Sara Molina: “Prefiero ser rara que vanguardista”

Quedé con Sara Molina ayer por la noche. Acababa de salir del ensayo de Senecio Ficciones. Obra que estrenó el pasado fin de semana en el Teatro Alhambra de Granada y que este fin de semana se presenta en La Casa Encendida como parte de la programación del XXXV Festival de Otoño a Primavera. También están Los hombres melancólicos, el equipo que se ha reunido para esta pieza. Pedimos unas cervezas. Aquí están los restos de esa conversación.

Sí. Estoy nerviosa. Esta vez sí. No pensaba que a los sesenta años, siendo Senecio Ficciones el cuarenta espectáculo que dirijo, iba a estar nerviosa. Y no es porque haya dirigido cuarenta espectáculos sino porque he pasado por cuarenta procesos. Cómo puedo estar tan inquieta en el cuarenta y que encima surja eso tan extraño de intentar estar a la altura de mi deseo. No sé si lo he conseguido. Tal vez el proceso tenía que haber sido más largo. Han surgido miedos que pensaba que no iban a surgir, por ejemplo, he tenido miedo de estrangular la singularidad de los actores. Son cinco actores tan diferentes, con tanto potencial, que de repente cuando empiezas a fijar algo, aunque sea el fijar el no fijemos, te angustia. Un día les dije que no estaba preocupada por la dramaturgia, por hacer el espectáculo o por mi autoría, sólo estaba preocupada por no asfixiar su singularidad. También ha habido un componente de aventura, de dejarse hacer, cada vez que me he sentido más insegura me he dicho vamos a entregarnos a esta inseguridad, vamos a jugarla, a ver qué pasa.

No me gusta para nada crear expectación. Me he dado cuenta que es algo que detesto. La expectación me parece corrosiva. Profesionalmente es una de las cosas que más me angustian. Crear expectación es una cosa que a mí me destroza. Quizá a otro puede resultarle estimulante, a mí no.

¿La decana del teatro de vanguardia? Hablar de vanguardia es pisar sobre arenas movedizas. Me da un poco de vergüenza. Prefiero ser rara que vanguardista.

En esta pieza he descubierto que a nivel interno estoy en la infancia. Estoy en la infancia porque vuelvo a plantearme qué es lo que quiero. Para mí perder la infancia es dejar de plantearme qué es lo que quiero.

Aún no puedo definir Senecio Ficciones. Tengo que esperarme.

Es una concatenación de azar y deseo inconsciente el que me lleva a hacer Senecio Ficciones. No hay nada preparado. Es sólo una cosa que te lleva a otra, te entrelazas con el deseo y la necesidad de otras personas y al final no sabes muy bien cómo has llegado hasta donde has llegado. El azar, como una pieza en lo real del inconsciente, opera de manera especial. Siempre consigue que ocurran cosas mucho más intensamente.

Senecio Ficciones es una pieza que habla de la incompletud del saber, de la falta, del vacío, del intento que con el orden simbólico se quiere hacer de ordenar el caos, de cómo se crean grandes discursos idealistas para defenderse de la vida en común. No hay nada didáctico, pero sí hay un guiño a la educación socrática de abrir el diálogo, del locus amoenus donde nos podemos sentar a hablar.

La pieza está estructurada en una serie de enseñanzas. Es la primera vez que mi dramaturgia sigue un esquema. Siempre he trabajado el fragmento, el collage, la fractura, la sutura y he estado muy atenta al deseo de los actores. Yo propongo un tema, pero si los actores con ese tema hacen derivas siempre les he seguido. Me parece más interesante seguir el deseo del actor que el mío propio porque al final es su cuerpo, su voz, lo que está en escena. Pero esta vez me he sujetado al esquema de las enseñanzas y a un amago de personaje joven que recibe esas enseñanzas. Ha sido durísimo porque nunca me había planteado trabajar así en una pieza genuinamente mía, incluso ha sido un minúsculo reto conmigo misma para ver si era capaz de hacer las cosas de manera distinta, de encontrar una novedad en mí.

Esta vez he pensado mucho en el espectador. Incluso he trabajado para reconocer exactamente para quién es Senecio Ficciones y aunque está pensada para cualquier espectador, está dedicada a la gente joven. Supongo que está dedicada a ellos por el rastro que han dejado en mí los ocho o nueve años que he trabajado como docente, escuchando sus problemas, sus búsquedas, reorganizando y redirigiendo sus lecturas. He tenido alumnos que han llegado leyendo a Pérez Reverte y han salido leyendo a Agamben después de un año haciendo teatro. Creo que me sentía tan concernida y responsable que al final ha surgido esta explosión de convertir todo aquello en una pieza de manera muy libre.

La melancolía, tal y como la definimos en escena, es el sentimiento de haber perdido de manera irremediable algo que nunca se ha tenido. Creo que esa frase inunda el montaje y es transversal a la existencia. En todo lo que haces hay una pérdida, en el saber, en el conocimiento, pero es una pérdida de algo que nunca has tenido. (La melancolía, dice Miguel Rojo, se niega nada más empezar la obra. La melancolía puede ser en sí misma esa cosa que no tenemos, pero que deseamos. Aquello que negamos, pero que deseamos porque nunca lo hemos tenido, lo que intentamos crear a veces con más éxito y a veces con menos.)

Desde la melancolía aceptamos la pérdida, la falta, la incompletud. Cuando amamos verdaderamente a nuestros jóvenes, porque no los amamos mucho, pero cuando los amamos verdaderamente les queremos defender del mundo, les queremos dar herramientas para que se defiendan del mundo y una de esas herramientas para mí es el espíritu melancólico en el sentido de un espíritu de pérdida, de imposibilidad, con el que hay que estar en contacto. Ese sentimiento de perdida, lejos de debilitarte, te hace seguir adelante. (Jesús Barranco dice: la melancolía forma parte de la pieza a nivel práctico. La propia tecnología de la pieza genera esa melancolía, aunque no creo que sea discursiva. Creo que es algo que pasa en nuestros cuerpos al intentar aplacar el deseo de Sara y que sin querer, por no conseguir su deseo, tampoco conseguimos el nuestro.)

A nivel personal, en algunos momentos, he pensado dejarlo. Pensaba que la tarea estaba cumplida y tenía que dedicarme a otras cosas, pero luego el teatro vuelve a llenarse de sentido en una sesión de ensayo. En los procesos que he vivido últimamente en relación con los jóvenes veo lo que pueden llegar a decir durante un ensayo, lo que pueden llegar a pensar, la mirada y la escucha que se inaugura ahí y cuando todo eso acontece, es cuando encuentro al teatro increíblemente valioso. Pienso que sólo un espacio de ensayo puede alumbrar algo así. Aunque luego en mi biografía sí hay algo que vivo como agotado, que ya está.

Reconozco que me encuentro en una terrible contradicción. Si pienso en hacer una obra lírica o una obra de contenido crítico e incluso una obra que sea un experimento con uno mismo en todos los sentidos, le encuentro poco sentido; pero luego, cuando estás en el proceso, de repente aparece un sentido para los que están contigo. Desde tu vacío ocurre algo que para otros sí merece la pena.

Cada vez que hago algo aprendo cosas. Mi capacidad de aprender vuelve, surge el aprendizaje y con él aparece algo vital. Mientas estoy aprendiendo no envejezco. Puedo datar arrugas de este proceso. Arrugas que van desde la sonrisa hasta una mueca de pánico absoluto.

El otro día después del estreno surgió una situación graciosa. Vi a un actor preguntando a otro, delante de mí, el cómo hacer algo. No me lo preguntó a mí, se lo preguntó a otro actor aunque yo estaba delante, escuchando. Y pensé, me gusta no suponer una autoridad, pero también tengo que reservar mi espacio de autoría y dirección. Me gustan que esas preguntas vuelvan a mí a través del deseo, sin que yo sea un lugar de dominio, pero sí que los actores se pregunten por mi deseo, porque es el que sustenta la autoría. Mi deseo originó juntarnos y actúa un poco como marco, como contenedor. El que me reenvíen las preguntas a mi deseo de autoría, no al dominio ni a la dirección, sólo se ha dado con este equipo. La pieza habla de eso. El saber y la inteligencia son cosas que circulan y hay que saber dónde están en cada momento. No son propiedad de nadie. Tienen que circular. Me encantaría que eso llegase al espectador, que se consiga esa circulación, que lo pueda olfatear, ver; la gran frustración sería que no transcienda. El gran logro discreto es que nosotros, como equipo, sí lo sabemos y sí lo hemos vivido.

En Senecio creo que se ha dado una superioridad de la vida frente al arte, una superioridad de la vida sobre la escena. Lo más importante es lo que nosotros compartimos. Es un grupo en el que cada uno aporta su singularidad, pero también se ha dado una inauguración de un nosotros, contingente. Un nosotros que somos durante un rato, aunque luego se disipe. Un nosotros que nos compromete con la verdad que compartimos. Ahora mismo me acabo de dar cuenta que ahí me he expresado: es un proceso en el que la vida es superior. Esta vez la vida es superior al arte, otras veces la vida ha sido una ofrenda al altar del arte o un sacrificio para que el arte se engrandezca. Esta vez la vida ha quedado a salvo con toda su contingencia y precariedad.

Lo que verá el espectador es un resto de esa vida en común. Hay momentos en los que nosotros paramos la escena e intentamos hacer penetrar algo de lo que hemos vivido, aunque sea imposible. Sólo podemos evocarlo.

En Senecio Ficciones estoy en escena de forma diferente a como he estado en otras piezas. En otras piezas he estado asistiendo a los actores, moviendo escenografía…, esta vez estoy en escena de otra manera. Tengo vestuario. Es la primera vez en mi vida que me visto de fucsia. Estoy fascinada. Estoy preguntándome que es lo qué me digo con todo esto a mí misma. Me parece una osadía, llegar a los sesenta y vestirme de rosa. En este proceso se me han revelado muchas cosas íntimas.

He trabajado muchísimo con mujeres. He tenido una dialéctica con todos los feminismos, me he preocupado por cómo estaban las mujeres en escena. En esta pieza hay una reflexión conmigo como mujer, donde se me han desvelado algunos enigmas. Un encuentro como madre, como amiga, como hija… todos esos lugares están ahí aunque no los explicite la pieza.

En el estreno en Granada me he quedado fascinada con lo que me ha devuelto la gente. Cosas que la gente me ha devuelto y que no explicitaba la pieza. Ha sido una sorpresa absoluta. Cuando muestras el proceso adquiere una coherencia visual en la puesta en escena que genera un diálogo con los espectadores. En Granada surgió un entusiasmo al hablar de la pieza desde unos lugares reveladores que palpitan, pero no están explicitados. Me encantaría que en Madrid sucediese lo mismo.

¿Después del estreno en Madrid? Queremos tener sensación de que Senecio se agota. (Tiene que tener una continuidad, apunta Jesús Barranco. Además, como dijiste en la presentación en Granada, no es una pieza cerrada y se tiene que ir contrastando en la medida en la que vayamos haciéndola).

Yo solo quiero volver a casa. El otro día cuando entrábamos al teatro les decía a los actores: ya estáis en casa, esto es estar en casa.

Javier Hernándo Herráez

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4 Respuestas a Sara Molina: “Prefiero ser rara que vanguardista”

  1. Antonio Fernández Lera dijo:

    Gracias por esta entrevista, excelente.

  2. R. dijo:

    Muy buena entrevista, esperemos que llegue a Barcelona la pieza.

  3. Adán dijo:

    Sara Molina no me recuerda para nada y sí que lo hace en todo lo que incluye al recordar. Por mi parte, tuve la suerte de trabajar con ella una semana que no olvido, como a ella. Fue un antes y un después tan claro que me da igual que suene a tópico. Mil gracias por esta entrada.

  4. Pablo c dijo:

    Acabo de salir del estreno. Me vine a cenar solo. Leí esta entrevista donde desaparece entrevistador, donde se cuelan voces sin comillas. Y resplandece el comienzo de la pieza: vocal lleno de aire masculino, con Molina agarrando un falo… Que importantes son los principios.
    Y resonaba el día de ayer en Madrid. Hay mucho género metido acá…. Parece todo verborreico, mucha reflexión hacia la nada, Nada que ver, hace tiempo no veía esto en escena: tres (uno tiene que escoger a riesgo de simplificar cuando se explica.) fuentes o temas o líneas de una pieza cohabitando, sin entrelazarse, sin guionizarse, y siempre no explícitas. Dramaturgia de lo no narrado. UNO El acercamiento al mundo, el intento imposible de comprenderlo, acto de juventud heroico, frustrado pero que se vive con el gozo del descubrimiento. DOS Una reflexión sobre la escena que tiene tanto de ajuste de cuentas como pequeños hallazgos del que juega sin condescendencia. Y que se vehicula a través del ensayo y del actor TRES Lo ya dicho, una subtrama oscura, la de La Molina viendo todo esto, al macho que nace, al que envejece, al que se aposenta, el que vira, agarrada a su falo vestida de deseo fucsia infantil, desde un lugar que tan tremendamente define en esta nota #Aunque luego en mi biografía sí hay algo que vivo como agotado, que ya está#.
    Esas tres cosas me resuenan… No me queda la palabra de esta obra, si me quedan los actores, y un cierto amor recobrado por la actuación personificado en Barranco. Me queda la palabra saudade, las primeras veces que la metí joven en el pecho, como dolía pero también me daba gozo, y la extraña sensación de haber sido auscultado en mi cerebro puber de veintitantos por esta mujer fucsia tensa

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