Archive for the ‘El Creador’ Category
Álgebra

Mañana me voy de viaje. Preparo mi pequeña mochila con cuatro cosas de ropa y me voy a dormir. Duermo en la habitación de Mi Protegida en casa de Los Creadores. A medianoche me despierto pensando en cosas que se me ha olvidado meter en la bolsa. Cuando se trata de un viaje largo debería comenzar a preparar el equipaje desde la mañana, dejarlo todo por ahí a la vista para ir añadiendo todos esos pequeños detalles que con las prisas siempre se olvidan. Me levanto para añadir a mi equipaje todo lo que se me ha escapado y entonces caigo en la cuenta del puto examen de álgebra que me espera mañana. No me acordaba. No vale la pena mirarme los apuntes, son una montaña. Tendré que enfrentarme al examen con lo puesto. Ya lo hice una vez, ¿por qué iba a ser diferente ahora? Más tranquilo, me dedico a pensar cómo salir de La Santa por el laberinto de cinturones y nudos de autopistas. Es todo tan complicado. Se hace difícil vivir.
Universos paralelos
Pico al timbre del portal de un edificio antiguo. Me abren, subo. En el cuarto piso me espera una chica muy parecida a Black Mamba, es como su hermana gemela. Por su casa entra y sale gente. Alquila habitaciones para putitas jóvenes que se acuestan con sus clientes. Así se gana algún dinerito. Los Creadores son vecinos. Se van a enterar de que estoy aquí. Ella me propone que vayamos a un concierto esta noche. El caso es que tengo entradas pero ya he quedado con Black Mamba. Sería un lío combinar a Black Mamba y a su doble en la misma noche. Pero intento buscar una solución porque soy incapaz de decirle que no. Se va a montar un lío, lo sé. Las dos viven en el mismo barrio, sus balcones dan al mismo edificio, trabajan en la misma institución, ¿la gente no se da cuenta de que son la misma persona?
Bajamos a la plaza. Están Los Creadores con algún vecino. Uno de ellos me dice si le invito a un aperitivo. Bueno, vale. Pero me coge de la mano y me lleva hasta el restaurante japonés que hay al otro lado de la plaza. Me da todo igual porque sólo pienso en Black Mamba y su doble y cómo lo vamos a hacer para salir de esta. Es como vivir en dos universos paralelos superpuestos con un ligero retardo en la dimensión temporal, no sé si me explico. Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar …
El Sorderita

Desde la cama escucho voces de gente que se espera. Hablan de unas fotos. Pienso en la cantidad de tiempo que hace que no tiro una foto. Me levanto. Saludo a un par de colegas, los de las fotos. Me hablan de unas fotos antiguas, mías, que aún recuerdan. Me preguntan si ya no hago fotos. ¿Por qué?
Salgo de casa de Los Creadores, en La Santa. La calle Baleares, a su paso por el Parque América, vuelve a ser como antaño, como si la hubiesen reconstruido. En una tienda de muebles hay un letrero bien grande anunciando la reapertura de un restaurante de pescadores. No recuerdo el nombre: La Bagatela o La Galera, algo así. Una placa anuncia excursiones programadas para conocer uno de los caminos antiguos que llevan a la Sierra de la Marina. Turismo.
El Creador me habla pero no le presto atención. Se da cuenta y me pregunta si estoy enamorado. Más bien me debo de estar quedando sordo, Creador.
Lavado rápido
Hay que limpiar como sea el coche de Dorothy antes de que vuelva. Somos gente, está El Suicida, dos más y yo. Primero enjabonar, luego ya se verá, así que manos a la obra. Nos ponemos con brío, con el coche aparcado en la acera. Hace años que no lavo un coche si es que he lavado alguno alguna vez. Desde los tiempos en los que El Creador lo llevaba el domingo a la montaña de La Santa y yo me escaqueaba todo lo que podía porque nunca me ha gustado nada y le debía de decir ya que por qué no lo llevaba a un tren de lavado. ¿No existían ya a principios de los ochenta? ¿O eran aún los setenta? Igual eran un lujo entonces, vete tú a saber. La vida ha cambiado mucho desde entonces, me parece. Éramos como los chinos ahora, quizás. Todo estaba cambiando, todo era bastante cutre pero nos dimos cuenta después, no en ese momento. Da igual, podría haberme gustado ayudar al Creador a limpiar el coche, darle a la esponja aquella gigante que tenía, me acuerdo, mojarla en el cubo del agua con jabón y menearla por el exterior del coche y pringarme todo, mi pantaloncito corto y mi camiseta azul de tirantes, me acuerdo. Pero creo que no me gustaba, ya no estoy seguro.
Cuando el coche ya está enjabonado por fuera decidimos enjabonarlo por dentro. Puede que sea una decisión equivocada pero o no se nos ocurre nada mejor o preferimos pasarnos que quedarnos cortos. Igual lo acabo decidiendo yo, no sé, puede que El Suicida no esté demasiado de acuerdo pero, por la razón que sea, respeta mi criterio. Seguramente se equivoca pero este aura de prestigio me persigue en ciertos ámbitos familiares, qué se le va a hacer, habrá que asumirlo y, de paso, ya que estamos, dilapidarlo.
Bueno, luego hay que enjuagar, digo yo. Buscamos los mejores paños que encontramos por el maletero y comenzamos por el interior, que parece lo más urgente. Pero apenas hemos empezado vuelve Dorothy. Se sienta en el asiento del conductor y nos pregunta qué estamos haciendo. Hombre, ni siquiera es una pregunta, está claro lo que hacemos. Tan claro que a mí me pilla sacándole brillo al cambio de marchas, ya ves. Pues limpiar el coche, Dorothy, ¿qué te parece? Bueno, no le parece mal pero hay que ir marchándose porque viene la policía y tenemos prisa. Me cago en la puta, me deja con la duda, el cabrón. Parece que vuelva de atracar el banco de la esquina.
Largo es el viaje
En el patio de El Paraíso me espera el coche que me llevará de vuelta a La Celda. Junto al coche una chica que me abraza y me besa cuando me acerco a ella. El beso no se acaba, es decir, se hace interminable. No es que no me guste, me gusta, pero me quiero ir, me están esperando Los Creadores, con el coche en marcha, y Mi Protegida dentro. Además, la chica es guapa, me atrae, normalmente, pero a veces la miro y algo ha cambiado, ya no la encuentro tan guapa, incluso me doy cuenta de algún detalle que me resulta desagradable. Me dan ganas de salir corriendo. Lo haría si no se convirtiese en una ofensa para ella. No tiene la culpa, soy yo. Pero, por favor, no me cojas la mano, déjame ir, estoy entrando en el coche, ya es suficiente, ¿no? Le cierro la puerta en los morros y le digo adiós con la mano sin bajar la ventanilla. El Creador no dice nada pero arranca. El viaje es largo.
¿Y ahora qué?
Desde la ventana de mi habitación en casa de Los Creadores, en La Santa, desde el cuarto piso, veo cómo La Creadora se tira de cabeza por el patio de luces desde el lavadero del primer piso. Se me ponen los pelos de punta y grito con todas mis fuerzas. Pero La Creadora rebota contra la pared lateral del patio y cae de pie sin mayores sobresaltos. Lo tenía perfectamente ensayado. No me des esos sustos, Creadora. No te preocupes, me dice. No pasa nada. Sé que lo volverá a hacer.
En la cueva están mis dos pianos pero los han colocado de una manera un tanto extraña. El negro ocupa la sala central, presidiendo. El marrón, el más antiguo, lo han metido en la habitación pequeña. Además, está cubierto con varias sábanas, como si fuese una cama. El teclado es difícil de tocar así, con sábanas por encima. Difícil pero no imposible. Lo intento. Me entrabanco con las teclas negras. Decido levantar las capas y capas de sábanas que lo recubren, al menos para dejar al descubierto el teclado. Pero no podremos tocar los dos pianos a la vez porque es difícil, por no decir imposible, establecer contacto visual entre los dos pianistas. La cueva está repleta de gente, bebiendo, comiendo, hablando a gritos y bailando. A nadie parece importarle lo del piano. Voy a llamar por teléfono para solucionarlo. Hablaré con Carles Santos.
Vértigo
Unos gorilas trajeados me acorralan en la barra de un bar, de noche, para interrogarme sobre un lío en el que me he metido. No sé cómo salir de esta. Los gorilas miden todos 2 metros.
Luego me llevan a una pequeña habitación y me dejan sólo unos minutos hasta que, por la puerta, veo entrar a La Heroína. Ha pasado mucho tiempo pero está igual, sólo que ahora tiene 3 hijas. Me asusto sólo de imaginármelas, estoy seguro de que se parecen a ella. La situación me da vértigo porque no consigo entender la relación entre los gorilas y ella. Se lo pregunto pero ella no me contesta. Simplemente se baja la falda y se quita las bragas y con toda la naturalidad del mundo se acerca hacia mí. Reconozco su coño, se me pone dura y me muero de miedo.
En La Santa, en casa de Los Creadores, un cuarto piso, me apoyo en el balcón y noto cómo la barandilla se mueve. La zarandeo un poco y se desencaja. Me alarmo por lo que pudiera pasar y aviso al Creador. Podría haberme matado porque la barandilla está completamente suelta. El creador la desencaja del todo y la mete para adentro para arreglarlo. El balcón da al vacío sin ninguna protección. Tengo vértigo.
Al lado de la casa de los padres de La Creadora, en El Paraíso, está el chalet de Oriol Bohigas. Su piscina está tan llena de agua que se desborda. Me dirijo un poco más abajo y veo el río. Me siento en el borde del camino. Veo cómo se acerca Cristina con un amigo y espero su saludo pero no se produce. No me reconoce, no se acuerda o, peor, no me ve, lo cual me asusta mucho. Pierdo el equilibrio y me caigo hacia el río. La tierra en la que me apoyo va cediendo lentamente pero tengo el tiempo justo como para decidir a qué tronco de árbol agarrarme. Me decido justo cuando comienzo a caer. Ya no caigo más pero soy incapaz de reincorporarme y alcanzar el camino de nuevo. Me he quedado colgado.
Todo irá bien
De noche, Shangay Mirinda, Mi Protegida y yo, vestidos de negro, nos movemos entre las sombras por el interior de un edificio que da al mar. De pronto Shangay Mirinda se para, escucha y se asusta porque ha oído a alguien que se acerca. Nos hace correr por unos pasillos interminables hasta que nos encontramos con los lavabos. Entramos los tres en el de chicas, que es enorme, y nos encerramos con pestillo. Alguien se acerca. Sabe que estamos ahí. Le da un golpe a la puerta y la derriba sin ningún esfuerzo: es Birkin. Todos estamos sorprendidos, ella también. Entonces comienzan las explicaciones. Ella cumple con su deber, nosotros con el nuestro. Estamos en bandos opuestos pero no es nada personal. Ella quiere recuperar esos objetos metálicos y pesados que llevo en los bolsillos de mi gabardina pero la convenzo de que eso no es posible. No puede ser, Birkin. No puede ser, de verdad. Tienes que dejarnos ir, es lo único que podemos hacer. Intenta entenderlo. Nos vamos, Birkin, pero volveremos a vernos, no te preocupes.
Aún no ha amanecido. En el agua nos esperan Los Creadores y una docena de los nuestros. Mi Protegida y Shangay Mirinda se tiran al agua ante la mirada de Birkin, que pone cara de no entender demasiado. Me tiro de cabeza y me hundo, me hundo mucho, seguramente por los valiosos objetos metálicos que transporto. Veo a mis compañeros por debajo, todo piernas que se mueven y flotan sin rostro. Alguien me coge por el abrigo y tira de mí hacia la superficie. Era eso lo que necesitaba, una mano amiga que invirtiese el sentido de mi caída. Ahora caigo hacia arriba y cuando salgo a flote, antes de nadar con mis compañeros en dirección al horizonte, saludo con la mano a Birkin y le grito. No te preocupes Birkin. Todo saldrá bien, ya verás. Pronto nos volveremos a ver. Adiós Birkin.
Agonía
Últimos minutos de la vida de la madre de La Creadora. Estirada en la cama, agonizando. A su lado La Creadora, El Creador, Birkin. Del otro lado de la cama, contemplo la escena.
La madre de La Creadora muere.
La familia no llora. Simplemente se acabó. El Creador habla de ir a buscar el coche. La Creadora de preparar el entierro. Rodeo la cama y le doy un gran abrazo a La Creadora. Eso es lo primero.
No ver, no oír, no hablar
¿Qué hacemos en la misma mesa la madre y el padre de La Creadora, Los Creadores, Mi Protegida y La Viuda? La Viuda se comporta como si no hubiese pasado lo que pasó. Yo soy educado pero ¿puedo olvidar? No lo veo por mucho que ella nos lo esté pidiendo. De vez en cuando la madre de La Creadora se levanta, ríe y da unos pasos, cortos y rápidos, como una danza ritual, y nos habla: ¡Ay, qué querido! El padre de La Creadora también ríe pero no le escucho. No digo que no hable pero de lo que estoy seguro es de que no le escucho.


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