
Algeciras es un lugar de fronteras. Todo huele a fronteras. El puerto, el Peñón, la cercanía de África, los buques, los campos baldíos, la costa. Todo avisa de que estás en algún tipo de límite. No es casualidad que el imaginario mítico situara las Columnas de Hércules que marcaban el fin del mundo antiguo en este lugar.
Todas las fronteras se terminan conectando. Se multiplican y ramifican, geográficas, culturales, económicas, políticas, reales e imaginarias, formando un tejido que nos compartimenta, nos agrupa y nos separa. Por eso también todas las marginalidades en algún punto se reconocen.
Podríamos pensar que los contenedores de Boxes Alcultura situados dentro de ese espacio de nadie que es el puerto, ocupan un lugar marginal dentro de un cierto mapa cultural, pero esto implicaría considerarlo en relación con un centro, con algún tipo de centro, Junta de Andalucía, Madrid, Europa, esperando que se acuerden de ti, te reconozcan, te permitan sobrevivir, te dejen estar. Las relaciones márgenes-centro son perversas. O los márgenes se convierten en centros que reproducen el sistema, o de lo contario, la permanencia en los márgenes lleva a la marginalidad y la marginalidad a la nada. Pero lo peor no es la perversión, sino el agotamiento. Desde un punto de vista vital, de la supervivencia mental, es decir imaginaria, poética, o como se suele decir, para no perder la cabeza, resulta más saludable situarse directamente fuera, no en la frontera, sino del otro lado de ningún lado, en la nada o con los nadie. No asumir el riesgo de la marginalidad, la anormalidad, la enfermedad, sino declararse normalmente enfermo o anormalmente descentrado.
Podemos intuir que Fernand Deligny sabía mucho de esto cuando termina abandonando los márgenes de la institución, de los centros de acogida de menores delincuentes o con trastornos graves de personalidad, de la institución siquiátrica en la que había trabajado hasta entonces, para irse a ese lugar de nadie que era entonces Cévennes, convertido hoy en un parque natural al sur de Francia, durante más de 30 años con los niños y las cabras. Tres décadas, que van desde los años 60 hasta finales de los 90, no es la duración de un proyecto, mucho menos marginal, sino de una vida o gran parte de una vida, algo en todo caso difícil de nombrar. Referirse a una vida como proyecto es solo parte de nuestra moderna anormalidad, esta sí convertida en proyecto o proyectil; mejor en todo caso hablar de tentativa, ensayo, prueba, experimento, juego que es como se conoció este periodo, La tentative de Cévennes.
La artista brasileña Juliana Jardim compartió como parte de la programación de la segunda edición del Festival Sur materiales en torno a Fernand Deligny. No se trataba de explicar su mundo, sino de hacerlo presente a través de fragmentos, pequeños gestos, acciones, imágenes, papeles que se vuelan al aire, escrituras. Este mundo errático, con sus mapas, repeticiones, silencios y recorridos, resuena especialmente en la topografía de Algeciras.
Deligny denuncia la perversión que supone el sentido finalista de la siquiatría, que convierte a las personas en seres defectuosos que hubiera que mejorar, arreglar, curar. En su lugar, desarrolla una brújula para moverse en un territorio sin puntos cardinales, sin límite estables entre centros y márgenes, normalidades y anormalidades, enfermedad y salud, animales, cosas y personas. Un espacio de nadie sostenido a través de un tejido de complicidades entre presencias y recorridos, hábitos y gestos, objetos y ruidos, que lo componen y descomponen. Es por eso que alguien dijo que Deligny no hacía una política, sino una infra-política, que es un término que le puede ir bien a Algeciras.
El legado de Deligny, como todo lo que termina asimilado por una cultura de la producción, los resultados y el éxito, corre el riesgo de quedar reducido a un decorado de nuestra normalidad sin márgenes ni silencios. El indicio para medir esto es el grado de autosatisfacción del sujeto con su propia vida/obra (proyectada).
En el contenedor donde se hizo la presentación, Juliana señaló el perímetro de una excavación, un agujero en medio del público. Entre los restos se encontraban una cuerda, cañas de bambú y tierra, con la que construyó una balsa, una pequeña balsa, con ayuda de alguien del público. Luego la entierra.
Este texto no acaba aquí, es el principio o continuación de otra cosa que empezó entre el Peñón y el Musa, delante del contenedor, la balsa, la tierra, los mapas y el agujero. Pero por el momento lo dejo aquí. Su interrupción forma parte del texto, como el agujero del contenedor, es el modo de horadarlo, de abrir túneles. Estoy pensando.
Óscar Cornago
