Archive for the ‘La Creadora’ Category
Cansei de ser zen
Trabajo Beethoven al piano, en La Celda. En el sofá, Lolita aguanta estoicamente la sesión. Dejo de tocar, voy hacia ella, le veo la cara de ya está bien, aunque no diga nada. Le suelto un estoy harto de Beethoven, me voy a pasar al metal, sabiendo que Ramón me estará escuchando desde la habitación. Él es el culpable de que esté estudiando Beethoven.Es para su espectáculo.
En La Santa, en casa de Los Creadores, me cruzo con Black Mamba. Me saluda riendo como si no pasase nada pero sí que pasa, sí que pasa. Entro en el cuarto de baño y me encuentro el water lleno de mierda. Tiro de la cadena. Me siento en un taburete. No puedo más. Lloro. Aún no había llorado. Los Creadores se asoman tímidos, miran por el espejo. Ahora no pares, es lo que me digo a mí mismo, no pares, llora con fuerza, sácalo todo, limpia toda esa mierda que te estabas guardando dentro, ya está bien de hacerse el duro, todo tiene un límite, ¡a la mierda!
Álgebra

Mañana me voy de viaje. Preparo mi pequeña mochila con cuatro cosas de ropa y me voy a dormir. Duermo en la habitación de Mi Protegida en casa de Los Creadores. A medianoche me despierto pensando en cosas que se me ha olvidado meter en la bolsa. Cuando se trata de un viaje largo debería comenzar a preparar el equipaje desde la mañana, dejarlo todo por ahí a la vista para ir añadiendo todos esos pequeños detalles que con las prisas siempre se olvidan. Me levanto para añadir a mi equipaje todo lo que se me ha escapado y entonces caigo en la cuenta del puto examen de álgebra que me espera mañana. No me acordaba. No vale la pena mirarme los apuntes, son una montaña. Tendré que enfrentarme al examen con lo puesto. Ya lo hice una vez, ¿por qué iba a ser diferente ahora? Más tranquilo, me dedico a pensar cómo salir de La Santa por el laberinto de cinturones y nudos de autopistas. Es todo tan complicado. Se hace difícil vivir.
Universos paralelos
Pico al timbre del portal de un edificio antiguo. Me abren, subo. En el cuarto piso me espera una chica muy parecida a Black Mamba, es como su hermana gemela. Por su casa entra y sale gente. Alquila habitaciones para putitas jóvenes que se acuestan con sus clientes. Así se gana algún dinerito. Los Creadores son vecinos. Se van a enterar de que estoy aquí. Ella me propone que vayamos a un concierto esta noche. El caso es que tengo entradas pero ya he quedado con Black Mamba. Sería un lío combinar a Black Mamba y a su doble en la misma noche. Pero intento buscar una solución porque soy incapaz de decirle que no. Se va a montar un lío, lo sé. Las dos viven en el mismo barrio, sus balcones dan al mismo edificio, trabajan en la misma institución, ¿la gente no se da cuenta de que son la misma persona?
Bajamos a la plaza. Están Los Creadores con algún vecino. Uno de ellos me dice si le invito a un aperitivo. Bueno, vale. Pero me coge de la mano y me lleva hasta el restaurante japonés que hay al otro lado de la plaza. Me da todo igual porque sólo pienso en Black Mamba y su doble y cómo lo vamos a hacer para salir de esta. Es como vivir en dos universos paralelos superpuestos con un ligero retardo en la dimensión temporal, no sé si me explico. Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar …
El Sorderita

Desde la cama escucho voces de gente que se espera. Hablan de unas fotos. Pienso en la cantidad de tiempo que hace que no tiro una foto. Me levanto. Saludo a un par de colegas, los de las fotos. Me hablan de unas fotos antiguas, mías, que aún recuerdan. Me preguntan si ya no hago fotos. ¿Por qué?
Salgo de casa de Los Creadores, en La Santa. La calle Baleares, a su paso por el Parque América, vuelve a ser como antaño, como si la hubiesen reconstruido. En una tienda de muebles hay un letrero bien grande anunciando la reapertura de un restaurante de pescadores. No recuerdo el nombre: La Bagatela o La Galera, algo así. Una placa anuncia excursiones programadas para conocer uno de los caminos antiguos que llevan a la Sierra de la Marina. Turismo.
El Creador me habla pero no le presto atención. Se da cuenta y me pregunta si estoy enamorado. Más bien me debo de estar quedando sordo, Creador.
Complicarse la vida
Es de noche y las calles del centro de Hong Kong están infestadas de gente bebiendo y gritando. De camino para casa recogemos a unos cuantos y se corre la voz. Le digo a La Creadora que vamos a tener algún invitado y parece alegrarse. Pero la muchedumbre invade literalmente nuestra casa y es el caos. A la gente se le caen las copas, vomitan en el suelo, escupen y mean. ¿Dónde está el karaoke?, me preguntan. Esto es un error, hay que echarlos a todos. La Creadora está escandalizada y superada por las circunstancias se desentiende de todo. Reconozco a alguien pero la mayoría son desconocidos para mí, aunque me suenan todas las caras. Me cruzo con La Niña Roja, con una copa en la mano, riendo y bebiendo con El Mod, y me dice que hay que reconocer que soy un crack para muchas cosas pero que sobre todo soy un experto en complicarme la vida. A ver cómo salgo de esta.
Los modernos
Penetro en una catedral en la que jamás había estado antes. Al fondo veo mi piano negro con un manto rojo por encima, iluminado. Un actor (lo sé porque lo he reconocido de alguna película española) me saluda como si nos conociésemos (no estoy seguro) y me indica cómo llegar al verdadero altar. Se encuentra en una capilla situada a la izquierda de lo que parece mi piano (es que no estoy seguro pero se parece tanto). Me dirijo al altar y me encuentro con lo que parecen dos entradas a la capilla, ocultas detrás de unas gruesas cortinas negras. Parece un after. Escojo la de la izquierda y atravieso un pasillo que baja por una rampa hasta un espacio enorme y vacío por el que pasean algunos otros visitantes. Saludo a La Creadora, que viene hacia mí de vuelta, charlando animadamente con un hombre delgado y larguirucho. Cuando llego al final de la sala me doy cuenta de que he perdido mi chaqueta. Deshago el camino hasta encontrarme de nuevo a La Creadora y le pregunto si ha visto mi chaqueta. No la ha visto. Nos interrumpe el actor-guía. Dice que me he equivocado de puerta. Yo he seguido sus indicaciones. Se ríe. Me ha liado a posta, me estaba gastando una broma. Me río por cortesía pero no conecto demasiado con su sentido del humor. Me acompaña hasta la otra puerta, atravieso la cortina negra y me paro para mirar dentro de la bolsa que llevo cruzada. La chaqueta está ahí. Sigo hasta la capilla donde está el altar, atravesando otra sala similar a la que ya he visto en la otra puerta. Pero en esta hay unas chicas vestidas como colegialas japonesas rodeando lo que parece un piano blanco. Paso de largo para contemplar la capilla, que me parece una mierda de capilla con una mierda de altar. Entonces vuelvo enseguida, justo para ver cómo una de las chicas perfora lo que parece un piano (pero no lo es) con un taladro que, una vez clavado, traslada horizontalmente hacia la derecha creando un surco brutal que extrae una melodía del piano de puta madre, de canción pop. Mientras, otra chica canta la misma melodía susurrando desde un micro. Mientras avanzo hacia la escena, fascinado, otra de las chicas, con una cara durísima, me mira fíjamente con unos ojos enormes, sonriendo, de pie encima del escenario. Cuando ya no puedo más, aparto la mirada. Ya estoy en primera fila, entregado. Entonces todas se ponen a cantar una canción sobre Barcelona y me sorprendo porque estoy muy lejos de allí. Y la canción sigue, metiéndose con los artistas modernos de Barcelona, gritando y bailando. Y ahí la cagan y la situación pierde todo interés. No hay nada que soporte menos que unos artistillas modernos cagándose en los artistillas modernos. Y me voy.
Este vestido baila

Actuamos en ceremonias religiosas, en iglesias. Ramón, Lolita, Ludvik y yo. Ramón se viste de novia, está gracioso con su mostacho. Yo llevo falda sin ropa interior. Colocan el piano en el altar, un piano vertical, no debe haber presupuesto para uno de cola. El teclado oculto a la vista del público, así puedo ver a Ludvik durante la representación. Bueno, este punto no está claro porque de pronto aparece La Creadora y gira el piano 180 grados, el teclado queda ahora a la vista del público y el pianista puede contemplar ahora a Lolita. Me molesta que La Creadora organice el escenario. Se me levanta la falda, que tiene algo de vuelo.
Presencia inquietante
Juego a rugby con Richarte y John Hillerman en un campo de césped que roda la casa de los padres de La Creadora. Jugamos y reímos como críos.
Por la puerta del garaje entro en la casa. Estoy un poco torpe. Llaman al timbre de abajo. Descuelgo el auricular del interfono mientras me inclino hacia la puerta. Siento como si me diesen una descarga eléctrica en mi brazo y una voz como la de Angélica Liddell en El año de Ricardo me grita al oído: ¡Estúpido! ¡No hagas eso! ¡Contesta! Contesto al interfono y abro. Siento una presencia inquietante a mi lado que corrige mis movimientos a golpe de descarga eléctrica. Oigo voces pero no veo a nadie.
Largo es el viaje
En el patio de El Paraíso me espera el coche que me llevará de vuelta a La Celda. Junto al coche una chica que me abraza y me besa cuando me acerco a ella. El beso no se acaba, es decir, se hace interminable. No es que no me guste, me gusta, pero me quiero ir, me están esperando Los Creadores, con el coche en marcha, y Mi Protegida dentro. Además, la chica es guapa, me atrae, normalmente, pero a veces la miro y algo ha cambiado, ya no la encuentro tan guapa, incluso me doy cuenta de algún detalle que me resulta desagradable. Me dan ganas de salir corriendo. Lo haría si no se convirtiese en una ofensa para ella. No tiene la culpa, soy yo. Pero, por favor, no me cojas la mano, déjame ir, estoy entrando en el coche, ya es suficiente, ¿no? Le cierro la puerta en los morros y le digo adiós con la mano sin bajar la ventanilla. El Creador no dice nada pero arranca. El viaje es largo.
¿Y ahora qué?
Desde la ventana de mi habitación en casa de Los Creadores, en La Santa, desde el cuarto piso, veo cómo La Creadora se tira de cabeza por el patio de luces desde el lavadero del primer piso. Se me ponen los pelos de punta y grito con todas mis fuerzas. Pero La Creadora rebota contra la pared lateral del patio y cae de pie sin mayores sobresaltos. Lo tenía perfectamente ensayado. No me des esos sustos, Creadora. No te preocupes, me dice. No pasa nada. Sé que lo volverá a hacer.
En la cueva están mis dos pianos pero los han colocado de una manera un tanto extraña. El negro ocupa la sala central, presidiendo. El marrón, el más antiguo, lo han metido en la habitación pequeña. Además, está cubierto con varias sábanas, como si fuese una cama. El teclado es difícil de tocar así, con sábanas por encima. Difícil pero no imposible. Lo intento. Me entrabanco con las teclas negras. Decido levantar las capas y capas de sábanas que lo recubren, al menos para dejar al descubierto el teclado. Pero no podremos tocar los dos pianos a la vez porque es difícil, por no decir imposible, establecer contacto visual entre los dos pianistas. La cueva está repleta de gente, bebiendo, comiendo, hablando a gritos y bailando. A nadie parece importarle lo del piano. Voy a llamar por teléfono para solucionarlo. Hablaré con Carles Santos.

The article has
2 responses