Saberes

¿Qué puede enseñarle una artista a una empleada de una cadena de supermercados, y un batería a un conductor de autobuses, y una niña a un performer, y un abogado a un actor dramático? ¿Qué crees que es lo más precioso que has aprendido a través de tu relación con el mundo del arte? ¿Y a través de tu relación con el mundo de los niños, de la vejez, de la enfermedad, de los animales, de las plantas? ¿Podrías poner nombre a esos saberes? ¿Podrías enseñárselos a otra persona?

Saberes es un proyecto de investigación sobre las prácticas, formas de producción y economías del conocimiento. Se articula a través de talleres, seminarios e intervenciones que toman como toman como punto de partida la idea de los saberes incorporados en conflicto con los conocimientos oficialmente reconocidos. El objetivo es sostener entre agentes de distinta procedencia la evidencia de un mundo real e imaginario donde habita un tipo de saber que desborda las delimitaciones disciplinares y los conocimientos reglados; un tipo de saber que no es acumulativo, no se mide por la cantidad, ni concurre de forma competitiva con otros saberes o estadios de conocimiento; un saber que no funciona como estrategia de legitimación del sujeto ni de jerarquización social; un saber entendido como experiencia de enseñanza/aprendizaje que implica a más de uno comprometidos con un territorio común de exposición, fragilidades y  desconocimiento.


Feria de saberes. Facultad de artes. Universidad de Cuenca, Ecuador, 2019.

Esto no implica que estos saberes se propongan en oposición a los conocimientos especializados o los conocimientos teóricos; no se trata de distinguir saberes buenos de saberes malos en relación con dicotomías del tipo de conocimientos especializados frente a conocimientos de la vida, o conocimientos prácticos y conocimientos teóricos, planteamientos binarios que terminan reforzando las posiciones que se intentan superar. En vez de estancarnos con planteamientos que terminan teniendo más relevancia que aquello a lo que se quiere dar respuesta, se trata de tomar conciencia de los regímenes y formas de uso que ordenan el espacio del conocimiento y desde ahí replantear las construcciones de lo público en relación con los procesos de institución de la docencia, la creación artística, la investigación, y por extensión de los ámbitos de vida y trabajo.

Nietzsche sabe que no existe nada más indecente que la falta de energía que se presenta como ciencia; siente que no existe nada más sospechoso que el miedo a la verdad que se hace pasar por conciencia crítica; y nada más falso que esa incapacidad de reconocimiento que se hace pasar por una facultad superior. (Peter Sloterdijk)

La cualidad del espacio público está determinada por la cualidad de los saberes que lo fundamentan, las formas de plantear el conocimiento y ponerlo en práctica –qué, cómo y para qué aprendemos lo que aprendemos-; al igual que la normalización de los cuerpos como medio de construcción de un entorno público es resultado de la normalización de los saberes. Moverse, mirar, estar, ponerse en contacto, atravesar, interrumpir, son modos también de conocimiento que expresan lo que se sabe y lo que todavía no se sabe.


Feria de saberes. Facultad de artes. Universidad de Cuenca, Ecuador, 2019.

En esta zona gris entre lo que ya sé y lo que todavía no sé se abre el espacio del conocimiento como experiencia de desconocimiento y reinvención, umbral de juego, exploración y vivencias. Las instituciones del conocimiento han actuado a lo largo de la historia y lo siguen haciendo como auténticos cuerpos armados de control y vigilancia de estos umbrales de riesgo y exposición en los que aprender se convierte en una experiencia viva en lugar de una rutina de formas legitimadas por una determinada tradición. El estado actual de las instituciones superiores de enseñanza y las economías del conocimiento definido como científico son buena muestra de esto.

El colectivo Oblomoff denunciaba hace unos años en el informe  Un futuro sin porvenir. Por qué no hay que salvar la investigación científica, que la engañosa neutralidad del discurso científico y la lógica de la especialización están encubriendo un sistema de competitividad que solo beneficia a las empresas que viven del mismo sistema delirante de evaluaciones y estadísticas que lo han puesto en marcha y lo alimentan. Aceptando las reglas de juego impuestas por las instituciones/empresas, “los científicos se han condenado a una compartimentación cada vez más minuciosa de su trabajo […], a ignorar conscientemente para qué y para quién están haciendo ciencia.” Lo que se estudia, continúan diciendo, se termina reduciendo “al papel de mero objeto inerte y muerto, incluso cuando se trata de seres vivos, es decir, ‘sujetos’ activos y sensibles.”

Las resistencias de la universidad a la introducción de la investigación en artes, el extrañamiento hacia la figura del artista-investigador dentro de la academia, así como todos los esfuerzos cargados de buenas intenciones para encontrar una solución feliz a esa especie de matrimonio de conveniencia entre teoría y práctica, intelecto y creación artística, es resultado de las patologías producidas por la disociación entre el ámbito especializado de la universidad y el mundo de fuera.

Un cuerpo, objeto, cosa o situación, es decir, un cuerpo animado o inanimado, material o inmaterial, tiene una inteligencia propia en el sentido de que es distinta en cada uno, pero impropia en el sentido de que ese cuerpo no se relaciona con ese saber como si fuera una pertenencia, propiedad específica o rasgo identitario, sino como forma de apropiación temporal y contingente que hace de una capacidad común de conocimiento y acción generada como potencia colectiva, resultado de la confluencia y cruce de una heterogeneidad de agentes. Esta inteligencia tiene un potencial revolucionario; solo hay que tomar conciencia de ella y activarla. Se actualiza a través de los modos de estar y hacer, de decir, pensar y actuar, que a su vez determinan modos de organizarnos y desorganizarnos.

No se trata, por tanto, de lo que se se suele llamar inteligencia emocional, ni tampoco de dar rienda suelta a los impulsos reprimidos del cuerpo, tampoco se construye como una actitud de oposición a estos otros saberes especializados, normativos, teóricos o prácticos (también hay saberes prácticos normativos que funcionan como espacios de identificación). Los saberes vivos atraviesan estos campos de conocimiento, pero se mueven en otro plano, un plano universal y local, indeterminado y contingente al mismo tiempo.

Los textos e imágenes que componen esta presentación son resultado de los talleres, discusiones y presentaciones que tuvieron lugar en las Universidades de Cuenca y San Francisco de Quito, en Ecuador, en abril de 2019, y en las que intervinieron personas, agentes y circunstancias diversas, además de estudiantes y profesores de estas instituciones. No es este, por tanto, un texto con una autoría única -¿hay algún texto (textum, tejido) que sea producto de un solo actor-autor-autoridad?, ¿qué lazos unen los textos con las autorías y los cuerpos con el anonimato?-; me he tomado la libertad de jugar con las ideas, situaciones e imaginarios que fueron surgiendo a lo largo de estos encuentros. Gracias a todas, todos y todo lo que contribuyó para que esto tuviera lugar.

En el mundo de los durmientes el saber se produce durante el sueño, ergo si sufres insomnio te quedas tonto. Durmiendo conoces, experimentas, entras en relaciones no previstas, aprendes y vives. Los cuidadores del sueño, personas que velan y guían a los durmientes, son a la vez profesores y sanadores. Cuando alguien se siente enfermo acude a estos establecimientos de aprendizaje y cura, que son la misma cosa. La vigilia es el espacio común resultado de la puesta en práctica de los saberes incorporados durante el sueño, entre los que se encuentra la propia práctica del dormir. No existe, por tanto, una contraposición entre sueño y vigilia, sino que son fases unidas por estadios graduales. Cuando alguien muere se entrega al sueño permanente, que es el dios que vela por este mundo; un dios con forma de perezoso que encarna todos los conocimientos. Aprender, es decir, dormir, está considerado también una forma de rezo al dios del conocimiento.

Feria de saberes. Facultad de artes. Universidad de Cuenca, Ecuador, 2019.

¿Cuáles crees que son los saberes de tu cuerpo? ¿Cómo los compartirías con alguien para que pudiera aprenderlos? ¿Crees que aprenderéis tú también al enseñárselos? ¿Se puede enseñar algo sin aprender al mismo tiempo? ¿Se puede aprender sin enseñar?

Amar / odiar

Hipótesis: solo se mantiene la mirada fija en los ojos de otra persona durante más de diez segundos a menos de un metro de distancia antes de hacerle el amor o agredirle de forma síquica o física.

Práctica: una mirada veinticinco minutos en tu rostro. (Inspirado en las Cartas de amor a Nora Barnacle, de James Joyce.)

Viaje: El rostro con una sonrisa agradable. Intento mirar los ojos y encontrar esa sonrisa, pero no puedo, se pierde; solo encuentro forma, una pupila dilatada, un párpado superior pequeño. Miro la nariz, la boca, las mejillas y recupero esa sonrisa. Regreso a los ojos, y nuevamente se desdibuja. Los ojos son formas que me miran. Cambia el rostro a nostalgia, y quiero comprobarlo nuevamente en los ojos. No lo encuentro. Solo puedo encontrarlo cuando no los miro. Y sigo en ese tránsito ojos-nariz, ojos-boca, ojos-barba, ojos-cabello, ojos-orejas, ojos-manos que apoyan-sostienen, ojos-frente. Viajo de la expresión a la forma y me inquieta el no aprehender otra expresión. Me relajo, ya no me inquieta, me pregunto qué mira, qué piensa al mirar, qué piensan esos ojos que miran. (Gabriela Paredes)

Casa Mitómana, Quito, Ecuador, 2019.

Si digo que mi cuerpo tiene ahora otro tipo de inteligencia, no me refiero a que sepa más o menos, no es una cuestión de cantidad (estamos socializados para pensar el conocimiento en términos de más o menos que…), es una forma de inteligencia distinta, supongo que adaptada a un modo de ver el mundo y relacionarse también distinta, a otro modo de estar. Saber es sobre todo saber estar de una manera INdeterminada. Tampoco sé exactamente de dónde me viene ese saber, imagino que de sitios distintos, del trabajo de todos los días y de otros lugares que no tienen nada que ver con mi actividad profesional, espacios de pérdida, de fuga y desorientación, momentos de no saber, rutinas repetidas a diario y esa sensación de aburrimiento que te invade por momentos y en la que de pronto descubres un mar de sensaciones. Como decía alguien, sin aburrimiento no hay arte.

Parece que ya nadie tiene tiempo, tiempo para dejar de hacer, o hacer de un modo que aún no sabemos. Hasta los niños y los jubilados tienen ya sus vidas perfectamente llena de actividades. Parece que disponer de tiempo con el que no saber qué hacer fuera una forma de malgastarlo, que aburrirse estuviera prohibido. Cuando en realidad es al revés. Los tiempos programados en función de objetivos y actividades ya previstas dejan de ser oportunidades para que pueda pasar lo que todavía no sabemos qué nombre tiene. El tiempo se ha convertido en una condición política. Sin tiempos propios, que son paradójicamente los más impropios, estamos anulados. “no tengo tiempo” es el mantra que nos persigue como un destino que llegaría a realizarse en toda su plenitud como leyenda de una lápida. Aprender exige este tipo de tiempos abiertos, momentos en los que poder no solo conocer algo nuevo sino desconocer lo que ya sabíamos, conocernos y desconocernos.

Feria de saberes. Facultad de artes. Universidad de Cuenca, Ecuador, 2019.

Cuando cierta comprensión es aprehendida a través de la experiencia, cualquier conocimiento va a ser diferente siempre, porque hay una mayor probabilidad de hacerlo propio y solo ante aquello uno puede estremecerse. (Diego Luna)

Aunque a menudo es imperceptible, hay momentos en los que sientes que justo en ese instante estás aprendiendo algo nuevo. Es como un orgasmo cognitivo. El cuerpo se desborda, adquiere otro tipo de presencia, una especie de ingenuidad lúcida; como si volvieras a ver algo por primera vez. Es un estadio pasajero, en el que pasado, presente y futuro parecen quedar suspendidos. Sentir que estás aprendiendo hace que te sientas vivo y también frágil. Vulnerable y fuerte a la vez. Te ayuda a creer en ti mismo. Es extraño, porque aprendes y al mismo tiempo tienes ganas de enseñárselo a alguien, de contarlo, de compartirlo, como si aprender y enseñar fueran dos caras de lo mismo. Aprender es un modo de amar lo que hay alrededor, en lo más cercano, en el mundo que puedes tocar, pero también en lo más lejano, en el cosmos; es un modo de dar y agradecer, de darte y agradecerte por todo lo que recibes. Es un don, un regalo, munis, el origen secreto de la comunidad.

Escuela de saberes. Casa Mitómana, Quito, 2019.

Como parte de este aprendizaje de lo común, el cuerpo también incorpora los conocimientos muertos, incorpora los límites impuestos al conocimiento, lo que se puede aprender y lo que no hay que aprender, así como los modos correctos e incorrectos de aprender.

La especialización no define un exceso de saber sino una renuncia consciente y voluntaria al saber de los “otros”. No es la expresión de una curiosidad desmesurada por un objeto sino el respecto temeroso y escrupuloso de un tabú cognitivo. (Emanuele Coccia)

Feria de saberes. Facultad de Artes. Universidad de Cuenca, Ecuador, 2019.

No sabemos en qué momento de la historia se creó un vínculo tan estrecho entre saber y poder, debe ser que se trataba de otro tipo de saberes relacionado con los títulos y las autoridades, con las jerarquías, las universidades y los libros. Quizá con el tiempo lleguemos a identificar con claridad estos otros saberes, aunque daría lo mismo, porque siempre son los otros los que perciben estos saberes, y son ellos también, los otros y los propios saberes vivos, los que nos permiten a nosotros mismos ser otros. La inteligencia del cuerpo no necesita nombre ni conceptos, simplemente funciona, se activa, crece y se transforma, poniéndose en relación con otras formas de conocimiento que están en el medio, en los modos y actitudes, en las formas las plantas y los objetos, en la memoria, en las historias que nunca pasaron, en las ficciones, en lo que pudo ser y no llego a ser, en las potencias y lo que ya no está y los que ya no están, pero algún día estuvieron o estarán.

La imaginación es al intelecto lo que el mundo es para la experiencia sensible, un espacio de juego, aprendizaje y posibilidades. Con razón se suele decir que la política sin imaginación no es política. ¿Es posible plantear las formas de convivencia y administración de lo público sin recurrir a la imaginación? ¿Es posible reinventar las formas del conocimiento, de la investigación y la ciencia sin imaginación? ¿Es la imaginación algo opuesto a la verdad?

Dibujos y texto de Clara Polo.

Patata, me gusta mucho pensar que todos somos iguales en el campo del ignorante y que eso de no saber nos acerque al otro y en ese acercamiento mezclar los sabores -¡qué rico!-. Esta práctica gustativa en comunidad genera un lugar ético en el trabajo. Y esto, Patata, es totalmente subversivo y hermoso.

Cada uno ofreciendo sus sabores más profundos, corporales, sin pretensión, sin busca de utilidad, ganancia, verdad legítima o perennidad en la historia.

SUBVERSIVO PATATA SUBVERSIVO

Ponerse en el lugar de los saberes vivos permite tomar distancia para replantear el edificio del conocimiento sobre el que se asienta la construcción de la subjetividad y la economía. Remover los pilares del conocimiento y replantear las prácticas básicas sobre las que se construye, los modos de leer, escribir, pensar y decir, es un ejercicio revolucionario, no tanto por la importancia real que el conocimiento puede tener, sino por el lugar simbólico que ocupa como pieza clave en la articulación de los sistemas de poder. ¿El que sabe puede, o el que puede saber?

Texto y dibujos de Jorge Agudo.

Un mundo en el que los seres carecen de palabra pero gozan de la vista, un mundo en el que las palabras no existen y las cosas no se nombran, no se nombran los países, no se nombre el cielo ni la tierra, las personas no tienen nombres sino movimientos. Un mundo en el que reina la capacidad visual como forma, símbolo, dios y religión. Es un mundo en el que habitar se vuelve un placer visual, las cosas que se observan son tan valiosas como los recuerdos vividos o los mismos sueños.

Su capacidad de transmitir conocimiento es única, en un acto de entrega se extirpan su único ojo y renuncian a todo su conocimiento vivido a cambio de un nuevo ojo proveniente de otro ser Hay quienes observan durante toda la vida un único lugar y cuando entregan su ojo entregan con él toda la experiencia ligada a ese sitio.

Su dios, de llamarlo dios, sería una figura real que en forma de gran cruz tiene por extremidades 4 brazos, uno por cada dirección: norte, sur, este, oeste. En cada palma de las manos se encuentra un ojo abierto, que son los guardianes de cada extremo de su mundo; en la mitad de la cruz un gran ojo cerrado el cual esperan que algún día se abra y les muestre la verdadera forma del conocimiento.

Existen también ojotecas, lugares donde se conservan ojos con miradas y tipos de saber distintos. Funcionan como espacios de estudio y también como una especie de hospitales. Aprender y curarse, aprender y cuidarse, son casi lo mismo.

También hay quienes buscan experiencias más allá del conocimiento, estos toman a los recién nacidos y les vendan el ojo durante para que cuando sean mayores poder traficar con ellos por valores altísimos, porque este tipo de ojo permite volver a ver el mundo por primera vez.

Los muertos están en cementerios donde sus cuerpos descansan bajo tierra pero sus ojos quedan encima de las lápidas, como si continuaran mirando, aunque ya  nadie se atreve a tocarlos por respeto.

Para estos seres cíclopes es valioso lo que se ve, lo que no se puede ver y lo que solo ciertos ojos pueden llegar a ver, por eso cuidan sus rituales de cambio.


Escuela de saberes. Casa Mitómana, Quito, Ecuador, 2019.

Los saberes no funcionan de manera aislada. Aunque los conocimientos reglados son producto de unas estructuras y espacios de investigación que les permiten funcionar por separado en beneficio de su propia especialización, los distintos saberes están constantemente en relación. Considerar los saberes vivos como un mundo aparte ligado al cuerpo y a la experiencia sensible sería como construir un mundo irreal capaz de sostenerse  bajo las condiciones artificiales de esos laboratorios que son las universidades sin afectar directamente al mundo. Es la relación sin resolver entre la inteligencia de los cuerpos y los conocimientos públicamente reconocidos lo que confiere a esta primera una dimensión política. Si el mundo sensible no es en sí mismo un hecho político, es a través de su relación con las formas de administración de lo público que adquiere una condición política. Un cuerpo puesto en relación con un lugar, un pasado, con otros cuerpos, objetos, memorias y agentes, desarrolla una inteligencia propia; ese cuerpo pasa a tener una dimensión política en el momento en que esa inteligencia viva propone modos de hacer y moverse, de estar y trabajar que no coinciden con las formas oficiales de conocimiento y administración de lo público.

En el mundo de los deseos, se aprende a través del propio deseo. Desear es aprender y poner en común los deseos es el modo de generar espacios de intercambio que transforman esos deseos dando lugar a otros nuevos a través de formas colectivas de aprendizaje. Desear muy poco o desear en exceso son disfunciones que ponen en peligro la vida. Dejar de desear puede significar la muerte si al mismo tiempo no eres deseado por nadie. La vida se sostiene a través de un complejo tejido de deseos vivos. Lo que no es deseado por nadie desaparece. Al bar de los deseos, por ejemplo, un espacio que funciona también como un ámbito de restauración de los deseos, se llega con uno o varios deseos individuales. Al comienzo cada cual permanece con su propio deseo, profundizando en la conciencia de ese deseo, luego comienza a percibir que hay otros deseos a su alrededor, deseos incorporados no solo en otros cuerpos, sino en ciertos lugares de esos cuerpos. Comienza un baile de aproximaciones y distancias, atracciones y rechazos, que terminará deshaciendo los deseos individuales en un movimiento colectivo. Es el nacimiento de un nuevo deseo, un nuevo horizonte de (des)conocimiento y experiencia que invita a un movimiento constante de reinvención de lo público.

Este proyecto nace de una impresión personal, la de haber aprendido de personas que no trataban de enseñarme exactamente eso que me enseñaron, de haber aprendido no de lo que me dijeron, pensaron o demostraron, sino de los modos de decir, pensar y hacer; de haber aprendido, en definitiva, cosas de las que quizá ni ellos mismos eran conscientes. Y lo mismo me ha pasado al revés, haber recibido la gratitud por parte de otras personas que me decían haber aprendido de mí algo que ni yo mismo alcanzaba a entender. ¿Es que yo sé eso?

Saber es básicamente saber vivir bien. Y vivir bien implica dejar vivir, cuidarse y cuidar como dos caras de lo mismo, ocuparse del medio y de los medios para que aquello que nos alimenta el cuerpo, el intelecto y los sentidos se pueda seguir dando. Resulta llamativo que las respuestas a este espacio de juego, imaginación y práctica de los saberes vivos hayan terminado confluyendo en el mundo de los cuidados y las formas de estar, mirar y hacer.


¿Cómo poder justificar la fatiga del pensamiento? (E. Coccia)

Esta investigación se enmarca en la órbita de los saberes-porvenir que emerge a raíz del descubrimiento del (algo)ritmo de los conocimientos desconocidos, la UKA_mov. En el universo algo_rítmico el saber se transmite, por ejemplo, a través del movimiento de cadera, lo cual no reduce la enorme complejidad que pueden encerrar dichos saberes, y la musa del investigación es UKA, con quien te comunicas bailando. Es a partir de este descubrimiento que proliferaron escuelas abiertas de saberes y sabores. Los centros culturales y espacios de creación se convirtieron en oportunidades para reinventar de forma radical las formas de estar y hacernos público, las formas de conocer y conocernos, los modos de leer, escribir y hablar en público, lo que significaba saber y no saber. Artistas de todo el mundo se organizaron sin organizarse dando lugar a un movimiento planetario de formas de crear que abrían agujeros en la realidad proponiendo viajes inciertos por la historia. Un espacio de creación suponía la posibilidad de un viaje por tiempos y espacios desconocidos. De este modo, la política, la economía, las instituciones oficiales de enseñanza fueron perdiendo seguidores (las religiones hacía tiempo que ya habían acabado). La gente se desinteresó por estos campos, dejó de trabajar y empezó a acudir a diario a este tipo de experiencias, que se ofrecían en cualquier lugar, y de las que regresaban renovados, y curiosamente en ocasiones incluso con dinero, que nunca se sabe bien de dónde viene, porque los viajes son personales o colectivos pero en todo caso desconocidos; solo los cuerpos guardan la memoria de lo que ocurre durante ese lapso de tiempo en el que hacer historia y hacer arte, política e imaginación, intelecto y mundo sensible llegan a coincidir.



New Art Practice. Mladen Stilinović, Artista trabajando, 1978.


Paula Valero, Elogio de la proscrastinación, Centre del Carme, Valencia (España), febrero 2018.


Césped. SpY, 2017. Fot. Rubén P. Bescós.  http://spy-urbanart.com

Qué pasa cuando no pasa nada. Vicente Arlandis, 2015. IVAM. Fot. Archivo del artista.


Marino Formenti, Nowhere. Bregenzer Festspiele, agosto 2011. http://galeriemezzanin.com/artists/marino-formenti/


El bosque. Juan Navarro y Pablo Gisbert, TNT, Terrasa, Cataluña, 2018.

Ocupación Puerta del Sol, Madrid, mayo 2011.