Mira, Mira

Cerrados y dormidos, los ojos ven

Paul B. Preciado

Ha llegado de nuevo el maravilloso festival Sâlmon a la ciudad de Barcelona, comisariado por el escritor y artista Quim Pujol.  Se inauguró en el Graner, el 14 de octubre, con la pieza de la artista visual Marta Azparren y la bailarina Natalia Fernandes: Cerrados y Dormidos, los ojos bailan; trabajo que experimenté como una sugerencia a cómo Pujol pudo haber imaginado esta edición, en la que se plantea un punto de vista hecho añicos; y se nos invita a colocarnos en ese lugar que acaricia lo que no es y lo que podría ser. 

¿Qué vemos y cómo lo vemos? ¿Qué discursos acompañan nuestra mirada? ¿Dónde (nos) colocamos los ojos? Son preguntas que me acompañan mientras me animo a escribir sobre dos piezas de la primera semana.

El viernes 16, también en el Graner, se estrenó una de las dos coproducciones del festival: Aplauso, vicio (ópera) de la artista Noela Covelo y la bailarina Élise Moreau. Pieza que se anuncia como una ópera en tres actos:
boca,
telón,
canción.
Sé poco de ópera, pero consigo percibir la máquina ilusionista; el dispositivo que han generado para desdibujar códigos establecidos. Una ópera que se trabaja desde el vacío, la pausa, el agujero del telón; el miriñaque desnudo, la iluminación sugerente.
Boca, el primer acto, es la voz, la lengua, la saliva; el aire, el hueco. 
Todo sonaba, poquito, a pesar de los micrófonos; pero sonaba. Podría haberme quedado en ese acto, en todo eso que sugerían, sobre todo en el momento que Covelo canta de frente a nosotras y Moreau la acompaña soplando y resoplando, dándonos la espalda; una escena bellísima. Pero no nos quedamos ahí, eso era solo el principio, la boca se siguió explorando, hasta llegar al fin del primer acto, acompañado de una pausa en la que nos pidieron desalojar la sala.
Unos minutos después regresamos al segundo acto: telón. El telón, con un agujero del tamaño de una cabeza, que antes colgaba como fondo teatral, ahora está descolgado; arrugado en el suelo. Las intérpretes lo manipulan, componen espacialmente a su alrededor, lo desplazan. Es un acto lleno de pausas, de imágenes, de espacios sugeridos, de delante, detrás, sobre, bajo y junto. De lo que aparece y desaparece. De lo que te imaginas que sucederá y no sucede.

Entonces, una última imagen se establece, uno de los cuerpos comienza a salir, por fin, por ese agujero en el telón que tanta tensión generaba. Una vez los cuerpos fuera, las luces cambian repentinamente antes de llegar al tercer acto. Todos los focos de la sala se han encendido, los halos que se proyectaban en la pared de fondo, un tanto misteriosos, no están más; por unos segundos enceguecemos. Las artistas toman agua, se peinan, se acomodan la ropa y en muy poco tiempo pierden el aura que habían conseguido. El espacio se prepara, esta vez, frente a nosotres, sin secreto alguno, para el último acto: vicio 
Las luces vuelven a cambiar y gracias a ellas se abre un nuevo espacio, el de arriba, el de los técnicos: La parrilla. Las voces de las intérpretes son ahora la voz del público; parece que alguien se ha ofendido por el canto de una cantante poco profesional o algo así. La imagen que se construye es muy fina: una puerta entreabierta, un espacio diferente, una luz tenue, voces sin cuerpo; pura fantasía. 
El elenco de la ópera da las gracias, una última escena en la que se nos proponen diferentes reverencias; hasta que llega eso que todos acordamos como un verdadero final con un último cambio de luz. Entonces, es nuestro turno: Aplausos.

Aplauso, vicio (ópera) me parece una pieza muy trabajada ya, Élise y Noela saben a dónde tienen que llegar cuando están en escena, se les ve muy precisas; tal vez me equivoco, pero es la sensación que me queda en el cuerpo. Hecho que contrasta con la pieza programada el domingo 18 en el Antic Teatre; otro estreno en el Sâlmon: El futuro como trabajo escénico, una conferencia performática sobre el tiempo en escena, realizada por Sofía Asencio y Júlia Barbany que se acciona a través de un dispositivo al cual han llamado: La máquina de pensar.
Una propuesta, llena de humor, donde a pesar del mucho trabajo detrás, las actrices vestidas con camisa y corbata, se exponen a continuar explorando el dispositivo, en tiempo, ¿presente, pasado, o futuro?, en escena. Aceptando que a veces costará más, o menos, pero consiguiendo la complicidad del espectador que no se decepciona si la cosa se empieza a poner más densa; hay una corresponsabilidad de lo que ahí está sucediendo: ¿La máquina de pensar somos todas? Tal vez sí o tal vez no, pero Asencio y Barbany se lo están trabajando tanto que es imposible no acompañarlas.

La conferencia es un sinfín de ocurrencias magníficas, llenas de discurso y poesía. El lenguaje se manosea a fondo. Desde que entras a la sala las actrices ya están en escena, practicando un calentamiento absurdo, que te pone en sintonía desde el minuto uno: Bienvenida, esto es esto y funciona así; a partir de aquí veremos qué sucede hoy, ahora. MM, que por cierto ya no es ahora, pero entonces, qué tiempo es. Las carcajadas van y vienen pero no se descontrolan nunca, parece que hay mucho que atender como para perderse en la risa fácil; siempre se puede llegar más profundo. 
Al final hay un momento de preguntas y respuestas. Sofía nos confiesa haber tenido que sostener ese día la pieza desde la antimateria, se ha sentido espesa. Como parte del dispositivo ellas van tomando notas en unos papelitos que van juntando con un pincho; están ahí acumulados apuntes desde los primeros ensayos. Una de las espectadoras les pide leer el primer papelito que tienen, el de hasta abajo; un apunte que no habían vuelto a leer, en el que hablan del objeto de plástico en el que ponen el cono del helado antes de entregártelo. El portaconos: Algo indispensable por higiene y comodidad pero que no nos es relevante como consumidores y que cumple su función por un instante muy, muy breve. 
¿Cómo llegaron ahí ese día? ¿Cómo llegamos hasta aquí el día que yo las fui a ver? 
Cierro los ojos para invocar más imágenes, más lenguaje que pueda describir lo que sucedió en el Antic, las intento atrapar: el stop, el entrecomillado, el contorno, el micrófono como nariz, el gatito y sus estados, el sí-no, el vale-vale, el para-para; el límite, Antoine, la interrupción. Todos sus gestos.

Realmente resulta imposible plasmarlos aquí; hay que ir a verlas y trabajar el tiempo junto con ellas.

Anabella Pareja Robinson

Fotos de Mila Ercoli

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Elogio de lo innecesario y de lo inútil (Izar Gayo y Óscar Bueno en el teatro Ensalle de Vigo)

Al salir del puerto nos cruzamos con un enorme portacontenedores de 300 metros de eslora. Navega en la noche sin luna hacia las islas Cíes y el Atlántico. Después de un verano lleno de luz y ruido, me atrapa esta noche tan oscura y silenciosa en el medio de la ría. Es acogedora. Dan ganas de que no se acabe. Intento pensar la cantidad de cosas que viajan en sus 4.000 contenedores. Muebles de madera, pescado congelado, piezas de motor, ropa vieja, fruta. Y sin querer comienzo a tararear esa tonada infantil / canción terrible titulada con A la mar fui por naranjas (cosa que la mar no tiene). No me la he conseguido quitar en todos estos días de la cabeza.
Regresaba de ver Un segundo para rezar o permítame un segundo para vomitar. La obra de Izar Gayo abría la programación de la segunda parte del año en el teatro Ensalle de Vigo, lo que para mí significa la posibilidad de una programación estable en la periferia del sur de Galicia. Una suerte que no suelo dejar pasar.

Ahora, más de una semana después, todo se ha convertido en recuerdos. Evocaciones infantiles de Izar que me quedaron grabadas. Rescato uno, por próximo, por emocionante. Supongo que porque las olas van y vienen. Guardar en una caja las costras de las heridas una vez se secaban. En mi caso se llamaban carepas. La colección de carepas como prueba de raspones vividos en primera persona, con su lento proceso de sanación. Testimonio de aventuras que no siempre terminaban bien, pero a quién le importaba. A por otra. Cuando se podía estar en la calle, el prado, el monte y también en la antigua cetárea entre rocas puntiagudas. Los lugares secretos de la infancia. Y el coleccionismo de cicatrices. Quizá de cuando aún un beso de mamá o de papá podía curarlo todo.
Enseguida me viene el contexto: una mujer, un pollo y un león en escena. Hacía hablar a un papel que decía esta es una acción innecesaria e inútil, como casi toda la obra, como casi toda la historia del arte. También esa iluminación amable, en breve se considerará vintage, con sólo focos “convencionales”: bien de contra, varios ángulos, colores fríos ya que el calor lo proporciona la piel, y transiciones sutiles. Recuerdo una espalda desnuda. Estrellita, estrellita: terminarás estrellada. Un enlace directo a mi profético terminarás haciendo castillos en el aire. Todos sabemos que las cosas que se guardan, se guardan dónde duelen. Las cajas fuertes más resistentes están hechas de tendones, hueso y carne. Rellenadas de memoria. Y recubiertas de cuero viejo.
Izar Gallo viene de Asturies y pienso que ahí al lado, separados por diez horas de transporte público entre alrededores limítrofes, hay otra periferia que tiene mucho que contar. Seguro que hay cosas muy potentes de las que no tenemos noticias. Veo que próximamente estará en el Teatro de la Abadía con un trabajo colectivo de la Compañía Proyecto Piloto dirigido por Ana Vallés. Habrá que estar atento.

De Asturies es también Óscar Bueno, aunque creo que la mayor parte de su trayectoria está ligada a Madrid. Al menos la que yo conozco. Su obra Apoyatura, otros cielos la acabo de ver. La tengo más reciente. Un hombre, un piano y una proyección de vídeo. Unas sencillas instrucciones: Un paisaje para mirar con los ojos y los oídos entreabiertos. Para dejar que la luz llegue a las pupilas o que los colores iluminen los párpados cerrados. Para sentir las ondas sonoras vibrando en los oídos. Para descansar. Para sentir la gravedad. Para aligerarse y flotar. Y como tiendo a ser obediente cuando la invitación es interesante y educada a eso me dedico.
Óscar tiene formación como pianista y también como performer. Su práctica en esta obra combina los dos elementos. Al principio las teclas son pulsadas con los dedos, de una forma ortodoxa, pero todo avanza hasta que cualquier elemento del cuerpo percute. Los brazos, los hombros, la cabeza, llego a creer que todo el cuerpo abraza el teclado. Siempre de espaldas al público, intuyo que improvisando, aunque seguro que con pautas previamente marcadas.
A mí me gana de entrada porque todo el fondo del escenario es un paisaje de nubes. Hay múltiples asociaciones de capturadores de nubes en todo el mundo. A fin de cuentas es algo que nos iguala a todos los seres humanos y, por ahora, gratis. Yo nunca he pertenecido a ninguna, pero siempre me ha gustado observar nubes. Fotografiar nubes. Y también grabar su movimiento. A veces me hipnotiza. Me puedo pasar horas contemplando su movimiento sobre la ría desde la ventana de la cocina. Ahora, sin ir más lejos, hay un montón de bolas de algodón de lo más cursi que flotan perezosas, como sin ganas. Me identifico con ellas porque yo también estoy cursi y perezoso. Sobre la pared negra de fondo de Ensalle el paisaje cambia cada poco y cada imagen puede ser un estado de ánimo. No sé si es intencionado o aleatorio el uso de tormentas o ambientes despejados, azules puros o jaspeados de naranja. Lo que sí hay en todos los cielos es la ausencia de base. Son horizontes que se abren sin fin. Sólo al final hay una invitación a contemplar las nubes desde una playa y ver cómo las olas rozan la orilla y descubren tierra firme. Es momento de volver a pisar después de aplaudir. Primero la madera de la grada, luego el cemento pulido de la nave y poco a poco volver a aprender a caminar abandonando el reino de lo innecesario y de lo inútil.

A fin de mes, para terminar este octubre atlántico, tendremos una nueva convocatoria de Anómico Teatro. Julio Fernández Peláez es uno de esos que sabe cómo funciona el oleaje en la ría porque estudia las mareas. Es una de esas personas que lleva fertilizando el suelo que pisa desde que aprendió a caminar. Poeta, dramaturgo, editor, carpintero, padre. Amigo. Creo que lo conozco desde que se sacó de la manga aquel festival que se llamó Poéticas para unha vida, un festival de todo lo raro que me gustaba entonces y me sigue gustando ahora: performance, danza, filosofía, arte de acción, arte postal… Quizá de antes. Me viene a la memoria también sus poemas-objeto, como aquella caja de fósforos dónde cada una de las cerillas tenía un poema de cuatro versos escritos a mano sobre la madera que se debía leer antes de encender. Y después tratar de dejar las cenizas nuevamente dentro de la caja.
Ahora dedica su tiempo y sus energías a su Ediciones Invasoras y a, periódicamente, hacer performances. En esta ocasión estará acompañado de Luna Gómez, que deja el segundo plano de la voz en off y el vídeo para pasar a la escena. Muchas ganas de Conversaciones con la Luna.
En noviembre nos espera el clásico Festival Catro pezas, nuestro festival vigués de danza que organiza cada año el Teatro Ensalle. Este año, navegando cual pateras repletas de cajas de naranjas, se acercan Lucía Marote, Corpo Liminal (Alba González y Ana Erdozain) y Clara Pampyn. Pero eso ya será para otro día. Mientras, las olas van y vienen y algún día dejarán naranjas en la playa.

Antoine Forgeron

Fotos de Isabel Vargas, Nadia Penella y Dani Paiva de Miranda

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Entrevista a scintii

Una de las artistas invitadas de She Makes Noise X Taiwán en Madrid y
Barcelona es la productora de música, cantante y performer scintii. Originaria de
Taipèi ha vivido en Londres y Shanghái contaminándose así tanto de la escena
de club europea y la música pop como de la efervescente vida cultural y
tecnológica de Asia.

Cuentas con una base sólida como músico y cantante, tocaste incluso la guitarra en varias bandas, ¿Cuándo se produce tú acercamiento a la música electrónica y hacía qué terreno la llevas?

scintii: Creo que mi punto de partida fue aprender a usar Logic Pro para escribir canciones, hacer pistas de acompañamiento para tocar con la banda, etc. Ahora me he pasado a Ableton. Me llevó muchísimo tiempo conocer mis puntos fuertes y tener confianza en mis propias ideas. En cuanto a lo que escuchaba y a mi estilo, probablemente fue el trip-hop mi mayor referente.

¿Cómo atraviesa la cultura taiwanesa tú práctica?

Nací y crecí en Taiwán, y mi familia es Hakka. Mi padre es geocientífico y, debido a su
trabajo, tuvimos la suerte de vivir y visitar distintos lugares durante nuestra infancia,
experiencias que valoro muchísimo. Estudié un año de francés en la universidad antes
de irme a Londres y Shanghái. El hogar y la distancia son dos cosas muy importantes
para mí; son conceptos que he vivido y que se han entrelazado a lo largo del tiempo
en mi práctica.

Cuando vivias en Londres, te encontraste con Bala Club, ¿qué significa para ti el colectivo? También tuviste la oportunidad de colaborar allí con el famoso productor del sello PC Music Danny L. Harle.

Tuve la suerte de estar allí cuando ocurrió todo el boom con ellos sin entender
realmente la diferencia entre la música de club y las canciones. Supongo que tuvo un
profundo impacto en mí, tanto a nivel musical como en cuanto a mi identidad
igualmente con Danny con el que sigo colaborando, acabamos de terminar un nuevo
tema juntos.

Tú segundo EP Aerial/Paperbags salió con el sello más innovador de música
actualmente en China SVKVLT al cual pertenecen estrellas de la electrónica
experimental asiática como 33EMYBW o NET Gala. ¿Cómo fue este lanzamiento?

La mayor parte del tiempo, en realidad nunca sabía muy bien lo que estaba haciendo
hasta que pasaba un tiempo. Aprendí a pinchar como DJ casi por accidente después
de terminar mi primer lanzamiento y, después, casi inconscientemente, volví a
sumergirme en la composición de canciones. De ahí surgió Aerial/Paperbags. Tengo
mucha suerte de poder desenvolverme de alguna manera en estos dos mundos y de
tener el control sobre lo que creo y sobre cómo doy forma a mi trabajo creativo.
Esta es la primera vez que actúas presencialmente en España y lo haces dentro de un
evento tan especial como She Makes Noise X Taiwán en Madrid y Barcelona (en 2021
pudiste formar parte del line up de She Makes Noise, pero de forma virtual por la
pandemia) ¿Qué vas a compartir en las dos ciudades?
Es mi primera vez en España y me hace mucha ilusión presentarme allí, no quiero
desvelar nada, pero daré lo mejor de mí como siempre.

¿Escuchas algo de música producida en España?

La verdad es que no, así que tengo muchas ganas también de descubrir cosas.

She Makes Noise 

scintii actuará en Madrid el 3 de octubre en Replika Teatro y el 9 en Barcelona en la sala Paral·lel 62.

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Cuando se siente está bien levantarse y hacer. (Sobre la primera jornada de Síntese en Vigo)

Al llegar a casa, lo segundo que hago es buscar y escuchar el Feelings de Nina Simone. Después de la segunda o tercera escucha de su grabación en Montreux de 1976, me entra la curiosidad y busco más información. Leo sobre la disputa sobre la autoría de la canción, y el largo pleito entre el francés Louis Gasté y el brasileño Morris Albert, quien la popularizó en 1975. La controversia no se resolvió hasta 1988. 30 años después de que Darío Moreno publicara en 1974 una canción titulada Pour toi compuesta por Gasté. 

Acabo de volver del Museo MARCO de Vigo. De ver la apertura de Síntese 2026, la tercera edición de este Festival de Danza e Performance de Vigo. 

El edificio que hoy alberga al museo está muy ligado a mis sentimientos. Está ubicado a apenas 50 metros de la casa donde me crie. Y desde pequeño he pasado en múltiples ocasiones por ese edificio. Las primeras veces, inconscientemente, acompañando a mis padres para visitar a mi tío. Mi tío Xosé cometió un delito inicial sobre el que se edificaron múltiples delitos posteriores: tener conciencia de clase. Estamos en 1972 y en la gran factoría automovilística de Vigo continúan las huelgas. Al gobierno fascista del general Franco no le gusta demasiado que los obreros hagan ruido mientras el hecho biológico avanza hasta la flebitis final. El futuro Museo MARCO es entonces el juzgado y la cárcel de Vigo. Y mi tío es, involuntariamente, asiduo. 

Comienza el Festival Síntese auspiciado por dos corredoras de fondo en lo que a la danza en Galicia se refiere: Cristina Cameselle a la dirección y Geni Iglesias a la producción. La primera sesión que nos ofrecen es un tríptico compuesto por la muestra de un trabajo en proceso de Alejandra Balboa y Andrés Corchero que denominan Entre tú y yo, el tiempo muerto, seguido de Feelings de la premio nacional de danza Janet Novás y para cerrar un trabajo de vídeo de Virginia Rota, Cadencia, que presentan como documental y que quizá es lo que hace muchos años llamábamos video-danza. 

Al MARCO he ido muchas veces después por voluntad propia. Recuerdo vagamente ir a pedir una fe de vida en el mostrador del juzgado. Pero cuando el espacio de tortura y reclusión se convirtió en espacio de reflexión y práctica artística es cuando más lo he visitado. Sobre todo era asiduo en la etapa que lo dirigía Iñaki Martínez Antelo y yo vivía en una infravivienda en el cercano barrio chino. Creo que fue su esplendor, sus mejores momentos. El ya desaparecido FestivALT usaba el pequeño auditorio como una de sus sedes. Como hito fue ver Laughing Hole de La Ribot en 2012. Y también Observen cómo el cansancio derrota al pensamiento de El Conde de Torrefiel, dos desinfectantes poderosos, programación del propio museo. Al igual que sucede con la Isla de San Simón, en el interior de la ría de Vigo y antiguo campo de concentración de los golpistas de 1936, la recuperación de espacios donde el fascismo apestó la tierra no es sencilla. Pero cada vez que se baila, se canta o se ríe, se avanza y se fertiliza nuevamente. Se vuelve más humano. Y es una pequeña venganza que hoy sean espacios para el arte. 

El público se sitúa al fondo de la sala. En cojines, que parecen cómodos, y sillas, dos o tres alturas. Como paisaje a ocupar: un lugar expositivo. Uno de esos espacios museísticos imposibles de iluminar, incluso complicados de alumbrar. Por la puerta de cristal que da al área central del museo, donde estaba la garita que vigilaba a los presos, aparecen Alejandra Balboa y Andrés Corchero. Nos lo han presentado como un trabajo en proceso y como tal lo acogemos. Una introducción dejando caer pequeños recortes de papel para habitar el espacio, como reconociéndolo. Sólo es un pequeño prólogo que nos lleva a un trabajo puramente de cuerpo, de dos cuerpos, que se han conocido y que son capaces de juntarse y separarse, para volver a juntarse. Andrés, en el coloquio final, nos habla de seducción. Del juego de la seducción con el público, que no implica necesariamente gustar, va más allá. Cerca del final del trabajo suena Cósmico dancer de T. Rex y de alguna manera es una declaración de intenciones: Bailaba cuando tenía doce años. Bailé hasta salir del útero. Bailaba cuando tenía ocho años. ¿Está mal comprender El miedo que habita en el interior de un hombre? ¿Qué se siente al estar solo? Bailé hasta la tumba. No sé cuánto tiempo llevan trabajando juntos en esta pieza pero tienen gran parte del camino recorrido: hay seducción. Y más allá de lo que llegue al público potencial, la base está. Dan muchas ganas de ver cómo evoluciona y cómo se reviste cuando se le añadan más capas.     

Sin solución de continuidad, cuando Alejandra y Andrés se van, entra Janet Novas. Y lo hace cantando desde lejos, cuando aún no la oímos. Ahora lo pienso mientras escribo: hoy he oído cuatro versiones Feelings.  Es como esas novelas que tanto me gustan donde hay varias visiones sobre el mismo hecho. Cuatro que hablan sobre sus lágrimas para intentar completar el panorama. Las lágrimas. El dolor. El abandono. El desamor. Y esas lágrimas que dejan surcos negros en la cara creando una máscara. 

Janet, en el coloquio posterior, dice algo tan hermoso sobre el motor del trabajo que no me resisto a no citar: llorar en el espacio público. Una propuesta de Andrea Quintana para un solo en un festival es el punto de partida, el homenaje a la inmensa Nina Simone el primer paso. Un trabajo de libertad a partir de una primera pauta y después un dejarse ir animal, porque todo en Janet tiene algo de tierra. Lo tiene en su voz, lo tiene en su cuerpo. Lo vemos y lo sentimos. Esa potencia para improvisar y ocupar cualquier espacio por muy hostil que sea. Y la importancia del llorar. 

Cuando Janet se va cantando y se pierde por el horizonte del museo, nos proponen girarnos para ver el trabajo de Virginia Rota, Cadencia, sobre la pared blanca que antes estaba a nuestras espaldas. Una proyección de 20 minutos que es una mirada de una artista sobre el trabajo de otra artista. Una cámara muy cerca de un cuerpo. Un casi blanco y negro que elimina lo superfluo. Y un sonido de respiraciones y roces que te acerca, como si estuvieras dentro de la habitación. Una habitación que no tiene paredes, podría ser cualquier lugar. Lo único que importa es un cuerpo y unos ojos que lo observan. Después, en el coloquio, Janet nos dice que es un trabajo de 2014. El trabajo fin de carrera de Virginia Rota. Pero es tan atemporal, que podría ser de antes de ayer. O de pasado mañana. 

Terminamos con un breve coloquio. Breve, porque los museos tienen hora de cierre. Pero siempre es interesante escuchar a las artistas. Siempre hay algo que se te había pasado o que ni siquiera alcanzabas a intuir. Algo que sugiere y que motiva. 

Nos quedan dos fines de semana más de Síntese. Cinco obras de danza, una proyección, varios talleres y coloquios. Hay trabajos que vienen de una residencia artística en A Garagem, un espacio de Melgaço, colaboración transfronteriza. También conoceremos la situación de la danza contemporánea en Mozambique gracias a Pak Ndjamena o performances en el barrio de Bouzas. Un programa variado para empezar este otoño que no termina de llegar.

Antoine Forgeron

Fotografías de Nando Iglesias

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Girar sin centro: sobre las Batallas de Aura

Ego tanquam centrum circuli 

[Yo soy como el centro de un círculo]

Dante; Vita Nuova, XII.4 

El pasado viernes 28 de agosto asistí, junto a cientos de adolescentes, varias televisiones locales, algún que otro influencer y una discreta, pero siempre atenta, Remedios Zafra, a la celebración de la primera gran Batalla de Aura multitudinaria, autoorganizada, de Madrid. Y la mayor sorpresa que me llevé fue encontrar tantas cosas que nunca había visto como tantas otras que conocía muy bien, y todas merecieron tomar estas notas. De entrada, me parece claramente una nueva iteración de uno de los fenómenos estéticos más estables históricamente: la ritualización lúdica e inviolenta de una competición entre jóvenes por agenciarse su propia capacidad para establecer relaciones, valoraciones y jerarquías de forma no supervisada ni sancionada por adultos.

Su morfología es antiquísima: se performa en corro, que es la estructura social primaria por la cual el propio público constituye el espacio físico en el que la acción adquiere valor. Esto es un motivo coreográfico recurrente al menos desde el mesolítico. La participación es voluntaria e inmediata, en solos o dúos, salen por turnos y se decide al ganador por aclamación, con un organizador o maestro de ceremonias aparentemente espontáneo que va rigiendo el evento. Visten de forma ecléctica pero llamativa, entre estridente, desordenada y un poco descocada (como seguirán haciéndolo los adolescentes mientras los siga habiendo), pero sin patrones uniformes o consignas explícitas, como antaño fuera el caso de las tribus urbanas o de las pandillas, aunque sí con apropiaciones evidentes de referencias cosméticas y meméticas salidas de ese castrapo invertebrado o pidgin caleidoscópico que es la actual cultura visual generalista en internet. Algunos nacidos en los noventa no tuvimos un móvil que no fuera un ladrillo con botones hasta segundo de carrera: ellos sí son los verdaderos primeros nativos digitales.  

Es lógico, por tanto, que de primeras resulten una comunidad aún desarticulada estética e ideológicamente, pero extremadamente estimulada y ya muy dispuesta a presentarse al mundo con el mismo movimiento con el que están descubriendo, y construyendo, lo que son. La música no parece importarles apenas: la ponen muy baja y son sonidos genéricos virales de reels y tiktoks. En un momento dado incluso hubo una batalla de gallos, y luego todo se transformó en un botellón.

Si la forma de ese círculo es antigua, su eje es constantemente nuevo: una morfología estable para una axiología variable. Pues en el centro del corro se hacen despliegues de cualidades corporales celebrables y deseables, preferibles, las cuales sí varían, y mucho, históricamente, porque no se valora lo mismo en una danza pírrica espartana que en una roda de capoeira o en un walk de ballroom, aunque distintas culturas reinventen una y otra vez dispositivos semejantes de exposición, comparación y jerarquización corporal. Así que hay formato antes que estilo. 

Por lo que vi el viernes, en las Batallas de Aura valoran el descaro, la impasibilidad, el timing, la autoironía con el ridículo y el conocimiento —y capacidad de variación y recombinación— de un repertorio meme/brainrot/emote/viral/gamer/anime de pasos (steps) autocontenidos y separados: la gran mayoría de movimientos son inmediatos, autoevidentes y discretos, es decir, no hay casi estructura, transición, flujo ni, en suma, sintaxis entre ellos. Empalman un paso tras otro sin apenas solución de continuidad, como ocurría en aquella fase de repertorios inconexos de los party dances afroamericanos sesenteros (Funky Chicken, Hully Gully, Boogaloo, etc.) que luego los funk styles o bailes Hip-Hop heredaron, recombinaron y transformaron en gramáticas corporales plenas, en sistemas generativos capaces de llevar esas figuras aisladas más allá de sí mismas y articularlas entre sí con sentido. Me sentí asistiendo, pues, a un posible momento fundacional de aún no se sabe el qué. 

Y por encima de ello, en el caso de estos performers neófitos, digo que evidentemente están compitiendo, como siempre harán los adolescentes, por soberanía microsocial: demostrar qué poco te gobierna la mirada ajena frente a cuánto la gobiernas tú. Es precioso ver un movimiento así en su fase tentativa y exploratoria; se notaba al público muy cargado de ganas de jalear cualquier cosa. Es energía social pura buscando su propia forma a partir de los materiales culturales disponibles, sometiéndolos a su propia preferencia y criterio según dinámicas de exposición —aún— no reglada.

Hay que decir que el interés u obsesión por descifrar y dominar qué códigos corporales permiten acceder a mayor aceptación y prestigio social no sólo es natural en el caso de los adolescentes (y de poblaciones adultas marginalizadas), sino que es incluso previo al Homo sapiens. Si tuviese que reducir toda la biología evolutiva a un solo criterio estético, sería este: que tienen más opciones de reproducirse y sobrevivir aquellos cuerpos que mejor aparenten (!) ser más capaces de producir, con mayor facilidad, más energía de la necesaria para hacerlo. Si queremos ponernos exquisitos: cuerpos que desplieguen capacidad excedentaria bajo dominio. 

Esto puede calificarse de sublime, majestuoso o formidable, y es generalmente atractivo. Desde un pez globo tratando de impresionar a la hembra al dibujar en la arena del fondo oceánico un complejísimo mandala, de veinte veces mayor diámetro que la longitud de su propio cuerpo, hasta un pavo real, un alce con veinte kilos de hueso en la cabeza que tiene que regenerar cada año o una orca que migra para degustar la lengua de crías de ballena jorobada, pero también un potlatch amerindio, un moka neoguineano o la horterada del nuevo rico que se compra un Ferrari. Sin olvidarnos de las altas damas de la dinastía Qing, que se dejaban crecer uñas imposiblemente largas como prueba de no necesitar hacer ningún trabajo manual, símbolo corporal de élite social que hoy reivindican con tanto entusiasmo nuestras divas musicales más queridas. 

Presenciar ese tipo de cuerpos genera un efecto sensorial autocontradictorio (“oximorónico”, diría un filósofo) que sería la primera posible definición de “aura”: a la vez atraen la atención y disuaden de acercarse, y así resultan grandiosos. Como un tsunami, un volcán en erupción o un flechazo de enamoramiento: su grandeza está en que no podemos apartar la mirada de aquello que nos paraliza. Es la famosa definición de Rilke en su primera elegía: “Lo Bello es el comienzo de lo Terrible que aún podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos”. Toda la tarde los chavales rumoreaban, con gran expectación, que había venido “Kappah” (sobreentendí que un youtuber o similar), y efectivamente, en un momento dado una figura con capa al viento se nos irguió mesiánicamente, brazos en cruz y faz al cielo, caminante sobre el mar de hormonas, desde una de las asimétricas cúspides de la plaza de AZCA, esa fantasía tridimensional y tecnocrática del urbanismo franquista más eufórico y laberíntico, Rockefeller Center cañí, haciéndome entender de un plumazo que la figura alzada en un podio, púlpito o balcón cumple exactamente la regla aurática que nos hemos propuesto: es fácil de mirar, difícil de alcanzar, y está en lo alto de ti. La chavalada rugiente lo aclamó, por supuesto, con un gran furor.

La genealogía estética del “aura” creo que debería empezar por la de “magia”. Aunque es un concepto que ha atravesado infinitas reapropiaciones posteriores, la definición académica de magia, como premisa estética fundamental del arte paleolítico según autores como Frazer o Hauser, serían los principios “simpáticos” de que “lo semejante produce lo semejante” y “lo que ha estado en contacto mantiene una influencia recíproca”. Es decir, la idea de que dos realidades que se parecen entre sí, o que mantuvieron contacto, comparten causalidad o transitividad entre sus estados, como en un muñeco vudú. 

Es una tecnología estética que aún no distingue del todo entre representación y realidad: las pinturas de bisontes que tenían marcas de lanza indican que apuñalar la pintura era ya estar contribuyendo a cazarlo. El pensamiento mágico, por ende, es la creencia de que la similitud entre algo presente y algo ausente hace que esa ausencia se manifieste, al menos parcialmente. Es exactamente el mismo principio por el que hacemos efigies y retratos de los muertos, por el que guardamos amuletos en nuestros bolsillos y por el que colgamos en la pared de nuestra habitación fotos de nuestra familia y amigos al mudarnos a otra ciudad.

Y es también exactamente la famosa definición de “aura” que da Walter Benjamín: “la aparición de una lejanía por cerca que se esté”, que es justo lo que se pierde con la industrialización estética capitalista, porque el crucifijo hecho en serie ya no manifiesta al carpintero que aparentemente lo talló, pero que nunca lo hizo. Lo mismo con las latas Campbell de Andy Warhol, etc. El aura se pierde cuando las cosas dejan de ser la prueba de lo que aparentan. Esa sería la explicación más simple de las Batallas de Aura: una sana reacción joven por recobrar la autenticidad y la dignidad de las que carece el cajón de sastre digital post-cultural al que los ha arrojado el consumo sistemático de un internet algorítmico.

Pero creo que va mucho más allá. En 2019 di una conferencia titulada “Coreología y Fortnite: notas desde el Floss”, que luego amplié como artículo en 2022 bajo el título “Danza y mercancía: constelación y fetiche”, en la que argumentaba, a partir de la capitalización coreográfica de los emoticonos del Fortnite, cómo la cultura coreográfica digital estaba siendo industrialmente transformada en aglomeraciones inconexas de pasos aislados sin sintaxis propia ni coherencia interna, que es exactamente lo contrario de lo que habían hecho movimientos como el Break o el Vogue: articular referencias puntuales disgregadas en gramáticas corporales estructuradas y funcionales. En aquel momento aproximé la cohorte que estaba viviendo esa transformación como entre los 8 y los 14 años. Ahora, siete años después, coincide con que las participantes de Batallas de Aura tienen entre 15 y 21.

En la Japan Weekend de 2014 descalificaron a un amigo mío del torneo de Halo porque, después de matar a su rival, le hacía “tea-bag” sentándose repetidamente sobre su cadáver, cosa que se consideraba poco deportiva. Al fin y al cabo la FIFA impone sanción si un gol se celebra denigrando al contrario, y casi lo primero que hizo el futuro emperador Tito al conquistar Jerusalén tras la Gran Revuelta Judía del 70 d. C. fue sacrificar un cerdo entre los escombros del Segundo Templo. 

El Fortnite explotó ese nicho de la celebración humillante hasta que los jóvenes disfrutan de bailar esos emotes como si en sí mismos contuviesen la prueba de una superioridad, como Ilia Topuria apuntándose la victoria en su palmarés antes de haber peleado o Randy Orton posando cual escultura griega antes de hacerle el RKO a su rival: lo que más me interesa de las Batallas de Aura es que parecen estar aglomerando distintas versiones de celebración corporal de una victoria innecesaria tratando de extraer de ello un nuevo lenguaje performativo. La pregunta por supuesto es ¿y qué movimientos o figuras consideran que despliegan las cualidades que con sus cuerpos quieren presentar? Tengo varias ideas al respecto después de lo que vi. 

Damón, el músico tan admirado por Platón, asentó pedagógicamente el concepto de los “bíou mimémata” (imitaciones de la vida), según el cual hay una doble circulación entre que las almas bellas producen movimientos bellos y los movimientos bellos producen almas bellas. Es la típica kalokagathía griega: lo bueno es bello y lo bello es bueno. De ahí viene quizá la tradición estética corporal más antigua de Occidente: la creencia de que la apariencia es sustancia y que, por tanto, la danza no sólo permite demostrar nobleza, sino adquirirla. La coreografía occidental, por tanto, es una tecnología de producción corporal de posiciones sociales. Ser consiste en parecer. Performing is becoming. 

Esquines admiraba el gesto de apoyar el brazo dentro del manto al hablar, como hacía Solón, para demostrar serenidad eminente y autoridad contenida: de nuevo un símbolo de potencia controlada. Es la inmortal “noble simplicidad y tranquila grandeza” con la que definió Winckelmann la estatuaria griega, que “permanece compuesta aun en medio de la pasión”. El famoso manual de etiqueta de François Nivelon prescribió en el siglo XVIII exactamente lo mismo a los burgueses europeos (“audacia viril templada por la modestia”), y por eso tenemos tantos retratos de Napoleón con la mano metida en la chaqueta.

Y es que la tradición mágica que mencionamos sin duda se vuelve mística: “aura” en griego (y en latín) significa “brisa”, y la iconografía cristiana la representa con mandorlas, nimbos y aureolas (del latín aurum, “dorado”) en torno a personajes santificados, o sea, aquellas personas a través de las cuales consideramos que lo espiritual se está canalizando en la realidad. He ahí la “lejanía” de Benjamin. Es también el concepto teológico de “Gloria”: la manifestación visible de una Gracia invisible, la irradiación de una profundidad, el esplendor sensible de un misterio, la aparición de una forma flagrante, es decir, aquella cuya comparecencia conlleva su propia credibilidad, insumisa a toda previa autoridad, y que por tanto, en ese sentido, es joven. 

El castellano antiguo era riquísimo para referirse a estas cualidades inmateriales, pero ostensibles, de los cuerpos: garbo, donaire, flema, despejo, empaque, tronío, majeza, prestancia, cuajo, hondura, aplomo, gallardía, salero, dicacidad, donosura… Hoy ya casi sólo usamos el tener «pluma». En España este vocabulario aurático apenas sobrevive en el léxico taurino o marcial y, como importación cultural anglosajona, en la práctica queer del reading (throwing shade, “it’s giving…”, etc.), y así aprendemos del sociolecto digital imperial que nos domina las mismas funciones que olvidamos de nuestra propia lengua. 

Y la nobleza o virtud que se pretende demostrar es, por supuesto, la del poderío inesforzado, sea con la sprezzatura italiana, el demure inglés o el despejo castellano. Quintiliano prescribía repetir los gestos correctos hasta eliminar toda “rusticidad e inelegancia” y que saliesen naturales. Resultar casual y effortless: mantenerse nonchalant. Quien no coge un canapé en una entrevista de trabajo pese a estar muerto de hambre para no parecer necesitarlo. Esa es la retórica corporal de la aristocracia: que tu grandeza emerja a través de ti, ya sea por tus maneras o por tu apellido, sin que tengas que esforzarte para lograrla pero tampoco para demostrarla. 

Y cuando esa nobleza no está dada, se finge igual, cultivando la apariencia de que no se cultiva nada, ya seas un rockero grunge que se peina durante media hora para lucir despeinado o el escudero que, en el Lazarillo de Tormes, sale a la calle hurgándose los dientes con una paja pese a llevar días sin comer. Corporalmente, lo mismo da que la dignidad sea un punto de partida o uno de llegada: en ambos casos la danza hace del cuerpo no un indicio, sino una prueba. 

Por eso Hugo de San Víctor, en sus reglas para novicios, cree firmemente en que el cuerpo ordenado exteriormente del fraile le ayuda a ordenar interiormente su alma. Cuerpo y aura se han de indistinguir. Al fin y al cabo, el cuerpo del rey es a la vez el del gobierno y el de todos a quienes gobierna, como en la famosísima portada del Leviatán de Hobbes, o pensemos en aquel joven Luis XIV bailando varios papeles del Ballet Royal de la Nuit durante toda la noche, hasta que —cuenta la leyenda— descorrían las cortinas al alba y el Sol nacía detrás de él, completada su apoteosis y hecho ya Apolo Musageta. Con esa misma soberanía enseño a bailar a mis alumnas, aunque no se den cuenta: si el rey no quiere lo bueno porque sea bueno sino que lo bueno lo es porque lo quiere el rey, la danza bella no será otra que la que a ellas les haga felices bailar.

Así que si Giovanni Gallini insistía en que no conviene que el noble muestre el aire y porte de un mecánico, pero no sería reprochable que un mecánico mostrara el porte y aire de un noble, tal vez no lo decía sólo porque él, de hecho, llegó a aristócrata a fuerza de bailar bien, sino porque aquello que elevamos al ponerle el cuerpo nos lo eleva a la vez también. Por eso una raíz histórica del Vogue podría estar en esas bailarinas pobres que revolucionaron la sociedad parisina dieciochesca aprendiendo a desplegar más nobleza aparente de la que las nobles tenían, provocando casi de inmediato una crisis de adulterios que llegó hasta el Moulin Rouge y no se sabe si hasta Broadway o Hollywood. Y por cierto que lo único que contuvo esa revolución fue el registro civil y que les era imposible perder su acento plebeyo al hablar.

El caso es que estar en boga, in vogue, a la última, ser hip, hippie, hipster, Hip-Hop, aura farming, distinguirse, molar, es siempre lo mismo: cotizar al alza en el espacio donde las posiciones sociales valiosas estén siendo replanteadas, dando a entender mucha capacidad implícita con poco esfuerzo explícito como prueba de merecer estatus. Para por supuesto luego intentar transferir ese rango de lo lúdico y microcultural a la jerarquía social real. Más clara no pudo ser Willi Ninja en su entrevista para el tan icónico como controvertido documental Paris is Burning (1990) de Jennie Livingston: “I want to take Voguing (…) to the real Paris, and make the real Paris burn”.

Llegamos así, por fin, a las conclusiones. “Aura” sería el efecto estético por el cual un cuerpo hace inferir una reserva extraordinaria de energía o capacidad (corporal, espiritual, afectiva, cultural o simbólica), de la que parece disponer sin esfuerzo o que se manifiesta a través de él, atrayendo la mirada sin solicitarla a la vez que impone una distancia física y social. 

Una “Batalla de Aura” sería el dispositivo agonístico y ritualizado por el cual los participantes se disputan reconocimiento público en un duelo coreográfico pacífico y espectacular mediante actuaciones breves destinadas a demostrar posibles cualidades corporales preferibles (que aún no han sido definidas), cuyo resultado transforma momentáneamente esa diferencia estética percibida en estatus social reconocido y, al mismo tiempo, pone a prueba empíricamente qué cualidades corporales merecen considerarse valiosas. Formalmente, están yuxtaponiendo citas aisladas hasta averiguar si de ahí puede emerger un lenguaje.

Y los materiales con los que lo hacen, extraídos espontáneamente de su culturización digital nativa, son una aglomeración aún inconexa de poses, provocaciones y aspavientos triunfalistas o burlones que anticipan una victoria que aún no se ha producido, usando gestos que no celebran una superioridad ya demostrada sino que la proclaman performativamente para tratar de producirla.

Por último, existe un paralelismo directo entre el funcionamiento del algoritmo y el de las Batallas de Aura: hay un bucle de retroalimentación, a saber, el algoritmo te enseña más de lo que predice que te gusta y, por tanto, como reaccionas más a eso, concluye que su predicción era correcta. Es una profecía autocumplida: produce —parcialmente— aquello que predice. No se sabe qué movimientos tienen aura, pero cuando el público reacciona a uno, pasa a tenerla como si ya la hubiera tenido antes de que el público reaccionase. Es una dinámica circular: ¿por qué gana? Porque tiene aura. ¿Por qué tiene aura? Porque gana. El corro es el mecanismo recursivo de entrenamiento del repertorio corporal que está proponiendo predicciones posibles sobre qué movimiento es correcto.

Si compruebo que el mewing después del six-seven produce una reacción positiva, la próxima vez que haga (o vea) un six-seven se crea la expectativa de un posible mewing: es el ejemplo puro de un coreolecto (por así llamarlo) naciendo. Es sintaxis por expectativa: una gramática comienza cuando, dado un elemento, se comprueba que es probable que otros en concreto le puedan seguir según unas reglas reconocibles, y así el caos inicial se va transformando en un horizonte de continuaciones plausibles y previsibles sin, por supuesto, llegar nunca a ser tan predecible que no aporte información. La novedad exige estructura suficiente para comprenderse pero desviación suficiente para sorprender. 

Y en este caso, la única autoridad que va informando ese proceso es la de los mismos jóvenes que se turnan entre mirar y bailar. Entonces no es sólo que la apariencia sea signo (que indique aura) o sustancia (que produzca aura) sino que cada paso es el molde específico que permite que la aprobación de la comunidad lo dote de un aura que el paso, en sí mismo, ni indicaba ni producía. El corro a la vez descubre y crea lo que valora (el aura). 

Me parece, pues, que están desafiando al algoritmo mediante una práctica que reproduce su estructura selectiva recursiva, pero sometiéndola a su propio criterio de disfrute presencial grupal y no al que maximice atención, viralidad ni beneficios empresariales. Se han reapropiado la facultad y la autoridad de decidir qué merece celebrarse y repetirse, imitarse y recordarse. 

Sólo cabría añadir que es espontáneo el acontecimiento, pero no el archivo. De hecho creo que son conscientes de que es un archivo contaminado y sesgado, y de ahí la intensa ironía con la que lo abordan. Lo que veo es que se agencian creativamente y según su propio criterio los desechos discretizados del vertedero algorítmico de su educación digital estética, y los purgan sometiéndolos a una nueva iteración del rito ancestral de selección social de lo excelente (y deseable) a través del encuentro presencial de adolescentes exponiéndose performativamente entre sí.

Y como en todo momento caliente o constituyente, igual que en la política, no se compite por ejecutar mejor un criterio ya establecido, sino que cada ejecución consiste en la propuesta de un nuevo criterio con el que juzgarse a sí misma y las siguientes. Lo que en la tradición estética desemboca en la “consagración”, “artista consagrado”, etc. Así, los resultados del proceso (la aclamación del público) acaban retrodeterminando a los sujetos, movimientos y códigos que los produjeron: parecen ganar porque tenían aura, pero pasan a “haberla tenido” porque ganaron. La prueba o huella de la identidad (aurática) resulta ser, en realidad, la máquina que la produce. 

Eso completará una nueva fase de quizá el proceso antropológico más arcaico de todos: el recorrido desde el archivo cultural al ritual social, y desde ahí, finalmente, a la identidad personal (con +1000 de aura).

Miguel Ballarín

Fotos de Miguel ballarín tomadas el 28 de agosto en la Batalla de Aura de Azca (Madrid)

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Santa Clara 1271-2026. “Nas marxes” desempolvando el rito

Tiempo de resurrección, el regreso

Como reza la propia página web de la bienal:

La Bienal de Pontevedra surgió en 1969 por iniciativa de la Diputación de Pontevedra a partir de la labor de promoción artística que la entidad desarrolla ininterrumpidamente desde el siglo XX, especialmente desde 1925. La idea era reunir en una exposición conjunta todo el arte realizado en la provincia, lo que dio origen a la I Bienal de Arte. 

A lo largo de los años la bienal pasó por diferentes etapas, fue creciendo y expandiéndose de la mano de diferentes directores. Hasta que en el 2010 interrumpió su crecimiento por un periodo de 3 lustros de ausencia. En 2025 la bienal resucita con el título de Volver a ser humanos. Ante el dolor de los demás. En esta edición, dirigida por Antón Castro, la bienal de artes se abre a las disciplinas de las artes vivas en un programa dirigido por Iñaki Martínez Antelo.

Esta programación fue el germen de lo que hoy estamos viviendo como la primera bienal de artes vivas bajo el nombre de Nas marxes (En los márgenes). 

Parece que en muchas ocasiones las bienales escénicas complementan, adornan o hacen de teloneros de la propia bienal de artes plásticas. Sería interesante que la declaración de intenciones del presidente de la bienal de dotar de una propia bienal a las artes vivas, en alternancia de años, sea un hecho, elevando así con este gesto a “arte” lo escénico, lo vivo, lo efímero.

El convento, desempolvando el rito, la fraternidad

En el 2025 la programación de artes vivas se extendió en el tiempo y en el territorio: 12 propuestas a lo largo de 3 meses en diferentes lugares de la geografía pontevedresa. 

En la edición de 2026 son 11 días, del 2 al 12 de julio, y 22 propuestas y todo gira en torno a tres espacios dentro del convento de Santa Clara: la iglesia, el coro y los jardines. 

Espacios que los que seguimos la bienal vemos transmutar. ¿Cómo es posible que esta sensación de espacio renovado la sienta con tanta potencia en estos días y no la sienta cuando voy al teatro, donde la caja negra se transforma por el efecto de los artistas, de la iluminación, de los elementos escénicos?

Os daré una pista muy obvia, la clave está en la mutación del enclave de escenario-patio de butacas y en la ruptura de la cuarta pared. Los márgenes se desdibujan, se borran las fronteras, se difuminan las miradas, escuchamos la respiración de los artistas casi hasta poder conectar su respiración a la nuestra. ¡Esta es la clave!

El continente en este caso, de por sí, aporta contenido a cada una de las performances. Es inevitable no incluirlo en la dramaturgia consciente o inconsciente del ojo que observa.

El espacio en sí me ha llevado a mil lugares, a mil territorios de mi memoria. 

Desde que en el 1271 se fundó el convento hasta que en septiembre de 2017 sor Purificación y sor Sagrario lo abandonan, imagino los ritos celebrados en estos espacios: “la toma del hábito”, la ceremonia de los “votos simples” o los “votos solemnes o perpetuos”. Ceremonias que conducían a las jóvenes postulantes en su recorrido a la espiritualidad.

Después de 9 años de inactividad el convento se abre de nuevo al rito con un programa híbrido, en los márgenes de la danza, de la teatralidad, de la música, de la performance.  Un programa que parece concebido para este espacio. Un programa que nos conduce como espectadores a una espiritualidad no buscada. Espiritualidad que se va forjando a lo largo de los días y que acaba por devolverme una sensación de fraternidad con los artistas, con los espectadores, con el equipo técnico y de producción, con el espacio. Así a lo tonto, casi sin darme cuenta, me veo sentada el último día de la bienal, después de la increíble presentación “mística” de Marco Bertani, charlando con algunas amigas, con algunas bailarinas, con algunas amigas bailarinas, con el propio Marco. Sí, me veo allí sentada, en las escaleras del acceso norte a la capilla, con el juicio final de la puerta como testigo, no queriendo irme, que mi retiro espiritual de 11 días concluya, aún sabiendo que el poso de lo vivido no se desvanecerá tan fácilmente con el tiempo.

Es cierto que no he podido ver las 22 propuestas del programa pero sí la mayoría y en un acto de conexión de propuestas buscando dibujar esa constelación de la que Iñaki (el artífice de esta programación) nos habla en el programa, encuentro algunos hilos conductores que acercan y unen gran parte de las propuestas: la exploración de la voz en sus límites, llevar los cuerpos a los límites del tiempo, de la resistencia, la deformidad, los límites de la inactividad, lo imperceptible. Otro hilo casi implícito por la propia utilización de algunos de los espacios es la búsqueda de la proximidad, de la apelación al público por la complicidad generada por el espacio compartido, la búsqueda de la revelación del secreto, de lo oculto, de lo prohibido, de la cara b de las cosas. Y es que nada es lo que parece, o sí, según se mire.

Y con estos hilos que unen y dibujan esta constelación me lanzo a dar una pincelada emocional de lo vivido. Porque así me siento yo, emocional.

La bienal se abre el jueves 2 con 2 propuestas: la de Blanca Tolsá en la iglesia con su Microdesfase y la de Clo Plas, Diego Sites y Javi Álvarez en el jardín con Clo Pau Plas Pedra. 

Blanca Tolsá aun a pelo nos resonaba el alma.

Blanca surge de la puerta de la sacristía directamente al altar en una conversación vocal con el espacio, buscando resonancias, leyendo huecos y surcos, dibujando poco a poco el espacio que ocupamos tímidamente los espectadores. Dejándose dibujar en ese cuerpo que parece una extensión de sus resonadores craneales. Algunos nos movemos, nos acercamos a veces para escuchar o para sentir cómo cambia el sonido, la vibración. En algunos momentos la conexión del micro con la mesa se pierde de manera accidental, así que las resonancias quedan a expensas de la maestría y entrega de Blanca, del espacio y tal vez del espíritu de Sor Purificación animando a dar vida de nuevo a la iglesia. Personalmente me siento conmovida por estos momentos. Blanca a pelo, sin trampa ni cartón, llenándolo todo con casi nada. Haciendo vibrar de nuevo este espacio de comunión, esta vez entre el artista y el espectador. 

A la salida de la función una espectadora me comenta, «yo veía cómo algunos os acercabais y lo sentía como una profanación». Sin decírselo pensé: claro, como si te vas al Louvre a ver la Venus de Nilo y decides abrazarla. Lo que ella no sabe es que Blanca nos propone movernos en el espacio, buscando resonancias al igual que ella lo hacía, buscando que nuestros cuerpos se transformasen por esa escucha.

Clo Pau Plas Pedra un espacio que invade los cuerpos, una fealdad que se torna bella, una voz que desganada desmigaja la emoción de lo cotidiano.

A las nueve después del viaje de Blanca pasamos al jardín del convento. Un espacio abierto bordeado por una alta muralla y como fondo de escenario una fachada trasera de un edificio de los setenta. Una fachada que percibo como fea, cutre, con sus pequeñas chimeneas de aireación, viejas, torcidas. Es cuando salen a escena los 4 integrantes de la formación, cabezudos maquineros, de almacén, los olvidados, es ahí cuando todo hace match y el espacio se dibuja acorde, forma parte de ellos y de ahí torna bello, belleza que inexplicablemente se mantiene en el tiempo a lo largo de los 11 días.

La voz livianamente descarada de Xiana Arias está envuelta por un espacio sonoro que juega con ella, con los cabezudos, con las ridículas coreografías. El todo funciona, Xiana atrapa, se hace atractiva, muy atractiva. Una atracción con toques gatunos y sutilmente insolentes.

Viernes 3, Martín Flores Cárdenas en programa único ocupando iglesia y coro con La fuerza de la gravedad.

Martín Flores Cárdenas y la profundidad de la gravedad o la gravedad del vivir.

La propuesta de Martín Flores comienza como una lectura de casi un testamento o una declaración de intenciones que propone leer a Laura López Moyano, su amiga actriz. 

Martín tiene grandes amigos, al menos 137, yo diría que casi 200, a través de los cuales va relatando una vida, un hacer, un transcurrir del tiempo, un relato de los momentos compartidos, devorados a veces. Yo tengo un amigo sentado a mi izquierda que dice que la palabra por sí sola no le conecta, que le molesta escuchar la cantidad de amigos que tiene Martín, como una lista interminable de pertenencias. Yo tengo una amiga sentada a mi derecha que se emociona, se ríe y a veces siento sus ojos cargados, tal vez por el recuerdo de momentos perdidos, o amigos perdidos. Laura se mantiene al principio ajena a la lectura, para ir poco a poco, opinando de ella con una ironía sutil, bufona y que pretende inocente. Y el texto se va apoderando de la emoción ahora sí de mi amigo de la izquierda, en una pausa final que identifica y atraviesa a mi amiga actriz y también a mí. Después de esta lectura en el altar, con solemnidad y en silencio la seguimos a través de una diminuta puerta al coro de la iglesia. Allí nos espera Martín con sus raíces en forma de pluma en la cabeza, en medio de un espacio desdibujado por el humo, en un espacio que invoca y que ahora sí o sí nos agarra con la fuerza de la gravedad aun sintiéndonos en la luna. Una atracción entre lo más terrenal y lo más estratosférico cierra el viaje. Me veo de nuevo en medio de mis dos amigos y pienso en lo bonito que es la atracción de los cuerpos. 

El sábado 4 la bienal nos ofrece tres propuestas la de Lara Brown con Tórtola Valencia pienso en ti con mis manos, Isabel do Diego con Bestia sagrada y Vacaburra con O raro é que bailar sea raro. Una programación que se articula con mimo desde una mirada queer.

Accedemos al coro desde una puerta lateral que nos guía atravesando una sala abovedada en plena excavación arqueológica, y un lagar que antaño trituró la uva que daría lugar al mosto que las monjas Clarisas fermentaban en la gran bodega del convento. María, mi amiga arqueóloga, me cuenta que el convento tiene un escrito en el que otorgaban el derecho al consumo de dos litros de vino diario a cada una de las monjas que lo habitaban. Me imagino que ese vino abriría las puerta a lo espiritual como lo puede hacer cualquier estímulo que produzca un pequeño estado alterado de la conciencia.

Lara Brown y la memoria que reconstruye y crea nuevos posibles.

Lara Brown nos cuenta con suavidad, simpatía y amor a raudales cómo lleva ya un tiempo investigando la vida y obra de Tórtola Valencia. Una investigación que empezó con la intención de acercarse a su mundo más personal para a partir de ahí reconstruir sus danzas desde el sentir y como única referencia las imágenes de archivo que atesora. Una aproximación no solo a la bailarina de éxito de principios del siglo XX, sino una aproximación a ella, a la persona, a esa mujer libre, rompedora de tabúes sociales que cruza el Atlántico, lejos de la mirada conservadora de la ciudad que la vio nacer. Es así y desde esta aproximación Lara se vuelve canal, construye desde el sentir, no obliga al cuerpo a nada, deja que él reconozca a partir de la realidad construida, a partir de mirar con lupa el mundo de Tórtola Valencia. Lara nos hace partícipes de su propósito invitándonos a sostener esas fotos guía que inspiran su baile. Salgo del coro con una sensación de intimidad muy calentita, con la inocente ilusión de haber contribuido a que Lara dé un paso más en su acercamiento al mundo de Tórtola.

Salimos de la intimidad del coro y de la sonrisa amable de Lara para entrar en el profundo mundo de Isabel do Diego, el alter ego del artista cordobés Juan Diego Calzada.

Un concierto con tintes cabareteros que en su ritmo hipnotizante me lleva a fusionar la imagen de Isabel con el retablo Barroco de la iglesia que le sirve de fondo. Una fusión que con el cambio de iluminación que acompaña su voz, parece dar vida a los querubines que lo custodian. Sonríen y se entristecen al ritmo de las voces cavernarias o de falsete que Isabel va alternado en una suerte de aquelarre electrónico ritualizado. Salgo desconcertada, con una sensación de irrealidad y también con el delicioso regusto de la irreverencia.

Vacaburra cierra el programa del viernes con O raro é que bailar sea raro. Un solo interpretado en los teatros por Andrea Quintana y que para la bienal Vacaburra recrea para cuatro cuerpos, los de Andrea, Ailen, Gael y Olga. Cuatro cuerpos no normativos para la danza, cuerpos habitados por almas que expresan con su presencia una reivindicación a ser lo que uno quiera, habitar el mundo sin artificios, sin estereotipos. El espacio está limpio y de nuevo admiro ese fondo de escenario con esos 4 cuerpos vestidos de negro, simples, bellos, siendo lo que quieren ser.

Las circunstancias del vivir me hacen saltarme el programa del domingo y el lunes y perderme las propuestas de Pista Cuatro con Sen Patrón, Javier Hernando (Los Bárbaros) con Extraña Alegría y Noela Covelo Velasco y Élise Moreau con Aplauso, vacío; y retomo el martes 7 con Jérôme Bel en programa único para este día.

María Roja presta su cuerpo y su presencia a Jérôme Bel para la pieza Jérôme Bel. Una conferencia a modo de las autobiocoreografías ya ensayadas con otros bailarines o coreógrafos como la de Veronique Doisneau o la de Isabel Torres, o incluso como la colaboración con su admirado Xavier Le Roy.

Maria Roja con su magnética presencia va tejiendo la autobiografía con la vida, la obra y los pensamientos ético-políticos de Jérôme Bel. Maria-Jérôme nos habla de «sí mismo» en primera persona de una manera pausada, clara, con una dicción cuidada, dándonos tiempo a la masticación, al pensamiento, a la construcción mental de nuestros propios argumentos. Jérôme se nos muestra humano, humilde y reflexivo en la mirada de su obra que continuamente actualiza conforme avanza la pieza. Me siento como en la sala de estar escuchando a mi colega después de haber hecho un proceso largo con su terapeuta. Me quedo con la resonancia de que el artista a través de su obra acaba mostrando su manera de estar en mundo. 

La autobiografía comienza con un encuadre que anuncia 2 horas de duración, advirtiéndonos y animándonos a abandonar la sala si así lo necesitamos. Para mí las 2 horas vuelan, se crea en la iglesia un estado de atención plena y cuando salimos a la calle se activan las ganas de hablar con las colegas de la vida, de arte, de política, de dolor y de ecologismo. 

De regreso a casa compruebo que para ver tu obra, Jérôme, he recorrido 60 kilómetros en mi Toyota Yaris, he consumido casi 4 litros de gasolina y he emitido 7 Kilos de CO2 a la atmósfera. C’est la vie. 

Día 8. Maria Jurado con Angelical y Fran Martínez con Transfixión. Iglesias y Coro.

Maria Jurado, una pasarela a la transformación, a la deformidad, a lo no mostrable. 

Vivimos en un mundo tremendamente polarizado y en continua lucha por ocultar, aniquilar el polo opuesto. Lo angelical parece vender y sin embargo lo que a mí más me atrae de María es lo dionisíaco. Esa pasarela de transformación y de bajada a los infiernos. Para Aristóteles, “la virtud está en el término medio”, a mí lo que me gusta es el baile entre los polos. Ah y esa luz “efecto Dios o Espíritu Santo de los libros de religión” que iluminaba a María en la pasarela que se crea disponiendo al público en dos largas filas a ambos lados de la iglesia. 

Este mismo efecto de luz, esta vez natural y del atardecer, ilumina el coro para mostrarnos a un Fran pausado, dejándose llevar por el espacio ocupado por nosotros, por su espesura interna, por su sensibilidad externa. Un Fran en proceso de creación con una sensibilidad exquisita a flor de piel y un estar sin prisa, sin tiempo. Es una delicia dejar que la mirada busque posarse en Fran o en quien esté en la línea entre la luz y mi ojo. 

El día 9 Ángela Millano con Escarlet y Manuel Rodríguez con Alien, no estuve allí. Día 10 iglesia, coro y jardín, Alejandra Pombo Su con E os ocos comenzaron a pegarse, Thiago Granato con Out of sight, out of mind, Leonor Leal y Antonio Moreno con En Talleres. 

Alejandra emite alaridos desde el coro alto de la iglesia. No la vemos pero su voz parece acercarse, se transforma en graznidos, aullidos, gruñidos, berridos, guarridos, bramidos, ronquidos, balidos, lamentos, o en un llanto desesperado, visceral. Aparece a través de la puerta del coro bajo habitando un cuerpo, que aun siendo humano, se ve despojado de todo signo de humanidad. Alejandra deambula con su cuerpo carcasa por la iglesia, se encarama a lo que se encuentra, se me antoja que buscando dónde regurgitar su aliento.

Thiago Granato nos recibe en la entrada al coro y nos explica que lo que vamos a contemplar es un trabajo en proceso que presentará en Montemor o Velho en el Festival Citemor en un par de semanas. 

Nos acompaña al coro y comienza a moverse en una danza que dibuja el espacio escénico.  Una vez creado el espacio, sale para hacer un cambio de vestuario. En este tiempo, el público que está sentado a dos bandas, se mira, se pregunta, se da calma, se reconoce. Thiago no sé si este tiempo de espera es buscado, pero si no lo es, te diría que lo apuntes en tu cuadernillo de notas. 

Thiago se mueve ahora en un pequeño espacio y en un non stop va creando imágenes con la ayuda de 4 elementos que sus brazos asistentes ejecutan. Un continuo a cámara lenta que atrapa. Thiago comparte la lectura que le inspira y nos regala sus reflexiones en una danza que muestra un cuerpo fuerte, contundente e inequívoco.

Leonor leal y Antonio Moreno nos presentan en el jardín un diálogo de baile y percusión. Una ejecución con una limpieza total y absoluta nos lleva a escuchar con una claridad finísima el chasquido de los dedos de Leonor o el susurro de Antonio. Un diálogo cómplice y muy jugado que acaricia el final del día. 

El día 11 me pierdo a Celso Fernández Sanmartín con su Contar no apagón y me incorporo a la performance de Ana Borralho y Joao Galante en la iglesia.

Vamos pasando poco a poco a una iglesia a oscuras dónde varios cuerpos yacen inmóviles en el suelo (los cuerpos de un grupo de teatro del centro Asociado a la UNED). Tienen los ojos cerrados, a veces hablan muy bajito, apenas se les oye. Esto hace que nos tengamos que acercar mucho para escucharlos. Poco a poco se van creando composiciones de dos, tres, cuatro cuerpos alrededor de los cuerpos yacientes que hablan. Nos van contando una historia que se va repitiendo en distintos tiempos, en distintas voces. De repente todas las voces confluyen en una frase, en un mantra, para después de unos instantes de nuevo volver cada uno a un momento distinto del relato. A veces todos callan. Nosotros esperamos tranquilos a su lado.

Los espectadores cada vez se ablandan más, se acercan mas, se va creando una intimidad que relaja los cuerpos, que nos invita a acomodarnos cada vez más pegaditos, más cómplices.

Laia Estruch y Zunzún parece que llevan toda la vida juntos aunque el programa anuncia que se han juntado para la bienal. La bestia parda de Laia irrumpe con su voz que parece surgir del fondo de la tierra o de un volcán en erupción o de una caverna y parece surfear en un mar bravo que conoce como la palma de su mano. Grande Zunzún, la banda Pontevedresa que la acompaña y que llena el jardín del convento. 

Jo em penso que sóc i no sóc res, però sóc quan sóc i puc ser allò que sóc, que sempre em penso que no sóc / Yo pienso que soy y no soy nada, pero soy cuando soy y puedo ser lo que soy, que siempre pienso que no soy. 

Salgo cargada de energía, con ganas de ser lo que creo que no puedo ser, con ganas de bailar. Cenamos con amigas, bailamos música mala y reímos y somos felices mientras bailamos. Gràcies, Laia, deus cho page, Zunzún. 

Y llegamos al último día, Montdedutor en el coro con sus Danzas románticas/antena fantasma y el solo de Alessandro Sciarroni en la interpretación de Marco Bertani en la Iglesia con Don’t be frightened of turning the page. 

Dos hombres con cuerpos grandes, con una presencia inmensa, con una simpatía arrolladora.

Dos hombres con trabajos muy diferentes y que sin embargo atrapan hasta hacer que pierda la conciencia de mi propia realidad y me meta en su mundo, a fondo, a muerte. Los dos llenan el espacio de maneras muy distintas con fuerzas opuestas.

Guillem Mont de Palol parte de un cuadrilátero blanco y lo va llenando de color, de relatos, de relaciones, de invitaciones, de cuerpos, de retratos, de retratistas, de seres retratados y todo con la música de danzas románticas y sin palabras. Llena el espacio con simpatía y con juego.

Marco Bertani lo llena con la fuerza centrífuga de sus giros y los dibujos que surgen de su movimiento, que parece no tener fin y que me lleva a perder las coordenadas del tiempo. 

Un final que me deja un sabor de boca dulce, suave, tranquilo.

Me siento feliz de estos días de bienal, feliz de los momentos compartidos. 11 días y 22 propuestas. 

Google me dice que el 11 y el 22 son los llamados números maestros en numerología, representando vibraciones espirituales elevadas. El 11 es el Mensajero o Iluminador, asociado con la intuición, la clarividencia y la inspiración. El 22 es el Constructor Maestro, vinculado a la materialización, el liderazgo y la capacidad de construir grandes proyectos en el plano terrenal. 

Me pregunto si fue el azar o la intuición lo que llevó a Iñaki a dar este orden a la constelación de propuestas. Fuere como fuere, ojalá esto represente un ancla al futuro. Larga vida a la bienal de artes vivas, larga vida a estos espacios de creación, intercambio y comunión. 

Amén.

Uxía I. Lodeiro

Fotos de Romina Doce y Miguel Rubio

Publicado en Uncategorized | Comentarios desactivados en Santa Clara 1271-2026. “Nas marxes” desempolvando el rito

Mi.Ser.IA de Cía. Babilonika

Cuerpos vivos, vitales, cuerpos en vivo y en directo. Cuerpos sudando, llenando el espacio de temperatura e incomodando con esa presencia única que cada vez nos resulta más extraña y aterradora. 
El viernes pasado llegué a Can Batlló con muchas ganas de ver teatro y poca información sobre lo que me esperaba. La atmósfera de este emblemático espacio de reunión vecinal y militancia cultural era festiva, alegre, desenfadada. 
El bullicio era alto y constante, hasta que una voz bien proyectada llamó nuestra atención y nos introdujo con un tono directo y misterioso a la vez, al mundo que nos esperaba del otro lado de la puerta negra: un conjunto intergeneracional y multicultural de miradas extremas, desafiantes; un grito de socorro ante la desconexión actual que nos enferma el alma; un pedido de auxilio para tratarnos con la ternura de un abrazo colectivo, como aquella ternura (spoiler alert) que exhudaron los besos entre el elenco y la directora llegado el final de la experiencia.  
Digo experiencia, porque lo que vivimos el pasado viernes no fue una mera representación teatral. Lejos de las convenciones, Mi.Ser.IA de la compañía Babilónika nos propone un viaje de alto riesgo, que nos tumba como una ola tan violenta como necesaria. Nunca hubo artificio porque desde el primer momento fuimos parte, una masa separada por un hilo finísimo que es casi injusto llamar ficción: Trece cuerpos-personaje nos rodearon por completo con su gesto, sus voces expandidas y hondas, su mensaje punzante y provocador, su acción que busca incomodar adrede para despertarnos del sopor telemático en que nos encontramos. 
Esta pieza es un grito de auxilio para la humanidad toda, que a través de una obra de relojería física y espacial nos revela la fuerza de la unión, de la escucha, del contacto humano, sencillamente humano. Trece cuerpos que dialogan sin pausa durante una hora, corriendo a toda velocidad, persiguiendo el delirio de la parodia, generando imágenes más arrolladoras y memorables que cualquier post viral. Y nosotrxs, siendo imposible permanecer ajenxs, miramos, reímos, nos conmovimos y sentimos miedo, además de un temblor en el pecho, pues la música que acompaña la acción nos envuelve y potencia las emociones que genera recibir tamaño escupitajo de verdad en forma de teatro. Los cambios de vestuario y foco espacial se sucedían por toda la sala, quedando ya muy lejos la pasividad de espectar. 
Quien desee adentrarse en el universo de la compañía Babilónika deberá rendirse al juego de la incomodidad. Una incomodidad (o inconformismo?) trazada como un puente hacia una consciencia más clara de nuestra época: ¿Quiénes somos en sociedad? ¿Cuántas máscaras llevamos puestas? ¿Qué es el éxito? ¿De qué se trata, después de todo, la verdadera experiencia humana, entre tanta mediatización y deseos inducidos? 

La propuesta nos invita a una fiesta, un banquete, un exorcismo colectivo. Turbulenta y ruidosa, Mi.Ser.IA nos recuerda que la falta de recursos no imposibilita la creación de teatro de calidad: muy por el contrario, es esta limitación la que deviene potencia cuando lo central es un mensaje fuerte y claro que interpela y genera interrogantes, dejándonos un eco en el pecho para seguir conversando durante la cola del baño, el camino a casa, la cena… No se queda atrás el pedazo de trabajo de lxs performers, que se aplaudíó de pie y con ovaciones. Unxs artistas que dejan el alma en cada paso, en cada texto, que creen visiblemente en aquello que tienen para contar. Una expresión irreprimible, una verborragia que se agradece ante tanta frialdad de pantalla y miradas perdidas. 
DESPIERTEN, me queda sonando como un zumbido en los oídos. Estén vivxs. Sean personas. Busquen personas. Miren a otras personas. Hablen con personas. Abrácense con otras personas. Salgan de su confort ilusorio, que el malestar social y político se combate con arte y con trinchera. 

Can Batlló, casa autogestionada y espacio de encuentro barrial que supone un punto neurálgico de suma importancia para el tejido social, es escenario de esta experiencia performática que no pueden dejar de vivir.  
Una luz de esperanza se reflejó en los ojos de quienes estábamos allí esa noche. La humanidad aún está en vilo, con dignidad y fortaleza para frenar los delirios deshumanizantes que nos apremian, nos aprietan y nos quieren asfixiar. 
Ante el ataque de la maquinaria capitalista, respondemos con encuentro, con curiosidad, con pensamiento crítico y sensibilidad ante la velocidad que se nos impone. 

Melina Rosés 

 

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SPAfrica

Entramos y en el escenario ya está todo preparado. El espectáculo que acabamos de ver nos ha dejado con muchas ganas de escuchar a los artistas. El dramaturgo Ferran Dordal entrevista a Julian Hetzel y aún estamos esperando a que llegue Ntando Cele, seguramente recomponiéndose todavía de su más que energética actuación. 

Una proyección en el fondo del escenario con la información oficial del Festival Grec, micrófonos, tres sillas transparentes, una máquina dispensadora de agua (de estas con bidón recambiable) y una mesa con una botella de agua peculiar en su centro. Ferran empieza su charla post-función con seguridad.

Un espontáneo en el público se queja “Què dieu de post-funció?”. En realidad yo ya sé el truco, descubrí el artificio de SPAfrica en 2023 en el Teatro da Garagem de Lisboa, en el Festival Boca Bienal y por eso he querido repetir. 

Ferran pronuncia mal el apellido de Ntando, “Chela” en vez de “Cele”. Fijaos, este es uno de los primeros indicios de la magnitud de lo absurdo que está por venir. Julian Hetzel nos cuenta sobre el producto encima de la mesa. La botella de agua forma parte de un intercambio Sudáfrica – Europa en el que se cambian agua por lágrimas. Las lágrimas de los europeos blancos se recogen con un dispositivo específico que se coloca como si fuesen gafas. Unas proyecciones ilustran el proceso mientras sigue la conversación. El líquido recogido llueve posteriormente en Sudáfrica. Ese agua a su vez es embotellada en la garrafa que Hetzel nos muestra hoy en la Fundació Joan Brossa.

Era algo así, ni siquiera el entrevistador parece entenderlo del todo: “es ambiguo”, va insistiendo Ferran. “Pure empathy from Cape Town, Ferran”, se explica. Parece que Hetzel está convencidísimo y propone distribuir chupitos con muestras de esta agua a todo el público. “Let’s connect through liquid!”. Lo hacemos.

Con las preguntas del dramaturgo, Hetzel a veces necesita un tiempo para responder y, con el gesto repetido de llevar su mano a la cara para reflexionar, desvela una capa más de la sátira de esta pieza: piel negra, máscara blanca, relanzando literalmente a Frantz Fanon con una dosis generosa de humor performático. El artista alemán se sigue delatando cuando empieza a hablar en nombre de su compañera. En una sucesión de clichés que siento ya haber escuchado a lo largo de mi vida y de diferentes maneras, la máscara blanca reitera “I’m not the bad guy”. La justificación perversa de este artista alemán hace que acabe enseñando su documento de identidad nacional proyectado en pleno escenario, en un gesto de autocompasión y lástima. La pataleta ridícula de Hetzel finaliza esta primera escena, en la que el dramaturgo catalán termina siendo expulsado del escenario. 

Cele deforma y desfigura la máscara restregando su nariz por la silla transparente en la que supuestamente iba a sentarse ella al llegar. Los sollozos van in crescendo y la imagen es un meme. La máscara acaba colgando de su manos y el gemido sigue mientras la zarandea. Me viene enseguida la imágen del líder revolucionario Dessalines con la cabeza de una mujer blanca mutilada en su mano durante la Revolución Haitiana, y el famoso lema rebelde: Koupe tèt, cortad cabezas. 

“[IDIOMA ESTRANGER]”. Este es nuestro primer acceso a lo que dice Ntando ya sin la máscara blanca. Siguen las proyecciones de la recogida de lágrimas blancas. Con cada vez más frecuencia, se oye un goteo. Lo reconocible del gesto de los antebrazos de Cele y la construcción gradual de lo que llegarán a ser saltos, es a lo único a lo que nos podemos agarrar en busca del significado de su discurso. El habla de la performer se intensifica y acaba convirtiéndose en Drippp, uno de los temas de la pieza y que está disponible en Bandcamp. 

Ferran interrumpe esta vez desde la pantalla y un zoom in que muestra solo su boca. Pregunta sobre el whitefacing. “I want to know more”, quiero saber más, Ferran o la voz morbosa del mercado de las artes escénicas contemporáneas. A partir de aquí sus intrusiones insisten en esa línea: “inspirador”, “confrontador”, “conmovedor”, comenta. La mirada blanca no me deja ser yo misma y por eso necesito de esta máscara, responde Cele. Pienso en el poema de Paul Laurence Dunbar que Cherish Menzo y Camilo Mejía recuperan en Darkmatter, “We wear the mask that grins and lies”, “usamos la máscara que sonríe y miente” y en la insistencia angustiante de Rébecca Chaillon con la lejía y la necesidad de blanquear para ‘caber’ en su obra Whitewashing. También tengo muy fresca la conversación sobre la fuga con Leandro Souza en su pieza Musa Insistente y me pregunto si Cele encuentra en la máscara o en la codificación irónica de su lengua, una brecha de libertad para escapar de un espacio que la confina.

Volvemos al dispositivo de las lágrimas y la performer sudafricana invita a alguien del público a llorar con ella, “let’s hold space for white tears”. Jesús se ofrece (y su nombre es carne de cañón para Cele, claro) y a cambio se le promete la botella de SPAfrica. Música sentimental, zoom en los ojos y la cara del voluntario (ella lo llama volun-tear) y la mirada cómplice de Ntando, sentada a su lado. La escena es cómica. Jesús no llora pero vuelve a su asiento orgulloso habiéndose ganado la botella.

Ntando Cele ahora nos demuestra su capacidad para llorar. Lo hace y paulatinamente construye una sonrisa exagerada que poco a poco se convierte en gruñidos y ladridos. Descubrimos en su intento por atacar a la primera fila que la performer ha estado atada todo este tiempo de un lado del escenario. Oh My God, Oh My Dog. Llega el segundo tema de la pieza, también disponible en Bandcamp. La primera vez que lo escuché ya me hizo pensar en el juego con el rap y las palabras de Cherish Menzo en Jezebel y aún hoy tengo esta referencia muy presente. “Watch me lose control”, provoca Cele con sus rimas. Ahí me fui un poco más lejos en mi experiencia como espectadora: Nora Chipaumire en El Graner en 2017 con #PUNK, “They said, ‘You black nigger! Go back to Africa!’ And I said ‘Cocksucker, motherfucker, watch me! Watch me go back to Africa!’”

Efectivamente, a partir de ahí Ntando pierde el control y si creíamos que hasta ahora había sido ácida y mordaz, en realidad no hemos visto nada. Confronta al público intercalando una voz deformada con su voz normal, jugando con la construcción del “otro” en la industria del arte, “I’m the other and you need me” y cuestionandonos, ¿qué estás sacando de esto? Sé que queréis esto, anuncia mientras se abofetea, el entretenimiento perfecto pasando por el llanto y la risa. 

Empiezan los chistes racistas y como el público no acompaña con complicidad, vuelve a colocarse la máscara blanca. Cele se balancea en un columpio que ha hecho con una cuerda y el bidón del dispensador de agua y las bromas continúan de la forma más depravada posible. White Lies. Tras usar el dispositivo de la cuerda para tirar el agua del bidón por todo el escenario desde arriba, empieza la tercera música de SPAfrica. Mentiras blancas, mentiras con ‘buena intención’, la sorna de Ntando Cele es inagotable. 

La pieza acaba con una luz roja que reviste de repente todo el espacio. Ahora considero la segunda parte del lema revolucionario haitiano, boule kay, quemad casas. Ntando Cele ha incendiado la Brossa.

Inés Sybille 

Collage de Inés Sybille

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Existen diferencias entre el kétchup y la sangre

Una descripción

El 26 de junio se presentó en La Casa Encendida a una doble sesión, temporal y formal, sobre el universo de Rodrigo García a través de dos relecturas de Shakespeare. Jornada agotadora Hamlet se llamaba. 

Por un lado, revisitamos Hamlet Kebab (2016), una pieza audiovisual rodada en la periferia de París, en un restaurante real, el Restaurant Halal. Spécialités Turques, que por un día se convertía en el set de rodaje de una película filmada en tiempo real. La tragedia tenía lugar entre freidoras, rollos de carne y pan de pita; las acciones transcurrían en las mesas, la cocina, el baño y la puerta del restaurante, a lo Arca rusa de Alexander Sokurov, pero en poquitos metros cuadrados. Hamlet Kebab no era solo una peli: cuando se estrenó, al mismo tiempo, en un teatro convencional parisino, en el centro, un público tradicionalmente burgués asistía a una película que estaba siendo rodada y montada en ese mismo instante en aquel barrio (salvo algunas escenas puntuales filmadas en estudio), generando un juego de distancia y simultaneidad. Los personajes clásicos eran ahora interpretados por actores inmigrantes y no profesionales, a partir de una traducción académica del texto original al francés.

Por otro lado, ese mismo día se inauguraba Instalación-Detritus-Hamlet, una exposición, espacio inmersivo construido a partir de los restos, residuos y materiales del rodaje de la también obra audiovisual Hamlet está fatal (2026), un proyecto reciente filmado en las propias salas del centro de artes, con un grupo de niños de entre ocho y doce años, cuyo resultado se proyectaba en una sala contigua a la exposición. Hamlet está fatal había sido rodada apenas en un espacio vacío, con objetos, luz, acciones y poco más, a lo Wittgenstein, de Derek Jarman. Esta vez se trabajó con una adaptación del texto a un lenguaje más coloquial, más ¿infantil?, y dotado de un cierto grado de humor intencionado. Los niños parecían jugar, celebrar, divertirse; no se veía en ellos una actitud adulta mientras transitaban e interpretaban ante la cámara la historia del rey de Dinamarca. Los efectos de montaje afirmaban ese tono lúdico: cada vez que algún personaje la palmaba aparecían las palabras Game Over, como en los videojuegos de los noventa. La estética del vídeo, cargada de ilustraciones y siguiendo esos mismos pasos, nos recuerda a Cristo está en Tinder (2023), por ubicarnos. El juego de Hamlets se observa también en los dos Hamlets que aparecen en la peli, el personaje está interpretado por dos niños que hacen de uno, del mismo, un Hamlet bicéfalo; dos sillas de director en la exposición, un monstruo de dos cabezas. Ese es.

Dos cosas

Vale, hay dos cosas que, por lo pronto, me llaman la atención. Primero, una obsesión: Hamlet (si es que puede llamarse obsesión a hacer dos versiones de un mismo clásico con un intervalo de diez años), donde tal vez me pregunto sobre los porqués, sobre qué le interesa a Rodrigo García del universo de Shakespeare y qué le motiva por rescatar ese  texto en concreto ahora, si todo esto tiene que ver con algo simple: que sea la tragedia del teatro por excelencia y a partir de ahí enredar —donde, como sabemos, muere hasta el apuntador— o si existen razones más complejas que uno no puede captar —yo qué sé, psicológicas, biográficas, afecto por algún pasaje específico, pum—. Y, segundo, los actores. Es inevitable preguntarse por el amateurismo en París, no son actores blancos de un grupo de teatro de novatos de la Sorbona, por si había la duda, son inmigrantes y, además, enfrentados a una dicción del texto difícil (traducción académica). Complejidad que se intensifica tanto por el dominio del idioma como por su sofisticación del drama, También los actores niños, cuya distancia respecto a la comprensión del texto de Shakespeare es probablemente mayor. Aquí sí, aunque el texto esté adaptado, podemos decir que la compresión del trabajo de Rodrigo García no existe. Imagino que los niños que se apuntan a hacer una película lo hacen por entretenerse, por aprender o por cabezonería de sus padres; no por haber seguido la trayectoria de La Carnicería. Igualmente, tal vez los chicos de la película tengan un cierto acceso a la cultura que nos sorprendería —especulo, desconozco su origen socioeconómico—. En fin, que, digo: Hamlet, por un lado, y la distancia de los intérpretes, por otro.

Un Shakespeare

A ver, el Hamlet original, es, en su raíz, una descarnada tragedia de venganza, sexo y metateatralidad. Nos contaba Laurent Berger —director, investigador y docente de teatro—, en la charla que acompañó a las proyecciones, que la obra es heredera del teatro romano de Séneca y un texto históricamente plagado de errores estructurales, escenas ridículas —alguien se esconde varias veces detrás de una cortina— y fisuras en su escritura —como cuando de una larga conversación le dicen a Hamlet algo así: Ah, sí, se me olvidó comentarte que se ha muerto Ofelia, tu novia—. Durante los siglos XVII y XVIII, la crítica europea —con Voltaire a la cabeza— la consideró una obra horrorosa e irrepresentable. Fue ya con el Romanticismo del siglo XIX que se cambió esta visión, y que el siglo XX acabó por fetichizar como un objeto sagrado, olvidando que Shakespeare escribía para la energía de la escena viva y bruta, para lo soez de las clases populares londinenses y no para lectores acomodados. Siempre me sorprende recordar el dato de que podían asistir hasta 2.000 o 3.000 al teatro, a plena luz del día, sobre las dos de la tarde. Igual por ahí van los tiros, recuperar precisamente una cierta crudeza e imperfección original de la escena. 

Dos Hamlets y las distancias

Dicho esto, en los dos Hamlets vemos cómo, al trabajar deliberadamente con la infancia y el amateurismo frente a un texto hipermonumental e icónico, se genera una brecha técnica que introduce esa imperfección, una suerte de «fallo» voluntario y una torpeza performativa que aquí se colocan como valiosa base sobre la que se sostienen los elementos de la pieza. ¿Cómo genera Rodrigo García esa imperfección original de la escena? Lo que se impone aquí es una distancia de ignorancia radical: el director pone en escena y filma evitando explícitamente que los intérpretes conozcan, racionalicen o intelectualicen lo que están haciendo, incluso que sean capaces técnicamente de solventarlo. Así, creo, protege un cierto territorio de misterio y espontaneidad frente a las expectativas de un potencial espectador burgués —hablamos aquí del público de un teatro en el centro de París y público de un centro de artes en el centro de Madrid—.

Es precisamente ese desajuste entre los actores y el contenido de la obra donde se localiza el dispositivo más potente de este teatro. Podemos categorizar la relación de los intérpretes con los textos propuestos por Rodrigo en cuatro estratos diferenciados dentro de su trayectoria —seguro que me dejo algo, pero, por simplificar y avanzar—: primero, los actores profesionales que comparten de manera idealista y orgánica el lenguaje poético del propio Rodrigo (Juan Loriente, Gonzalo Cunill, Núria Lloansi…); segundo, los actores profesionales que se enfrentan a sus textos desde un ejercicio correcto y práctico (Carlos Pulpón, Selam Ortega…); tercero, la irrupción de los no profesionales atrapados en el marco de la alta cultura (el kebab de París); y, cuarto, los niños que se insertan y se apropian de la literatura sagrada y canónica occidental (los pupilos en LCE). Si bien en los dos primeros trabajan siempre con textos propios, escritos por Rodrigo, y en los dos últimos se sirve del de otros (Shakespeare) que toma prestado tal cual son o los adapta.

Atendiendo retrospectivamente con esta mirada, en otras obras de Rodrigo García ya existe una complejidad dialéctica performativa —aquí la estoy llamando distancia— entre el cuerpo del actor (el hablante, el diciente), lo vivo de la acción (el hablar, el actuar) y la palabra escrita (el habla, la cosificación del lenguaje); es decir, entre la presencia física que emite la voz, la instancia de enunciación y la propia rigidez del texto. Basta con pensar en piezas recientes para subrayar cómo trabaja sobre este enredo. En Cristo está en Tinder (2023), los actores articulan y modulan con su boca un texto mientras la voz que escuchamos pertenece, en realidad, a otro de los intérpretes presentes en escena. Reconocemos enseguida que esa voz es la de otro, y es precisamente ese desajuste entre cuerpo y voz, entre presencia y enunciación, el que activa la escena. Los tres intérpretes participan, de distintas maneras, en ese juego de desplazamientos. Algo similar sucede en PS/WAM (2019), aunque desde otra configuración. La pieza está muy próxima al formato de la instalación, el espectador (visitante) recorre el espacio mientras las acciones tienen lugar y los textos aparecen desplegados sobre el suelo. No es algo para ser solo escuchado/visto, sino que se atraviesan físicamente. La lectura adquiere así una duración concreta y un ritmo ligado al desplazamiento del cuerpo, nos cronometran de hecho, en algún momento, el tiempo que tenemos disponible para la lectura. O bueno, aquella otra Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto (2018) donde los actores ejecutan las escenas mientras sus conversaciones, en lugar de ser pronunciadas, aparecen escritas y proyectadas en un gigantesco bocadillo de cómic situado en el centro del escenario.

Entonces, lo importante no es únicamente el contraste entre la imagen y la acción, sino la distancia que se abre entre quien habla, aquello que habla y lo que se dice. Estos “fallos”, imperfecciones y desajustes entre la voz, el cuerpo y el texto, que dejan de coincidir para funcionar como elementos autónomos, se arropan dentro de una misma poética —o estética— y constituyen buena parte de la potencia de estas obras. Entre el actor y su habla se interpone siempre un salto, una distancia. Entre las voces y los sonidos —objetos reales—, y las ideas y los conceptos — objetos ideales—. En fin, creo, pienso, opino que Rodrigo sigue trabajando sobre estas categorías, de manera más o menos consciente. 

Un teatro infantil

La infancia y la vida adulta se colocan en este dibujo que estamos armando. Tras ver Hamlet está fatal, es imposible no trazar conexiones con cierto cine y teatro que han provocado efectos similares con ingredientes parecidos, que han representado la inocencia infantil conviviendo, no tanto con la crueldad (o la violencia), como con una madurez prematuramente llegada. 

Pensemos en el juego de gánsteres infantiles de Bugsy Malone, el nieto de Al Capone (1976), de Alan Parker, donde un grupo de niños —entre ellos una jovencísima Jodie Foster— siguen cánones del cine de gánsteres de los años setenta, ambientado en la ley seca de los años 20 en Nueva York, con sus roles de poder, alcohol y ajustes de cuentas. Todo esto suavizado — pero potenciado por contraste— mediante el formato del musical y el uso de la nata montada en lugar de sangre cada vez que alguien recibe un balazo. O pensemos en el reverso colorido y perturbador de Palíndromos (2004), de Todd Solondz, donde una niña huye de casa después de que sus padres la hayan obligado a abortar en una clínica privada. Ella busca ser madre y, además, apoya el asesinato por encargo del doctor que la intervino. Su historia es interpretada sucesivamente por distintas niñas de edades y cuerpos diferentes (una niña será siempre todas las niñas).

En Maps to the Stars (2014), de David Cronenberg, uno de los protas es un niño estrella de Hollywood de apenas trece años, que trata de relanzar su carrera tras haber pasado por un centro de rehabilitación por consumo de drogas, mientras inicia un auténtico descenso a los infiernos en su regreso al cine comercial. Hay también ecos de aquella preciosa supervivencia marginal de The Florida Project (2017), de Sean Baker, cuyos niños poseen una madurez insólita, curtida en la calle, en el barrio, aunque su mayor deseo sea visitar Walt Disney World, precisamente, para dejar de comportarse como adultos y poder ser, simplemente, lo que son: niños.

Quizá porque la infancia sigue siendo la imagen suprema de la inocencia —inentendible ya pasada—, Rodrigo ya había explorado este límite en otras ocasiones. Al acercarnos a la infancia —o a lo infantil—, es interesante mencionar al actor Rubén Escamilla, que comenzó a trabajar con él con apenas ocho años y lo acompañó durante casi una década en varias de sus piezas. Debutó en Conocer gente, comer mierda (1999) y siguió en Compré una pala en IKEA para cavar mi tumba (2002). En este último caso, era un niño dentro de un espectáculo de adultos y para adultos, atravesado por imágenes potentísimas y textos desgarradores. Hay uno, que a mí me parece precioso, que el propio Rubén Escamilla recitaba brillantemente en Compré una pala en IKEA…

A los demás niños les planifican su futuro sus padres, /
los asistentes sociales, los maestros… /
Yo me voy a planificar el futuro solo. /
Porque es aburrido si todo el mundo hace lo mismo. /
Éste es el plan que voy a seguir durante mi vida. /
Año 2002. Este año. Tengo 12 años, voy a primero de la ESO, lo acabo y ya. /
Año 2003. Tengo 13 años y dejo los estudios. /
Y me convierto en un ermitaño. Me encierro todo el 2003 a leer a Séneca… /
Acabo en septiembre y en octubre me lo vuelvo a leer. /
Mis amigos van a ver Harry Potter 6, yo leo a Séneca. /

También recuerdo a las dos niñas hipermaquilladas junto al Samurai, en la obra 4 (2015), mientras este les hablaba de su infancia y de los arrebatos violentos de los dibujos animados del Gallo Claudio. El contraste entre Gonzalo Cunill, vestido como un guerrero nipón, y las dos niñas tomando un cóctel en un diván mientras chapurrean japonés es demoledor. O aquella impactante escena de Aproximación a la idea de desconfianza (versión de La Casa Encendida en 2008): una masa de veinte adultos se rocía con botellas de plástico llenas de sangre falsa y colapsa en el suelo, simulando ser cadáveres. Acto seguido, un niño y un adolescente entran con sacos de plástico para desvalijar los cuerpos, robándoles anillos, relojes y carteras. La metateatralidad, junto con la crudeza de la imagen, es una bomba.

Un humorista 

La estética conecta mucho con la del artista visual Paul McCarthy y también con su famosa frase: «La gente hace referencias al arte vienés sin cuestionar el hecho de que hay una gran diferencia entre el kétchup y la sangre. Mi trabajo tiene más que ver con ser un payaso que con ser un chamán». O sea, al igual que el bueno de McCarthy, esto tiene más que ver con la imagen de un payaso que con la de un chamán: la sangre de la tragedia de Shakespeare se cambia por el kétchup del kebab y de los juegos infantiles.

Bueno, no sé, por simplificar, creo que lo primero que pensé mientras veía las dos películas tenía algo que ver con Yorick, con la calavera del bufón en la escena del sepulturero, es decir, con la muerte anterior del comediante. Lo vi casi todo a través del humor que atraviesa las piezas, mucho más evidente e intencionado en la nueva adaptación con los chiquillos. Volví al libro y topé con un pasaje en el que Hamlet dice: «Los cómicos no pueden callar un secreto». Y con este otro, recordando al bufón: «Me acuerdo de que, siendo yo niño, me llevó mil veces sobre sus hombros». De ahí, tal vez, la idea del humor como aquello que sostiene sobre sus hombros toda la ficción y que, al mismo tiempo, permite decirlo todo sin censuras, sin guardar secretos.

A pesar de toda la dureza —o belleza— del contenido literario del trabajo de Rodrigo, recuerdo haberle escuchado decir, en una entrevista con Marta García Miranda —quizá la única que ha concedido a los medios en los últimos años—, que se considera, ante todo, un humorista. Tal vez para resguardarse bajo esa imagen —véase que en las fotografías de divulgación suele aparecer con una careta—. El humor rebosa todo su trabajo y lo atraviesa sin complejos; es un hecho. Creo que sí se puede trazar una línea divisoria entre el cómico común y el humorista, y ahí yo lo situaría en el segundo grupo: el primero se dedica simplemente a hacer reír —trabajo dignísimo—; el rol del segundo sería más bien el del bufón. Es decir, y volviendo a Hamlet, el de un Yorick que se ríe del mundo desde su tumba, después de darlo todo —o el mundo se ríe de él, ya muerto, qué sé yo—.

Julián Pacomio

Imágenes La Casa Encendida | @thisprojectworks

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Estoy al borde de una pesadilla

Con el teatro lleno, Laura Ramírez Ashbaugh estrenó Oasis of Serenity los días 13 y 14 de mayo en el Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque, en la primera temporada que dirige Jorge Volpi. Oasis of Serenity es el resultado de dos años de investigación en los que Laura ha cursado el Das Choreography, un máster de estudio y práctica coreográfica en Ámsterdam, yendo y viniendo desde la ciudad a Madrid sin perder el vínculo con su casa ni su red. Pero Laura Ramírez Ashbaugh ya llevaba años currándose la escena contemporánea. Yo la conocí en 2016 con una pieza que se levantó como el aire fresco, ¿Cómo se hace una performance? de las Twins Experiment, el colectivo que montó junto a Ainhoa Hernández Escudero (otra argonauta madrileña que vive y trabaja en Ámsterdam desde que cursara sus estudios de posgrado en el DAS Theatre), al tiempo que yo misma participaba en MovLab, un laboratorio que Laura dirigía junto a Raquel Sánchez en La Casa Encendida donde organizaban grupos de aprendizaje en torno a la práctica escénica. Y más recientemente he podido verla en Serenity Rave, un solo de danza que estrenó en Réplika la temporada pasada, donde componía paisajes de la rave con su cuerpo. Desde que la conozco, Laura compagina su trabajo como coreógrafa con el de docente y diría que es una artista que siente el espíritu de la comunidad escénica, algo que quizás le venga de su familia, que tenía una compañía de teatro ambulante llamada “Lope de Rueda”.

En un escenario vacío, casi a oscuras, entorno los ojos y distingo a una figura agachada que avanza girando sobre sí misma mientras dibuja una diagonal. El tiempo se ralentiza y me recuesto en mi butaca. Ya en primera línea, panza arriba, alza el pecho poseído y podemos verle la cara, solo un momento. Grita sin que podamos oírla, como en las pesadillas. Laura mueve el aire a su alrededor, pide y se le concede. Avanza esbelta por el escenario y ejecuta una coreografía de imágenes, flechazos pop del mundo de la mística, de la rave, de la moda y del cine. Entre estas visiones, yo veo también a la Laura adolescente que cierra una fiesta mientras clarea el día.

El sonido de Fernanda Libman acompaña la actuación, el espacio escénico es cortesía de Javi Cruz, el vestuario de Evadehouse, la dramaturgia de Bryana Fritz y la iluminación de George Marinov que interviene el ambiente componiendo oscuridades, provocando un apagón y un fogonazo que ciega a Laura como ciega quedaba Teresa cuando dice que en su éxtasis “veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande…”. 

El título de este trabajo, Oasis of Serenity, anuncia la llegada a un lugar de descanso prometido. Sin embargo, en escena, el paisaje no es sereno y sosegado. El escenario recuerda a una nave industrial, suena música techno, Laura corre perseguida, persigue, manotea, le tiemblan las pupilas, encara un terror que nos es ajeno. En la noche oscura, ella corre a encontrarse con sus sombras, a purgar sus ansias. El oasis espera oculto fuera del escenario, después de que Laura atraviese el trance al que asistimos los espectadores. Laura es una bailarina con una gran fuerza física y para alcanzar su anhelo, antes tiene que rendir al cuerpo, cruzar el desierto. La búsqueda artística suele acompañar a la búsqueda personal y creo que eso es lo que ha hecho Laura en los últimos dos años: bailarle a las sombras, enfrentarse a ellas hasta deshacerlas.

Carmen Aldama 

Imagen de la apertura del proceso de Oasis of Serenity en Ámsterdam, por Thomas Lenden

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