Entrevista a Orne Cabrita

Orne Cabrita, «malabarista de palabras, ilustradore y especuladore de futuros más gentiles», acaba de publicar Trampa de luces, un artefacto político y ultrasensible, un libro duro y luminoso sobre la Historia reciente de Venezuela y las historias/vidas como la suya que la atraviesan, creando un «portal especulativo» que propone acercarse, lejos de la propaganda, a la complejidad de una experiencia migratoria y transcaribeña a través de «ensayos, poemas, conversaciones de WhatsApp, e-mails, memes, etc».

Fernando Gandasegui: ¿Cómo te encuentras en este momento de conflicto entre EEUU y Venezuela? ¿Cómo están tu familia y amistades?

Orne Cabrita: Todo es muy intenso. Hay algo que ocurre cuando te vas de un sitio, sobre todo cuando estás mucho tiempo sin volver, que no es desconectar, sino más bien tomar distancia. Y la distancia te da perspectiva. En el intento de explicarme mi propia existencia, hay una pregunta común al resto de venezolanos: ¿cómo llegamos hasta aquí? Una pregunta que está presente como ejercicio en el libro. 
Ahora mismo estoy en una posición muy extraña. Como tengo el privilegio de tener agua y luz en casa, no como mi padre que además cada vez que sale de casa deja el móvil por si lo detienen, tengo mucho cuidado y responsabilidad en no apoyar ni una cosa ni otra. Obviamente el régimen de Maduro es una dictadura, pero el enemigo de mi enemigo no es mi amigo. 
La angustia de estar llevando una vida paralela a todo lo que ocurre allí no la tengo dominada, pero por lo menos es familiar. Sí está siendo nuevo en este momento el chocar con amigos y familia, que no entiendan que no apoye a María Corina Machado. Es triste, en Venezuela no puedes ganar de ninguna forma. 
Si bien estos 25 años han sido la progresión del absurdo, llegar a un momento en que nuestra vidas dependen de Trump o Maduro es salvaje. Así que estoy enlazando un ataque de ansiedad con otro.

Defines Trampas de luces como «un archivo imperfecto e inestable que se nutre de artefactos subjetivos». El libro contiene poesía experimental, autobiografía, ensayo político, recetas de cocina, ilustraciones tuyas, composiciones de imágenes de prensa y otras muchas fuentes… operando precisamente como un artefacto tan político como ultrasensible, quizás porque hace lo que propone: en vez de «hablar de», Trampa de luces logra «hablar con», no dando lecturas unívocas ni moralejas, sino abriendo y acercando la complejidad sobre la que trata. ¿Cómo describirías tu publicación? 

Me costó mucho definir este libro, y creo que si no hubiera tenido que aplicar a la convocatoria de La Capella no lo hubiera hecho. Este libro es la posibilidad de tener una conversación ininterrumpida y que respete el tiempo del otro. Algo que me ha costado siempre es tener una conversación no solo desde un punto de vista político o ideológico, sino también humanizando la narrativa, sabiendo que hablamos de vidas, que a su vez están enlazadas con otras vidas, y normalmente cuando te enganchas en discusiones eso se olvida. 
Este libro también consiste en entender mi identidad. Ronald Pizzoferrato, un artista venezolano que me gusta mucho, habla del momento en que te reúnes en una casa con colegas y cada uno va poniendo su video de Youtube, que entonces sabes quién eres y de dónde eres. A través de cosas mucho más subjetivas. De estas subjetividades está hecho el libro, de música, imágenes… más que de Historia o ideología política. 
También, la idea de que sea risografía, es porque estuviera hecho de un material que con el tiempo se fuera desvaneciendo. En el momento de decidir poner o no color, también tuve en cuenta que hay cosas que ya me cuestan recordar, hace 13 años que no vuelvo, trato de reconstruirlas cada día, me aferro mucho a mi archivo, pero hay cosas que se van desvaneciendo, y todo se siente en blanco y negro. Esa angustia, esa parte humana otra vez, necesitaba que se reflejara en la publicación.

«La propaganda no es Historia», escribes. Trampa de luces entrama la Historia reciente de Venezuela, tu historia y otras historias, consiguiendo crear la sensación de que el libro te habla, y que la oralidad es la vía para que la Historia y la historia se vinculen, al mismo tiempo que defiendes la «ilegibilidad como lugar de enunciación». ¿Qué función desempeña en tu libro la oralidad como tecnología de escritura y composición literaria?

Es muy venezolano y caribeño la concepción de que la mayoría de las cosas importantes no están en los libros, se transmiten. Que se van contando, y que importa mucho cómo se cuenta. 
En Venezuela el slang lo es todo. Es una lengua que está súper viva. Dejas de ir un año y hay muchas palabras que no entiendes. A mí me pasó al principio que tenía la necesidad de que se me entendiese. Soy una persona introvertida, y mi manera de entrar en los sitios es ser el payaso de la clase, pero cuando llegué aquí eso no funcionaba, y tuve una crisis de identidad muy fuerte. El humor es un lenguaje que depende del contexto. Todo el mundo caemos en la trampa de la asimilación. A medida que pasa el tiempo y la frustración del entendimiento crece, también aparecieron personas o lecturas que me hicieron darme cuenta de que me preocupaba mucho traducirme, y leí a Glissant y me dijo que tengo todo el derecho a la opacidad, así que hubo un dejar de tener miedo a que la gente no me entendiera. 
Yo soy un persona que lee mucho, también literatura caribeña, y al leer un un libro de Rita Indiana éste me puede parecer una canción, y se me escapan cosas que si me interesan las busco. Me parece importante defender la agencia de las personas a que si algo les interesa que no conocen lo buscarán. La oralidad ha sido un proceso de volver a mí, como una canción de salsa de 10 minutos a contratiempo.

Trampa de luces está atravesado por la experiencia migratoria. En el libro describes migrar como «hacer cola por siempre para casillegar a ningúnlugar», que «soy quien se fue, el beso en le frente en la puerta de embarque».  En un momento de la publicación hay una nota al pie, impresa con una tipografía ondulada como las olas, en la que dices: «No, no es que divague, migrar tiene su ritmo, uno que deseo respetar. El mareo, el vapor, la confusión, este vaivén en apariencia inconexo es, en realidad, compromiso irreductible con la cadencia de una experiencia». Da la sensación de que esta nota da la clave o frecuencia para relacionarnos con el libro y escuchar tu experiencia migratoria. 

Hay algo muy somático en todo mi proceso del libro. No lo pensé antes. Fue pasando al hacerlo. Migrar es una condición muy esquizofrénica, con todo el respeto a la palabra. Es estar en muchos sitios a la vez sin pausa, a menos que te la procures tú mismo. Cuando me di cuenta de que el texto era igual de vertiginoso de como yo sentía mi existencia, decidí seguir con ello. Para mí lo más difícil de sostener ha sido la angustia y la ansiedad, algo que no solamente viene de Venezuela, sino del proceso migratorio en sí, la manera de ser, la música, las bromas, la violencia… Los venezolanos somos violentos, y aunque se suela hablar de una manera peyorativa de esa violencia, a mí me gusta mucho la manera violenta en la que amamos u odiamos, que tiene que ver con la intensidad más que con el hacer daño. 
Mientas estaba trabajando en el manuscrito me encargaron un texto para TBA 21 sobre la oralidad caribeña. Como dice Kamau Brathwaite: «El caribe no son islas, sino una cordillera submarina. Ha sido bonito entender que dentro de toda esta máquina centrifugadora, los fragmentos no están flotando, están conectados. Ahora siento que mi vida no está atomizada, que empieza a ponerse en lugares que tienen sentido y que están en relación.  

Venezuela es un arma verbal arrojadiza habitual en Occidente entre la clase política. En tu libro la describes como «comodín retórico de la derecha mundial / fuente inagotable de romanticismo trasnochado para la izquierda interaccional, aka: casa». ¿Cómo se siente y que conflictos te ha supuesto provenir específicamente de Venezuela en España?  

Al principio fue muy raro, nadie te dice que estás migrando al segundo país más chavista del mundo. Siendo una persona queer, migrante y estando en el mundo del arte, lo lógico es rodearse de gente que tenga una ideología de izquierdas. Al principio no entendía bien mi lugar. No es una cuestión de preferencias. Es donde está mi papá y mis cosas. Si a mí una persona durante los últimos 25 años, que por momentos no haya tenido luz ni agua, ni llegado a fin de mes, es decir, todo lo que significa existir hoy en Venezuela, me dice que es chavista o madurista, yo hoy en día tengo toda la curiosidad y apertura de sentarme, porque me parece muy importante entender qué le atraviesa para no poder cambiar de discurso u orientarse hacia otro sitio. Creo que viene de un miedo de perder un cierto grado de dignidad que el chavismo rescató, le guste a quien le guste, en casi el 80% de la población. Pero el chavismo en Europa, y muy en particular en el momento en que yo llego a España, es una ideología de consumo, no lo han vivido, no atraviesa. Incluso es hasta estético. A mí esos lugares me producen un rechazo enrome. Ahora lo llevo mejor, siempre me afecta, pero no me resulta tan improbable. A este respecto, para mí España ha sido muy violenta, he tenido discusiones horribles y gratuitas, en las que no soy Orne, sino un personaje de ultraderecha. No hay permiso de ser. En mí siempre hubo un convencimiento de que las cosas caen por su propio peso, y se ha visto incluso en la política española. Los medios están cooptados por el madurismo o por una oposición que le viene perfecta a la derecha o a la izquierda que quiere seguir romantizando la revolución. Últimamente me centro muy poco en lo que la gente piensa sobre Venezuela fuera, me interesa lo que piensan en Venezuela y el Caribe. 

En Trampa de luces hay un trabajo minucioso con las imágenes y su composición, igual que se fueran palabras. ¿Cómo ha sido y porqué esta propuesta de imágenes para el libro?

El archivo de imágenes estaba casi hecho cuando me dieron la beca. El tema de los copyright es complicado. Lo que está pasando ahora mismo en Venezuela a nivel cultural es increíble, y a nivel fotográfico es muy heavy. Si yo hubiera usado todo el imaginario que quería, el libro sería mucho más caro, pero yo no me atrevía a pedir imágenes por lo que valen a gente que gana 1 dólar de salario mínimo. Así que lo que hice fue tirar de recortes o screenshots que he ido haciendo a lo largo del tiempo. Somos alrededor de 8 millones de personas las que nos hemos ido de Venezuela, muchas no hemos podido regresar en mucho tiempo, por lo que creo hay una nostalgia digital muy loca. Hay miles de perfiles en Instagram, Facebook o WhatsApp en los que la gente va depositando su archivo. La mayoría de archivos en Venezuela se han perdido o son analógicos, y es muy difícil acceder a ellos. Las conversaciones más redondas que he tenido sobre Venezuela y del proceso migratorio siempre han pasado cuando hablo con alguien con el ordenador al lado y puedo ir enseñando imágenes. Así que pensé que ésta era la posibilidad de depositar todo esto.
Por ejemplo, en el libro hay un imagen de Maye Brandt, que fue Miss Venezuela en 1980. En los 80 es cuando se da el quiebre social y económico en el país. Al ganar el concurso, la policía metropolitana le da una placa de policía y un revólver. En esas imágenes se dan los dos arquetipos que hay en Venezuela, el militar, policía o poder armado y la Miss, dos arquetipos con los que tenemos que negociar todo el rato. A los pocos años, cuando empieza a haber muchos más secuestros, violencia armada y aumentan los suicidios en Venezuela, Maye se quita la vida con ese mismo revólver. En Venezuela había una revista que se llamaba Ronda, como el Hola de aquí, en el que se publican las primeras fotos de la Miss posando en su casa y demás. Que las primera fotos de ella fueran con un revólver me parece increíble. Si hubiera una imagen que explique cómo empezó todo es esa. A nivel de imágenes, el libro está saturado, como la experiencia vital de saturación constante, y el atabalamiento que nos provoca tratar de explicar las causas de la situación actual.  

Otro de los vectores que atraviesa el libro es la muerte o los muertos. Dices que “en el Caribe los muertos no van al cielo, se quedan e insisten”. Hace unas semanas presentaste la conferencia-performativa ¿Cómo cerrar los ojos y que no me importe morir? dentro del contexto Esto también pasará de Du-Da, donde hablaste del duelo migratorio, la ausencia y la finitud desde una perspectiva caribeña, y de rituales para explorar la continuidad entre vida y muerte. Te quería preguntar por esa experiencia de la muerte en el Caribe, tan distinta a la finitud occidental. 

El origen del Caribe es violento, es una gran fosa común. Hay una carta en la que Simón Bolívar escribe a su tío contándole que las calles de Caracas están bañadas en sangre y que no queda casi gente para reconstruir el país, pero que ha valido la pena en nombre de la libertad. Creo que del millón de personas aproximadamente que había en Venezuela por entonces, después de la Guerra de Independencia, quedaron vivas 600.000. Osea que nunca ha habido un momento pacífico en Venezuela. Como mucho durante la democracia, pero igual la violencia siempre era latente. Yo creo que la manera de poder encuerpar de manera cotidiana esa muerte es la sensación de que los muertos no se van, que sus saberes se transmiten, que la gente siempre vuelve. En el Caribe estás muy atento a las cosas, y cuando estás muy atento las cosas ocurren. Si bien hay gente que lleva fatal los duelos, normalmente en el Caribe es muy necesario negociar de la muerte con esta forma.
Yo lo encuerpé cuando a mi padre le dio un infarto, y me di cuenta de que es posible que no me despida de una persona que siempre tuvo miedo a la soledad, que vive en una casa que se está cayendo a pedazos, pero que también es la prueba de que estuvimos ahí y de que fuimos una familia. Es una casa con renta controlada, en una finca en la que han logrado echar a mucha gente, pero mi padre que es más insistente que nadie sigue allí. Pero el día en que él muera, seguro que todo se hará con mucha prisa y va a ser complicado recuperar sus cosas. Después del infarto, fue tan complicado comunicarse con la gente allí, saber cómo podríamos pagar el hospital, hacer el GoFundeMe entre las colegas… que me hizo entender lo duro que será cuando suceda. Y me entró una tristeza y una angustia imposible de abarcar. Un nuevo estadío de este proceso migratorio para el que no tenía preparación, así que empecé a prepararme, a entrar en la muerte en el Caribe, donde hay una constante negociación entre lo mágico y lo fáctico. En los funerales a los que he ido, en las muertes que he tenido alrededor, siempre hay un toque, hay algo que se te escapa, que no puedes describir o articular y que a mí siempre me ha parecido muy bonito, me ha dado mucha paz. Ahora me da mucha calma saber que en el Caribe hay una especie de consenso colectivo en que la gente no se va, lo que a mí me permite pensar que tampoco no me he ido. Hay una parte mía que sigue y seguirá allí por siempre. 

En Trampa de luces dices: “Volver a qué y a dónde. Volver para las flores, las cajas, el duelo. Me robaron hasta el derecho a despedirme”. Pero también: “Un pasaporte anulado no es excusa, Nicolás. ¡Se vuelve en sueños si es necesario!”. ¿Qué supone para ti el deseo, la posibilidad o imposibilidad de volver a Venezuela? 

Te haces más venezolano cuando te vas de Venezuela, aunque creo esto es algo que le pasa a la gente cuando emigra en general. Yo sé que no me voy a morir sin volver. Si dentro de unos años no ha habido transición política en Venezuela, yo voy igual. No me quiero morir aquí. Si me tengo que ir a Haití o Colombia será lo que haga. Me parece importante decir que comienzo el libro con la confesión de que siempre había querido irme. Si no sentía que estaba traicionando algo. No me gusta nada romantizar Venezuela. Es un sitio muy duro. Y si eres una persona queer es espantoso. La cuestión es que no sabía que al irme había algo detrás de mí que se estaba cerrando, que no iba a poder volver. La imposibilidad de volver es doble, es física y temporal. Mi hermana vive en Australia, mi madre en EEUU… todo se ha movido. Hay unas ganas de pensar que todo se ha quedado congelado, pero es mentira. Yo también he cambiado, me moví. Volver a esa Venezuela no es posible. Estas dos imposibilidades me hacen la vida de cuadritos. Hay una con la que puedo vivir, con el cambio, nos pasa a todos. Pero la física es mucho más grande. Hay algo corporal en el estar en tu casa. Gabriel García Márquez cuenta en una entrevista que estaba enfermo en Europa, y que en el momento en que le montaron en el avión y volvió al Caribe, ya sabía que su cuerpo estaría mejor. Y es que hay algo que se aligera, ves mejor, escuchas mejor. Recuerdo que la única vez que regresé, hace 13 años, pasó algo con la brisa salada del Caribe, a la vez pegajosa pero que abre el pulmón, que me hizo sentir que estaba en casa. Aparte de mi papá, lo que más echo de menos es la sensación física de estar en casa.

El libro va terminando con unos deseos, unos emocionantes ojalás, siendo precisamente el último: «Ojalá bajar de un avión sin miedo. La brisa en la cara, el corazón pleno.» El (no) final es una escena de amor, triste y alegre, dejando el libro abierto. Alguien que se entiende has conocido aquí te recoge una lágrima («salaíto Caribe, bebé»), y tú le prometes algún día ir a comer «quiguas en la orilla». 

Mi propia búsqueda, mi motor ansioso, no está resuelto, por eso no quería cerrar el libro, ni dar ninguna lección a nadie de nadie. Ayer hice otra presentación del libro, y una de las personas del público me preguntó si me arrepiento de haberme subido en ese avión… Yo no estaría vive si no me hubiera montado en ese avión. Estaría en una cárcel o desaparecido. Obviamente, me volvería a montar en ese avión. Hay algo del exilio, que la gente lo plantea como algo inevitable, y a mi me da mucha rabia porque le quita agencia a las decisiones. Como una persona que ha intentado suicidarse, entiendo que tú decides si te vas o te quedas. Yo me compré un pasaje y me monté en un avión. No quiero faltarle el respeto a la persona que tomó esa decisión pensando que era lo mejor que podía hacer. Aún así, nadie me hubiera convencido de que iba a estar de momento 13 años sin volver a mi casa. Creo que hemos sido muy ingenuos con respecto a lo que nos estábamos enfrentando. Siempre hubo una sensación de que iba a pasar, y ya van 25 años. He aprendido a vivir con ello y a buscarle agujeritos. La impotencia se ha convertido en tristeza, ya no rabia, ni me cuestiono si lo hice bien o mal. Pero con la tristeza también se hacen cosas. Creo que lo que necesitaba era entender que con las cosas que nos pasan tenemos que hacer cosas, que somos personas con agencia.

Fernando Gandasegui   

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