Notas que patinan #39: Un grupo de gente alrededor de una mesa

Jueves, una y media de la tarde. Estoy acabando de regar el jardín. Miro el reloj. Se me hace tarde. Me pongo mis botas de skinhead (no) punk (de espíritu, a veces) ¡escritor? (eso dice la wikipedia española). Me pongo mis botas de imitación de escritor (las originales son demasiado caras -aunque si aguantan veinte años quizá no lo sean tanto-). Imitación de escritor me parece muy apropiado. Pillo la bici y bajo a la calle. Mientras cruzo las Ramblas pienso en que mi bici lleva más de quince años llevándome a sitios interesantes. Son muchos años. Mientras atravieso Sant Jaume me invade un sentimiento de profundo agradecimiento hacia mi bici. Principios de marzo, la primavera ya casi se huele. Cruzo la Via Laietana, una calle que sólo me resulta agradable cuando bajo por ella en medio de una manifestación. Una calle con cinco carriles para los coches no es una calle, es una autopista.

Stop pujades

Atravieso Bòria, Plaça de la Llana, Carders y Corders. Me desvío de la ruta que te recomendaría alguien como Google Maps para bajar por Allada Vermell y pillar Princesa en dirección a la entrada del Parc de la Ciutadella. Siempre que tengo la oportunidad me gusta cruzar la Ciutadella. Aunque tenga que dar un rodeo. Me pasa lo mismo con los jardines de Rubió i Lluch, donde la Biblioteca de Catalunya. Antes de entrar en la Ciutadella pienso en qué se podría convertir el Mercat de les Flors en una Barcelona ucrónica. Barajo la posibilidad de prenderle fuego al edificio como en otros tiempos se quemaban iglesias. Me saco el móvil del bolsillo y me envío un mail a mí mismo para acordarme de esta idea. Recuerdo que llevo más años haciendo eso que montando en mi vieja bici. No recuerdo si empecé antes o después de ver Memento. Atravieso el parque en bici. Recuerdo la época en la que lo atravesaba cuatro veces al día para ir de casa a la oficina. La época en la que trabaja para el mal, en Matrix. Bajo por una rampa que antes no existía. Voy a subir por una rampa no oficial, lo que se conoce por un caminito del deseo, pero justo antes de subir me rajo por miedo a pegarme una hostia. Pienso que hace unos años no me hubiese rajado. Pero luego me acuerdo de una gran hostia que me di a pocos metros de ahí. Una hostia que partió el cuadro de la bici en dos. Mi bici agradece que dé un rodeo. Salgo del parque, pongo rumbo a Poblenou y antes de que me dé cuenta estoy delante de la puerta del edificio donde se encuentra el Nyamnyam. Ato la bici a un árbol (algo ilegal en Barcelona, como casi todo lo que se puede hacer en la vía pública) y entro en este edificio semi-industrial al lado de las vías del tren. Ahora que lo pienso voy a ver algo de un ciclo que lleva por título Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda. Además, una vez sales de lo que podríamos llamar las murallas de Barcelona la vigilancia policial se relaja. No hay nada que temer por cómo he aparcado la bici. Pienso en cómo de adiestrados estamos. Las dos menos cinco. Subo en el ascensor con dos chicas que van al mismo sitio que yo. Llevo toda la mañana sin hablar con nadie. Cuando me preguntan a qué piso voy, me corto un poco porque sé que ellas y yo vamos a comer juntos, seguramente en la misma mesa. Lo deduzco del título de la sesión: Un grup de gent al voltant d’una taula. En el sexto piso hay más gente esperando. La puerta del Nyamnyam está cerrada. Pregunto si están esperando para entrar al Nyamnyam. Otra chica me dice que sí. Era evidente, Rubén. No nos hacen esperar apenas. Al entrar hay que descalzarse. Es por el suelo de madera. Yo ya lo sabía porque no es la primera vez que estoy aquí. Me despojo de mis botas imitación de escritor. Eso lleva su tiempo. Levanto la mirada y saludo a Ariadna Rodríguez e Iñaki Álvarez, los amos y habitantes del Nyamnyam. Miro un poco más allá y veo a Job Ramos, el artista invitado, a quien conocí en la primera sesión de este ciclo, en enero. Él entonces era público, la artista entonces era Anne Lise le Gac. Saludo a Job. Me dice que él no es Job, que Job es ese que está ahí. Lo siento. Bueno, me presento entonces. Ahora que me han dicho quién es Job me acuerdo perfectamente de Job. Me da la impresión de que Ariadna e Iñaki, los anfitriones, están nerviosos. Busco a Iñaki para hablar con alguien conocido. Iñaki se ocupa de los fogones, de la comida. Me dice que han sufrido pero que está todo a punto. La mesa está puesta en medio del espacio. Una gran mesa, con mantel de cuadros. Hay agua y vino tinto en jarritas.

Mesa del Nyanmnyam

Ariadna nos dice que esta vez se comerá primero. No es lo acostumbrado. Pero no nos decidimos a sentarnos. Me doy un paseo por el espacio. Chafardeo lo que ha cocinado Iñaki: veo un risotto. Me fijo en un diagrama enorme dibujado con lápiz en la pared. Me doy cuenta de que pertenece a la intervención del mes pasado, la de Aimar Pérez Galí: Fermentatione Communitas: Todo lo que me gusta es relacional, multifocal o engorda. Me entretengo explorando todo el diagrama. Paso varias veces por encima de cada detalle porque estoy algo incómodo, no sé dónde colocarme ni qué hacer. Entonces una chica me saluda. Me suena mucho su cara pero no consigo identificarla. Ese tipo de situación. Dudo por un momento si fingir que sé quién es pero rápidamente me decanto por confesar que no me acuerdo, disculpándome mucho. Me recuerda que nos conocimos en la fiesta de presentación de Teatron.Tinta. Que en esa fiesta yo cantaba. Rebobino todo lo rápido que me permite mi cerebro para asegurarme de que no tengo nada de lo que avergonzarme por aquella actuación. No consigo convencerme de que esto sea así. Ella me dice que se leyó mi libro. Pienso en las botas de escritor. Pienso en que he ido al Nyamnyam para escribir sobre lo que voy a ver. Me avergüenzo de nuevo por ir llamando tanto la atención y molestando a la gente. El libro le gustó. Menos mal. Me pregunta si no voy a escribir la continuación. Yo no he venido aquí para hablar de mi libro pero le doy todo tipo de detalles y explicaciones. A su acompañante también le gustó el libro. Ah, viene con acompañante. Nos llaman para comer. La gente ya se ha sentado. Su acompañante tiene sólo una silla vacía a su lado. La de ella, claro. Había encontrado una amiga con la que hablar. Eso lo hacía todo más fácil. Pero ahora me tengo que buscar la vida. Somos una docena de personas, más o menos. Me siento en el único hueco que encuentro, en la esquina de esa gran mesa cuadrada. Iñaki presenta los primeros platos: unas ensaladas y una olivada. La olivada ya la probé otro día y sé que va a estar buenísima. Todo está buenísimo en el Nyamnyam. Esto es así. A mi izquierda hay un asiento vacío pero a continuación hay otra chica francesa que parece entrenada en este tipo de situaciones. Es decir, me da conversación. Me pregunta si vivo por aquí cerca. Le cuento de dónde vengo y ella me cuenta de dónde viene ella y a qué se dedica mientras nos abalanzamos sobre las bandejas y nos vamos sirviendo comida, agua y vino. Ariadna se sienta a mi lado con su hija de poco más de un año. Cuando se acaba el primer plato todos estamos mucho más relajados, la mayoría hemos bebido vino del Montsant y charlamos animadamente, como si ya nos conociésemos de toda la vida. Se retiran los platos y se sirve un risotto con mizune, que es una hierba parecida a la rúcula. Cuando llego a casa, descubro que es de origen asiático, china o japonesa. Me intereso por la planta e Iñaki me da una hoja. Me la como cruda, tiene un sabor fresco, refrescante. El sol entra en el espacio por las ventanas que dan a la vía del tren. Las ventanas están abiertas, no hace nada de frío. Se está muy a gusto. Me acerco a la cocina para rellenar la jarra de vino. El siguiente plato son dos burritos hechos con una tortilla que traen de México. A esas alturas me doy cuenta de que pasan ya de las tres de la tarde. La acción estaba prevista que acabase a las tres. Me levanto para ayudar a recoger los platos de los comensales antes de que se sirva el postre: tarta tatin. Miro a Job. El tipo está a su rollo, tranquilamente, no parece inmutarse lo más mínimo por el hecho de que sea tan tarde y que aquí no haya pasado nada. ¿Pero no ha pasado nada? Lo comento con mi ya amiga francesa. Me hace observar que hay un plato con ensalada roto en mitad de la mesa desde que nos hemos sentado a comer. Aunque ya hemos llegado al postre nadie lo ha tocado todavía.

Plato roto

Eso me hace sospechar que quizá haya otros detalles que me estoy perdiendo. Lo hablo con Ariadna. Ella me dice que han corrido la voz de que hay alguien que está tomando nota de todo lo que está pasando. También me dice algo así como que habían pensado en hacerme creer que yo soy esa persona. ¿Pero qué quiere decir eso exactamente? Yo he venido con esa secreta misión. Por eso me he puesto las botas de imitación de escritor. ¿Pero hay alguien más? Me da la oportunidad de contármelo pero le digo que preferiría no saberlo. Son las cuatro y Job tan tranquilo. Noto que Ariadna tiene ganas de confesarme cosas pero evito esa situación. Ella también se reprime. Le digo que me he dado cuenta del plato roto. Me dice que hay más detalles ocultos. No sabe si hablar. No quiero que ella me los descubra. No sé quién me dice que le preguntaron a Job si le daba igual que esos detalles ocultos no los descubriese nadie. Creo recordar que la respuesta de Job fue que eso sería perfecto. Son las cuatro y veinte. Parece que nadie tiene prisa. Pero no, las chicas que subieron conmigo en el ascensor deciden irse. Y entonces alguien le señala a Job este hecho y le pregunta que si no cree llegado el momento de mover ficha. O algo así. En realidad yo también estoy muy relajado y aunque se supone que estoy anotándolo todo mentalmente no es verdad. Pero un momento. Yo no venía con ese objetivo. Me estoy comenzando a meter en un personaje que yo no he elegido. Pero ya es tarde. Comienzo a mirar cualquier detalle del espacio con lupa. Ariadna me enseña un libro chulísimo de una editorial de Buenos Aires encuadernado con cartones recogidos de la calle. El libro es de César Aira cuando nadie conocía a César Aira y César Aira era un tipo como nosotros. Eso me dice Iñaki. Ojeo el libro. Leo un pasaje en el que el narrador cuenta cómo observa a la gente como un escritor. Me río.

Frascos blancos

No le quito el ojo a Job. Job se levanta, intercepta a las chicas y parece que comienza a darles algunas explicaciones. Pero yo no me levanto. Las chicas, que parecía que se iban, se vuelven a sentar en la mesa, junto a la chica que me habló de mi libro, su compañero y Job, que se saca un portátil de la manga y lo abre mientras habla con toda esta gente. Es demasiado para mí. Me levanto y, disimuladamente, con la copa de vino en la mano me coloco detrás de ese público a una distancia prudencial. Y afino el oído. Desgraciadamente he llegado demasiado tarde. Me he perdido el principio, no sé de qué hablan y no escucho muy bien. Mientras Job les muestra un vídeo en el que se ven unas pistas de atletismo rodeadas de árboles que, en realidad, son sólo unas fotografías que sostiene una mano delante de la cámara para luego mostrar el verdadero paisaje (o algo así porque no me estoy enterando de nada), oigo que Job les dice que él va a hacer la voz en off del vídeo, que en realidad, según él, es muy interesante. Pero la chica a quien invita a que se acerque a escuchar el audio del vídeo declina su invitación. Ya no lo resisto más y me acerco y miro descaradamente, aunque permanezco detrás del público a quien se dirige Job. Y entonces oigo que Job dice que él ha decidido no hacer absolutamente nada. Que su idea inicial era que el público fuese el mismo durante los cuatro jueves que dura su intervención pero que los organizadores le dijeron que eso era prácticamente imposible. La idea era que el primer jueves la gente comiese a su rollo y alguien anotase todo lo que pasaba. No me acuerdo qué es lo que tenía que pasar el segundo y el tercer día pero todo tenía que ir desembocando en una jornada final en la que todos los movimientos de los comensales estuviesen absolutamente coreografiados para reproducir esa primera comida con la ayuda de uno o varios apuntadores. Y que abandonada esa idea por sugerencia de los anfitriones, que sí, que ha hecho micro-instalaciones invisibles (como llenar una estantería de botes de color blanco o colocar de una determinada manera las cortinas) pero que sólo lo ha hecho para tranquilizar a los organizadores. Para mantenerlos entretenidos y ocupados durante la preparación de la intervención. Que eso ya es hacer mucho, que le ha dado mucho trabajo. Que cómo vas a intervenir la comida de Iñaki, que es un tipo que cocina asi de bien (y con una materia prima excelente, añadiría yo). Y que no cree que nadie del público que ha venido tenga queja porque ¿dónde comes así, en Barna, y con este ambiente, por 12 euros?. Y el tipo nos suelta que espera que pueda ir a peor, que espera que el proximo día pueda ser todo un poco menos intenso. Salimos al rellano descalzos. Noto el suelo algo frío. Me fumo un cigarro con Job, Iñaki y algunos comensales más. Entro de nuevo. Me pongo las botas de imitación de escritor. Me despido de los pocos que quedan. Bajo en el ascensor industrial. Pillo la bici y me voy.

Cortinas del Nyamnyam

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