Los modos de la multitud (II). Las prácticas regenerativas: comportamientos que afectan al contexto socio-cultural.

 

En Ecología, la rama de la Biología que estudia los comportamientos de los organismos con su entorno, hay una simple, polar pero elocuente teoría que analiza la performatividad, conexión, gestión del medio y el desarrollo de los seres vivos según una relación nombrada como r/K (*). Aquellos individuos que priorizan la fuerza y entidad de su especie y la cantidad de su prole para afirmar de tal manera su supervivencia, al final lo hacen siempre a costa de los recursos del ecosistema que habitan: comprometiendo los equilibrios que lo regeneran en vez de sumarse a los mismos, empleando cuanto necesitan hasta que han de irse a otro lugar pues yermo lo abandonan. Se les nombra como estrategas de tipo r, un tipo de planteamiento a todas luces radical que reifica e instrumentaliza sus alrededores sin contemplación. Los estrategas de tipo K son aquellos que establecen una relación de calidad o simbiótica, ya que escalan su comportamiento atendiendo a las capacidades propias y del entorno, permitiéndose el aprendizaje y la transformación participada: una relación de complejidad que promueve la pluralidad de vínculos y manifestaciones adscrita a la potencia de lo relacional.

(*) [La elección de la letra K provino de la forma alemana Kapazitätsgrenze (límite de capacidad), mientras r proviene del inglés rate (tasa, índice)].

En Cultura, atendiendo a su conjunto y resiliencia, un estratega radical -de tipo r- sería el que se perpetúa a sí mismo y sus modos de vida en un quehacer y orden que se nutre de las energías y medios del plural comprometiéndolas: un devenir predador y luctuoso que articula y sostiene ciertas hegemonías culturales a costa de la alteridad y su memoria, cerrando el campo a interés. La simpleza de un «Realismo Capitalista» (**), siempre inconsciente y por tanto a flor de piel, arma la realidad de sus creencias y la articulación de sus pasiones; ya que observan y trabajan el presente incrustando lógicas de corto alcance, banales, competitivas, de valor prosaico o instrumental, y emociones rápidas y solipsistas que no animan a participar, a estar-con sino a fugar: un ejercicio desorientado de miedo, enajenación, culpa y soledad. La clase cultural repitiendo su diferencia para no desaparecer. Desconfían de la potencia porque en realidad no la conocen: y quien no se encarna, quien no se compromete, no puede aportar nada de interés comunitario. Y lo saben, de ahí su pánico enfocado en juegos de poder y modos de supervivencia radicales que rompen los lazos afectivos. Nuestra responsabilidad es identificarlos y no dejarles operar, desarticularlos críticamente para que crezcan otros modos de hacer; pues aunque la empatía es voluntaria, con límites subjetivos y disposicionales, no lo es la solidaridad; y si una persona se niega a contribuir, también niega su pertenencia a la comunidad y por tanto el acceso a sus recursos debe mediarse, dosificarse y, dado el caso, quizá restringirse.

(**) Mark Fisher define Realismo Capitalista como «la sensación generalizada de que no solo el capitalismo es el único sistema político y económico viable, sino también que ahora es imposible incluso imaginar una alternativa coherente a él». Autismo cognitivo, velo de lo real ajeno a la articulación y convivencia del plural conceptual y metodológico.

«La potencia es una capacidad que se desarrolla siempre a través de la relación. O por decirlo de otro modo, un atributo del aparato somático, que recordemos, está hecho de relaciones, de ficciones y de técnicas. La potencia como “poder de existir” se despliega como proliferación y aumento de las relaciones con todo lo existente.» Paul B. Preciado

¿Qué contextos creamos con nuestra participación? ¿a qué comportamientos adscribimos nuestros afectos, sosteniendo su realidad, perpetuando su posibilidad? ¿qué activamos con nuestra atención, trabajo y presencia? Una buena práctica también empieza por saber decir NO.

Lo opuesto a una práctica extractiva es una ética o práctica regenerativa. Aquella que construye relaciones y un contexto participado que se renueva, creando trabajo a su través al promover un devenir que configura condiciones y recursos, pues se escala apoyando y enriqueciendo los equilibrios, medios y capacidades del entorno y su memoria. Reelabora el conocimiento adquirido en el contexto -relaciones de exterioridad inclusive- para reactivar su proceder abierto, creando su tiempo. Una singularidad informada de la complejidad y sus disposiciones, afectos de una política de cuidados que entienda la participación y el acompañamiento crítico y constructivo como herramienta definitoria de los procesos de regeneración.

Una ética que niega participación en los engranajes ficcionales de un juego de poder disoluto y sus prácticas culturales, enfrenta una resistencia como primer paso para la asunción de los efectos que ser parte conllevaría, de sus consecuencias lógicas: tal distancia sirve de toma de tierra sobre la acción banal y la producción de realidad que lleva consigo; se observa así, que muchas veces se perpetúa en deriva simple, con nuestro pasar tácito o discurrir acrítico, la acción de unas disposiciones enmascaradas que son inercia y en su seno rédito privativo ilícito, mero ordenamiento de clase y no pocas veces psicopatía; dotándolas de fuerza a nuestro pesar y a costa de la potencia del común. Un discurso que nos excede como individuos -el poder instituído, su concierto estático y sus agentes del orden-, y afectamos a la comunidad con nuestro comportamiento, sea o no consciente, abonando las condiciones desactivadoras para ciudadanas, artistas, trabajadoras y colectivos de la Sociedad y la Cultura (***).

(***) Los modos de la multitud (I). Las prácticas banales: comportamientos que afectan al contexto socio-cultural.

Una comunidad no es buena en sí misma. El acontecimiento no está -sólo- en crear comunidad, si no en lo que se hace. La política de los afectos, el acompañamiento interpelativo, los cuidados apuntan a un paradigma relacional de prácticas curadas en salud, procesos metodológicos de aprendizaje y reflexión colaborativos. Es cultivar un lugar de encuentro que calme y lleve a la reflexión para la acción, dilucidar qué prácticas o equilibrios regeneran y cómo podemos implementarlas: esto es, situar la estrategia en lo inexorable de su performatividad, y entrelazar un lugar de trabajo propositivo que escuche y afirme la realidad del contexto del plural en la diversidad de sus manifestaciones, atendiendo a la vocación pública de su memoria.

La conciencia para articular la potencia del común: afectos, energía, conocimiento y cuerpo en aquellos equilibrios que renuevan el contexto y que lo transforman en aras de un orden compartido: abrir las situaciones del presente a soluciones vivas. Empoderar entre todas las prácticas constructivas -innovadoras, propositivas, saludables, raras, cuidadoras, tradicionales, reproductivas o regenerativas- al dotarlas de significado comunitario y celebrarlas. Y acompañar críticamente hasta su transformación a aquellas que no lo son y que afectan a todos de un modo u otro. Un acompañamiento interpelativo que se corresponsabilice y participe de la creación de su contexto y horizonte político socio-cultural.

La multitud que se aglutina desde los afectos para adscribirse a la potencia que compone, una multitud afectada por la realidad contextual implícita, reconociéndose en la suma de sus singularidades. No sistematizadora, sino respetuosa con la diversidad. No extractiva del común, sino generadora de sus condiciones. No reactiva a los relatos de la urgencia, sino generadora de su tiempo. No dependiente de manifiestos, protocolos, procedimientos estanco sino en proceso y cambio. Pues la política abierta es un destino que acompaña la transformación del sector cultural hacia una sociedad cultural, asumiendo un estar crítico sobre los propios comportamientos en la apuesta de generar acción participada, aprendizaje, lugar y derecho.

Se comparten problemas de base, y desde luego no solamente de índole jurídico y normativo -como pueden ser la ausencia de estatutos específicos para los roles del trabajo cultural, la aplicación de derechos fundamentales como los de creación, producción o participación, y otras carencias; o el exceso de burocratización-, sino sobretodo en relación a los modos de hacer, la calidad y acción de los encuentros, que alteran la percepción de los asuntos a tratar y la vía para su desarrollo y transformación. Tocar el mundo y a los otros con la performatividad de una mente lógico-materialista en exclusiva tiene sus límites y consecuencias: hay otras lógicas en juego. La participación se sitúa en un ámbito en el que se ponen a trabajar inteligencias múltiples conectadas, una cuestión de reconocer la diversidad y diferenciales de tales inteligencias y la potencia de su trabajo en común. Crear cuerpo, un medio de volverse temporalmente visible; siempre en proceso e investigación; múltiple, polimorfo.

Acompañar los cambios que posibiliten el dejar de pensarse siempre o solamente como sector cultural -con sus lenguajes, particularidades y problemáticas repertoriales- a sentirse, en responsabilidad, parte de una Sociedad Cultural. La responsabilidad está en sentirse parte y en saber dónde situar la estrategia efectiva que lleve a cambiar la perspectiva a un trabajo participado, para crear y asumir una reflexión calmada sobre las propias prácticas, y apuntar a un horizonte de sucesos fuera del relato de un tiempo marcado por la urgencia y las disposiciones institucionales adscritas al poder y sus indicadores de valor. Hay que crear otros modos de relación para cambiar el relato hegemónico -vaciarlo de participación- y devolver la Institución y sus administraciones a su lugar de representación volcada en el procomún, desarticulando su deriva coercitiva coreografiada por los juegos de poder y la discrecionalidad de sus relaciones clientelares, reconfigurándola en la mediación que nunca debió abandonar; un ejercicio de empoderamiento que cambie los equilibrios y desarticule la deriva inercial de los acontecimientos y su demanda de fragmentación de lo real.

La acumulación de inercia y su sistematización cercena la diversidad y la diferencia, cierra filas sobre sí llenando de miedos reactivos y vergüenzas a las distintas minorías que terminan por conformar una mayoría en fuga. Crea una velocidad que la hace intransigente con su sentido del tiempo, una urgencia que ocupa pero no elabora, y un devenir objetualizante que nombra y trata como recursos manifestaciones, afectos y cuerpos que son potencia, mortificándolos. Tal es el modo en que se homogeneiza una sociedad y sus instituciones: víctimas de la desinformación, del discurso de tendencia simplificadora o unívoca -en apariencia urgente y necesario pero que reduce y compartimenta- en su manera de asumir el mundo múltiple, de la excesiva burocratización, la mecanización de los cuerpos, y de la pasión por una supervivencia técnica; colocando un laberinto en lo cotidiano que gira sobre sí mismo para acoplarse de cada vuelta al sistema, en un silencio opaco, en una inacción estéril.

Los análisis o diagnósticos, las teorías que como comunidad o sociedad manejamos sobre el presente son performativas, tienen una temporalidad y se apoyan en la singularidad de sus planteamientos prospectivos: del modo en que se acercan a lo real. En un contexto complejo no se puede, ni tiene demasiado interés, el acordar o consensuar una interpretación acerca de lo que está pasando. Existen distintos universos discursivos pues se mezclan lenguajes, percepciones, culturas, políticas, ciencias, recursos, creencias, etc. Realidades fácticas que conviven. Su mayor o menor verosimilitud no computa de cara a la metodología a aplicar en relación a los modos de hacer Cultura y Sociedad, puesto que tratamos con asuntos que son relativos al carácter y al estilo, y aunque desde luego transportan la sabiduría de aquellas y sus interacciones, no son definitorias o concluyentes en relación a su procedimiento o práctica. No quiere decir que no sea objetivable, sino que sus resortes son estéticos; es decir: desde lo posible que acaece o emerge, su corporeidad o fisicidad, se organiza su concepto; tal es el modo que tienen las formas de contarse a sí mismas.

Tratamos con una textura metodológica compleja que no precisa de una dirección cierta o a priori decidida -vectorial o proyectiva- más allá de la propia pertinencia del proceso. Un ejercicio que apunte a las buenas prácticas o prácticas regenerativas es confianza y acontecer: manejar la incertidumbre en su facticidad según una ética distributiva en las relaciones, que recorra las tensiones entre los diferenciales de lo real. Y desde ahí, desde el encuentro y sus modos, compartir reflexión, metas y trabajo.

Asumir la complejidad implica la disrupción de situarse en lo plural del tiempo, desarticular su metáfora rítmica concreta, sea cronológica o lineal, cíclica o circular o interruptiva o puntual como las únicas posibles, y entrar en su textura convivencial, inclusiva con otras formas atractoras, de flujo: la inteligencia del movimiento abierto, sus disposiciones, figuras y pliegues informacionales, su expresión topológica y vibrátil. Y transmutar el valor de los asuntos que nos implican y desreificar nuestra relación con lo animado, suspendiendo su significación para transformarla y con ello el paradigma, sus síntomas, límites y anomalías. Adscribirse a lo real de su fenómeno en su ir a través de las formas es participar de su performatividad y crisis.

Practicar el ritmo de la política convencional actual y sus instituciones, de las empresas extractivas de agentes que monopolizan los medios públicos y nombran los recursos y otras corporaciones o contubernios -con su ilusión de eficacia, valores en diferido, retóricas banales acerca del éxito, retornos económicos virtuales y un crecimiento mítico-, es entrar en un juego de formas duras, automáticas y lejanas de la realidad de una praxis situada en los cuidados y su simbiosis. Esto no quiere decir que no se haya que enfrentar a la sociedad de consumo y su Institución Inercial, su apatía y confusión técnica provocando la ruptura de su continuidad, sino participar y trabajar el hecho diferencial del ejercicio de lo modal para no duplicar y perderse en derivas que ya se coordinan desde otras organizaciones del común, como asociaciones, colectivos, ligas, logias, cámaras o partidos. El proceso de subjetivación que como multitud puede activarse y confrontarse, ha de ser otro, complementario. Trabajando los modos de hacer se encontrará una fuerza de acción que hasta ahora no se ha coordinado a gran escala, y que resultará efectiva y trascendente para los fines referidos: el juego de lo posible, lo verdadero o lo efectivo para con la articulación del contexto, la comunidad crítica y su memoria.

«Todo Sistema Complejo, sistema que se desarrolla no como una organización sino como un organismo, está vivo porque en el desorden y en la entropía se encuentra una vía, para desde ahí mismo, generar organismos nuevos.» Agustín Fernández Mayo

Un lugar de entereza compartida en la que podamos y sepamos asumir un acompañamiento que nos lleve a la reflexión para la acción, a no trabajar desde la reacción. En la reacción se deja de ser, aliena el relato de la urgencia y la proyección que marca su propio futuro: se es sujeto de tal objetualización, que sólo trabaja los problemas a posteriori y de manera constante. Desde luego tal potencia, su disposición y ánimo, no va a pasar por sí sola; sucederá si se acomete como sociedad cultural. Interesa traer a colación un trabajo participado en torno a los modos de hacer, y desde ahí cambiar las relaciones y por tanto el tablero de juego y sus formas. Eso es reconciliar nuestras inercias y comportamientos con la potencia de lo relacional, diluir la inercia en la potencia, aprender juntas y cambiar/potenciar los equilibrios en términos de Cultura y Sociedad, sumar afectos en este sentido y crear tiempo.

En realidad es más rápido a nuestros fines que la acción supuestamente directa de la urgencia y su calendarización, puesto que lo que sucede a través, en tales afectos, es un cambio mental y disposicional que lleva a trabajar de otro modo, atendiendo a las relaciones y sus efectos: un otro orden en la organización de los asuntos. Es trabajar y nombrar la información de otra manera, cambiando la entidad del valor, desplazando nuestra atención del paradigma exclusivamente productivista, con sus indicadores y fórmulas, a la creación de conocimiento y relaciones, contexto y modos de vida; y así, de un modo indirecto, se llega al ámbito a priori evocado. Es un trabajo situado en la valía de lo procesual. Estar en la performatividad, en el discurrir y no tanto en los puntos de parada de la objetividad que se manifiesta o se encuentra a su través y que la articula. Crear contexto, ámbito o paradigma, es una actividad de primer orden: proceder relacional que cambia la textura del presente.

 

www.javiermartin.gal | coreógrafo e investigador
artes y ciencias del movimiento | julio 2020

Sin cultura de base no es posible una industria cultural.

 

 

 

 

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