Archive for the ‘Birkin’ Category
Pasando
Entro en la casa de El Padrino y Birkin y saludo uno por uno a todo el mundo. Está Ferdinand, Marina Oliva, a la que sólo alcanzo a dar un beso (cuando le voy a dar el segundo en la otra mejilla ya no está), veo al marido de Marina Oliva, realmente está muy mal, demacrado, delgadísimo y viejo, pero todavía no lo saludo, antes saludo a Celia, que no sé de qué me habla. Reúno fuerzas para saludar, por fin, al marido de Marina Oliva, apartando con delicadeza los obstáculos que me separan de él. Le doy la mano y la noto floja, débil, triste, aunque su voz sigue igual, si sólo oyera su voz, con mis ojos cerrados, creería que sigue igual que siempre, que nunca ha estado más sano. La atención se concentra en un helicóptero que está aterrizando sobre la piscina de los vecinos.
Salgo corriendo para unirme a un grupo de chicos que juegan a básket. Me cae la pelota en las manos pero no sé a quién se la debo pasar porque he llegado tarde y no sé cuáles son los equipos. En vez de preguntarlo se la paso a alguien, al tun-tun, de pronto me asalta la timidez, no quiero ser el centro de atención. Además la pelota no me bota nada bien, hace tiempo que no juego y estoy torpón. Pero la cosa se va animando, decido que voy con Ferdinand y nuestro juego vuelve a ser fluído, alegre y creativo, como antaño. La cancha es de mini-básket, me cuelgo en el aro cada vez que hago un mate. El aro se está torciendo porque no está acostumbrado a tanto peso. Me sabe mal cargarme la canasta pero es muy goloso, no puedo evitarlo. Pase para aquí, pase para allá.
Todo irá bien
De noche, Shangay Mirinda, Mi Protegida y yo, vestidos de negro, nos movemos entre las sombras por el interior de un edificio que da al mar. De pronto Shangay Mirinda se para, escucha y se asusta porque ha oído a alguien que se acerca. Nos hace correr por unos pasillos interminables hasta que nos encontramos con los lavabos. Entramos los tres en el de chicas, que es enorme, y nos encerramos con pestillo. Alguien se acerca. Sabe que estamos ahí. Le da un golpe a la puerta y la derriba sin ningún esfuerzo: es Birkin. Todos estamos sorprendidos, ella también. Entonces comienzan las explicaciones. Ella cumple con su deber, nosotros con el nuestro. Estamos en bandos opuestos pero no es nada personal. Ella quiere recuperar esos objetos metálicos y pesados que llevo en los bolsillos de mi gabardina pero la convenzo de que eso no es posible. No puede ser, Birkin. No puede ser, de verdad. Tienes que dejarnos ir, es lo único que podemos hacer. Intenta entenderlo. Nos vamos, Birkin, pero volveremos a vernos, no te preocupes.
Aún no ha amanecido. En el agua nos esperan Los Creadores y una docena de los nuestros. Mi Protegida y Shangay Mirinda se tiran al agua ante la mirada de Birkin, que pone cara de no entender demasiado. Me tiro de cabeza y me hundo, me hundo mucho, seguramente por los valiosos objetos metálicos que transporto. Veo a mis compañeros por debajo, todo piernas que se mueven y flotan sin rostro. Alguien me coge por el abrigo y tira de mí hacia la superficie. Era eso lo que necesitaba, una mano amiga que invirtiese el sentido de mi caída. Ahora caigo hacia arriba y cuando salgo a flote, antes de nadar con mis compañeros en dirección al horizonte, saludo con la mano a Birkin y le grito. No te preocupes Birkin. Todo saldrá bien, ya verás. Pronto nos volveremos a ver. Adiós Birkin.
Agonía
Últimos minutos de la vida de la madre de La Creadora. Estirada en la cama, agonizando. A su lado La Creadora, El Creador, Birkin. Del otro lado de la cama, contemplo la escena.
La madre de La Creadora muere.
La familia no llora. Simplemente se acabó. El Creador habla de ir a buscar el coche. La Creadora de preparar el entierro. Rodeo la cama y le doy un gran abrazo a La Creadora. Eso es lo primero.
No creo que vuelva
Estoy hecho polvo, tirado en la cama. Dos chicas se ocupan de mí. Pero una se va, se tiene que ir y no creo que vuelva. Y la otra ya no está conmigo realmente. Así que me he quedado solo pero sigo viendo sus caras flotando cerca de la mía.
Me levanto para ir a la iglesia a un funeral. Pero no debe verme nadie, ni la organista. Si me ven no tendré más remedio que salir corriendo.
Vamos a casa de El Padrino y Birkin. Richarte y yo ponemos una peli porno en la tele y nos tiramos en la alfombra para verla cómodamente. Me parece que la peli está fuera de contexto pero eso no quita para que la veamos con total naturalidad, con toda la familia.
Tempestad con niño al fondo
Me despierto con una sonata de Beethoven en la radio. ¡Qué curioso! Hace mucho tiempo que cambié a Radio 3. Quizá me despierte en el pasado.
Paso el día con mi familia y Birkin en una casa de veraneo. Pero no es verano, es más bien primavera. La casa es blanca, tiene una terraza superior, como un terrado inmenso, en el que pasamos la tarde con unas conocidas de Birkin que son unas antipáticas. Una me toma por un camarero. “Niño, tráeme un vaso de agua”. Yo la miro como si no hubiese escuchado bien. ¿De qué va esta tía? Al final se levanta ella misma a buscarlo.
A la casa se accede por abajo. Como si fuese un barco y nosotros pasásemos el día en la cubierta. Me da por ir abajo y veo con pavor que se ha inundado. Cae agua del techo, que se está deshaciendo como si hubiesen estalactitas. Salgo corriendo a buscar al Creador para avisarle pero por mucho que grito no lo encuentro. Tomo el mando, entonces. Me acerco a Birkin y le explico lo que pasa. Ella continúa tan tranquila y yo flipo. Me reprocha cariñosamente que aún no haya conseguido aprender a mantener la calma en situaciones extremas como ésta. Ya no soy un crío. Bueno, vale, pero llamo a la Creadora, para que se ponga a salvo y también a las pesadas de las amigas. Se arma revuelo y unos pocos bajamos a comprobar el estado del piso de abajo. ¿Cómo ha podido suceder?
Entonces llega un paquete para la casa. El Creador, que finalmente ha aparecido, lo abre y ante nosotros aparece un niño que comienza a correr o, más bien, chapotear por el interior del piso. Tengo que entrar para calmarlo y pararlo, aunque él se resiste y me da patadas y puñetazos. Es un bicho. Tiene un ojo blanco, ensangrentado, y le falta media dentadura. A mí no me inspira más que lástima. Lo abrazo y me emociono. Él se da cuenta de que no me inspira más que amor y se sorprende, lo cual es el principio de un cambio de actitud.
¡Qué raro todo esto!
Huele a podrido
Comida familiar con la presencia invitada de La Puta. La Puta me muestra una carta que me envió hace tiempo y que yo no recordaba. La carta es un cómic, casi una fotonovela, en la que aparecemos ella y yo como protagonistas. ¿Cómo puede ser que no recuerde algo tan chulo?
El Padrino me recuerda lo que vale cada uno de los regalos que están sobre la mesa.
El Creador me hace sentir culpable cuando me explica que unos excompañeros míos del colegio no le han pagado los últimos meses de alquiler de un piso propiedad suya del cual ignoraba la existencia. Le contesto y se caldea el ambiente.
Birkin no dice nada pero me sigue a la cocina. Cojo una botella de agua abierta y me sirvo. La pruebo y me sabe mal, como si llevase mucho tiempo ahí.
Aburrimiento
Voy en el coche con La Creadora, Mi Protegida y un montón de gente más que me aburren soberanamente. Pero me lo tomo con calma. Hasta que me doy cuenta de que he perdido la chinilla de costo que llevaba en el bolsillo. Entonces me pongo muy nervioso y decido que me voy. A La Creadora no le sienta muy bien.
Me voy a casa de Birkin, que está con los niños. Me entretengo leyendo un libro hasta que creo que debe ser tardísimo (no tengo un reloj a mano) y Birkin no me ha dicho nada. La busco, le digo que me voy a casa e insiste en acompañarme en coche. Es estúpido porque en coche tardaremos más que si cogiese el metro. Pero ya estamos dentro.
Perdidos
Birkin es mi novia. Me sorprende bastante. No confío demasiado en que nuestra relación dure. Una noche conoce a Elisenda Secretaria y, por la mañana, decide ir a visitarla a la oficina de Terrassa. Dice que si va a a estar conmigo mejor conocerla lo antes posible.
Subo por las escaleras de La Celda y en el rellano del piso de abajo me encuentro con una chica acurrucada contra la puerta. Le pregunto si puedo ayudarla en algo y me dice que necesita hablar con Viernes 13, que es el criado que tiene la llave. Le digo que no le conozco pero que preguntaré a ver si puedo ayudarla.
Por las escaleras sube Marina Oliva y me dice, con desprecio, que esa chica es como yo: una perdida.

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