Notas que patinan #48: Cuatro estrenos que aún me rondan por la cabeza

En el último mes y medio he visto en Barcelona cuatro estrenos que aún me rondan por la cabeza. Cuando me vienen a la cabeza pienso en que hay algo que los une. No sé muy bien qué es pero me atrevo a afirmar lo siguiente: no son pretenciosos (no pretenden ser grandes éxitos), tienen un formato escénico (aunque cada uno es una muestra de lo diverso que puede ser lo escénico), sus creadoras nacieron a principios de los ochenta, se nota el oficio (dominan sus herramientas), transmiten algo así como sinceridad (a mí, por lo menos) y amor por lo que hacen (así lo siento yo). La semana pasada tuve una conversación en la que se dijo que quizás en estos últimos meses no habíamos visto en Barcelona nada nuevo demasiado relevante, algo que nos haya impactado. Reconozco que me quedé en blanco cuando me preguntaron: ¿qué has visto de interesante durante estos dos últimos meses? En cuanto reaccioné dije lo primero que me vino a la cabeza: lo de Job Ramos. No, pero escénico, me contestaron. Ya, como yo no distingo. Entonces todo lo del Nyamnyam nada, de El futuro, como es una peli, ni hablamos y de HILOMENTAL menos. Pensé en Trópico #9 (a quien ya le dediqué una de estas notas), pero me acobardé: quizá no era suficiente. Si Txalo Toloza-Fernández no era suficiente entonces ya nada. No, pues va a ser que en Barcelona no se ve un gran estreno desde… ¿Desde cuándo? ¿Cuándo fue la gloriosa época en la que se veían estrenos de calidad y éxito contrastados e incontrovertibles que te tiraban de espaldas? A ver, déjame pensar. No recuerdo haber vivido una época semejante. ¿Pero quiere eso decir que no se estrena buena mierda por estos lares? Al día siguiente pregunto en casa y me dicen: lo de María Jerez (con Jorge Dutor, Arantxa Martínez, Guillem Mont de Palol, Luís Miguel Félix y Ben Evans). Ya, pero es que yo no lo vi, estaba fuera. Y entonces le fui dando vueltas al tema. Y pensé: una mierda. Anda que no he visto cosas interesantes en Barcelona. Pero si no paro. Ya, ¿pero escénicas? Sí, también escénicas. Lo que pasa es que no han hecho mucho ruido. Pero a mí aún me resuenan en la cabeza. No se trata de comer cocido todos los días. Un sabroso menú diario me parece algo mucho más apetecible. ¿Pero de qué me estás hablando? De esos cuatro estrenos que aún me rondan por la cabeza. Pequeñas piedras preciosas que quizá pasen desapercibidas en un contexto quizá demasiado pendiente de cierta espectacularidad o de cierto ruido mediático (aunque sea dentro de lo que se conoce como el mundillo, pequeño y cainita). Las cito por orden cronológico.

Hacia una estética de la buena voluntad, Amaranta Velarde

Hacia una estética de la buena voluntad, de Amaranta Velarde, con Amaranta y Diana Gadish en el escenario, vestuario de Amaranta y Les Brontë (Victoria Macarte y Rosa Tharrats), música de Jim O´Rourke e iluminación de Oriol Blanch. Se presentó en la Secció Irregular en un programa en el que también estaban Luz Broto, que propuso un paseo por los entresijos del Mercat de les Flors por espacios normalmente vetados al público, y Évol (Roc Jiménez de Cisneros y Stephen Sharp), que presentaron un impactante show protagonizado por unos focos con la ayuda de una envolvente música electrónica y unas gafas que repartieron entre el público, que nos hicieron flipar en colores (aunque no a todos por igual, por cierto, tuvimos la ocasión de ver a algún miembro del staff del Mercat tapándose los oídos y cerrando los ojos al mismo tiempo: una imagen también impactante, sin duda). Lo de Amaranta me pareció una pieza coreográfica muy delicada y coherente. Me hizo pensar en la importancia de los elementos que van más allá del concepto, en el modo en cómo se hacen las cosas. Ese modo, en alguna gente, es tan importante que lo puede todo. También pensé en cosas como el contexto, la expectativa y el juicio. Tengo la impresión de que su principal problema fue que parte del público había depositado unas expectativas en este estreno que no se vieron correspondidas por lo que vio en escena. Pero el problema, si es que podemos llamarle así, en este caso, está en el ojo de quien mira. Quizá propiciado, es verdad, por el contexto en el que se presentó. Un contexto que tengo la impresión de que algunos sufren como una presión añadida, como si toda la profesión (el mundillo) les estuviese mirando. Y también influenciado por lo que conocemos de la trayectoria anterior de Amaranta que, en la mayoría de los casos, se limita a lo que le hemos visto en Barcelona en estos últimos años, desde que Amaranta se trasladó aquí desde Amsterdam. Pero eso es cosa del público, insisto en mi discutible opinión, no de Amaranta, a quien desde aquí animo a que siga haciendo lo que le venga en gana en cada momento. A mí también me sorprendió, lo reconozco. Pero, por mí, que siga sorprendiéndome así todo lo que quiera.

Hall del MACBA después de Improvisación para diez bailarines, de Tanya Beyeler

Improvisación para diez bailarines, de Tanya Beyeler. Se presentó en el hall del MACBA en el ciclo el MACBA es viu (no había vuelto desde los Ping Pong Dialogues de Aimar Pérez Galí) un día después de lo de Amaranta, el 26 de abril, por la tarde, con luz de día. Sigo a Tanya desde hace ya un tiempo pero nunca había visto nada de ella en solitario. Tanya es el 50% de El conde de Torrefiel, colabora con La Veronal y forma parte del grupo musical Calor con Cris Blanco y Victoria Macarte. Para esta ocasión Tanya contó con un grupo de bailarines, estudiantes de danza en el Institut del Teatre, subidos en unas peanas situadas en diversos puntos del hall, entre el público, que fue invitado a ocupar el espacio, a moverse con libertad si ese era su deseo y a tomarse una cerveza, por cortesía de una conocida marca catalana, en una barra colocada en el mismo hall. Los bailarines interpretaban, cada uno a su modo (nos llamó mucho la atención Blanca Tolsá), una lista de instrucciones que Tanya fue lanzando con voz susurrante desde una mesa situada al fondo del hall, con la ayuda de un micrófono y un ordenador desde el que también pinchó algunas músicas. El dispositivo me mantuvo enganchado a un maravilloso viaje en el que, inevitablemente, debía escoger hacia donde dirigía mi mirada en cada momento. Los intérpretes, siguiendo las instrucciones de Tanya, intercambiaron sus posiciones, en ocasiones se reunieron en grupos e incluso tuvieron que crear colectivamente algunas coreografías, en cuestión de segundos. Si no lo entendí mal, para la composición de esta pieza Tanya parece haber trabajado siguiendo también algunas instrucciones que ella misma se dio, apropiándose de ciertos materiales y elementos estílisticos de gente y colaboradores cercanos: escribir como su socio Pablo Gisbert, susurrar como Master (perdonen la autocita), pinchar música utilizada por La Veronal… Si la performance en el museo tiene que ser esto, así sea, nos parece muy bien.

Fotografía de Alessia Bombaci

Fotografía de Alessia Bombaci

Algunos títulos para un acercamiento al ruído, de Laida Azkona, con la colaboración de Leopoldo Wolf, Txalo Toloza-Fernández e iluminación de Ana Rovira. A finales de mayo, fui un par de días al Antic Teatre para ver un par de estrenos que se prometían apetitosos. Uno fue este de Laida. Entramos por el camerino, como ya pasó unas semanas antes con La entropía está de moda, de Ariadna Rodríguez (de la que no puedo contaros mucho porque participé en ella desde ese camerino donde me encontraba junto al resto de músicos) y volvería a pasar en mi siguiente visita. El público se sentó en unos bancos situados junto a las paredes del escenario, dejando una única pared libre donde se proyectaban imágenes y texto. Al entrar nos encontramos a Laida dándolo todo, saltando, con pinta de llevar ya un buen rato ahí. También era la primera vez que veía algo de Laida en solitario aunque la había visto un mes antes en el mismo Antic, colaborando con Txalo Toloza-Fernández, en Trópico #9. El dispositivo es sencillo pero está tratado con un mimo estético que no siempre se ve cuando se juega con proyecciones de texto y vídeo desde un ordenador situado en escena. Al principio el texto proyectado muestra únicamente definiciones, extraídas de diversos diccionarios y enciclopedias, de palabras que tienen que ver con lo que estamos viendo: una bailarina en escena. Las imágenes que se nos mostrarán más adelante son captadas por el propio ordenador en directo y nos muestran siempre algo que ya vemos, a Laida, pero desde una perspectiva que no podemos experimentar. Laida juega con unos elementos sencillos (su propio movimiento, las definiciones, otros textos que ella misma escribe y su propia imagen virtual), algunos ocultos, como la música que escucha o su propia voz, que se desvelarán en algún momento, para construir con ellos un juego de espejos y múltiples facetas que va apareciendo poco a poco ante el público, al mismo tiempo que un cierto discurso crítico. Austero y refinado al mismo tiempo. Sincero y directo. Al día siguiente, Laida viajaba a Estrasburgo para presentarlo allí, en francés.

VIP, de Mariona Naudin, dos días después de lo de Laida, también en el Antic. El público también en el escenario, como con Laida. Hace un par de años Mariona Naudin comenzó a trabajar en VIP, homenaje a Severiano Naudin, que se presentó el año pasado en La Poderosa. Severiano Naudin es el abuelo de Mariona. Este es el trailer de esa primera pieza que ha acabado convirtiéndose en VIP, a secas. Mariona nos cuenta en escena cómo ha tomado tres caminos diferentes para tres espectáculos diferentes. A través de fotos, vídeos familiares y la colaboración de su tío en escena, Toni Naudin, escarba en su pasado (y de paso también en el nuestro) y se enfrenta a ciertos fantasmas sin los cuales no se explica su presente (y de paso, hablo por mí, me hace pensar en el nuestro). Teatro documental, me parece que fue lo primero que pensé, con todas las connotaciones que esas dos palabras tienen para mí (para cada uno tendrán las suyas). Conozco a Mariona Naudin por ser una de las performers que participaba en la Retrospectiva de Xavier Le Roy en la Fundació Tàpies. Una vez más me descubrí pensando, como en todas las piezas que he citado, que la mayoría de las veces no se trata de qué hablas o qué haces sino de cómo lo haces. Mariona Naudin, como en el resto de los ejemplos que trato en este post, tiene un modo de hacer las cosas que es el que me atrapa. No sé si me da igual de qué me esté hablando, creo que no es eso exactamente sino que eso también tiene que ver con el modo con el que ella (y los demás ejemplos) se enfrenta a la creación de esta pieza. Me hace pensar en algo que le oí citar una vez a Josep Pla (quizá no sea suyo): lo más profundo del ser humano está en la piel (o algo así).

Para rematar, de postre, os dejo el vídeo de la Retrospectiva que he encontrado en la Tàpies buscando el enlace anterior y que me ha despertado muy buenos recuerdos, con caras conocidas (y algunas que descubrí allí) como son las de Idurre Azkue, Quim Bigas, Cris Blanco, Pere Faura, Sergi Fäustino, Núria Gregori, Mizar Martínez, Guillem Mont de Palol, Elena Murcia, Mariona Naudin, Cristina Nuñez, Aimar Pérez Galí, Karolina Rychlik (quien, por cierto, también participó en lo de Tanya en el MACBA), Clara Tena, Carme Torrent y Javier Vaquero. ¿Cuánto les pagaríais de prima a esta selección para que ganasen el Mundial? Es broma. Lo que no es broma es lo que pensé en su día: está bien dedicarle una retrospectiva a Xavier Le Roy pero aún hubiese estado mejor dedicársela a muchos de los nombres de esa selección (y a otros parecidos).

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Notas que patinan #47: No intelectualices

Este deleznable videoclip de Kylie Minogue (lo siento, Kylie, tú antes molabas), que fue la comidilla en las conversaciones posteriores a la cena por la falsedad que supuran sus intérpretes y todos los detalles de su puesta en escena, sirvió para cerrar la intervención de Roberto Fratini en el Nyamnyam invitado por El conde de Torrefiel. La sesión había comenzado una hora antes con este otro tráiler.

Entre estos dos vídeos, el profesor Fratini realizó un despliegue de medios con su mejor y afilada arma, la oratoria, no exento de un bien recibido toque coreográfico o, ahora que lo pienso, dramatúrgico (dramaturgia es una palabra que apareció en algún momento en las conversaciones que tuve con algunos de los comensales después de la cena-conferencia, aún en el Nyamnyam, ahora os lo cuento). Ayer, mientras escuchaba el interesante discurso de Roberto Fratini me sentía como si estuviese ante un virtuoso violinista tocando de memoria una larga partitura barroca. Fratini habla como una metralleta, allegro ma non troppo, con una envidiable capacidad para hilar un discurso que parece que esté leyendo, aunque es evidente que no lo hace. Lo mejor es que tampoco me creo que se lo haya aprendido de memoria. No, estoy convencido de que lo improvisa sobre la marcha aunque también es evidente que se lo ha traído trabajado desde casa. Pero lo que más me llama la atención no es lo que dice sino cómo lo dice. La forma es tan precisa, tan detallada, tan limpia, con una puntuación tan nítida que puedes oír las comas y los puntos. Es como si fuese escribiendo sobre la marcha y el discurso ya saliese perfectamente editado. De hecho a mí me pasa como cuando escucho algunas canciones: la música es tan poderosa que, aunque escuche varias veces la misma canción, me es imposible retener la letra. No sé de qué habla la canción. Sólo escucho el sonido, el ritmo, las palabras no significan nada. Me da igual en qué idioma me hablen, entienda o no ese idioma, sólo escucho música. No sé si hay alguien más en la sala a quien le haya pasado esto alguna vez. Sé que hay gente a quien le pasa lo contrario: escuchan canciones y realmente están escuchando poesía, sólo se quedan con la letra. Fratini me hizo pensar en la disputa entre el estilo y el contenido. A pesar de que me parecía que seguía su hilo de pensamiento, en realidad tengo la impresión de que olvidaba su significado en el mismo momento en que llegaba a mis oídos. En cambio recuerdo con precisión algunos efectos. Por ejemplo, Fratini utilizó hasta la saciedad la simpática palabra zurullo. Creo que esa palabra me llamó la atención, a parte de por su sonido, propio del barroco español (zurullo, zarabanda, zaranda…), porque ya nadie la utiliza. Puede que en los ochenta o noventa aún estuviese en uso, a mí me suena, pero os aseguro que hacía años que no la escuchaba. Debo decir que Fratini avisó al inicio de que su castellano era peculiar. Fratini es italiano, habla un castellano perfecto que para sí querrían muchos castellanoparlantes si bien es cierto que algo en su prosodia delata su origen italiano. Es evidente que Fratini es un mago del lenguaje. En un momento de la conferencia nos contó los trastornos que, en Francia, una vez, enamorado, le causó el no ser capaz de expresar sus sentimientos por no conocer el idioma. Pero luego, hacia el final de la conferencia, leyó un poema de Beaudelaire en un francés más que correcto, me pareció. Esto levantó mis sospechas: ¿nos engaño Fratini? ¿Aprendió a hablar un excelente francés por amor? ¿Era un truco coreográfico o la constatación de su habilidad con todo lo que tenga que ver con el lenguaje?

Fotografía de Marc Caellas

Fotografía de Marc Caellas

También la coreografía, o la dramaturgia, consiguió llamar mi atención mientras cenábamos. Por cierto, constato que no soy el único para quien el misterio del verdadero significado de la palabra dramaturgia sigue sin resolverse. Dramaturgia, como coreografía, es una palabra técnica, de especialistas, que sirve para muchas cosas, es un palabro muy versátil. Es curioso como cada uno la utiliza, coreografía también, para lo que mejor le va. Pablo Gisbert, por ejemplo, el 50% del conde, aparece a menudo en los papeles como responsable de la dramaturgia de muchos espectáculos de la compañía de danza La Veronal. Y luego está Jaime Conde Salazar, protagonista de la sesión de hace dos semanas, que ha escrito sobre el dramaturgista, un personaje que ya no se ocupa de la dramaturgia sino del dramaturgismo. También están los PLAYdramaturgia, que se definen como un colectivo de dramaturgos y, hasta hace poco, no sé si todavía, les preocupaba bastante que sus actos no traicionasen su propia definición, cuando a gran parte de su público me consta que le daba exactamente igual que fuesen fieles o no a una palabra, dramaturgia, por la que, también me consta, hay gente dispuesta a morir. Yo tengo que reconocer que a mí dramaturgia me parece una palabra barroca y hermosa (como zurullo) que me atraviesa como la letra de las canciones pop. Aunque no sé si me atraviesa sin consecuencias, eso no está tan claro. Quizá no las retenga en una primera escucha pero ¿dónde irán a parar todas esas palabras? Cualquier día te levantas y tienes esa letra pop metida en la cabeza y convertida en un concepto que ocupa tus pensamientos. Todo esto seguramente trae consecuencias, vale. Algunos nos preguntamos si es posible que lo que cenó Fratini también traiga consecuencias. Nosotros cenamos un menú exquisito que interrumpía el discurso de Fratini en el momento preciso según una coreografía perfectamente dibujada: de primero dahl (plato de lentejas indias), de segundo filete tártaro y de postre crema de chocolate con fresas, todo regado con el habitual vino tinto del Montsant que nunca falta en el Nyamnyam. Fratini, en cambio, acabó su sesión cenando un cóctel de pastillas de todos los colores regado con sorbitos de agua y amenizado con música barroca. A quien quiera que le preguntase después de la cena, Fratini le contó que eso es lo que desayuna cada día. Jaime Conde comenzó su charla en el Nyamnyam con un primer plato que presentó como la papilla que él desayuna cada día. Fratini la acabó con un cóctel de pastis con la que él también desayuna. Según Tanya Beyeler no fueron las únicas coincidencias entre las diferentes intervenciones del mes de mayo. Pero no intelectualices, escribí en un mensaje desde mi móvil dirigido a uno de los presentes entre el público cuando Tanya Beyeler hizo un intento de cerrar la sesión relacionándola con las sesiones anteriores que ella misma se ha encargado de presentar estas semanas: Minchinela, Conde Salazar y Pérez-Hita. Sólo analogías, me contestó el destinatario de mi mensaje al cabo de un rato. Era la reproducción de un diálogo al que llegamos juntos hace un año, exactamente, después de unos bailoteos en Can Vies, ese centro social que llevaba 17 años funcionando hasta que el Ayuntamiento de Barcelona decidió destruirlo el día siguiente de las elecciones europeas que más han dado que hablar por estas latitudes. Justo después dimitía el jefe de los Mossos d’esquadra, responsable de mil y una salvajadas cometidas por ese cuerpo de policía que, si ahora mismo, Catalunya se independizase sería nuestra policía nacional. Desde ese día el barrio de Sants arde, se habla de su militarización, hay gente herida y detenidos, se han organizado protestas en todos los barrios, se compara esto con Gamonal y no se habla de otra cosa. Después de la cena con Fratini el Ayuntamiento ha anunciado que paraliza la demolición. Supongo que no tendrá nada que ver con nuestro intercambio de mensajes pero si esas palabras se han convertido en ondas electromagnéticas, han viajado por el espacio y han permitido una comunicación, que nuestros antepasados hubiesen definido como telepática, para conmemorar una maravillosa celebración llena de energía cósmica ocurrida en Can Vies hace un año, ¿quién sabe cuáles pueden ser las consecuencias de ser atravesado por simples palabras? No intelectualices, solo analogías.

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Notas que patinan #46: Nada sale mal, todo es lo que es

Hay días que me aburro de mí mismo. Por un lado me siento un poco en la obligación de publicar estas notas por varias razones: porque la gente me pregunta que cómo fue esto o lo otro, porque de lo que no se habla no existe, porque yo también degusto con mucho placer lo que escriben otros y me parece desconsiderado esperar que sean los demás quienes me alimenten siempre sin dedicar algo de mi tiempo a cocinar algo a cambio para compartirlo con el mundo… En fin, hay muchas razones para hacerlo pero hay muchas otras para no hacerlo: el esfuerzo necesario para vencer la pereza, la intuición de que lo importante es vivir (como si esto de escribir – o similares – fuese desperdiciar tu vida), la sensación de que si escribes sobre lo que hacen los demás debes estar a la altura, que no sirve cualquier cosa (a veces pienso que eso no es más que una chorrada prejuiciosa y castradora), no querer convertirte en un pesado, el cansancio que produce la sobrexposición a la mirada del público… Como diría Joe Crepúsculo (¿fue él?), adentrémonos en esos pensamientos. Ayer por la noche leí en la edición digital de Jot Down una kilométrica entrevista (¿quién dice que en internet no se puede leer textos largos?) de Kiko Amat a Manolo García, el de El último de la fila, en la que Manolo, entre muchas otras cosas interesantes, contaba lo siguiente:

(…)por un lado tengo un carácter muy extrovertido y en un escenario me las pinto solo, estoy en mi hábitat natural, en mi salsa, pero a la vez hay una descarga, te quedas un poco exánime, hay un vampirismo: tú chupas una energía de la gente, pero a la vez la gente también te deja sin fuerzas. Cuanta más cantidad de público, cuantos más centenares o millares de personas, más notas el cansancio; físicamente, también psíquicamente, pero el primer impacto es físico: entras al camerino después de un concierto ante veinte mil personas y has adelgazado, estás más flaco, es algo físico, te pones delante del espejo y han de pasar unas horas hasta que recuperas tu yo normal, tu yo de hace doce horas.

Podríamos discutir sobre si publicar en internet se parece más a estar en un escenario que a otra cosa, como sostuvo María Ptqk en el Laboratorio 987 del MUSAC hace unos meses, pero lo que está claro es que salir a un escenario y ponerse delante de un público es, indiscutiblemente, como salir al escenario y ponerse delante de un público. Así que, no sé si como Manolo García, pero Félix Pérez-Hita, esta semana, ha recibido una sobredosis de sobrexposición que le debe de haber dejado tumbado como mínimo todo el fin de semana. Si le llaman estos días y no contesta tengan piedad de él.

La semana pasada vimos a Pérez-Hita el lunes en el HILOMENTAL sobre el insulto dando la réplica en el Antic Teatre al Reverendo Tedi KGB (reconocido dj vintage al que seguimos desde hace tiempo pero de quien desconocíamos su faceta como fotógrafo), el jueves fue el conferenciante invitado por El conde de Torrefiel en el Nyamnyam a la hora de comer y el viernes por la tarde se batió en duelo con Raúl Minchinela (por cierto, el primero de los conferenciantes invitados por el conde al Nyamnyam) en un nuevo HILOMENTAL sobre el deporte en el Arts Santa Mònica. De todo salió airoso y todo lo disfrutamos mucho. Todo alrededor de la inmensa cultura audiovisual que posee Félix. Para quien aún no sepa de qué va esto del HILOMENTAL recomiendo un paseo por su web, en concreto por los apartados Misión, Descripción, Planteamiento, Contexto y presencia en la Red. En la web de HILOMENTAL también encontraréis las transcripciones que realiza Arturo Bastón (el otro 50% de este proyecto) de las sesiones que se van realizando. Y, si no tenéis suficiente, en la red también podéis encontrar vídeos de algunas de las sesiones, algunas de ellas retransmitidas por streaming en TVtron, como esta con Mery Cuesta como invitada.

Como esta semana los groupies de Félix le hemos seguido por todos los escenarios, ahora mismo ya se me mezclan todos los shows en un mismo magma, a lo que contribuye que, entre las infinitas referencias que utiliza Félix, la misma referencia pueda aparecer citada en una u otra de las sesiones con diferentes intenciones. Sobre esto último, a ciertos partidarios del bendito atraso, deseosos de señales y argumentos que demuestran que esta época loca nuestra de sobreinformación produce efectos indeseables en nuestro cerebelo, les diría que esto de utilizar varias veces el mismo material ya lo hacía Bach en su prolífica obra, se llama reciclar y yo diría que es hasta ecológico. En fin, la interesante discusión sobre a dónde conduce este tipo de conferencias y charlas basadas en clips youtubescos, si desemboca en algo parecido al simple entretenimiento, si no es más que el remix de los tiempos, si no deja de ser como una clase de filosofía en la que se cita a Parménides a continuación de Sócrates o si todo esto, como sostuvo Félix en el Nyamnyam, ante la contemplación de vídeos como éste de Konapun que reciben millones de visitas, no es más que una señal de que el mundo está próximo a su fin, la dejaré, con la venia del tribunal, para mejor ocasión.

A Félix le gustan las citas, sobre todo las de los hermanos Sánchez Ferlosio. Por si fuera poco, esta semana también hemos leído un artículo de Félix en El estado mental construido con la ayuda de ciertas citas que atacan a la idea de trabajo, un ataque frontal que no creo que me equivoque si digo que casi siempre sobrevuela en las intervenciones públicas de Félix. ¿Pero qué es el trabajo?, me pregunto a veces. Escuchemos su opinión:

El juego es la única actividad valiosa en este mundo. El trabajo, como actividad no gratuita, que no se basta a sí misma, encaminada a una finalidad, es una desgracia. Más desgracia aún es el trabajo abstracto al servicio del capital, dedicado a producir cosas inútiles o destructivas, incluidas las informaciones sobre los productos o las informaciones que son ellas mismas productos, o a mover esas mercancías absurdas por todo el globo, porque parece más rentable explotar a la gente de países lejanos y contaminar de paso océanos, cielos y campos. Envenenarnos la vida, perderla por querer ganárnosla. «La democracia divide a los hombres en trabajadores y perezosos. No está destinada para aquellos que no tienen tiempo para trabajar», decía Karl Kraus.

Contaminar de paso océanos… En el Nyamnyam, Félix nos habló de la isla de plástico del tamaño de Europa que flota en el Pacífico. ¿Habíais oído hablar de eso?

Este deslavazado texto ya no tiene arreglo, no está a la altura de mis buenos propósitos, yo creía que sería capaz de escribir algo inteligente que aportase una mirada interesante sobre el trabajo (perdón, el juego) de Félix Pérez-Hita, de las intervenciones de El conde de Torrefiel en el Nyamnyam o, por lo menos, sobre las sesiones de HILOMENTAL. Pero ya está, ya está hecho. Dejadme acabar al menos con este vídeo de Félix que pinchó él mismo, el viernes, en el Santa Mònica, en una sesión con barra libre de cerveza que comenzó con el vídeo de Van Gaal. Sobre fútbol, cineastas de postín y bancos filantrópicos.

Ah, y no se pierdan el último Soy Cámara, el programa del CCCB en La 2, dirigido por Félix Pérez-Hita junto a Andrés Hispano, emitido en televisión este fin de semana (definitivamente la semana Pérez-Hita) y pronto online en la web. Va sobre el dinero.

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Notas que patinan #45: Romaní, semen i sang

Nuevo episodio de la serie Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda en el Nyamnyam, el espacio revelación de la temporada en la ciudad condal. Nuevo mes, nuevo invitado: El conde de Torrefiel. Artículo de Pablo Caruana en El País para calentar el estreno. Según Pablo Caruana, El conde de Torrefiel cuenta con la ventaja y al mismo tiempo el san Benito de ser la nueva esperanza blanca del teatro de vanguardia ibérica. El conde informa en su blog de Teatron que está trabajando en un nuevo proyecto, Guerrilla, que empieza a tomar forma y que con toda probabilidad culminará con una pieza escénica en algún momento del año que viene, pero que por ahora va alimentándose de diferentes maneras. El conde se propone utilizar el Nyamnyam para trabajar sobre la conferencia. En junio presentarán Guerrilla como una conferencia en escena de media hora en el Flare Festival de Manchester después de trabajar durante una semana con alumnos de la universidad. Nos enteramos de que en el Nyamnyam quieren trabajar sobre la escatología en un sentido amplio. Pero no vamos a ver al conde en acción. Van a invitar a cuatro conferenciantes para cada una de las comidas de los jueves (el último jueves, cena). Conferencias escatológicas mientras comemos. Uhm. El primer invitado es el Doctor Repronto: Raúl Minchinela. Su sesión se titula Mundo, demonio y carne. Siento no poder explicaros lo que pasó en esa sesión. No pude asistir por encontrarme fuera de la ciudad, con todo el dolor de mi corazón porque soy bastante fan de Minchinela y sus reprontos, que os recomiendo encarecidamente. Pero alguna gente me ha contado vagamente algo de lo que allí sucedió. Una chica me cuenta que dejó la mitad de la comida en el plato del asco que le produjo. No por la comida sino porque mientras comían Minchinela mostraba imágenes como no sé qué de una polla cortada por la mitad y cosas por el estilo. Llega a mis oídos que Tanya Beyeler, el 50% del conde, medio en broma, medio en serio, comenta que ya está bien de esta cosa burguesa de la comida y la mesa con mantel. Días antes de la sesión, a la primera ocasión que encuentro le saco el tema para discutírselo y decirle, con ánimo de estar a la altura de su provocativo comentario, que pensaba que esta discusión, sobre si el comer bien es burgués o no, estaba más que superada. Que Vázquez Montalbán, que el placer es subversivo, que sólo cuando eres rico te rajas los pantalones porque eres grunge y cosas por ese estilo son los argumentos que lanzo a la palestra. Ella se ríe. Me pregunto si al Conde de Torrefiel le gusta lo que es comer. Recuerdo alguna paella cocinada por el conde que he tenido el placer de compartir con ellos y, como buenos valencianos, de origen o adoptivos, con unos cuantos más comensales invitados a la mesa (cuantos más, mejor). La paella estaba bien rica. Pero recuerdo lo que decía Pablo Gisbert, el otro 50% del conde: que a él lo que le gusta es tener a muchos amigos a su lado, en la mesa. ¿Qué le gusta al conde: la comida o la gente? Me inclino a pensar que en el acto de comer les gusta más lo que es la gente, la comida igual es secundario. Vamos, estoy casi seguro pero habría que preguntárselo a ellos. Ya lo haré. Por otra parte, Iñaki Álvarez, el 50% del Nyamnyam, dice en el artículo de Pablo Caruana que a ellos (al Nyamnyam) lo que les interesa no es la comida. Utilizamos la mesa como elemento vinculador. No es que hagamos arte con comida ni nos interesa la comida. Somos artistas y nos interesa la mesa como elemento dinamizador y democrático. Todo esto me da que pensar. Pero dejemos pasar al siguiente invitado.

Jaime Conde Salazar (otro conde) ha venido a hablar del semen. Su intervención lleva el sugerente título de Collar de perlas. No se esconde: lo del semen nos lo dice nada más iniciar su intervención, una vez que Tanya lo ha presentado a las veinticinco personas allí congregadas (Pablo no está: se ha ido a un festival belga al que le han invitado unos días). Esta vez no hay una mesa para comer. Hay una proyección en una de las paredes y unas sillas plegables apoyadas sobre otra pared. Nos invitan a cogerlas y sentarnos donde queramos. Jaime se sitúa en dirección a la cocina, a nuestra izquierda. Si le miramos a él no vemos la pantalla que, tal como nos hemos colocado la mayoría, nos queda de frente. Pero sólo con girar la cabeza un poco podemos escucharle y ver la proyección. Este detalle no es baladí. Podemos escoger. Las proyecciones, mientras él habla, son imágenes porno que tienen al semen como protagonista estelar y donde no vemos jamás a una mujer. Porno gay. Estamos situados. Jaime habla sobre la corrida como ese momento de verdad en la pornografía. Sobre la actitud del espectador ante la pornografía. Una actitud que se acerca a la pornografía con el ánimo de excitarse, de correrse. Se pregunta qué pasaría si esa actitud la trasladásemos a lo que llamamos arte. ¿Qué pasaría si el espectador fuese con ese ánimo a ver teatro, por ejemplo? Habla de la convulsión de la corrida. De cómo trasladar esa convulsión a lo performático. Cita a Beatriz Preciado y a André Breton (con desgana). Y mientras tanto, si miramos las imágenes que van pasando ante nosotros, vemos semen y corridas, a veces con gifs animados, y apuramos nuestras copas de vino. Y cuando muchos de nosotros ya llevamos una copa de vino entre pecho y espalda, entonces nos dice que vamos a comer el primer plato. No nos dice en qué consiste ese primer plato pero nos dice que él lo desayuna cada mañana. Y que quiere que nosotros lo comamos en silencio y luego hablemos de nuestra experiencia. Ay ay ay. Nos acercamos en fila india hasta la cocina y el propio Jaime nos sirve ese plato en unos cuencos. Vamos en silencio. Parece que vayamos a comulgar. El plato, de cuchara, es una cosa blanca, líquida pastosa, sosa, que, sugestionados como estamos por el tema y las imágenes, nos remite a lo que nos remite. Me lo como sintiéndome como Sasha Grey pero me lo trago todo, hasta la última gota. Y luego hablamos sobre ello. Por si hubiese alguna duda sobre lo que estamos comiendo, una chica comenta que el semen sabe mucho más rico. Jaime desvela el misterio. Se trata de una papilla a base de cereales que se supone que, desde el punto de vista energético (y aquí cita al padre de la cocina macrobiótica) es la bomba y que, además, se recomienda para el destete de los niños (y además es baratísima). Jaime nos habla de las propiedades de los cereales y su idoneidad como alimento humano y nos anticipa que esa papilla, sosa, será la base para los siguientes platos que degustaremos mientras contemplamos su metamorfosis. Mientras Iñaki prepara el segundo plato y en la pantalla se suceden las imágenes de corridas, Jaime sigue hablando sobre el semen y lo seminal, de los cereales de este primer plato, unos cereales que puedes sembrar para conseguir una nueva planta, a diferencia de las papillas Nutribén. El segundo plato consigue sorprendernos al mezclar la base del primer plato con garbanzos y otros ingredientes que cambian completamente el color y el sabor del plato, infinitamente más sabroso y apetecible.

Igual de sorprendente es que Jaime acabase mostrándonos La incredulidad de Santo Tomás, un cuadro de Caravaggio que muestra a Santo Tomás poniendo el dedo en la llaga de Cristo resucitado, casi obligado por el mismo Cristo, que parece tan sorprendido como él de lo que está pasando, para hablarnos sobre interesantísimas cuestiones a las que llegamos con gran naturalidad partiendo de imágenes aparentemente tan alejadas como las del inicio de la conferencia. Me pareció extremadamente curioso que, en este momento de reflexión sobre cuestiones metafísicas a partir de un contexto religioso cristiano, parte del público dejó ir unas risitas que a mí me parecieron fuera de lugar cuando, en cambio, me pareció que el porno explícito fue asumido con una total naturalidad por parte de los presentes. Al menos en lo que respecta a las reacciones que se exteriorizaron públicamente porque otra cosa fueron algunas expresiones que me pareció detectar en algunos rostros, como dudando sobre cuál era la cara más adecuada para mostrar en público y sobre sus posibles lecturas. Estoy convencido de que, ante imágenes similares, la expresión de esos mismos rostros, en la intimidad, debe de ser completamente diferente. Por supuesto, no puedo ofrecer ningún dato para demostrarlo. Para acabar, el postre convirtió la papilla seminal en una increíble mousse de chocolate. Repetí postre y, como otras veces, la sobremesa se alargó hasta bien entrada la tarde, regada con vino del Montsant, cerezas, chocolate salado e interesantes conversaciones sobre lo divino y lo humano.

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Notas que patinan #44: Catalunya vampira

En Catalunya los proyectos artísticos que aún sobreviven sin haber sido fagocitados por instituciones públicas las pasan canutas para llevar a cabo sus actividades. A los que se supone que tienen la suerte de que la administración pública catalana les conceda alguna ayuda económica para su actividad no sé si les podemos llamar proyectos independientes. En todo caso, si les llamásemos drogodependientes ahora mismo estarían sufriendo un agudo síndrome de abstinencia, lo que popularmente se conoce como el mono, porque esa misma administración que dice ayudarles no les pasa la dosis de metadona prometida desde hace más de un año, aunque sí que les obliga a pasar estrictos controles de orina para comprobar si están limpios, con un celo inversamente proporcional a la permisividad que se otorga la administración para incumplir su propia ley. Pasa el tiempo y la cosa comienza a convertirse en algo escandaloso. La administración decide tomar cartas en su propio asunto y no se le ocurre nada mejor que lanzar una nueva convocatoria de ayudas en forma de metadona mientras cambia la ley para permitirse no dar la metadona prometida si, por lo que sea, cuando llegue el momento, no lleva suelto y no le va bien atender a los afectados por el síndrome de abstinencia. Mientras, los drogodependientes, que no suelen hacer mucho ruido porque sienten que el resto de la sociedad, arruinada, como ellos, quizá no comprenda por qué debe suministrarle sus dosis (aunque algunos creen que existen algunas buenas razones para ello), desesperados, mientras siguen con su trabajo, se organizan y escriben comunicados del estilo los abajo firmantes, que rulan en las redes sociales a tope sin que, por el momento, ningún medio de prensa se digne a hacerse eco.

Mientras tanto, las instituciones públicas, las que de ninguna manera podríamos llamar independientes, siguen, por el momento, con sus programaciones, entre las cuales encontramos a bastantes artistas drogodependientes porque, la mayoría, como el resto de ciudadanos del país, de alguna manera u otra, lo somos. Pero recordemos que esa droga que nos prometen la compran con la sangre que nos chupan. No hace tanto, a cambio de esa sangre nos daban algunas chuches pero últimamente no paran de chuparnos la sangre y no nos dan nada a cambio, sólo palabras que suenan a provocación.

Con este cuerpo me trasladé el viernes a la Secció Irregular, un ciclo organizado por el Mercat de les Flors, una institución pública que funciona con nuestra sangre. Y al día siguiente me lo llevé al MACBA es viu, la misma historia. Ahora mismo pienso, como muchos de vosotros, que es una mierda no separar lo exclusivamente artístico de este contexto vampírico, por eso no escribiré aquí sobre nada de lo que he visto estos días, para no mezclar. Yo iba a ponerme a escribir sobre eso y lo primero que me ha salido es esto, porque me he dado cuenta de que las últimas cosas que he visto las he visto en mega-edificios construidos con nuestra sangre y cuyo funcionamiento es gestionado gracias a nuestra sangre. Una historia de vampiros, eso es lo que veo, y ahora mismo no puedo hacer mucho por evitarlo. Lo único que alcanzo a pensar últimamente cuando me acerco a esos sitios es que está bien que me inviten a una cerveza (como es el caso del MACBA) o a una sopita (como es el caso de la Secció Irregular) porque no pienso dejarme ni un euro más en la barra de sus bares. Porque es nuestra sangre la que corre por esos grifos, amigos. No pienso pagar para que me den de beber mi propia sangre.

Una vampira molt mona

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Ping-pong con Cris Blanco

El Fary leyendo tranquilamente

Alguna vez le he oído decir a Cris Blanco que siente mucha envidia por la vida que llevaban los artistas de otras épocas porque se los imagina así, como el Fary, leyendo un libro en bañador, tranquilamente, en la piscina. Mientras tanto, ella lleva años trabajando en esto sin dejar de pensar en qué quiere ser cuando sea mayor. Hace casi cinco años Cris se preguntaba por qué vamos al teatro, qué esperamos ver allí.

porque nos parece algo interesante? porque nos gusta cuando un actor lo hace muy bien, cuando nos lo creemos? porque se parece más a la vida? y entonces para qué queremos ver la vida dentro del teatro? por qué algo nos hace gracia? es porque nos identificamos con ello? si voy en un autobús y en la calle veo un hombre al que se le vuela el peluquín me parto, pero por qué? a mí lo del peluquin no me ha pasado nunca, no me puedo identificar con eso, pero a lo mejor sí con la vergüenza que pueda sentir el hombre… yo que sé. de todas formas no me hago esas preguntas en todas las cosas que voy a ver, creo que me pasa cuando veo algo que me emociona o me produce placer ver lo que estoy viendo. sí, tiene que ver con la emoción en su sentido más amplio, creo, para eso vamos, para emocionarnos de la forma que sea, pero vuelvo a la misma pregunta… para qué vamos unos cuantos a un teatro a emocionarnos juntos? será para aprender sobre la vida? y eso no lo podemos hacer fuera? necesitamos la representación de la vida para entenderla o algo así. estas cosas me flipan del ser humano. y ya me callo que se me pira.

Descartada de momento la opción de abrir una floristería, Cris Blanco sigue creando sus celebrados shows a regañadientes, en interior o exterior, protagonizando también algún cortometraje multipremiado, sin que de momento Hollywood nos la haya arrebatado, y cantando y tocando en solitario, con The Elements o con su nuevo grupo, Calor. Aprovechando su paso por el ciclo Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda en el Nyamnyam (comida e intervención cada jueves a las dos de la tarde, por 12 €), Cris me concedió esta entrevista después de su primera acción, el primer jueves de abril, para charlar un poco sobre lo que allí pasó.

Collage de Cris Blanco para el proyecto Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero o engorda, comisariado por el Nyamnyam

Mira, yo estoy pensando en cambiarle el nombre. Porque lo de Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero y engorda… luego la gente se quedó mucho con lo de ochentero y en lo que preparé el jueves no había nada de ochentero.

¿Ah no?

No. Todo lo que pasó, de músicas de los ochenta, fue improvisado. Yo no pensaba poner ninguna música de los ochenta.

¿Y qué pensabas poner?

Nada. Hice los dos tracks, las bandas sonoras de la lluvia y la tormenta, para que (al pincharlos y hablar por encima) me impidiese poder explicaros lo que quería hacer. En verdad, hay muchas cosas detrás de lo que quería hacer pero lo que pasa es, lo que hablábamos el otro día, que no luce. Hice esa banda sonora de la lluvia y después quería, cuando se parase lo de la lluvia, no explicaros nada. Y entonces seguimos comiendo, que eso yo sé que era raro pero era así.

Y fue allí donde hablaste de lo de las películas ochenteras.

Fue antes porque no estaban los platos preparados.

¿Pero tampoco querías hablar de las películas de los ochenta?

Quería haceros creer, para justificar que tuviese aquí el ordenador, que yo iba a hacer una especie de charla y me inventé que iba a ser de pelis y los ochenta y ver algunos trozos para que la gente que me conociese pudiera pensarse que iba a hacer un rollo Ciencia ficción, contar, poner vídeos, como esto que hace Cris. Pero era una excusa. Yo no tenía ninguna charla preparada, ningunos vídeos preparados, no quería enseñaros nada. Quería crear una situación, allí, con banda sonora de misterio. Dónde está Carme, eso es lo que habíamos preparado, que Carme desapareciera, que Iñaki contase algo que crease una situación para que la gente pensase que en ese sitio ha desaparecido alguien, que hay algo misterioso. Porque lo que me interesa todo el rato (y lo único que he currado, que no tiene que ver con los ochenta, tenía que ver con las pelis, para esta vez, por lo menos) es esa cosa de la sugestión, y la convención, del cine. O sea, que cuanto más me meto a investigar en cosas de cine, o a ver más cine (y no sólo pelis, series también), me doy cuenta que más me decepciona. Cuanto más te metes más ves el truco y más increíble te parece, pero te lo sigues creyendo. Es que te ponen tres imágenes seguidas, con un montaje no sé cómo y una música de emoción y la has cagado y te pones a llorar. O te ponen tres cosas así, con una sombra pasando por detrás, una mirada y un no sé qué con una música de misterio y te cagas de miedo. Entonces, yo quería sólo centrarme en eso.

¿Pero y qué es lo que te decepciona?

Lo que me decepciona es que está todo completamente medido. Es que es una mentira muy grande, que encima ya te piensas que la vida es así. Hemos llegado a un punto que es como que la vida es así. O sea, que nos falta ponernos bandas sonoras en casa. Te quiero contar una movida triste que me ha pasado, te pongo detrás unos violines y te lo cuento. Te pongo la Pasión según San Juan o Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz… El teatro también lo usa. Mira, esa la usaba Angélica Liddell, el Cum Dederit.

El Cum Dederit del Stabat Mater de Vivaldi. Las siete últimas palabras de Cristo lo utilizaba Rodrigo García en Gólgota Picnic.

Es lo de buscar la emoción. Pues en el cine a mí eso es lo que me pasa y eso es lo que más me interesa. Para mí el resumen de lo del otro día, lo que más me interesaba, que no sé cómo lo podrás contar para que no lo desveles si no quieres, es lo del trueno. Que Iñaki diga: Aquí trabajaba una mujer pelirroja que desapareció. Entonces suena un trueno, como típico de peli pero que ya te hace reír, que depende de cómo te lo pongan. Y yo haceros el juego de las luces, que me estáis viendo claramente que soy yo y os digo Ay, perdón, que estaba probando las luces. Yo quería probar eso todo el rato. Crear cápsulas muy cortas de momentos de cine, meter efectos de cine en la vida.

Teclado ochentero de juguete

Pero eso es lo que une esto que estás haciendo en el Nyamnyam con el proyecto en el que estás trabajando ahora, El agitador Vórtex, ¿no?

Sí. Y eso que al principio pensaba hacer más lo de Elige tu propia aventura, que de ahí viene el título de Todo lo que me gusta es ochentero. Porque todo lo que se me ocurría para hacer aquí era tocar canciones mientras la gente comía. Igual canciones hechas por mí pero interpretadas con un tecladillo ochentero o con casiotone, que luego pensé en música de pelis de los ochenta como la que os toqué.

La de Superdetective en Hollywood 2.

Sí. Eso por un lado: me molaría hacerles un elige tu propia aventura, que también es ochentero. Me doy cuenta de que, en general, a mí, muchas de las cosas que me ponen son pelis o series de cuando éramos pequeños, que son, mucho, inspiración. Por eso, cuando había que poner un título genérico, yo dije Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero (que son las dos palabras que te dejan poner y luego añaden o engorda). Pero luego es verdad que, en lo que hice el otro día, al final hubo mucho de ochentero. Pero porque la gente se quedó con eso y yo creo que, como sabía a poco, habían muchos huecos y eran raros (que eso fue en parte por ser el primer día y no saber los tiempos y también porque los platos no estaban preparados de antemano para que la gente no viera lo que había de comer, que fuera sorpresa, porque el nombre del plato y el plato no tenían nada que ver), entonces las esperas duraron mucho más de lo que yo había preparado, sin estar comiendo. Y si la gente no come hay un rollo de mirarte a ti, si eres la que has creado eso. Y yo ya enseguida me pongo nerviosa y tiendo a entretener. En ese sentido, para mí, no funcionó mucho. Pero luego entramos en este rollo, cuando la gente ya estaba más hablando, de proponer: Flash Dance. Y es verdad que yo tengo mucha música ochentera en mi iTunes. Entonces, las que me iban diciendo, las tenía, casi todas. Y luego las que quería yo poner. Pero que a lo mejor cambio el título. Y en vez de Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero y engorda pongo peliculero, peliculero y engorda. Peliculero, musiquero…

Convencional.

¿De la convención? Sí, estaría muy bien decir: Todo lo que me gusta es convencional, conservador, retrógrado y facha. (Risas)

No, pero tiene que ver un poco también con lo de que engorda. O sea que a ti te gustan cosas, y son fuente de inspiración para ti cosas, como películas de puro Hollywood, de entretenimiento ochentero, series, que luego pueden tener una lectura menos vergonzosa pero que, al principio, es como: ¡¿te has enganchado a Community?!

Pero es que Community… si la hubieras visto verías que no es nada vergonzosa. Verías que es un nivelaco al que no llega casi nada de lo que vemos hoy.

Pero, entiéndeme, que es lo que decía Raúl Minchinela, que es baja cultura que en la siguiente generación será alta cultura porque cambia el catedrático y dice: Yo crecí viendo cine. Y entonces eso ya es alta cultura. Igual que también te gusta Beyoncé o Rihanna, ¿no? Que dices que no puedes estar todo el día escuchando Radio 3. Bueno, lo que era Radio 3 hace unos años.

Sí. Yo antes estaba todo el día escuchando Radio 3.

Entonces a todas estas cosas que te gustan es lo que los que escuchaban Radio 3 todo el día hace unos años llamarían música convencional y los que van a la Filmoteca a ver cine en versión original llamarían cine convencional.

Comercial.

Sí, comercial. Podrías decir eso, también.

¿Todo lo que me gusta es comercial? Pero es que tampoco es la verdad.

Pero tampoco todo lo que te gusta engorda. Creo que el título es una provocación, ¿no? No es en sentido literal.

Pero lo de engorda lo ponen el Nyamnyam para que tenga que ver con la comida.

Claro, pero no es que la comida del Nyamnyam sea la que más engorde, precisamente, sino que el título es como un juego para decir que te gustan cosas que no son las convenientes, ¿no? Las convenientes para el PCUS. (Risas)

Pero yo el título que había puesto no era ese. Ese era el genérico pero yo había puesto Llevaba tiempo esperando este momento, una frase de cine.

¿Y sale en la publicidad?

Sí, pero todo el mundo se ha quedado con lo de ochentero. Y las respuestas que he tenido por Facebook y por mail son del estilo Eh, yo también, ochentero y peliculero.

Porque eso une a una generación.

Yo creo que tiene que ver con eso.

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Notas que patinan #43: Trópico #9. Tierra Quemada.

Restos de escena de Trópico #9 de Txalo Toloza y Laida Azkona

Sábado noche. Un helicóptero sobrevuela desde hace horas el centro de Barcelona. El ambiente es muy tenso. Camino por delante de la catedral en dirección a Via Laietana con la intención de cruzarla para dirigirme al Antic Teatre a ver Trópico #9. Tierra Quemada. Como un preludio de lo que voy a ver, huelo a quemado. Al otro lado de Via Laietana veo fuego. Se levanta una columna de humo. Los mossos d’esquadra impiden el paso. Calles cortadas. Mossos nerviosos. Dan mucho miedo porque sabes que en cualquier momento se pueden liar a hostias con cualquiera. Lo hemos visto ya muchas veces. Consigo cruzar después de algunos rodeos. Me meto por las callejuelas cercanas al Antic. Gente corriendo, momentos de pánico en la ratonera laberíntica del Casc Antic. Consigo llegar al Antic Teatre acelerando el paso ante las lecheras de los mossos. Nunca antes el Antic Teatre me pareció un refugio más seguro. La terraza está llena de gente tomándose algo tranquilamente. Inexplicablemente la mayoría de esa gente no entra nunca a ver una función. Hay un muro invisible entre la puerta de la sala y el bar. Me cuesta llegar hasta la taquilla. Las mesas del bar no me lo ponen fácil. Presento el carnet de prensa de Teatron al comprar la entrada y me invitan a una caña. Mientras bebo la caña sentado en una mesita me imagino a los antidisturbios entrando en la terraza del Antic y rompiéndolo todo, rompiéndonos la crisma.

Llevo siguiendo a Txalo Toloza Fernández desde hace mucho tiempo. Hace cuatro años y medio estuve en la primera presentación de su primer proyecto escénico en solitario: Todos los grandes tienen problemas de piel. He seguido su proyecto Trópico a través de su blog en proceso en Teatron, un blog que inició en noviembre de 2011. Pero Trópico comenzó algo antes. En mayo de 2011, Txalo presentó Trópico #1 en la exposición MobileArt. Experiencias móviles. Trópico #1 es un vídeo grabado con su móvil en Medellín, Londres, Bogotá y Tokyo. Incluye samplers de Chris Marker y Spike Jonze. Txalo viaja mucho desde hace ya mucho tiempo, de eso también va Trópico. Y desde luego le gustan los samplers, de eso iba Todos los grandes.

Unos meses después, en noviembre de 2011, Txalo presenta Trópico #2 en la galería Tienda Derecha de Barcelona. No pude asistir a la presentación pero sí pude ver el vídeo de la instalación. Un vídeo subtitulado De La Possibilitat d’estar a Tot Arreu (De la posibilidad de estar en todas partes). Un subtítulo que samplea el título de una pieza de Roger Bernat y Juan Navarro, cambiando imposibilidad por posibilidad. Trópico #2 es una de las piezas de vídeo que más me han conmovido en mucho tiempo. Es una pieza donde todas las imágenes proceden de cámaras de seguridad con direcciones IPs abiertas encontradas en internet durante un trabajo de campo (o una obsesión, según como se mire) que duró muchos meses. Algunas de las cámaras pueden incluso ser movidas a distancia. Txalo experimentó esto último, lo cual le trajo algunos quebradores de cabeza que tienen que ver con la moral y la ética. Os lo recomiendo. El vídeo dura 25 minutos. Tomáoslo con calma pero no dejéis de disfrutarlo.

A partir de ese momento seguirle la pista a este proyecto se me hace complicado. A pesar del blog Detalles de un proceso tropical, de su web personal Miprimerdrop y de su otro blog en Teatron, no hay mucha información disponible. Ni se puede ver online Trópico #3 De la imposibilidad que tiene la materia de resistir el contacto con la materia (estrenado en el CCCB en un antihomenaje a Nicanor Parra en mayo de 2012), ni Trópico #4 Europa ¿estarás aquí cuando me despierte? (¿o es Trópico #5?), ni Trópico #6 De la imposibilidad de estar en un solo sitio (que se presentó en la galería Miscelänea en noviembre de 2012). Me perdí todas estas presentaciones por estar fuera de Barcelona cuando ocurrieron. Hasta que llegamos a febrero de 2013 con Trópico #7 Barcelona. Desierto que se puede ver en la web de Mobile Views Barcelona, una exposición de piezas breves de videocreación sobre Barcelona que sólo se puede ver online y que está pensada para verse desde teléfonos móviles conectados a internet.

De Trópico #8 tampoco hay ni rastro. Pero de ahí pasamos a Trópico #9 Tierra Quemada, que toma la forma de una pieza escénica, un cambio de formato que Txalo siempre tuvo en mente (aunque yo siempre me pregunté por qué, por qué no le basta a Txalo con el formato audiovisual). Una pieza escénica en colaboración con Laida Azkona que debería haberse estrenado el verano pasado si no hubiese sido por un desgraciado accidente que sufrió Laida al ir a devolver la bici del Bicing un día antes de estrenar. Afortunadamente el accidente no tuvo mayores consecuencias y, por fin, este fin de semana Txalo y Laida estrenaron en el Antic Trópico #9, que comienza precisamente con Laida pedaleando sobre una bici del Bicing.

Vale, este post es larguísimo y todavía no he dicho ni una palabra sobre ese estreno pero es que lo primero que me viene a la cabeza sobre lo que vi en el Antic el sábado es que esta Tierra Quemada se titula Trópico #9 y eso significa que ya van 8 episodios anteriores. Aunque la pieza se puede ver sin conocer nada sobre este proyecto, durante la pieza pensé en cómo lo estaría viendo alguien que no supiese nada sobre Trópico, que no hubiese visto todos esos maravillosos vídeos, y pensé que, aunque, repito, se puede ver igual, no es lo mismo. Hay capas y capas que pueden convertir esta pieza en algo críptico pero, en cambio, a mí no me dio para nada esa impresión. Me dio la impresión de estar asistiendo a otro episodio más de una serie que comenzó hace ya tres años y que se ha ido cociendo a fuego lento. Es una pieza que quizá se regodee en cierta amargura, que quizá apele a cierta conciencia política de un público que no necesita que le recuerden nada de lo que se le intenta recordar porque lo tiene absolutamente presente sólo con cruzar una Via Laietana tomada por los antidisturbios con grave peligro para su integridad física (lo mismo que se le puede criticar al teatro de Rodrigo García, para que nos entendamos, a quien no van a ver los que votan a la PPSOEvergencia, que quizás son los únicos a quien podría tener sentido dirigir ese mensaje despierta-conciencias y no a los parroquianos ya previamente convencidos que aplauden desde el público), que seguramente no invente nada nuevo en cuanto a forma escénica (más bien bebe de muchas fuentes que seguramente son las mismas de las que he bebido yo, por eso seguramente ya no me sorprenden sino que las reconozco y reconozco su impecable factura). Pero, a diferencia de otras propuestas que estoy harto de ver, propuestas que van de sensibles y que me resultan falsas, impostadas, mentirosas, hipócritas y, a veces incluso, ejemplos deleznables de pornografía sentimental, Trópico #9 no me da grima aunque, si me paro a analizarlo fríamente, tiene todos los ingredientes para ser la típica propuesta escénica que, inevitablemente, a estas alturas, debería producirme grima. Y, en cambio, repito, no me da grima e incluso me emociona con ese espíritu incendiario, con cierta poética que parte de un imaginario y unos referentes que, en gran medida, comparto. Quizá me emocione porque Txalo y Laida consiguieron trasladarme en muchos momentos a algo así como un estado de identificación con lo que contemplaba. A pesar de todo. Porque todo es mucho más complejo que los titulares y los eslóganes a los que intentamos reducir la realidad a través de análisis más o menos burdos, para tratar de tranquilizarnos, simplificándola, pensando que así la dominamos porque nos creemos capaces de entenderla. Me refiero a mis propios titulares, a mis propios prejuicios ante ciertas actitudes en escena. Y esto me ha dado mucho que pensar en las últimas horas. Y creo que lo que pasa es que cuando Txalo Toloza Fernández se pone a crear es honesto consigo mismo y con los demás. Consigo mismo porque no intenta ser algo que no es. Y con los demás porque, a pesar de todos los trucos del vídeo y de la escena, dos armas que domina, no intenta engañar a nadie, se muestra como es, se rodea de quien le apetece (gente como ahora Laida Azkona) y dice lo que quiere decir en cada momento para fracasar mejor si es necesario. Y a mí me gusta que el arte sea eso: gente haciendo lo que siente sin pensar en a quién tiene que agradar. Pero, aunque intente aceptarlo todo, no me gusta todo el mundo. Y en un escenario, como en una cancha de baloncesto, parece mentira pero al final se acaba por conocer a las personas y por comunicarse con ellas de una manera que puede que no sea posible de otro modo. Y yo ayer, más allá de cualquier otra consideración estética o crítica (me excita mucho la actitud estética que propone Txalo), de cualquier hallazgo relacionado con esto (la música del tío de Bach, Johann Christoph) o con lo otro (Sebastián Acebedo), abandoné la sala con la sensación de haber disfrutado de un acto de comunicación íntimo y sincero. Quizá el repaso a la serie Trópico habría que haberlo escrito antes. Es una lástima que las gradas del Antic Teatre no estuviesen a rebosar de público (no sé muy bien por qué, porque me consta que Txalo es un creador estimado entre la comunidad que sigue este tipo de creación escénica). Es una lástima porque me parece que el estreno de Trópico #9 es algo relevante. A mí Rosas me la trae floja. Yo prefiero a Txalo Toloza.

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Notas que patinan #42: Lo de Job Ramos en el Nyamnyam se parece en algo a esto

Cuando la semana pasada mi chica y yo decidimos ir a pasar el miércoles a La Fageda d’en Jordà había detrás de esa decisión algunas motivaciones más a parte de seguir investigando las pistas que me he ido encontrando todos estos jueves de marzo en las intervenciones de Job Ramos en el Nyamnyam. Mi chica y yo quizá seamos más pobres que nunca pero una de las ventajas que aún conservamos es que nadie nos obliga a ponernos el despertador cinco días a la semana, de lunes a viernes, a levantarnos muy temprano y salir corriendo de casa muertos de sueño para encerrarnos en una oficina durante 8 horas al día, sujetos a un horario que no hemos elegido. Podemos estar puteados pero, de hecho, muchos de los culpables de nuestro puteo se obligan a sí mismos a levantarse por las mañanas corriendo para encerrarse en un despacho a fingir que trabajan en algo de suma importancia. Por mucho o poco poder que tengan en esta inquietante sociedad capitalista, no deja de ser curioso que la gran mayoría de ellos lleven una vida de desgraciados, currando encerrados todo el puto día, sin tiempo para disfrutar de la vida, en el caso de que alguno de ellos haya experimentado alguna vez, o recuerde aún lo que significa, disfrutar de la vida, sea lo que sea ese concepto vago y difuso. Disfrutar de la vida. El caso es que nosotros, puteados y pobres, tenemos aún la libertad de disponer de nuestro tiempo y de trasladarnos en el espacio a nuestro gusto. Podemos irnos un miércoles a La Fageda d’en Jordà mientras los jefes, igual que los esclavos, se quedan encerrados en sus jaulas siguiendo horarios monacales que están en el origen de este orden social capitalista. Nosotros podemos irnos a comer al Nyamnyam y pasar la tarde, a ver qué pasa. Una de las razones para irnos a pasear el miércoles por La Fageda d’en Jordà era disfrutar de la vida mientras aún sigamos vivos. Había otras razones: disfrutar de cierta soledad, del contacto con la naturaleza, de cierta libertad, estar tranquilos… Todo el bosque para nosotros. Pero tengo que confesar que había algo de venganza en escoger un día laborable en el que, previsiblemente, no nos íbamos a encontrar a nadie. Por eso, cuando llegamos al párking de La Fageda y vi un cartel que decía que había que pagar por las primeras cuatro horas, me entró el cabreo. No me jodas. Puto país de mierda. Hasta por respirar hay que pagar. Pero, a pesar de la amenaza del cartel, nadie vino a cobrarnos: no había nadie en el párking. Cuando salimos del coche nos pusimos a caminar en busca del bosque. Enseguida encontramos unos cartelitos que proponían unos itinerarios bien señalizados. Uno estaba indicado como el más largo, era circular, parecía que recorría todo el parque natural, la zona volcánica y todo eso, y duraba cuatro horas. No habíamos ido allí pensando en hacer una gran caminata, y menos por un itinerario propuesto, pero estábamos en un descampado, desorientados y, por empezar por algún sitio, comenzamos por ahí con la intención de que el camino nos condujese al bosque. Lo primero que te encuentras en ese camino es un homenaje a una gloria patria, Joan Maragall, un poeta que parece que es el culpable de que La Fageda d’en Jordà se haya convertido en un símbolo nacional, hecho que hasta hace unos días desconocía totalmente. Poco a poco, siguiendo las indicaciones de un camino perfectamente trazado, nos fuimos metiendo en ese bosque maravilloso. Pero mientras íbamos charlando animadamente… No, no, no. Mientras íbamos discutiendo, porque en realidad eso es lo que hacíamos: discutir. O sea, llegamos por fin al bosque idílico, con toda la movida de la venganza y la libertad, y lo que nos ponemos a hacer es lo que no hacemos ni en casa: discutir. Y además sobre una chorrada sin importancia. Y mientras, íbamos siguiendo las indicaciones del camino sin preguntarnos por qué seguíamos ese camino si, en realidad, ya habíamos llegado al bosque. Bueno, sí, creo que nos picaba la curiosidad porque el camino prometía pasar por un volcán y yo me perdí la excursión a los volcanes de Olot cuando iba al cole porque me puse enfermo. Así que era como recuperar esa excursión que siempre me dio mucha rabia haberme perdido. Y, como íbamos discutiendo acaloradamente, enseguida nos salimos del bosque y, de pronto, nos vemos en una carretera por donde pasan coches y llegamos a la famosa cooperativa, de la que te habla todo el mundo, en la que fabrican yogures. ¿Por qué todo el mundo te habla de si fuiste a ver la fábrica de los yogures? ¿Los llevarían allí de excursión con el colegio? Y yo preguntándome: ¿pero qué mierda es esta de una carretera con coches y una fábrica de yogures si yo lo que iba era a encontrarme con el bosque y la naturaleza? Pero, en vez de volvernos al bosque, seguimos el itinerario marcado y comenzamos a subir una montaña por un camino escarpado que parece una riera. Y ahí dejamos de discutir. Porque no teníamos aliento. Y cuando paramos para beber un poco de agua, miramos la vista a nuestras espaldas y ya no nos acordamos de por qué discutíamos. Y seguimos subiendo y subiendo y llegamos a una iglesia preciosa que está cerrada. Miramos dentro y, a pesar de que se ve casi todo, mi chica insiste en que le dé un euro para meterlo en una ranurita que promete luz e historia. Me niego pero ella me recuerda que a veces me ha dejado dinero para la máquina de tabaco, un vicio que ella no comparte, lo cual no es obstáculo para que me deje el dinero si no tengo suelto. Se lo dejo, lo mete por la ranura, se enciende una luz que no aporta nada y una voz a un volumen sobrenatural, que nos mete un susto de tres pares de cojones, comienza a contar la historia de la iglesia en catalán con un relato que no puede ser más pobre y que parece un anuncio. Y luego lo repite en castellano e inglés. Todo el valle se entera de esta mierda. Y sospecho que algún lugareño que viva en alguna de las masías que alcanza mi vista se estará partiendo el culo de nosotros. Con razón. Nos morimos de la risa. Seguimos el puto camino trazado. Subimos y subimos hasta llegar a lo alto del cráter que las indicaciones del camino anuncian como el más grande de los cráteres de todos los volcanes del Estado español. Bajamos hasta llegar al centro del cráter, donde hay una ermita. Miramos a nuestro alrededor y, sinceramente, nos parece un paraje desolador. Tanta expectativa para este bluff. Desayunamos hace muchas horas. Tenemos hambre y no nos apetece comer en este cráter tan feo. Hay que decidir. Seguimos caminando por el camino propuesto o, qué coño, nos volvemos para atrás. ¿Quién nos manda seguir por este camino? Nosotros no hemos venido a hacer ninguna ruta, lo que queríamos era estar en el bosque. Pero como la ruta es circular la única duda es si habremos sobrepasado ya la mitad del camino y, en ese caso, nos saldría más a cuenta seguir adelante que volver hacia atrás. Lo pensamos cinco minutos y coincidimos en que no vamos a tomar una decisión en términos de eficacia. Vamos a darnos la vuelta y que le den al camino. Vamos a buscar un sitio agradable donde extender el mantel que hemos traído y ponernos a comer y beber unos vasos de vino. Un prado de esos que hemos visto estaría bien. Pero a medida que nos acercamos a ellos nos damos cuenta de que el paso del camino a los prados no es sencillo. Los prados y el camino están separados por alambres electrificados (lo de que están electrificados me lo dijo Job ayer en el Nyamnyam). No es hasta la iglesia cuando encontramos un sitio agradable con buenas vistas y sin alambres. Allí comemos, bebemos y nos relajamos. Más tarde, cuando volvemos a adentrarnos en La Fageda, decidimos salirnos del camino. Por fin. Dejamos de caminar como locos. Contemplamos el bosque. Nos subimos a pequeñas colinas que parecen construidas con piedra volcánica en la que hunden sus raíces algunas hayas. Corremos, gritamos, nos besamos, hacemos bromas, nos reímos. Se va haciendo tarde. Volvemos a lo que creemos el camino. Las señales del camino no se corresponden con la dirección del párking donde aparcamos el coche. Y entonces nos damos cuenta de que nos hemos perdido. Y se está haciendo de noche. Y nos ponemos nerviosos. Pero luego se nos pasa. Y al final yo creo que hasta nos mola. Y nos da igual si no encontramos el coche y nos tenemos que quedar aquí a pasar la noche. En el bosque.

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Notas que patinan #41: Nada es lo que parece alrededor de una mesa

El jueves de la semana pasada salí de la intervención de Job Ramos en el Nyamnyam con tres objetos: dos libros de dos exposiciones realizadas en el desaparecido Espai Zer01 de Olot y unas albóndigas que sobraron de la comida cocinada por Iñaki Álvarez. He seguido alimentándome de estos tres objetos durante la siguiente semana. Cené las albóndigas esa misma noche. También comencé a leer los libros. El primer libro que me leí fue el libro de la exposición Un altre paradís sense clavegueram (Otro paraíso sin alcantarillado) de Job Ramos, del año 2008. El jueves pasado Job nos regaló uno a todos los presentes que aguantaron hasta que nos levantamos de la mesa. Los que se marcharon antes se quedaron sin libro. Al principio del libro aparece un póster con la frase germinal del proyecto: Antes de pensar, mover un árbol. Job es de Olot. Al lado de Olot, el bosque que le pilla más a mano es La Fageda d’en Jordà, un espectacular bosque de hayas que crece en la lava de un volcán del Parque Natural de la Zona Volcánica de La Garrotxa. Allí fue a coger un árbol para colocarlo en la sala de exposiciones.

Árbol de la Fageda d'en Jordà que Job Ramos metió en su exposición

La primera vez que oí hablar de La Fageda d’en Jordà fue cuando vi el videoclip del tema Fuig llop fuig llop fuig (Huye lobo huye lobo huye), uno de mis temas preferidos de Hidrogenesse. Una canción que aún me sigue emocionando. El videoclip está grabado en La Fageda d’en Jordà en el año 2007.

El segundo libro que me leí me lo dio Job durante la comida del pasado jueves. Me dijo: Este libro a ti te va a gustar. Era también el de una exposición del Espai Zer01 de Olot, en este caso de Iñaki Álvarez que, como Job, también es de Olot. El libro se titula Trucs que surten malament (Trucos que salen mal) y pertenece a una exposición del 2007 (el mismo año que fue grabado el tema de Hidrogenesse) que, si no me equivoco, se titulaba Una bofetada a tiempo es una victoria. El libro consiste en una colección de ideas acompañadas de una sugerencia de realización, aunque la mayoría de las realizaciones están en blanco, como invitando a que cada uno pase a la acción. Por ejemplo:

idea: hago esto porque puedo, quiero y me da la gana

En mi afán por seguir investigando todas las pistas que voy encontrando en estas intervenciones de Job en el Nyamnyam me di cuenta de que todo me conducía a Olot y, en concreto, a La Fageda d’en Jordà. Así que, empujado por esa invitación a la acción que yo al menos leí en el libro de Iñaki, un día antes de la siguiente intervención, el miércoles pasado, robé un coche y me fui para La Fageda d’en Jordà, a investigar. Encontré un bosque precioso, caminé por un volcán que tiene una ermita en su cráter y comí los víveres que transportaba en mi mochila junto a una iglesia románica con vistas a montañas y prados maravillosos. No fui solo. Mi chica me acompañó. Los dos abrazamos un árbol como homenaje al árbol raptado por Job.

Una chica abraza un árbol en La Fageda d'en Jordà

Cuando se acercaba la noche seguimos el camino y fuimos a parar a Santa Pau, un pueblo medieval que nos dejó absolutamente flipados, conocido por dar nombre a las mongetes de Santa Pau, mongetes que compro en La Boqueria desde hace años sin tener ni idea de la procedencia de su nombre. Allí, en la plaza, solos junto al enorme castillo de la baronía de Santa Pau, que está absolutamente cerrado, nos tomamos unas cervezas antes de emprender viaje de nuevo hacia Barcelona. Pero yo me fui pensando: ¿qué hace un castillo así, cerrado, en este pueblo medieval maravilloso donde parece que se haya parado el tiempo?

Santa Pau

Al día siguiente, en la tercera intervención de Job en el Nyamnyam todo seguía el ritual al que ya me voy acostumbrando. Hay algo tranquilizador en esa costumbre. Pero también hay algo inquietante y molesto. No mola mirar siempre la vida desde el mismo punto de vista. Por eso intenté cambiar cosas. Sin forzar nada pero, precisamente, sin someterme a la obligación de repetir cualquier acción pasada simplemente por el hecho de ser consciente de que esa acción tuvo lugar. Por ejemplo, no quise llevar las botas de escritor. La primavera estaba a punto de llegar. Hace ya demasiada calor para esas botas de invierno. Pero yo había dejado registro de que llevaba botas y eso se había convertido en un hecho destacado en la crónica de lo que sucedió el primer día, de manera que acabó afectando al segundo día de las intervenciones de Job. Esta vez no llevé botas. Pero dio igual. Al descalzarme para seguir las costumbres del Nyamnyam, Iñaki me hizo notar que llevaba los mismos calcetines que la semana pasada. La pisada sobre la harina seguía en el suelo, en la entrada. Y las flores caídas también. Y el cuadro al revés con la revista que sobresalía. A un tipo que traía el pan le dejaron pasar antes que a nosotros. Le vi con el pan esperando en la calle cuando entré en el edificio. Imaginé que sería el del pan y sonreí para mis adentros. Un instante después me avergoncé por hacer eso. En la mesa seguía el plato roto. Los primeros platos de ensaladas parecían idénticos. Las persianas de las ventanas componían una figura que no era ni la del primer día ni la del segundo. Había diapositivas junto a la ventana, pero eran otras.

Diapositivas en las ventanas del Nyamnyam

Me dijeron que, por favor, me sentara donde las otras veces. Otros comensales que repetían se sentaron también en los mismos sitios. El mensaje que aparecía en la pantalla del ordenador portátil que alguien había colocado en una esquina parecía contestar la pregunta del jueves anterior. Una chica pidió, por favor, si alguien tenía un cargador para su móvil, como la semana pasada. No registré este hecho la semana pasada. Es al repetirse cuando tomas consciencia de la acción. La repetición la hace más evidente y la señala. También Iñaki repitió algo al final de la presentación del primer plato. Dijo algo así como que en verano, cuando era niño, le gustaba comer naranjas. Algo idéntico o parecido a lo que dijo la semana pasada en ese mismo momento. Algo que registré en mis notas. Algo de lo que sospeché. Esas sospechas se confirman ahora. Pero me asalta la duda. Job lee mis notas. ¿Estará señalando algunas de las cosas que yo registro? Es evidente que estoy influyendo en la acción. Pienso en ello, y en cómo influye el observador en la realidad según la física cuántica, mientras como el segundo plato (lo mismo que la vez anterior, risotto con mizune) y esa sensación me disgusta. Quiero dejar de mirarlo todo con afán de registro. Me declaro en huelga. El tercer plato me sorprende. Es carne de cerdo. No tiene nada que ver con los dos días anteriores. Estoy esperando a que salga a escena el libro de César Aira editado por la editorial de los cartoneros. Pero paso de él, indiferente, para romper mi propia rutina. Pero llega a mis manos un libro sobre los creadores de esa editorial, con fotos de todos ellos. Hay tres que son los hermanos Ramos, el mismo apellido de Job, que yo comparto. Pero Job me contó la semana pasada (y esta vez vuelve a salir el tema) que ese apellido, en realidad, no es el que le correspondería llevar. Nada es lo que parece. En la mesa hay alguien muy excitado que ve ficción por todas partes. También hay alguien que piensa que no está pasando nada y se extraña de eso. Hoy también fumamos e invito yo, como las otras veces. Cuando he salido de casa me he dado cuenta de que no tenía tabaco. He pensado que sería buena idea no llevar, así otra persona tendría que poner los cigarrillos. Otro cambio más. Pero no he podido resistirme a la fuerza que me empujaba a comprar tabaco por el camino. Hablo con Iñaki sobre el risotto. Le digo que esta vez me ha encantado. La primera también, la segunda no me supo tan sabroso. Me confiesa que la segunda vez no llevaba mizune, aunque anunció el plato como si lo llevase. Hay capas y capas superpuestas. Es imposible pensar en términos de verdad o mentira. Realidad y ficción tampoco nos valen demasiado. Además, los actores se sinceran conmigo cada dos por tres, confesándome alguna impostura, resistiéndose a confesarla o fingiendo que se mueren de ganas de desvelarla. Ya no sé qué creer. Podrían estar tratando de intoxicarme para adulterar mis notas infiltrándose en ellas. Hoy me tengo que ir muy pronto pero Job se va antes que yo. Eso sí que no me lo esperaba. Iñaki y Ariadna, los amos del Nyamnyam, dicen que Job ha dicho que hoy ha salido mejor que nunca. Se va satisfecho.

Cuts don't work

Pero me dejo lo fundamental. Nada más llegar no he podido evitar comentar con Job e Iñaki que me leí sus libros y que el día anterior fui a La Fageda d’en Jordà empujado por mi afán de llevar esta investigación hasta el final. Sonríen pero no parecen darle demasiada importancia. ¿Como si ya estuviese previsto? ¿Qué son estos tipos? ¿Androides? Alguien le ha dicho hoy a uno de los comensales que, con su peinado, parecía un androide. El que parecía un adroide llevaba una especie de parche a la altura de la garganta. Cuando una chica le ha pedido explicaciones sobre el parche ha dado una excusa muy vaga. Es el mismo tío que se ha quedado en camiseta de tirantes en un punto de la mesa simétrico a donde se sentaba el tipo que se quedó en camiseta imperio el jueves anterior. Pero volvamos a mi conversación con Job. Cuando le hablo a Job de Santa Pau me dice que ese pueblo que parece tan bien conservado es una mentira. Que eso es lo que llaman proceso de carcasonización (supongo que vendrá de Carcassone, otro sitio que siempre quise conocer, ahora ya me da repelús). Que está todo perfectamente limpiado de detalles impuros. Que los vecinos del pueblo se quejaron en su momento, cuando la carcasonización, y decían cosas como ¿Qué pasa? ¿Que nuestro pueblo no es lo suficientemente bonito?. Y que lo de las mongetes de Santa Pau es totalmente mentira, que hasta los del pueblo lo dicen. Ah, y que el castillo abandonado, ese que yo propongo ocupar, es de la baronesa de Santa Pau. ¿Y que quién es la baronesa actual? Agatha Ruiz de la Prada. Así que ese castillo también es de Pedro Jota. Juro no creer de buenas a primeras lo que me dice Job. Es demasiado extravagante. Juro contrastar ese dato en cuanto llegue a casa. Y lo contrasto. Nada es lo que parece.

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Notas que patinan #40: Un grupo de gente alrededor de la misma mesa

Barcelona. Jueves, doce menos cuarto del mediodía. Creo ver a unos guiris haciendo cola para sacar dinero en el cajero que hay un poco más allá del Palau Güell, en Nou de la Rambla. Pero no, están haciendo cola para pillar ticket para entrar en ese siniestro palacio construido con el dinero ganado gracias al tráfico de esclavos africanos. Paso por delante y lanzo una mirada furtiva al hall del palacio, el sitio donde Jack Nicholson se encuentra por primera vez con Maria Schneider en la película The Passenger, dirigida por Antonioni en 1975. Siempre que paso por ahí me gusta recordar ese momento.

Saco dinero del cajero para hacer la compra. Cruzo las Ramblas, atravieso la Plaça Reial, el Carrer de la Lleona, Avinyó, Sant Miquel, Sant Jaume, Via Laietana y Argenteria. Compro café en El Magnífico, la mezcla de la casa. Entro en La Botifarreria de Santa Maria. Compro butifarras de calçots, butifarras de rovellons, croquetas de ceps, fuet de la casa y cap de senglar negro. Me siento en el banco de costumbre y dedico cinco minutos a mirar la bóveda y a escuchar. Salgo de ahí y me dirijo a la Plaça del Rei, bordeo la catedral y entro en el claustro. Tomo el sol durante diez minutos sentado en la piedra medieval, con mis botas pisando una tumba. Camino hasta las Ramblas de nuevo, cruzo por la calle Bonsuccés y entro en La italiana. Compro pasta fresca: raviolis de alcachofa, spaghetti de espinaca, taglietelle de sepia y chocolate de Benasque con 89% de cacao. Bajo en dirección a la Boqueria por Xuclà. Compro pan de payés en el Forn Boix. Al salir me topo con la pizarra de esa tienda que cada día escribe una cita diferente. Hoy toca una de Rubén Blades: El poder no corrompe, el poder desenmascara. Entro a la Boqueria por la Plaça de Sant Galdric, donde están los payeses por la mañana. Compro patatas, ajos tiernos, alcachofas, judías, pimientos, cebolla, brócoli, fresas, peras y manzanas. En los puestos de dentro compro pollo, huevos, aceitunas y congrio. Llego a casa. Coloco todo en la nevera. Son las dos menos cuarto, cojo la bici y, como el jueves de la semana pasada, salgo pitando hacia el Nyamnyam para la segunda sesión de la intervención de Job Ramos dentro del ciclo Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda. Pero esta vez voy con mi chica. Hubo un tiempo hace muchos años en que no sabía cómo llamar a mi chica. Por no decir mi novia decía mi compañera o mi pareja pero no sé qué era peor. Un día llegué a hablar de mi chica de entonces como la chica que duerme en mi cama. Creo que ese fue el punto de inflexión. Ahora, a mi chica la llamo mi chica. Alguna feminista se me ha enfadado por eso. No tiene nada que ver con una cuestión de género. Me he leído enterito el libro de la exposición Genealogías feministas en el arte español: 1960-2010. Estoy sensibilizado con el tema. Ella también me llama mi chico. Hemos llegado a un equilibrio.

Las vías del tren que pasan al lado del Nyamnyam

Mi chica y yo llegamos diez minutos tarde. Pasamos por encima de las vías del tren sin darnos ni cuenta. Cuando salimos del ascensor nos encontramos con el rellano de la escalera lleno de gente esperando. Esta vez algunos de ellos son conocidos. Nos saludamos y charlamos animadamente. La puerta del Nyamnyam está cerrada. Pero cuando llega alguien con una bici a cuestas, le abren. Y luego llega un chico con barras de pan y también entra. Comento con un amigo que estoy muerto de hambre. Elucubramos sobre por qué han dejado entrar a estas dos personas. Será porque traía el pan. Ya, pero ¿y la de la bici? Igual llevaba comida escondida en la mochila. Se abre la puerta. Hay que descalzarse al entrar. Pero mejor entrar un poco aunque pises la madera del suelo porque si no la gente se agolpa y no hay manera de entrar. Hinco la rodilla en el suelo para desatar los cordones de mis botas de escritor. Definitivamente estoy de nuevo en misión oficial. Esas botas hoy son de escritor aunque el sábado pasado fueron más bien botas de punk en el homenaje a Uri Caballero de los Surfin Sirles. Això no és un homenatge: és un ritual. Que no mori aquest sentiment. Que no mori l’Uri (Roger Pelàez dixit). No es el momento de hablar de ese concierto de más de siete horas y veintiún grupos pero es que no encuentro el momento ni las palabras para describir como se merece, y sin ensuciar, esa noche. Así que guardaré un silencio sagrado y ritual.

Pisada en el suelo del Nyamnyam

Al quitarme mis botas me doy de bruces con esa pisada sobre harina en el suelo y temo que sea la marca de una de mis botas. Pero la marca de la suela no coincide. Esto es cosa de Job. Pronto me doy cuenta de que hay más.

Movidas en el suelo del NyamnyamDiapositivas en el Nyamnyam

Esta vez estoy hipersensible a estos detalles. La mesa donde vamos a comer está dispuesta exactamente igual que el jueves pasado. Los frascos blancos siguen en la misma estantería. Las persianas dibujan la misma figura que la otra vez. Bueno, espera, no es la misma figura, es una figura simétrica. Quizá haya algún detalle en los frascos que tampoco sea el mismo. Hay un cuadro en el suelo puesto contra la pared. Detrás del cuadro sobresale una revista abierta por un reportaje en el que aparece el Nyamnyam. Hay un ordenador portátil con un mensaje en la pantalla. La semana pasada también pero no recuerdo el mensaje. Seguramente era otro pero no puedo asegurarlo.

Ordenador portátil con el mensaje Do cuts work en la pantalla

Me meto en el papel de detective. No soy capaz de recordar qué ropa vestía Job la semana pasada. Por comparar. Comienzo a investigar unos papeles colgados en la pared aunque seguramente no tengan nada que ver con el trabajo de Job. ¿O sí? Valcárcel Medina, repetir varias veces una acción… Podría ser.

Informe Valcárcel Medina colgado en el Nyamnyam

Debería relajarme. Los anfitriones me parecen más relajados que la semana pasada, pero a medias. Iñaki sí, a Ariadna la noto nerviosa. Me parece entender que hoy no vamos a comer antes de la acción. Pero lo entiendo mal. Nos piden que nos sentemos a la mesa. Ariadna me coge por el brazo y me conduce al mismo sitio donde me senté la semana pasada, en una esquina de la mesa. Job se sienta en el mismo sitio donde se sentó la otra vez. A parte de los anfitriones sólo veo a otra persona que repite y se sienta en el mismo lugar que la semana pasada. El plato roto sigue en medio de la mesa, exactamente en el mismo lugar. Las ensaladas de primer plato también me parecen idénticas. Y la olivada. Ariadna no puede sentarse a mi lado, como hizo la otra vez, porque a mi lado se sienta mi chica. Pero Ariadna se sienta a su lado. Iñaki presenta las ensaladas ante el silencio del respetable. Pienso que cuando pase un rato seguramente el silencio se volverá bullicio, como la vez anterior. Es cuestión de que la comida y la bebida hagan su efecto. Iñaki añade algo sobre que cuando era pequeño le gustaban las naranjas. Ese comentario me resulta inquietante. Como un toque poético fuera de lugar, algo impostado. ¿Cosas de Job? Tomo un poco de vino y me relajo. Voy a disfrutar de esta comida. No tengo ni siquiera porqué escribir sobre esto. Yo ya he cumplido mi parte del trato. No quiero ser prisionero del papel que el maquiavélico Job ha diseñado para mí o, peor, del papel que yo imagino que él ha diseñado para mí, porque Job y yo no hemos hablado de esto abiertamente. Voy a disfrutar de la comida. Aunque sea una comida repetición de la comida de la semana pasada. La disfruté mucho la semana pasada, así que me dispongo a volver a disfrutar. Iñaki presenta cada plato que se sirve. De segundo hay risotto con mizune, como la semana pasada. De tercero hay albóndigas. Espera, un momento, la semana pasada había burritos.

Risotto con mizuneAlbóndigas

Entre el risotto y las albóndigas me levanto a por más vino. Cojo una jarra vacía cerca de donde está Job y voy a la cocina a llenarla. El vino, del Montsant, como la otra vez, se pilla de unos garrafones. La semana pasada tuve que preguntar cómo funcionaba el dosificador. Esta vez ya sé cómo va. El silencio del principio se ha convertido en charla animada y risas. Cuando vuelvo me reclaman que devuelva la jarra que acabo de llenar. Ya estamos en confianza. Devuelvo la jarra, pillo otra y me voy a por más. Luego, como la semana pasada, voy al lavabo. Y soy consciente de que estoy repitiendo la misma acción. Por eso, al mirar por la ventana, recuerdo que la semana pasada tuve la tentación de tomar una foto de las vías del tren con mi móvil. No la tomé. Pero esta vez sí que la tomo. Me siento atrapado en el tiempo. Ya nada es natural. Pero sólo para mí y quizá para esa chica que ha repetido también. Y para Job y los anfitriones del Nyamnyam. Y para otro chico que ha llegado cuando ya todo había comenzado pero que se ha sentado en el mismo sitio que la otra vez. Y quizá otro chico más, no estoy seguro. Para el resto de comensales (somos 18, creo) es su primera vez. El plato roto se está desintegrando. La semana pasada nadie lo tocó en toda la comida.

Plato rotoPlato roto

Vuelve a aparecer en la mesa la maravillosa edición del libro de César Aira. Ahora ya no sé si aparece en escena porque estaba previsto así desde el principio o porque Job ha decidido reproducir lo que pasó en la comida anterior. Por casualidad no me lo creo: sería demasiada casualidad. En cualquier caso lo vuelvo a coger y lo ojeo. Pienso que, si vuelvo al Nyamnyam en las dos sesiones que quedan este mes y cada vez leo unas páginas, al final me lo acabaré. Pero no puedo resistir la tentación de comenzar desde el principio y, como la semana pasada, no consigo pasar de la página 6. Por más que lo intento, cuando estoy a punto de pasar de página, alguien me habla o llega el postre (tarta tatin, como la vez anterior) y no puedo continuar.

El todo que surca la nadaPágina 6 del libro El todo que surca la nada de César Aira

Esta vez aún es más tarde, las cuatro y media o así, cuando los primeros comensales comienzan a marcharse. Y entonces Job dice que va a coger el ordenador y que va a enseñarnos cosas. Se hace el silencio. Pero el ordenador no tiene batería. Aquí me falla la memoria. Quizá esta vez haya bebido demasiado vino. No he dicho que no ni una vez cuando me lo han ofrecido. Como si saliésemos de la ficción para entrar en el comentario de la acción, prácticamente he borrado de mi memoria lo que dijo Job. Sólo recuerdo que Job cuenta que hay alguien que tiene (o tenía) la misión de anotar lo que está pasando. Pero que la semana pasada, a esta persona le hicieron creer… no me acuerdo, ¿que había alguien más? Es como si me hubiesen drogado. No recuerdo este punto. Aunque precisamente me interesa bastante. Una chica dice que ella se enteró de esta intervención porque leyó desde su móvil un relato en internet de lo que aquí había sucedido. No recuerda dónde pero dice que una vez comenzó no podía parar de leer. Job le dice que eso lo escribí yo. Momento raro. Como un careo. La chica dice que el texto le recordó mucho al estilo de un escritor pero no quiere decir su nombre. Me dice que luego me dirá qué escritor es, si le prometo no decírselo a Job. ¿Por qué no voy a decírselo a Job? Le digo que si me lo dice yo se lo diré a Job. Todo esto lo hablamos con todos los comensales sentados en la mesa (con los que quedan). Más tarde, en privado, la chica me da el nombre, a mí y a Job: Alejandro Zambra. No lo conozco. Por la noche lo busco y leo algún artículo que encuentro en su web. Me parece interesante. Intento releer el texto que escribí sobre la sesión anterior intentando buscar coincidencias con el estilo de Zambra. Me parece excesivo. Dejo el asunto. Pero volvamos a la sobremesa del Nyamnyam. Job desvela más cosas. Me recuerda a las novelas policíacas o a los episodios de Magnum en el que al final se desvelan todos los detalles. Esta chica que ha hablado, por ejemplo, tenía la misión de que en la mesa siempre hubiese vino. El chico que dejaron pasar en la puerta tenía que traer pan porque se lo pidió él. La chica de la bici también trajo pan pero porque el chico tuvo problemas y parecía que no iba a poder venir, aunque al final vino. Habían quedado que Iñaki y Ariadna no dirían o no harían ciertas cosas. Pero las han hecho o las han dicho. Incluso Job también ha hecho algo que dijo que no iba a hacer. ¿Dar explicaciones, quizás? No sé, ya digo que no me acuerdo muy bien. Me parece que todos estamos muy animados. El sol entra por las ventanas, como la semana pasada, pero hace más calor. Muchos nos hemos sacado los jerséis y estamos en camiseta de manga corta. Ah, sí, ahora recuerdo. Job nos reparte unos libros que son un catálogo de su exposición Un altre paradís sense clavegueram. La expuso en el desaparecido Espai Zer01 de Olot, en 2008. En esa exposición metió un árbol en la sala de exposiciones. Nos muestra una de las fotos del libro, en la que el árbol está ya dentro pero todo está a medio acabar. Y nos pide que lo importante de hoy es que nos quedemos con esa imagen. Y nos cuenta cosas sobre esa exposición y sobre estos catálogos que nos ha repartido, que dormían en el Nyamnyam desde hace tiempo. Es decir, no lo traía preparado. Esto se lo ha sacado de la manga justo antes de que llegásemos. En fin, la gente comienza a marcharse pero muy lentamente. Iñaki me dice que tiene una reunión a las cinco y media. Nos levantamos, fumamos en el rellano de la escalera, con Job. Alguien prepara café. Yo hoy no he recogido ni un plato, la semana pasada sí. Tengo mala conciencia. Hablamos sobre lo que pasó la semana pasada y esta especie de repetición. De cómo se comienzan a superponer capas, de cómo el texto que escribí es otra capa que comienza a modificar también la acción. Job dice que esta vez estaba más tranquilo y eso no le gusta. Que esta vez ha salido peor. Que no ha conseguido poner nerviosos a Iñaki y Ariadna. Se lo discuto. Me habla de Synecdoche, New York, una peli en la que el protagonista construye una réplica de la ciudad de Nueva York en el trastero de su casa para su obra de teatro. Y de cómo, curiosamente, se ha acusado a esta película de ser un plagio de un libro cuyo título, perdonadme, no recuerdo. Son las seis y pico. Le pregunto a Iñaki sobre la reunión que tenía a las cinco y media. Ya acabó, la tuvo en una habitación. Realmente llevamos mucho rato aquí. Job pregunta si hemos visto La mélaconlie des dragons de Philipe Quesne. Le dediqué un pequeño post hace cinco años. Lo releo ahora, sobre todo los comentarios, y me parece que tiene mucha relación con esta intervención de Job en el Nyamnyam. Hablamos de Rodrigo García. Job me pide nombres de gente interesante de la escena, de ahora. Le doy algunos que se me ocurren a bote pronto. Job comienza a contar anécdotas. Nos habla del origen de su apellido, que comparto con él, de su familia. Nos habla de que conoció a un operador de cámara catalán que trabajó con Herzog. Y de un vídeo que Job hizo basado en el inicio de una peli de Herzog en la que trabajó el cámara: Aguirre, la cólera de Dios. Y abre el ordenador y nos enseña su vídeo.

En esto de Job es muy diferente si te quedas un rato o te quedas hasta el final. Los que tenían prisa han disfrutado de una comida excelente. Los que se han quedado más tiempo han descubierto ciertas claves en la sobremesa y se han llevado un libro. Los últimos han tenido la oportunidad de charlar, de darle vueltas a lo sucedido, de escuchar otras historias y hasta de ver un vídeo. Es muy tarde. Más de las siete de la tarde. Ya no queda nadie. Bueno, sí, un ser minúsculo que se está probando mis botas. Las recupero, nos despedimos y mi chica y yo nos vamos a dar un paseo en bici por la playa, que está a cinco minutos. El jueves que viene volveré.

Un ser minúsculo probándose mis botas

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