
Malén Iturri entrevista a Ona Bros, quien ha estado desarrollando parte de su proyecto de investigación Cryo en el contexto de la beca Barcelona Producció de La Capella.
Malén y Ona conversan al hilo de algunas cuestiones que surgieron en la presentación del proyecto, realizada el mes pasado en el Espai Finestres.
Revisando las notas que tomé en la presentación en La Capella, encontré esta frase de River Karen Barad donde habla sobre una cuirificación de la experiencia del tiempo en la que el presente se abre a lo que todavía podría haber sido. Eso me hizo pensar cómo en tus proyectos planteas una re-lectura de ciertas genealogías para, desde una experiencia queer, abrir la imaginación del presente hacia el futuro…
Me pregunto: ¿cómo comenzaste a sentipensar el hielo como agente cuirificador? Y en este caso, ¿Cryo es una continuación de BetaBlastoCuir?
Sí, quizá todo viene de antes, de una atención temprana a las tecnologías de la imagen. Empecé a pensar críticamente la imagen a partir de, por un lado, mi acercamiento como fotógrafa y, por otro, del encuentro con las epistemologías feministas que problematizan la relación entre sujeto y objeto y cuestionan la supuesta neutralidad de los instrumentos de observación.
Al realizar mi primer trabajo documental, tomé conciencia de la artificiosidad que sostiene la idea de una narrativa objetiva y transparente, así como del papel fundamental de la tecnología como agente en ese proceso, lo que pone en crisis una idea de objetividad descuerpada y deslocalizada.
Más adelante investigué imágenes de sexo explícito para profundizar en esa articulación humano-tecnológica presente en la producción de cualquier imagen. Ese recorrido desemboca después en BetaBlastoCuir, donde el entramado tecnología–cuerpo–imagen se vuelve especialmente denso. En el contexto de las técnicas de reproducción asistida, me interesa analizar qué narrativas e imaginarios vinculados a la genética popularizada se ponen en juego. Hablo de reproducción cryo-tecnificada porque la congelación esta presente desde el primer momento.
En esa misma línea surge también un espacio de aprendizaje colectivo e investigación desde la práctica: Las Comunidades del Hielo. Allí se identificaba un nudo en varios niveles en relación a lo térmico y la reproducción, uno de ellos claramente simbólico: el imaginario del frío y el hielo, asociado a la muerte o a la no-vida, en contraste con el marco donde se inscriben estas tecnologías, que en el caso de la reproducción asistida buscan traer nuevas vidas humanas al mundo. Quienes atravesamos esa experiencia a menudo no sabemos bien dónde “colocar” los congeladores, por decirlo así, y ese “descoloque” es lo que me interesa.
Recuerdo una sesión de Las Comunidades del Hielo a la que fui acompañando a una compa. Había familias que ya habían pasado por el proceso, otras querían saber más, y algunas empezaban. Nos propusiste leer cuentos que habías recolectado que tenían que ver con la pregunta de qué relatos les vamos a contar a les niñes cuando nos pregunten, y aparecía esta imagen del útero como horno, la receta, los ingredientes, y también una dicotomía de temperaturas.
Sí, en los cuentos infantiles que analizábamos me interesaba atender las metáforas que se utilizaban para explicar a las criaturas la gestación no genéticamente vinculante: una técnica relativamente nueva cuyas narrativas aún están en disputa.
A partir de esos análisis fui dándome cuenta del papel central que juega lo térmico en estas narrativas. Hay todo un imaginario térmico, una codificación cultural muy fuerte, incluso asociada a ciertos valores éticos: lo “calentito” como lo acogedor, lo vivo… Curiosamente, en las narrativas de la reproducción asistida, la congelación de material vivo y las tecnologías que la hacen posible —las cryotecnologías— suelen esconderse o disimularse. Y es justamente sobre estas tecnologías que se funda gran parte de la expansión de las bioeconomías, incluida la de la reproducción asistida.
En segundo lugar, me interesaba resaltar la dimensión térmica porque, a través de ella, se establece un vínculo entre experiencias digamos situadas en lo humano individual y escalas planetarias, ecosistémicas y climáticas. Ese vínculo está presente en la cuestión de traer más hijes al mundo obvio pero al poner el eje térmico en el centro hace que estas cuestiones sean imposibles de esquivar. Y eso me interesa.
Actualmente, una de las narrativas que más reconfigura la simbología del calor y del frío es, sin duda, el cambio climático, que transforma nuestras relaciones afectivas, simbólicas y éticas con las temperaturas. Situados en el Mediterráneo, en el sur de Europa y al norte de África a inicios del siglo XXI, lo frío —históricamente asociado a la muerte, a la falta de vida y a lo que detiene o imposibilita el movimiento— empieza a desplazarse simbólicamente. Materialidades de bajas temperaturas, como el hielo, se presentan ahora como esperanza frente a la extinción, y las tecnologías del frío se interpretan como tecnologías de salvación, por ejemplo los bancos de material genético de semillas. En un contexto donde el imaginario de “nos vamos a tostar” se vuelve cada vez más dominante, las bajas temperaturas comienzan, paradójicamente, a instalarse como promesa de futuro.
Y, pues, es curioso que el disparador de estos pensamientos haya sido, entre otras, la lectura de los cuentos infantiles, que, lejos de ser narrativas simples, se revelan como potentes dispositivos desde los que podemos analizar creencias, valores y narrativas del presente.
Y es fuerte, porque para producir esas bajas temperaturas se necesita maquinaria y gasto energético que son contraproducentes: aparece el miedo a la extinción junto al extractivismo térmico de esa industria.
Exacto. Hubo un término que para mí fue clave: “criopolítica”, de Michael Bravo, que viene a ser las políticas inscritas en la criosfera, ese continuum que abarca desde los polos y los altos picos hasta todo el entramado tecnológico que genera bajas temperaturas: refrigeradores de servidores, camiones que transportan material y demás. Entonces la criopolítica se pregunta sobre ¿qué políticas circulan por ese continuum de bajas temperaturas?
Justo ahora tengo aquí el último libro de Hito Steyerl, Medios Calientes. Los ejes térmicos se relacionan de manera muy clara con el mundo presente, por ejemplo con la relación entre el calentamiento global y las economías de plataformas e inteligencia artificial, también se pueden analizar desde el eje de las criopolíticas…
Entonces me empecé a preguntar si sería pertinente tomar lo térmico como eje para acercarnos a otras cuestiones del presente, a ciertos nudos de relaciones situadas que normalmente se abordan desde otros ángulos o herramientas. ¿Qué pasa si nos acercamos desde aquí?
Y pasan varias cosas… como por ejemplo trastoca las temporalidades… lo cryo abre fugas en las ideas de linealidad temporal, en la continuidad espacio-tiempo de los procesos vitales, etc… También lo que me gusta nombrar como las “poéticas queer del hielo”. En el estado de vida latente de los materiales vivos criogenizados se desestabiliza la separación entre vida y muerte… Metodológicamente las poéticas queer abren espacio a lo especulativo: esos juegos verbales de “lo que todavía podría haber sido” enlazan con ejercicios de genealogía feminista. Me interesa pensar una arqueología especulativa: imaginar lo que podría haber sido para imaginar otros presentes.
Sí, aquí aparece la pregunta por otras cronotopías y materialidades especulativas. La ciencia ya especula, pero desde el arte podemos tomar algunos de esos mecanismos con otras metodologías y ontopistemologías para abrir otras posibilidades y problematizar lo que damos por hecho —incluidas las tecnologías que sostienen prácticas cotidianas. Y desde ahí se entiende que, al pensar la criopolítica y la criosfera, vayas al territorio, tu pueblo en este caso, y entrevistes a quienes conviven con estas lógicas del frío.
Sí. Las preguntas de investigación en mi trabajo parten de experiencias situadas y encarnadas: en mí y en comunidades donde participo. Para mí la investigación en arte es un espacio para preguntarnos juntes qué sucede y cómo podemos habitar y pensar este mundo.
Entonces quería vincular la experiencia del tema cryo de la reproducción asistida con lo más ecosistémico. Para esta operación necesitaba un tensor, otro caso. No podía irme tampoco muy lejos ya que estar criando implica quedarte en el territorio, y eso también lo valoro.
Mis imaginarios de frío y hielo están en el Pirineo. En ese momento se estaban planteando unos Juegos de Invierno en el Pirineo, cosa que hizo surgir todo un movimiento activista de protesta.
Me encontré un periódico hecho por activistas con un artículo sobre los glaciares del Pirineo, decía que se estaban fundiendo y que el último glaciar del Pirineo leridano —la zona de donde soy— ya había desaparecido en los años 90.
Me pregunté… ¿qué pliegues de tiempos y de imaginarios están pasando entre un congelador de embriones y un glaciar en desaparición? Con el eje térmico, en un momento de desplazamientos simbólicos, materiales y climáticos, ¿cómo afecta esto a imaginarios, prácticas y mundos de lo vivo y lo muerto? Ahí se están desplazando cosas. Me interesó atender esos nudos de relaciones.
Apareció entonces otro punto: el Centre d’Art i Natura de Farrera, en el Alt Pirineu. Es un lugar muy acogedor para mí, donde puedo tener conversaciones con geólogos y con otros artistas. Sabía que tenía que ir ahí a hacer esas preguntas.
Y finalmente se sumó un tercer punto, situado justo en medio del eje territorial de Barcelona a Farrera, que es precisamente mi pueblo situado en el Urgell. Es un territorio duro, donde no hay turismo, y el espacio se mide sobre todo a nivel productivo. Hubo una implantación masiva de agricultura industrial en las últimas décadas y eso reconvirtió la relación con la tierra, las estructuras sociales, muchas cosas. Y, claro, agricultura industrial implica demanda de mano de obra barata, contratos (o no), con un racismo brutal…. Yo no me veía con herramientas para hablar de ese lugar directamente. Pensé que lo térmico podía ser un eje para recorrer ese entramado de relaciones que afectan la vida y muerte. Y ahí aparecen estos tres capítulos: ese es el planteamiento de Cryo.

En la parte de la investigación en tu pueblo me llamó la atención esta conexión entre el “régimen térmico”, y las condiciones extremas en las que trabajan los temporeros —con casos cada vez más graves de salud e incluso muertes— y, al mismo tiempo, la presencia de cámaras frigoríficas donde se almacena la fruta, ahora ya en cada pueblo. También hablas de la opacidad de ese sistema. ¿Cómo te sientes articulando estos hechos desde un territorio que es el tuyo y que ha cambiado tanto en los últimos años?
Cada capítulo orbita alrededor de lo que he llamado una figuración tecno-térmica, una tecnología de frío. En el Pirineo son los cañones de nieve artificial. En la Plana, las cámaras de frío que conservan la fruta. En Barcelona, los congeladores del parque biomédico para almacenar material genético. En las clínicas de reproducción no he podido entrar, pero en el instituto de genómica me enseñaron los congeladores.
Creo que mi manera de trabajar es hacer relaciones, y ver si en estas relaciones aparecen otras preguntas, si hay desplazamientos.
En el capítulo de mi pueblo intuía que lo térmico podría ser una estrategia para acercarme a un nudo de relaciones complejo que por ser muy cercano se me hacia difícil de abordar. Durante la temporada de recolección por ejemplo, hay cuerpos en diferentes temperaturas, algunas peligrosas, quizás lo podemos pensar como un “régimen térmico colonial”… También está el eje de género: son los hombres los que trabajan a 40 y pico grados cogiendo manzanas, mientras las mujeres están en frío en el mismo momento del año, almacenando fruta. Las cámaras de frío, a la vez, son una infraestructura que llega al territorio cuando se instaura el paso de una agricultura más de pequeña escala a la agroindustria de monocultivo de frutales con grandes tenedores que hay ahora en los pueblos de Lérida. Por eso también me interesa esta infraestructura como símbolo de un cambio profundo y multidimensional en los procesos de vida y muerte de les humanes y no humanes que habitan ese territorio.
También nombras la cuestión de las fantasmagorías. Los glaciares desaparecen: hay algo sensible del territorio, de la atmósfera, de “eso que había y ya no está”. Ahí aparece lo fantasmagórico.
A nivel ecosistémico, vivimos un mundo que se deshace y aún no sabemos qué va a emerger. Ya no es lo que era, pero todavía no es lo que será: ese “entre” abre el espacio a las fantasmagorías. En lo cryo también se da ese entre, entre vida y muerte del estado latente, es el espacio entre de los fantasmas.
También me gusta mucho esta explicación de que el frío en ciencia física no existe, lo que existe es la energía, que es el calor y se representa con una Q. El frío es un valor en negativo. No existe en ciencia física, es una sensación de cómo experimentan el descenso de energía los cuerpos con termo-receptores. Es como una sensación de algo que falta… como lo que sienten las médiums un poco…
También me parece sugerente la similitud del ectoplasma, esa materialidad espectral que salía de los cuerpos de las médiums, con el vapor de hielo, el nitrógeno y todo esto. Estaba pensando en estas cosas ectoplasmáticas y me topé con el último libro de Laura Tripaldi donde explica la relación entre el inicio de la ginecología, con las médiums y el ectoplasma… flipante. Pienso en cómo las ideas circulan, como somos parte del flujo de pensamiento y sentires del mundo-época, nos cruzan, las absorbemos y las devolvemos aportando algún granito de algo… también tiene algo de espíritus todos esto… jajaja.
Hay otras muchas relaciones con lo fantasmagórico que se dan… por ejemplo pensando en personas que trabajan recogiendo la fruta… que, por falta de derechos y vulnerabilidad, son empujados a cierta espectralidad.
O en la reproducción asistida, los embriones congelados son materiales liminales: no tienen una entidad fija, dependen del contexto y de las narrativas en que participan… Son un grupo de células con narrativas biográficas en potencia, muy cargado de expectativas, muchos pliegues de tiempo se dan ahí, mucha densidad espectral…
Y finalmente con los glaciares y las montañas… Ya casi no nieva, pero sigue estando presentes las economías de la nieve, los imaginarios de lo que es el Pirineo con las postales del Pirineo nevado… Hay máquinas obstinadas produciéndola. Me gusta nombrarlo como nieve ectoplasmática, porque es nieve de un mundo donde ya no hay nieve.
También aparece la cuestión de preservar memoria de lo que fueron los glaciares. Y nombras la industria vacacional, el esquí, y cómo los cañones producen nieve a partir de agua y petróleo: cuestiones atravesadas por preguntas y problemáticas geopolíticas, evidentemente muy actuales.
Sí. Un taxista me dijo: “la nieve que hacen estos cañones va para abajo, como la Coca-Cola, no fa saó”. “Saó” es la humedad que se va filtrando a la tierra debajo de la nieve, que se convierte en hielo, dura meses y asegura buenas cosechas.
Los cañones toman el agua escasa que hay y la convierten en nieve, pero esa nieve no se queda: se deshace y no penetra igual. Es nieve que quema petróleo, crea gases de efecto invernadero que a la vez aceleran el deshielo y se fabrica con recursos hídricos escasos. Me interesan esos circuitos de relaciones.
Tengo la sensación de que en esta investigación recoges distintas voces: las de quienes habitan el territorio, pero también la del propio territorio y otras voces más que humanas que se van revelando en esos nudos de relación, casi como líneas de fuga o posibilidades.
Sí, totalmente, por eso creo que puede funcionar poner en el centro la figuración tecno-térmica: es un ejercicio de descentralizar lo humano. Metodológicamente trabajo con entrevistas, textos y voces junto con literatura científica. Intento acercarme relacionalmente, abrir constelaciones y hacer que las voces alteren jerarquías epistémicas.
Normalmente transcribo entrevistas a mano. En ese acto casi solo tengo que estar atenta y escuchar. Me pasa también con ensayos científicos: a veces una frase abre un mundo. Como cuando una científica dice “es que todos somos quimeras”, o cuando el payés de Farrera dice “como no nieva, pues la osa ya no duerme”, me flipa lo que quiere decir que la osa ya no duerme porque el invierno ha desaparecido en el Pirineo. Son como puntos fuertes para recorrer ese entramado de relaciones…
A veces trabajo con las entrevistas y luego escribo un texto medio ficcional. Esa oralidad tiene ritmo y se puede encuerpar bien, por ejemplo, en una conferencia performativa: algunas imágenes fuertes de las entrevistas, como las del payés, comunican mucho, cuando las enuncias se despliegan.
Te quería preguntar justamente eso: si habrá una vertiente somática, corporal, performativa.
Al principio pensaba que sí, porque BetaBlastoCuir iba claramente hacia ahí, y lo probé. Había algo del hielo que me llevó a pensar “vamos a poner los cuerpos”. Ahora creo no va tanto por ahí… la estoy viendo como una pieza fílmica, porque tiene una textura de movimientos y necesita el tiempo de lo fílmico. Eso es lo próximo que trabajaremos con Rafa Frazão y María Codina.
Es interesante, estás trayendo unas cuestiones poéticas y sensoriales, algo muy corporal y más que humano, que está muy presente. Lo fílmico en este sentido puede contener muchas de estas capas junto con lo visual.
Sí, creo que este proyecto va más por lo fílmico que por poner un cuerpo en directo… eso aún no lo sé… Es cierta intuición que aparece con la escucha de lo que van necesitando los materiales. También porque me interesa ese desplazamiento metodológico de entrar por los entramados tecnológicos y no tanto desde vertientes mas sociales, aunque luego todo esté vinculado. Poner el aparato fílmico en el centro de la materialización del proyecto mantendría cierta coherencia con las operaciones de la investigación, con el planteamiento de este… Veremos… Todo está latente.
Malén Iturri





















M: Siguiendo con esta idea, también me interesa tu concepción de estos códigos como una herramienta de cambio social real. Pero, ¿hasta qué punto pueden quedar como una expresión efímera de internet? Me refiero a esta dualidad entre ser una herramienta de activismo digital y, al mismo tiempo, un instrumento de propaganda en plataformas corporativas. ¿Cómo ves esta dicotomía en la que, al final, la extrema derecha o ciertos partidos políticos acaban apropiándose de estos códigos y las propias plataformas los absorben?


























