Mi experiencia de lo artístico se parece a lo místico en el sentido de que convierte lo irreal en real a través de la fe. La mística designaría un tipo de experiencia muy difícil de alcanzar en que se llega al grado máximo de unión del alma humana a lo Sagrado durante la existencia terrenal.
Esta noche, después de ver trabajar a artistas plásticos o a actores improvisando, escribir en mi habitación frente a la pantalla se me hace estrecho. Así que salgo al balcón y voy recordando las diez máximas mientras pasan los coches en la avenida. Imagino las diez festividades de las profundidades y sus respectivos diez rezos, cinco de luz y cinco de oscuridad. Para armar el primer rezo intento vivenciarlo y registrarlo en un papel: la dificultad está en generar la vivencia (me ayudo de poemas y todo lo que tengo alrededor) y en saber cómo se registra, pues aparecen de golpe los fantasmas de las formas literarias. Anoto todos los techos que veo acostado en el balcón, desde el cielo hasta el reverso de las hojas de las plantas. Cuando pasa un avión lo anoto. Quisiera anotar muchas más cosas pero no encuentro la manera.
Por supuesto, el intento es un fracaso, pero me sirve para replantearme la actividad de la escritura.
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