Maternidades amplificadas

María Llopis, una de las autoras que participará en el coloquio La familia ha muerto. Viva la familia, de Kosmopolis. Imagen: Ariana Nalda.

La maternidad ha llegado a Kosmopolis. Hosti, tú. Me paro. Esto es serio. La maternidad lo ha hecho. Fuerte aplauso. Se ha colado por las costuras. Ha emergido como “tema” de alta cultura, como asunto a ser puesto a debate. Lo estábamos esperando, lleva meses bullendo en un incendio subterráneo. Madres arrepentidas, madres que osan meter a los hijos en la ecuación de la “calidad de vida”, madres que reniegan, No-Madres orgullosas cuyos escándalos dan cuenta de todo lo que queda por debatir. Bien. Se coló. Y subió a una de las mesas del Kosmopolis. Reverencia.

Pero reconocedlo, a todos os da pereza. Es un tema que os pone nerviosos. Le falta fuste. ¿Maternidad? ¿En serio? Es un tema de tías, ¿no? Con su peste esencialista. “¿Que sois, pro-natalistas, pro vida?”, os preguntáis. Hasta a las propias tías nos da cosica. Llevamos dentro el anatema cultural de la maternidad, la creencia de que es un tema menor junto con la certeza de que aún es nuestro mandato de género más fuerte. ¡Bum! Además, ¿quién osaría hablar desde la autoridad de la maternidad sin ser madre? Siendo hombre no se puede hablar de lo que no se conoce. ¿Y si hablamos de la paternidad? ¿Donde están los No-Padres, los Padres Arrepentidos? No, esa no cuela. Lo alucinante, en realidad, es que hayamos llegado hasta aquí sin poner el tema de la reproducción (o no) de la vida en el centro del debate cultural.

Desde 2011 vemos como el tema de los cuidados se ha colado también en el discurso político. Ese “poner la vida en el centro” que tantísimos debates y prácticas ha generado. La crisis financiera y sus luchas nos trajeron ese cuestionamiento sobre la vida que merece la pena ser vivida. De nuevo llegó por las esquinas pero para inundarlo todo. Llegó para quedarse. Fue el caballo de Troya de los feminismos, guardados hasta ese momento en un cajón con doble fondo del activismo normativo. Ahora se puede decir: fe-mi-nis-mos. Hasta se puede poner en un programa de actividades de un festival.

El próximo 24 de marzo me moriría por estar ahí. Entre el público de la mesa La familia ha muerto. Viva la familia. Sí. Escuchando a Orna Donath, María Llopis, Brigitte Vasallo y Bel Olid. Cuatro autorizadas que llevan tiempo desgranando esta madre del cordero. Kosmópolis, a pesar de encuadrar la mesa en una sección que ha denominado “constelaciones femeninas” (chirrido máximo interdental, porque el lenguaje no es neutro, y femenino, por más que el objetivo sea el contrario, sigue designando otro, lo menor, lo subalterno, ¿os imagináis mesas que abordarán la creatividad masculina?), ha tenido el acierto de optar por enfocar el tema del año desde un punto de vista novedoso. Desde el deseo. Desde un paso más atrás de las No-Mos y las arrepentidas, o al menos junto a ellas: ¿qué pasa con las que queremos ser madres?, ¿qué vamos a hacer en un mundo (occidental-global) como éste, cuyo proyecto social cada vez arrincona más, no la natalidad —el debate del aborto libre y gratuito sigue sin resolverse—, sino lo que viene después, el mondongo: la crianza, la posibilidad de vivir bien las maternidades y paternidades?

La mesa propone hablar a y de aquellas que han decidido tener hijos (o que los deseamos, aquí me incluyo).  “¿Cómo vivimos la maternidad? ¿Cómo podemos ir más allá de los modelos tradicionales? ¿Qué modelos alternativos se nos presentan?”. Y aquí es donde la propuesta da en el clavo y donde esta mesa se hace tan necesaria en un festival de referencia en conectar debates sociales con la existencia (o no) de sus ficciones y ensayos. Necesitamos referentes, necesitamos relatos de maternidades, y aquí el plural me parece decisivo. Estamos huérfanas de referencias. Veremos por qué.

Nací en 1975, justo cuando el movimientos feminista de nuestro país echaba a andar. Nuestras madres feministas se afanaban en la pelea por nuestros derechos reproductivos con el fin de romper el binomio alienante de la mujer-madre. Nos regalaron sus conquistas, nos enseñaron todo sobre anticoncepción (privilegiadas a este lado del mundo), nos hicieron más libres. Años después, cuando fui a la facultad, me empecé a formar en el feminismo. Yo, que siempre he acusado una inclinación al cuidado y al mundo de la infancia, pronto me vi señalada como “muy maternal” por mis amigas activistas. Porque esa era la herencia que habíamos recibido. “¿Quién sueña tu fobia por la maternidad?”. Y me imaginaba el eco de Simone de Beauvoir y su turbante echando pestes contra la maternidad y llegando hasta nosotras.

Cuando años después, me he decidido a buscar mi propia maternidad, y, como siempre, he recurrido a los feminismos para encontrar respuestas a mis contradicciones e inquietudes, me he sentido huérfana, tanto en ficciones como en discursos en torno al deseo de maternidad. ¿Qué dice el feminismo de las que queremos ser madres? ¿De las que deseamos ser madres? ¿De cómo ser madre en este mundo que está reventando por las costuras? ¿Cómo ser madre en la precariedad, más allá de los monolíticos modelos como la familia nuclear (esa que ha muerto, pero que frente al desierto de los lazos comunitarios en las ciudades, resurge con fuerza como único espacio de seguridad y confianza) o dentro de una pareja heterosexual donde la igualdad no se dará por descontada?

Ante este vacío de discursos e imágenes, pongámonos a la tarea. Empecemos por las mesas subversivas como estas, rompamos el silencio del canon occidental —filosófico y ficcional—en torno a las maternidades, reventemos la mística de la maternidad y de la reciente de la no maternidad (cooptadas por el capital desde el minuto uno)?

Porque este debate está en la calle, en tu grupo de amigos, en la barra del bar: casi todas las mujeres de entre treinta y cuarenta años están echando un pulso con su deseo, su no deseo, sus condiciones materiales y emocionales para hacerlo o no hacerlo. ¿Y si dejamos de hacer cómo que no está pasando? ¿Y si dejamos de pensar que es un tema de mujeres, de madres, de padres sino una pregunta social, cultural que nos interpela como sociedad? ¿Y si nos preguntamos por qué maternidades y paternidades merecen la pena ser vividas? Cuando la maternidad (y la no) sean un tema filosófico de primer grado, habremos ganado. No solo las madres. Las no madres. Las mujeres. Todos.

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