
Catorce kilómetros: esa es la brecha del estrecho de Gibraltar. La distancia que separa el punto más meridional del continente europeo del continente africano. Es nuestro destino, el final de un camino y el principio de otro. Un viaje conducido por la suerte de Ahmed Ben Attia, de Carmen Aldama y de Cuqui Jerez. Un camino de esos que te cambian un poco el cuerpo. La vivencia de un ritual.
El puerto, enorme, estaba ahí como una presencia difícil de ignorar. Hay algo en esa inmensidad que te vuelve pequeña de una forma extrañamente cómoda. Como si el tamaño del mar, de los contenedores, de las grúas, de las distancias, viniera a recordarte que no hace falta entenderlo todo para estar ahí.
Un espacio, un lugar, una atmósfera energética vasta y densa, pero que atraviesa. El aire pesa distinto aquí, guarda existencias; tiene suspendidos restos de voces: pasados y futuros. El horizonte y el mar, lugar santo que respira lento al pensamiento de nombres e historias con un mezquino lecho. Fuerza de supervivencia, una presencia reflejada en el escenario.
Absortas en esa escala llegamos a Box Levante, tras un viaje de casi dos días de la mano de Ahmed. Un trayecto que no termina. El ensueño continuó con la afectuosa acogida del equipo y sus residentes, un cuscús con sabor a casa, un espacio que nunca nos resultó ajeno y que en todo momento nos invitó a formar parte. Un contenedor que ya es hogar.
En el teatro más al sur de Europa asistimos al preestreno de Estudios para un ecce homo de Shantí Vera y Fernando Renjifo en el marco de SUR Festival de escénicas del Estrecho antes de su estreno internacional. Una danza nacida en residencia artística en este mismo lugar.
Y entonces la obra. Estudios para un ecce homo se presenta como una pieza que piensa con el cuerpo y con la palabra. Como quien deja que la idea se encarne, se desgaste, tiemble, se contradiga. La palabra aparece proyectada, suspendida. Queda el cuerpo. Vera en un espacio vacío.
Un cuerpo que se sabe visto, un cuerpo que se ofrece a la mirada y al mismo tiempo la complica. Un cuerpo que observa, que duda, que se desplaza. Un cuerpo que piensa su finitud mientras sigue moviéndose.
La pieza insiste. Repite. Repetición como forma de pensar. Repetir para mirar otra vez. Repetir para que una imagen no se cierre demasiado pronto. Repetir para ver si en esa segunda, tercera, cuarta vez aparece una grieta, una variación mínima, un temblor nuevo. La pieza trabaja con gestos pequeños, con el filo de lo casi nada, con el modo en que un cuerpo ocupa el aire. A veces lo sencillo es lo único que de verdad permite que algo se diga.
La palabra y la danza no compiten; se acompañan, se escuchan. El texto no tapa al movimiento y el movimiento no ilustra al texto. Se abren uno al otro. Se sostienen. A ratos uno tiene la impresión de estar viendo un poema escénico que podría ser también manifiesto, paisaje o celebración. Y quizá la gracia está precisamente en que no se decide por una sola de esas formas. Prefiere permanecer en ese umbral donde algo todavía está naciendo.
Amerita mencionar la propuesta musical de Alberto Trabajos, una música que impacta antes de poder decidir. Una llamada que obliga a estar, a atender. Es casi una privación de los sentidos. Después el silencio. Y detrás, Beethoven y su Tempestad, literal y figurada. El cuerpo entra en su pulso, y es que la elección de la pieza no es baladí, el patrón rítmico continuo, casi mecánico, casa perfectamente con la partitura de movimientos, con su calidad y desplazamientos. La pieza, que se sitúa como colofón de los Estudios, golpea y resume la acumulación de tensión e intensidad recogida a lo largo de la pieza. La armonía y el ritmo del alegretto manifiestan una inestabilidad contenida. Atraviesa el temblor, y de manera muy precisa todo se encuentra con un sentido compartido entre los contados elementos de la obra.
Es aquí cuando nos vuelve a la cabeza el espacio vacío, y Peter Brook. En el teatro dentro de un contenedor, la energía poseída por Shantí Vera y un mar de posibilidades en un espacio despejado de artificios, una economía de medios donde surge y ocurre todo lo que ya estaba ahí. Vuelve también el orden de lo ritual, el presente, aquí y ahora, nosotras. Así, la pieza conecta con la raíz de lo escénico, la necesidad primitiva, la pulsión de la escena, crear y compartir.
Hay algo muy bonito en llegar a un sitio para ver una obra y salir con curiosidad por todo lo demás. Estudios para un ecce homo deja algo abierto. Una especie de confianza en que merece la pena seguir mirando. Así que habrá que volver a SUR y ver qué más pasa. Ver otras propuestas, ver qué otras preguntas aparecen y ver como otros cuerpos están pensando cosas y mirando el mundo delante de nosotros.
Silvia Alba y Lucía Feijóo Robles
viva roberta