Otra historia de amor

Annika dice somos Annika y Julián. Annika dice nos vamos a mover. Annika dice por favor, prestad atención. Julián dice la danza tiene una duración muy corta. Julián dice la danza es invisible. Julián dice yo personalmente creo que esto también tiene que ver (de una forma que no sé articular bien) con lo amoroso, con el amor.

El 30 de marzo recibo un mail con un texto de Graham Harman. Al principio pensé que era un filósofo alemán de principios de siglo (creo que lo confundía con otro que suena parecido); luego he visto que es famoso, o al menos que está de moda e incluso, buscando por ahí, que hasta le gusta ser famoso. ¿A quién no le gusta ser famoso?

El texto me llegó junto con otros materiales del proyecto de Annika Pannitto y Julián Pacomio The third table, que toma el título del artículo de Harman. Un día antes había estado viendo la presentación que hicieron en la DT. Hubo algo que me gustó del trabajo y no sabría bien cómo explicarlo, o como dicen ellos, no sabría bien cómo articularlo, por eso creo que estoy escribiendo esto; algo un tanto difuso, como sin hacer, que es lo que al final te mueve. Así que según salimos les pregunté si podían enviarme lo único que se me ocurrió que podía enviarse sin convertirse en un documento a modo de imagen o grabación; quería tener un trozo pequeño de una obra también pequeña, que me permitiera recuperarla, y como no sabía exactamente lo que buscaba, si era un movimiento, una palabra, la música, una imagen, les pedí lo que me pareció que era más fácil de mandar, un pequeño texto que se decía al comienzo.

Cuando fui era un viernes; tenía en el cuerpo esa sensación típica de los viernes. La DT está en Chueca, un barrio de Madrid lleno de garitos, bares y tiendas de diseño y de no diseño (todavía queda alguna). El caso es que un viernes por la noche en Chueca, incluso con el gusanillo en el cuerpo, lo que necesitas es un hueco para poder sentir algo aunque sea el follón que te rodea. Así que al enfilar la cuesta abajo de la calle de la DT desde Hortaleza y ver que no había en la puerta el típico mogollón que se forma antes de una obra, me alegré. Luego ya cuando entré y vi que dentro había solo dos o tres personas más, me alegré aún más, lo tengo que confesar, aun sintiéndolo supongo por los artistas. Y ya para colmo había junto a una torrecita de vasos de plástico un par de botellas de vino y una bolsa de patatas fritas. La duda de si aquello era parte de la obra o era cosa de la sala, la descarté pronto, no porque nadie me lo aclarara, sino porque daba lo mismo. ¿Qué era lo importante la obra o ese momento? Después llegaron unas cuantas personas más, a las que hacía tiempo no veía, y salieron también Annika y Julián. Un fiestón. Si comparo el estado de mi cuerpo media hora antes tratando de que me pusieran una caña rápida porque el teatro iba a empezar, y el estado en ese momento, evidentemente no hay color.

¿Y tiene esto algo que ver con la obra? Esto sería como preguntarse si es parte de la obra cuando estás esperando pacientemente el ascensor en una especie de no-lugar para subir a la sala de la quinta planta de Canal, te aprietas luego un poco para que quepa más gente y finalmente esperas un rato más en fila ya arriba hasta que dan la sala, o cuando estás esperando en mitad de una multitud para entrar a una obra y terminar sentado en medio de una fila de asientos atrapado entre la gente. Seguramente no forma parte y seguramente sí. ¿Cambia eso el trabajo?

Pero volviendo a la DT, después de la charla y algún silencio, por eso de que quizá la pieza ya había empezado y estábamos en esa parte del rollito guay y participativo, entramos en la sala; recuerdo que según entraba estaba pensando qué lujo poder ver algo en esas condiciones, comparable con el lujo, se me ocurrió en ese momento, de entrar en uno de esos bares de toda la vida o en una tienda que no sea una de esas franquicias que te comen la moral. Qué lujo ver una cosa pequeña, hecha con cuidado, en un sitio pequeño y además con poca gente.

Y no es que no me guste la gente, lo que no me gusta es el maltrato, y ni siquiera el maltrato de los excesos por sobrepasar en un momento dado ciertos límites de aforo o de lo que sea, sino el maltrato enquistado, planificado y organizado.

Desde que hace unos años cambiaron la dirección de varios de los transatlánticos de las artes vivas en Madrid, otros espacios más pequeños del que quizá la Pradillo sea el ejemplo más claro, se han vaciado. Y no porque no haya público para todo, porque el público se ha multiplicado de un modo increíble, sobre todo si lo miramos desde el momento en el que estábamos antes, refugiados en la calle Pradillo. Ahora bien, este nuevo público, que igual que llena Matadero, Canal o Conde Duque, podría ir a estas salas, no va, y no porque no quiera ir, sino porque los canales de transmisión, eso que se suele llamar tejido no existen. Los tejidos se ven menos, son más frágiles y hay que alimentarlos. Hacer un tejido que llegue a tener una vida propia, que responda a los intereses de la institución pero que vaya más allá, es costoso, pero sobre todo parece puntuar menos para las cuotas de proyección y visibilidad de las empresas (públicas).

Annika dice somos Annika y Julián. Annika dice nos vamos a mover. Annika dice por favor, prestad atención. Julián dice la danza tiene una duración muy corta. Julián dice la danza es invisible. Julián dice yo personalmente creo que esto también tiene que ver (de una forma que no sé articular bien) con lo amoroso, con el amor.

Pensar que el problema del público es una cuestión de cantidades es entrar en una trampa de la que ya no se sale. Ciertamente, tenemos derecho a unas ciertas cantidades, de ingresos, de fama, de excesos. Ese no es el problema. El problema es que la cantidad se convierta en el único problema. Eso sí es un problema, porque luego viene lo de los maltratos administrativos, las cuotas que hay que cumplir y los números que tienen que cuadrar; y de las cualidades, no de las cantidades, sino de la cualidad de los público, la cualidad de los espacios y las formas de hacer y presentar un trabajo, de la cualidad de los modos quién se acuerda.

Se acuerda quien lo sufre, es decir, todos los que somos usuarios de estos espacios, empezando por quien pasa más tiempo en ellos, claro, los propios trabajadores fijos o de paso; se acuerdan las compañías, grupos y artistas que tienen que trabajar en una institución que por el modo como está administrada parece que olvidó, si es que alguna vez lo tuvo realmente en cuenta, para qué fue hecha; porque el olvido no es de ahora, en algunos casos hay que remontarse a los políticos de turno, en otros vale con llegar hasta los arquitectos. Y no es que lo de Canal pueda llamarse maltrato, pero evidentemente el arquitecto de Canal, también famoso, no debía tener mucho amor por el teatro, o al menos por la gente que lo hace, o quizá simplemente por la gente.

Pero volvamos a ese momento en que estaba entrando en la sala de la DT, con un escenario digamos que de ochos metros de fondo y cuatro de ancho, siendo generoso, no pensaba en cosas muy complicadas ni en grandes luchas para cambiar el mundo, pensaba en las pequeñas atenciones, en cosas sencillas no porque no entrañen complejidad, sino porque se llega a ellas con un cierto tiempo y tratando de no odiar al mundo por el camino.

La obra de Pannitto y Pacomio duró unos cuarenta y cinco minutos, yo pedí un bis, pero creo que no me hicieron casos, o que los bises eran ya en la salita de entrada con el vino y las patatas. Cuando salí, en un momento de debilidad me pregunté si lo que había visto me había gustado, pero solo fue un momento; quizá uno de los saberes más preciosos sea evitar el lugar del juicio cuando no toca. De todos modos, mi pregunta no iba tanto por si el trabajo era o no era bueno, sino porque sentía la dificultad que tendría en delimitar lo que era del trabajo y lo que no era del trabajo, lo que habían puesto ellos y lo que había puesto yo, el viernes, el espacio, los vinos, la compañía, que por cierto acabamos cenando juntos casi todos los que estábamos allí. ¿Esto tiene que ver con la obra?

Alguien dijo que la obra es aquello con lo que te tropiezas cuando te alejas del cuadro para verlo mejor. Pasado el tiempo me doy cuenta de que todo es parte de todo; veo que todo es parte de lo mismo, de un lugar vivo e invisible animado por un saber hacer que no empieza y ni acaba con la obra; todo estuvo animado por el trabajo en la medida en que este lo supo integrar y animar. A esto se le llama dar lugar a algo con una inteligencia propia, la inteligencia de conectar y conectarse con lo imperceptible e imprevisto que pasa alrededor. Pero eso no ocurre por arte de magia, aunque la facilidad con la que luego unos lugares reverberan en otros hiciera pensar que sí; hace falta abrir huecos, crear tiempos, estar disponibles, hacer silencios. Hace falta no solo escribir con los cuerpos, hacer apuntes, trazos o ensayos, como se hacía en la obra, sino atender también a los espacios que se van creando entre medias, oírlos y cuidarlos, y eso es algo que lo fue haciendo el propio trabajo como si fuera una especie de tiempo y disposición que una vez activados ya va, mientras siga poniéndose en relación y alimentándose.

Supongo que The third table de Harman tiene que ver con esto de crear una cosa que tiene vida propia. La semana pasada, justamente cuando estaba escribía otra historia que también tenía que ver con “lo amoroso”, leí el artículo de Harman más o menos rápido para saber de qué iba. Hacia el final, en un pasaje que estaba subrayado, se daba una definición de lo real como algo que no puede ser conocido, sino solo amado, y pensé que esta debía de ser una de las tesis también del Unknown Knowledge Algo-rhythm, a lo que también estaba dándole vueltas en ese momento (UK_A); y me alegré del cruce con este texto y esta tercera mesa invisible y difusa a la que sentarme con otra gente, ideas y formas de hacer, y me alegré de que el cruce se hubiera dado de esta manera.

En una entrevista con Annika y Julián al hilo de la residencia en La Praga que hicieron para este proyecto, les preguntaban por el lugar de la teoría en sus prácticas, que Annika señalaba como un aspecto importante en su trabajo; ahí se citaba lógicamente a Harman. Las teorías son un arma de doble filo; si no se tiene cierto cuidado terminan funcionando como un modo de legitimación y autorización de algo como una obra artística que no admite otro tipo de autorización que su propia inconsistencia, por más que las instituciones nos obliguen a entrar en este negocio de las autorizaciones y las legitimaciones que parecen garantizar el sentido de lo que estamos haciendo. Es increíble la fe que el mundo del arte parece tener en esta falacia, como si ya no creyera en otra cosa que no fueran las ideas brillantes, el resplandor de los conceptos y las teorías de moda.

Por eso me alegré que en la entrevista no se dijera nada acerca del filósofo, de donde venía o qué corriente representaba. Me alegré de no encontrar siglas como OOO o etiquetas y banderas como los nuevos materialismos o el antropoceno, que a menudo vienen después de las ideas. Para hacer siglas y crear nombres basta con la imaginación, menos pesada, más lúdica y no aplasta lo que viene detrás.

Lo que toca no es quitar unos nombres para poner otros, quitar unas estrellas para poner otras; sino quitar y seguir quitando y seguir quitando hasta que lo que sea se sostenga en su propio desconocimiento, que es el sitio donde podemos perdernos sin miedo a equivocarnos, el lugar para reconciliarnos con lo que no vemos.

Annika dice somos Annika y Julián. Annika dice nos vamos a mover. Annika dice por favor, prestad atención. Julián dice la danza tiene una duración muy corta. Julián dice la danza es invisible. Julián dice yo personalmente creo que esto también tiene que ver (de una forma que no sé articular bien) con lo amoroso, con el amor.

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