Archive for Mayo, 2008
Me crecen los enanos
Toco el piano tranquilamente en La Celda cuando aparece el vecino de abajo picándome por el patio de luces. Abro la puerta corredera de vidrio para escuchar cómo se queja del ruido. ¿Pero tú no trabajas fuera de casa por las mañanas? Ya no. ¿Ahora trabajas por las tardes? No, me he quedado sin trabajo, estoy en paro.
Su hija se cuela por la puerta mientras hablamos. Es diminuta, tan pequeña que la media melena estilo paje le llega al suelo y mientras anda es como si lo fuese limpiando. No sabía que tuviese una hija. La enana diminuta coge la partitura de las Variaciones Goldberg y cuando me descuido se la está comiendo. Su padre se desentiende de la situación y se pira para su casa. Regaño a la niña y le arrebato la partitura mientras voy pensando cómo conseguirla de nuevo: con el emule, pero tendré que arreglar la impresora, que no utilizo nunca excepto para imprimir partituras porque no me queda más remedio. La enana diminuta sale corriendo y la persigo hasta su casa.
Presencia inquietante
Juego a rugby con Richarte y John Hillerman en un campo de césped que roda la casa de los padres de La Creadora. Jugamos y reímos como críos.
Por la puerta del garaje entro en la casa. Estoy un poco torpe. Llaman al timbre de abajo. Descuelgo el auricular del interfono mientras me inclino hacia la puerta. Siento como si me diesen una descarga eléctrica en mi brazo y una voz como la de Angélica Liddell en El año de Ricardo me grita al oído: ¡Estúpido! ¡No hagas eso! ¡Contesta! Contesto al interfono y abro. Siento una presencia inquietante a mi lado que corrige mis movimientos a golpe de descarga eléctrica. Oigo voces pero no veo a nadie.
Autosuficiencia
Espero mi turno en la cola, como los demás. Pero la verdad es que me tienen harto así que mi pequeña rebelión comienza por rasgar la portada de El País que llevo en la mano. Uno de los guardias se da cuenta y saca la porra. Toca su silbato y aparece una manada de guardias. Los hijos de puta me rodean, me apartan del grupo y me comienzan a dar de ostias. No sirve de nada que reclame mis derechos, están desbocados, da igual lo que yo diga, pillo. Muy bien, yo pillo pero de un rodillazo le parto los huevos al primero que se pone por delante y luego me cargo unos ladrillos amontonados por ahí. Me cargo ladrillos y no paro, joder. Ya no se atreven a tocarme. Se están rajando, se apartan de mí y me devuelven ese espacio vital que nos rodea habitualmente y nos hace sentir seguros en nuestro pequeño y puto microcosmos autosuficiente. Así funcionan las cosas.
Pasando
Entro en la casa de El Padrino y Birkin y saludo uno por uno a todo el mundo. Está Ferdinand, Marina Oliva, a la que sólo alcanzo a dar un beso (cuando le voy a dar el segundo en la otra mejilla ya no está), veo al marido de Marina Oliva, realmente está muy mal, demacrado, delgadísimo y viejo, pero todavía no lo saludo, antes saludo a Celia, que no sé de qué me habla. Reúno fuerzas para saludar, por fin, al marido de Marina Oliva, apartando con delicadeza los obstáculos que me separan de él. Le doy la mano y la noto floja, débil, triste, aunque su voz sigue igual, si sólo oyera su voz, con mis ojos cerrados, creería que sigue igual que siempre, que nunca ha estado más sano. La atención se concentra en un helicóptero que está aterrizando sobre la piscina de los vecinos.
Salgo corriendo para unirme a un grupo de chicos que juegan a básket. Me cae la pelota en las manos pero no sé a quién se la debo pasar porque he llegado tarde y no sé cuáles son los equipos. En vez de preguntarlo se la paso a alguien, al tun-tun, de pronto me asalta la timidez, no quiero ser el centro de atención. Además la pelota no me bota nada bien, hace tiempo que no juego y estoy torpón. Pero la cosa se va animando, decido que voy con Ferdinand y nuestro juego vuelve a ser fluído, alegre y creativo, como antaño. La cancha es de mini-básket, me cuelgo en el aro cada vez que hago un mate. El aro se está torciendo porque no está acostumbrado a tanto peso. Me sabe mal cargarme la canasta pero es muy goloso, no puedo evitarlo. Pase para aquí, pase para allá.
Largo es el viaje
En el patio de El Paraíso me espera el coche que me llevará de vuelta a La Celda. Junto al coche una chica que me abraza y me besa cuando me acerco a ella. El beso no se acaba, es decir, se hace interminable. No es que no me guste, me gusta, pero me quiero ir, me están esperando Los Creadores, con el coche en marcha, y Mi Protegida dentro. Además, la chica es guapa, me atrae, normalmente, pero a veces la miro y algo ha cambiado, ya no la encuentro tan guapa, incluso me doy cuenta de algún detalle que me resulta desagradable. Me dan ganas de salir corriendo. Lo haría si no se convirtiese en una ofensa para ella. No tiene la culpa, soy yo. Pero, por favor, no me cojas la mano, déjame ir, estoy entrando en el coche, ya es suficiente, ¿no? Le cierro la puerta en los morros y le digo adiós con la mano sin bajar la ventanilla. El Creador no dice nada pero arranca. El viaje es largo.
¿Y ahora qué?
Desde la ventana de mi habitación en casa de Los Creadores, en La Santa, desde el cuarto piso, veo cómo La Creadora se tira de cabeza por el patio de luces desde el lavadero del primer piso. Se me ponen los pelos de punta y grito con todas mis fuerzas. Pero La Creadora rebota contra la pared lateral del patio y cae de pie sin mayores sobresaltos. Lo tenía perfectamente ensayado. No me des esos sustos, Creadora. No te preocupes, me dice. No pasa nada. Sé que lo volverá a hacer.
En la cueva están mis dos pianos pero los han colocado de una manera un tanto extraña. El negro ocupa la sala central, presidiendo. El marrón, el más antiguo, lo han metido en la habitación pequeña. Además, está cubierto con varias sábanas, como si fuese una cama. El teclado es difícil de tocar así, con sábanas por encima. Difícil pero no imposible. Lo intento. Me entrabanco con las teclas negras. Decido levantar las capas y capas de sábanas que lo recubren, al menos para dejar al descubierto el teclado. Pero no podremos tocar los dos pianos a la vez porque es difícil, por no decir imposible, establecer contacto visual entre los dos pianistas. La cueva está repleta de gente, bebiendo, comiendo, hablando a gritos y bailando. A nadie parece importarle lo del piano. Voy a llamar por teléfono para solucionarlo. Hablaré con Carles Santos.
Me da palo
Comparto pupitre con Sonrisa Perenne. Hoy toca examen. Leo las preguntas y me doy cuenta de que no tengo ni idea de las respuestas. No me sorprende porque no he estudiado nada, absolutamente nada. Podría copiar de Sonrisa Perenne pero me da palo. Hace tiempo que no suspendo ninguna asignatura. No me apetece nada pero nunca se sabe, a lo mejor es lo que necesito.
Juego al billar con los colegas. No soy muy bueno pero hay algunos que no saben ni coger el taco. Aún y así algunos de esos las acaban metiendo. Claro que hay más bolas que de costumbre y dos bolas blancas. La mesa está repleta y las posibilidades de chocar con una bola se multiplican.
Veo pasar al entrenador de mi equipo de baloncesto. Le pregunto qué le parece si no juego en el partido de hoy. Por la cara que pone veo que no le hace ninguna gracia. La verdad es que a mí no me apetece mucho jugar. Me da palo, preferiría descansar. Le digo que así me reservo para los partidos más decisivos, los que vendrán si pasamos la fase clasificatoria.
Comienza un espectáculo. Es el mismo de ayer pero cada día es diferente. Un bailarín con cuerpo adolescente y cara de Johnny Deep se cuelga de una barra de gimnasio. Se balancea como un gimnasta y se tira al suelo. Al caer se contrae de golpe como un contorsionista y da la impresión de que ha convertido en una pierna larguísima, sin brazos ni cabeza, como en una pintura de Dalí. La gente, sorprendida, aplaude a rabiar.
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