Archive for Agosto, 2008
Borrachera
No recuerdo muy bien a quien le he dejado mi Ferrari rojo. Creo que se lo dejé a una chica pero no estoy seguro de a quien: Pat, ¿quizás?. Necesitaba un coche y yo llevaba las llaves encima y como no lo cojo nunca. Creo que iba borracho porque si no no lo entiendo. Lo de dejarle el coche sí, vivir es compartir, pero que no me acuerde de a qué chica se lo dejé eso ya me parece más preocupante.
Bueno, me voy a jugar a básket con mi colega el chungo del barrio. Es un tío bajito y jovencito, poca cosa pero un chungo. Lo que pasa es que es absolutamente leal y honesto cuando jugamos juntos en la cancha del barrio así que me mola hacer pareja con él. Mientras me estreno tirando unos tiros me pasa que no meto ni una ni debajo de la cesta. Soy incapaz. Me estoy comenzando a preocupar.
Lavado rápido
Hay que limpiar como sea el coche de Dorothy antes de que vuelva. Somos gente, está El Suicida, dos más y yo. Primero enjabonar, luego ya se verá, así que manos a la obra. Nos ponemos con brío, con el coche aparcado en la acera. Hace años que no lavo un coche si es que he lavado alguno alguna vez. Desde los tiempos en los que El Creador lo llevaba el domingo a la montaña de La Santa y yo me escaqueaba todo lo que podía porque nunca me ha gustado nada y le debía de decir ya que por qué no lo llevaba a un tren de lavado. ¿No existían ya a principios de los ochenta? ¿O eran aún los setenta? Igual eran un lujo entonces, vete tú a saber. La vida ha cambiado mucho desde entonces, me parece. Éramos como los chinos ahora, quizás. Todo estaba cambiando, todo era bastante cutre pero nos dimos cuenta después, no en ese momento. Da igual, podría haberme gustado ayudar al Creador a limpiar el coche, darle a la esponja aquella gigante que tenía, me acuerdo, mojarla en el cubo del agua con jabón y menearla por el exterior del coche y pringarme todo, mi pantaloncito corto y mi camiseta azul de tirantes, me acuerdo. Pero creo que no me gustaba, ya no estoy seguro.
Cuando el coche ya está enjabonado por fuera decidimos enjabonarlo por dentro. Puede que sea una decisión equivocada pero o no se nos ocurre nada mejor o preferimos pasarnos que quedarnos cortos. Igual lo acabo decidiendo yo, no sé, puede que El Suicida no esté demasiado de acuerdo pero, por la razón que sea, respeta mi criterio. Seguramente se equivoca pero este aura de prestigio me persigue en ciertos ámbitos familiares, qué se le va a hacer, habrá que asumirlo y, de paso, ya que estamos, dilapidarlo.
Bueno, luego hay que enjuagar, digo yo. Buscamos los mejores paños que encontramos por el maletero y comenzamos por el interior, que parece lo más urgente. Pero apenas hemos empezado vuelve Dorothy. Se sienta en el asiento del conductor y nos pregunta qué estamos haciendo. Hombre, ni siquiera es una pregunta, está claro lo que hacemos. Tan claro que a mí me pilla sacándole brillo al cambio de marchas, ya ves. Pues limpiar el coche, Dorothy, ¿qué te parece? Bueno, no le parece mal pero hay que ir marchándose porque viene la policía y tenemos prisa. Me cago en la puta, me deja con la duda, el cabrón. Parece que vuelva de atracar el banco de la esquina.
Olvido
El Tripi me llama para que baje al rellano de la escalera en la celda de abajo. Voy. Me lo encuentro con Lorena que está sentadita en un peldaño. Hombre, Lorena, ¿qué tal? No se acuerda de mí, la hija de puta. Se acuerda de Dorothy, se acuerda de Richarte, se acuerda de Mi Protegida, se acuerda de La China, se acuerda del Tripi, hace años que lo sigue con su Almak-x, dice que qué guay que últimamente parece que las cosas le comienzan a ir bien, ya era hora, pero la muy zorra no se acuerda de mí y mira que nos hemos visto veces y siempre me saluda. No me lo puedo creer, lo está haciendo a posta, la muy capulla, me quiere hundir. ¿Nos damos dos besos ya o qué? Pues no me suenas nada nada, sigue. Vale ya, ¿no? Ya está bien, joder.
El infierno
Núria, casi desnuda, sólo lleva unas bragas que son como unos calzoncillos de tío, blancos, está en cuclillas delante del portal de La Celda, como ida. Viene de visitar a su abuela, seguro. Siempre me alegro de verla pero prefiero no saludarla para no molestarla.
¡Cómo a cambiado La Celda! Ya no hay paredes ni ventanas ni pisos ni puertas. Las celdas están unas juntas con las otras, en horizontal, se sabe que estás en una u otra porque los muebles las delimitan. Al fondo, la playa, el mar. Es de noche. Entro en La Celda. Me encuentro con Tom, el camarero, con un colega. Quieren rodar algo en mi casa o hacer una sesión de fotos o algo así, no le entiendo muy bien pero me da igual porque me doy cuenta de que estoy a punto de dejarles hacer y eso no puede ser, joder, no puede ser que entren en Mi Celda por la puta cara, sin consultarme y se pongan a hacer lo que les dé la gana. Que no, hombre, que no, lo siento mucho pero vosotros os vais de aquí ahora mismo. He dicho ahora mismo. Se van, pero de mala leche y discutiendo, ¿te lo puedes creer? Malditos hijos de puta. Salgo un rato porque tengo que salir. Bueno, un rato… Salgo toda la noche. Y cuando vuelvo me encuentro toda la cama revuelta y encharcada como si algún maldito bastardo le hubiese tirado un par de cubos de agua. La madre que los parió, cabrones.
Yo ya no puedo más, tíos, es que ya no sé qué coño hacer, creo que no me queda más remedio que pirarme de aquí, esto es el puto infierno. El puto infierno, macho.

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