más gente que, después de pasar por la manifestación, se queda atraída por palabras como “censura”, “libertad artística” o “dictadura”. La sobremesa termina con todos reunidos para una foto. Público y artistas miran hacia uno de los balcones y la cámara dispara. Un instante después, aparece la artista drag oaxaqueña Nativa Reina Mexicana, vestida de verde y con grandes plumas en la espalda, cantando al son de Clandestino, de Manu Chao. Los Tábano aplauden y sonríen, todos sienten que ha llegado ese momento en el que algunas sobremesas se han alargado tanto que no queda más remedio que pasarse a la fiesta. 

Frente al solar de lo que fue el Baobab, el icónico restaurante senegalés que durante meses resistió las presiones hasta acabar derruido, sucede una de las escenas que Cruz, Cayetano y Gandasegui habían imaginado para este día. “Hemos estado abriendo Google Maps, viendo la malla de la ciudad, leyendo posibles itinerarios y posibles lugares”, explica Cruz. Entre ellos estaba precisamente el Baobab. “¿Qué pasa si le encargamos comida a la peña del Baobab? ¿Qué pasa si nos ponemos alrededor de la fuente? ¿Qué pasa si lo hacemos en los balcones?” se preguntaban antes de que el proyecto se convirtiera en realidad. 

Pasa que ahora en la plaza hay cada vez más gente dispuesta a seguir a los globos dorados con forma de caballo que marcan el camino. Pasa que, si los balcones son palcos, la calle es el escenario y pasarela por la que Nativa avanza mientras conduce al público hacia el siguiente punto de encuentro. El público canta y baila junto a la artista al son de “nunca, pero nunca, me abandones cariñito” y ante la estupefacción de algunas vecinas y viandantes que observan sin entender muy bien qué está pasando. En la plaza donde termina la travesía de Cabestreros, les espera un cuarteto de viento que toca a ritmo de pasodobles y donde la artista y coreógrafa Cuqui Jerez prolonga el desconcierto con una zanahoria que desciende lentamente desde un balcón. La pieza Unos Pasodobles trabaja con los códigos reconocibles de esta música para llevarlos hacia otro lugar, haciendo, entre otras cosas, que baile una zanahoria o se contonee el humo que emana del interior de un cubo de basura. Jerez se sube a una bicicleta y comienza a dar vueltas alrededor del público. Un niño la observa, confuso, hasta que decide preguntarle a su madre: “Pero ¿qué nos va a enseñar? ¿Que sabe montar en bici? ¡No es tan difícil!”. La pregunta del niño no está tan lejos de la que se escucha entre otros espectadores: “¿Qué te parece la performance por la vivienda?”, le susurra un hombre a otro. En ambas hay algo más que curiosidad, está la necesidad de poner nombre a lo que ocurre para orientarse ante ello. En tiempos donde buscamos entender y razonar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, el desconcierto puede convertirse rápidamente en frustración, pero también en la incómoda sensación de que somos nosotros quienes no estamos entendiendo, quienes nos estamos perdiendo algo. 

Quizá por eso, quienes se permiten dejarse llevar por el poder de la zanahoria, del pasodoble, del disfrute y de la alegría crítica, continúan subiendo por la empinada calle de Embajadores al ritmo de Paquito el Chocolatero, mientras quienes toman el vermut en la plaza de Cascorro se preguntan a qué viene tanto guirigay. La música conduce a los feligreses hasta la cancha del Instituto San Isidro, donde la compañía El Conde de Torrefiel presenta Observen cómo el cansancio derrota al pensamiento. “Solo tenemos 300 auriculares”, alerta una de las organizadoras. Hay mucha gente, sólo sobran cinco. 

La pieza, estrenada en 2011, coloca un partido de baloncesto en el centro de la escena. Los jugadores corren, se pasan la pelota y tiran a canasta mientras, a través de los auriculares, una voz lanza preguntas que van de un asunto a otro: “¿Cuál es tu postura sexual favorita? ¿Hay algo en tu pasado que te dé mucha vergüenza? ¿Has pensado en el uso de la violencia como una opción real en la vida?”. Después de un descanso con Chopin como banda sonora, la voz vuelve a preguntar sobre el amor, sobre la posibilidad de amar a una persona toda la vida, sobre repartir ese amor entre varias personas o amar un lugar y odiarlo al mismo tiempo. Entre unas cuestiones y otras aparecen también reflexiones sobre el fascismo español y sobre la forma en que esos años siguen pesando sobre el presente.

Derrotados los jugadores y derrotado el público, llega un descanso para todos. Un parón. Unas horas después, la escritora Miriam Martín, desde un balcón iluminado por un gran foco que compite con la luz del cartel del Carrefour 24h de Lavapiés, recuerda las redes de organización del barrio y aquellos espacios en los que, durante años, se ayudaba a las personas migrantes con clases de español, trámites burocráticos y acompañamiento médico. 

“¡Qué tiempos son estos, en que hablar sobre árboles es casi un crimen porque implica silenciar tanta injusticia!” escribió el poeta Bertolt Brecht. Para Martín, hablar de árboles es también hablar de política, de cómo se construye una ciudad, de qué lugares se cuidan y cuáles se dejan morir, de qué significa compartir un barrio. En el texto que lanza desde el balcón hacia la plaza, los árboles de Lavapiés no aparecen únicamente como paisaje, sino como parte de una vida común. Dan sombra, oxígeno, frutos, belleza. “Dan sin intención de dar y nada quitan (…) Gratis y a la mano”, escribe. “¿Y si nos dedicáramos a propagar esta abundancia y esta idea de abundancia?”.

También aparece el 15M. En el suelo de granito de la plaza de Cabestreros, recuerda Martín, amaneció entonces una pintada que decía “el verde de la tierra brillará de nuevo para vosotros”. Más de una década después, otra acampada brilla luminosa poniendo en el centro de la conversación, de la cultura y de la política, el derecho a la vivienda. Aunque el tiempo haya pasado, la plaza es la misma y nosotros, aun siendo otros, también somos los mismos. 

A las nueve de la noche, dos generaciones de artistas separadas por varias décadas se juntan para cantar en un camión frente al Centro Dramático Nacional. Para Fernando Gandasegui, el grupo musical ligado a Tábano, las Madres del Cordero, pueden ser tan jóvenes como Puttaneska (De Momento), porque la juventud no es biológica, sino una disposición artística y política ante el mundo. El último globo con forma de caballo que ha guiado al público hasta este lugar se libera por fin y asciende lentamente. Entre quienes miran al cielo están Petra Martínez, una de las jugadoras de baloncesto, varios artistas, niños, vecinas, perros…

 “Parece que estamos derrotados, pero hay que seguir. Hay que seguir volviendo a Madrid y seguir usando las plazas que tenemos” resumía Jacobo Cayetano unos días antes de la jornada. Durante unas horas, Lavapiés es calle y escenario. Nadie sabe dónde termina la vida y empieza la obra, quién es espectador y quién forma parte de ella, si aquel hombre que se detiene a mirar viene de la manifestación o es “un Tábano” o si aquella mujer que habla de árboles está haciendo una performance o mostrando su indignación como cualquier ciudadana que lleva días acampada en Sol. 

Jacobo Cayetano, Javier Cruz y Fernando Gandasegui han construido este tábano gigante y lo han colocado sobre una ciudad que ya habíamos olvidado. Ahora nos toca a los demás mantener el zumbido. Que nadie se duerma ni se amodorre. Hay que estar en la calle, picar y despertar.

Jimena Marcos 

Fotos de Jesús Ubera

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