Sed de Marta Crespo y Creciente marea mirada menguante de Lautaro Reyes

Sed, de Marta Crespo. Foto de Mila Ércoli.

La semana pasada La Capella presentó, una temporada más, el nuevo programa de performances que en cada inicio de octubre nos invita a disfrutar de los trabajos que las artistas seleccionadas en la convocatoria Barcelona Producció han creado durante el último año, con entrada libre y gratuita. Este año esos trabajos eran Sed, de Marta Crespo, y Creciente marea mirada menguante, de Lautaro Reyes. Por motivos de salud, la presentación del trabajo de la tercera de las artistas seleccionadas, Kleo La Faraona, se aplazó hasta el próximo año.

Marta Crespo y Lautaro Reyes son artistas de dos generaciones diferentes que trabajan con el cuerpo y el movimiento. Pero no solo. También el sonido es una parte fundamental en sus trabajos. Marta Crespo se acompañó de electrónica en directo a cargo de Lengleng. Lautaro Reyes se encargó él mismo del diseño sonoro de su performance.

Marta Crespo nació en Barcelona y actualmente vive entre su ciudad natal y Amsterdam. Lautaro Reyes nació en Valparaíso (Chile) y vive en Barcelona desde hace años. Marta es más joven que Lautaro, se acaba de graduar en la SNDO (School For New Dance Development) de Amsterdam. Después de abandonar su Chile natal, parte de la formación de Lautaro Reyes como coreógrafo pasó en Cuba. Marta Crespo es la primera vez que presenta su trabajo en Barcelona. Cuando llegó a Barcelona, Lautaro Reyes creó el grupo escénico Camaralucida, con el que ha ido actuando en buena parte de los lugares donde se puede actuar en esta ciudad, aunque nunca hasta hoy en La Capella. Los dos presentaron sus trabajos acompañados de diversas performers. Marta Crespo estuvo en escena junto a Karina Silver, Leonor de Meer y Orphée Gokpon, todas ellas afincadas en Amsterdam. Lautaro Reyes, fuera de escena, se acompañó de Alba Barral, Gabriela Cordovez y Élise Moreau, todas ellas barcelonesas de adopción.

Una curiosa coincidencia: el agua fue un motivo central en las dos propuestas artísticas. Ya incluso desde el título. La climatología subrayó esa coincidencia: llovió a mares en Barcelona esa semana. El martes, cinco minutos antes de entrar a la presentación de Sed, los móviles del público recibieron la alerta de la Generalitat en la que se pedía evitar desplazamientos innecesarios. Demasiado tarde. El público buscó cobijo en la capilla gótica con la tranquilidad que da saberse protegido por bloques de piedra medievales que llevan resistiendo la lluvia desde hace más de seiscientos años.

Sed, de Marta Crespo. Foto de Mila Ércoli.

Sed, de Marta Crespo, es un trance mediado por el agua que tiene su origen en una investigación sobre los imaginarios de la herejía femenina en la Edad Media. Marta Crespo se inspira en las místicas, en las brujas y en las poseídas, en los éxtasis de Santa Teresa, en las pinturas negras de Goya, en la violencia y el erotismo de Georges Bataille, en las películas de Lars Von Trier y en el tarantismo del sur de Italia para preguntarse sobre el potencial de las experiencias espirituales y extáticas del afuera, históricamente asociadas a lo femenino, a la locura, a la represión, al castigo y a la expulsión. También se fija en artistas que han abordado la limpieza y el trabajo doméstico como acción performativa y política, pensando la limpieza como acción física y espiritual atravesada por el género y la clase: Mierle Laderman Ukeles, Martha Rosler, Bobby Baker o Andrea Fraser.

En Sed, las performers realizan la acción de limpiar el suelo de la nave central de la antigua iglesia medieval que constituye el Espai Capella con la ayuda de trapos y baldes llenos de agua, transformando un gesto cotidiano en un acto hipnótico y colectivo. La repetición del gesto de limpiar actúa como un disparador: comienza como una tarea más o menos reconocible (aunque ejecutada con una energía demencialmente rabiosa) para ir cargándose progresivamente de una tensión ritual, entre la devoción y el hartazgo, entre el servicio y la rebelión. Con la intención de desplazar la mirada hacia el desbordamiento y el goce místico para acabar con los cuerpos femeninos transformados en pura fuerza y energía, el agua de los baldes de limpieza cobró vida hasta convertirse en el elemento protagonista, salpicando al público sentado en las sillas que rodeaba el rectángulo donde las performers ejecutaban su acción. Los trapos mojados mutaron en armas que las performers percutieron a diestro y siniestro contra el linóleo que cubría el suelo de piedra de La Capella (un linóleo cedido amablemente por La Caldera, por cierto). La limpieza se transformó en otra cosa, en una práctica física y energética, mientras poco a poco nos adentrábamos en una experiencia más contemplativa, pasados los primeros minutos de acción trepidante sostenida por la energía desbordada de las intérpretes, como si estuvieran fuera de sí: cuando no estaban percutiendo frenéticamente sus armas-trapo contra el suelo, a derecha e izquierda, como si de eso dependiese su vida, gateaban alrededor del linóleo, por detrás del público, para reincorporarse a escena después de mojar de nuevo sus trapos en el agua contenida en los cubos.

La música electrónica de Lengleng fue una pieza más en un diálogo sostenido con las performers. Lengleng la lanzó desde una mesa situada en una de las capillas laterales y el público la escuchó por los altavoces que rodeaban la escena. Asistimos también a un despliegue de luces no acostumbrado en La Capella, entre ellas unas luces estroboscópicas que, en la oscuridad, nos hicieron contemplar una estampa sorprendente: las largas melenas de las performers desafiando a la gravedad, elevadas en vertical hacia los arcos góticos del techo, capturadas en esa posición como consecuencia del giro circular de sus cabezas, como si estuvieran en un concierto de música heavy. Las cuatro enigmáticas performers, con el rostro inicialmente oculto por sus cabellos, transformaron con su acción el interior de La Capella para conducirnos a una experiencia desbordante que vivimos desde el interior de su implosión. El humo inundó La Capella cuando abandonaron la escena. Ahí fuera siguió tronando y lloviendo a mares. Minutos después, el resplandor de los relámpagos seguía iluminando el interior de La Capella a través de los vidrios de la cúpula central.

Creciente marea mirada menguante, de Lautaro Reyes. Foto de Pep Herrero.

El jueves fue el turno de Creciente marea mirada menguante, de Lautaro Reyes. Este trabajo pretendidamente ponía el acento en la búsqueda de un lenguaje que naciese a partir del cuerpo como reacción a cierta estandarización del movimiento que el artista percibe en la actualidad. Por esa razón, lo primero que Lautaro Reyes se propuso en su investigación fue salir de la sala de ensayo y, aprovechando el impulso, también del academicismo y de las inercias coreográficas actuales. Durante la preparación de este trabajo Lautaro Reyes y sus colaboradoras salieron del estudio para dirigirse al mar. Se encontraron con él en la playa de la Barceloneta. Al sumergirse en el agua hasta colocar la mirada unos centímetros por encima del nivel del mar se percibe el movimiento del agua de una manera completamente nueva. Ese movimiento es el que las performers trasladaron luego a la sala de ensayo. Una vez allí, lo que se pretendía ya no era crear una coreografía sino idear estructuras, desarrollar funciones. Salir de la sala de ensayo ofrecía la oportunidad también de abrir los cuerpos a otros ambientes: el de la sala expositiva, el del centro de arte, el de una antigua capilla gótica, en este caso.

En el inicio de la performance, Lautaro Reyes invitó al público que esperaba en el vestíbulo a entrar en el Espai Capella para ocuparlo como les pareciese, evitando las paredes. El público ocupó homogéneamente el espacio, de pie en su mayoría al inicio, sentado en el suelo a medida que la performance avanzaba. Las performers esperaban camufladas entre el público, en reposo. Su vestimenta, de calle, les permitía no llamar la atención. Sonaba una banda sonora ruidista operada por el propio Lautaro Reyes desde una discreta mesa cercana a la entrada. ¿Agua? ¿Mar? Poco a poco las performers comenzaron a manifestarse, a moverse entre el público, caminando entre él, a distancia las unas de las otras. Ese caminar pronto se convirtió en carreras. Las performers salían disparadas hacia la puerta a toda velocidad, haciendo slalom para sortear a las personas que se interponían entre ellas y el vestíbulo, para volver a penetrar en el interior del espacio a velocidades vertiginosas, rozando al público en su ir y venir, moviéndose en una especie de órbitas elípticas, a oleadas, como si se sumergieran en el mar y el mar fuese el público. El público se veía obligado a girar sus cabezas y sus cuerpos para seguir con la mirada el movimiento de las performers. Su movimiento provocaba olas entre el mar de cabezas que formaba el público, obligado a escoger a quién y a dónde mirar. Cuando las performers descansaban de sus correrías, capturaban la atención del público con movimientos muy austeros en ocasiones, como levantar un brazo, mientras sus miradas parecían dirigirse hacia mucho más allá de donde nos encontrábamos. La performance consiguió activar un sistema accionado por el movimiento de las performers que incluía al público, que lo integraba, de una manera sencilla pero muy cuidada y eficaz.

Al final de las dos performances el público fue invitado a compartir una cerveza en los aledaños del jardín medieval al que da la puerta lateral de La Capella. El numeroso público que llenó la sala los dos días aprovechó la ocasión para comentar la jugada y para conversar informalmente con las artistas. En estos corrillos se habló de ciertas similitudes que algunas percibieron entre las propuestas de Marta Crespo y Lautaro Reyes. Uno de los comentarios que más se repitieron fue lo bien que le sienta el espacio diáfano de piedra medieval de La Capella a todo tipo de performances.

Rubén Ramos Nogueira

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