La nueva temporada de La Capella comenzó a finales de enero con dos exposiciones que se pueden visitar hasta el 12 de abril: Una búsqueda que es un tanteo, de Mercedes Pimiento, y Como un viejo enemigo, de Chuso Ordi. Dos propuestas artísticas muy diferentes pero que comparten una cierta reflexión sobre el tiempo como agente transformador.

Una búsqueda que es un tanteo se puede visitar en el Espai Capella, la sala grande. En la nave central encontramos cuatro esculturas realizadas con cera de abeja. En las capillas laterales, dos más, realizadas una con parafina, un hidrocarburo, y otra con colofonia, una resina vegetal. Todas son estructuras circulares. Las de las capillas laterales son cuerpos sólidos, de cierta altura, realizadas mediante encofrados con unos moldes que los más curiosos encontrarán fuera del espacio expositivo, en un pequeño almacén al que se puede echar un vistazo desde las rejas que lo separan del exterior entrando a los Jardines de Rubió i Lluch por el carrer Hospital, nada más traspasar la entrada, a la derecha. Una de esas esculturas instaladas en las capillas laterales da la impresión de que está ahí para recordar las velas de las iglesias, como si la artista la hubiese construido fundiendo todas las velas que ardieron en el pasado en la antigua iglesia que fue La Capella para crear una vela de dimensiones gigantes. En cambio, las cuatro esculturas de la nave central, como circunferencias que apenas sobresalen del suelo, están colocadas sobre unas resistencias programadas para desprender calor según diferentes patrones temporales, de manera que la cera se derrite y se solidifica de múltiples maneras en cada una de ellas. En las más pequeñas el calor provoca que la cerra se derrita por completo, de manera que se convierte en líquido. En la pieza más grande, en cambio, la cera no se derrite de manera uniforme sino que se generan una especie de agujeros sobre la superficie. En todas ellas las formas que se generan al cuartearse la cera siguen ciertos patrones que no pueden controlarse pero que el matemático Alan Turing describió en The Chemical Basis of Morphogenesis en 1952 (Alan Turing, pionero de la informática, el que desencriptó los códigos nazis en la Segunda Guerra Mundial, a quien debemos tanto y a quien los británicos recompensaron condenándolo a castración química por el entonces delito de ser homosexual). Esta misma mañana, el aspecto de la escultura más grande me hacía pensar en una especie de mapa que pretendiese mostrar diversos continentes ignotos, aún por descubrir, en otros mundos. Ese cambio constante, pero lento e imperceptible si pretendemos observarlo en un lapso de tiempo corto, es el que hace pensar en una especie de performance lentísima y dilatadísima en el tiempo. Como si la performance durase casi tres meses. Después de visitar la exposición dan ganas de pasarse de nuevo dentro de una o dos semanas para comprobar de qué manera el tiempo la va a ir transformando.

Como un viejo enemigo se puede visitar en el Espai Rampa, la sala pequeña, totalmente forrada de más de quinientos dibujos de las mismas dimensiones, realizados en papel blanco, negro y rojo, cortados con cúter y fijados a la pared con cinta adhesiva de farmacia, una farmacia probablemente impotente para curar las viejas heridas infligidas por el viejo enemigo del título. Todo parte de lo que encontramos en una pequeña vitrina: un par de ejemplares del diario de Nou Barris (donde vivía el artista en los ochenta y a principios de los noventa) y unas fotografías. Uno de los ejemplares del diario, de febrero de 1993, está abierto por una página en la que se pueden leer dos artículos sobre el sida. Los dos aluden al crucial momento en el que el famosísimo jugador de baloncesto de Los Ángeles Lakers, Magic Johnson, declaró que era portador del virus. Era la primera vez que ese anuncio lo hacía un heterosexual. A partir de entonces el sida dejó de verse como un asunto que únicamente afectaba a los homosexuales o a los heroinómanos para pasar a considerarse un problema global y comenzar a actuar en consecuencia. Entre los dos artículos vemos una ilustración del artista, que comenzó a colaborar con el diario nada más salir de la facultad. En esa ilustración observamos el leitmotiv del resto de dibujos que cuelgan en la sala: nueve cabezas idénticas, colocadas en columnas de a tres, ocho en positivo y una en negativo en el centro. Cabezas sin ojos, sin bocas, sin pelo. A su lado, algunas fotografías del artista realizadas a finales de los ochenta. Todas muestran unas pintadas. Una recuerda que el ejército mata y exhorta a eludir el servicio militar, obligatorio para los hombres en aquellos tiempos. Otra, realizada en la ribera del río Besós, en Santa Coloma de Gramenet, es un mensaje contra el ingreso en la OTAN y contra las bases militares norteamericanas en territorio español. La tercera, en el Passeig Maragall, anima a usar tu cóctel molotov contra el ejército. De vez en cuando, en la sala suena un tema de Nirvana desfigurado, ejecutado con una guitarra, muy lentamente, sin voz. En mitad de la sala nos encontramos también con un viejo proyector de cine dirigido a una pantalla donde se proyecta una película de animación que tiene como protagonista al mismo personaje que aparece en todos los dibujos. La película solo se proyecta en 16 mm (su formato original) los viernes entre las seis y las siete de la tarde. La proyecta el propio artista, con el que se puede conversar sobre la exposición durante la proyección. Si le preguntas, el artista te dará innumerables detalles de la exposición y descubrirás que esa exposición es un viaje en el tiempo repleto de historias que no caben en un artículo porque dan para un libro. El miedo, o su exorcismo, es uno de los motores del proyecto. Hace treinta años uno de los miedos del artista era el sida y el otro el militarismo. El sida iba acompañado de una homofobia galopante. Ha pasado el tiempo pero los miedos no han cambiado mucho. El tiempo lo que sí nos ha traído es la desmemoria. Probablemente nos acordamos poco de la extraordinaria movilización antimilitarista (contra el servicio militar obligatorio, contra el ingreso en la OTAN) y de todo lo que removió, además de la represión que desencadenó, condenas de prisión incluidas. Nos acordamos poco de la aparición en escena del sida, de lo que supuso, de las muertes y de las profundas transformaciones sociales que provocó. Los dibujos de Chuso Ordi, una especie de tema con variaciones que sospechamos infinitas, nos recuerdan algunos miedos del pasado con la esperanza de sublimarlos pero al mismo tiempo reciclan esos viejos miedos para construir un extraordinario microcosmos que es un grito al colectivo sin necesidad de ensuciarlo con muchas palabras. A la exposición hay que sumar dos performances, aún no anunciadas, que el artista está preparando para el 26 de marzo y el 9 de abril, a las seis de la tarde.
Rubén Ramos Nogueira
Fotografías de Pep Herrero
