Notas que patinan #46: Nada sale mal, todo es lo que es

Hay días que me aburro de mí mismo. Por un lado me siento un poco en la obligación de publicar estas notas por varias razones: porque la gente me pregunta que cómo fue esto o lo otro, porque de lo que no se habla no existe, porque yo también degusto con mucho placer lo que escriben otros y me parece desconsiderado esperar que sean los demás quienes me alimenten siempre sin dedicar algo de mi tiempo a cocinar algo a cambio para compartirlo con el mundo… En fin, hay muchas razones para hacerlo pero hay muchas otras para no hacerlo: el esfuerzo necesario para vencer la pereza, la intuición de que lo importante es vivir (como si esto de escribir – o similares – fuese desperdiciar tu vida), la sensación de que si escribes sobre lo que hacen los demás debes estar a la altura, que no sirve cualquier cosa (a veces pienso que eso no es más que una chorrada prejuiciosa y castradora), no querer convertirte en un pesado, el cansancio que produce la sobrexposición a la mirada del público… Como diría Joe Crepúsculo (¿fue él?), adentrémonos en esos pensamientos. Ayer por la noche leí en la edición digital de Jot Down una kilométrica entrevista (¿quién dice que en internet no se puede leer textos largos?) de Kiko Amat a Manolo García, el de El último de la fila, en la que Manolo, entre muchas otras cosas interesantes, contaba lo siguiente:

(…)por un lado tengo un carácter muy extrovertido y en un escenario me las pinto solo, estoy en mi hábitat natural, en mi salsa, pero a la vez hay una descarga, te quedas un poco exánime, hay un vampirismo: tú chupas una energía de la gente, pero a la vez la gente también te deja sin fuerzas. Cuanta más cantidad de público, cuantos más centenares o millares de personas, más notas el cansancio; físicamente, también psíquicamente, pero el primer impacto es físico: entras al camerino después de un concierto ante veinte mil personas y has adelgazado, estás más flaco, es algo físico, te pones delante del espejo y han de pasar unas horas hasta que recuperas tu yo normal, tu yo de hace doce horas.

Podríamos discutir sobre si publicar en internet se parece más a estar en un escenario que a otra cosa, como sostuvo María Ptqk en el Laboratorio 987 del MUSAC hace unos meses, pero lo que está claro es que salir a un escenario y ponerse delante de un público es, indiscutiblemente, como salir al escenario y ponerse delante de un público. Así que, no sé si como Manolo García, pero Félix Pérez-Hita, esta semana, ha recibido una sobredosis de sobrexposición que le debe de haber dejado tumbado como mínimo todo el fin de semana. Si le llaman estos días y no contesta tengan piedad de él.

La semana pasada vimos a Pérez-Hita el lunes en el HILOMENTAL sobre el insulto dando la réplica en el Antic Teatre al Reverendo Tedi KGB (reconocido dj vintage al que seguimos desde hace tiempo pero de quien desconocíamos su faceta como fotógrafo), el jueves fue el conferenciante invitado por El conde de Torrefiel en el Nyamnyam a la hora de comer y el viernes por la tarde se batió en duelo con Raúl Minchinela (por cierto, el primero de los conferenciantes invitados por el conde al Nyamnyam) en un nuevo HILOMENTAL sobre el deporte en el Arts Santa Mònica. De todo salió airoso y todo lo disfrutamos mucho. Todo alrededor de la inmensa cultura audiovisual que posee Félix. Para quien aún no sepa de qué va esto del HILOMENTAL recomiendo un paseo por su web, en concreto por los apartados Misión, Descripción, Planteamiento, Contexto y presencia en la Red. En la web de HILOMENTAL también encontraréis las transcripciones que realiza Arturo Bastón (el otro 50% de este proyecto) de las sesiones que se van realizando. Y, si no tenéis suficiente, en la red también podéis encontrar vídeos de algunas de las sesiones, algunas de ellas retransmitidas por streaming en TVtron, como esta con Mery Cuesta como invitada.

Como esta semana los groupies de Félix le hemos seguido por todos los escenarios, ahora mismo ya se me mezclan todos los shows en un mismo magma, a lo que contribuye que, entre las infinitas referencias que utiliza Félix, la misma referencia pueda aparecer citada en una u otra de las sesiones con diferentes intenciones. Sobre esto último, a ciertos partidarios del bendito atraso, deseosos de señales y argumentos que demuestran que esta época loca nuestra de sobreinformación produce efectos indeseables en nuestro cerebelo, les diría que esto de utilizar varias veces el mismo material ya lo hacía Bach en su prolífica obra, se llama reciclar y yo diría que es hasta ecológico. En fin, la interesante discusión sobre a dónde conduce este tipo de conferencias y charlas basadas en clips youtubescos, si desemboca en algo parecido al simple entretenimiento, si no es más que el remix de los tiempos, si no deja de ser como una clase de filosofía en la que se cita a Parménides a continuación de Sócrates o si todo esto, como sostuvo Félix en el Nyamnyam, ante la contemplación de vídeos como éste de Konapun que reciben millones de visitas, no es más que una señal de que el mundo está próximo a su fin, la dejaré, con la venia del tribunal, para mejor ocasión.

A Félix le gustan las citas, sobre todo las de los hermanos Sánchez Ferlosio. Por si fuera poco, esta semana también hemos leído un artículo de Félix en El estado mental construido con la ayuda de ciertas citas que atacan a la idea de trabajo, un ataque frontal que no creo que me equivoque si digo que casi siempre sobrevuela en las intervenciones públicas de Félix. ¿Pero qué es el trabajo?, me pregunto a veces. Escuchemos su opinión:

El juego es la única actividad valiosa en este mundo. El trabajo, como actividad no gratuita, que no se basta a sí misma, encaminada a una finalidad, es una desgracia. Más desgracia aún es el trabajo abstracto al servicio del capital, dedicado a producir cosas inútiles o destructivas, incluidas las informaciones sobre los productos o las informaciones que son ellas mismas productos, o a mover esas mercancías absurdas por todo el globo, porque parece más rentable explotar a la gente de países lejanos y contaminar de paso océanos, cielos y campos. Envenenarnos la vida, perderla por querer ganárnosla. «La democracia divide a los hombres en trabajadores y perezosos. No está destinada para aquellos que no tienen tiempo para trabajar», decía Karl Kraus.

Contaminar de paso océanos… En el Nyamnyam, Félix nos habló de la isla de plástico del tamaño de Europa que flota en el Pacífico. ¿Habíais oído hablar de eso?

Este deslavazado texto ya no tiene arreglo, no está a la altura de mis buenos propósitos, yo creía que sería capaz de escribir algo inteligente que aportase una mirada interesante sobre el trabajo (perdón, el juego) de Félix Pérez-Hita, de las intervenciones de El conde de Torrefiel en el Nyamnyam o, por lo menos, sobre las sesiones de HILOMENTAL. Pero ya está, ya está hecho. Dejadme acabar al menos con este vídeo de Félix que pinchó él mismo, el viernes, en el Santa Mònica, en una sesión con barra libre de cerveza que comenzó con el vídeo de Van Gaal. Sobre fútbol, cineastas de postín y bancos filantrópicos.

Ah, y no se pierdan el último Soy Cámara, el programa del CCCB en La 2, dirigido por Félix Pérez-Hita junto a Andrés Hispano, emitido en televisión este fin de semana (definitivamente la semana Pérez-Hita) y pronto online en la web. Va sobre el dinero.

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Notas que patinan #45: Romaní, semen i sang

Nuevo episodio de la serie Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda en el Nyamnyam, el espacio revelación de la temporada en la ciudad condal. Nuevo mes, nuevo invitado: El conde de Torrefiel. Artículo de Pablo Caruana en El País para calentar el estreno. Según Pablo Caruana, El conde de Torrefiel cuenta con la ventaja y al mismo tiempo el san Benito de ser la nueva esperanza blanca del teatro de vanguardia ibérica. El conde informa en su blog de Teatron que está trabajando en un nuevo proyecto, Guerrilla, que empieza a tomar forma y que con toda probabilidad culminará con una pieza escénica en algún momento del año que viene, pero que por ahora va alimentándose de diferentes maneras. El conde se propone utilizar el Nyamnyam para trabajar sobre la conferencia. En junio presentarán Guerrilla como una conferencia en escena de media hora en el Flare Festival de Manchester después de trabajar durante una semana con alumnos de la universidad. Nos enteramos de que en el Nyamnyam quieren trabajar sobre la escatología en un sentido amplio. Pero no vamos a ver al conde en acción. Van a invitar a cuatro conferenciantes para cada una de las comidas de los jueves (el último jueves, cena). Conferencias escatológicas mientras comemos. Uhm. El primer invitado es el Doctor Repronto: Raúl Minchinela. Su sesión se titula Mundo, demonio y carne. Siento no poder explicaros lo que pasó en esa sesión. No pude asistir por encontrarme fuera de la ciudad, con todo el dolor de mi corazón porque soy bastante fan de Minchinela y sus reprontos, que os recomiendo encarecidamente. Pero alguna gente me ha contado vagamente algo de lo que allí sucedió. Una chica me cuenta que dejó la mitad de la comida en el plato del asco que le produjo. No por la comida sino porque mientras comían Minchinela mostraba imágenes como no sé qué de una polla cortada por la mitad y cosas por el estilo. Llega a mis oídos que Tanya Beyeler, el 50% del conde, medio en broma, medio en serio, comenta que ya está bien de esta cosa burguesa de la comida y la mesa con mantel. Días antes de la sesión, a la primera ocasión que encuentro le saco el tema para discutírselo y decirle, con ánimo de estar a la altura de su provocativo comentario, que pensaba que esta discusión, sobre si el comer bien es burgués o no, estaba más que superada. Que Vázquez Montalbán, que el placer es subversivo, que sólo cuando eres rico te rajas los pantalones porque eres grunge y cosas por ese estilo son los argumentos que lanzo a la palestra. Ella se ríe. Me pregunto si al Conde de Torrefiel le gusta lo que es comer. Recuerdo alguna paella cocinada por el conde que he tenido el placer de compartir con ellos y, como buenos valencianos, de origen o adoptivos, con unos cuantos más comensales invitados a la mesa (cuantos más, mejor). La paella estaba bien rica. Pero recuerdo lo que decía Pablo Gisbert, el otro 50% del conde: que a él lo que le gusta es tener a muchos amigos a su lado, en la mesa. ¿Qué le gusta al conde: la comida o la gente? Me inclino a pensar que en el acto de comer les gusta más lo que es la gente, la comida igual es secundario. Vamos, estoy casi seguro pero habría que preguntárselo a ellos. Ya lo haré. Por otra parte, Iñaki Álvarez, el 50% del Nyamnyam, dice en el artículo de Pablo Caruana que a ellos (al Nyamnyam) lo que les interesa no es la comida. Utilizamos la mesa como elemento vinculador. No es que hagamos arte con comida ni nos interesa la comida. Somos artistas y nos interesa la mesa como elemento dinamizador y democrático. Todo esto me da que pensar. Pero dejemos pasar al siguiente invitado.

Jaime Conde Salazar (otro conde) ha venido a hablar del semen. Su intervención lleva el sugerente título de Collar de perlas. No se esconde: lo del semen nos lo dice nada más iniciar su intervención, una vez que Tanya lo ha presentado a las veinticinco personas allí congregadas (Pablo no está: se ha ido a un festival belga al que le han invitado unos días). Esta vez no hay una mesa para comer. Hay una proyección en una de las paredes y unas sillas plegables apoyadas sobre otra pared. Nos invitan a cogerlas y sentarnos donde queramos. Jaime se sitúa en dirección a la cocina, a nuestra izquierda. Si le miramos a él no vemos la pantalla que, tal como nos hemos colocado la mayoría, nos queda de frente. Pero sólo con girar la cabeza un poco podemos escucharle y ver la proyección. Este detalle no es baladí. Podemos escoger. Las proyecciones, mientras él habla, son imágenes porno que tienen al semen como protagonista estelar y donde no vemos jamás a una mujer. Porno gay. Estamos situados. Jaime habla sobre la corrida como ese momento de verdad en la pornografía. Sobre la actitud del espectador ante la pornografía. Una actitud que se acerca a la pornografía con el ánimo de excitarse, de correrse. Se pregunta qué pasaría si esa actitud la trasladásemos a lo que llamamos arte. ¿Qué pasaría si el espectador fuese con ese ánimo a ver teatro, por ejemplo? Habla de la convulsión de la corrida. De cómo trasladar esa convulsión a lo performático. Cita a Beatriz Preciado y a André Breton (con desgana). Y mientras tanto, si miramos las imágenes que van pasando ante nosotros, vemos semen y corridas, a veces con gifs animados, y apuramos nuestras copas de vino. Y cuando muchos de nosotros ya llevamos una copa de vino entre pecho y espalda, entonces nos dice que vamos a comer el primer plato. No nos dice en qué consiste ese primer plato pero nos dice que él lo desayuna cada mañana. Y que quiere que nosotros lo comamos en silencio y luego hablemos de nuestra experiencia. Ay ay ay. Nos acercamos en fila india hasta la cocina y el propio Jaime nos sirve ese plato en unos cuencos. Vamos en silencio. Parece que vayamos a comulgar. El plato, de cuchara, es una cosa blanca, líquida pastosa, sosa, que, sugestionados como estamos por el tema y las imágenes, nos remite a lo que nos remite. Me lo como sintiéndome como Sasha Grey pero me lo trago todo, hasta la última gota. Y luego hablamos sobre ello. Por si hubiese alguna duda sobre lo que estamos comiendo, una chica comenta que el semen sabe mucho más rico. Jaime desvela el misterio. Se trata de una papilla a base de cereales que se supone que, desde el punto de vista energético (y aquí cita al padre de la cocina macrobiótica) es la bomba y que, además, se recomienda para el destete de los niños (y además es baratísima). Jaime nos habla de las propiedades de los cereales y su idoneidad como alimento humano y nos anticipa que esa papilla, sosa, será la base para los siguientes platos que degustaremos mientras contemplamos su metamorfosis. Mientras Iñaki prepara el segundo plato y en la pantalla se suceden las imágenes de corridas, Jaime sigue hablando sobre el semen y lo seminal, de los cereales de este primer plato, unos cereales que puedes sembrar para conseguir una nueva planta, a diferencia de las papillas Nutribén. El segundo plato consigue sorprendernos al mezclar la base del primer plato con garbanzos y otros ingredientes que cambian completamente el color y el sabor del plato, infinitamente más sabroso y apetecible.

Igual de sorprendente es que Jaime acabase mostrándonos La incredulidad de Santo Tomás, un cuadro de Caravaggio que muestra a Santo Tomás poniendo el dedo en la llaga de Cristo resucitado, casi obligado por el mismo Cristo, que parece tan sorprendido como él de lo que está pasando, para hablarnos sobre interesantísimas cuestiones a las que llegamos con gran naturalidad partiendo de imágenes aparentemente tan alejadas como las del inicio de la conferencia. Me pareció extremadamente curioso que, en este momento de reflexión sobre cuestiones metafísicas a partir de un contexto religioso cristiano, parte del público dejó ir unas risitas que a mí me parecieron fuera de lugar cuando, en cambio, me pareció que el porno explícito fue asumido con una total naturalidad por parte de los presentes. Al menos en lo que respecta a las reacciones que se exteriorizaron públicamente porque otra cosa fueron algunas expresiones que me pareció detectar en algunos rostros, como dudando sobre cuál era la cara más adecuada para mostrar en público y sobre sus posibles lecturas. Estoy convencido de que, ante imágenes similares, la expresión de esos mismos rostros, en la intimidad, debe de ser completamente diferente. Por supuesto, no puedo ofrecer ningún dato para demostrarlo. Para acabar, el postre convirtió la papilla seminal en una increíble mousse de chocolate. Repetí postre y, como otras veces, la sobremesa se alargó hasta bien entrada la tarde, regada con vino del Montsant, cerezas, chocolate salado e interesantes conversaciones sobre lo divino y lo humano.

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Notas que patinan #44: Catalunya vampira

En Catalunya los proyectos artísticos que aún sobreviven sin haber sido fagocitados por instituciones públicas las pasan canutas para llevar a cabo sus actividades. A los que se supone que tienen la suerte de que la administración pública catalana les conceda alguna ayuda económica para su actividad no sé si les podemos llamar proyectos independientes. En todo caso, si les llamásemos drogodependientes ahora mismo estarían sufriendo un agudo síndrome de abstinencia, lo que popularmente se conoce como el mono, porque esa misma administración que dice ayudarles no les pasa la dosis de metadona prometida desde hace más de un año, aunque sí que les obliga a pasar estrictos controles de orina para comprobar si están limpios, con un celo inversamente proporcional a la permisividad que se otorga la administración para incumplir su propia ley. Pasa el tiempo y la cosa comienza a convertirse en algo escandaloso. La administración decide tomar cartas en su propio asunto y no se le ocurre nada mejor que lanzar una nueva convocatoria de ayudas en forma de metadona mientras cambia la ley para permitirse no dar la metadona prometida si, por lo que sea, cuando llegue el momento, no lleva suelto y no le va bien atender a los afectados por el síndrome de abstinencia. Mientras, los drogodependientes, que no suelen hacer mucho ruido porque sienten que el resto de la sociedad, arruinada, como ellos, quizá no comprenda por qué debe suministrarle sus dosis (aunque algunos creen que existen algunas buenas razones para ello), desesperados, mientras siguen con su trabajo, se organizan y escriben comunicados del estilo los abajo firmantes, que rulan en las redes sociales a tope sin que, por el momento, ningún medio de prensa se digne a hacerse eco.

Mientras tanto, las instituciones públicas, las que de ninguna manera podríamos llamar independientes, siguen, por el momento, con sus programaciones, entre las cuales encontramos a bastantes artistas drogodependientes porque, la mayoría, como el resto de ciudadanos del país, de alguna manera u otra, lo somos. Pero recordemos que esa droga que nos prometen la compran con la sangre que nos chupan. No hace tanto, a cambio de esa sangre nos daban algunas chuches pero últimamente no paran de chuparnos la sangre y no nos dan nada a cambio, sólo palabras que suenan a provocación.

Con este cuerpo me trasladé el viernes a la Secció Irregular, un ciclo organizado por el Mercat de les Flors, una institución pública que funciona con nuestra sangre. Y al día siguiente me lo llevé al MACBA es viu, la misma historia. Ahora mismo pienso, como muchos de vosotros, que es una mierda no separar lo exclusivamente artístico de este contexto vampírico, por eso no escribiré aquí sobre nada de lo que he visto estos días, para no mezclar. Yo iba a ponerme a escribir sobre eso y lo primero que me ha salido es esto, porque me he dado cuenta de que las últimas cosas que he visto las he visto en mega-edificios construidos con nuestra sangre y cuyo funcionamiento es gestionado gracias a nuestra sangre. Una historia de vampiros, eso es lo que veo, y ahora mismo no puedo hacer mucho por evitarlo. Lo único que alcanzo a pensar últimamente cuando me acerco a esos sitios es que está bien que me inviten a una cerveza (como es el caso del MACBA) o a una sopita (como es el caso de la Secció Irregular) porque no pienso dejarme ni un euro más en la barra de sus bares. Porque es nuestra sangre la que corre por esos grifos, amigos. No pienso pagar para que me den de beber mi propia sangre.

Una vampira molt mona

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Ping-pong con Cris Blanco

El Fary leyendo tranquilamente

Alguna vez le he oído decir a Cris Blanco que siente mucha envidia por la vida que llevaban los artistas de otras épocas porque se los imagina así, como el Fary, leyendo un libro en bañador, tranquilamente, en la piscina. Mientras tanto, ella lleva años trabajando en esto sin dejar de pensar en qué quiere ser cuando sea mayor. Hace casi cinco años Cris se preguntaba por qué vamos al teatro, qué esperamos ver allí.

porque nos parece algo interesante? porque nos gusta cuando un actor lo hace muy bien, cuando nos lo creemos? porque se parece más a la vida? y entonces para qué queremos ver la vida dentro del teatro? por qué algo nos hace gracia? es porque nos identificamos con ello? si voy en un autobús y en la calle veo un hombre al que se le vuela el peluquín me parto, pero por qué? a mí lo del peluquin no me ha pasado nunca, no me puedo identificar con eso, pero a lo mejor sí con la vergüenza que pueda sentir el hombre… yo que sé. de todas formas no me hago esas preguntas en todas las cosas que voy a ver, creo que me pasa cuando veo algo que me emociona o me produce placer ver lo que estoy viendo. sí, tiene que ver con la emoción en su sentido más amplio, creo, para eso vamos, para emocionarnos de la forma que sea, pero vuelvo a la misma pregunta… para qué vamos unos cuantos a un teatro a emocionarnos juntos? será para aprender sobre la vida? y eso no lo podemos hacer fuera? necesitamos la representación de la vida para entenderla o algo así. estas cosas me flipan del ser humano. y ya me callo que se me pira.

Descartada de momento la opción de abrir una floristería, Cris Blanco sigue creando sus celebrados shows a regañadientes, en interior o exterior, protagonizando también algún cortometraje multipremiado, sin que de momento Hollywood nos la haya arrebatado, y cantando y tocando en solitario, con The Elements o con su nuevo grupo, Calor. Aprovechando su paso por el ciclo Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda en el Nyamnyam (comida e intervención cada jueves a las dos de la tarde, por 12 €), Cris me concedió esta entrevista después de su primera acción, el primer jueves de abril, para charlar un poco sobre lo que allí pasó.

Collage de Cris Blanco para el proyecto Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero o engorda, comisariado por el Nyamnyam

Mira, yo estoy pensando en cambiarle el nombre. Porque lo de Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero y engorda… luego la gente se quedó mucho con lo de ochentero y en lo que preparé el jueves no había nada de ochentero.

¿Ah no?

No. Todo lo que pasó, de músicas de los ochenta, fue improvisado. Yo no pensaba poner ninguna música de los ochenta.

¿Y qué pensabas poner?

Nada. Hice los dos tracks, las bandas sonoras de la lluvia y la tormenta, para que (al pincharlos y hablar por encima) me impidiese poder explicaros lo que quería hacer. En verdad, hay muchas cosas detrás de lo que quería hacer pero lo que pasa es, lo que hablábamos el otro día, que no luce. Hice esa banda sonora de la lluvia y después quería, cuando se parase lo de la lluvia, no explicaros nada. Y entonces seguimos comiendo, que eso yo sé que era raro pero era así.

Y fue allí donde hablaste de lo de las películas ochenteras.

Fue antes porque no estaban los platos preparados.

¿Pero tampoco querías hablar de las películas de los ochenta?

Quería haceros creer, para justificar que tuviese aquí el ordenador, que yo iba a hacer una especie de charla y me inventé que iba a ser de pelis y los ochenta y ver algunos trozos para que la gente que me conociese pudiera pensarse que iba a hacer un rollo Ciencia ficción, contar, poner vídeos, como esto que hace Cris. Pero era una excusa. Yo no tenía ninguna charla preparada, ningunos vídeos preparados, no quería enseñaros nada. Quería crear una situación, allí, con banda sonora de misterio. Dónde está Carme, eso es lo que habíamos preparado, que Carme desapareciera, que Iñaki contase algo que crease una situación para que la gente pensase que en ese sitio ha desaparecido alguien, que hay algo misterioso. Porque lo que me interesa todo el rato (y lo único que he currado, que no tiene que ver con los ochenta, tenía que ver con las pelis, para esta vez, por lo menos) es esa cosa de la sugestión, y la convención, del cine. O sea, que cuanto más me meto a investigar en cosas de cine, o a ver más cine (y no sólo pelis, series también), me doy cuenta que más me decepciona. Cuanto más te metes más ves el truco y más increíble te parece, pero te lo sigues creyendo. Es que te ponen tres imágenes seguidas, con un montaje no sé cómo y una música de emoción y la has cagado y te pones a llorar. O te ponen tres cosas así, con una sombra pasando por detrás, una mirada y un no sé qué con una música de misterio y te cagas de miedo. Entonces, yo quería sólo centrarme en eso.

¿Pero y qué es lo que te decepciona?

Lo que me decepciona es que está todo completamente medido. Es que es una mentira muy grande, que encima ya te piensas que la vida es así. Hemos llegado a un punto que es como que la vida es así. O sea, que nos falta ponernos bandas sonoras en casa. Te quiero contar una movida triste que me ha pasado, te pongo detrás unos violines y te lo cuento. Te pongo la Pasión según San Juan o Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz… El teatro también lo usa. Mira, esa la usaba Angélica Liddell, el Cum Dederit.

El Cum Dederit del Stabat Mater de Vivaldi. Las siete últimas palabras de Cristo lo utilizaba Rodrigo García en Gólgota Picnic.

Es lo de buscar la emoción. Pues en el cine a mí eso es lo que me pasa y eso es lo que más me interesa. Para mí el resumen de lo del otro día, lo que más me interesaba, que no sé cómo lo podrás contar para que no lo desveles si no quieres, es lo del trueno. Que Iñaki diga: Aquí trabajaba una mujer pelirroja que desapareció. Entonces suena un trueno, como típico de peli pero que ya te hace reír, que depende de cómo te lo pongan. Y yo haceros el juego de las luces, que me estáis viendo claramente que soy yo y os digo Ay, perdón, que estaba probando las luces. Yo quería probar eso todo el rato. Crear cápsulas muy cortas de momentos de cine, meter efectos de cine en la vida.

Teclado ochentero de juguete

Pero eso es lo que une esto que estás haciendo en el Nyamnyam con el proyecto en el que estás trabajando ahora, El agitador Vórtex, ¿no?

Sí. Y eso que al principio pensaba hacer más lo de Elige tu propia aventura, que de ahí viene el título de Todo lo que me gusta es ochentero. Porque todo lo que se me ocurría para hacer aquí era tocar canciones mientras la gente comía. Igual canciones hechas por mí pero interpretadas con un tecladillo ochentero o con casiotone, que luego pensé en música de pelis de los ochenta como la que os toqué.

La de Superdetective en Hollywood 2.

Sí. Eso por un lado: me molaría hacerles un elige tu propia aventura, que también es ochentero. Me doy cuenta de que, en general, a mí, muchas de las cosas que me ponen son pelis o series de cuando éramos pequeños, que son, mucho, inspiración. Por eso, cuando había que poner un título genérico, yo dije Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero (que son las dos palabras que te dejan poner y luego añaden o engorda). Pero luego es verdad que, en lo que hice el otro día, al final hubo mucho de ochentero. Pero porque la gente se quedó con eso y yo creo que, como sabía a poco, habían muchos huecos y eran raros (que eso fue en parte por ser el primer día y no saber los tiempos y también porque los platos no estaban preparados de antemano para que la gente no viera lo que había de comer, que fuera sorpresa, porque el nombre del plato y el plato no tenían nada que ver), entonces las esperas duraron mucho más de lo que yo había preparado, sin estar comiendo. Y si la gente no come hay un rollo de mirarte a ti, si eres la que has creado eso. Y yo ya enseguida me pongo nerviosa y tiendo a entretener. En ese sentido, para mí, no funcionó mucho. Pero luego entramos en este rollo, cuando la gente ya estaba más hablando, de proponer: Flash Dance. Y es verdad que yo tengo mucha música ochentera en mi iTunes. Entonces, las que me iban diciendo, las tenía, casi todas. Y luego las que quería yo poner. Pero que a lo mejor cambio el título. Y en vez de Todo lo que me gusta es ochentero, peliculero y engorda pongo peliculero, peliculero y engorda. Peliculero, musiquero…

Convencional.

¿De la convención? Sí, estaría muy bien decir: Todo lo que me gusta es convencional, conservador, retrógrado y facha. (Risas)

No, pero tiene que ver un poco también con lo de que engorda. O sea que a ti te gustan cosas, y son fuente de inspiración para ti cosas, como películas de puro Hollywood, de entretenimiento ochentero, series, que luego pueden tener una lectura menos vergonzosa pero que, al principio, es como: ¡¿te has enganchado a Community?!

Pero es que Community… si la hubieras visto verías que no es nada vergonzosa. Verías que es un nivelaco al que no llega casi nada de lo que vemos hoy.

Pero, entiéndeme, que es lo que decía Raúl Minchinela, que es baja cultura que en la siguiente generación será alta cultura porque cambia el catedrático y dice: Yo crecí viendo cine. Y entonces eso ya es alta cultura. Igual que también te gusta Beyoncé o Rihanna, ¿no? Que dices que no puedes estar todo el día escuchando Radio 3. Bueno, lo que era Radio 3 hace unos años.

Sí. Yo antes estaba todo el día escuchando Radio 3.

Entonces a todas estas cosas que te gustan es lo que los que escuchaban Radio 3 todo el día hace unos años llamarían música convencional y los que van a la Filmoteca a ver cine en versión original llamarían cine convencional.

Comercial.

Sí, comercial. Podrías decir eso, también.

¿Todo lo que me gusta es comercial? Pero es que tampoco es la verdad.

Pero tampoco todo lo que te gusta engorda. Creo que el título es una provocación, ¿no? No es en sentido literal.

Pero lo de engorda lo ponen el Nyamnyam para que tenga que ver con la comida.

Claro, pero no es que la comida del Nyamnyam sea la que más engorde, precisamente, sino que el título es como un juego para decir que te gustan cosas que no son las convenientes, ¿no? Las convenientes para el PCUS. (Risas)

Pero yo el título que había puesto no era ese. Ese era el genérico pero yo había puesto Llevaba tiempo esperando este momento, una frase de cine.

¿Y sale en la publicidad?

Sí, pero todo el mundo se ha quedado con lo de ochentero. Y las respuestas que he tenido por Facebook y por mail son del estilo Eh, yo también, ochentero y peliculero.

Porque eso une a una generación.

Yo creo que tiene que ver con eso.

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Notas que patinan #43: Trópico #9. Tierra Quemada.

Restos de escena de Trópico #9 de Txalo Toloza y Laida Azkona

Sábado noche. Un helicóptero sobrevuela desde hace horas el centro de Barcelona. El ambiente es muy tenso. Camino por delante de la catedral en dirección a Via Laietana con la intención de cruzarla para dirigirme al Antic Teatre a ver Trópico #9. Tierra Quemada. Como un preludio de lo que voy a ver, huelo a quemado. Al otro lado de Via Laietana veo fuego. Se levanta una columna de humo. Los mossos d’esquadra impiden el paso. Calles cortadas. Mossos nerviosos. Dan mucho miedo porque sabes que en cualquier momento se pueden liar a hostias con cualquiera. Lo hemos visto ya muchas veces. Consigo cruzar después de algunos rodeos. Me meto por las callejuelas cercanas al Antic. Gente corriendo, momentos de pánico en la ratonera laberíntica del Casc Antic. Consigo llegar al Antic Teatre acelerando el paso ante las lecheras de los mossos. Nunca antes el Antic Teatre me pareció un refugio más seguro. La terraza está llena de gente tomándose algo tranquilamente. Inexplicablemente la mayoría de esa gente no entra nunca a ver una función. Hay un muro invisible entre la puerta de la sala y el bar. Me cuesta llegar hasta la taquilla. Las mesas del bar no me lo ponen fácil. Presento el carnet de prensa de Teatron al comprar la entrada y me invitan a una caña. Mientras bebo la caña sentado en una mesita me imagino a los antidisturbios entrando en la terraza del Antic y rompiéndolo todo, rompiéndonos la crisma.

Llevo siguiendo a Txalo Toloza Fernández desde hace mucho tiempo. Hace cuatro años y medio estuve en la primera presentación de su primer proyecto escénico en solitario: Todos los grandes tienen problemas de piel. He seguido su proyecto Trópico a través de su blog en proceso en Teatron, un blog que inició en noviembre de 2011. Pero Trópico comenzó algo antes. En mayo de 2011, Txalo presentó Trópico #1 en la exposición MobileArt. Experiencias móviles. Trópico #1 es un vídeo grabado con su móvil en Medellín, Londres, Bogotá y Tokyo. Incluye samplers de Chris Marker y Spike Jonze. Txalo viaja mucho desde hace ya mucho tiempo, de eso también va Trópico. Y desde luego le gustan los samplers, de eso iba Todos los grandes.

Unos meses después, en noviembre de 2011, Txalo presenta Trópico #2 en la galería Tienda Derecha de Barcelona. No pude asistir a la presentación pero sí pude ver el vídeo de la instalación. Un vídeo subtitulado De La Possibilitat d’estar a Tot Arreu (De la posibilidad de estar en todas partes). Un subtítulo que samplea el título de una pieza de Roger Bernat y Juan Navarro, cambiando imposibilidad por posibilidad. Trópico #2 es una de las piezas de vídeo que más me han conmovido en mucho tiempo. Es una pieza donde todas las imágenes proceden de cámaras de seguridad con direcciones IPs abiertas encontradas en internet durante un trabajo de campo (o una obsesión, según como se mire) que duró muchos meses. Algunas de las cámaras pueden incluso ser movidas a distancia. Txalo experimentó esto último, lo cual le trajo algunos quebradores de cabeza que tienen que ver con la moral y la ética. Os lo recomiendo. El vídeo dura 25 minutos. Tomáoslo con calma pero no dejéis de disfrutarlo.

A partir de ese momento seguirle la pista a este proyecto se me hace complicado. A pesar del blog Detalles de un proceso tropical, de su web personal Miprimerdrop y de su otro blog en Teatron, no hay mucha información disponible. Ni se puede ver online Trópico #3 De la imposibilidad que tiene la materia de resistir el contacto con la materia (estrenado en el CCCB en un antihomenaje a Nicanor Parra en mayo de 2012), ni Trópico #4 Europa ¿estarás aquí cuando me despierte? (¿o es Trópico #5?), ni Trópico #6 De la imposibilidad de estar en un solo sitio (que se presentó en la galería Miscelänea en noviembre de 2012). Me perdí todas estas presentaciones por estar fuera de Barcelona cuando ocurrieron. Hasta que llegamos a febrero de 2013 con Trópico #7 Barcelona. Desierto que se puede ver en la web de Mobile Views Barcelona, una exposición de piezas breves de videocreación sobre Barcelona que sólo se puede ver online y que está pensada para verse desde teléfonos móviles conectados a internet.

De Trópico #8 tampoco hay ni rastro. Pero de ahí pasamos a Trópico #9 Tierra Quemada, que toma la forma de una pieza escénica, un cambio de formato que Txalo siempre tuvo en mente (aunque yo siempre me pregunté por qué, por qué no le basta a Txalo con el formato audiovisual). Una pieza escénica en colaboración con Laida Azkona que debería haberse estrenado el verano pasado si no hubiese sido por un desgraciado accidente que sufrió Laida al ir a devolver la bici del Bicing un día antes de estrenar. Afortunadamente el accidente no tuvo mayores consecuencias y, por fin, este fin de semana Txalo y Laida estrenaron en el Antic Trópico #9, que comienza precisamente con Laida pedaleando sobre una bici del Bicing.

Vale, este post es larguísimo y todavía no he dicho ni una palabra sobre ese estreno pero es que lo primero que me viene a la cabeza sobre lo que vi en el Antic el sábado es que esta Tierra Quemada se titula Trópico #9 y eso significa que ya van 8 episodios anteriores. Aunque la pieza se puede ver sin conocer nada sobre este proyecto, durante la pieza pensé en cómo lo estaría viendo alguien que no supiese nada sobre Trópico, que no hubiese visto todos esos maravillosos vídeos, y pensé que, aunque, repito, se puede ver igual, no es lo mismo. Hay capas y capas que pueden convertir esta pieza en algo críptico pero, en cambio, a mí no me dio para nada esa impresión. Me dio la impresión de estar asistiendo a otro episodio más de una serie que comenzó hace ya tres años y que se ha ido cociendo a fuego lento. Es una pieza que quizá se regodee en cierta amargura, que quizá apele a cierta conciencia política de un público que no necesita que le recuerden nada de lo que se le intenta recordar porque lo tiene absolutamente presente sólo con cruzar una Via Laietana tomada por los antidisturbios con grave peligro para su integridad física (lo mismo que se le puede criticar al teatro de Rodrigo García, para que nos entendamos, a quien no van a ver los que votan a la PPSOEvergencia, que quizás son los únicos a quien podría tener sentido dirigir ese mensaje despierta-conciencias y no a los parroquianos ya previamente convencidos que aplauden desde el público), que seguramente no invente nada nuevo en cuanto a forma escénica (más bien bebe de muchas fuentes que seguramente son las mismas de las que he bebido yo, por eso seguramente ya no me sorprenden sino que las reconozco y reconozco su impecable factura). Pero, a diferencia de otras propuestas que estoy harto de ver, propuestas que van de sensibles y que me resultan falsas, impostadas, mentirosas, hipócritas y, a veces incluso, ejemplos deleznables de pornografía sentimental, Trópico #9 no me da grima aunque, si me paro a analizarlo fríamente, tiene todos los ingredientes para ser la típica propuesta escénica que, inevitablemente, a estas alturas, debería producirme grima. Y, en cambio, repito, no me da grima e incluso me emociona con ese espíritu incendiario, con cierta poética que parte de un imaginario y unos referentes que, en gran medida, comparto. Quizá me emocione porque Txalo y Laida consiguieron trasladarme en muchos momentos a algo así como un estado de identificación con lo que contemplaba. A pesar de todo. Porque todo es mucho más complejo que los titulares y los eslóganes a los que intentamos reducir la realidad a través de análisis más o menos burdos, para tratar de tranquilizarnos, simplificándola, pensando que así la dominamos porque nos creemos capaces de entenderla. Me refiero a mis propios titulares, a mis propios prejuicios ante ciertas actitudes en escena. Y esto me ha dado mucho que pensar en las últimas horas. Y creo que lo que pasa es que cuando Txalo Toloza Fernández se pone a crear es honesto consigo mismo y con los demás. Consigo mismo porque no intenta ser algo que no es. Y con los demás porque, a pesar de todos los trucos del vídeo y de la escena, dos armas que domina, no intenta engañar a nadie, se muestra como es, se rodea de quien le apetece (gente como ahora Laida Azkona) y dice lo que quiere decir en cada momento para fracasar mejor si es necesario. Y a mí me gusta que el arte sea eso: gente haciendo lo que siente sin pensar en a quién tiene que agradar. Pero, aunque intente aceptarlo todo, no me gusta todo el mundo. Y en un escenario, como en una cancha de baloncesto, parece mentira pero al final se acaba por conocer a las personas y por comunicarse con ellas de una manera que puede que no sea posible de otro modo. Y yo ayer, más allá de cualquier otra consideración estética o crítica (me excita mucho la actitud estética que propone Txalo), de cualquier hallazgo relacionado con esto (la música del tío de Bach, Johann Christoph) o con lo otro (Sebastián Acebedo), abandoné la sala con la sensación de haber disfrutado de un acto de comunicación íntimo y sincero. Quizá el repaso a la serie Trópico habría que haberlo escrito antes. Es una lástima que las gradas del Antic Teatre no estuviesen a rebosar de público (no sé muy bien por qué, porque me consta que Txalo es un creador estimado entre la comunidad que sigue este tipo de creación escénica). Es una lástima porque me parece que el estreno de Trópico #9 es algo relevante. A mí Rosas me la trae floja. Yo prefiero a Txalo Toloza.

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Notas que patinan #42: Lo de Job Ramos en el Nyamnyam se parece en algo a esto

Cuando la semana pasada mi chica y yo decidimos ir a pasar el miércoles a La Fageda d’en Jordà había detrás de esa decisión algunas motivaciones más a parte de seguir investigando las pistas que me he ido encontrando todos estos jueves de marzo en las intervenciones de Job Ramos en el Nyamnyam. Mi chica y yo quizá seamos más pobres que nunca pero una de las ventajas que aún conservamos es que nadie nos obliga a ponernos el despertador cinco días a la semana, de lunes a viernes, a levantarnos muy temprano y salir corriendo de casa muertos de sueño para encerrarnos en una oficina durante 8 horas al día, sujetos a un horario que no hemos elegido. Podemos estar puteados pero, de hecho, muchos de los culpables de nuestro puteo se obligan a sí mismos a levantarse por las mañanas corriendo para encerrarse en un despacho a fingir que trabajan en algo de suma importancia. Por mucho o poco poder que tengan en esta inquietante sociedad capitalista, no deja de ser curioso que la gran mayoría de ellos lleven una vida de desgraciados, currando encerrados todo el puto día, sin tiempo para disfrutar de la vida, en el caso de que alguno de ellos haya experimentado alguna vez, o recuerde aún lo que significa, disfrutar de la vida, sea lo que sea ese concepto vago y difuso. Disfrutar de la vida. El caso es que nosotros, puteados y pobres, tenemos aún la libertad de disponer de nuestro tiempo y de trasladarnos en el espacio a nuestro gusto. Podemos irnos un miércoles a La Fageda d’en Jordà mientras los jefes, igual que los esclavos, se quedan encerrados en sus jaulas siguiendo horarios monacales que están en el origen de este orden social capitalista. Nosotros podemos irnos a comer al Nyamnyam y pasar la tarde, a ver qué pasa. Una de las razones para irnos a pasear el miércoles por La Fageda d’en Jordà era disfrutar de la vida mientras aún sigamos vivos. Había otras razones: disfrutar de cierta soledad, del contacto con la naturaleza, de cierta libertad, estar tranquilos… Todo el bosque para nosotros. Pero tengo que confesar que había algo de venganza en escoger un día laborable en el que, previsiblemente, no nos íbamos a encontrar a nadie. Por eso, cuando llegamos al párking de La Fageda y vi un cartel que decía que había que pagar por las primeras cuatro horas, me entró el cabreo. No me jodas. Puto país de mierda. Hasta por respirar hay que pagar. Pero, a pesar de la amenaza del cartel, nadie vino a cobrarnos: no había nadie en el párking. Cuando salimos del coche nos pusimos a caminar en busca del bosque. Enseguida encontramos unos cartelitos que proponían unos itinerarios bien señalizados. Uno estaba indicado como el más largo, era circular, parecía que recorría todo el parque natural, la zona volcánica y todo eso, y duraba cuatro horas. No habíamos ido allí pensando en hacer una gran caminata, y menos por un itinerario propuesto, pero estábamos en un descampado, desorientados y, por empezar por algún sitio, comenzamos por ahí con la intención de que el camino nos condujese al bosque. Lo primero que te encuentras en ese camino es un homenaje a una gloria patria, Joan Maragall, un poeta que parece que es el culpable de que La Fageda d’en Jordà se haya convertido en un símbolo nacional, hecho que hasta hace unos días desconocía totalmente. Poco a poco, siguiendo las indicaciones de un camino perfectamente trazado, nos fuimos metiendo en ese bosque maravilloso. Pero mientras íbamos charlando animadamente… No, no, no. Mientras íbamos discutiendo, porque en realidad eso es lo que hacíamos: discutir. O sea, llegamos por fin al bosque idílico, con toda la movida de la venganza y la libertad, y lo que nos ponemos a hacer es lo que no hacemos ni en casa: discutir. Y además sobre una chorrada sin importancia. Y mientras, íbamos siguiendo las indicaciones del camino sin preguntarnos por qué seguíamos ese camino si, en realidad, ya habíamos llegado al bosque. Bueno, sí, creo que nos picaba la curiosidad porque el camino prometía pasar por un volcán y yo me perdí la excursión a los volcanes de Olot cuando iba al cole porque me puse enfermo. Así que era como recuperar esa excursión que siempre me dio mucha rabia haberme perdido. Y, como íbamos discutiendo acaloradamente, enseguida nos salimos del bosque y, de pronto, nos vemos en una carretera por donde pasan coches y llegamos a la famosa cooperativa, de la que te habla todo el mundo, en la que fabrican yogures. ¿Por qué todo el mundo te habla de si fuiste a ver la fábrica de los yogures? ¿Los llevarían allí de excursión con el colegio? Y yo preguntándome: ¿pero qué mierda es esta de una carretera con coches y una fábrica de yogures si yo lo que iba era a encontrarme con el bosque y la naturaleza? Pero, en vez de volvernos al bosque, seguimos el itinerario marcado y comenzamos a subir una montaña por un camino escarpado que parece una riera. Y ahí dejamos de discutir. Porque no teníamos aliento. Y cuando paramos para beber un poco de agua, miramos la vista a nuestras espaldas y ya no nos acordamos de por qué discutíamos. Y seguimos subiendo y subiendo y llegamos a una iglesia preciosa que está cerrada. Miramos dentro y, a pesar de que se ve casi todo, mi chica insiste en que le dé un euro para meterlo en una ranurita que promete luz e historia. Me niego pero ella me recuerda que a veces me ha dejado dinero para la máquina de tabaco, un vicio que ella no comparte, lo cual no es obstáculo para que me deje el dinero si no tengo suelto. Se lo dejo, lo mete por la ranura, se enciende una luz que no aporta nada y una voz a un volumen sobrenatural, que nos mete un susto de tres pares de cojones, comienza a contar la historia de la iglesia en catalán con un relato que no puede ser más pobre y que parece un anuncio. Y luego lo repite en castellano e inglés. Todo el valle se entera de esta mierda. Y sospecho que algún lugareño que viva en alguna de las masías que alcanza mi vista se estará partiendo el culo de nosotros. Con razón. Nos morimos de la risa. Seguimos el puto camino trazado. Subimos y subimos hasta llegar a lo alto del cráter que las indicaciones del camino anuncian como el más grande de los cráteres de todos los volcanes del Estado español. Bajamos hasta llegar al centro del cráter, donde hay una ermita. Miramos a nuestro alrededor y, sinceramente, nos parece un paraje desolador. Tanta expectativa para este bluff. Desayunamos hace muchas horas. Tenemos hambre y no nos apetece comer en este cráter tan feo. Hay que decidir. Seguimos caminando por el camino propuesto o, qué coño, nos volvemos para atrás. ¿Quién nos manda seguir por este camino? Nosotros no hemos venido a hacer ninguna ruta, lo que queríamos era estar en el bosque. Pero como la ruta es circular la única duda es si habremos sobrepasado ya la mitad del camino y, en ese caso, nos saldría más a cuenta seguir adelante que volver hacia atrás. Lo pensamos cinco minutos y coincidimos en que no vamos a tomar una decisión en términos de eficacia. Vamos a darnos la vuelta y que le den al camino. Vamos a buscar un sitio agradable donde extender el mantel que hemos traído y ponernos a comer y beber unos vasos de vino. Un prado de esos que hemos visto estaría bien. Pero a medida que nos acercamos a ellos nos damos cuenta de que el paso del camino a los prados no es sencillo. Los prados y el camino están separados por alambres electrificados (lo de que están electrificados me lo dijo Job ayer en el Nyamnyam). No es hasta la iglesia cuando encontramos un sitio agradable con buenas vistas y sin alambres. Allí comemos, bebemos y nos relajamos. Más tarde, cuando volvemos a adentrarnos en La Fageda, decidimos salirnos del camino. Por fin. Dejamos de caminar como locos. Contemplamos el bosque. Nos subimos a pequeñas colinas que parecen construidas con piedra volcánica en la que hunden sus raíces algunas hayas. Corremos, gritamos, nos besamos, hacemos bromas, nos reímos. Se va haciendo tarde. Volvemos a lo que creemos el camino. Las señales del camino no se corresponden con la dirección del párking donde aparcamos el coche. Y entonces nos damos cuenta de que nos hemos perdido. Y se está haciendo de noche. Y nos ponemos nerviosos. Pero luego se nos pasa. Y al final yo creo que hasta nos mola. Y nos da igual si no encontramos el coche y nos tenemos que quedar aquí a pasar la noche. En el bosque.

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Notas que patinan #41: Nada es lo que parece alrededor de una mesa

El jueves de la semana pasada salí de la intervención de Job Ramos en el Nyamnyam con tres objetos: dos libros de dos exposiciones realizadas en el desaparecido Espai Zer01 de Olot y unas albóndigas que sobraron de la comida cocinada por Iñaki Álvarez. He seguido alimentándome de estos tres objetos durante la siguiente semana. Cené las albóndigas esa misma noche. También comencé a leer los libros. El primer libro que me leí fue el libro de la exposición Un altre paradís sense clavegueram (Otro paraíso sin alcantarillado) de Job Ramos, del año 2008. El jueves pasado Job nos regaló uno a todos los presentes que aguantaron hasta que nos levantamos de la mesa. Los que se marcharon antes se quedaron sin libro. Al principio del libro aparece un póster con la frase germinal del proyecto: Antes de pensar, mover un árbol. Job es de Olot. Al lado de Olot, el bosque que le pilla más a mano es La Fageda d’en Jordà, un espectacular bosque de hayas que crece en la lava de un volcán del Parque Natural de la Zona Volcánica de La Garrotxa. Allí fue a coger un árbol para colocarlo en la sala de exposiciones.

Árbol de la Fageda d'en Jordà que Job Ramos metió en su exposición

La primera vez que oí hablar de La Fageda d’en Jordà fue cuando vi el videoclip del tema Fuig llop fuig llop fuig (Huye lobo huye lobo huye), uno de mis temas preferidos de Hidrogenesse. Una canción que aún me sigue emocionando. El videoclip está grabado en La Fageda d’en Jordà en el año 2007.

El segundo libro que me leí me lo dio Job durante la comida del pasado jueves. Me dijo: Este libro a ti te va a gustar. Era también el de una exposición del Espai Zer01 de Olot, en este caso de Iñaki Álvarez que, como Job, también es de Olot. El libro se titula Trucs que surten malament (Trucos que salen mal) y pertenece a una exposición del 2007 (el mismo año que fue grabado el tema de Hidrogenesse) que, si no me equivoco, se titulaba Una bofetada a tiempo es una victoria. El libro consiste en una colección de ideas acompañadas de una sugerencia de realización, aunque la mayoría de las realizaciones están en blanco, como invitando a que cada uno pase a la acción. Por ejemplo:

idea: hago esto porque puedo, quiero y me da la gana

En mi afán por seguir investigando todas las pistas que voy encontrando en estas intervenciones de Job en el Nyamnyam me di cuenta de que todo me conducía a Olot y, en concreto, a La Fageda d’en Jordà. Así que, empujado por esa invitación a la acción que yo al menos leí en el libro de Iñaki, un día antes de la siguiente intervención, el miércoles pasado, robé un coche y me fui para La Fageda d’en Jordà, a investigar. Encontré un bosque precioso, caminé por un volcán que tiene una ermita en su cráter y comí los víveres que transportaba en mi mochila junto a una iglesia románica con vistas a montañas y prados maravillosos. No fui solo. Mi chica me acompañó. Los dos abrazamos un árbol como homenaje al árbol raptado por Job.

Una chica abraza un árbol en La Fageda d'en Jordà

Cuando se acercaba la noche seguimos el camino y fuimos a parar a Santa Pau, un pueblo medieval que nos dejó absolutamente flipados, conocido por dar nombre a las mongetes de Santa Pau, mongetes que compro en La Boqueria desde hace años sin tener ni idea de la procedencia de su nombre. Allí, en la plaza, solos junto al enorme castillo de la baronía de Santa Pau, que está absolutamente cerrado, nos tomamos unas cervezas antes de emprender viaje de nuevo hacia Barcelona. Pero yo me fui pensando: ¿qué hace un castillo así, cerrado, en este pueblo medieval maravilloso donde parece que se haya parado el tiempo?

Santa Pau

Al día siguiente, en la tercera intervención de Job en el Nyamnyam todo seguía el ritual al que ya me voy acostumbrando. Hay algo tranquilizador en esa costumbre. Pero también hay algo inquietante y molesto. No mola mirar siempre la vida desde el mismo punto de vista. Por eso intenté cambiar cosas. Sin forzar nada pero, precisamente, sin someterme a la obligación de repetir cualquier acción pasada simplemente por el hecho de ser consciente de que esa acción tuvo lugar. Por ejemplo, no quise llevar las botas de escritor. La primavera estaba a punto de llegar. Hace ya demasiada calor para esas botas de invierno. Pero yo había dejado registro de que llevaba botas y eso se había convertido en un hecho destacado en la crónica de lo que sucedió el primer día, de manera que acabó afectando al segundo día de las intervenciones de Job. Esta vez no llevé botas. Pero dio igual. Al descalzarme para seguir las costumbres del Nyamnyam, Iñaki me hizo notar que llevaba los mismos calcetines que la semana pasada. La pisada sobre la harina seguía en el suelo, en la entrada. Y las flores caídas también. Y el cuadro al revés con la revista que sobresalía. A un tipo que traía el pan le dejaron pasar antes que a nosotros. Le vi con el pan esperando en la calle cuando entré en el edificio. Imaginé que sería el del pan y sonreí para mis adentros. Un instante después me avergoncé por hacer eso. En la mesa seguía el plato roto. Los primeros platos de ensaladas parecían idénticos. Las persianas de las ventanas componían una figura que no era ni la del primer día ni la del segundo. Había diapositivas junto a la ventana, pero eran otras.

Diapositivas en las ventanas del Nyamnyam

Me dijeron que, por favor, me sentara donde las otras veces. Otros comensales que repetían se sentaron también en los mismos sitios. El mensaje que aparecía en la pantalla del ordenador portátil que alguien había colocado en una esquina parecía contestar la pregunta del jueves anterior. Una chica pidió, por favor, si alguien tenía un cargador para su móvil, como la semana pasada. No registré este hecho la semana pasada. Es al repetirse cuando tomas consciencia de la acción. La repetición la hace más evidente y la señala. También Iñaki repitió algo al final de la presentación del primer plato. Dijo algo así como que en verano, cuando era niño, le gustaba comer naranjas. Algo idéntico o parecido a lo que dijo la semana pasada en ese mismo momento. Algo que registré en mis notas. Algo de lo que sospeché. Esas sospechas se confirman ahora. Pero me asalta la duda. Job lee mis notas. ¿Estará señalando algunas de las cosas que yo registro? Es evidente que estoy influyendo en la acción. Pienso en ello, y en cómo influye el observador en la realidad según la física cuántica, mientras como el segundo plato (lo mismo que la vez anterior, risotto con mizune) y esa sensación me disgusta. Quiero dejar de mirarlo todo con afán de registro. Me declaro en huelga. El tercer plato me sorprende. Es carne de cerdo. No tiene nada que ver con los dos días anteriores. Estoy esperando a que salga a escena el libro de César Aira editado por la editorial de los cartoneros. Pero paso de él, indiferente, para romper mi propia rutina. Pero llega a mis manos un libro sobre los creadores de esa editorial, con fotos de todos ellos. Hay tres que son los hermanos Ramos, el mismo apellido de Job, que yo comparto. Pero Job me contó la semana pasada (y esta vez vuelve a salir el tema) que ese apellido, en realidad, no es el que le correspondería llevar. Nada es lo que parece. En la mesa hay alguien muy excitado que ve ficción por todas partes. También hay alguien que piensa que no está pasando nada y se extraña de eso. Hoy también fumamos e invito yo, como las otras veces. Cuando he salido de casa me he dado cuenta de que no tenía tabaco. He pensado que sería buena idea no llevar, así otra persona tendría que poner los cigarrillos. Otro cambio más. Pero no he podido resistirme a la fuerza que me empujaba a comprar tabaco por el camino. Hablo con Iñaki sobre el risotto. Le digo que esta vez me ha encantado. La primera también, la segunda no me supo tan sabroso. Me confiesa que la segunda vez no llevaba mizune, aunque anunció el plato como si lo llevase. Hay capas y capas superpuestas. Es imposible pensar en términos de verdad o mentira. Realidad y ficción tampoco nos valen demasiado. Además, los actores se sinceran conmigo cada dos por tres, confesándome alguna impostura, resistiéndose a confesarla o fingiendo que se mueren de ganas de desvelarla. Ya no sé qué creer. Podrían estar tratando de intoxicarme para adulterar mis notas infiltrándose en ellas. Hoy me tengo que ir muy pronto pero Job se va antes que yo. Eso sí que no me lo esperaba. Iñaki y Ariadna, los amos del Nyamnyam, dicen que Job ha dicho que hoy ha salido mejor que nunca. Se va satisfecho.

Cuts don't work

Pero me dejo lo fundamental. Nada más llegar no he podido evitar comentar con Job e Iñaki que me leí sus libros y que el día anterior fui a La Fageda d’en Jordà empujado por mi afán de llevar esta investigación hasta el final. Sonríen pero no parecen darle demasiada importancia. ¿Como si ya estuviese previsto? ¿Qué son estos tipos? ¿Androides? Alguien le ha dicho hoy a uno de los comensales que, con su peinado, parecía un androide. El que parecía un adroide llevaba una especie de parche a la altura de la garganta. Cuando una chica le ha pedido explicaciones sobre el parche ha dado una excusa muy vaga. Es el mismo tío que se ha quedado en camiseta de tirantes en un punto de la mesa simétrico a donde se sentaba el tipo que se quedó en camiseta imperio el jueves anterior. Pero volvamos a mi conversación con Job. Cuando le hablo a Job de Santa Pau me dice que ese pueblo que parece tan bien conservado es una mentira. Que eso es lo que llaman proceso de carcasonización (supongo que vendrá de Carcassone, otro sitio que siempre quise conocer, ahora ya me da repelús). Que está todo perfectamente limpiado de detalles impuros. Que los vecinos del pueblo se quejaron en su momento, cuando la carcasonización, y decían cosas como ¿Qué pasa? ¿Que nuestro pueblo no es lo suficientemente bonito?. Y que lo de las mongetes de Santa Pau es totalmente mentira, que hasta los del pueblo lo dicen. Ah, y que el castillo abandonado, ese que yo propongo ocupar, es de la baronesa de Santa Pau. ¿Y que quién es la baronesa actual? Agatha Ruiz de la Prada. Así que ese castillo también es de Pedro Jota. Juro no creer de buenas a primeras lo que me dice Job. Es demasiado extravagante. Juro contrastar ese dato en cuanto llegue a casa. Y lo contrasto. Nada es lo que parece.

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Notas que patinan #40: Un grupo de gente alrededor de la misma mesa

Barcelona. Jueves, doce menos cuarto del mediodía. Creo ver a unos guiris haciendo cola para sacar dinero en el cajero que hay un poco más allá del Palau Güell, en Nou de la Rambla. Pero no, están haciendo cola para pillar ticket para entrar en ese siniestro palacio construido con el dinero ganado gracias al tráfico de esclavos africanos. Paso por delante y lanzo una mirada furtiva al hall del palacio, el sitio donde Jack Nicholson se encuentra por primera vez con Maria Schneider en la película The Passenger, dirigida por Antonioni en 1975. Siempre que paso por ahí me gusta recordar ese momento.

Saco dinero del cajero para hacer la compra. Cruzo las Ramblas, atravieso la Plaça Reial, el Carrer de la Lleona, Avinyó, Sant Miquel, Sant Jaume, Via Laietana y Argenteria. Compro café en El Magnífico, la mezcla de la casa. Entro en La Botifarreria de Santa Maria. Compro butifarras de calçots, butifarras de rovellons, croquetas de ceps, fuet de la casa y cap de senglar negro. Me siento en el banco de costumbre y dedico cinco minutos a mirar la bóveda y a escuchar. Salgo de ahí y me dirijo a la Plaça del Rei, bordeo la catedral y entro en el claustro. Tomo el sol durante diez minutos sentado en la piedra medieval, con mis botas pisando una tumba. Camino hasta las Ramblas de nuevo, cruzo por la calle Bonsuccés y entro en La italiana. Compro pasta fresca: raviolis de alcachofa, spaghetti de espinaca, taglietelle de sepia y chocolate de Benasque con 89% de cacao. Bajo en dirección a la Boqueria por Xuclà. Compro pan de payés en el Forn Boix. Al salir me topo con la pizarra de esa tienda que cada día escribe una cita diferente. Hoy toca una de Rubén Blades: El poder no corrompe, el poder desenmascara. Entro a la Boqueria por la Plaça de Sant Galdric, donde están los payeses por la mañana. Compro patatas, ajos tiernos, alcachofas, judías, pimientos, cebolla, brócoli, fresas, peras y manzanas. En los puestos de dentro compro pollo, huevos, aceitunas y congrio. Llego a casa. Coloco todo en la nevera. Son las dos menos cuarto, cojo la bici y, como el jueves de la semana pasada, salgo pitando hacia el Nyamnyam para la segunda sesión de la intervención de Job Ramos dentro del ciclo Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda. Pero esta vez voy con mi chica. Hubo un tiempo hace muchos años en que no sabía cómo llamar a mi chica. Por no decir mi novia decía mi compañera o mi pareja pero no sé qué era peor. Un día llegué a hablar de mi chica de entonces como la chica que duerme en mi cama. Creo que ese fue el punto de inflexión. Ahora, a mi chica la llamo mi chica. Alguna feminista se me ha enfadado por eso. No tiene nada que ver con una cuestión de género. Me he leído enterito el libro de la exposición Genealogías feministas en el arte español: 1960-2010. Estoy sensibilizado con el tema. Ella también me llama mi chico. Hemos llegado a un equilibrio.

Las vías del tren que pasan al lado del Nyamnyam

Mi chica y yo llegamos diez minutos tarde. Pasamos por encima de las vías del tren sin darnos ni cuenta. Cuando salimos del ascensor nos encontramos con el rellano de la escalera lleno de gente esperando. Esta vez algunos de ellos son conocidos. Nos saludamos y charlamos animadamente. La puerta del Nyamnyam está cerrada. Pero cuando llega alguien con una bici a cuestas, le abren. Y luego llega un chico con barras de pan y también entra. Comento con un amigo que estoy muerto de hambre. Elucubramos sobre por qué han dejado entrar a estas dos personas. Será porque traía el pan. Ya, pero ¿y la de la bici? Igual llevaba comida escondida en la mochila. Se abre la puerta. Hay que descalzarse al entrar. Pero mejor entrar un poco aunque pises la madera del suelo porque si no la gente se agolpa y no hay manera de entrar. Hinco la rodilla en el suelo para desatar los cordones de mis botas de escritor. Definitivamente estoy de nuevo en misión oficial. Esas botas hoy son de escritor aunque el sábado pasado fueron más bien botas de punk en el homenaje a Uri Caballero de los Surfin Sirles. Això no és un homenatge: és un ritual. Que no mori aquest sentiment. Que no mori l’Uri (Roger Pelàez dixit). No es el momento de hablar de ese concierto de más de siete horas y veintiún grupos pero es que no encuentro el momento ni las palabras para describir como se merece, y sin ensuciar, esa noche. Así que guardaré un silencio sagrado y ritual.

Pisada en el suelo del Nyamnyam

Al quitarme mis botas me doy de bruces con esa pisada sobre harina en el suelo y temo que sea la marca de una de mis botas. Pero la marca de la suela no coincide. Esto es cosa de Job. Pronto me doy cuenta de que hay más.

Movidas en el suelo del NyamnyamDiapositivas en el Nyamnyam

Esta vez estoy hipersensible a estos detalles. La mesa donde vamos a comer está dispuesta exactamente igual que el jueves pasado. Los frascos blancos siguen en la misma estantería. Las persianas dibujan la misma figura que la otra vez. Bueno, espera, no es la misma figura, es una figura simétrica. Quizá haya algún detalle en los frascos que tampoco sea el mismo. Hay un cuadro en el suelo puesto contra la pared. Detrás del cuadro sobresale una revista abierta por un reportaje en el que aparece el Nyamnyam. Hay un ordenador portátil con un mensaje en la pantalla. La semana pasada también pero no recuerdo el mensaje. Seguramente era otro pero no puedo asegurarlo.

Ordenador portátil con el mensaje Do cuts work en la pantalla

Me meto en el papel de detective. No soy capaz de recordar qué ropa vestía Job la semana pasada. Por comparar. Comienzo a investigar unos papeles colgados en la pared aunque seguramente no tengan nada que ver con el trabajo de Job. ¿O sí? Valcárcel Medina, repetir varias veces una acción… Podría ser.

Informe Valcárcel Medina colgado en el Nyamnyam

Debería relajarme. Los anfitriones me parecen más relajados que la semana pasada, pero a medias. Iñaki sí, a Ariadna la noto nerviosa. Me parece entender que hoy no vamos a comer antes de la acción. Pero lo entiendo mal. Nos piden que nos sentemos a la mesa. Ariadna me coge por el brazo y me conduce al mismo sitio donde me senté la semana pasada, en una esquina de la mesa. Job se sienta en el mismo sitio donde se sentó la otra vez. A parte de los anfitriones sólo veo a otra persona que repite y se sienta en el mismo lugar que la semana pasada. El plato roto sigue en medio de la mesa, exactamente en el mismo lugar. Las ensaladas de primer plato también me parecen idénticas. Y la olivada. Ariadna no puede sentarse a mi lado, como hizo la otra vez, porque a mi lado se sienta mi chica. Pero Ariadna se sienta a su lado. Iñaki presenta las ensaladas ante el silencio del respetable. Pienso que cuando pase un rato seguramente el silencio se volverá bullicio, como la vez anterior. Es cuestión de que la comida y la bebida hagan su efecto. Iñaki añade algo sobre que cuando era pequeño le gustaban las naranjas. Ese comentario me resulta inquietante. Como un toque poético fuera de lugar, algo impostado. ¿Cosas de Job? Tomo un poco de vino y me relajo. Voy a disfrutar de esta comida. No tengo ni siquiera porqué escribir sobre esto. Yo ya he cumplido mi parte del trato. No quiero ser prisionero del papel que el maquiavélico Job ha diseñado para mí o, peor, del papel que yo imagino que él ha diseñado para mí, porque Job y yo no hemos hablado de esto abiertamente. Voy a disfrutar de la comida. Aunque sea una comida repetición de la comida de la semana pasada. La disfruté mucho la semana pasada, así que me dispongo a volver a disfrutar. Iñaki presenta cada plato que se sirve. De segundo hay risotto con mizune, como la semana pasada. De tercero hay albóndigas. Espera, un momento, la semana pasada había burritos.

Risotto con mizuneAlbóndigas

Entre el risotto y las albóndigas me levanto a por más vino. Cojo una jarra vacía cerca de donde está Job y voy a la cocina a llenarla. El vino, del Montsant, como la otra vez, se pilla de unos garrafones. La semana pasada tuve que preguntar cómo funcionaba el dosificador. Esta vez ya sé cómo va. El silencio del principio se ha convertido en charla animada y risas. Cuando vuelvo me reclaman que devuelva la jarra que acabo de llenar. Ya estamos en confianza. Devuelvo la jarra, pillo otra y me voy a por más. Luego, como la semana pasada, voy al lavabo. Y soy consciente de que estoy repitiendo la misma acción. Por eso, al mirar por la ventana, recuerdo que la semana pasada tuve la tentación de tomar una foto de las vías del tren con mi móvil. No la tomé. Pero esta vez sí que la tomo. Me siento atrapado en el tiempo. Ya nada es natural. Pero sólo para mí y quizá para esa chica que ha repetido también. Y para Job y los anfitriones del Nyamnyam. Y para otro chico que ha llegado cuando ya todo había comenzado pero que se ha sentado en el mismo sitio que la otra vez. Y quizá otro chico más, no estoy seguro. Para el resto de comensales (somos 18, creo) es su primera vez. El plato roto se está desintegrando. La semana pasada nadie lo tocó en toda la comida.

Plato rotoPlato roto

Vuelve a aparecer en la mesa la maravillosa edición del libro de César Aira. Ahora ya no sé si aparece en escena porque estaba previsto así desde el principio o porque Job ha decidido reproducir lo que pasó en la comida anterior. Por casualidad no me lo creo: sería demasiada casualidad. En cualquier caso lo vuelvo a coger y lo ojeo. Pienso que, si vuelvo al Nyamnyam en las dos sesiones que quedan este mes y cada vez leo unas páginas, al final me lo acabaré. Pero no puedo resistir la tentación de comenzar desde el principio y, como la semana pasada, no consigo pasar de la página 6. Por más que lo intento, cuando estoy a punto de pasar de página, alguien me habla o llega el postre (tarta tatin, como la vez anterior) y no puedo continuar.

El todo que surca la nadaPágina 6 del libro El todo que surca la nada de César Aira

Esta vez aún es más tarde, las cuatro y media o así, cuando los primeros comensales comienzan a marcharse. Y entonces Job dice que va a coger el ordenador y que va a enseñarnos cosas. Se hace el silencio. Pero el ordenador no tiene batería. Aquí me falla la memoria. Quizá esta vez haya bebido demasiado vino. No he dicho que no ni una vez cuando me lo han ofrecido. Como si saliésemos de la ficción para entrar en el comentario de la acción, prácticamente he borrado de mi memoria lo que dijo Job. Sólo recuerdo que Job cuenta que hay alguien que tiene (o tenía) la misión de anotar lo que está pasando. Pero que la semana pasada, a esta persona le hicieron creer… no me acuerdo, ¿que había alguien más? Es como si me hubiesen drogado. No recuerdo este punto. Aunque precisamente me interesa bastante. Una chica dice que ella se enteró de esta intervención porque leyó desde su móvil un relato en internet de lo que aquí había sucedido. No recuerda dónde pero dice que una vez comenzó no podía parar de leer. Job le dice que eso lo escribí yo. Momento raro. Como un careo. La chica dice que el texto le recordó mucho al estilo de un escritor pero no quiere decir su nombre. Me dice que luego me dirá qué escritor es, si le prometo no decírselo a Job. ¿Por qué no voy a decírselo a Job? Le digo que si me lo dice yo se lo diré a Job. Todo esto lo hablamos con todos los comensales sentados en la mesa (con los que quedan). Más tarde, en privado, la chica me da el nombre, a mí y a Job: Alejandro Zambra. No lo conozco. Por la noche lo busco y leo algún artículo que encuentro en su web. Me parece interesante. Intento releer el texto que escribí sobre la sesión anterior intentando buscar coincidencias con el estilo de Zambra. Me parece excesivo. Dejo el asunto. Pero volvamos a la sobremesa del Nyamnyam. Job desvela más cosas. Me recuerda a las novelas policíacas o a los episodios de Magnum en el que al final se desvelan todos los detalles. Esta chica que ha hablado, por ejemplo, tenía la misión de que en la mesa siempre hubiese vino. El chico que dejaron pasar en la puerta tenía que traer pan porque se lo pidió él. La chica de la bici también trajo pan pero porque el chico tuvo problemas y parecía que no iba a poder venir, aunque al final vino. Habían quedado que Iñaki y Ariadna no dirían o no harían ciertas cosas. Pero las han hecho o las han dicho. Incluso Job también ha hecho algo que dijo que no iba a hacer. ¿Dar explicaciones, quizás? No sé, ya digo que no me acuerdo muy bien. Me parece que todos estamos muy animados. El sol entra por las ventanas, como la semana pasada, pero hace más calor. Muchos nos hemos sacado los jerséis y estamos en camiseta de manga corta. Ah, sí, ahora recuerdo. Job nos reparte unos libros que son un catálogo de su exposición Un altre paradís sense clavegueram. La expuso en el desaparecido Espai Zer01 de Olot, en 2008. En esa exposición metió un árbol en la sala de exposiciones. Nos muestra una de las fotos del libro, en la que el árbol está ya dentro pero todo está a medio acabar. Y nos pide que lo importante de hoy es que nos quedemos con esa imagen. Y nos cuenta cosas sobre esa exposición y sobre estos catálogos que nos ha repartido, que dormían en el Nyamnyam desde hace tiempo. Es decir, no lo traía preparado. Esto se lo ha sacado de la manga justo antes de que llegásemos. En fin, la gente comienza a marcharse pero muy lentamente. Iñaki me dice que tiene una reunión a las cinco y media. Nos levantamos, fumamos en el rellano de la escalera, con Job. Alguien prepara café. Yo hoy no he recogido ni un plato, la semana pasada sí. Tengo mala conciencia. Hablamos sobre lo que pasó la semana pasada y esta especie de repetición. De cómo se comienzan a superponer capas, de cómo el texto que escribí es otra capa que comienza a modificar también la acción. Job dice que esta vez estaba más tranquilo y eso no le gusta. Que esta vez ha salido peor. Que no ha conseguido poner nerviosos a Iñaki y Ariadna. Se lo discuto. Me habla de Synecdoche, New York, una peli en la que el protagonista construye una réplica de la ciudad de Nueva York en el trastero de su casa para su obra de teatro. Y de cómo, curiosamente, se ha acusado a esta película de ser un plagio de un libro cuyo título, perdonadme, no recuerdo. Son las seis y pico. Le pregunto a Iñaki sobre la reunión que tenía a las cinco y media. Ya acabó, la tuvo en una habitación. Realmente llevamos mucho rato aquí. Job pregunta si hemos visto La mélaconlie des dragons de Philipe Quesne. Le dediqué un pequeño post hace cinco años. Lo releo ahora, sobre todo los comentarios, y me parece que tiene mucha relación con esta intervención de Job en el Nyamnyam. Hablamos de Rodrigo García. Job me pide nombres de gente interesante de la escena, de ahora. Le doy algunos que se me ocurren a bote pronto. Job comienza a contar anécdotas. Nos habla del origen de su apellido, que comparto con él, de su familia. Nos habla de que conoció a un operador de cámara catalán que trabajó con Herzog. Y de un vídeo que Job hizo basado en el inicio de una peli de Herzog en la que trabajó el cámara: Aguirre, la cólera de Dios. Y abre el ordenador y nos enseña su vídeo.

En esto de Job es muy diferente si te quedas un rato o te quedas hasta el final. Los que tenían prisa han disfrutado de una comida excelente. Los que se han quedado más tiempo han descubierto ciertas claves en la sobremesa y se han llevado un libro. Los últimos han tenido la oportunidad de charlar, de darle vueltas a lo sucedido, de escuchar otras historias y hasta de ver un vídeo. Es muy tarde. Más de las siete de la tarde. Ya no queda nadie. Bueno, sí, un ser minúsculo que se está probando mis botas. Las recupero, nos despedimos y mi chica y yo nos vamos a dar un paseo en bici por la playa, que está a cinco minutos. El jueves que viene volveré.

Un ser minúsculo probándose mis botas

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Notas que patinan #39: Un grupo de gente alrededor de una mesa

Jueves, una y media de la tarde. Estoy acabando de regar el jardín. Miro el reloj. Se me hace tarde. Me pongo mis botas de skinhead (no) punk (de espíritu, a veces) ¡escritor? (eso dice la wikipedia española). Me pongo mis botas de imitación de escritor (las originales son demasiado caras -aunque si aguantan veinte años quizá no lo sean tanto-). Imitación de escritor me parece muy apropiado. Pillo la bici y bajo a la calle. Mientras cruzo las Ramblas pienso en que mi bici lleva más de quince años llevándome a sitios interesantes. Son muchos años. Mientras atravieso Sant Jaume me invade un sentimiento de profundo agradecimiento hacia mi bici. Principios de marzo, la primavera ya casi se huele. Cruzo la Via Laietana, una calle que sólo me resulta agradable cuando bajo por ella en medio de una manifestación. Una calle con cinco carriles para los coches no es una calle, es una autopista.

Stop pujades

Atravieso Bòria, Plaça de la Llana, Carders y Corders. Me desvío de la ruta que te recomendaría alguien como Google Maps para bajar por Allada Vermell y pillar Princesa en dirección a la entrada del Parc de la Ciutadella. Siempre que tengo la oportunidad me gusta cruzar la Ciutadella. Aunque tenga que dar un rodeo. Me pasa lo mismo con los jardines de Rubió i Lluch, donde la Biblioteca de Catalunya. Antes de entrar en la Ciutadella pienso en qué se podría convertir el Mercat de les Flors en una Barcelona ucrónica. Barajo la posibilidad de prenderle fuego al edificio como en otros tiempos se quemaban iglesias. Me saco el móvil del bolsillo y me envío un mail a mí mismo para acordarme de esta idea. Recuerdo que llevo más años haciendo eso que montando en mi vieja bici. No recuerdo si empecé antes o después de ver Memento. Atravieso el parque en bici. Recuerdo la época en la que lo atravesaba cuatro veces al día para ir de casa a la oficina. La época en la que trabaja para el mal, en Matrix. Bajo por una rampa que antes no existía. Voy a subir por una rampa no oficial, lo que se conoce por un caminito del deseo, pero justo antes de subir me rajo por miedo a pegarme una hostia. Pienso que hace unos años no me hubiese rajado. Pero luego me acuerdo de una gran hostia que me di a pocos metros de ahí. Una hostia que partió el cuadro de la bici en dos. Mi bici agradece que dé un rodeo. Salgo del parque, pongo rumbo a Poblenou y antes de que me dé cuenta estoy delante de la puerta del edificio donde se encuentra el Nyamnyam. Ato la bici a un árbol (algo ilegal en Barcelona, como casi todo lo que se puede hacer en la vía pública) y entro en este edificio semi-industrial al lado de las vías del tren. Ahora que lo pienso voy a ver algo de un ciclo que lleva por título Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda. Además, una vez sales de lo que podríamos llamar las murallas de Barcelona la vigilancia policial se relaja. No hay nada que temer por cómo he aparcado la bici. Pienso en cómo de adiestrados estamos. Las dos menos cinco. Subo en el ascensor con dos chicas que van al mismo sitio que yo. Llevo toda la mañana sin hablar con nadie. Cuando me preguntan a qué piso voy, me corto un poco porque sé que ellas y yo vamos a comer juntos, seguramente en la misma mesa. Lo deduzco del título de la sesión: Un grup de gent al voltant d’una taula. En el sexto piso hay más gente esperando. La puerta del Nyamnyam está cerrada. Pregunto si están esperando para entrar al Nyamnyam. Otra chica me dice que sí. Era evidente, Rubén. No nos hacen esperar apenas. Al entrar hay que descalzarse. Es por el suelo de madera. Yo ya lo sabía porque no es la primera vez que estoy aquí. Me despojo de mis botas imitación de escritor. Eso lleva su tiempo. Levanto la mirada y saludo a Ariadna Rodríguez e Iñaki Álvarez, los amos y habitantes del Nyamnyam. Miro un poco más allá y veo a Job Ramos, el artista invitado, a quien conocí en la primera sesión de este ciclo, en enero. Él entonces era público, la artista entonces era Anne Lise le Gac. Saludo a Job. Me dice que él no es Job, que Job es ese que está ahí. Lo siento. Bueno, me presento entonces. Ahora que me han dicho quién es Job me acuerdo perfectamente de Job. Me da la impresión de que Ariadna e Iñaki, los anfitriones, están nerviosos. Busco a Iñaki para hablar con alguien conocido. Iñaki se ocupa de los fogones, de la comida. Me dice que han sufrido pero que está todo a punto. La mesa está puesta en medio del espacio. Una gran mesa, con mantel de cuadros. Hay agua y vino tinto en jarritas.

Mesa del Nyanmnyam

Ariadna nos dice que esta vez se comerá primero. No es lo acostumbrado. Pero no nos decidimos a sentarnos. Me doy un paseo por el espacio. Chafardeo lo que ha cocinado Iñaki: veo un risotto. Me fijo en un diagrama enorme dibujado con lápiz en la pared. Me doy cuenta de que pertenece a la intervención del mes pasado, la de Aimar Pérez Galí: Fermentatione Communitas: Todo lo que me gusta es relacional, multifocal o engorda. Me entretengo explorando todo el diagrama. Paso varias veces por encima de cada detalle porque estoy algo incómodo, no sé dónde colocarme ni qué hacer. Entonces una chica me saluda. Me suena mucho su cara pero no consigo identificarla. Ese tipo de situación. Dudo por un momento si fingir que sé quién es pero rápidamente me decanto por confesar que no me acuerdo, disculpándome mucho. Me recuerda que nos conocimos en la fiesta de presentación de Teatron.Tinta. Que en esa fiesta yo cantaba. Rebobino todo lo rápido que me permite mi cerebro para asegurarme de que no tengo nada de lo que avergonzarme por aquella actuación. No consigo convencerme de que esto sea así. Ella me dice que se leyó mi libro. Pienso en las botas de escritor. Pienso en que he ido al Nyamnyam para escribir sobre lo que voy a ver. Me avergüenzo de nuevo por ir llamando tanto la atención y molestando a la gente. El libro le gustó. Menos mal. Me pregunta si no voy a escribir la continuación. Yo no he venido aquí para hablar de mi libro pero le doy todo tipo de detalles y explicaciones. A su acompañante también le gustó el libro. Ah, viene con acompañante. Nos llaman para comer. La gente ya se ha sentado. Su acompañante tiene sólo una silla vacía a su lado. La de ella, claro. Había encontrado una amiga con la que hablar. Eso lo hacía todo más fácil. Pero ahora me tengo que buscar la vida. Somos una docena de personas, más o menos. Me siento en el único hueco que encuentro, en la esquina de esa gran mesa cuadrada. Iñaki presenta los primeros platos: unas ensaladas y una olivada. La olivada ya la probé otro día y sé que va a estar buenísima. Todo está buenísimo en el Nyamnyam. Esto es así. A mi izquierda hay un asiento vacío pero a continuación hay otra chica francesa que parece entrenada en este tipo de situaciones. Es decir, me da conversación. Me pregunta si vivo por aquí cerca. Le cuento de dónde vengo y ella me cuenta de dónde viene ella y a qué se dedica mientras nos abalanzamos sobre las bandejas y nos vamos sirviendo comida, agua y vino. Ariadna se sienta a mi lado con su hija de poco más de un año. Cuando se acaba el primer plato todos estamos mucho más relajados, la mayoría hemos bebido vino del Montsant y charlamos animadamente, como si ya nos conociésemos de toda la vida. Se retiran los platos y se sirve un risotto con mizune, que es una hierba parecida a la rúcula. Cuando llego a casa, descubro que es de origen asiático, china o japonesa. Me intereso por la planta e Iñaki me da una hoja. Me la como cruda, tiene un sabor fresco, refrescante. El sol entra en el espacio por las ventanas que dan a la vía del tren. Las ventanas están abiertas, no hace nada de frío. Se está muy a gusto. Me acerco a la cocina para rellenar la jarra de vino. El siguiente plato son dos burritos hechos con una tortilla que traen de México. A esas alturas me doy cuenta de que pasan ya de las tres de la tarde. La acción estaba prevista que acabase a las tres. Me levanto para ayudar a recoger los platos de los comensales antes de que se sirva el postre: tarta tatin. Miro a Job. El tipo está a su rollo, tranquilamente, no parece inmutarse lo más mínimo por el hecho de que sea tan tarde y que aquí no haya pasado nada. ¿Pero no ha pasado nada? Lo comento con mi ya amiga francesa. Me hace observar que hay un plato con ensalada roto en mitad de la mesa desde que nos hemos sentado a comer. Aunque ya hemos llegado al postre nadie lo ha tocado todavía.

Plato roto

Eso me hace sospechar que quizá haya otros detalles que me estoy perdiendo. Lo hablo con Ariadna. Ella me dice que han corrido la voz de que hay alguien que está tomando nota de todo lo que está pasando. También me dice algo así como que habían pensado en hacerme creer que yo soy esa persona. ¿Pero qué quiere decir eso exactamente? Yo he venido con esa secreta misión. Por eso me he puesto las botas de imitación de escritor. ¿Pero hay alguien más? Me da la oportunidad de contármelo pero le digo que preferiría no saberlo. Son las cuatro y Job tan tranquilo. Noto que Ariadna tiene ganas de confesarme cosas pero evito esa situación. Ella también se reprime. Le digo que me he dado cuenta del plato roto. Me dice que hay más detalles ocultos. No sabe si hablar. No quiero que ella me los descubra. No sé quién me dice que le preguntaron a Job si le daba igual que esos detalles ocultos no los descubriese nadie. Creo recordar que la respuesta de Job fue que eso sería perfecto. Son las cuatro y veinte. Parece que nadie tiene prisa. Pero no, las chicas que subieron conmigo en el ascensor deciden irse. Y entonces alguien le señala a Job este hecho y le pregunta que si no cree llegado el momento de mover ficha. O algo así. En realidad yo también estoy muy relajado y aunque se supone que estoy anotándolo todo mentalmente no es verdad. Pero un momento. Yo no venía con ese objetivo. Me estoy comenzando a meter en un personaje que yo no he elegido. Pero ya es tarde. Comienzo a mirar cualquier detalle del espacio con lupa. Ariadna me enseña un libro chulísimo de una editorial de Buenos Aires encuadernado con cartones recogidos de la calle. El libro es de César Aira cuando nadie conocía a César Aira y César Aira era un tipo como nosotros. Eso me dice Iñaki. Ojeo el libro. Leo un pasaje en el que el narrador cuenta cómo observa a la gente como un escritor. Me río.

Frascos blancos

No le quito el ojo a Job. Job se levanta, intercepta a las chicas y parece que comienza a darles algunas explicaciones. Pero yo no me levanto. Las chicas, que parecía que se iban, se vuelven a sentar en la mesa, junto a la chica que me habló de mi libro, su compañero y Job, que se saca un portátil de la manga y lo abre mientras habla con toda esta gente. Es demasiado para mí. Me levanto y, disimuladamente, con la copa de vino en la mano me coloco detrás de ese público a una distancia prudencial. Y afino el oído. Desgraciadamente he llegado demasiado tarde. Me he perdido el principio, no sé de qué hablan y no escucho muy bien. Mientras Job les muestra un vídeo en el que se ven unas pistas de atletismo rodeadas de árboles que, en realidad, son sólo unas fotografías que sostiene una mano delante de la cámara para luego mostrar el verdadero paisaje (o algo así porque no me estoy enterando de nada), oigo que Job les dice que él va a hacer la voz en off del vídeo, que en realidad, según él, es muy interesante. Pero la chica a quien invita a que se acerque a escuchar el audio del vídeo declina su invitación. Ya no lo resisto más y me acerco y miro descaradamente, aunque permanezco detrás del público a quien se dirige Job. Y entonces oigo que Job dice que él ha decidido no hacer absolutamente nada. Que su idea inicial era que el público fuese el mismo durante los cuatro jueves que dura su intervención pero que los organizadores le dijeron que eso era prácticamente imposible. La idea era que el primer jueves la gente comiese a su rollo y alguien anotase todo lo que pasaba. No me acuerdo qué es lo que tenía que pasar el segundo y el tercer día pero todo tenía que ir desembocando en una jornada final en la que todos los movimientos de los comensales estuviesen absolutamente coreografiados para reproducir esa primera comida con la ayuda de uno o varios apuntadores. Y que abandonada esa idea por sugerencia de los anfitriones, que sí, que ha hecho micro-instalaciones invisibles (como llenar una estantería de botes de color blanco o colocar de una determinada manera las cortinas) pero que sólo lo ha hecho para tranquilizar a los organizadores. Para mantenerlos entretenidos y ocupados durante la preparación de la intervención. Que eso ya es hacer mucho, que le ha dado mucho trabajo. Que cómo vas a intervenir la comida de Iñaki, que es un tipo que cocina asi de bien (y con una materia prima excelente, añadiría yo). Y que no cree que nadie del público que ha venido tenga queja porque ¿dónde comes así, en Barna, y con este ambiente, por 12 euros?. Y el tipo nos suelta que espera que pueda ir a peor, que espera que el proximo día pueda ser todo un poco menos intenso. Salimos al rellano descalzos. Noto el suelo algo frío. Me fumo un cigarro con Job, Iñaki y algunos comensales más. Entro de nuevo. Me pongo las botas de imitación de escritor. Me despido de los pocos que quedan. Bajo en el ascensor industrial. Pillo la bici y me voy.

Cortinas del Nyamnyam

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Notas que patinan #38: Cris Blanco en el CA2M

Como os decía en mi anterior post (lo prometido es deuda), el día de San Valentín fui al Centro de Arte 2 de Mayo (CA2M) de Móstoles para ver la presentación de Cris Blanco en el ciclo ACENTO. ACENTO consistió en tres días de presentaciones públicas a cargo de los artistas que el año pasado obtuvieron las residencias que ofrecían conjuntamente La Casa Encendida y el CA2M para apoyar la creación dentro del campo de la danza y el trabajo con el cuerpo. Esta era la imagen promocional (extraída del proyecto Elpid’arc, de Elpida Orfanidou y Juan Perno).

Acento

El objetivo era que los artistas hablaran o mostraran algo del trabajo desarrollado en esas residencias. En algunos casos ese trabajo ha desembocado ya en una pieza y en otros aún se está desarrollando. O sea que, a lo bruto, asistiendo a un par de días de presentaciones (en total fueron tres) me descubrí haciéndome preguntas como esta: ¿podríamos decir que toda la movida de revalorización de los procesos creativos, todo eso que llevamos una década más o menos llamando el proceso, ha llegado ya por fin a las instituciones? Y no sólo eso. En mi brutez, leyendo el texto de la página web de La Casa Encendida (que dice así: En estos días ambas instituciones quieren poner el acento en la reflexión que parte de la propia producción artística a través del cuerpo, entendiendo este como cuerpo social, como una construcción política productora de saberes desde lo sensible) pensé: ¿será posible que esta manera de expresar estos conceptos ya sea oficial? Pues parece que así es, señoras y señores. ¿Y qué pasa? Pues no pasa nada, que lo que antes íbamos a ver en los sitios más undergrounds, para escándalo de algunos, ahora lo vemos en edificios con buena calefacción y cómodas butacas, seguramente para escándalo de otros. De hecho, da que pensar porque el dinero con el que algunas estructuras independientes de la Península Ibérica apoyaban a los creadores hace unos años me temo que es bastante similar, si no superior, al que disponen actualmente los gestores de estos programas en instituciones como La Casa Encendida o el CA2M para dar este tipo de residencias a los creadores actuales. He oído que a las nuevas convocatorias de residencia para el año 2014 se presentaron más de 300 proyectos, de los cuales han sido elegidos únicamente ocho: los de Tania Arias, Esther Arribas, Tamara Ascanio, Ben Evans, Nilo Gallego, Oriol Nogues, Emilio Tomé y PLAYdramaturgia con Jorge Anguita. Dadas las circunstancias, los responsables de esos ocho proyectos se habrán puesto muy contentos. Aunque, aproximémonos un poco más. La dotación económica es de 2.000 € con impuestos incluidos. Eso quiere decir que si estás en el régimen de autónomos te quedan 1.653 € después de quitarle el IVA y 1.305 € después de restarle la retención del IRPF, a lo que habría que descontar la cuota de autónomos de la seguridad social (si sólo pagas un mes son 261 €). Te quedan 1.044 € limpios (a no ser que pagues más meses de seguridad social, que sería lo suyo en condiciones normales si vas a trabajar más de un mes). Y sin contar gastos de material o viajes y alojamiento, en el caso de que no vivas en Madrid. Y si sois más de uno en el proyecto pues habrá que dividir ese dinero. Dada la escasez actual, por supuesto, es para ponerse muy contentos. Al menos tienes un espacio para trabajar. Pero después de hacer las cuentas también puede ser que te dé por ponerte a llorar. Incluso es probable que rías y llores al mismo tiempo. También es triste descubrirse pensando que estas residencias deberían ser para gente que empieza. Muchos de los nombres de los elegidos ya tienen una edad y una trayectoria que, en otras circunstancias, en mi opinión, no deberían necesitar presentarse a este tipo de convocatorias. Pero, una vez más, estamos donde estamos.

Otra hipótesis sobre el agitador Vórtex.

Pero yo iba a hablaros de la presentación de Cris Blanco: Otra Hipótesis del Agitador Vórtex. Cris está trabajando en su próxima pieza escénica, que se llamará El Agitador Vórtex. En octubre, en los Apuntes en sucio de Pradillo, pudimos ver un primer acercamiento escénico, La Hipótesis del Agitador Vórtex, montado en dos semanas. En el CA2M, Cris optó por una charla con mesa, ordenador y pantalla gigante, al estilo de su Ciencia ficción (que, por cierto, llenó unos días antes La Pedrera de Barcelona dentro del ciclo Noves escenes noves mirades). El set en el CA2M tenía más o menos este aspecto.

Cris Blanco antes de la presentación de Otra Hipótesis del Agitador Vórtex

Para quien no sepa aún de qué va el proyecto de Cris, para empezar el agitador Vórtex es un aparato utilizado en los laboratorios para mezclar líquidos. Partiendo de ese cacharro y del Animalario Universal del profesor Revillod, de Miguel Murugarren y Javier Sáez, Cris decidió hacer un juego para saber con qué tipo de formato y contenido le gustaría trabajar. Ese juego, como nos contó ella misma, derivó en fantasear con crear diferentes criaturas escénicas mezclando géneros y formatos teatrales y cinematográficos, intentando así mezclas imposibles como una zarzuela / de suspense / con artes marciales, una performance conceptual / de acción / en verso, un espectáculo de revista / futurista / con trucos de magia o un vodevil / época guerra civil / con danza contemporánea. Para que nos entendamos, partiendo del citado animalario (esto de aquí abajo sería un ejemplo del tipo de bestia que podría construirse con él)…

…llegaríamos a esto (la imagen es un collage realizado por Cris Blanco).

Como podéis comprobar en esta imagen, ese libro, el animalario, sigue ahí, como libro de cabecera, sobre la mesa de Cris (a la derecha, debajo del foco).

Aspecto que tenía la mesa de Cris Blanco antes de la presentación de Otra Hipótesis del Agitador Vórtex

Pero la idea de Cris parece que ahora se va concretando en algo parecido a realizar una película en directo y en escena. Una película que sea una remezcla de géneros. Para empezar la charla, Cris mostró el vídeo estilo peli de zombies que preparó para el inicio de los apuntes de Pradillo, en el que, en un plano subjetivo, veíamos el brazo de un zombi que se acercaba a Pradillo desde la calle y acababa entrando en la misma sala donde se encontraba el público. A continuación mostró trozos del registro en vídeo de aquella presentación escénica, como la espectacular entrada de Cris haciendo acrobacias vestida de superheroína o el duelo de esgrima con un espadachín que saltó al escenario desde el público para atacarle (la versatilidad de Cris Blanco nunca dejará de sorprendernos). Pero una vez puestos al día sobre el episodio anterior, el de Pradillo, Cris se centró en esas nuevas ideas en las que trabaja ahora, más enfocadas a la realización de cine en directo. Y, metida ya en materia, nos contó su fascinación por las películas suecadas, el subgénero que se ha generado a partir de la película Rebobine por favor de Gondry. En esa película los personajes se ven obligados a sustituir las cintas de las películas del videoclub donde trabajan por versiones caseras de esas mismas películas rodadas por ellos mismos con sus propios medios.

En esa línea, Cris nos enseño proyectos en los que se está inspirando, como esta versión de Spiderman. En el vídeo podéis ver la versión original junto a la copia casera.

También nombró esta escena de Matrix, que a mí me parece aún más espectacular.

Y entonces nos contó cómo está aprendiendo los rudimentos de la realización cinematográfica a través de tutoriales colgados en Youtube y nos mostró un par de trucos que ha ido aprendido. Por ejemplo, subiéndose a un mueble a una distancia de un metro del suelo y con la ayuda de una maqueta casera construída por ella misma y las imágenes que recogía una cámara de vídeo, que el público veía en una pantalla gigante, consiguió que sintiésemos el vértigo de acercarse a la cornisa de un edificio como si se fuese a lanzar al vacío sobre la calle de una ciudad cualquiera. También vimos cómo Batman la sostenía en el aire desde esa misma cornisa amenazándola con arrojarla al vacío. Realmente lo vimos.

Imagen de una maqueta en Otra Hipótesis del Agitador Vórtex de Cris Blanco

Conseguido el objetivo de transmitir al público esa ilusión, la problemática que Cris compartió con el público fue la del tedioso tiempo de espera necesario para preparar los elementos de la siguiente escena. Para solucionar este pequeño problema, Cris ha ideado unas gafas especiales, al estilo de las gafas 3D, para que el público vea su espectáculo. Se trataría de unas gafas negras y opacas que el público debería ponerse en esos intervalos de montaje y quitarse cuando se produzca la acción. Cris ha pensado ya el diseño de las gafas. Sería algo así.

Gafas que ha previsto Cris Blanco para el futuro espectáculo El Agitador Vórtex

Para acabar, Cris nos mostró unos emocionantes títulos de crédito caseros realizados en directo cuyo procedimiento no desvelaré por mantener algo del misterio del camino que pueda tomar en el futuro este maravilloso proyecto en el que, Cris Blanco, una vez más, partiendo de objetos cotidianos, cultura pop, trucos a la vista y detalles aparentemente insignificantes, abre las mentes de los que la seguimos para mostrarnos algo así como la magia de lo que nos rodea e invitarnos a que nosotros mismos abramos las puertas de nuestra percepción acompañándola para cruzar al otro lado. Y sin utilizar drogas, que tiene su mérito. Yo lo veo así. Permitidme que me ponga metafísico. Está previsto que El agitador Vórtex se estrene en septiembre. Lo seguiremos de cerca.

Pero no quisiera acabar esta larga nota sin hablaros de la sesión del miércoles 19 de febrero de Pero…¿esto es arte?, dentro de las actividades de la Universidad Popular del CA2M. Una sesión conducida por la maravillosa Vito Gil-Delgado, educadora del CA2M, en la que también intervino Cris Blanco y a la que tuve el inmenso placer de asistir hasta un punto de emoción que confieso no haber sentido en un contexto similar en mucho tiempo.

Vito cuenta muy bien de qué va la historia en este vídeo que os he puesto aquí arriba, en el que también aparece Cris Blanco creando las condiciones necesarias para que Vito pueda dar su charla cómodamente. Ese era el objetivo que se marcó Cris Blanco en su intervención. Pero en esta ocasión fue el público el encargado de llevarlo a cabo. Todo empezaba con Vito sentada en esa mesa frente al público de la sala, que esperaba el inicio de la charla. Cris, sentada entre el público, activaba el artefacto diciéndole al oído a quien tenía sentado a su izquierda que pasase un mensaje hasta llegar a la persona del público que estaba en el extremo derecho de la primera fila. El mensaje era que mirase debajo de su asiento. El público fue pasando ese mensaje. Debajo del asiento de la persona a quien iba dirigido el mensaje había una cartulina con otro mensaje destinado al resto del público. El mensaje era que cada uno mirase debajo de su asiento donde cada persona del público encontró más instrucciones.

Instrucciones de Cris Blanco para el público

Al estilo de una rube goldberg machine cada acción desencadenó otras acciones que, al final, desembocaron en la creación de las condiciones adecuadas para que Vito pudiese comenzar su charla. Por ejemplo: conectar el proyector o acercarle el micro a Vito. Hasta que Vito no lo tuvo todo no dio comienzo la charla. Por supuesto, hasta llegar hasta ahí pasó de todo y se produjeron errores no previstos de todo tipo: instrucciones que no se obedecieron, que se malinterpretaron, que se repitieron más de la cuenta… Un caos maravilloso que, como de milagro, acabó por resolverse felizmente.

La charla que se produjo a continuación de la acción de Cris, con una abundante y fluida participación del público asistente, con un enorme y tremendamente fructífero respeto por las opiniones e incluso los prejuicios de cada uno, con una sensación de sincera fraternidad difícil de encontrar me dejó como a una vieja emocionada a quien le devuelven la ilusión perdida en el futuro de la Humanidad. La charla hizo verdadero honor a la cita de Valcárcel Medina que encabeza la descripción del curso: Hay que dar la conferencia que uno no se sabe, y hay que procurar no sabérsela al terminar. Cuanto menos sepamos, más alta podremos llevar la cabeza al sentarnos ante la audiencia. Aunque desde el primer momento Vito invitó al público a que la interrumpiese (cosa que el público aprovechó de una manera armoniosa), la charla fue avanzando sin pausa mostrando ejemplos de arte moderno que cuestionaban el tradicional papel del arte y que dieron pie a las más interesantes y controvertidas discusiones con un público al que se había convocado sin necesidad de que dispusiese de ningún conocimiento previo y al que afortunadamente no se pretendía adoctrinar. Se habló de que el arte pude ser intentar lo imposible, de no subestimar lo que es capaz de hacer un artista de los 70 (aunque sólo sea para llamar la atención), de la destrucción del capitalismo a través de la siesta, de la diferencia entre arte y activismo, entre deceneas de otros temas. Al acabar me descubrí pensando con más fuerza que nunca que todo esto servía para algo. Llamadme iluso, me va a dar igual.

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